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miércoles, 16 de septiembre de 2020

Ideas

 

Filosofar es más fácil de lo que uno cree. Consiste en pararnos a pensar en lo que pensamos. Esto es: en hacernos una idea cabal de las ideas que nos bullen en la cabeza. Estas ideas no son cosa de poca monta. De manera más o menos vaga o consciente, son ellas quienes nos informan de lo que somos, de cuál es nuestro papel en el mundo, de qué sea el mundo mismo, o de qué debamos creer, hacer o esperar de él.

No obstante, mucha gente tiene la peregrina idea de que las ideas importan poco, y de que su vida se rige, antes que nada, por la experiencia sensible. ¿Será verdad? Miren, por ejemplo, en aquello que miran. ¿Podrían ver en ello algo de lo que no tuvieran ni idea? En absoluto. Si carecieran, no sé, de la idea de cerrojo, o de la idea de neurona, jamás verían cerrojos o neuronas. Y si, por el contrario, fueran cerrajeros o neurólogos, verían cerrojos y neuronas por doquier. Vemos según las ideas que tenemos. Por eso hay tanto conspiranoico: si se te mete en la cabeza la idea de que todo es un complot de Bill Gates, veras “pruebas” de ese complot (y a Bill Gates) allí donde pongas el ojo. 

Lo mismo cabe decir de las emociones y los sentimientos. Sentimos tal como pensamos. Si usted, por ejemplo, mantiene las casposas ideas de su abuelo con respecto a lo que es la “hombría”, es muy probable que sienta indignación y furia ante las demandas feministas. Y si cree que los desharrapados que vienen en patera a ganarse el pan son “invasores que vienen a acabar con nuestra cultura – y nuestros privilegios –”, sentirá, seguramente, miedo y odio hacia ellos. Y así con todo. Lo siento por los románticos, pero la cabeza es la que manda. Y cuando manda que nos dejemos llevar por el corazón, no hace más que dar patente de corso a las ideas más inconscientes y prejuiciosas. De ahí que a fanáticos y manipuladores de todo tipo (populistas, nacionalistas, publicistas, predicadores…) les mole tanto apelar a nuestras emociones.   

También los anhelos, intenciones, propósitos y todo lo que rige nuestra voluntad dependen de las ideas que albergamos. Incluso los deseos más primarios. Así, aunque tengamos muchas “ganas” de comernos un buen filete, si nos convencemos de que, para lograr nuestros ideales, es preciso hacer una huelga de hambre, o cambiar de dieta, acabaremos por no tener las mismas ganas. Todos tenemos amigos vegetarianos, antaño incisivos carnívoros, que, en virtud de sus nuevas ideas, han acabado por coger asco a los chuletones…

Todo es, pues, cosa de ideas. También su cuerpo, su cerebro o la ciencia lo son. Pruebe, si no, a pensar algo que no sea una idea, o a refutar esta misma tesis sin usarlas. Es imposible. Por eso, porque estamos hechos de ideas, es tan necesario descubrirlas, detenernos a dialogar con ellas, enfrentarlas unas a otras, y especular hasta… romper y – como la Alicia de L. Carroll – atravesar los espejos, esto es: las apariencias. 

Ir más allá de los espejos o apariencias, de los efectos, buscando las causas o ideas últimas, es la misión (tan imposible como necesaria) del filósofo. También, más modestamente, del científico (aunque este pocas veces repara en la naturaleza ideal de sus teorías y sus fórmulas). Conociendo las ideas que nos mueven y mueven la sociedad y el mundo, podremos cambiar o, al menos, prever sus consecuencias, y, así, adueñarnos de los hilos que, como a marionetas, nos animan y manejan. En la medida de lo posible, claro, pues las ideas son muy suyas (sobre todo las que parecen ciertas) y, a veces, nos poseen a conciencia. 

Pero, incluso para esto último tiene la filosofía solución: el diálogo con los otros, es decir, con las ideas que no tenemos (nada que ver con el monólogo polifónico de los adeptos o los “camaradas”). Cuando el diálogo es honesto (¿para qué, si no?), y tenemos la fortuna de topar con un alma grande y generosa, estaremos en situación de lograr ese catártico y salvífico estado en que se funda toda esperanza de libertad y crecimiento: el de no estar de acuerdo con nosotros mismos. O, como dirían los antiguos griegos, el de empezar a dejar de ser un pobre idiota.

Este artículo fue originalmente publicado en El Periódico Extremadura

jueves, 13 de septiembre de 2012

¿Cómo distinguir a un filósofo de los demás mortales?



Hoy comenzamos temporada en el blog (tras haber limpiado y ordenado la cueva, como veis, y con dos covachas recién nacidas: Filosofía y ciudadanía para cavernícolas e Historia de la filosofía para cavernícolas). Y tenía previsto escribir sobre qué es filosofía. Que si es un saber de la totalidad, que si una ciencia de los primeros principios y causas, que si un saber sistemático, y patatín y patatán. Como esto me parecía aburrido (quién tenga una enfermiza curiosidad que se asome a los temas enlazados en Historia de la filosofía para cavernícolas), me ha parecido mejor exponer los rasgos por los que es posible reconocer al filósofo de entre los demás mortales, ya sea en el metro, en la calle, o, mejor, en su mejor salsa: la académica… Estos son:



1. El estar en las nubes (o la alergia a lo concreto). Aristófanes, el célebre comediógrafo griego, caricaturizaba a los filósofos como tipos que en lugar de trabajar o hacer negocios, como los demás, se pasaban el día tumbados en los “pensaderos” discutiendo de las cosas más increíbles y abstrusas. Podéis leer su comedia “Las nubes” y pasar un buen rato. Cuentan que Tales de Mileto, que pasa por ser el primer filósofo griego, hizo casi morirse de risa a una esclava tracia porque distraído en la contemplación de los cielos se cayó a un pozo. A Jantipa, la esposa de Sócrates, le ponía histérica la forma de vivir de su marido; Sócrates se pasaba el día vagabundeando y discutiendo con unos y con otros, sin mover un dedo por llevar dinero a casa o atender a sus obligaciones familiares (curiosamente, discutía con todos menos con su mujer –se limitaba a mirarla con curiosidad mientras la pobre Jantipa se desgañitaba reprochándole a gritos su falta de sentido práctico—). Mil y una anécdotas como esta vienen a presentarnos al filósofo como al tipo despistado que vive fuera de la “realidad” y que ocupado en los asuntos más generales se desinteresa de los asuntos concretos de la vida. No hay cosa que más repugne al filósofo que los “detalles”. Un filósofo puede hablar de todo, pero te mirará con cara de pocos amigos si le pides que “concrete” o que dé, al menos, algún ejemplo para ilustrar lo que dice. Este desinterés por lo concreto incluye su aspecto físico. Una forma de reconocer a un filósofo es su forma desastrosa de vestir. Y su fealdad. Cuentan que Sócrates era feo como Picio, (aunque solo “por fuera”, como decía su amante más apasionado, el bello Alcibíades)…

2. El moscardeo aguijoneante. Podemos imaginar la estampida que provocaba Sócrates al aparecer por un callejón de Atenas. El mismo se presentaba como “el moscardón de los atenienses”. En cuanto atrapaba a una de sus víctimas comenzaba a bombardearle con preguntas irritantes. Si se topaba, por ejemplo, con un sacerdote, le preguntaba que en qué consistía la piedad. Si se encontraba ante un político, que en qué consistía la justicia, y así con todos. Lo más divertido es que cuando, tras sus incansables preguntas, dejaba a su interlocutor convencido de no saber ni su nombre, se marchaba tan pancho dejando el problema sin resolver (“bueno, pues ya seguiremos otro día”, era su conclusión favorita). El filósofo se parece así a esos molestos niños preguntones que parecen incapaces de disfrutar de su inocente ignorancia: “¿Por qué tenemos que llevar zapatos, papá? Porque el suelo es muy duro para nuestros pies. ¿Y por qué el suelo es así, papá? Porque si no fuera duro nos hundiríamos. ¿Y por qué se hunde la gente, papá? Porque pesa mucho. ¿Y por qué somos tan pesados, papá?...” 

3. El epatante “todo encaja” (con su teoría, claro). Otra forma de reconocer a un filósofo es su facilidad para explicar cualquier cosa en el marco de sus teorías o de su sistema filosófico favorito. Si por ejemplo le comentas (por matar el tiempo): “¿Te das cuenta de que la mayoría de los norteamericanos mascan chicle?” (o cualquier frivolidad parecida), prepárate. “Claro que me he dado cuenta – te dirá –. Los norteamericanos son precisamente el mejor ejemplo de cultura protestante postmoderna, en la que la desconfianza hacia la razón y lo discursivo ha alentado formas puramente gestuales de expresión oral en las que, a la vez, se manifiestan en forma compulsiva la frustración de la naturaleza racional humana y la reivindicación de un silencio activo a la par que…” La cosa podría seguir bastante más tiempo, y si el filósofo es de categoría, podría citar sus propios artículos o libros  (“como ya dije en un artículo…”). Pero la conclusión es obvia: “…y por eso los norteamericanos mascan tanto chicle”. Añadiendo (si el interlocutor no está lo suficientemente epatado) la coletilla: “¿Ves? ¿Ves como todo encaja?”

4. El titubeo tiquismiquis (con otras teorías, claro). La cara opuesta al “¿Ves como todo encaja? (con mi teoría)” es el “si, pero…esto (tu teoría) no está nada claro”. Aquí el filósofo es reconocible por su actitud titubeante y desconfiada ante todo tipo de supuestas verdades, empezando por las del “sentido común”. Si se le comenta en el ascensor lo caluroso que está el día, puede responder con un prudente: “Sí, eso parece…” (con lo cual indica que en el fondo no está tan claro). Pero también puede sorprender al desconocido con un rotundo: “bueno, ¿pero qué entiende usted por calor?” Los filósofos más cautos o pudorosos pueden decidir (muy sabiamente) no ejercitar su titubeo tiquismiquis en las reuniones de vecinos o en una fiesta de fin de año, pero explotan en todo tipo de eventos intelectuales (conferencias, clases, congresos, debates…). Se identifican por no dejar de poner pegas, insistir en clarificar los términos y los supuestos de partida, sospechar de los errores ocultos, y hacer mohines a las conclusiones cuando se llega a ellas con demasiada facilidad (y sin su concurso). Estar de acuerdo con los demás es, para el filósofo, un síntoma claro de que se ha equivocado. En cuanto se da cuenta, levanta la mano: “Sí, bueno, a ver…yo no estoy de acuerdo con lo que se ha dicho…” (mientras dice todo esto, el filósofo ha reunido ya el tiempo suficiente para saber lo que va a objetar a continuación).


5. El rechazo de los sucios hechos. Esta es otra versión de la “alergia a los detalles” que caracteriza al filósofo. Aunque no sólo a él, también algunos científicos muy teóricos, y muchos matemáticos, padecen este síndrome. Si la realidad (los hechos experimentales) no concuerda con sus brillantes teorías, pues peor para la realidad. Pasa que el filósofo tiene aquí ventaja sobre los científicos. Si el rechazo de los hechos es una rara excepción en el ámbito de la ciencia, en el de la filosofía es casi una norma de buen gusto. ¿Quién, con una mínima formación filosófica, puede ser tan tosco como para confundir sin más lo real con lo observable por los sentidos? De hecho, el argumento más eficaz y coherente (por no decir el único) que los hechos tienen a su favor es aquel, tan célebre como basto, del palo en la cabeza. “¿Cómo que no crees en los hechos? –dijo el materialista de la anécdota al descreído filósofo –, pues ahora vas a ver como cambias de opinión”. Y tras decir esto, cogió un bastón y comenzó a darle palos en la cabeza al filósofo, una y otra vez. Sobra decir que el filósofo murió… sin haber sido convencido (¡Un golpe es solo un hecho, no un argumento!).

6. La soberbia modestia. Todo filósofo hace ejercicio explícito de modestia intelectual. En el fondo, ya se sabe: “nada se puede saber, todo es dudoso, las teorías no son más que hipótesis, las grandes preguntas siempre quedan irresueltas, mejor el silencio, etc.”. Pero bajo esta piel de cordero, el filósofo es un lobo para todo el que cree saber algo. Así, podemos reconocer fácilmente al filósofo en un debate por una de estas tres actitudes: (a) por su sonrisa complaciente al oír las teorías ajenas (“¡Dios mío –parece pensar—! ¿Cómo puede alguien equivocarse tanto?”); (b) por su iracundia a la hora de intervenir (“¡¡Pero cómo no pueden ustedes entender que están todos totalmente equivocados!!”); o (c) por su hosco o resignado silencio (“¿Para qué hablar? Es inútil, jamás saldrán de sus errores”)… Así que, pese a su reconocida ignorancia (ya sabéis lo que decía Sócrates: “solo sé que no sé nada”), el filósofo sabe perfectamente que todos los demás –menos él— están equivocados. Sócrates, por cierto, de tan ignorante que se sabía se consideraba el más sabio de los hombres. Ahí es nada.




lunes, 3 de octubre de 2011

"Corazón de Oro" contra el "Doctor Infierno".

Dicen que los simples e inocentes (es decir, los más ignorantes) son buenos. Los niños son buenos, dicen, hasta que los estropeamos los mayores y les enseñamos lo que no deben. Los nativos de las culturas más primitivas son buenos y puros, dicen, hasta que llegan los malvados colonizadores y les corrompen. Los hombres rudos y sencillos del campo son buenos, dicen, hasta que la civilización destruye su ancestral modo de vida… Ya lo cuenta el mito de Adán y Eva (y tantos otros): el hombre es bueno hasta que, pretendiendo saber más de la cuenta, rompe el equilibrio ecológico del paraíso y hace aparecer el mal y el pecado en el mundo... Al fin y al cabo, la bondad parece que es asunto del corazón. Y el que empieza a darle demasiada importancia a su saber e inteligencia pierde ese camino al que le conducían, sin pensarlo, sus emociones más puras, y se vuelve soberbio, ambicioso y malvado, como esos diabólicos seres de los cuentos y películas que ponen su inteligencia al servicio del mal…

¿Qué dirías tú? ¿Hay que ser sabio, inteligente, culto y sofisticado para ser bueno, o basta con tener un corazón de oro? ¿Qué hay de verdad (o de mito) en eso de que el niño, o el nativo, o el hombre del campo... son, por lo general, bondadosos y nobles?



ACTIVIDADES.

1. ¿Se puede ser bueno sin saber, de forma consciente, crítica y reflexiva, qué es lo bueno?
2. ¿Has oído hablar del "mito del buen salvaje"? ¿Qué opinas al respecto?
3. ¿Saber lo que es bueno para uno mismo tiene relación con conocerse bien a sí mismo?
4. ¿Hay que ser muy sabio para ser bueno con los demás? ¿O es más bien cuestión de tener buen corazón?
5. ¿Tiene algo que ver el hacer el bien con conocer cómo es el mundo y cómo son los demás? ¿Por qué?
6. ¿Serán las personas con conocimiento e inteligencia más propensas al mal? ¿Y eso?

jueves, 28 de octubre de 2010

La felicidad no es cosa de tontos...Sino de sabios.


Podemos empezar por suponer que la felicidad es esa emoción que tenemos cuando creemos que las cosas nos van muy bien. Ahora bien: ¿cuándo diremos que las cosas nos van muy bien?...
Algunos filósofos piensan que a los seres humanos les va muy bien (y son felices) cuando desarrollan plenamente lo que ellos mismos son. Es decir: cuando logran crecer hasta rozar la plenitud o perfección como seres humanos.
¿Pero qué es la “plenitud” de un ser humano? Si consideramos que lo humano de un ser humano es, ante todo, su vida mental (es decir, ese compendio de facultades que llamamos sensibilidad, emotividad, voluntad, entendimiento…), parece claro que la plenitud de un ser humano equivale a la plenitud de su vida mental.
¿Y cómo se logra crecer mentalmente para lograr esa plenitud? Pues del mismo modo que crecemos físicamente: “comiendo”, uniéndonos a todo lo que puede acrecentar nuestra mente, y disfrutando, claro, del placer que esta unión procura (a este deseo de unión se le llama, en general, amor).


Hay muchas formas de unirnos al mundo (de amarlo) y, así, de “engordar” nuestra vida mental. Una de las más inmediatas es a través de los sentidos, por eso nos gusta contemplar un paisaje, comer, o hacer el amor. Otra puede ser a través de la imaginación y las emociones, por eso disfrutamos tanto de las obras de arte que contemplamos o creamos, pues en ellas nos unimos a un mundo más pleno (el de la imaginación, en que nuestros deseos apenas se distinguen de la realidad)...

Pero también podemos unirnos al mundo y a los demás de una forma aún más rica: a través de proyectos y acciones, transformando el mundo para darle la forma de nuestros deseos… Pero en cualquier caso, la forma más profunda de unirnos al mundo y a los otros es comprendiéndolos. No hay forma de unión y crecimiento más ilimitada y completa que esa…



Ahora bien: si todo esto es la felicidad, LA FELICIDAD ES INSEPARABLE DEL SABER. Hay que EDUCAR los sentidos para disfrutar de ellos; hay que SABER unir lo que imaginamos a lo matérico para crear o interpretar una obra de arte; hay que SABER cómo y en qué sentido transformar el mundo para poder hacerlo; y hay que SABER, que dialogar con los demás o con uno mismo (eso es pensar) para comprender la realidad…
La plena felicidad nunca es una cosa de tontos, inocentes o niños, el modelo de ser humano feliz no puede ser el bobo de Homer Simpson, ni Peter Pan, el niño que no quiere crecer. La plenitud en la felicidad sólo está al alcance del sabio. Por eso, si deseamos ser felices, también deseamos saber, y ese deseo de saber es justamente a lo que se refiere filosofía.


1. ¿Qué dirías tú que es la felicidad? ¿Crees que podemos tener una idea compartida acerca de lo que ella sea? ¿Qué es lo que te hace más feliz a ti?
2. ¿Aumenta el saber la capacidad para disfrutar de la comida, la música, el sexo y cosas así? ¿Quién puede disfrutar más conduciendo una moto: un gran piloto o un conductor normal? ¿Crees que un juego o una afición es tanto más divertido cuanto más experto se es? ¿Quién crees que se aburre más en un partido de fútbol: el que sabe de fútbol o el que no sabe?
3. ¿Basta con ser rico o hay que saber ser rico? ¿Por qué crees que el hecho de comprar cosas hace feliz a tanta gente? ¿Basta con ser guapo o millonario para tener verdaderos amigos? ¿Qué hay que hacer para tener amigos? ¿Puedes ser importante o divertido para los demás si no sabes nada?
4. ¿Sigues pensando que la felicidad es cosa de ignorantes y no de aquellos que buscan la sabiduría?
5. ¿Te parece justificado que sigamos dándole vueltas a los problemas filosóficos? ¿No reside ahí el secreto de la mayor felicidad?



viernes, 17 de septiembre de 2010

Si los tontos son más felices: ¿Para qué venir a clase?


“Filosofía” significa en griego “amigo o amante de la sabiduría”. El “filósofo” es el que “ama el saber”, el que “busca la sabiduría”. Ahora bien, ¿nos conviene este amor?, ¿es bueno esto de querer saber?... Algunas filosofías y doctrinas religiosas piensan que el hombre en “estado natural” (como un animal o un niño) es ignorante, bueno y feliz, y que es la educación lo que le corrompe, volviéndolo malo e infeliz. ¿Será esto cierto? ¿Es mejor no saber demasiado? ¿Son más felices los animales, o los niños, o los tontos, que nosotros? ¿No será mejor no venir a clase (o venir, a lo sumo, para aprender algún oficio con que ganarnos la vida y ya está)? Tal vez, las asignaturas más teóricas que daís en el instituto habría que suprimirlas (sobre todo la filosofía, que es la más teórica de todas). Al fin y al cabo, ¿para qué sirven realmente? Para nada. Si queremos ser felices lo mejor es no pensar ni saber demasiado (ser, algo así, como Homer Simpson: cuanto más tonto e inocente, mejor)...

Bienvenidos a la filosofia!! Curso 2010-11


Cada vez que comienzo un curso yo mismo he de preguntarme qué demonios es esto de la filosofía, para qué sirve, qué sentido tiene dar un curso de filosofía. Y es curioso, pero en cuanto me hago estas preguntas, e intento responderlas, me parece que…ya estoy filosofando, y que la filosofía tiene sentido… ¡Incluso cuando dudamos de que lo tenga!...

Tenemos necesidad de comernos el tarro, de darle un sentido a lo que hacemos, a nuestra vida (y ya puestos, al mundo entero). No siempre claro. Cuando somos gusanillos más o menos obedientes y vivimos tranquilos y felices (adormecidos en el dulce vaivén de lo cotidiano) no pensamos demasiado, la verdad. Pero, ay, cuando sufrimos decepciones y la vida se nos pone en contra, empezamos a hacernos preguntas: ¿Por qué lo pasamos mal? ¿Qué hemos de hacer para ser felices? ¿Qué mundo es este y por qué pasan cosas como las que pasan? ¿Quiénes somos nosotros mismos, qué queremos en realidad?...
Y no es nada fácil responder a estas preguntas. Las respuestas habituales (las que nos han enseñado otros, casi desde niños) no siempre sirven (si sirvieran –nos decimos—no estaríamos ahora así, decepcionados, angustiados, perdidos…). ¡Así que tenemos que encontrar nuestras propias respuestas! ¡¡Y en esa búsqueda consiste la filosofía!!

Cuenta un viejo sabio (al que los griegos llamaban Platón) que los hombres somos como prisioneros en una oscura caverna. En ella vivimos atados de tal modo que sólo podemos mirar hacia la pared del fondo, en la que aparecen imágenes con voz y movimiento (es algo así como si, desde pequeños, viviéramos en un cine y solo pudiéramos ver una pantalla en la que no cesaran de proyectarse imágenes). Resultado: creemos que el mundo no es otra cosa que lo que vemos en esa pared (o pantalla).

Así vivimos todos los humanos -dice Platón- antes de empezar a filosofar: creyendo que el mundo es lo que vemos y lo que oímos que nos dicen desde pequeños… Pero algunos de estos cavernícolas (sigue diciendo Platón) no se acaban de fiar. Lo que ven y oyen en esa caverna es a veces contradictorio o absurdo, malo, injusto, feo… Por eso les da por pensar que debe haber “algo más”, y se empeñan en buscarlo… ¿No les pasa a estos cavernícolas lo mismo que decíamos antes que nos pasa a nosotros? A veces, el mundo que vemos nos parece tan extraño y contradictorio, que nos preguntamos: ¿qué es de verdad la realidad? ... Otras veces nos pasa que lo pasamos tan mal (o vemos a otros pasarlo tan mal) que nos preguntamos: ¿Cómo podríamos pasarlo bien de verdad? ¿Cómo podríamos hacer un mundo más justo y hermoso? ¿Cómo podríamos llegar a ser de verdad felices?...

Insisto: de todas estas preguntas nace la filosofía, y también nuestro curso de filosofía. En él charlaremos, alrededor del fuego (que simboliza a la razón), acerca de lo que es el mundo (y de lo que somos nosotros) y de cómo podemos llegar a conocerlo. Pero también de cómo pegarnos una buena vida juntos... Es decir, que charlaremos de todo lo que realmente importa.

Con una única regla: nos atreveremos a hablar de todo: nada habrá sagrado o indiscutible (salvo, precisamente, “que todo es discutible”)... El objetivo final será salir todo lo que podamos de la oscuridad de esta caverna, levantar cabeza, abrir los ojos y despertar, como en el cuento la bella durmiente despierta tras el beso del príncipe (¿quién o qué será ese príncipe?) para, quizás, empezar a vivir...de verdad...

¡! Bienvenidos, pues, a la aventura del pensamiento, sentaos junto al fuego y preparáos para invocar a lo que aún no tiene nombre!

sábado, 10 de abril de 2010

Resumen de la reunión sobre el sentido de la filosofía.


El viernes pasado vino a la caverna el filósofo Juan Antonio Negrete, y discutimos con él acerca del sentido y utilidad de la filosofía. La reunión fue un poco informal pero dimos a luz unas pocas ideas que paso a resumir (como siempre, me olvidaré de muchas, pero para eso tenéis los dedos y los comentarios, para recordar lo que a mí se me pase). Esto fue lo que parieron Juan Antonio, Elena Montero, Paloma, Elena de la Gala, Felipe, Toni, Alvaro, Silvia, Ángela, Esther, Mª Ángeles, Monchi, Nando, Pilar, Marien y Mónica (espero no olvidarme de nadie).

• Según la “mentalidad” de nuestro tiempo, es la ciencia la que responde a las preguntas que nos hacemos. El conocimiento serio y fiable es el científico. La filosofía no es más que un reducto del pasado, una especulación sin fundamento (sin pruebas empíricas), algo quizás más cercano al arte. Esto piensa la mayoría (incluso la mayoría de los filósofos y los profesores de filosofía). Lo raro es que, ante este panorama, la filosofía se conserve como una asignatura (¡obligatoria, además!) en los dos cursos de bachillerato (cosa que no ocurre en el resto de los países europeos, salvo Francia y alguna excepción más). En el otro (minoritario) extremo, algunos han propuesto que la filosofía, como ejercicio reflexivo, se imparta desde la infancia (es una propuesta conocida como “filosofía para niños” o como “aprender a pensar”).

• Ahora bien: ¿Es cierto que el conocimiento es patrimonio de la ciencia? Si se nos apareciera de pronto un genio y se ofreciera a respondernos a tres preguntas, ¿le haríamos alguna que pudiera responder la ciencia? Las preguntas que más nos interesan buscamos responderlas en otra parte (por ejemplo, en los libros de autoayuda, que nadie consideraría una ciencia, idea en lo que coincidieron Silvia y Ángela). Juan Antonio afirmó que, para él, la ciencia no hace ni responde ninguna pregunta realmente interesante. Es más: la ciencia se limita a intentar explicar como funcionan las cosas, no qué son las cosas (su esencia). El conocimiento que proporciona la ciencia no es esencial. Y sin embargo, la ciencia ha de presuponer ese conocimiento esencial, pues si no tiene alguna idea de lo qué son las cosas cuyo funcionamiento explica, ¿cómo iba siquiera a reconocerlas? ¿Cómo va a explicar adecuadamente cómo funcionan los seres vivos alguien que no sabe qué es esencialmente la vida? ¿Cómo va a explicar un matemático las relaciones entre los números si no sabe lo que es un número (o lo que es la misma matemática)?... La ciencia, que a veces con una soberbia injustificada, se erige como un conocimiento plenamente racional, parece no reparar en que arranca de ciertas creencias sobre lo que son las cosas (la vida, los números, el espacio, la materia, etc.) que jamás demuestra, sino que asume de manera acrítica a partir de otros saberes (el sentido común, la filosofía, la tradición científica). En el fondo, “la ciencia no piensa”, decía Martin Heidegger, un filósofo alemán del siglo XX. La ciencia ejerce, así, la peor filosofía posible: aquella que no es consciente de los principios de los que parte. Esto no significa desvalorar en absoluto la ciencia, sino “colocarla en su lugar”: el de un conocimiento subordinado a otros y ceñido a un objetivo muy concreto: explicar cómo funcionan las cosas que parecen ser reales. El científico honesto, como reconoció Felipe, asume esta limitación, y no pretende estar describiendo la realidad (sino su apariencia) ni lo que son esencialmente las cosas (sino su comportamiento manifiesto a los sentidos).

• La ciencia no sólo no explica qué es la realidad, tampoco explica qué es la verdad (se limita a aplicar un método, el método empírico o hipotético-deductivo, presuponiendo, sin demostrarlo, que es dicho método el adecuado para lograr conocimientos certeros). La ciencia tampoco explica qué es valioso (el científico habla de hechos, no de valores), por lo que tampoco puede atribuirse a sí misma ningún valor (si la ciencia es valiosa o no, no es competencia del científico). Pero si la ciencia no explica esencialmente la realidad, ni qué es la verdad, ni qué es lo que vale y no vale (en terrenos como la ética, la política o la estética). ¿De qué vale verdadera o esencialmente la ciencia? ¿Qué otro saber hay que se ocupe de todo esto? ¿O acaso es que de todo esto (como piensan muchos filósofos y científicos) no se puede, sencillamente, hablar?...

• Elena Montero dijo que la filosofía no podía ser muy valiosa, dado que la mayoría de sus teorías (sino todas) pueden refutarse rápidamente. Nando y Pilar afirmaron que el valor de la filosofía reside en que te hace reflexionar acerca de lo que vives y, así, siendo más consciente de tu vida, vives el doble, es decir, que la filosofía nos proporciona una vida “interesante”. Álvaro replicó que para vivir con intensidad quizás baste con saber que tales cosas producen dolor y tales otras placer. Juan Antonio dijo que, aunque parece que inicialmente podemos guiarnos en función del placer y el dolor, siempre cabe hacernos la pregunta de si “está bien (o mal) guiarnos de esa manera”. Y no sólo un filósofo, cualquier persona (un deportista o un bombero, por ejemplo) ha de preguntarse si está bien o mal aceptar ciertos dolores o sufrimientos (el entrenamiento, las quemaduras) para lograr sus fines. Ahora bien, esta tarea de valoración implica ya reflexión…

• En relación a lo anterior surgió un debate acerca de si debemos anteponer la felicidad como objetivo último de nuestras acciones. Algunos de los presentes pensaban en la posibilidad de estudiar filosofía. Y se les preguntó si lo harían aun en el caso de que no fueran más felices sino incluso menos. No parece difícil demostrar (al modo en que hace la ciencia) que las personas más reflexivas y conscientes viven con mayor angustia y preocupación que las más simples e ignorantes. ¿Debemos anteponer la felicidad a la dignidad (a lo que creemos que debemos hacer)? Monchi parece que pensaba que sí. Esther pensaba que la felicidad no es posible sin dignidad. Víctor añadió que, según los resultados de algún ejercicio de sus clases, los alumnos preferían por lo general el conocimiento a la felicidad (casi todos preferían no ser engañados, aunque ese engaño les proporcionara una felicidad segura). Si hay que elegir entre verdad y felicidad, la gente escogería casi siempre lo primero (o, al menos, eso dicen)…

• Conforme nos íbamos marchando se pidió que cada uno dijera el sentido que tenía para él o ella tenía la filosofía. Casi todos los que hablaron (Elena M. Paloma, Ángela o Monchi, por ejemplo) dijeron que la filosofía les había hecho pensar y plantearse problemas de los que antes no eran conscientes. Algunos (como Elena de la G., Esther o Silvia) afirmaron que estas cuestiones habían significado un cierto revulsivo en sus vidas, y que el hecho de planteárselas les había hecho tomar consciencia de su individualidad frente a las ideas que les había transmitido el entorno, hasta el punto de que ahora se sabían más dueños de su vida (aunque quizás por eso más aparentemente solos o enfrentados al entorno). Otros, como Mª Ángeles o Pilar, añadieron que este cambio también generaba dudas radicales y que perdías la tranquilidad y la seguridad con la que vivías antes, pero que pese a eso (o justamente por eso) era un cambio beneficioso. Álvaro dijo que le parecía una vergüenza que la gente empezará a pensar así gracias a una asignatura del sistema educativo. Juan Antonio afirmó que a él le parecía esto una virtud, dado que el sistema educativo tiende a plantearse como fin la preparación para el mundo laboral y no educar para el pensamiento crítico.

• La reunión acabo con una serie de temas, en los que se habló de forma más dispersa y relajada, de varias cosas, como la relación entre filosofía y arte, verdad y belleza, el lenguaje filosófico y el poético, las “utopías negativas” y el motivo por el que las rechazamos, etc. Toni y Juan Antonio protagonizaron una discusión acerca de cómo lograr una sociedad “autárquica” en la que no existiera ningún poder impositivo… Y más o menos por aquí se acabo el cuento. Sólo siento no haberos hecho una foto a todos, de guapos que estabais, hablando de filosofía al sol y en mitad del ajetreo de la calle, a la hora en que la mayoría se limita a dormir o a abarrotar los bares o las tiendas… La próxima vez será. Gracias a todos, y especialmente a Juan Antonio (que se volvió a Sax encantado por la experiencia y por haberos conocido).

jueves, 8 de abril de 2010

Reunión cavernícola el viernes!


Cavernícolas todos, como hace mucho tiempo que no nos reunimos, vamos a hacerlo este mismo viernes. Además, está en en Mérida nuestro vecino de blog, el filósofo Juan Antonio Negrete, al que quiero que conozcáis. El tema que se nos ha ocurrido discutir es este:

¿Para qué sirve la filosofía? (Si es que sirve para algo)

Decía el viejo Sócrates que una vida sin reflexión no vale la pena ser vivida. Otros, por el contrario, piensan que la filosofía es un oficio de cobardes, de los que tienen miedo a vivir... ¿Quién tendrá razón? ¿Qué utilidad tiene ser filósofo? ¿No basta la ciencia para conocer el mundo? ¿Y no será mejor el arte o la religión para llenar esos "huecos" que supuestamente no llena la ciencia? ¿Tiene sentido aspirar a un conocimiento pleno, como hace el filósofo? ¿Nos hará más felices y mejores personas dedicarnos a la filosofía o será todo lo contrario? ...

El viernes lo descubriremos, a las 5 en el Bibliocafé (frente al instituto). Os esperamos!


lunes, 8 de febrero de 2010

El cuento de todos los cuentos (versión filosófica)

Ahora vamos a convertir el Cuento de los cuentos tradicional en el Mito de los mitos filosófico. Así:

(1) Cambiemos la máscara a los cuatro personajes fundamentales.
- El malo o el Mal es ahora la IGNORANCIA inconsciente (no saber siquiera que no se sabe), es decir: el error que se toma por verdad, la estupidez y todo lo que se le asocia (los prejuicios, los dogmas, la irracionalidad…).
- La Princesa o Alma perdida es ahora aquél que se hace consciente de su ignorancia (solo sé que no sé nada) y se convierte en filósofo o aprendiz de filósofo: el DISCÍPULO o alumno.
- El Príncipe o Salvador es ahora aquél que condesciende a enseñar su sabiduría a los demás: el MAESTRO o SABIO.
- El Final feliz o Salvación es, claro está, el logro de la sabiduría o CONOCIMIENTO.

(2) La trama tampoco cambia en lo fundamental: El Discípulo está en apuros (en manos de la ignorancia) y desorientado. Cuando conoce al Maestro, su vida cambia y encuentra el camino hacia la verdad. Finalmente, guiado (educado) por aquél, el discípulo alcanza el conocimiento pleno de las verdades eternas…


Pues bien: SERIÁIS CAPACES DE LOCALIZAR algún mito o historia que ENCAJE en este esquema. SE OFRECERÁ TRIPLE RECOMPENSA.

martes, 17 de noviembre de 2009

¿Hay una ciencia de lo bueno, lo justo y lo bello?


¿Hay algún experimento o prueba lógica que permita decidir si el aborto o la pena de muerte son o no aceptables? ¿Podríamos demostrar científicamente que la democracia es mejor que la tiranía? ¿Podría un sabio experto dictaminar que Goya es mejor artista que Picasso?... La mayoría de la gente responde a estas preguntas con un rotundo "no". En cuestiones morales, políticas o estéticas cada cual tiene su opinión, y todas son igualmente respetables. No hay nadie que sepa más que los demás (en política, por ejemplo, cada voto individual vale lo mismo). En este sentido, algunos se quejan de que en el Instituto se den clases de ética y ciudadanía, y que en ellas se razone acerca de lo bueno y lo malo ¡Esto no es un asunto público y racional -se dice- sino privado, subjetivo, relativo a las creencias de cada individuo y su familia! ¿Quién es nadie para decirnos lo que es bueno, justo o bello?...

Ahora bien. Si lo bueno o justo es según cada uno. ¿Podríamos objetar moralmente algo al que asesina o discrimina a las mujeres? (Para el que lo hace es algo bueno). ¿Podríamos tildar de injusto a un tirano? (Para el tirano su forma de gobernar es justa). Si lo bello es según el gusto de cada uno: ¿Podríamos decirle algo al director de un museo si sustituye los cuadros de Goya por los dibujos de su hijo pequeño? (A él le pueden parecer más bonitos los de su hijo). La respuesta parece ser: no. De hecho, ni siquiera podríamos discutir acerca de lo que es bueno, justo, etc. Pues si esas palabras significan algo diferente para cada persona, ¿cómo podríamos entendernos? Además, si todas las opiniones sobre lo bueno fueran igualmente respetables, ¿para qué discutir? Todo sería bueno para unas personas y malo para otras, luego todo sería bueno y malo a la vez. Contradictorio, pero cierto, ¿no?


¿Qué pensáis de todo esto? ¿Los asuntos morales, políticos y estéticos son irracionales y, por tanto, no cabe ningún saber racional sobre ellos (se los dejamos así a la religión o a las opiniones y emociones de cada cual)? ¿O por el contrario cabe una ciencia sobre tales asuntos, de forma que se pueda demostrar racionalmente lo que es bueno, justo y bello? Esto último es lo que pretende a veces la filosofía como saber "axiológico", es decir, cuando se vuelve "ética", "filosofía política", "estética filosófica"... ¿Tiene sentido esta pretensión de la filosofía?

miércoles, 11 de noviembre de 2009

¿Cómo es que la ciencia carece de fundamento científico?


La ciencia puede explicar muchas cosas, pero no puede explicarse a sí misma ni aquello en lo que se fundamenta para explicar todo lo que explica. La razón es que ni la ciencia misma ni sus fundamentos son de la misma naturaleza que los objetos estudiados por el científico. Dicho de otro modo: la física no puede estudiarse a sí misma, porque la física no es algo físico. Ni la biología algo biológico, ni la psicología algo psicológico, ni la historia algo histórico... Veamos, por ejemplo, el caso de las ciencias naturales. Éstas tienen como objeto de estudio a la naturaleza, pero para estudiar a la naturaleza emplean leyes, fórmulas y conceptos que no pueden ser en sí mismos “cosas naturales”. Las leyes físicas no son una parte concreta de la naturaleza, si así fuera no podrían aspirar a explicar la naturaleza en su conjunto. Además, sería absurdo pensar la ley de la gravedad como una cosa física (¿cuánto pesa la ley de la gravedad) o la ley de la evolución como un fenómeno natural (¿evoluciona y varía la ley de la evolución explicando a la vez e invariablemente cada uno de sus cambios?). De poco sirve decir que estas leyes son productos mentales (explicables por el psiconeurólogo) pues en ese caso no podrían suponerse como leyes de toda la naturaleza (ni como las leyes por las que el psiconeurólogo explica la producción mental de leyes)... Por otro lado, las leyes y conceptos científicos se refieren obviamente a algo, a las realidades fundamentales del mundo natural: la energía, la materia, el espacio y el tiempo, el movimiento, la vida, etc. A partir de ellas el físico o el biólogo explican multitud de fenómenos. ¿Pero son capaces de explicar estas mismas realidades fundamentales? La noción de energía es tan oscura para el físico como la noción de Dios para un teólogo (dado que la energía es el punto de partida de todo fenómeno físico, nada físico queda para explicar a la propia energía). La explicación física de la conversión de la energía inicial en elementos materiales diferentes es tan convincente como la noción de “milagro” (¿cómo de la sola energía surge algo distinto de ella?). El espacio y el tiempo no pueden entenderse como fenómenos físicos (¿qué densidad tiene el espacio? ¿qué lugar ocupa? ¿durante qué tiempo transcurre el tiempo?...). El movimiento tampoco (¿es móvil y cambiante el movimiento, o más bien es constante e inmóvil, dado que “siempre” lo hay?), etc... A todo esto, hemos de recordar que el científico trabaja metódicamente, pero ¿es demostrable científicamente la validez del método científico? Por supuesto que no: ningún experimento puede demostrar la validez del método experimental, ninguna observación ni procedimiento inductivo puede justificar la validez de la inducción lógica (la lógica pura tampoco, por cierto)... En suma, podríamos decir que cada ciencia es como un “foco” que alumbrara cierta parte de la realidad, pero que, a su vez, fuera incapaz de enfocarse a sí mismo: a sus propios engranajes o fundamentos, a aquello mismo que genera su luz... Ahora bien: si la ciencia no puede ocuparse científicamente de sus propios fundamentos, es que depende de otro saber (más fundamental) que se ocupa de ellos. Según algunos, este saber (o proyecto de saber) es la filosofía...


1. Según algunos filósofos (y científicos) la ciencia es un saber “prefilosófico”. Pero según otros muchos filósofos y científicos, es la filosofía la que representa un saber “precientífico”. ¿Qué crees que significa esto último? ¿Cuál de estas dos posturas crees que es más defendida en la actualidad? ¿Podrías hacer de “abogado defensor” de la última de ellas?
2. ¿En qué sentido crees que podría la filosofía ocuparse del “fundamento” de las ciencias?
3. ¿No le ocurrirá a la filosofía lo mismo que a la ciencia: que dependa de ideas que carezcan de justificación filosófica?

miércoles, 4 de noviembre de 2009

La teoría de las cajas (Ciencias particulares y saber universal)



Imagina que la realidad es tu cuarto o casa llena de chismes tirados por todos lados después de una gran explosión (de alegría, no hay que dramatizar). Como no se puede vivir en tal desorden, decidimos ordenar la realidad...
Llega, por ejemplo, el físico, muy enérgico, con un montón de cajas y dice: pues yo voy a ordenar los chismes físicos, y sin pensarlo dos veces empieza. Todas estas cosas (que tienen masa, carga eléctrica, volumen, etc.) a la caja de las “partículas y sus compuestos”. Y todos estos fenómenos tan raros que ocurren entre las cosas (se atraen, se unen y separan, etc.) a la caja de las “fuerzas”. Hala, y además –dice— voy a meter todas esas cajas en una aún más grande: la caja de los “fenómenos energéticos”...
Ahora llega el biólogo, muy animado, y dice (también sin pensarlo mucho, la verdad): pues yo voy a ordenar los chismes vivos. A esos pequeños que andan revoloteando por ahí los meteré en la caja de los “mosquitos”. Y a aquellos grandes y grises en la caja de los “ratones”. Y ambas cajas las meteré luego en la caja de los “animales”. Y esta caja, junto a aquella otra en la que he ido metiendo el musgo de las paredes y las flores del jardín, la meteré en la gran caja, claro está, de “los seres vivos”...
Ahora aparece el psicólogo, muy mentalizado con su tarea (lo cual no quiere decir que la entienda), y dice: pues yo voy a ordenar un poco lo que hacen y tienen en la cabeza estos chismes tan aparatosos que son los humanos. A ver, aquellas conductas (ver, oír...) a la caja de las “percepciones”. Aquellas otras (tener miedo, estar contento) a la de las “emociones”... Etc. Y todas esas cajas a la caja de las “conductas y fenómenos mentales”...
Luego, el matemático, calculando lo que va a hacer (un poco mecánicamente, sí), dice: pues yo voy a contar y medir bien todo lo que hay, y meteré mis cuentas en la caja de las “cantidades” y mis mediciones en la caja de las “figuras y proporciones”. Y ambas, en la caja de los “aspectos matemáticos del mundo”...
No hace falta seguir. Detrás del matemático vinieron muchos más: el geólogo, el astrónomo, el sociólogo, el historiador, el lingüista... Y cada uno fue metiendo “sus” chismes en las cajas que traía...Al final, todo el piso estuvo lleno de cajas enormes, cada una con su etiqueta.

[Por cierto, un asunto importante del cuento es este: las cajas que digo no son de cartón ni de madera, claro (tal como las metáforas no están hechas de tinta ni de pixeles). Las cajas están hechas de definiciones, leyes, fórmulas, conceptos... Por ejemplo: la caja de las fuerzas que trajo el físico está hecha de la ley de la gravedad, las leyes electromagnéticas, etc. La caja de “los seres vivos”, que trajo el biólogo, está hecha de la ley de la evolución, las leyes genéticas, la definición de ser vivo, etc. La caja de las emociones (una de las del psicólogo) está compuesta de ciertas definiciones y leyes acerca de las emociones. Y la caja de las cantidades del matemático (también llamada “aritmética”), de conceptos, leyes y fórmulas acerca de los números...]

... Y en estas estábamos, cuando llegó el filósofo, pensativo y (en un estilo entre místico e incomprensible) dijo: ¿pero mira cómo tenéis el piso? ¿cómo podéis soportar este desorden de cajas? Por un lado la caja de los fenómenos energéticos, por otro la caja de las conductas y fenómenos mentales, por otro la caja de las cantidades... Esto hay que arreglarlo. Voy a intentar meter todas esas cajas en una caja común. Es decir, voy a intentar comprender todos esas definiciones, leyes, fórmulas y conceptos distintos bajo ideas más unitarias. A ver si descubro la caja donde todo encaja... Por que, al fin y al cabo, como nos dice la lógica, la realidad y la verdad son solo una, ¿no? (Véase la entrada: "¿Que le diría el tocino a la velocidad?").



1. ¿Por qué decimos que la filosofía es un saber “universal” y las ciencias saberes “particulares”?
2. ¿Qué etiqueta tendría que tener la caja de las cajas que se propone construir el filósofo? ¿De qué estaría hecha esta caja?
3. ¿Tiene sentido un saber universal, como dice el filósofo, o es mejor que haya un montón de saberes cada vez más especializados? ¿Qué crees que se valora más en nuestra sociedad: la especialización o un conocimiento “universal”? ¿Por qué?

martes, 3 de noviembre de 2009

¿Son lógicas las matemáticas?



Suele decirse que la filosofía es un modo de conocimiento puramente racional o lógico. Las cosas de las que habla el filósofo son tan abstractas que no cabe verlas o comprobarlas con experimentos científicos. Esto distingue a la filosofía de las ciencias empíricas (aquellas que hacen experimentos para probar sus teorías). ¿Pero qué distingue a la filosofía de otras ciencias, como las matemáticas, que también parecen ser puramente lógicas?...

... Las diferencias son muchas. Por ejemplo: la matemática solo trata de aspectos de la realidad que se puede contar y medir, y la filosofía de aspectos que, en ocasiones, carecen de extensión (no se pueden medir) e incluso de partes sucesivas (no se pueden contar)... Pero hay otra diferencia quizás más fundamental: la filosofía no acepta ninguna idea que carezca de lógica, pero las ideas fundamentales de las matemáticas parecen, en cambio, imposibles de demostrar con la lógica.

Pensemos en la idea de número (la idea fundamental de la aritmética). ¿Puede haber más de un número, por ejemplo, dos? El dos son dos unidades (dos “unos”), pero estas unidades son idénticas (1=1), luego no pueden ser dos, para que fueran dos tendrían que ser diferentes una de otra (o, más bien, una de una). De otro lado entre el uno y el dos hay un número ilimitado de números, pero ¿cómo puede estar lo ilimitado limitado entre el uno y el dos? Finalmente, el dos es ilimitadamente divisible (1, 0.5, 0.25, etc.); el final de esta división, si lo hubiera, sería lógicamente "cero": el dos se compondría de infinitos ceros, pero ¿cómo la suma de infinitos ceros va a dar como resultado “dos”? Y si ese final nunca se alcanza tendríamos el mismo problema de antes: ¿cómo un número ilimitado de números puede estar comprendido en los "límites" del dos?

Con la otra idea básica de las matemáticas, la idea de espacio (fundamental en la geometría), ocurre exactamente lo mismo. Imaginemos un espacio pequeñito, tal como el segmento AB; esta línea es una sucesión de muchos puntos todos idénticos; pero ¿si son idénticos como pueden ser muchos? (sólo cabría distinguirlos por el espacio que ocupan, pero justamente el espacio es lo que se trata de demostrar). De otro lado, entre un punto y otro de esa línea ha de haber siempre otro punto, con lo cual la línea AB sería a la vez finita e infinita. Finalmente, si los puntos matemáticos son inextensos (no tienen cuerpo), su dimensión espacial es cero; pero ¿cómo puede tener longitud una línea compuesta de puntos cada uno de ellos de cero longitud?...




Son pues, lógicas, las ideas fundamentales de las matemáticas. ¿Es la matemática un saber tan lógico como parecía?

jueves, 22 de octubre de 2009

La "discoteca" de Dios y el laboratorio de los hombres


Oscuridad y luces parpadeantes, música (un chill out a base de órgano y voz), un olor muy especial (a incienso, claro), palabras misteriosas y poéticas (no en inglés, pero a veces en latín) que se repiten, rítmicamente, como un mantra, como un rezo... A veces (en algunas "discotecas" sagradas) un animador o varios que bailan frenéticamente, como posesos... ¿Es para entrar en trance o no?...





Los ritos religiosos tienen como finalidad excitar las emociones, provocar entusiasmo o temor, a veces incluso visiones, y desde luego, fortalecer la fe (ese modo de creernos algo porque sí, por pura voluntad). El objetivo es purificar a los fieles de su entendimiento racional, liberarlos de su razón. Porque la razón (el pecado de querer saber por su cuenta y riesgo) es lo que separa al hombre del Creador. Una vez purificado, el creyente está preparado para recibir a Dios y a su Verdad revelada a traves de la fe, la emoción, la visión...

Cambiemos de escenario: luz abundante y clara, silencio, un olor a desinfectante, palabras para nada poéticas entre un grupo de personas que discute y toma notas en sus ordenadores... No es una iglesia, es un laboratorio o aula. Los científicos intentan ser objetivos en su trabajo, de lo que han de purificarse no es de su razón, sino justo lo contrario: de la mera fe, de las emociones particulares de cada uno, de sus subjetivas visiones... El objetivo no es recibir la Verdad revelada por Dios, sino descubrir la Verdad desvelándola mediante la razón...




¿Tienes claras las diferencias entre religión y ciencia (entre saber irracional o racional)? Ambos buscan la Verdad. Pero no del mismo modo. Ahora responde: ¿qué tipo de búsqueda te parece que es más apropiada? ¿En cual de ellas (la religiosa o la científica) se "realiza" más un ser humano?

sábado, 17 de octubre de 2009

¿Qué le diría el tocino a la velocidad?


Parece claro que los saberes son múltiples, distintos unos de otros (matemáticas, física, historia, psicología...). Y que cada uno se especializa en entender y explicar un "trocito" de la realidad. Pero yo esto no lo entiendo. ¿Hay trocitos de realidad? ¿Se puede dividir la realidad en trocitos como si fuera una tarta? ¿Quién lo hace? ¿Y cómo? (¿Se puede dividir REALMENTE la REALIDAD? Si no podemos dividir el agua con agua, ni la mantequilla con un cuchillo hecho de la misma mantequilla que dividimos... ¿Podríamos dividir "realmente" la realidad?)... ¿Puede haber distintas verdades: la verdad del físico, la verdad del artista, la verdad del historiador, las verdades del psicólogo...? ¿Podemos dividir VERDADERAMENTE la VERDAD? Si la REALIDAD ES UNA (¿O no?), ¿PUEDE HABER TANTAS VERDADES DISTINTAS E INCONEXAS?... (Encima, los cavernicolas suelen decir que sobre un mismo asunto o realidad puede haber varias opiniones distintas y verdaderas. ¿Es esto cierto? Si mi verdad es distinta que la tuya, ¿porque llamamos a las dos "verdad"? ¿Es "verdad" que hay muchas verdades?)... ¡Vaya lío!... Por el contrario, hay unos pocos cavernícolas que opinan que dado que la realidad es una, y la verdad sobre la realidad sólo puede ser también una, TODOS LOS SABERES Y VERDADES TIENEN QUE ESTAR, EN EL FONDO, RELACIONADOS (Y más en el fondo aún, ser el MISMO Y ÚNICO SABER). Pero esto no es fácil pensarlo. ¿Qué tiene que ver la matemática con el arte? ¿El derecho con la sexología? ¿La física cuántica con la psicología o la historia? ¿Debería haber un saber único que lo explicase todo a la vez, relacionando todo con todo?... ¿Alguien puede aportar algo de luz a esta oscura confusión cavernaria en la que me hallo?

viernes, 9 de octubre de 2009

¿Es la muerte un truco de magia?



La mayor parte de la gente piensa que la muerte es un mal inevitable ante el cual nada puede hacer la sabiduría. ¿Es esto cierto?

Quizás, al menos, el saber proporcione alivio. Epicuro, un viejo sabio griego, decía que el hombre jamás ha de preocuparse de lo que no puede hacerle daño, y la muerte –decía— no puede dañarnos pues cuando ella llega nosotros ya...no estamos. No es mal consuelo ¿Pero, de todas formas, es sólo consuelo lo que puede ofrecer la filosofía?

Pensemos por un momento lo que es la muerte. La muerte de X supone que X deja de existir. ¿Pero es esto lógicamente posible? ¿Es posible que algo que es deje de ser? ¿Dónde “van” nuestros sueños, deseos, recuerdos o ideas cuando nuestro cuerpo muere? ¿A la nada? Hay que ser muy ingenuo para creer que algo puede desaparecer como desaparece un conejo en la chistera de un mago…¿O dónde “va” nuestro cuerpo cuando se transforma en huesos y polvo? ¿Puede realmente transformarse una cosa (A) en otra (B)? Supongamos que sí. ¿Qué pasa entonces con lo que ha sido transformado (con A)? ¿Desaparece? ¿Es cosa de magia o qué?... La verdad es que la muerte es algo incomprensible, ilógico. Y lo ilógico, para algunos filósofo, no puede ser… más que un truco de feria.

De otro lado, el conocimiento actual sugiere la posibilidad de vencer a la muerte. La idea es verosímil: los seres son organismos, estructuras, y no pueden morir si vamos substituyendo cada una de sus partes conforme van desgastándose (la estructura o forma del organismo siempre se mantendrá idéntica). Los filósofos, sabios mucho más viejos que los modernos científicos, han dicho lo mismo desde hace siglos: la estructura, la forma de los seres, lo que concebimos como su esencia, es inmaterial y, como tal, inmortal. …


Entonces (además de comentar lo que quieras) contesta si quieres (y sigues vivo):
1. ¿Es posible que algo tan absurdo como la muerte sea tan real?
2. Algunos filósofos creen que la muerte es lo que da sentido a la existencia humana. Ahora bien: ¿Podría dar sentido a la vida algo tan absurdo como la muerte?
3. ¿Crees que sería posible la inmortalidad? ¿Cómo, por favor?
4. Por cierto, no sólo la muerte resulta ilógica, también el nacimiento, y cualquier otra transformación en que aparece o desparece una cosa. ¿Estás de acuerdo, o mejor pasar de la lógica?

jueves, 8 de octubre de 2009

Breve demostración lógica de que la vida es maravillosa...


Pensemos: si NADA tuviera sentido, ni siquiera tendría sentido la PREGUNTA POR EL SENTIDO, y por tanto no podríamos entenderla. ¡Pero es un hecho que entendemos la pregunta! ¿No? (igual que entendemos la contradictoria afirmación del desesperado cuando dice que “NADA tiene sentido” –de lo cual hemos de deducir que al menos esa frase suya sí que lo tiene—). Ahora bien, si entendemos la pregunta hay que reconocer que hay en el mundo ALGO que tiene sentido: la propia pregunta...Algo es algo…

Pero si en la realidad hay al menos UNA COSA CON SENTIDO, ¿no HAN DE TENERLO TAMBIÉN EL RESTO DE LAS COSAS? …Suponer lo contrario equivale a afirmar que LA REALIDAD es a la vez absurda y no absurda, que TIENE EN PARTE SENTIDO Y EN PARTE NO.... Ahora bien: ¿QUÉ SENTIDO TENDRÍA ESTA DISTINCIÓN? …

SI LA PROPIA DISTINCIÓN NO TUVIERA SENTIDO (fuera incomprensible e ilógica), no habría forma de comprender nada: todo sería absurdo; pero esto no es cierto pues, como hemos visto al menos la pregunta por el sentido no es absurda, la comprendemos.

SI LA PROPIA DISTINCIÓN TUVIERA SENTIDO podríamos separar de forma comprensible lo absurdo de lo no absurdo. PERO SI PODEMOS DISTINGUIR LO ABSURDO es que LO ABSURDO es distinguible, posee una forma que lo distingue y le presta identidad, y en esa misma medida ES COMPRENSIBLE, no absurdo, por lo que NADA PODRÍA SER REALMENTE ABSURDO…

(Si alguien respondiera a esto que lo absurdo es en parte comprensible y en parte no –como cuando se piensa en números irracionales o cosas así— nos obligaría a repetir de nuevo el argumento: ¿tiene sentido que algo sea en parte absurdo y en parte no? ¿La distinción es en sí misma absurda o no absurda?)...

¡Hala, pues ahí tenéis la demostración, listillos! ¡Y sin fe ni nada!...A ver si los pesimistas sois capaces de echarla por tierra… Si no, ya hemos dado un gran paso: TODO TIENE SENTIDO. Ahora... sólo hace falta saber…¿CÚAL?... Mientras tanto piensa si quieres en lo siguiente:
1. ¿Estas de acuerdo con el razonamiento? ¿Encuentras algún error en él?
2. ¿Incluso si no fuera erróneo podríamos seguir diciendo que hay cosas sin sentido?





miércoles, 7 de octubre de 2009

Dialoguillo de otoño sobre el sentido de la vida


Otoño. Un recreo como tantos. Cali (de Calixto) y Sofía discuten después de una clase de filosofía. Al rato aparece Ágata, una compañera de otra clase.

Cali-... Venga, no me digas... No sólo estás todo el día encerrado en el Instituto estudiando como un enano, sino que encima viene el de filosofía y dice que nada tiene sentido y que qué hacemos aquí... ¡Pues que lo digan antes y no venimos!
Sofía -. Ese es un truco. Él quiere que pensemos y nos demos cuenta de lo guay que es estudiar. Típico.
Cali-. Eso es lo que fastidia. Encima quiere el tío que vengamos contentos.
Sofía -. O no. Lo que este quiere es que pensemos. Que lo de filosofía es de pensar, vamos.
C -. Sí, de pensar en la hora de salir, no te j...
S -. Pues no vengas tío.
C-. ¡Tú también con ese rollo! En la vida ha visto un profesor que te diga que no vengas si no quieres. ¡Pues que no venga él...!
S -. O sea que en el fondo sí quieres venir...
C-. J..., yo vengo porque tengo que venir. Porque si no mis padres pasan de mí... Mira, yo aguanto aquí dos años, y después me piro con mi primo, y montamos los dos un pedazo taller de motos. Voy a tener una cacho de burra que vas a flipar, colega. Y pelas a mogollón. ¡Y de fiesta de jueves a domingo, sin parar! ¡Playita, tías buenas...! Jajaja...
S.- Eres más simple que una persiana. ¿Vas a pasarte la vida de fiesta en fiesta?
C.- ¡Pues sí, con mis colegas! Nos hacemos unas juergas alucinantes. Y ligamos, marisabidilla, veinte veces más que tú...
S.- ¿Qué colegas? Si son los que yo conozco, solo saben hablar de fútbol. Y para ligar, te recuerdo, tienes que tener una pizca de conversación, y algo en la mollera que no sea calimocho...
C-. ¿Qué diiices?
S.- Qué tu y tus colegas sois menos interesantes que una patata...
C.- ¿Y tú qué, premio nobel? ¿Estás investigando la vida de los delfines? ¿Compones música? ¿Estarás filmando ahora mismo, supongo, una película genial?...
S.- Todavía no... Pero... Sí, me gustaría... No sé, levantarme todas las mañanas con la ilusión de hacer algo realmente valioso, y no simplemente pensando que me espera un trabajo aburrido y esperando que llegue el fin de semana ... Mira, leí una vez una frase, algo así como: “vivir no merece la pena, si no hay algo por lo que estés dispuesto a morir”.
C.- ¡Puff!... Eso es un rollo. Lo que hay que hacer es vivir a tope el momento y pasar de comerse el tarro. Como dice mi madre, para cuatro días que vamos a estar aquí...
S.- No te entiendo. ¿Vivir a tope es venir sin ganas al Instituto o al trabajo, mirar la tele e irse de marcha todos los viernes con los colegas? Así, un año tras otro... ¿Crees que cuando tengas cuarenta años no vas a pensar que has desperdiciado tu vida, y que no has hecho más que poner tornillos en el taller y beber cerveza?
C.- Y mantener a mi familia, ojo. ¿Es que eso no es suficiente?
S.- Para mí, no. Mucha gente tiene familia porque todo el mundo la tiene, por no estar sólo. O yo qué sé. Para que sus hijos tengan hijos y así una y otra vez, como hormiguitas, todos por el mismo camino...¡¡Eso no tiene sentido!!
C.- ¿Y lo que tú quieres hacer sí? ¿Para qué te vas a romper la cabeza haciendo cosas? Te vas a morir igual. Bueno, igual le ponen tu nombre a una calle, pero tú no te vas a enterar... Y cuando haya una guerra, o se acabe el planeta, ni calle vas a tener.
S.- ... Mira, ahí viene la Ágata. ¿Qué pasa, Aga, qué tal el examen de mates?
A.- Yo qué sé, no tengo muy buena impresión. ¿Y vosotros, de qué habláis, que os veía discutir desde lejos?
C.- ¡Del sentido de la vida, jaja!
A.- Hala, sí que os ha dado fuerte la filosofía, ¿no?
C.- Esta, que no sabe qué hacer con su triste existencia.
S.- De triste nada, melón. Lo que quiero es no ser un cacho ladrillo como tú...Hablaba de saber qué sentido tiene lo que hacemos, estudiar y todo eso. Y de qué me gustaría encontrar algo por lo que luchar y que diera significado a mi vida...
A.- Yo ya he decidido que voy a hacer medicina. Mi hermana ya ha empezado y dice qué es superduro pero mola tía, salvar a los demás y todo eso.
S.- Ya pero, ¿para qué? Al final van a morir también.
A.- Sí tía, pero los médicos cada vez saben más cosas. Y además yo quiero ayudar a los demás. Yo creo que sería feliz así...
C.- ¿Feliz? Vas a estar todo el día con enfermos deprimidos, rodeada de sangre y de gente gritando... Y además, como dice ésta, al final todo el mundo se muere.
A.- Sí, pero gracias a mi van a sufrir menos, y van a vivir más tiempo. Los médicos son más necesarios que cualquier otra cosa. Además, la mayoría acaban siendo buenísimas personas, y con mucha experiencia. Mi tío es médico jubilado y cuenta historias superbonitas; yo hasta lloro a veces...
C.- (Con ironía) Tía, qué buena vas a ser. Seguro que vas al cielo.
A.- Eso no lo sé. Pero si sé que Dios me ha puesto en este mundo para hacer el bien a los demás.
C.- Sí, hombre, que Dios está ahí arriba organizándolo todo desde su oficina... ¿Y eso como lo sabes?
A.- Ya estamos. No todo tiene explicación, Cali. Con estas cosas o se tiene fe o no. Y punto.
C.- Vale, pues yo no me creo esos rollos de curas. Paso.
S.- (Un poco cabreada) ¿Y por qué sigues aquí y no pasas de hablar con nosotras? ¿No dices que pasas de todo?... Pues venga...
C.- Bueno, tía, no te sulfures. ¿Qué pasa, que tu también le das al incienso y al agua bendita?
S.- No. Yo tampoco creo mucho en Dios. Y eso de que hizo el mundo en siete días, y que si el hijo crucificado, y la virgen... Buf. A mi al menos no me entra en la cabeza...Pero yo también creo, como Aga, que tengo que estar aquí para algo. Qué todo esto tiene algún sentido. El de filosofía dice que todo tiene que tener alguna explicación lógica.
A.- ¿Sí? ¿Cuál? Explícamela, anda.
C. Macho, estáis flipando las dos. O sea: no me puedo creer que estéis teniendo esta conversación. Que no...


1. En el relato se muestran tres actitudes distintas ante el problema del sentido de la vida. ¿Cuáles son? ¿Con qué personaje relacionas cada una?
2. ¿Con qué personaje te identificas más? ¿Podrías continuar el diálogo como sí tu fueras ese personaje? O continualo, si quieres, creando un personaje nuevo. (Igual hasta nos sale una obrilla de teatro...).

lunes, 5 de octubre de 2009

El espejo de Matsuyama


Por sugerencia de Rocío os presento este hermoso cuento japonés. Tiene mucho que ver con algo que hemos discutido en clase: ¿es mejor una mentira que nos haga felices a saber la verdad?...

El espejo de Matsuyama
Anónimo japonés (Texto completo aportado por Miguel Díaz R.)

En Matsuyama, lugar remoto de la provincia japonesa de Echigo, vivía un matrimonio de jóvenes campesinos que tenían como centro y alegría de sus vidas a su pequeña hija. Un día, el marido tuvo que viajar a la capital para resolver unos asuntos y, ante el temor de su mujer por viaje tan largo y a un mundo tan desconocido, la consoló con la promesa de regresar lo antes posible y de traerle, a ella y a su hijita, hermosos regalos.
Después de una larga temporada, que a la esposa se le hizo eterna, vio por fin a su esposo de vuelta a casa y pudo oír de sus labios lo que le había sucedido y las cosas extraordinarias que había visto, mientras que la niña jugaba feliz con los juguetes que su padre le había comprado.

-Para ti -le dijo el marido a su mujer- te he traído un regalo muy extraño que sé que te va a sorprender. Míralo y dime qué ves dentro.

Era un objeto redondo, blanco por un lado, con adornos de pájaros y flores, y, por el otro, muy brillante y terso. Al mirarlo, la mujer, que nunca había visto un espejo, quedó fascinada y sorprendida al contemplar a una joven y alegre muchacha a la que no conocía. El marido se echó a reír al ver la cara de sorpresa de su esposa.

-¿Qué ves? -le preguntó con guasa.

-Veo a una hermosa joven que me mira y mueve los labios como si quisiera hablarme.

-Querida -le dijo el marido-, lo que ves es tu propia cara reflejada en esa lámina de cristal. Se llama espejo y en la ciudad es un objeto muy corriente.

La mujer quedó encantada con aquel maravilloso regalo; lo guardó con sumo cuidado en una cajita y sólo, de vez en cuando, lo sacaba para contemplarse.

Pasaba el tiempo y aquella familia vivía cada día más feliz. La niña se había convertido en una linda muchacha, buena y cariñosa, que cada vez se parecía más a su madre; pero ella nunca le enseñó ni le habló del espejo para que no se vanagloriase de su propia hermosura. De esta manera, hasta el padre se olvidó de aquel espejo tan bien guardado y escondido.

Un día, la madre enfermó y, a pesar de los cuidados de padre e hija, fue empeorando, de manera que ella misma comprendió que la muerte se le acercaba. Entonces, llamó a su hija, le pidió que le trajera la caja en donde guardaba el espejo, y le dijo:

-Hija mía, sé que pronto voy a morir, pero no te entristezcas. Cuando ya no esté con ustedes, prométeme que mirarás en este espejo todos los días. Me verás en él y te darás cuenta de que, aunque desde muy lejos, siempre estaré velando por ti.

Al morir la madre, la muchacha abrió la caja del espejo y cada día, como se lo había prometido, lo miraba y en él veía la cara de su madre, tan hermosa y sonriente como antes de la enfermedad. Con ella hablaba y a ella le confiaba sus penas y sus alegrías; y, aunque su madre no le decía ni una palabra, siempre le parecía que estaba cercana, atenta y comprensiva.

Un día el padre la vio delante del espejo, como si conversara con él. Y, ante su sorpresa, la muchacha contestó:

-Padre, todos los días miro en este espejo y veo a mi querida madre y hablo con ella.

Y le contó el regalo y el ruego que su madre la había hecho antes de morir, lo que ella no había dejado de cumplir ni un solo día.

El padre quedó tan impresionado y emocionado que nunca se atrevió a decirle que lo que contemplaba todos los días en el espejo era ella misma y que, tal vez por la fuerza del amor, se había convertido en la fiel imagen del hermoso rostro de su madre.

FIN


Y ahora podemos preguntarnos:
¿sería más feliz la muchacha si supiera la verdad?
¿aunque no fuera tan feliz "merecería" saberla?
¿Crees que la muchacha sabe en el fondo la verdad pero se engaña a sí misma?
Y, sobre todo: ¿qué hariaís vosotros si fueráis el padre? ¿Le diriáis la verdad o no?

sábado, 3 de octubre de 2009

Taller de monstruos



La falta de sentido y razón en las cosas puede generar un sentimiento de terror ante lo que, por carecer justamente de sentido, nos resulta extraño, incomprensible (contrario a lo entrañablemente conocido y familiar)...En otras palabras: monstruoso... El monstruo es lo otro, lo ajeno a nosotros, aquello cuya forma o cuya conducta nos resulta extraña. Monstruoso puede ser así el deforme, el engendro, el loco de imprevisible conducta...

O la propia naturaleza en su aspecto más salvaje e inhumano (un terremoto, el mar embravecido bajo la tormenta, una jungla oscura e impenetrable, o un inofensivo insecto que deja ver lo extraño de sus formas y movimientos)...
Más monstruosa aún es la conversión repentina de lo entrañable en extraño (lo que ocurre de noche bajo nuestra querida cama, el dulce pero malvado oso de peluche, el niño asesino o poseído, el rostro muerto de alguien que conociamos, una conducta extraña, de repente, en quién menos lo esperamos...)...




Pero lo más terrible es siempre lo que, por ser tan “otro”, tan distinto y tan extraño a nosotros, es inimaginable, carece o cambia constantemente de forma (quizás lo situamos en la oscuridad, que es el reino imaginario de lo informe). Este monstruo está en todas partes y parece, por indefinible, imposible de vencer (y es, quizás, el que mejor se identifica con lo absurdo)...



¿Será cierta esta teoría sobre lo monstruoso y terrorífico?... Me gustaría que me ayudases a ponerla a prueba. El ejercicio es el siguiente. Recuerda y cuenta tus peores pesadillas. Confiesa lo que te dé más miedo. Invéntate o recuerda el peor monstruo, historia o experiencia de miedo que conozcas... Veremos entre todos si encaja o no en todo lo que hemos dicho.

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