
Para conocer algo de poco (o de nada) sirve saber su nombre propio. Decir de una chica que no conocemos que se llama Ana es decir nada. Indicarle a un ignorante que existe la Tierra es igualmente inútil. En seguida se preguntarán: ¿Quién es Ana? ¿Qué es la Tierra?... Para conocer algo tenemos que usar nombres “comunes”. Es decir, tenemos que atribuir propiedades o predicados al sujeto: Ana es… Inteligente, Pianista, Atrevida… O: La Tierra es… Un Planeta, Esférico, Habitado… Cuando hacemos esto, incluimos a una cosa (Ana, la Tierra) dentro de ciertos “conjuntos”: el de los Inteligentes, los Pianistas, los Planetas, etc...De esta forma, “delimitamos” o definimos lo que esa cosa es, identificándola con otros seres… (Y eso es conocer: definir e identificar).
El problema es el siguiente. Es fácil saber a qué se refiere un nombre propio. Para quién la conozca es fácil saber a que se refiere el nombre Ana: a una chica, de carne y hueso, que existe aquí y ahora, y a la que podemos señalar con el dedo… ¿Pero a qué se refiere un nombre común? ¿A qué se refiere, por ejemplo, la palabra “pianista”?...
La respuesta parece obvia: “pianista” se refiere a algo que tienen en común ciertos seres (saber tocar el piano). O sea: que existe algo (la capacidad de tocar pianos) que está (¡a la vez!) en varios seres. Está en cada pianista que hay en el mundo. Y también está en los pianistas del pasado, y en los del futuro. ¿Qué será esta extraña cosa que puede estar en varios sitios y momentos a la vez? ¿Hay algo físico que pueda estar en más de un sitio a la vez y que sea lo mismo en todo momento?... ¡Raro, eh!
A esto se le suele llamar en filosofía “el problema de los universales”. Los nombres comunes se refieren a un rasgo “universal” o “común” que no puede existir como las cosas físicas “normales”, que ocupan siempre un lugar concreto en el espacio y el tiempo, y a las que se puede ver. Yo puedo ver a Ana, incluso a Bethoveen (en un retrato). Pero no puedo ver “al pianista”. Yo puedo dar la mano o tomar un café con Ana. Pero no puedo hacerlo con “la mujer”…

A este problema se le han dado varias soluciones. Los filósofos NOMINALISTAS, que están muy próximos al materialismo, afirman que cosas tales como “el pianista” o “la mujer” no son más que nombres, abstracciones lingüísticas, palabras (“flatus vocis”, sonidos de la voz). Mucha gente es hoy nominalista. Cuando se les pregunta a qué se refieren los nombres comunes (o las leyes o las fórmulas matemáticas, que son también nombres comunes), dicen que no se refieren a nada real. Dirán que "el hombre", "la fuerza gravitatoria" o "el dos" no son más que palabras inventadas por nosotros para entender mejor la realidad”…

El nominalismo no es una teoría fácil de justificar. Si alguien sostiene que “la mujer” no es más que un nombre que no significa nada real, tendrá que admitir que no hay diferencia entre los nombres y cualquier otro sonido o garabato sin significado. Y si admiten que “la mujer” significa algo real, tendrán que admitir que hay algo real (convencional o no) que está a la vez en cada uno de los lugares en que hay una mujer, por lo que ese “algo” no podrá ser nada físico (lo cual repugna a los nominalistas, que niegan que exista ninguna realidad fuera del espacio y el tiempo)...
Un posible solución, dada por muchos nominalistas, consiste en situar ese “algo” común que es “la mujer” en la mente. Los filósofos CONCEPTUALISTAS afirman que los nombres comunes se refieren a “conceptos” mentales. Es decir: a esquemas abstractos que nuestra mente origina gracias a la experiencia. Por ejemplo: yo veo a Ana, a Julia y a Rocío. Observo que se parecen y produzco, por abstracción, el concepto mental de “mujer”…
Ahora bien: esta solución no soluciona nada, más bien lo complica. Si observo que Ana y Julia se parecen, es porque tienen “algo en común”, es decir, algo real que está en las dos a la vez, con lo cual vuelve el problema de admitir realidades no físicas... Además: ¿qué es un concepto? Si según el conceptualista todo lo real es algo concreto, existente en un espacio y un tiempo determinado, también lo será el concepto. Pero, en ese caso, el concepto no puede ser una abstracción aplicable, a la vez, a múltiples objetos situados en lugares y momentos distintos.
El problema, pues, sigue abierto. ¿A qué se refieren los nombres comunes, las leyes, las fórmulas matemáticas, etc.? Si no se refieren a nada real, no podrían servir para conocer las cosas. Y si se refieren a algo real, ha de existir algo distinto a la materia. ¿Qué podrá ser eso tan misterioso capaz de estar en muchos sitios a la vez y de ser lo mismo en todo momento?