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martes, 30 de noviembre de 2021

¡La ética, esa maldita María!

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en el diario.es


Las “Marías”, ya sabrán o recordarán ustedes, son aquellas asignaturas de naturaleza “decorativa” que dábamos en el colegio y que le importaban un bledo a todo el mundo. Solían ocupar un espacio mínimo o simbólico en el horario (una o, con suerte, dos horas por semana) y las impartían profesores que, en muchos casos, no tenían ni idea, con lo que, en buena lógica, se dedicaban a matar al tiempo proyectando películas o charlando de lo primero que se les pasaba por la cabeza. Eso sí, en la época de los sacrosantos exámenes, nos dejaban la hora para estudiar. Y esa era, casi siempre, la única utilidad que tenían.

“Marías” las hubo y las hay de diversos tipos. Hagan memoria: la plástica, la educación física, el arte, la religión y, desde luego, la ética. Algo, esto último, que siempre me llamó mucho la atención. La educación plástica es fundamental, sin duda, y la educación física, y la música. Y la religión, para qué nos vamos a engañar, también significa mucho para mucha gente. Pero, ¿y la ética? – pensaba yo – ¿No es acaso lo más importante de todo? ¿No es fundamental saber algo (o intentarlo) acerca de un asunto tan peliagudo como el de “lo bueno y lo malo”? 

Porque a ver: la vida, la salud, el dinero, el amor, la religión, la música, o lo que sea, nos parecen importantes porque las consideramos cosas “buenas” (y definan bueno en el sentido que crean más bueno: placentero, conveniente, debido, justo, digno…). ¿Pero por qué han de ser “buenas”? De hecho, hay gente que no las considera así (los suicidas, los que se enganchan a drogas peligrosas, los que desprecian la riqueza, los que practican la castidad, los talibanes que odian la música…). Fíjense que incluso para averiguar si algo es realmente más importante (es decir: “más bueno”) que la ética haría falta la reflexión ética…

Ahora bien, siendo la ética lo más importante de todo (o, al menos, la materia que sirve para pensar en qué es lo más importante de todo), ¿cómo es que se la trata en el sistema educativo como una maldita María? Además, el resto de las tradicionales Marías (la educación física, la música, la religión…) tienen, como mal menor, otros espacios disponibles para quien esté interesado: los gimnasios y polideportivos, las escuelas de música, las parroquias… ¿Pero y la ética? ¿Dónde se imparte ética más allá de la escuela?

Hay quien responde a esto último que “en casa”; es decir, que es en el entorno privado donde hay que transmitir la moral y los valores. Pero ni a mí ni a los adolescentes a los que doy clases nos convence para nada esta respuesta. Primero, porque no solemos estar de acuerdo con gran parte de los valores que se nos transmiten, casi siempre sin razón suficiente, desde el entorno familiar, social o mediático. Y segundo, y más importante, porque nos parece que sobre esto de la ética tiene que haber algo más que el saber infuso y parcial (cuando lo hay) de la familia, las tertulias de la tele o los colegas.

¡Y vaya si lo hay! Cuando uno abre cualquier manual de filosofía y se va al capítulo dedicado a la ética, comprueba que sobre esto tan presuntamente infuso o subjetivo de “lo bueno y lo malo” existen decenas de escuelas, tendencias y teorías, tanto antiguas como de rabiosa actualidad, y cientos de libros, tesis y expertos investigando, debatiendo, produciendo ideas y participando de comités científicos, médicos, empresariales o políticos. Esta ética no es, por demás, ninguna lista de mandatos o valores que haya que adoptar por narices, o desde argumentos ya inventariados, sino una disciplina que lo analiza todo: desde lo que es una “norma” o un “valor” hasta las peculiaridades del lenguaje en el que expresamos y justificamos nuestros particulares juicios morales. Un saber, además, en que se diseccionan y afrontan problemas cotidianos que a mucha gente ni siquiera le parecen problemas, sino “cosas que pasan” (la desigualdad económica, el sometimiento de las mujeres, las consecuencias del desarrollo tecnológico, la manipulación de los medios, la injusticia de las leyes, y mil más).

Porque, y esta es otra, mucha gente, gobernantes incluidos, piensa que la ética y la simple educación en valores son lo mismo, confusión que se debe, sin duda, a que a menudo se usa el mismo término para designar al que es “bueno” y al que estudia “lo que es bueno”, al que hace “lo que hay que hacer”, y al que se pregunta de forma sistemática “por qué hay que hacerlo”. Pero es claro que ambas cosas son muy distintas. La educación en valores está dirigida a la transmisión de aquellos mínimos principios morales o normativos que deben regular la convivencia y el comportamiento de las personas, mientras que la ética se ocupa de la reflexión racional acerca de los valores y de lo valioso en sí, dotando al alumno de las herramientas y hábitos (teorías y enfoques éticos, conceptos de filosofía moral, pensamiento crítico y sistemático, lógica y ética de la argumentación, procedimientos dialógicos, análisis de dilemas morales, etc.) necesarios para afrontar por sí mismo los retos y desafíos de su entorno, además de establecer de forma autónoma y responsable su propia escala de valores.

Además, todo esto tan sumamente importante que transmite la ética (y no, o solo circunstancialmente, la educación en valores) no lo puede enseñar “transversalmente” ninguna otra materia. En todas las materias se puede desentrañar un problema moral, ejercitar el diálogo argumentativo o practicar el pensamiento crítico, pero solo en ética se trata de todo esto de manera sustantiva, exhaustiva y problematizada, atendiendo a sus fundamentos, condiciones, normas, tipos, propiedades y límites. Pensar lo contrario sería tan absurdo como pensar que, dado que en todas las asignaturas se habla o se manejan números, podemos convertir a la lengua o la matemática en “Marías” con una hora semanal.

Porque, hablando claro: que después de tanto bla-bla-bla de los políticos sobre lo importantísimo que es la educación para resolverlo todo (desde el cambio climático a los discursos de odio, pasando por el machismo y la violencia contra las mujeres, el consumismo, las adicciones, la desinformación, la corrupción, el suicidio juvenil, el género, y mil asuntos más) ahora resulte que la única materia que se ocupa directamente de todo esto en la educación obligatoria sea una asignatura consagrada a la educación en valores (no estrictamente a la ética) y con una sola hora a la semana (35 horas en toda la ESO, mientras que Religión, por ejemplo, dispone de 140) es, si lo hubiera, de juzgado de guardia político – un juzgado, por cierto, que tendría que estar compuesto de ciudadanos éticamente bien formados –.

En conclusión, sin una profunda educación ética y bien dotada de horas y espacios en las escuelas e institutos, vamos a generar ciudadanos no solo incapaces de afrontar de forma madura dilemas y decisiones de relevancia personal y social, o de entender a fondo lo que implican sus propios juicios y posiciones morales o políticas, sino algo peor aún: ciudadanos inermes ante todo tipo de demagogos, sectarios, salvapatrias, tunantes y vendehúmos; esto es, vamos a contribuir, más aún, a crear el peor de los mundos posibles. Piénselo. Y pongan, por favor, toda su competencia ética en hacerlo.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Día Mundial de la Filosofía

Todos los años por estas fechas (este jueves es el Día Mundial de la Filosofía, establecido por la UNESCO) me pregunto por qué me empeño en enseñar filosofía – soy profe del asunto –. Y también me pregunto por qué habrían de quererlo los demás – cada uno de mis alumnos o cualquier otro ser humano – . Si la filosofía fuera solo una cuestión mía o de unos pocos, como la astronomía o el rugby, no estaría tan claro eso de que se deba enseñar a todo el mundo.


Pero no, no es una cuestión particular ni baladí. Todo lo que hacemos y padecemos es efecto de las ideas que nos bullen por dentro. Seamos o no conscientes de ellas, sean las nuestras o las que, sin querer, tomamos de otros, sean verdaderas o falsas, buenas o malas, justas o no, tenemos la cabeza llena de esas ideas, y todo lo que hacemos, percibimos, sentimos, deseamos y pensamos (sobre el mundo, sobre nosotros, sobre los demás...), absolutamente todo, depende de ellas. Hasta respirar lo hacemos (mecánicamente) porque pensamos que mola vivir; en otro caso nos pondríamos la soga al cuello y dejaríamos de hacerlo... Sobre todo esto trata nuestra última colaboración en el diario.es Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí

domingo, 26 de febrero de 2017

Prohibido prohibir canciones.

Torta Golosa, el reggeaton más feminista
Un profesor de filosofía promueve una recogida de firmas para impedir la difusión de canciones machistas (se citan las de Maluma, Guns N'Roses, Robin Thicke y otros). No es la primera vez que se intenta algo semejante. Hace unos meses una petición para retirar una canción del cantante Maluma alcanzó las 100.000 rúbricas. Antes de esto se han sucedido campañas, denuncias y condenas a tuiteros por sus tuits (al concejal Zapata), a escritores por sus libros (a la novela juvenil de Maria Frisa), a directores por sus películas (Fernando Trueba), o incluso a artistas por sus espectáculos callejeros (los titiriteros del carnaval de Madrid)... Sea como estrategia en la lucha por el poder o con la mejor de las intenciones, desde la derecha reaccionaria o desde la izquierda más ciega e incompetente, el hecho es que parece que vuelve la censura, lo que es a todas luces una barbaridad sin paliativos... Sobre todo esto trata nuestra última colaboración en el diario.es Extremadura. 

domingo, 1 de enero de 2017

¿Hacer puentes o hacer amigos? Sobre género y moral.

No son pocos los estudios y experimentos que apuntan a una diferencia morfológica y funcional entre el cerebro de los varones y el de las mujeres. El tema es enormemente controvertido. Pero los datos dan mucho que pensar. Según el profesor de psicología de Harvard Simon Baron-Cohen (La Gran Diferencia) los varones poseen un cerebro más apropiado para “analizar sistemas” (desde los más mecánicos hasta los más abstractos), y las mujeres para comunicarse y empatizar con los demás. No es broma. Parece que si tomas a un bebe recién nacido y lo colocas frente a un panel con distintas fotografías, la mayoría de las niñas se fijan en imágenes de rostros humanos, y la mayoría de los niños en imágenes de artilugios mecánicos... Sobre esto trata nuestra última colaboración en el diario.es. Para leerla pulsar aquí.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Lo que no mide el informe PISA

Recuerden los motivos para no suicidarse que buscaba el personaje de Woody Allen en aquella maravillosa película, Manhattan. Ahora cambien al genial cómico judío por un estudiante surcoreano. Los motivos que escucharíamos serían los mismos: la literatura, el arte, la música, la filosofía... Justo lo que no mide (ni podrá medir jamás) el informe PISA y justo (?) lo que, por consiguiente, acabará por acabar de desaparecer de los planes de estudio...  De todo esto trata nuestra última colaboración en el diario.es Extremadura. Para leerla pulsar aquí.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Diálogo y cambio político: esos son nuestros deberes.

Una condición del aprendizaje es tener una experiencia genuina de aquello que se aprende. Pero nadie obtiene una experiencia semejante cuando se ve obligado a “tenerla”. No hay experiencia de aprendizaje que valga sin dar autonomía (y, por tanto, responsabilidad) al que ha de protagonizarla. Y dar autonomía no puede ser que consista en reducirla, forzando a alguien a hacer lo que no quiere (como suele ocurrir con los deberes y, a ser sinceros, con gran parte de las actividades escolares). Nadie aprende nada a la fuerza, ni tampoco (¡mucho menos!) a ser autónomo y responsable de sus actos, pues no los ha elegido él... De todo esto: del presunto valor educativo de los deberes y de la necesidad (como mínimo) de regularlos trata nuestra última colaboración en el diario.es Extremadura. Puedes leer el artículo completo pulsando aquí.  

domingo, 20 de noviembre de 2016

Sáhara libre... de patriarcado.

La injusta persecución y opresión del pueblo saharaui no debe servir para justificar de forma incondicional todos los aspectos de su cultura ancestral. Ninguna tradición debe estar por encima de los Derechos Humanos, y muy especialmente de aquellos que afectan a la libertad y dignidad de las mujeres. De esto trata nuestra última colaboración en el diario.es

lunes, 14 de noviembre de 2016

Más sobre la huelga de deberes.

Nuestra última colaboración en el diario.es Extremadura trata de los argumentos de algunos padres y sindicatos para oponerse a la huelga de deberes. Podéis leerlo pulsando aquí. 

sábado, 5 de noviembre de 2016

Lo que nos faltaba

Aquí el reciente artículo en el diario.es Extremadura, que hemos escrito a seis manos junto a los amigos Paco Molina y Ricardo Hurtado, acerca de la cuestión del lugar de la filosofía en la futura reválida a que obliga la LOMCE. 

domingo, 16 de octubre de 2016

¿Qué debemos hacer con los deberes?

La pedagogía tradicional y sus deberes se funda en creencias erróneas y poca rigurosas acerca de cómo ocurre realmente el aprendizaje en los niños, suponen una actitud de desconfianza irracional hacia los jóvenes (por la que se asume que “si no es por la fuerza no hacen nada”, o que el ocio y la libertad equivalen a desorden y libertinaje), enarbolan valores que nada tienen que ver con aprender y desarrollarse como un ser humano libre y lúcido (competitividad, excelencia académica, obediencia, disciplina...), y se enraízan, en general, en una suerte de moral de la culpa y el sacrificio que es moralmente tóxica, psicológicamente castrante y educativamente estéril... De esto trata nuestra última colaboración en el diario.es Extremadura  .  

martes, 11 de octubre de 2016

Una "buena hostia".

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El diario.es Extremadura



Se quejaba un amigo el otro día de que ni en la calle ni en los propios partidos se hable de política. Se habla – decía – de estrategias y tácticas, de este o de aquel, de pactos y aversiones, de estructura interna, gestión, eficacia, liderazgo, de mil cosas más, pero no de política, es decir, no de la forma de organizar el mundo para que en él reine la justicia.  

Pues no, ya no hablamos de política en ese sentido tan noble y mayestático. Y me temo que la razón es muy simple: no hay apenas nada de lo que hablar. Nuestros mayores hablaron de política (y muchos murieron por ella) porque había grandes ideologías en liza. Bueno, y también porque les llovían las hostias (las cacicadas, la represión más bárbara) y les tronaba la amenaza del fascismo. Pero hoy no queda ni rastro (que no sea puro esperpento) de esas ideologías. Y tal vez no haya más revulsivo posible – piensan algunos – que el de las hostias.

Que no hay alternativa doctrinal, ni siquiera en ciernes, al neoliberalismo imperante, es algo que vienen repitiendo politólogos, sociólogos y filósofos desde el fin de la guerra fría. Al final va a ser verdad que estamos viviendo el “final de la historia”, aquello que decía Fukuyama, dos siglos después de Hegel – y en un sentido mucho más ramplón –, aunque no de la manera en que ellos lo imaginaban.

Para Fukuyama y muchos otros el fin de la historia representaba un remanso de racionalidad y desarrollo material y espiritual. Al fin, todo estaba bien, no había nada mejor que la combinación de libre mercado, derechos individuales, democracia representativa y desarrollo científico. Por lo que toda controversia ideológica se tornaba inútil, y toda lucha política en una inercia marginal. Hablar de política, o morir (y vivir) por ella dejaban de tener sentido.

Obviamente, este final de la historia preconizado por Hegel y sus acólitos más tímidos no es el que está siendo. En el final de la historia que realmente sufrimos el libre mercado es un capitalismo globalizado que ha de inflarse y desinflarse constantemente para pervivir (y que, por tanto, no nos reserva más que un estado de crisis perpetua), los derechos políticos son el privilegio de unas élites que, paradójicamente, no los necesitan (y papel mojado para los que se agolpan tras las alambradas), la democracia representativa se ha trocado de promisoria torre de control del bien común (que iba a ser) en pista de despegue y avituallamiento legal de la flota de intereses que sobrevuelan la cosa pública, y, en fin, la ciencia, el cuarto pilar de ese épico final de la historia, no ha podido hacer más de lo que por naturaleza puede (sin travestirse en religión): ofrecer datos y medios (no valores ni fines), y resistirse heroicamente, cuando lo hace, a los tentáculos del mercado.

Pero pese a este sombrío panorama, y por extraño que parezca, el debate político – en el sentido, fuerte de la palabra "política" que decíamos antes – prácticamente no existe, especialmente en la izquierda (que es dónde puede existir, casi por definición, algún debate político). Las ideas positivas que afloran son de corto alcance, o excesivamente ingenuas, o escasamente seductoras, o todo eso a la vez. Más allá de las pequeñas sectas arcádicas anarquistas, decrecionistas, ecofeministas y demás hijos del dios de las pequeñas cosas, o de esa “autodemagógica” quimera del idear desde abajo (como si el Pueblo hubiese tenido alguna vez alguna idea), y más acá de los que se masturban con los espectros del marxismo, la tradición comunitarista o el republicanismo más a la izquierda solo produce críticas, matices, e incansables (y admirables) búsquedas filosóficas. Desde luego que en todo ese magma que late bajo los barriles de cerveza de los congresos anticapitalistas hay toneladas de buenas intenciones, y una excelente disposición a acabar discutiendo de los problemas perennes de la filosofía política. Pero faltan dos cosas esenciales: una doctrina que aglutine y articule todo ese magma ideológico en una propuesta transformadora de naturaleza global, ambiciosa y seductora; y, en segundo lugar, que la mayoría de la gente vea, clara e ilusionadamente, la necesidad de ensayar dicha propuesta.

Lo segundo no carece en absoluto de importancia. El otro día, al final de un par de conferencias, una – ingenua hasta decir basta – sobre la "sobriedad feliz" prometida por el "paradigma decrecionista", y otra sobre los dignísimas, pero minúsculas proezas que se pueden hacer (y se están haciendo) desde el ámbito municipal para cambiar las cosas, vino un físico del CSIC a hablarnos del colapso energético y de lo que, al final, puede ser el único revulsivo posible: darnos – dijo – una "buena hostia".

Si la mayoría no ve clara e ilusionadamente la necesidad de una transformación radical – parecía decirnos el físico –, que la vea, entonces, negra y desesperadamente. Y el colapso energético y económico (por no hablar del ecológico) que se nos viene encima proporcionará, en no mucho más de cincuenta años, toda esa oscuridad (literal, por falta de energía) y desesperación que la gente parece necesitar para cambiar de ideas y de deseos. No solo por la miseria material que dicho colapso genere, sino más aún por esa otra hostia, siempre tan eficaz: la de la tiranía que organicen los poderosos para poner orden y proteger lo que andan acumulando hoy – y a la que no es descartable que se amorre inicialmente el Pueblo con el entusiasmo habitual –.

No es una perspectiva muy alentadora. Es obvio que preferiríamos otra cosa: educación y cambios políticos. Y cambiar el “Pueblo” (la Tribu, la Nación, la Comunidad...) por una ciudadanía fuerte y mayor de edad en la que se mire (y bajo cuya mirada rinda cuentas) el Estado. Pero para ello hace falta aquella primera condición que decíamos: disponer de una doctrina en que creer y educar y con la que hacer sombra al poderoso neoliberalismo (y su envés socialdemócrata). Una doctrina, decimos, no un magma ideológico pseudotribal y temeroso de los dioses de la izquierda new age. Parece que nos quedan no más de cincuenta años para formularla y sembrarla en las almas. En otro caso, el veredicto de la historia podría ser el que decía el conferenciante y físico que mencionaba antes: una buena hostia. ¡A ver si así! Creo que es para pensárselo.




martes, 13 de septiembre de 2016

La educación como rehén.



Este artículo fue publicado originalmente por el autor en el diario.es Extremadura y en El Periódico Extremadura

Comienza el curso escolar y todo sigue igual, lo que equivale a decir que esta peor. El sistema educativo sigue retenido contra su voluntad por el gobierno (ahora en funciones), lo que supone tres años ya de congoja e incertidumbre para cientos de miles de niños, docentes y familias. Durante este tiempo los rehenes hemos tenido que implantar, a regañadientes y a toda velocidad (anteponiendo los ritmos políticos a los de la pedagogía y el buen sentido), la LOMCE, una ley retrógrada y macarrónica en sus contenidos (elaborados igualmente a toda prisa), reaccionaria en sus aspectos pedagógicos, torpe en su intención uniformadora (tan torpe que ha generado la mayor diversidad conocida de planes educativos autonómicos), segregadora y clasista (al niño que “no vale” se le expulsa sin contemplaciones al itinerario laboral – ¡así acaba cualquiera con el fracaso escolar!–), y resueltamente favorable a la escuela concertada y privada. El objetivo de la LOMCE es un sistema público barato, masificado y disciplinador de las clases bajas, de manera que el que quiera educación de calidad, apta para tener amigos, dar pelotazos y abrir cuentas en suiza (en esto parece que consiste triunfar en este país), tendrá que pagarse un colegio privado, sea el del Pilar – el Eton College del pijerío nacional – o cualquier otro que, a imitación suya, les saque los cuartos a la clase media con pretensiones. La educación es todo un negocio aún por explotar. Por eso la raptaron.

Lo único bueno de la LOMCE es que a todo el mundo (menos al PP) le parece mala y tendenciosa. Incluso el propio gobierno sabe que es una ley sin futuro, lo que no impide – esto es lo grande – que siga torturándonos y amenazándonos con ella. Tras el destierro dorado de los jefes más intransigentes de la banda (Wert y Gomendio), el nuevo ministro Méndez de Vigo ha mostrado mayor voluntad negociadora, lo cual no ha servido para evitar la publicación, hace muy poco, del decreto sobre la reválida, uno de los aspectos más unánimemente rechazados de la LOMCE. A Dios rogando y con el mazo dando. Unos días después el PP acordaba con Ciudadanos la paralización de la Ley (lo que, entre otras cosas, impediría desarrollar el decreto citado) y un plazo de seis meses para acordar un pacto por la educación. Parece que los secuestradores, cuyo propósito inicial era reeducar a los españoles, se conforman ahora con una investidura. “Si queréis que libere a los rehenes de la LOMCE – parecen decir – tenéis que darnos el gobierno del país”. Este es el trato. O eso parecía, porque tras el fracaso de la investidura todo vuelve a estar como estaba. La LOMCE, pese a estar muerta, sigue generando caos e incertidumbre, y el PP sigue jugando con esta baza (como un pistolero girando su revolver con el dedo en el gatillo) para negociar su llegada al gobierno.

Mientras tanto, el curso ha comenzado y ni docentes, ni alumnos, ni padres sabemos que va a pasar (o no pasar, que diría, con entrañable retranca nuestro presidente). Además de acabar de implantar una ley en la que nadie cree, y que se tendrá que derogar o reformar en poco tiempo (con todo el coste correspondiente), tendremos que preparar a nuestros alumnos para unas pruebas de las que no sabemos prácticamente nada y que es mentira que no tengan efectos académicos. Para los estudiantes de 2º de bachillerato la revalida de 2017 determinará (como hacía la extinta selectividad) el acceso a la carrera y universidad de su gusto, y supondrá (una vez superada) un 40% de la nota media que figurará en sus expedientes. Para más inri, los sufridos bachilleres tendrán que examinarse de materias que dieron el curso pasado, cuando sus profesores sabían aún menos sobre las dichosas pruebas.

Ante esta situación disparatada y la inaudita parálisis política del país, el gobierno extremeño ha de intervenir con urgencia y contundencia para proteger a sus ciudadanos. Tras el decreto de secundaria de julio pasado (gracias al cual se paliaron algunas de las barrabasadas educativas de la LOMCE), ahora toca hacer lo imposible por condenar a la irrelevancia a estas revalidas con que el gobierno en funciones pretende seguir torturando y ninguneando a la comunidad educativa, y chantajeando, de paso, al país entero. Una tarea esta en la que, por demás, no debería haber la más mínima discordancia entre las fuerzas políticas a la izquierda del PP. Esperemos que así sea.


lunes, 29 de agosto de 2016

El corazón en una cuneta

Fosa de la guerra civil excavada en Estépar (Burgos) con restos de 26 hombres
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en el diario.es


Se asombraba hace unos días el hispanista Ian Gibson de que uno de los escritores más grandes de este país, traducido a todas las lenguas, y símbolo inconfundible de la cultura española en el mundo, siga enterrado en una cuneta. El genio de Federico García Lorca, capaz de una obra maestra tras otra durante los escasos veinte años de su carrera literaria, fue fulminado en la flor de su vida creativa por un pelotón de sicarios al servicio de golpistas y caciques locales hace ahora ochenta años. Que el Estado no haya movilizado, desde entonces, todos los recursos económicos, técnicos y humanos para localizar los restos del poeta español más conocido de todos los tiempos (de hecho, la última excavación ha tenido que recurrir al crowdfunding) es tan incomprensible e indignante como que tenga que venir una juez argentina a tratar de esclarecer los hechos que llevaron al asesinato político del escritor.


Así somos. Mientras la obra de Lorca es estudiada en universidades de medio mundo, el pasado día 18, ochenta aniversario del crimen, ni los informativos ni las instituciones mostraron el más mínimo interés (solo unos minutos al final del telediario de TVE) por el poeta que ha elevado el prestigio de nuestro país infinitamente más que cualquier pódium olímpico. Una muestra más del carácter siniestro, ruin y palurdo de un país que, a veces, lamento llamar el mío.

Y no es la única. Desde que acabó la guerra más de cien mil personas siguen enterradas en más de de dos mil fosas comunes de las que solo se han exhumado, a duras penas y con escasas ayudas, unas doscientas. Leo que España es el segundo país del mundo con mayor número de víctimas de desapariciones forzadas cuyos restos no han sido recuperados (el primer país es Camboya). Para más lucimiento, el gobierno ha abandonado y ninguneado a las asociaciones que reclaman la exhumación de las fosas y la recuperación de la memoria histórica. Exhumaciones que deberían producirse antes de que los familiares directos de las víctimas, ya muy ancianos, sigan muriendo con el vivo dolor, no solo de la pérdida, sino de años de humillación por no poder dignificar la memoria de sus muertos. A ese dolor, igualmente sepultado por el miedo a las represalias, se suma así la desidia, cuando no el desdén, del gobierno (no hay más que recordar las repugnantes declaraciones de Rafael Hernando, portavoz del PP, acusando a los familiares de las víctimas de no tener otro interés que el del dinero de las subvenciones). O el peor de los insultos: la pretensión de pasar página, como si nada hubiera ocurrido, como si esos cien mil muertos no fueran, también, víctimas del terrorismo de un Estado fascista como el que se logró tumbar en Italia o en Alemania, pero, ay, no en España.

Porque no solo se trata de aliviar el dolor, sino de compensar la humillación y restituir la dignidad de los asesinados y sus familias, muertas en vida en medio de un charco de silencio y oprobio. Las víctimas de los fanáticos del otro bando fueron enterradas con normalidad y todos los honores. Es justo que también lo sean estas que dejamos olvidadas en las cunetas. Rescatándolas de la fosa no solo les haremos justicia, también dejaremos abierto un espacio en el que cimentar un régimen que ha pasado, en estos últimos años, de consolidado a revisable y desmenuzable. ¡Si queremos un país del que todos nos sintamos realmente partícipes, empecemos por aquí! Hagamos de la recuperación de la memoria una prioridad cultural e institucional. No hace falta entrar en acusaciones hirientes sobre la sangre derramada por unos y por otros. Asumamos lo que ocurrió, depuremos las responsabilidades que sea justo y útil depurar, enterremos solemnemente a todos los muertos, y convirtamos cada fosa común en un monumento al que llevar a los escolares cada 18 de julio, para que aprendan, y para que no olviden.


Y también, alguna vez, visitemos con ellos la tierra de la vega granadina que sepulto a Federico, la única que pudo saber de esa última obra que dejó a medio germinar la enormidad de su talento. Hace unos días publicaron los periódicos el asombroso hallazgo de un corazón conservado en el fondo de una fosa excavada en Burgos. No se puede hallar una imagen más lorquiana para recordar al escritor y los más de cien mil compatriotas nuestros que yacen con él, solos y sin nombre, al pie de las carreteras. La mayoría murió por la misma razón que el poeta: por no saber acallar ni su corazón ni su conciencia. Ellos pueden hoy descansar en paz. Nosotros, todavía no.

lunes, 22 de agosto de 2016

Pasar olímpicamente

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en el diario.es extremadura




Según un viejo cuento griego hay tres tipos de personas en un Estadio olímpico: los que van a competir (los atletas), los que van a negociar, y los espectadores. ¿Cuál de estas personas realiza una actividad más digna de un ser humano? No es el deportista – dice el cuento –, pues sus fines (saltar, correr) no son muy diferentes de los de un animal. Tampoco el negociante, pues su conducta está guiada por el mismo principio económico (obtener el máximo beneficio con el mínimo coste) que rige la vida en la selva. Tan solo el espectador – concluye la historia – hace algo específicamente humano: contemplar el mundo desinteresadamente. El hombre es el único animal capaz de pasar el tiempo contemplando algo con lo que no puede alimentarse ni copular: estrellas, hormigas, átomos... ¡O pelotas de tenis!

Cuando cuento esto en clase mis alumnos se quedan desconcertados. Para la mayoría de ellos los deportistas y los negociantes son los modelos humanos a imitar. Decirle al típico chico deportista que se pasa las tardes entrenando en la piscina o en la pista de saltos que el sentido de su vida es comparable al de un pez o un canguro es un golpe bajo. Si añades que todo aprendiz de emprendedor no es (según el cuento) más que un mono codicioso ya tienes un grupo de adolescentes profundamente indignados deseando discutir sobre los fines profundos de la vida. ¿Tendrán que ver con el deporte? ¿Con los negocios? ¿Con el negocio deportivo?...

Tanto en la Grecia antigua como en la Europa moderna, el deporte comenzó siendo una noble afición para entretenimiento de aristócratas (la única clase que contaba con tiempo que perder) y acabó como un espectáculo profesional con que distraer a la gente de los asuntos públicos y enriquecer a espabilados “emprendedores”. El poeta griego Simónides – como cualquier publicista o periodista actual – invocaba a la “musa que proporciona dinero” para componer sus himnos a las estrellas olímpicas. Y los tiranos de toda Grecia descubrieron enseguida la virtus dormitiva que tenía el espectáculo deportivo sobre las masas. Solo al final de la época clásica surgieron voces críticas como la de Eurípides, que repetía lo que, ya un siglo antes, dijera el poeta Jenófanes a sus contemporáneos: “No es justo preferir la simple fuerza corporal a la sabiduría”. Naturalmente, todo el mundo pasó olímpicamente de ellos.

Mucha falsa idealización ha corrido, desde entonces, sobre las Olimpiadas. Pero ni antaño ni hoy parece que fuera más que un pasatiempo pijo convertido enseguida en un lucrativo negocio con que entretener a la gente. Porque – y por extraño que parezca – a mucha gente le entusiasma embobarse viendo encestar un balón, o celebrar como si le fuera la vida en ello que un tipo corra, nade o salte un poco más rápido o lejos que otro. Junto a esto, el significado religioso, ético o estético de los juegos, las treguas sagradas, el espíritu de hermandad entre naciones y tantos tópicos olímpicos al uso no son, ni fueron, más que una sublime intención original, o una brumosa y sobredimensionada leyenda acerca de los – siempre míticos – orígenes.

Para comprobar la absoluta falsedad de esos tópicos no tienen más que asomarse a la realidad de las olimpiadas de Brasil. Lo que verán es un inmenso negocio montado a costa de la seguridad y la miseria de miles de trabajadores, un dispendio de dinero público en un país con millones de pobres y una galopante crisis económica encima, un espectáculo obsceno con que tapar los escándalos e intrigas de la clase política, y un lodazal de violencia en el que – según Amnistía Internacional – la policía ha asesinado impunemente a miles de personas (presuntos delincuentes) y ha reprimido con saña a las cientos de miles que se han manifestado reiteradamente en contra de la celebración de los Juegos. A tanto ha llegado la violencia policial que correr delante de la policía para salvar la vida se ha propuesto, con cínico humor negro, como nuevo deporte olímpico en las favelas de Rio de Janeiro.

Por añadidura, y como era de esperar, los costosos fastos olímpicos no han certificado la hermandad entre los pueblos, ni han detenido ninguna guerra, ni representan la más mínima oportunidad de progreso económico, cultural, moral o político para la gente, sean, ahora, las del Brasil, o fueran, antaño, las de cualquier otro lugar. Lo que la aristocracia griega (o su versión moderna encarnada en el Barón de Coubertin) concibió como una refinada celebración de los valores de la nobleza guerrera (patriotismo, heroísmo, desinterés, juego limpio...) no es, ahora, más que un enorme tinglado publicitario y mediático con el que se enriquecen el COI (dueño de todos los derechos) y las élites locales, y que se paga– a menudo durante lustros – con el dinero de todos. Una inmensa (y a veces sangrienta) estafa en la que el espectáculo deportivo parece haber tomado el lugar de la religión como nuevo “opio del pueblo”.

Por lo dicho, estas olimpiadas no deberían obtener más que nuestro más soberano y olímpico desprecio. Aunque mucho nos tememos que si no hicieron caso al poeta Jenófanes, mucho menos nos lo harán a nosotros. Seguro que ahora mismo está comenzando la final, la semifinal o los cuartos de alguna rara especialidad de su gusto... Por cierto, la moraleja del cuento del principio es que para cultivar lo que nos hace personas hay que contemplar y comprender el mundo.¡Pero no el que sale en la tele! Sino ese otro que se quedó fuera del estadio, y que, por si fuera poco, es el nuestro.



sábado, 6 de agosto de 2016

Censurar libros

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura y en el diario.es



Miles de personas, a través de mensajes, comentarios y subscribiendo peticiones en la red, exigen a una conocida editorial que retire de circulación un libro (“75 consejos para sobrevivir en el colegio” de María Frisa), escrito para el público infantil, en el que la protagonista, una niña, narra sus avatares diarios e inventa, en clave irónica y humorística, una especie de “manual de supervivencia” en el que dice cosas como.... ¡Como las que diría cualquier niña sana y espabilada de 12 años! Cosas que, a veces, y gracias a Dios, hacen saltar del sillón a sus padres. Leyendo el libro uno no encuentra nada que no se pueda leer en otros – muy conocidos – de estilo similar (como la serie de Manolito Gafotas, de Elvira Lindo), ni nada comparable con el tipo de crítica vitriólica e incorrección política de series geniales y archiconocidas como Los Simpson o South Park. Una de las cosas admirables de estos tórridos tiempos es la cantidad de productos de entretenimiento de calidad – y a la altura de su inteligencia – con los que cuentan niños y adolescentes. Lo que no parece que haya mejorado mucho es el grado de calidad de sus padres.

A muchos padres nacionalcatolicistas de hace 50 años, censores para sus hijos de todo lo que no fuera el catecismo, Roberto Alcazar o Sissi Emperatriz, le suceden hoy una caterva de padres “progres” obsesionados igualmente porque sus hijos observen a rajatabla sus valores y sean, desde ya, ecopacifistas o feministas, tomen alimentos orgánicos o desconfíen de la tecnología. Por suerte, los niños, que, pese a sus padres, tienen siempre reservas inagotables de lucidez, siguen desobedeciendo y riéndose de ellos y sus absurdas prevenciones en cuanto pueden – ¡una mezcla de los imperativos de la selección natural y la diabólica simiente de Adán y Eva! –. Sé de niños que, por haberles prohibido jugar con videojuegos en casa, se muestran como furiosos ludópatas en casas ajenas y más permisivas (mientras que los niños de esas familias, a los que se les deja jugar a placer, comparten ese entretenimiento con otros mil con absoluta normalidad).


Mis amigos más pacifistas, naturistas o ultrafeministas, han tenido que apearse del burro cuando sus hijos, contra toda suerte de sibilinas censuras y chantajes, se han empeñado en sus metralletas de juguete, las asquerosas salchichas del super, o los más escotados trajes de princesa. Lo bueno es que, gracias a eso, ahora se puede discutir con los padres y bromear sobre los transgénicos o contar chistes machistas, sin que se cabreen y te excomulguen. Sobra decir que con esa actitud conseguirán mucho más de sus hijos que forzándolos a la fe puritana en sus creencias. Aunque me juego la vida a que algunas de esas creencias no podría soportar más de diez preguntas seguidas de esas hachas del pensamiento lógico que son los niños y adolescentes (no digamos un buen estudio comparativo entre lo que dicen pensar, lo que piensa de verdad aunque no lo digan, y lo que hacen sin pensar sus buenos padres).

Pero con todo, lo más grave de todo esto no es la cantidad de padres y adultos que no se acaban de enterar de lo maravillosamente listos que son los niños – niños que, para crecer, tienen inevitablemente que desobedecer, reírse y cuestionarlo todo sin remedio (Freud lo diría de forma más cruda, pero más vale no meter también el sexo en todo esto) – . Lo más grave, más allá del caso concreto de este libro, es la cantidad de fanáticos y cretinos morales que campean peligrosamente a nuestro alrededor, y que, si viviéramos en otras épocas, o cambiaran su furiosa moralina o sus creencias “new age” por una religión de las de verdad, serían discípulos de Torquemada o de cualquier ayatollah degollador de infieles. La persona que ha iniciado la recogida de firmas en Change.org para obligar a retirar el libro que comentábamos se dice harta de que la tilden de fanática pero, a la vez, afirma que “nada puede hacerle cambiar de opinión”. Nada de lo que digamos, pues, nos libraría de la hoguera, caso de estar en las manos de este decidido justiciero que, con su actitud, está dando, sin duda, un ejemplo infinitamente más pernicioso que toda la presunta incitación al acoso del libro que fustiga.

Todo este torquemadismo por un libro es un gota más del vaso que van colmando, día sí, día no, algunos de nuestros iluminados gobernantes y conciudadanos, ya desde la derecha más reaccionaria, ya desde el progresismo más miope. Juicios por declaraciones o bromas de mal gusto en las redes, detenciones por acarrear bolsos con lemas presuntamente insultantes, encarcelamiento de tirititeros, denuncias por conversaciones privadas obtenidas de un móvil robado...¡Es alucinante! Pero no lo es menos desde el otro lado de lo mismo. Hace unos días publiqué un artículo contra la celebración del Toro de la Vega en Tordesillas, pero cometí el error de darle un título ambiguo (“Tordesillas, o el crimen como una de las bellas artes”). Algunos animalistas, que no habían leído – o entendido – el artículo, me identificaron en seguida como defensor de la fiesta, y me pusieron de vuelta abajo con una virulencia que daba verdadero pavor. Hace ya tiempo, a un ginecólogo se le ocurrió publicar un libro en que criticaba las supuestas bondades de la lactancia materna. Para que quiso más. Hordas de adeptas de la religión de la santa lactancia pidieron retirar el pernicioso libro. Todos los fanáticos se parecen en eso: se sienten, en el fondo, tan poco seguros de sus indubitables creencias, tienen tanto miedo a caer en la tentación de la duda, que se ven forzados a prohibir todo lo que parezca atentar, critique o se cachondee de sus sagrados mitos.

Y que conste que hay libros – por suerte – muy perniciosos para los niños, capaces de sacarles de la inocencia como la mejor de las malas compañías. A estos libros, si se empeñan, se los puede desautorizar de mil maneras (no nombrándolos nunca, poniéndolos en el estante más alto de la librería, publicando feroces reseñas sobre ellos, cuestionando su uso educativo por motivos muy razonados...) pero nunca prohibirlos. Prohibido prohibir libros. Porque escribir no es cometer ningún delito, ni una incitación a cometerlo a lectores presuntamente tontos de baba. Los niños (salvo que solo lean lo que les indican sus padres) no son tan estúpidos como para entender literalmente una obra de ficción. ¡Justo porque no son tan estúpidos es por lo que les gusta leer esos libros! Gracias a obras como las de María Frisa, o a series gamberras como South Park, Los Simpson o Bob Esponja (y supongo que, también, muchos videojuegos) los chicos están bien vacunados, hoy, contra la memez moral de muchos de sus mayores. Como canta Serrat: “bienaventurados los que lo tienen claro, porque de ellos es el reino... de los ciegos”. Pues eso. Ya sé el libro que le voy a regalar, para que abra bien los ojos, a alguna de mis sobrinas.




martes, 2 de agosto de 2016

El retorno de la reválida

Artículo originalmente publicado por el autor en eldiario.es y El Periódico de Extremadura.



A partir de ahora, mi padre ya tendrá algo en común con sus nietos: las historietas de cuando, en pantalón corto y muerto de miedo, tenía que recitar la lista de los reyes godos ante un siniestro tribunal de cátedros para sacarse el bachillerato. ¡Sí, vuelve la revalida! Como en el peor episodio de alguna de esas series nostálgicas de la tele. El gobierno, que está en funciones para lo que le interesa (para evitar comparecer en comisiones parlamentarias, por ejemplo), aprobó hace unos días el decreto según el cual a los alumnos de 16 y 18 años ya no les basta con aprobar la ESO o el Bachillerato; si quieren el título, tendrán que superar, además, una serie de exámenes elaborados por un comité de subsecretarios del Ministerio. Serán cinco días resolviendo problemas y marcando casillas de test para obtener entre el 30% y el 40% de su nota final. Así que, ya saben, procuren que durante la semana de la revalida sus hijos no están enfermos, ni nerviosos, ni afectados por problemas personales, porque lo que hagan durante esos cinco días valdrá prácticamente lo mismo que lo logrado en todos sus años de estudio.

Pero las revalidas no solo ningunean el trabajo de los alumnos, sino también el de los profesores. Cientos de clases, ejercicios, trabajos, exámenes y reuniones no serán suficientes para autorizar sus evaluaciones. Estas se supeditan ahora al (y se igualan, prácticamente, en cuanto al valor final, con) el examen de cinco días de los burócratas del Ministerio. Otra pedrada más (y van...) a la dignidad del profesorado.

Olvídense, también, de todo lo que sea innovación pedagógica: ni educación por proyectos, ni trabajos de grupo, ni debate o diálogo crítico en las clases, ni expresión artística, ni educación en valores, ni nada que no quepa convertir en preguntas tipo trivial acerca de contenidos estandarizados. Por demás, dada la extensión de tales contenidos los profesores tendrán que olvidarse de enseñar nada para convertirse en una suerte de “preparadores de oposiciones” para adolescentes de 12 a 18 años. Si siempre ha sido difícil retener la atención de los chicos, imaginen ahora para inculcarles de memoria los hipertrofiados temarios LOMCE, o para ensayar con ellos un test tras otro, como en las autoescuelas.

Por otra parte, la justificación del gobierno – dada en el propio decreto – para, pese a estar en funciones, imponer una ley que rechaza la mayoría de la comunidad educativa y la totalidad de los partidos políticos, es desvergonzada hasta decir basta. De un lado, se escuda en la urgencia de reglamentar las pruebas para, a continuación, dilatar su concreción... ¡Hasta finales de noviembre! (De lo que se trataba, es obvio, era de aprobar el decreto antes de tener que gobernar en minoría). De otro lado, acude al conocido argumento acerca del valor de las revalidas para fomentar el rendimiento y la motivación de los alumnos, algo que se ha revelado, una y otra vez, como ineficaz y que, desde una torpe y desfasada filosofía pedagógica, coloca a los alumnos – a su supuesta “pereza” e irresponsabilidad – como principales responsables de los problemas del sistema educativo.

Porque de lo que se trata, en el fondo, es de imponer de nuevo la vieja “pedagogía” de palo y tentetieso. Esa pedagogía castiza incapaz de entender que alguien pueda disfrutar con el aprendizaje, que exhibe soluciones simplonas (¡más exámenes!) para problemas complejos, y que inculca en los alumnos, no el amor por el conocimiento o las actitudes cívicas, sino la obsesión por los resultados cuantitativos (y el correspondiente sentimiento de culpa cuando estos no se logran). Una pedagogía, esta, en retroceso, y que ha mostrado una y mil veces su absoluta inutilidad. Así, mientras en Europa (¡y en las mejores escuelas de pago!) se vira hacía pedagogías comprensivas, con currículos flexibles, pocos exámenes, y centradas en la motivación y el interés del alumno, aquí volvemos al espíritu de las revalidas – ¡con el que ya acabó la ley franquista de 1970! – y al modelo de escuela de Don Minervo, el maestro cazurro de los hermanos Zipi y Zape.

Urge, pues, hacer algo para evitar este dislate que, además, amenaza a la ya maltrecha escuela pública. Pues la revalida también servirá para clasificar (y dotar) a los centros en función de los resultados de sus alumnos (con una no especificada ponderación según el nivel socioeconómico de los mismos). Esto, como ha pasado en otros países, solo servirá para crear centros marginales a los que nadie querrá ir, y, claro está, para animar la demanda de los concertados y los privados, en los que no suele encontrarse uno niños de familias poco fetén – de esos que bajan las medias –.

La Generalitat de Cataluña ya ha anunciado que recurrirá el decreto. Otras comunidades, como Castilla-La Mancha y Extremadura están estudiando, también, el recurso. Alguna confederación de padres (CEAPA) anuncia medidas. Es hora de que el resto de las comunidades autónomas (que, además, han quedado absolutamente excluidas del proceso de elaboración de esas malhadadas revalidas) manifiesten su oposición. La derogación de este decreto (o de la Ley Wert en su totalidad) tendría que ser condición innegociable de cualquier negociación política.



miércoles, 13 de julio de 2016

Tordesillas, o el crimen como una de las bellas artes.

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en el diario.es de Extremadura





Tordesillas no se rinde. El Ayuntamiento en pleno (con la sola excepción de la edil vinculada a IU) ha recurrido el decreto de la Junta de Castilla y León que les prohíbe celebrar el Torneo del Toro de la Vega. Como se sabe, el Torneo consiste en alancear a un toro hasta la muerte, y el decreto, aprobado el pasado mes de mayo, prohíbe expresamente la matanza de toros en festejos populares.

Las razones que esgrimen los defensores del Torneo son varias: la no injerencia en presuntas competencias municipales, el valor cultural y turístico de la fiesta, o el haberse convertido – dicen – en víctimas propiciatorias de los movimientos animalistas (y de sus presupuestos errados, o exagerados, acerca de los derechos de los animales). Pasemos a analizar algunos de estos argumentos, especialmente el del valor cultural de este tipo de festejos.

La primera de las razones de los tordesillanos no tiene fundamento legal ni moral. Las competencias sobre la reglamentación de festejos no corresponden al gobierno municipal, sino al autonómico. De otro lado, la legitimidad de una ley de este rango descansa en la voluntad de los ciudadanos castellano-leoneses, y de los españoles, no en la de los vecinos de Tordesillas. Y la voluntad de los ciudadanos parece muy clara: el rechazo al Toro de la Vega (y a otros festejos similares) ha ido en aumento en los últimos años, hasta el punto de que la fiesta es hoy más conocida por los conflictos entre defensores y detractores que por ningún otro motivo. Y no es algo nuevo: la muerte del Toro de la Vega estuvo ya prohibida durante el franquismo (entre 1966 y 1970), tras una campaña en su contra lanzada por asociaciones de protección de la naturaleza, medios de comunicación y sectores de la administración, que – ¡a mediados de los años 50! – consideraban ya inadmisible tal nivel de crueldad y salvajismo.

En cuanto al valor cultural de la fiesta (o, en general, de la tauromaquia) habría mucho que hablar. Dejando a un lado el asunto de la antigüedad, que no justifica nada – también es antigua la guerra, o la discriminación de la mujer, y a nadie se le ocurre defender su existencia por ese motivo –, los abogados de la llamada “fiesta nacional” hablan con frecuencia del valor estético y simbólico de los espectáculos taurinos. Nadie – sensato – puede negar esto, por poco que le gusten los toros. Toda celebración tradicional posee un innegable valor estético, y está cargada de significados (culturales, morales, religiosos, filosóficos...). Imaginen que son extranjeros y ven un documental sobre el Toro de la Vega. Les podrá parecer un rito brutal, pero no carente de interés cultural o antropológico. Les podría parecer incluso hermoso o, cuando menos, pintoresco, tal como les han parecido las fiestas de toros a multitud de viajeros, artistas o poetas.

Ahora bien, que una manifestación cultural tenga valor estético y simbólico no quiere decir que sea moral (ni legalmente) aceptable, ni que no pueda (por motivos morales o por otros muchos) mejorar o evolucionar como acontecimiento cultural. Los taurinos se niegan a suprimir las suertes más crueles con el toro porque piensan que eso resta autenticidad a la fiesta y le hace perder su significado. Pero esto responde a una actitud conservadora que acabará superada con (o por) el tiempo. Seguramente, los que vivieron la época del blues cantado por esclavos o de la ópera interpretada por castrati dirían algo parecido a lo que dicen los taurinos (¡esto ya no es blues, o ópera!) cuando se descubrió que para hacer buena música no hacía falta esclavizar ni castrar a nadie. Es más: trascender la parte más, cabe decir, truculenta y literal del complejo simbólico de la tauromaquia (es decir, la tortura y muerte del toro), aumentaría su relieve más propiamente estético. En el arte no hace falta que nadie muera realmente para representar la muerte. El paso gradual de la literalidad a lo más pura y libremente simbólico es uno de los rasgos que definen la evolución del arte en todos sus géneros (la pintura, la música, el teatro, la literatura...), incluso el arte más popular: un circo sin rastro de animales – como el Circo del Sol – ha resultado ser mejor que el circo de animales tradicional. ¿Por qué no habría de pasar algo similar con las fiestas de toros? ¿Se imaginan un espectáculo “taurino” en el que ya no se maltratara al animal – o incluso en el que este estuviera ausente – ? El arte evoluciona cuando da forma a lo que parece ahora inimaginable.

En cuanto a los presupuestos filosóficos de los animalistas es obvio que los defensores de la tauromaquía – a tenor de sus quejas y argumentos – no los entienden. No se trata de igualar animales y personas, ni de dotar a los primeros de los mismos derechos que los segundos, sino solo de entender que aquella dignidad por la que algo pasa de ser “algo” a ser “alguien” no está tan clara, y que, en la medida en que racionalmente lo está, nos empuja a considerarla como algo gradual, y no una propiedad exclusiva de los seres humanos. Justo por este argumento – más venerable y viejo, en la filosofía, de lo que parece – resulta justo ser considerados con seres que, sin ser, obviamente, personas, tampoco son meros mecanismos o cosas, sino subjetividades ante cuyo sufrimiento – sobre todo, cuando no es imprescindible – ni el ser humano más embrutecido puede sentir una absoluta indiferencia.




jueves, 30 de junio de 2016

La izquierda en su burbuja.

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El diario. es Extremadura




Cuando entré en el colegio electoral la mesa estaba ocupada, de manera informal, por apoderados del PP y del PSOE. Estaban de cháchara y hablaban del caso de un apoderado de Podemos que les llegó en las pasadas elecciones, maleducado, “dándoselas de listo”, y sin acreditación. Esta vez, por lo que se ve, no había venido ninguno. El presidente de la mesa, colocado junto a la urna, acabó la conversación con un grave: “¡mejor!”. Voté y salí del colegio con la clara impresión de que el podemismo era, al menos aquí, y en muchos pueblos como este (que es de lo más normalito), casi cosa de extraterrestres.

Por la tarde, sentado en un velador y leyendo los datos, ya casi definitivos, del escrutinio, escuchaba los comentarios de la gente (gente del “pueblo” desde todos los puntos de vista). La mayoría hablaba de sus cosas. Una mesa llena de jóvenes comentaba los últimos resultados del fútbol. Una chica se quejaba de lo que había cobrado por estar en la mesa electoral. En algún momento uno de aquellos jóvenes contó riendo el susto que había pasado: “Pues no va y me dice – refiriéndose al bromista – que habían ganado los de Podemos. ¡Se me paró el corazón!”... Luego recordé los mensajes de una de mis sobrinas adolescentes en el wasap familiar: “Cómo votéis al coletas os retiro la palabra. ¡¡Quiere cerrar mi colegio (un colegio concertado de curas) !! ¡¡Y eso sí que no!! – clamaba con desesperación – ”....

Es cierto que las elecciones las ha ganado el miedo (o lo que otros llamarían, legítimamente, “prudencia”). La astuta estrategia de polarizar las opciones (o PP o Podemos) ha funcionado como nunca. ¿Cuántas personas de mi pueblo (o cuantos ciudadanos, en general) podrían imaginarse, seriamente, a Iglesias como presidente? Una cosa es que le votaran para castigar a otros, o para desfibrilar al PSOE, y otra auparlo a presidente del gobierno (cosa que, en su imaginación, podría haber pasado de darse el más que seguro sorpasso sobre Sánchez, tal como auguraban unas encuestas que han perjudicado, más que beneficiado, a Podemos). El PP está podrido por la corrupción, todo el mundo lo huele, pero “más vale que me roben a que me arruinen”, dicen en mi pueblo.

Así piensa la gente. La de verdad. Y, tras la gente, todo el poder de los medios de comunicación. Y las mentiras repetidas y amplificadas por esos mismos medios. Y el dinero que ha financiado todo eso. Y los que tienen ese dinero. Podemos no lo tenía y no ha podido responder a la propaganda en contra con la misma fuerza y persistencia que los demás. Son los medios, más que el mensaje, lo que ha fallado a Podemos. Baile ideológico en campaña electoral lo tienen todos los partidos, mala imagen del líder casi todos también (¡menos el que más escaños ha perdido!), el mensaje moderado de Iglesias era el adecuado, aunque sin la amplificación mediática (que estaba supeditada a sus cualidades de showman) quedó demasiado apagado. Todo eso no explica el fracaso con respecto al 20D.

Un factor decisivo, por el contrario, ha sido la guerra entre PSOE y Podemos, la mejor arma electoral, con diferencia, del PP. Por cierto que, con ciento treinta y siete escaños en la mano de Rajoy, Sánchez ya puede respirar tranquilo: no tendrá que responder a la pregunta nunca más veces ni más descaradamente evitada: la de si iba a apoyar al PP o a Podemos.

Pero inexperiencia, descrédito en los temas importantes (como la economía), acoso y ninguneo por parte de casi todos los medios de comunicación, y el desgaste (mutuo) en la pelea con el PSOE, no son las únicas causas de los decepcionantes resultados de Podemos. Hay otra, que entronca con la imagen del principio. Creo que buena parte de los dirigentes y las bases de Podemos no han entendido, aún, lo que Podemos quiere ser. Muchos podemitas y afines se habían creído, ingenuamente, que el “pueblo” (el “pueblo” de mi pueblo y, por lo que se ve, también de las ciudades) se había vuelto de golpe de izquierdas: todos a favor de una economía social, del ecologismo o del laicismo militante. Tengo la impresión de que muchos han confundido su particular burbuja (la de las redes de la izquierda de toda la vida) con la descarnada realidad.

Y he ahí el error. Podemos ha dado a la izquierda (por vez primera y en tiempo récord) un poder que jamás ha tenido. Y ha sido gracias al populismo que, de forma tácita y táctica, practicó desde el principio. Un populismo en el mejor de los sentidos: pedagógico, incluyente, transversal. Ese populismo ha sido la marca diferencial de Podemos. Y cuando no funciona bien convierte a los podemitas en extraterrestres. A los de mi pueblo hay que explicarles, muy clarito, qué van a sacar de bueno con todo esto de la regeneración democrática. Y no decirles, de sopetón, cosas como que se les acaban los toros, o que les cierran el colegio concertado de toda la vida. Para esto último hace falta educación y tiempo, y una dosis enorme de diálogo y respeto, algo que no siempre tiene la izquierda tradicional muy claro.

Si Podemos quiere tener futuro político – y no estancarse como una versión actualizada de IU – ha de persistir en su dominio del marketing político, demostrar experiencia de gobierno, inspirar más confianza pero, sobre todo, ha de profundizar en la transversalidad de los comienzos, dejando de lado los más intolerantes y sectarios tics que tenemos en la izquierda. Empezando por esa pobre percepción (exhibida hasta la nausea durante estas horas) de que “nuestra gente”, con su buen rollo alternativo, es la pera limonera, y el pueblo (ese al que cantamos en nuestras canciones – pero que poco tienen que ver, por cierto, con las suyas – ) no más que una suma de pobres ignorantes manipulados – cuando no unos egoístas sin remedio –. ¡Mira que no votarnos, los muy desgraciados!




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