Mostrando entradas con la etiqueta artículos sociedad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta artículos sociedad. Mostrar todas las entradas

martes, 7 de julio de 2026

«Españolización» climática

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Por si no lo saben, Europa acaba de sufrir una nueva ola de calor extremo con temperaturas jamás registradas en esta época del año. Una semana a cuarenta grados en países poco o nada acostumbrados al calor, como Alemania, Dinamarca o Polonia, ha obligado a regular horarios laborales, a suspender clases y a cerrar carreteras y líneas férreas. En buena parte de estos países los hospitales han colapsado durante varios días y la cifra de fallecidos – casi todos ancianos – supera con creces el millar.

Todo esto no representa, por lo demás, un episodio aislado. Europa es el continente que más rápido se calienta de todo el planeta, con un aumento térmico que duplica la media mundial y que, según la Organización Mundial de la Salud, ha matado a más de doscientas mil personas en los últimos cuatro años. Para colmo de males en ella proliferan partidos populistas que, como VOX, tachan de «fanatismo climático» las advertencias de la ONU y de miles de científicos con respecto al cambio climático, disparate que viene de perlas a las petroleras y que bloquea la acción política para frenar el desastre. Esta la cosa que arde…

Hasta el punto de que si los europeos quieren sobrevivir al calor van a tener que «españolizarse» – como quería Unamuno – a toda prisa y comenzando por los horarios, las siestas, las cenas y las persianas en las ventanas. El ministro francés de Trabajo ya ha anunciado un viaje de estudios (no es broma) para aprender el «spanish summer way of life»: ya saben, lo de trajinar por las mañanas, encerrarse durante el día y salir por las noches, a la fresca, a hacer vida social. Los bocazas que nos tildan de perezosos y vividores entenderán el porqué de la jornada continuada, las vacaciones escolares de dos meses (en otros países las tienen más largas, pero repartidas durante el curso) o el «cierre» administrativo del país durante la canícula. ¿Aprenderán también a tomarse las cosas con parsimonia cuando cae el sol a plomo, a beber gazpacho, a hacerse casas con patio, a quedarse hasta las tantas charlando en el velador o en la puerta de la calle mientras suena la tele y los niños zascandilean como murciélagos?…  

Quizás, pero con esto solo no basta. Para contener la crisis climática es preciso insistir en la reducción global de emisiones, la reforestación, la protección de los ecosistemas, la producción y el consumo sostenibles y, sobre todo, en una persistente educación ética en valores ecosociales; educación sin la que acabaremos sucumbiendo a la delirante ilusión de que aquí no pasa nada, de que no hay cambio climático que valga, y de que si lo hay ya emigraremos a Marte, excavaremos ciudades bajo tierra o le compraremos – a precio de oro – un trocito de Groenlandia a la familia Trump. Un delirio que – junto a nuestras pensiones – acabaran pagando los más jóvenes. Tal vez las próximas olas de calor les ahorren, al menos, uno de estos problemas. 

viernes, 26 de junio de 2026

Volver a lo primario

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

En tiempos de incertidumbre y vacío los humanos nos agarramos siempre al clavo de lo más primario. Es vieja ley de vida. Guerreros hay como castillos que en las fatigas de la muerte llaman con desconsuelo a la madre. Cuando la pena nos puede solemos buscar refugio en afectos antiguos, en los rincones de la memoria, en el placer orgánico del sueño... Frente al desconcierto reinante, tanto el populismo de derechas como la izquierda fetén nos venden también esta vuelta a la primario. Unos, la defensa fiera del terruño, la familia, la tribu, la patria, la tradición milenaria, el Dios primero; otros, el más amable retorno a la naturaleza, el aliento fraterno del pueblo, la pureza indígena, la vida austera y sencilla, la reivindicación del cuerpo …

Suena estrambótico, pero no sé si todo esto tiene algo que ver con la proliferación de animales domésticos. Dice la prensa que hay más mascotas en los hogares extremeños (unas 420.000) que habitantes en la provincia de Cáceres, y más, muchísimas más que niños y niñas censados en la región. ¿Será que criar perros, gatos y otras adorables criaturas es un proyecto familiar mucho más simple y natural que convivir con personas humanas (no son excluyentes, ya lo sé, pero el dato es que cada vez hay más gente sola viviendo con animales)? Tal vez la comunicación no sea especialmente rica en esta vuelta de cara a lo animal, pero tal vez sea más satisfactoriamente unidireccional; al fin, el perro siempre te da la razón, y su apoyo es tan incondicional como el de una madre ...

Alguien podría objetar que esta afición por cultivar el vínculo con los animales no casa con el castizo apoyo a la tauromaquia o la caza que mantiene una amplia porción de ciudadanos. Pero para mí que todo cuadra. Desde la perspectiva paleo tribal del populismo conservador, perros y gatos siempre han sido fieles servidores del hombre, el toro una bestia a sacrificar, y las alimañas del campo una diana sobre la que demostrar las capacidades neandertales del intrépido cazador que, según dicen, primariamente somos. Caza, sacrificio de bestias, retorno a la familia (aunque consista en criar cachorros) … Todo esto (que me perdone Robe Iniesta) significa hoy «volver a lo primario». Como también la persecución de «brujas feministas», lo conversión de los inmigrantes en chivos expiatorios o el rechazo a la cooperación internacional – ¿¡qué mayor solidaridad que la que tengo con mi tribu… o mi perro!? –.

Creo, incluso, que este somero análisis sobra. El anti-intelectualismo es otra condición de la vuelta a la inocencia primera. Pensar poco es el camino de retorno al paraíso (perdido, ya saben, por la sed de saber que inoculó la serpiente en esos benditos indígenas que eran Adán y Eva). Para ser buenos, justos y felices no hace falta darle a la cabeza, sino solo tener buen corazón, una firme voluntad y una fe ciega en lo que nos ha sido revelado por Dios, la Historia o sus respectivos profetas. «Ora et labora (et spectare "fútbol")». No hay más. Así que ya saben: vivan los ladridos, los tiros, los toros y la Pachamama que nos parió…

miércoles, 18 de junio de 2025

El latrocinio nacional

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura.

Decía Fernando Díaz-Plaja que para muchos españoles desvalijar una casa y desvalijar al Estado eran cosas ontológicamente muy distintas: lo primero sería «robar», algo inaceptable y vergonzoso; y lo segundo «ser listo», algo no solo permitido, sino digno de admiración (especialmente si no te pillan). Según esta teoría, los mismos españoles que lincharían con gusto al ganapán que le roba la cartera a un señor en el metro, pasearían a hombros al despabilado capaz de defraudar millones a hacienda u obtener una subvención de manera irregular. ¿Por qué? ¿No roba realmente más y a mucha más gente el segundo que el primero?

Algunos han achacado esta incapacidad para percibir la inmoralidad de robar al Estado – es decir: a toda la ciudadanía – al individualismo feroz y a un cierta incapacidad de abstracción atribuida típica (y tópicamente) a los españoles. Por lo primero, el Estado se entendería como una odiosa imposición dirigida a estorbar – con sus normas y trámites – y asaltar a impuestos a los individuos; esto último no para sostener hospitales, colegios o carreteras, ojo, sino para mantener a los políticos, que «son unos ladrones». Y claro, quien roba a un ladrón…

Por lo segundo, pareciera que a los españoles les costara comprender al conjunto de la ciudadanía como sujeto moral. Debe ser por eso que cuando – no siendo policía – llamas la atención al energúmeno que se lleva los adoquines de una obra pública o abre un pozo ilegal en el chalé, acusándole de estar robando o perjudicando a todos, este te mira con cara de desconcierto y hasta indignación. ¿Quién es «todos»? Para él, un ente al que no se le pueda poner una cara o un nombre concretos no es una persona y, por lo tanto, no se le puede robar de ningún modo. A lo que añaden aquello de que «lo que hay en España es de los españoles» (siempre que con eso no le toquen lo suyo, lo de su familia o de sus amigos, claro).

Esta españolísima tendencia a considerar aceptable (y hasta elogiable) el trincar del Estado (es decir: de lo que es de todos) no es lo único que explica la asiduidad y desvergüenza con que ministros y altos cargos se corrompen en cuanto hay comisiones de por medio. La otra es la no menos demencial costumbre de poner las lealtades partidistas por encima de las convicciones éticas (cosa que pasa en absolutamente todos los partidos, incluyendo a los más presuntamente alternativos o retóricamente comprometidos con la revitalización democrática).

Resulta significativo, en fin, que este penúltimo gran escándalo de corrupción haya estallado justo cuando se celebraba el 40 aniversario de la adhesión de España a la Unión Europea. Cuarenta años ya sin que, de momento, se haya dado aquello que Ortega y tantos regeneracionistas anteponían – asociado a nuestra integración en Europa – a cualquier reforma o mejora económica: una profunda y verdadera reforma intelectual y moral. Todavía estamos esperándola.

miércoles, 13 de septiembre de 2023

Pandilleros de ayer y hoy


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


El último informe de la Fiscalía General del Estado nos advierte de un aumento alarmante de conductas violentas en niños y adolescentes, incluyendo agresiones sexuales y homicidios. La Fiscalía relaciona este aumento con la proliferación de bandas juveniles violentas, que parecen estar extendiéndose más allá de las grandes ciudades. Pero el asunto quizás sea un poco más complicado.

Antes de nada es difícil de creer que el problema se reduzca a la simple existencia de bandas juveniles. Las pandillas existen desde hace mucho. No pocos de los que hoy peinamos canas tuvimos algo que ver con las tribus urbanas de los 70 y 80. Y todos recordamos decenas de películas, algunas memorables (West Side Story, The Wandered, Grease…), sobre jóvenes pandilleros norteamericanos dándose mamporros. Cosa que no implicaba, ni mucho menos, un aumento de la violencia juvenil como el que refleja el informe citado. ¿Entonces?

Tal vez el problema se vea más claro pensando en lo que significa pertenecer hoy a una de esas pandillas juveniles, en contraposición a lo que suponía hace tres o cuatro décadas. Pertenecer a un grupo juvenil era entonces una parte más de los ritos de paso a la edad adulta; integrarte ahora en ellos parece una salida desesperada para chicos que no tienen la más mínima confianza en que exista ninguna «edad adulta».

Fíjense que el argumento de aquellas películas de jóvenes rebeldes que marcaron nuestra adolescencia (especialmente a los chicos) era siempre el de cierto ritual de tránsito a la madurez: unos mismos personajes arquetípicos, expuestos a aventuras en las que ponían a prueba sus virtudes varoniles (valentía, lealtad, camaradería, etc.), y que acababan por dejar a un lado la cazadora de cuero para casarse con la chica que habían dejado preñada o marcharse a la universidad que les correspondía por su estatus. El mensaje escasamente subliminal era claro: uno podía jugar a ser rebelde, e incluso a coquetear con el delito, hasta que comprendía que el orden social era la prolongación natural de la propia subversión pandillera, y pasaba entonces a integrarse en los grupos de referencia (en las “pandillas”) de los adultos: la familia, la hermandad universitaria, el ejército, la empresa…

¿Qué pasa, por el contrario, en las pandillas que proliferan hoy en la periferia de ciudades como Madrid y se extienden por todos sitios? Lo primero es que estas nuevas pandillas no son asociables a un ritual de paso entre formas de sociabilidad más o menos asentadas (de la familia a los grupos de referencia adultos ligados al trabajo), sino más bien a una estructura estable que las sustituye a todas. Esta estructura, a imitación de las maras y otros grupos parecidos, llegan, de hecho, a suplir el papel de la familia para sus miembros más jóvenes y operan como entorno laboral alternativo (pequeña delincuencia, tráfico de drogas, extorsión) para los más mayores, de manera que te captan en la infancia y te retienen para siempre, como las sectas o las familias mafiosas. 

El por qué proliferan las pandillas inspiradas en este modelo es una pregunta complicada, y seguramente tiene que ver con fenómenos socioculturales a gran escala, como la desarticulación de la familia tradicional y de sus valores, la precariedad laboral y la falta de arraigo social que esto provoca, o el debilitamiento general de los lazos sociales, sustituidos hoy por conexiones virtuales intercambiables y de baja intensidad. La «pandilla tribal» que suponen maras y similares supone, de hecho, una propuesta comunitaria que, con sus valores, fines, señas de identidad y lazos socioafectivos, constituye un mundo completo y concreto que oponer al anónimo y desangelado supermercado cultural y humano que ofrece la «aldea global».   

Por otra parte, que estas nuevas pandillas generen más violencia no es raro, dado su formato tribal y la necesidad de retener a sus miembros durante más tiempo. Emprender acciones violentas y delictivas en común es siempre un factor de cohesión (especialmente si hace en nombre del grupo – y contra otro grupo –), además de proporcionar una suerte de entorno laboral alternativo. Eso sin contar con que la violencia, y la sensación de poder inmediato que genera, es de por sí atrayente para la mayoría de los chicos.   

¿Cómo luchar contra esto? Las causas estructurales están ahí, y no van a desaparecer. Engordar el código penal, abrir canchas de baloncesto o celebrar campañas educativas en las escuelas es insuficiente. Es mucho más importante activar la función disolvente del pensamiento crítico. Una educación crítica bien planificada inmuniza a la mayoría de los chicos frente al rudimentario y patriarcal sistema de creencias y valores de las pandillas (y de otras organizaciones sectarias). Es también cierto que esto les deja frente a un tiempo y un mundo que, pese a su relativo grado de civilización, es hostil, frío y solitario como pocos. Pero, de momento, no parece que dispongamos de una opción mejor.

lunes, 1 de noviembre de 2021

Apología del tertuliano

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.



Los tertulianos de los medios tienen (tenemos, he de incluirme en el lote) muy mala prensa, aunque, como pasa con los vicios, se fustigan en público y se disfrutan en privado. Curiosamente, se les vilipendia con frecuencia desde las secciones de opinión de los periódicos, es decir: por parte de esa otra especie de tertuliano en formato monólogo que son (somos) también los columnistas. No digamos si, además, el crítico es novelista y está acostumbrado a opinar lo que le viene en gana bajo el legítimo pretexto de la ficción – ¿habrá mayor tertulianismo que ese? –

No sé, en fin, a qué viene esta manía de crucificar a los que se dedican a opinar en los medios audiovisuales, es decir: a exhibir ante la cámara o el micrófono lo que la inmensa mayoría de los ciudadanos hace de la noche a la mañana en casa, en el trabajo, en cualquier lugar público y, por supuesto, y a todos los niveles, en los corrillos del poder: opinar y juzgar sobre todo y sobre todos. ¿A qué viene entonces ese desprecio por los tertulianos de la tele? ¿Tan difícil es ver la viga en el ojo propio?

A veces creo (opino) que la cosa está en lo mucho que se acredita uno desacreditando cosas. No sé si es algo autóctono o un rasgo universal de los seres humanos, pero a la gente le encanta vapulear moralmente a la gente (“la gente” es ese extraño colectivo al que, dado el desprecio con el que se le refiere siempre, parece que no perteneciera nadie). Cuanta más gente hundo o desprestigio, más me enaltezco y justifico yo mismo: esa es la idea.

Uno de los argumentos de los que critican el tertulianismo es que los tertulianos no suelen ser expertos en lo que tratan y se limitan, por tanto, a opinar sobre todo sin demasiado rigor. Es cierto. Pero no conviene confundir las cosas. Una tertulia (pública o privada, mediática o no) no es un congreso académico, sino una reunión de personas hablando y diríamos que en ejercicio de su ciudadanía democrática. ¿Y qué ejercicio es ese? Pues está claro: el de opinar, a partir de la información de la que el ciudadano medio dispone, sobre asuntos (por frívolos que sean a veces) de interés público.  

Esto último es importante aclararlo. La democracia es el imperio de la opinión y no, en absoluto, del juicio de los expertos – lo que equivaldría a una suerte de tecnocracia u oligarquía de sabios –. Esto quiere decir que, aunque confiemos en los expertos y los científicos para obtener información, la toma de decisiones no depende de ellos, sino de la ciudadanía en su conjunto. Esto tiene su lógica: la ciencia es un saber descriptivo y técnico, que se ocupa de hechos, y no de valores, por lo que carece de competencia política para dilucidar lo que es justo e injusto. Así, dado que no creemos que haya expertos o científicos en el asunto de la justicia, no queda otra que recurrir a la opinión, sea la de uno solo (como en los regímenes despóticos), sea la de la mayoría (como en las democracias). De ahí el valor político y cívico del debate de opinión, esto es: de las tertulias y los tertulianos, sean de barra, de plató, de red social o de bancada parlamentaria.

Por supuesto, esto no quiere decir que no se pueda y se deba mejorar la calidad del debate público. Es cierto que las tertulias mediáticas (y todas las demás) son caldo de cultivo para la demagogia y el populismo, algo casi consustancial a la democracia, siempre en un tris de convertirse en un patio de vecinos, pero evitarlo no consiste en denigrar el trasiego de opiniones que la constituye (sustituyéndolo por el pontificado de los tecnócratas), sino en perfeccionarlo.

De entrada, hay que reconocer que encender la tele o la radio y toparse con una tertulia (preferentemente política o cultural, pero hasta las más frívolas valen) es democráticamente preferible a hacerlo con un desfile, una corrida de toros o la Santa Misa (los tres programas favoritos del extinto régimen). En segundo lugar, se trata de elevar el nivel, diríamos filosófico, del tertuliano medio. No dictaminando que sean los más sabios o filósofos los que únicamente hablen, ni haciendo que los que siempre hablan sean filósofos, sino dándole voz a una ciudadanía filosóficamente cada vez mejor formada.

Es el sueño con que alucinamos algunos en esta caverna: el de concebir la democracia como el gobierno de un pueblo educado para hacer política, esto es, para poder dilucidar libre, pero también crítica y racionalmente (si es que ambas cosas, ser libres y actuar racionalmente, no son lo mismo), lo que es o no es justo. Y hacerlo, claro está, en diálogo –o tertulia – permanente con los demás. No se va a lograr mañana. Pero si nos acostumbramos a hablar y discutir – en los medios, en la calle, en las aulas, en donde sea –, las cosas solo pueden ir a mejor. O eso opino yo.

jueves, 18 de marzo de 2021

Nadie escucha a nadie

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Ahora que todo el mundo escribe, publica y opina, ¿alguien tiene tiempo para leer o escuchar a los demás? Piensen en los miles de libros que aparecen cada mes, en los artículos que copan cada día los periódicos, en las toneladas de “papers” que publican eruditos y académicos, o en los millones de posts, comentarios, reflexiones, y mensajes que corren por las redes. ¿Cuánta gente haría falta para atender a tanto inspirado artista, esforzado investigador, lúcido intelectual o magnético influencer?

Que conste que celebro que cada vez más personas puedan expresar públicamente sus ideas. No me parece que tal cosa vaya a provocar ninguna “explosión espiritual” (como aquella que presagió Lorca para cuando acabara el hambre en el mundo – pues ni ha acabado el hambre, ni todos tienen la misma voz y poder en el mundo de los medios –), ni que cantidad y calidad no sean, como de costumbre, inversamente proporcionales. Pero, en cualquier caso, que tanta gente disponga hoy de ocio, educación y recursos para producir y publicar sus elucubraciones artísticas o intelectuales me parece un síntoma inequívoco de progreso (ojalá todos mis vecinos se enfrascaran los domingos en escribir novelas, en lugar de aburrirse con el taladro percutor). 

Ahora, insisto: ¿hay gente suficiente para atender a tanta mente creadora y encantada de reconocerse en lo que publica? No lo sé. Yo, por si acaso, implantaría el grado universitario de “espectador cualificado”. Y no es del todo broma. Cada vez valoro más el esfuerzo de escuchar o leer a alguien. Sobre todo ahora que la industria mediática exacerba la polarización ideológica entre sus clientes (como modo de sujetarlos entre sus redes) y la crispación y el ruido no dejan oír con nitidez ningún mensaje.

Escuchar a los demás nunca ha sido fácil. Además de trabas sociológicas y prejuicios ideológicos, concurren dificultades psicológicas. Los más jóvenes suelen andar demasiado pendientes de afirmarse a sí mismos, y los más viejos de confirmarse, de manera que, habitualmente, los primeros solo escuchan para identificarse atolondradamente con lo que oyen, y los segundos para que lo que oyen se identifique con lo que creen que piensan. Nadie, pues, escucha de verdad a nadie.

Escuchar, conocer y – eventualmente y en ese orden – respetar y amar a los demás, no es virtud espontánea, ni tiene que ver con las emociones, el género o las circunvalaciones cerebrales (cosas estas que se presuponen hoy como factores causales de casi todo), sino, fundamentalmente, con el interés y la habilidad intelectual para construir ideas e hipótesis (correctas) sobre las ideas e hipótesis de otros.

La tan cacareada empatía “solo” consiste, pues, en pararte pacientemente a comprender lo que dice (y lo que quiere decir) tu interlocutor, aventurándote a articular en tu cabeza lo que probablemente tenga él en la suya. Y para esto hacen falta dos cosas: el hábito de la reflexión (es decir, la capacidad para comprender de manera analítica y crítica las ideas con las que comprendes y comprenden los demás las cosas), y motivación suficiente.

Para lo primero es conveniente cultivar la competencia filosófica (con el ajedrez no basta). Para lo segundo, calculen: si se empeñan ustedes en comprender de veras a los demás, no solo crecerán en saber (¿hay algo más en lo que crecer una vez adulto?), sino que también estarán en condiciones de amar y dialogar, esto es: de descubrirse a sí mismos en lo que aparentemente no son. 

El infierno no son los otros (esos otros presunta y románticamente inconmensurables con nosotros), sino la ceguera idiota y narcisista de mirar mirándonos en ellos como en un espejo, cuando es romper y penetrar ese reflejo lo que, precisamente, hace posible la escucha. Quien escucha y comprende es quien posee íntima y radicalmente lo comprendido, más allá de reflejos y apariencias. ¿Y no es esta la condición y el fin del amor, el poder, y tantas otras cosas grandiosas y engrandecedoras?

Mis alumnos se escandalizan (como es debido) cuando les digo que (tal vez) solo se enamora uno del que es mejor, y que (sí que) hay (como sospechábamos) personas mejores (en lo mejor) que otras. ¿Y cuáles son esas personas? – me dicen –. Las más sabias – les digo –. ¿Y cómo sabemos que son las más sabias? – me replican –. Porque nos explican a nosotros mismos mejor de lo que nosotros somos capaces de hacer. Solo alguien así merece por completo nuestro amor, y solo alguien así está en condiciones de amarnos tal y como merecemos.

Por cierto, alguien así de amable y poderoso ya no tendría la más mínima necesidad de andar publicándose para nadie (como mucho, y si existiera, para Dios), por lo que sería todo oídos y palabras justas. Justo las que no tenemos los que, así, escribimos como envanecidos posesos.

 

 

 

sábado, 19 de diciembre de 2020

La idiotez del idioma



No falla. Siembras en una conversación el tema del idioma, y afloran, al instante, las idioteces (fíjense que idioma e idiotez comparte raíz). Has estado, quizás antes, señalando la luna (mencionando temas infinitamente más importantes) y ni flores; pero basta con que muevas un poco el dedo con el que señalas, para que comience la batalla dialéctica.    

¿Por qué, a veces, genera más entusiasmo el asunto del “cómo” decimos las cosas que lo “que” propiamente decimos? ¿A qué esta adoración fetichista por el idioma en que uno habla y piensa? ¿Qué es esto de que las lenguas tengan derechos y hayan de ser conservadas o protegidas mediante la imposición, nolens volens, de políticas lingüísticas? Son varios los argumentos, y están anudados como en una red ideal para capturar incautos.

Uno de ellos es la tesis de que el idioma que uno habla configura su manera de pensar y ver el mundo. Esta teoría, por popular que sea, jamás ha sido demostrada. En la era moderna fue sostenida por los filólogos románticos alemanes del XIX, para los que el idioma era parte sustancial del “Volksgeist” o “espíritu del pueblo” (idea tan querida por nazis y fascistas de todo signo), y tuvo su correlato científico en la más que refutada hipótesis Sapir-Whorf, que ya solo sirve para inspirar películas de marcianos (La llegada, de D. Villeneuve; no se la pierdan).

Más allá de los experimentos que la desdicen, la popular (e intuitiva) idea de que por hablar un idioma distinto piensas (y eres) distinto, es impugnada por el hecho recurrente de la traducción. ¿Son inconmensurables los idiomas? ¿Es imposible traducir un texto, por ejemplo, del mandarín al vasco? – se preguntan desde hace decenios los filósofos del lenguaje –. Pues según lo que se entienda (tanto en mandarín como en vasco) por traducir. Si “traducir” quiere decir trasvasar un concepto o significado de un significante a otro, la traducción es siempre razonablemente posible. Es obvio que nunca será exacta y que siempre supondrá un acto de “recreación” del traductor, pero es que esto también pasa en el seno mismo del idioma. Entender a alguien, incluso en tu misma lengua, supone un ejercicio de traducción por el que captas lo (que tu supones) esencial de un mensaje, obviando parte de las innumerables connotaciones con las que probablemente se emite. Este mismo proceso “selectivo” gobierna de igual modo la memoria o el pensamiento (escuchar, decir, memorizar o pensarlo todo, es, por definición, imposible; acuérdense del pobre Funes, el antológico personaje de Borges).

Si la inconmensurabilidad entre lenguas es impensable (el que cree que no se puede decir en chino lo mismo que en vasco ha de poder pensar la misma cosa en ambos idiomas, aunque sea para negarla en uno de ellos), ¿qué es lo que mantiene viva la tesis terraplanista de que por hablar distintos idiomas pertenecemos a mundos culturales distintos? Pues es claro: el fetichismo en torno al idioma es un “arma de construcción masiva” de esa “unidad de destino en lo particular” que es la nación.

A diferencia del habla, el idioma es una institución política, cuyo objetivo no es solo establecer estándares de comunicación en un determinado territorio, sino también asignar un marchamo de pertenencia al grupo enraizado en la creencia de que tu misma identidad personal (tu carácter, tus ideas) depende de que “cómo” digas las mismas cosas que dicen (de otro modo) los demás seres humanos.

Así, es obvio que las medidas de inmersión en lenguas autóctonas (como en catalán o euskera) no solo obedecen a criterios culturales – como la preservación de determinada lengua –, sino, sobre todo, al objetivo, no disimulado, de hacer “distintivo” lo distinto y marginar (o someter) al que no habla como “nosotros”, imponiendo la abstracción política del idioma sobre el concreto derecho de la gente a hablar, comunicarse o aprender en la lengua que quiera, más aún si esta es su lengua materna y forma parte de las lenguas cooficiales de un Estado. 

Preservar por la fuerza un idioma o cualquier otra tradición es una idiotez supina. ¿Se imaginan que obligasen a los andaluces a escuchar flamenco o a los extremeños a comer migas para “preservar el patrimonio cultural”? Los idiomas viven y mueren (el catalán o el castellano viven, por ejemplo, gracias a la muerte del latín), y no son ellos los que deben imponerse a las personas, sino las personas las que deben imponerse a ellos, pensando y hablando (no importa a través de cuál) para una comunidad idealmente cosmopolita, diversa y formada en el espíritu de concordia y diálogo. El logos, decía el viejo filósofo Heráclito, es uno, ya se sueñe en finlandés o suajili. No seamos idiotas y despertemos.

jueves, 12 de noviembre de 2020

Nostalgia de la boca

Foto de Lolo Olivares
 Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Supongo que acabaré por acostumbrarme, pero no dejo de sentir nostalgia por las bocas, hoy embozadas, de mis amigos, conocidos, compañeros y, si se me permite, hasta de la gente anónima que pasea por la calle. Que ese embozo sea un signo, el más significativo, de la “nueva normalidad”, me parece aún más melancólico, si es que no siniestro.

No sé, por cierto, a quién se le ocurrió esa espantosa y orwelliana consigna de “nueva normalidad”. Si su intención era tranquilizarnos, erró del todo: ni lo normal es sinónimo de bueno, ni embozar la boca es normal en ningún sitio (en que no sea habitual marginar, secuestrar o ejecutar a la gente). “Normal” proviene de “norma”, una de cuyas acepciones es la de “ley”; la “nueva normalidad” es, simplemente, “lo que estamos obligados a hacer por ley”.

Decía el filósofo de origen coreano Byung-Chul Han que, habiéndose acostumbrado desde el principio de la pandemia a ver embozados a sus compatriotas, la boca destapada de los europeos le parecía algo casi obsceno. Tal vez, y como al etólogo Desmond Morris, le pareciera que la boca humana, con sus carnosos, rojos y sobresalientes labios, fuera una suerte de imitación del sexo (el femenino, según Morris). Para mí, sin embargo, la boca está más ligada a lo espiritual que a lo carnal o, al menos, a una suerte de puente entre ambos mundos (el “labio de arriba el cielo, y la tierra el otro labio”, decía el poeta Miguel Hernández).

Con la boca empezamos a llorar y exhalamos ese último aliento que los antiguos llamaban ánima. Y, por el camino, hablamos. La boca es el órgano de la palabra y la razón, de la más viva, que es la que surge, como metal sin cristalizar aún, del diálogo que lo es. Por ella descubrimos nuestro interior y con ella desvelamos – o eso decimos – el mundo. Decía Joseph Campbell que la boca no suele estar entre los rasgos con que, en eras primitiva, se dibuja la cara. Tal vez sea porque es el ángulo ciego originario de toda otra representación. Con los ojos vemos (lo superficial), pero solo por la boca sabemos lo que vemos. Por eso, para conocer algo (no digamos a alguien), hay que hablar, o dejar que hablen. Si Dios, o el logos – como creen filósofos y científicos –, creo el mundo hablando – dando forma o fórmula a las cosas –, antes, o a la vez, tuvo que existir una boca, siquiera mística.

La boca es, también, el lugar del encuentro, la comunión, la identificación con lo/el otro, para hacer un yo más grande, más pleno y menos solo, que es todo el objetivo de nuestra existencia. Desde el acto de respirar, beber o comernos el mundo, hasta el más sublime de comprenderlo (esto es: hablarlo con la boca del alma), pasando por todas las fases intermedias (de la esgrima tibia del beso a la etérea del diálogo), la boca es el órgano con el que buscamos unirnos a lo que aún no somos. Se puede amar sin ojos, sin manos, sin sexo, sin voz audible, pero no sin boca, sin habla. Sin habla es imposible la identidad, ni con lo(s) demás, ni con uno mismo – esa narración, ese diálogo íntimo y silente en que me digo “yo” –. Pongan a un niño pequeño junto a un ser todo lo humanamente bello que quieran, pero sin boca o habla y, al lado, a otro, todo lo horrendo que puedan, pero con boca y habla; y verán, rápidamente, con cuál de ellos se identifica.

No es de extrañar, pues, que mostrar la boca (más que los ojos) sea un signo de civilidad. La gente de bien va a cara descubierta, mientras que quien se emboza es, a menudo, el bandido desalmado, el tipo asocial que no habla ni entiende, sino que actúa y destruye.

¿Qué pensar entonces de este colectivo uniformemente enmascarado que ahora somos? A mí, además de melancolía, confieso que me da miedo. Solo conforta saber que, aun embozados, confinados y vigilados, todavía podemos hablar. Aunque menos que antes. Y, justo por eso, tenemos que hacerlo más fuerte; sin llegar al grito desbocado, pero con vehemencia. Nada de “nueva normalidad”. A un estado de excepción le corresponde un habla, una consciencia, una fiscalización del poder igualmente excepcionales. Qué nadie, bajo ningún concepto o urgencia, nos tape la boca, esto es: nos impida hablar. Para un ser humano, no hay mayor muerte que esa. 



jueves, 15 de octubre de 2020

¿Para qué sirve un ateneo?

 

Esta pasada primavera, el Ateneo de Cáceres cumplió sus primeros veinte años. Es una pena que, por culpa de la pandemia, no se haya podido celebrar aún como corresponde. Mientras, ahí sigue, en el bellísimo palacio Camarena, junto a la Plaza Mayor, a disposición de quien quiera acercarse a sus cursos, talleres, exposiciones, conferencias y conciertos. ¿Habrá mejor celebración que esa? Porque no nos engañemos: un Ateneo en activo, en los tiempos que corren, no puede ser más que una maravillosa extravagancia. 

Piénsenlo: en la era de la globalización, el individuo atomizado, la comunicación virtual, el consumo y el espectáculo, el escamoteo de lo político y lo público, la polarización artificiosa de las opiniones, y la sujeción de casi todo contenido cultural al mercado… ¿No es un milagro que los ciudadanos, ellos solos, se reúnan para hacer cosas en común (y no solo para consumir, rezar o mirarse ideológicamente el ombligo)? ¿No es extraño un sitio donde la cultura vaya por libre, fuera del tiesto administrativo, el circuito mercantil o la catequesis política o religiosa? ¿Para qué sirve esa antigualla casi decimonónica? ¿Qué diablos pinta un ateneo, hoy, en mitad de la ciudad?... 

Una respuesta breve, pero sustanciosa, es que un ateneo, precisamente un ateneo, es la razón misma de ser de una ciudad; esto es, de aquel lugar que los filósofos clásicos consideraban la comunidad humana perfecta.    

La razón de esto último es que la ciudad, con su asamblea y su ágora, representaba, decían estos filósofos, el marco idóneo en que desenvolver la naturaleza moral y racional del ser humano. Así, nada mejor que la actividad política en la Asamblea – decía Aristóteles – para poner a prueba y forjar el temple moral de un hombre, y nada más propicio al entendimiento que dialogar todo el día en la plaza – como hacía Sócrates – acerca del ser de las cosas, la verdad, el bien o la belleza. 

Pero esto ocurría en la “polis”, un tanto idealizada, de los filósofos griegos. En nuestras modernas ciudades ya no hay asambleas, ni apenas ágoras. Trasladadas sus funciones políticas a la corte de políticos profesionales que son los parlamentos, y encerrada su vida intelectual en las instituciones académicas, ¿qué espacios quedan hoy en la ciudad para que los ciudadanos puedan ejercer sus virtudes públicas y desplegar su inquietud filosófica en la experiencia común del diálogo? 

Tiempo ha, los ateneos, al igual que otras iniciativas cívicas, como las universidades populares o algunas sociedades científicas, suplían parcialmente el lugar que la asamblea y el ágora tenían en la “polis” de los filósofos. Allí se reunían los ciudadanos para cultivar las virtudes éticas e intelectuales (el diálogo, la racionalidad, la tolerancia, la honestidad, la generosidad, la moderación, la igualdad, la ecuanimidad…) sin las que no es posible ser persona ni alcanzar ese grado de “amistad cívica” que exige una sociedad civilizada. 

¿Mas que queda de todo eso? Ateneos y centros verdaderamente cívicos – al margen de la Administración o los cenáculos ideológicos – sobreviven hoy como un archipiélago exótico y amenazado en mitad de nuestras furiosas urbes. Y, sin embargo, es ahora, cuando todas las fórmulas conocidas de comunidad (la familia, la vida rural, la propia ciudad, la nación) se desmoronan, cuando más necesarios son. Nada, ni los ritos democráticos, ni la sobreinformación y sobreconectividad mediática, ni la extensión de la educación superior (volcada hacia la especialización y la técnica), proporcionan hoy, ni de lejos, esa misma experiencia de desarrollo moral e intelectual. 

Gracias, en fin, a los que, hace ya veinte años, rescataron del olvido al ateneo cacereño (cómo no mencionar aquí al filósofo Esteban Cortijo), y no menos a los que lo mantienen ejemplarmente vivo (Javier, Lola, Víctor, Antonio y tantos otros), abierto a todo y a todos, sin siglas ni apellidos, plural y repleto de esa inconmensurable energía moral e intelectual que le dan los ateneístas, es decir, los ciudadanos. Esperemos que, durante muchos más años sigáis ahí, en el corazón de la ciudad. A ver si entre todos logramos salvarla, y, así, salvarnos también a nosotros mismos.

 Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

miércoles, 29 de julio de 2020

Comer es de pobres

“Comer es de pobres”. Lo repite mi amiga la pintora Carmen Rodríguez Palop cada vez que, en mitad de una conversación de barra, alguien sugiere apoltronarse a comer en una mesa. Esa necesidad – o mucho peor: ese gusto – de apesebrarse frente a un plato a llenarse la boca de materia orgánica en descomposición – en lugar de usarla para lo que Dios la hizo, esto es, para recrear el mundo con ella – es de gente, piensa ella, con muy poca alma.

En la misma línea, leía al editor Andreu Jaume recordándonos cómo el culto contemporáneo al cuerpo (esa cosa idealizada por el cuñadismo metafísico), esto es, a la salud, al deporte, al sexo, al despelote sin complejos (¡Ah, el horror! ¡El horror!) y a la gastronomía, están relegando al espíritu y al lógos a una posición marginal. Los cocineros – decía Jaume – son ahora nuestros filósofos – una reducción gaseosa de los más líquidos y posmodernos –.

Por esto admiro la defensa desenfadada y sin esperanzas (¿habrá otra más digna?) que hace la Palop del espíritu sobre la carne, de la figura erguida, en vigilia perpetua, del conversador de barra – vino en ristre y escudo de tapa contra la gula – frente a la sanchopancesca del que busca apoltronarse junto a un plato. Fíjense que la afición desmedida a sentarse a comer es siempre un síntoma de decadencia moral y cultural (y, políticamente, de que hay principios que cocer al hedor de apetitos más crudos). Por ello, cuando uno cree no creer ya nada (y le faltan criadillas para darse a drogas más potentes) se tira a la manduca como animal de granja o bellota (según la renta). Y que, por lo mismo, una civilización comienza su declive cuando del frugal avituallamiento en campaña – y el culto al vino – pasa al boato de los banquetes – y a otras y más apolíneas flatulencias –. Recrearse en la comida es depresivo, terminal, la más vana huida hacia el barro y la tumba – o, cuando menos, hacia el sopor y la siesta –. 

Pero lo peor es que el imperio de esa figura tontorrona, sentimental, frívola y tolerante con todo (lo que no amenace su interés) del gordo Sancho Panza (hoy encarnado – o empanado – en parte en el “amante de la gastronomía”), no solo representa, sublimado, el orbe burgués (es su arquetipo moral, tan distinto al del guerrero, el sabio o el santo, todos ellos humanamente en forma, esto es: bélica o espiritualmente activos), sino que ha colonizado (de “colon” y no de “colonus”) el espacio popular – el de las tabernas, por ejemplo, sustituidas por franquicias de mesa obligada y engorde por turno –  y empapado lo que hoy se nos quiere hacer tragar como cultura. Comprueben, si no, el desenfrenado festín de menudillos en torno a lo gastronómico con el que se anda empachando a la gente (programas y concursos de cocina, secciones sobre el “arte de comer” en los periódicos, cocineros opinando en los platós, gastro-bares, rutas gastronómicas…), si bien no todos comen aquí en la misma olla.  Así, mientras el neoproletariado saca barriga, y hasta obesidad mórbida, cenando frente al masterchef de la tele, la neoburguesía – incluyendo la progre y descreída ya de toda resistencia al consumo – luce la forma del viejo proletario famélico adoptando “posiciones ético-filosóficas” no menos ligadas al condumio: el vegetarianismo, el slow food, los alimentos orgánicos, el sibaritismo erudito, el cosmopolitismo culinario, la religión hortelana… Se ve que la democratización de las proteínas obliga a una versión más distinguida del culto al estómago.

Sin embargo, y de milagro, junto a este guiso cultural soso e insípido (la excepción pantagruélica se vuelve hastío cuando se convierte en norma), aún sobrevive la figura asténica y quijotesca, raciocinante o mística – según el vino – del conversador de barra, siempre con el hambre justa que requiere el ingenio. Por esta figuración tan griega del espíritu trasiegan aún nuestra raíz y nuestro sino. Cultívenla y abandonen esa obsesión pueril por amamonarse comiendo, hablar de comida, fotografiar platos, buscar mesa… No lo olviden: aunque se deje usted timar (cuestión de imagen) en los locales más cool del universo, la verdad no se cocina, y comer seguirá siendo cosa de pobres. No de solemnidad, sino de espíritu.

Este artículo fue originalmente publicado en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo en prensa pulsar aquí. 


miércoles, 22 de julio de 2020

¿Para qué tener hijos?




A finales de siglo la población de este país se habrá reducido en un 50%. España será un solar casi vacío, pobre y lleno de viejos. Lo dice la prestigiosa revista The Lancet. Y lo corrobora el INE: la tasa de natalidad sigue en caída libre, con 7,6 nacimientos (7,1 en Extremadura) por cada 1.000 habitantes, el dato más bajo desde 1941.

¿Qué se puede hacer? Las ayudas económicas no sirven de mucho. Nadie tiene un hijo porque le premies con un cheque-bebe. Es cierto que disponer de empleos estables, facilidades para la conciliación laboral, viviendas asequibles o ventajas fiscales ayudan, pero no son la panacea. En circunstancias mucho peores la gente tiene hijos a mansalva; y en otras mucho mejores (piénsese en países con mayor cobertura social que el nuestro) se siguen teniendo los mismos (pocos) hijos que aquí

Del resto de las opciones, algunas (restringir el acceso a los servicios de salud reproductiva, elevar la edad de jubilación) son inaceptables, y otras (la robotización del trabajo) fantasiosas. La única salida, según el estudio de The Lancet, es facilitar la inmigración. Lejos del mensaje enloquecido de la ultraderecha, los migrantes no solo no son una amenaza, sino que son, en varios sentidos (demográfico, laboral, económico), nuestra única esperanza de salvación. De ahí el interés (y no solo la obligación moral) de abrirles vías seguras de acceso, regularizar a los que ya hay e invertir en la integración de los que vengan.

Ahora bien, la solución migratoria esconde un problema. Si los migrantes se asimilan, como es esperable, a algunos de nuestros estándares socioeconómicos y culturales (mayores ingresos, acceso de la mujer a la educación y el trabajo, participación del modo de vida europeo), estaremos de nuevo en las mismas. Porque la baja natalidad no es – hay que decirlo ya – un asunto anecdótico o pasajero, sino un elemento estructural (esto es: moral e ideológico) de nuestra cultura.

Nuestra forma de vivir depende de modelos morales, esto es, de creencias, valores, arquetipos y fines considerados fetén. Tales valores y fines apuntan, en general, a un tipo de plenitud humana fundada en la realización y el éxito profesional de un lado, y en el consumo de experiencias gratificantes (sin más coste que el económico), del otro. Son dos objetivos netamente individuales (el individuo – y no ya la familia – es el verdadero sujeto social) y difícilmente compatibles con tener hijos: por regla general (y a no ser que “subcontratemos” la crianza, como ha hecho siempre la gente de postín), los niños lastran el desarrollo profesional y limitan un estilo de vida basado en el placer y el consumo.

Si los hijos ya no son un simple proceso natural (ni los manda Dios ni responden a un “instinto” irrefrenable), ni una fuente de beneficios materiales (ni vienen con un pan bajo el brazo, ni son el sostén de nuestra vejez, ni la perpetuación de nuestro patrimonio), ni una “marca” de prestigio (ni hacen “verdadera mujer” a la mujer, ni “reconocido padre de familia” al varón), solo pueden ser el fruto de una compleja elección moral. Ahora bien, insistimos, ¿por qué habríamos de sacrificar, aun parcialmente, nuestra carrera, o lo que entendemos por “buena vida”, para tener hijos? Vale que dejemos esto (tal como los trabajos que ya no queremos hacer) a los migrantes. Pero ¿y cuándo ellos sean como nosotros y prefieran, también, triunfar y pasarlo bien en lugar de esclavizarse criando niños?

A un problema moral solo cabe darle una respuesta moral. A mí se me ocurren, por lo pronto, dos: la primera sería reconocer el valor incalculable que supone la tarea de educar a los hijos; al lado de esto, triunfar en casi cualquier otra profesión resulta una zarandaja insignificante. La otra sería deshacer la confusión entre darse una “buena vida” y malgastarla en simulacros más o menos gozosos (comprar, viajar, entretenerse…), cuya consecuencia, tarde o temprano, es la de una creciente sensación de vacío. Si logramos hacer ver esto, podríamos empezar a convencernos de que tener hijos no es un “sacrificio” ni una elección irracional, sino una de las maneras más bellas, generosas y consistentes de dar sentido a la vida. 

Esté artículo fue publicado originalmente en El Periódico Extremadura, La Opinión de Murcia




jueves, 7 de mayo de 2020

Hacernos (los) suecos


Se debate estos días sobre la idoneidad del modelo de confinamiento punitivo y duro que ha adoptado el gobierno español para afrontar la pandemia, en comparación con el de aquellos otros países que, en menor o mayor grado – desde Portugal al caso extremo de Suecia – han optado por un confinamiento más laxo y por apelar al sentido de responsabilidad de sus ciudadanos. ¿Se ha hecho lo correcto en nuestro país?

Más allá de cuestiones estrictamente epidemiológicas o éticas, uno de los argumentos de los defensores del “modelo duro” es el de la presunta y “proverbial” indisciplina de los españoles con respecto a las normas, motivo por el cual – dicen – se hacía necesario legislar con severidad, amenazar con cuantiosas multas o hacer aparecer a la policía y el ejército diariamente en la televisión pública.

¿Pero es esto cierto? ¿Somos así de indisciplinados los españoles? ¿Se puede hablar, siquiera, y con un mínimo de rigor, de un modo “español” de ser? ¿Y, si lo hubiera, debería tal cosa llegar a determinar nuestra forma de gobernarnos? Veamos.

Sobre la presunta idiosincrasia hispánica no sabe uno con qué fuente de conocimientos empezar a trabajar: si con la literatura costumbrista del XIX, la sociología recreativa de columnistas y tertulianos o, directamente, con los chistes de Arévalo. Dado que los prejuicios ayudan poco a la reflexión (más bien la sustituyen), me limitaré a constatar lo que me parece más prudente y obvio: que no hay ninguna manera “española” de ser” (como tampoco la hay sueca, alemana o palentina). Lo que hay, siempre, es una enorme variedad de conductas y personas relacionadas en complejas redes sociales (culturales, de género, de clase, de edad…) que difícilmente permiten hacer generalización moral alguna. Es, desde luego, indudable que cada país (y pueblo, y barrio, y club, y grupo de amigos…) tiene costumbres y tradiciones, o miembros más o menos responsables, pero nada que no sea modulable o que legitime poner en cuarentena los principios democráticos.  

Y hablo de tales principios porque me parece incongruente mantener convicciones democráticas y, a la vez, pensar que los ciudadanos son incapaces de actuar con la responsabilidad y la autoridad política que les adscribe, por principio, la democracia. Si uno cree de verdad que “sin mano dura somos ingobernables”, lo suyo es apostar por un estado despótico. De hecho, el tufo a paternalismo (y a su complemento clientelista) que desprenden a menudo nuestros hábitos políticos – y en esto los ciudadanos son tan responsables o más que los gobernantes, a los que, sin embargo, se les echa puerilmente la culpa de todo – podría confirmar la inmadurez política de la ciudadanía y la necesidad de que se la gobierne en todo.  

Ahora bien, incluso aceptando el supuesto de que seamos un país aún inmaduro para el autogobierno democrático, y de que, por tanto, nos “convenga” una cierta tutela despótica, tendríamos que preguntarnos si la estrategia educativa que permitimos – y pedimos – a nuestros ilustrados y déspotas tutores es o no la adecuada. ¿Se fomenta el uso maduro y responsable de la libertad en los ciudadanos negándoles el ejercicio de esa misma responsabilidad? Educar “para” la autonomía es educar “en” la autonomía. La experiencia y la lógica enseñan que, si tratas a las personas como a niños díscolos a los que hay que estar continuamente vigilando, acaban por comportarse como tales. La coacción y el reglamentarismo producen tantos pícaros e hipócritas como borregos, es decir, de todo menos ciudadanos. Aunque claro, también puede ser que, como afirman los más pesimistas, la gente no tenga la intención de cargar con ese pesado fardo que son la libertad y la ciudadanía 

Pues lo siento (y me alegro): si queremos vivir en una sociedad libre y democrática no hay más remedio que permitir que los ciudadanos decidamos y actuemos, en todo, bajo nuestra propia responsabilidad. Y arriesgarnos en ello a muerte. Como hacen los suecos y en lugar de “hacernos el sueco”, cosa esta que, en el fondo, no parece más que una pataleta adolescente o un mal remedo de la autonomía que se nos niega y que, tal vez, no nos apetezca tampoco tomarnos demasiado en serio. ¿O sí?

Este artículo fue originalmente publicado en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo original pulsar aquí.

viernes, 3 de abril de 2020

¿Qué es “tomarse las cosas con filosofía”?


Cada vez que me preguntan por “lo que dice la filosofía” con respecto a todo lo que está pasando, me hago el sueco. Ahora no es el momento – digo –. Y es verdad: la filosofía es pura impertinencia; más aún en momentos en que todo se rebaja a salvar la bolsa y/o la vida. Supongo, de otro lado, que los que me preguntan esperan frases motivadoras con aire de profundas o poéticas, como las que se comparten en las redes junto a una puesta de sol o cosas así. Y eso sí que no. ¿O sí? Tomaremos por el camino de en medio. Expondremos con cinco impertinencias (básicas) en qué consiste eso que la gente llama “tomarse las cosas con filosofía”. Ahí van.

(1) La realidad nunca es lo que parece. Apague un momento la TV y pregúntese hasta qué punto, en el mundo inmediato que pisa, está la muerte asolando el planeta. La verdad: no mucho más que de costumbre. Por tanto, relájese. No quiero decir que se olvide de las UCI colapsadas (o los recortes en sanidad), ni de los ancianos muertos (o de lo solos que mueren y viven); solo que repare en que la pandemia, el confinamiento, sus efectos económicos y el correspondiente y sobreactuado despliegue informativo, no son toda la realidad. Está también usted, que es un mundo, ¿no? Y el otro, el de fuera, que sigue girando – a saber por qué ni para qué –. Si es usted de la clase de ciego que necesita ver para creer, medite un rato frente al espejo y, luego, contemple igual de ensimismado el firmamento. Verá como todo le parece distinto. O, al menos, más pequeño. 

(2) Vamos a morir todos. A usted y a mí nos quedan unos años de vida (muchos, pocos, no vamos a entrar en detalles). Todos los días, con pandemia o sin ella, mueren cientos de miles de personas. En todas las culturas se trata con la muerte a través de prevenciones rituales, tabúes, interpretaciones religiosas; pero en ninguna se la niega o esconde. En la nuestra – en la que ya solo envejecer parece un fracaso – el mercado, con su elixir tecnocientífico, nos ha vendido la quimera (solo para humanos premium) de una vida indefinidamente larga y bien surtida. Por eso la muerte nos deja más patitiesos de lo normal. ¿Cómo es posible que la gente muera así-aquí? Pues ya ve: sin entrar en detalles, como en todos lados.  

(3) No se crea nada. Al menos, nada que no entienda. Es tentador dejarse llevar por todo tipo de expertos, periodistas, famosos, filósofos y blogueros iluminados. Nada. No haga caso. Tampoco de los políticos (esto es más fácil: repiten frases ensayadas, como en el teatro). Menos aún de los científicos (más allá del microscópico campo de su ciencia no saben de lo que hablan). Manténgase despierto y haga el esfuerzo de entender por sí mismo. Piense que si no piensa acabará por acabar aplaudiendo al primer salvapatrias que cambie la mascarilla por la jeta.  

(4) Haga de la necesidad virtud. No hay teoría ética que no concuerde de algún modo con este aserto popular. La inteligencia humana es capaz de vislumbrar algo valioso casi en cualquier circunstancia. Aprovéchela, pues, para hacerse – en ese orden – más sabio, bueno y hermoso; al fin, con algo tendrá que compensar lo pobre que va (a volver) a ser. Ah, y ríase de todo. Se lo merece.

(5) No sea ingenuo: el Reino no va a advenir por un virus. Lo que se expande por el mundo es un virus nuevo, no una nueva idea. Y aunque – faltaría más – la culpa de todo la tiene el capitalismo, la mayoría seguirá pensando que la vida no merece la pena sin (soñar con) conducir un Lamborghini y tutear al director de su banco. Habrá cambios, desde luego, pero para que todo siga más igual (más endeudamiento, más precarización, más privatización, más demagogia nacionalista, más control de la población...). Habrá nuevos ricos (en Oriente) y pobres (en Occidente) – en el sur la miseria se mantendrá estable – y, probablemente, algún nuevo organismo internacional de relumbrón. Y usted seguirá leyendo artículos como este – o mejores y verdaderamente revolucionarios – gracias a las empresas que “generosamente” permiten crearlos y difundirlos en red.

Ahora, tras estas cinco espantosas vulgaridades, pensemos en algo serio y realmente impertinente. O quedémonos callados.

 Este artículo fue publicado en El Periódico Extremadura. Para leer la versión impresa pulsar aquí. 

lunes, 10 de febrero de 2020

Vivir y morir en los medios


La nuestra no es la única “cultura audiovisual” que han visto los siglos (de hecho, la mayor parte de las culturas han sido culturas audiovisuales), pero sí es la primera en que ese imaginario audiovisual va camino de ocupar la totalidad de la vida mental. Fíjense que hoy son los medios – la tele, el móvil, Internet – los que pueblan de imágenes y sonidos nuestra cabeza, configuran el mundo de estímulos al que prestamos esa atención difusa que se presta al “entorno real”, y emiten la “voz” que escuchamos más a menudo. Los medios se han convertido, en fin, en una suerte de conciencia impostada y colectiva: un mundo/mente en la que todo lo proyectado lo identificamos naturalmente como “propio”, y en el que los personajes virtuales con los que convivimos – Kobe Bryant y muchos más – representan valores y presencias reales; hasta el punto de que la muerte de uno de ellos nos convoca a todos como a habitantes de una misma “aldea” virtual. Sobre esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

jueves, 16 de enero de 2020

Un máster para ser padres




Se ha hablado estos días del nuevo “máster” de formación prematrimonial de la Iglesia. Más allá de la habitual crítica a su desfasada concepción de la sexualidad (cosa que, por otro lado, solo representa una pequeña parte del curso – en el que también se incluyen asuntos como la fidelidad y los celos, la concepción del amor o la resolución de conflictos –), lo que más ha llamado la atención es su duración: entre dos y tres años. El argumento – al decir de los obispos – es que si para ser sacerdote, médico o lo que sea, se exigen años y años de formación, ¿cómo van a bastar veinte horas – lo que dura el cursillo prematrimonial de toda la vida – para formar a alguien como esposo y padre o madre de familia?

La verdad es que no puedo estar más de acuerdo. Yo mismo suelo plantear algo parecido a mis alumnos. “A ver – les digo –, si yo, vuestro profe, para educaros tres horas a la semana en una materia muy determinada y durante un solo año, he tenido que estudiar una carrera, superar una oposición, realizar decenas de cursos y diseñar una programación detallada, ¿cómo es que para tener un hijo y educarlo en todo y durante toda la vida no se requiere – por lo general – ni    un mísero test psicotécnico? ¿Nos es esto un poco extraño?”... De todo esta tratamos en nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Odio a los árboles


El filósofo de moda, Han, se equivoca. Mucho antes de que triunfara lo que él llama la “estética de lo pulido” (esa que de los edificios transparentes a la depilación integral va asemejándolo todo a una reluciente pantalla de móvil), el gusto hortera por el pelo engominado, el inmaculado salón de las visitas y el tenerlo todo como una patena era ya tendencia mundial entre cuñados y cuñadas, víctimas todos de ese mismo horror apolíneo a lo vivo del que cubre de cemento plazas y paseos y que, si pudiera, alicataba también el mar y dejaba el Amazonas liso y oliendo a Mr. Proper. ¿Será todo por esa magnética belleza que dicen que tienen los desiertos? Ni idea. Pero en la imaginación de mis paisanos el paraíso ya no tiene árboles – esos que con sagrados o profanos motivos han adorado todas las culturas –  sino una inmensa superficie de hormigón con un parking debajo. Para que los coches – al menos ellos – estén eternamente fresquitos. ¿No es para colgarse? Aunque sea de una farola... Del odio a los árboles va esta última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí


viernes, 14 de junio de 2019

El amor duele


Desengáñense. Ese “amor” que nos venden como indoloro y falsamente respetuoso es solo mercancía, entretenimiento o turismo íntimo, pulido y depilado, placer anodino sin la menor tensión ni interés,  El amor de verdad duele. No hay dolor más profundo (ni fértil) que ese que nos procura. Y hay que enseñar a los chicos a aceptarlo – y a distinguirlo del mero maltrato –. Negar ese dolor es lo que acaba por generar frustración y violencia en aquellos que, como niños consentidos, no aceptan que sufrir (desear en vano, esperar sin esperanza, perder lo que creíamos ganado...) es parte del amor y de la vida... Sobre esto trata nuestra última colaboración en El Periódico. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

miércoles, 10 de abril de 2019

La política del bufón.



No sé si se le ha prestado la suficiente atención. Volodymyr Zelenskiy, el actor principal de una serie televisiva de éxito en Ucrania, llamada “Servidor del pueblo”, y en la que encarna al presidente de la nación, está a punto de ser presidente de esa misma nación bajo las siglas de un partido político con el mismo nombre de la serie. Parece un capítulo de otra serie, la prestigiosa “Black Mirror”, pero no, resulta que es un “episodio” de la vida real.

Desde luego que no es la primera vez que la gente escoge a actores o personajes bufonescos como representantes políticos. Pero me parece que pocas veces se ha mostrado con tan barroca perfección esta simbiosis entre poder y comedia. O, si se prefiere, entre la oficiosa representación teatral del poder y su reflejo fantasioso más divergente y divertido (y distractor), reproducido hoy en ese carnaval al ralentí que es el diario espectáculo mediático.

Sea como sea, la pregunta es siempre la misma. ¿Por qué la gente apoya a candidatos como Zelenskiy, un cómico sin experiencia política ni bagaje ideológico o intelectual? Y creo que aquí hay que ir más allá de las respuestas convencionales: las de que se trata de un voto de protesta anti-sistema, manipulado por simplezas populistas, o seducido por la imagen y el glamour del personaje. La gente no suele ser tan cínica ni tan tonta. Y hay dos elementos que, por extravagantes que parezcan, tendríamos también que considerar: que el personaje demuestre una exitosa “experiencia ficticia” como presidente, y que sea un cómico

Sobre todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

sábado, 30 de marzo de 2019

Kant y los macarras del tranvía.





Hace unas semanas, a un joven publicista se le ocurrió utilizar a Kant en una campaña contra las conductas incívicas en el tranvía de Barcelona. En un divertido vídeo, el filósofo prusiano del XVIII, con monopatín bajo el brazo, “rapea” aquello de “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”.


La campaña está muy bien. Pero peca de ingenua. El macarra que pone los pies en los asientos o te atrona con la música en el tranvía dispone de un poderoso argumento con el que replicar a Kant: “¿Qué pasa si soy tan chulo que me puedo permitir hacer a los demás lo que no permito que me hagan a mi (porque si lo intentan les parto la crisma)?” – réplica que no es sino una versión de la “regla de oro” del abusón: “si puedes aprovecharte de la gente sin correr demasiados riesgos (porque no puedan corresponderte con la misma moneda), ¿cómo vas a ser tan tonto de no hacerlo?” – . Esta última regla no solo justifica al pobre macarra de tranvía, sino a todos los potentados de este mundo, para los que presenta, además, una “extended version” conocida como la “ley del embudo”: “¿Qué pasa si soy tan poderoso que me puedo saltar las leyes que no se pueden saltar los otros?”...


¿Entonces? ¿Gana el macarra incívico? No tan rápido. Veamos con detalle lo que tiene que decir a todo esto el bueno de Kant… (De esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí).




miércoles, 27 de febrero de 2019

Poder, ficción y carnaval



El carnaval parece un caso raro de ritual festivo. En el no se consagra la majestad o el rigor del orden y la ley, sino todo lo contrario: lo irrisorio de todo orden y el gozo de lo sin ley. El carnaval es lo que llaman una “fiesta de inversión”, en la que en vez de celebrar el poder real, la nobleza del héroe o la virtud del santo, se encumbra al personaje más bufonesco, truhan y lascivo, otorgándole, por unos días, el cetro de un “mundo al revés” en que los esclavos son los amos, los varones se comportan como mujeres, los burros celebran misa y los clérigos retozan como animales... En los viejos carnavales, las fiestas de esclavos, las misas de locos del Medievo, o las antiguas saturnales latinas imperaba un mismo espíritu de subversión, desenfreno, y burla sin término … ¿Pero cómo es que se permitía esto? ¿Qué sentido tenía esta fiesta?…

No es difícil imaginarlo. El carnaval es la ficción con que se compensa y regenera esa otra ficción que es la de la legitimidad de la estructura social. Así, en el carnaval se escenifican de la manera más grotesca posible las pulsiones que el poder “contiene” – la violencia, la sexualidad sin ley, la crítica revulsiva – para, llevando al extremo la ceremonia del desorden, renovar el deseo de orden y la necesaria conformidad con él. De ese modo, al final del carnaval, y una vez cumplida su función, se sacrifica al “rey de burlas” y se representa el glorioso retorno del rey verdadero – del dios renacido – eje en torno al que todo vuelve a su lugar natural.

Pocos verán, sin embargo, todo esto en los carnavales actuales, que apenas son ya más que una amable fiesta turística. Tal vez porque hoy el “verdadero carnaval” ya no se celebra colectivamente en la calle, ni en una fecha determinada, sino de una forma tan diluida como el mismo poder al que sirve. El carnaval – la ilusión de ser otro, la ruptura con los límites, la desinhibición sexual, la violencia a discreción, la risa descarnada... – se celebra ahora en esos particulares mundos de ficción que nos proporcionan los medios y las redes sociales. Medios y redes a través de los que también se nos ordena, normaliza y vigila constantemente. Siempre y en todo lugar es, hoy, carnaval. Pero también control y sumisión. El baile de máscaras jamás ha sido tan perfecto.

De todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 



Entradas por categorias

acontecimiento (1) acoso escolar (2) alienación (6) alma (7) amor (26) Antropología cultural (3) Antropología y psicología filosóficas (114) Año nuevo (6) apariencia (1) arte (65) artículos ciencia (9) artículos ecología (27) artículos educación (176) artículos educación filosofía (75) artículos educación religiosa (3) artículos estética (42) artículos Extremadura (8) artículos libertad expresión (17) artículos nacionalismo (9) artículos parasofías (3) artículos política (259) artículos prensa (70) artículos sexismo (24) artículos sociedad (48) artículos temas filosóficos (28) artículos temas morales (149) artículos toros (3) Ateneo Cáceres (21) belleza (4) bioética (13) Blumenberg Hans (1) bulos (3) Byung-Chul Han (1) cambio (1) carnaval (7) carpe diem (1) ciencia y religión (12) cientifismo (6) cine (2) ciudadanía (14) colonialismo (1) conciencia (7) conferencias (4) Congresos (2) constructivismo social (1) consumo (3) Conversaciones con el daimon: tertulias parafilosóficas (2) Correo Extremadura (49) Cortazar Julio (1) cosmopolitismo (1) creativamente humano. (1) Crónica de Badajoz (1) Cuentos filosóficos (21) curso 2017-2018 (1) Curso filosofia 2009-10 (1) Curso filosofia 2010-11 (47) Curso filosofía 2011-2012 (73) Dar el cante (10) Debates en la radio (3) decrecimiento (3) Defensa de la Filosofía (46) deporte (7) derechos humanos (1) Descartes (1) desinformación (4) Día mundial de la filosofía (3) diálogo (8) Diálogos en la Caverna (19) Didáctica de la Filosofía (8) dilemas morales (17) Diógenes (1) Dios (4) dispersión (1) drogas (4) dualismo inmanentista (4) dualismo trascendentalista (1) ecología y derechos de los animales (39) economía (25) Educación (290) El País (5) El Periódico Extremadura (393) El Salto Extremadura (1) eldiario (32) emergentismo (2) emotivismo ético (2) empirismo (2) enigmas lógicos (4) entrevistas (7) envejecimiento (2) Epicuro (1) Epistemología (15) escepticismo (1) escritura (1) Escuela de Salamanca (1) espacio (1) España (1) Estética (108) Etica (12) Ética (232) eurocentrismo (2) Europa (4) evaluación (1) Eventos (1) existencialismo (3) falacias (5) familia (2) fe y razón (8) felicidad (9) feminismo (34) fiesta (4) Filosofía (32) Filosofía de la historia (6) filosofía de la religión (17) Filosofía del derecho (5) Filosofía del lenguaje (11) filosofía fuera del aula (1) Filosofía para cavernícolas en la radio (15) Filosofía para cavernicolas. Radio. (1) Filosofía para niños (5) Filosofía política (364) Filosofía social (63) filosofía y ciencia (21) filosofía y patrimonio (1) filósofos (1) flamenco (14) Gastronomía (1) género (21) Habermas (1) Hermeneútica (1) Hipatia de Alejandría (1) Historia de la filosofía (4) Historietas de la filosofía (2) horror (4) Hoy (2) Humano (1) Humano creativamente humano (4) Humor (9) IA (1) idealismo subjetivo (2) ideas (3) identidad (6) ilustración (1) Imagen y concepto (8) inmigrantes (17) inmortalidad (1) intelectualismo moral (5) inteligencia artificial (11) Introducción a la filosofía (30) Juan Antonio Negrete (5) juego (3) justicia (7) Kant (4) laicismo (1) legalismo (1) libertad (7) libertad de expresión (23) libros propios (3) literatura (2) Lógica (10) Los Simpsons (2) Marx y marxismo (3) matemáticas (4) materia y forma (5) materialismo (14) Medios de comunicación (623) meditación (1) memoria histórica (3) mente (8) metáfora (1) miedo (7) mito de la caverna (2) Mitos (12) modernidad (9) monismo inmanentista (10) monismo trascendentalista (2) monstruo (2) movimiento (1) muerte (5) multiculturalismo (3) música (9) nacionalismo (22) natalidad (1) naturalismo ético (5) navidad (12) Nietzsche (3) nihilismo (2) nominalismo (1) ocio (1) olimpiadas (2) Ontología (52) orden (1) Oriente y Occidente (1) Paideia (3) pansiquismo (3) Paradoxa (2) Paradoxa. (1) parasofía (2) Parménides (2) PDFEX (11) pensamiento catedral (1) pensamiento crítico (10) Pensar Juntos (1) platonismo (18) podcasts (1) positivismo (1) postmodernidad (2) posverdad (1) pragmatismo (3) Presocráticos (2) problema mente cerebro (6) progreso (1) prostitución (5) psicopolítica (20) publicidad (2) público-privado (2) racionalismo ético (3) radio (10) rap (2) Red Española de Filosofía (1) relativismo (4) religión (31) respeto (1) Reuniones en el cavernocafé (28) Revista Ex+ (2) romanticismo (1) ruido (2) salud mental (1) Schopenhauer (1) Semana santa (4) sentido de la vida (7) sexismo (20) sexo (4) Sócrates (3) sofistas (2) soledad (2) solipsismo (1) Taller estética (6) Talleres filosofía (5) teatro (9) tecnología (18) Teología (7) terrorismo (6) tiempo (3) tolerancia (1) Trascendentalismo (6) turismo (3) utilitarismo ético (1) Vacío existencial (1) viajes (2) violencia (23)

Archivo del blog

Cuevas con pasadizo directo

Cavernícolas

Seguir en Facebook