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sábado, 11 de abril de 2026

¿Es la Virgen María una mujer empoderada?

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


 Parece que no se dan cuenta de nada, pero los niños tienen un finísimo olfato para detectar incoherencias y contradicciones. Les desorienta que sus padres les digan justo lo contrario de lo que hacen (que les exijan no mentir mientras ellos lo hacen, que les pidan que compartan sus juguetes mientras ellos se reservan los «suyos», que les prohíban usar el móvil mientras ellos no le quitan ojo…). Y les desconcierta también que en la escuela les digan cosas contrapuestas sin mayor explicación.

Los ejemplos abundan. El otro día, en el vestíbulo de un instituto, a los profes (supongo que de Religión Católica) no se les ocurrió otra cosa que exhibir una colección de pasos de palio caseros junto a los carteles reivindicativos del 8M. No sé qué pensarían los niños. ¿Representa la Virgen María a una mujer empoderada y defensora de la igualdad de género? La iconografía mariana es fascinante (serpientes, lunas, puñales, coronas…) y es posible que conserve algo de aquellas poderosas diosas-madre del Neolítico, pero en el cristianismo guarda, en general, un papel secundario (no así en muchas fiestas religiosas sureñas, en las que cobra a veces más importancia que la del propio Cristo). No sé si sus profesores repararon en esto, pero hubiera estado bien comentarlo un rato con los críos. Más que nada para que vayan haciéndose a la idea del abigarrado y confuso mundo al que han venido a caer, los pobres.

Tampoco sé cómo podríamos inculcar al alumnado las más excelsas virtudes democráticas (respeto a los derechos individuales, a las leyes, a la propiedad, a los argumentos, a la palabra dada…), tal como se nos pide, mientras ven a diario a excelsos personajes, modelos de éxito social, saltarse a la torera la ley, invadir y saquear lo que se les antoja o ganar elecciones blandiendo una motosierra. Tampoco parece fácil infundirles el amor por la naturaleza mientras en el aula de al lado se trata de lo divertido que es usar a los animales como blanco (la Federación Extremeña de Caza va regularmente a los colegios, con el beneplácito de la Consejería de Educación, a promover el noble deporte de acorralar y disparar a los animales). Ni es sencillo tampoco animar al alumnado a considerar con objetividad los datos sobre la aportación de la inmigración al PIB o a la Seguridad Social al tiempo que se les somete a campañas de desinformación en las redes… 

La pluralidad está muy bien, y es uno de los rasgos de una sociedad avanzada y democrática, pero si todo el volumen de creencias y datos contrapuestos no es proporcional a la formación intelectual y la educación crítica y ética que reciben los chicos, se genera confusión, pasividad y un estado de inopia ideológica que los convierte en víctimas de los discursos más capciosos; aquellos que, socapa de una unidad y coherencia a prueba de razones (el presunto «sentido común»), esconden un ideario  totalitario, reaccionario y excluyente. Apreciar la pluralidad no supone asumir que todas las opciones sean igualmente respetables. Y tener principios no es lo mismo que ser dogmático. Entre lo uno y lo otro están la virtud de la razón y el diálogo. Cuenten lo que quieran a los niños, pero enséñenles a la vez a pensar sin cuentos.  

 

miércoles, 23 de abril de 2025

¡Qué nos gobierne el papa!

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

La Iglesia católica en general, y el Estado vaticano en particular, representan instituciones y estructuras de poder dogmáticas, antidemocráticas y patriarcales. Cuando han tenido más poder de la cuenta han resultado siniestras y peligrosas. Y en ellas han proliferado la soberbia, la avaricia, la envidia, la lujuria y el resto de los pecados capitales. No es nada que no ocurra en muchas otras organizaciones, pero en el caso de la Iglesia (de casi cualquier iglesia), en la que el poder se justifica por la virtud de quien lo detenta, los vicios resultan especialmente graves.

Dicho esto, la Iglesia católica es quizás una de las instituciones que más cerca ha estado (retóricamente al menos) de plasmar el viejo sueño filosófico de un gobierno del mundo fundado en la virtud y el conocimiento – del conocimiento revelado por Dios, claro, más o menos compatible con el de la razón –. Es por ello por lo que la sociedad medieval cristiana se organizó idealmente como una especie de república platónica en la que el estamento de los más sabios y virtuosos teólogos y religiosos aspiraba a una cierta prevalencia no solo espiritual, sino también política sobre la nobleza guerrera y el estado llano. De hecho, durante gran parte de la Edad Media occidental se debatió intensamente sobre si el poder supremo del mundo debía pertenecer al emperador o al Papa. Si las leyes políticas debían ser la continuación, como se pensaba entonces, de las emanadas de Dios, la respuesta estaba clara (aunque, en la práctica, la espada pudo siempre mucho más que la cruz).

Hoy las cosas parecen muy distintas. «Muerto Dios» (o más bien su concepción más humanista y razonable), según Nietzsche, y enterrado el ideal de una razón sustantiva en que fundar el orden social, diríase que el derecho solo puede apoyarse en la fuerza (incluyendo la fuerza de las mayoría que rige las democracias), en imaginarios y valores bastante más irracionales que los religiosos (como los que alimentan el nacionalismo o el transhumanismo), o en un vago compromiso cívico con pactos y procedimientos  adelgazados de casi todo sentido moral y trascendente.

Ante esta debilidad congénita del derecho moderno, no es raro que florezcan caudillos populistas dispuestos a anteponer su voluntad – y la de las masas que seducen – sobre cualquier consideración normativa. Estos nuevos reyes del mundo no lo son, ni siquiera simbólica o retóricamente, por sus capacidades espirituales, ni pretenden encarnar otros valores que los del estado de naturaleza (egoísmo, ambición, violencia, oportunismo…). Son productos grotescos de una civilización en plena decadencia, en la que ya ni siquiera se guardan los ritos ni las formas – esas últimas salvaguardas de la ley –. Piensen en estos nuevos y desvergonzados emperadores: Donald Trump, Elon Musk, Vladimir Putin, Xi Jinping… Puede parecer de locos decir esto pero, puestos a elegir, preferiría que, en vez de ellos, gobernase el mundo un papa como Francisco. Tal vez acabara corrompiéndose, como todo lo que es humano y mortal, pero creo que, con tipos como él, el diablo lo tendría mucho más difícil para intentar demostrar que existe.

miércoles, 4 de diciembre de 2024

Lutero y los bulos

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Hablemos brevemente de ese enigmático concepto que enarbolan los políticos de cualquier signo, sea con los aullidos de los caudillos ultras (¡viva la libertad, carajo!), los ecuménicos himnos de la izquierda, o los sutiles debates con que escurren el bulto los liberales de toda laya: el concepto de libertad. ¿Qué tendrá que ver este concepto con lo que pasa en el mundo, y especialmente con el viraje general, cada vez más claro, hacia posiciones descaradamente oligárquico-autoritarias? 

El problema de la libertad es una cuestión antropológica y metafísica que, como toda otra cuestión filosófica, resulta imposible tanto de resolver como de disolver. Por situarnos en nuestro tiempo, la modernidad ha entendido la libertad de múltiples maneras, negándola o confundiéndola casi siempre con algún tipo de determinismo, ya fuera el de las leyes naturales, el de la dialéctica histórica, el de los entramados del inconsciente o el de la propia geometría de la razón. Tan solo algún filósofo como Kant se atrevió a postular una cierta idea de autonomía ilustrada; pero una idea según la cual, si queríamos salvar nuestra libertad del mecanismo de la naturaleza, habíamos de someternos igualmente a la pura ley de la razón.

Dado este «impasse» filosófico, no es raro que nuestra época haya asociado la libertad a un voluntarismo de oscura raíz fideista y de exuberante y romántica copa nietzscheana, hasta el punto de que el sentido común confunda completamente la compleja idea de libre albedrío con su interpretación más superficialmente liberal: aquella que lo reduce a satisfacer nuestros sacrosantos y caprichosos deseos sin topar con demasiados obstáculos, reglas o razones que los limiten.

Ahora reparen en cómo esta noción de libertad fundada en el carácter irrestricto e irracional de los deseos puede proliferar tanto en regímenes oligárquicos de tradición totalitaria (como China o Rusia), como con otros de tradición más democrática (como los que prefiguran los EE. UU de Trump o la Argentina de Milei). Los primeros logran la conformidad de la gente asegurándoles las condiciones (seguridad, recursos, posibilidades de consumo) para la consecución, real o soñada, de sus caprichos materiales. Y los segundos, a los que el imaginario democrático y cultural no les permite legitimarse únicamente con el paraíso de «libertad» y baratijas de Aliexpress o Amazon, sustituyendo el ideal de autonomía ilustrada de la ciudadanía por su remedo voluntarista: el de la invención a capricho de la información y la realidad.

Así, lo que los viejos defensores de la ilustración llaman bulos o visiones «conspiranoicas», los nuevos evangelistas (como Elon Musk) lo llaman comunicación directa con la verdad. Se trata de un triunfo más del luteranismo.  ¿Qué es eso de erigir a periodistas o científicos para mediar con la Información, si cada persona es su propio medio y accede directamente a Ella? Con la ventaja de que esta «autonomía», a diferencia de la kantiana, no exige educación ni esfuerzo dialéctico alguno, sino solo la voluntad de poder opinar y la incitación al empacho y el onanismo desesperado que provoca la máquina de producir beneficios, deseos y, desde hace tiempo, «realidades» y deliciosa información-basura.

miércoles, 27 de marzo de 2024

El gran poder

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura. 


Más o menos todos tenemos un ramalazo místico, un cierto gusto por lo mistérico y sacro, por lo que creemos o sentimos que nos trasciende y nos permite soñar que somos algo más que barro y tiempo. Y esto no solo atañe a las personas religiosas. Lo místico se busca de múltiples maneras: a través de la contemplación intelectual, en la abnegación moral, mediante la experiencia estética…

El correlato estético de la vivencia mística es el sentimiento de lo sublime. Según los filósofos, lo sublime es aquello que sentimos ante lo infinito, lo incomprensible, lo inconmensurablemente poderoso… Decía uno de ellos, Edmund Burke, que lo sublime genera un terror placentero, y al leerlo no puedo dejar de recordar el miedo (a la vez que la curiosidad) que de niño me producía la Semana Santa: el denso y lúgubre olor del incienso, las filas de fantasmagóricos penitentes portando cruces y hachones, y sobre todo los pasos, esos tétricos galeones que navegaban sobre la multitud con sus bamboleantes ídolos cargados de un misterioso y grandioso poder ante el que uno solo podía sentir temor y culpa.

Lo sublime y lo místico son también el elixir mágico del poder político. No hay época o cultura en la que el poder no se haya sustentado en una representación sublime de sí mismo. Recuerden a los faraones y emperadores antiguos, a los caciques tribales o a los monarcas absolutos. Ninguno de ellos tenía o tiene una capacidad excepcional para coaccionar a la gente; ni argumentos suficientes para demostrarles la legitimidad de su poder; su principal recurso para imponerse es y era el de provocar esa experiencia mística y sublime que nos horroriza a la vez que nos encanta y subyuga.

Es por esto por lo que las figuras de poder humano se representan a sí mismas envueltas en un halo de misterio y a través de ceremonias religioso-teatrales en las que no solo se atemoriza a la gente, sino que se la persuade del sentido trascendente y sobrehumano del orden social y del poder que lo rige. ¿Cómo no reconocer la potestad y autoridad de un emperador, un jefe tribal o un rey absoluto cuando se nos presentan imbuidos (y semiocultos) en sus fastuosos trajes ceremoniales, observándolo todo sobre un imponente trono, o rodeados por la temible y emocionante coreografía de un desfile militar?

En algunos ritos teatrales del poder, como el de nuestra Semana Santa (creada durante la contrarreforma como expresión propagandística de un poder político plenamente sustentado en la creencia religiosa), se busca generar una ilusión múltiple: la de la trascendencia del «statu quo», haciendo desfilar a las distintas instancias y jerarquías sociales junto a las imágenes sagradas; la de la sacralidad del poder terrenal, emparentándolo con la omnipotencia, eternidad, unicidad y justicia divina – recuerden a Franco bajo palio – ; la de la validez universal de los valores comunes; o la de la relevancia existencial del individuo, haciéndole partícipe, aun solo como figurante, de un entramado sublime, terrible y mágico a la vez, que colma de orden y sentido su vida.

¿Y hoy? ¿Qué ocurre en nuestra época aparentemente secularizada? ¿En qué resortes ideológicos y estéticos se sustenta hoy el poder de los poderosos? El poder político carece desde hace mucho de esa aura de misterio y sacralidad que lo volvía incontestable hace siglos. ¿Entonces? ¿Cómo hace para generar conformidad y obediencia?

Antes de responder a esta pregunta conviene hacer una distinción entre el «poder nominal» (el de los políticos que nos representan en el parlamento, los partidos, los jueces, etc.) y el poder más real, el gran poder que rige globalmente el mundo, y que parece constituido por una suma desorganizada de intereses y designios de grandes corporaciones financieras, tecnológicas y mediáticas.

Es este último el que parece presentarse hoy de ese modo misterioso y omnipotente, místico y sublime, con que legitimaban su suprema autoridad los emperadores y reyes de antaño. Un poder oculto que escruta todos nuestros datos, nos chantajea con las infinitas baratijas del mercado y nos mantiene seductoramente entretenidos a través de las vidas virtuales ofrecidas por redes y pantallas.

Parte de ese entretenimiento es, por cierto, el del «show business» de la política tradicional, ese pobre y triste teatrillo decimonónico en que los parlamentarios, a modo de grotescos bufones, parecen mantener la ilusión de control democrático y marcar la diferencia con ese otro poder, terrible e inconmensurable, que gobierna el mundo sin que, alucinados y subyugados por él, queramos poder hacer nada por evitarlo…

 

martes, 17 de mayo de 2022

Sexo, drogas y religión

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Lamento ponerme lírico, pero la primavera nunca ha sido una estación de penitencia fácil. Pese a las apariencias, o precisamente por ellas, a mí me resulta casi insoportable. No hay luz que, como la suya, desvele tan cruel y claramente nuestras miserias y, a la vez, nuestros deseos más imposibles, aquellos que, como decía el poeta, son una pregunta cuya respuesta no existe.

No sé cómo lo ven ustedes, pero hay algo en la luz y la lucidez sensual de estos días que despierta al amor más inefable y enfermizo. Ya sabrán por experiencia que padecemos del mal crónico de la insatisfacción y que, hechos como estamos – dice otro plomizo poeta – de la materia de los sueños, no podemos conformarnos con nada que no sea ese todo que prometen, como un espejismo mentiroso – como un camino sin retorno – todas las mañanas de abril del mundo.

Porque la primavera no es solo la encarnación del mito de la reencarnación de las almas y la resurrección de los cuerpos, que suponemos rebrotarán un día como el azahar o las garrapatas, sino el fuego que nos recuerda la expulsión del paraíso y el inicio del ciclo del tiempo en torno al recuerdo de lo entrevisto y extraviado.

Dicen los mitos, y explican algunos filósofos (habitualmente los más feos) que toda belleza es el espejismo sensible de una perfección y plenitud que no podemos ni concebir, pero con la que alguna vez fuimos uno y de la que, por algún extravagante motivo, se nos separó, condenándonos, como a Sísifo, a hacer rodar el tiempo en este vía crucis consistente en ir deshaciéndonos de todo lo que parece pero no es.

Si el tiempo es deseo, la primavera es el mecanismo que le da cuerda, su forma misma. Platón inventó un cuento para pensarlo. Contaba que allá en las cumbres eternas del Olimpo, donde celebran los dioses su fiesta inmortal, y justo el día que – no casualmente – se festejaba a Afrodita (diosa de la belleza), el dios que todo lo tiene (un tal Poros) y la diosa carente de todo (llamada Penia) tuvieron accidentalmente un hijo al que llamaron Eros (es decir: Amor). Este diosecillo bastardo, apunta el filósofo, somos nosotros, que, como hijos caídos del cielo, hacemos tiempo enamorándonos fugazmente de todo aquello que afrodisiacamente (por Afrodita) nos recuerda y señala el camino a casa.  

Este amor por las señales es la sustancia misma del fenómeno religioso, que, en sentido genérico, no es otra cosa que el deseo erótico de religarse con aquella plenitud que fuimos y de cuyos excitantes destellos nos parece ver un reflejo en los días y los cuerpos que más lucen. Desde esta perspectiva, religión es todo: es lo que hacen el filósofo o el científico cuando buscan volver al Reino (la realidad real) a través de la idea que lo comprende y unifica; o lo que padece el artista, empeñado en duplicar el espejismo de la belleza idealizado por su imaginación; o lo que obran el santo o el héroe, encarnando ese mismo ideal con sus hazañas. Y religión es también lo que hace primaveral y humildemente la mayoría: dejarse de ideas y salir a pillarla.

La embriaguez es una de las formas más primarias de manifestación de lo religioso. En todas las culturas, la pérdida parcial o total de la conciencia y el logro proporcional de un determinado estado emotivo es parte esencial del rito por el que se busca la religación con lo Absoluto. En la mayoría de las religiones tradicionales, ese estado de embriaguez se logra mediante la danza, el canto o el rezo rítmico, la exposición a estímulos y situaciones con efecto emocional (imágenes magníficas, músicas sublimes, olores, daños o gozos físicos…) y no pocas veces con el consumo de sustancias estimulantes. Se supone que ese estado de gracia, es decir, de entusiasmo ciego (de fe) y liberador (de la razón), es el que nos predispone al encuentro con lo divino.

¿Hace falta decir mucho más? Todo el ritual que celebramos por las calles en esa fastuosa fiesta de la primavera que es la Semana Santa cumple con casi todo lo dicho. Observen si no ese magnífico teatro barroco lleno de músicas sentimentales, imágenes danzantes, cantos descarnados, olores sensuales, trajes de fiesta y madrugadas en vela que transforma estos días nuestras calles y ocios. 

Y de este espíritu religioso no se libra nadie, ni los que celebran la pasión de forma (aparentemente) más profana. Los miles de jóvenes, por ejemplo, que invocan y festejan el deseo de plenitud primaveral bebiendo y bailando en las terrazas de esos bares low cost que son las bolsas del super. Fíjense: ritmo, cánticos, danzas, luces oscilantes, olores, y esa belleza fugaz, gloriosa y terrible de los días y los cuerpos. Es lo mismo: pura primavera, absoluto deseo, y una nostalgia incurable para la que no tenemos más remedio que el embriagador bálsamo de fierabrás de la religión. Amén. O evohé. Lo que ustedes prefieran.

miércoles, 28 de marzo de 2018

Santo Facebook


Como afirma el filósofo Byung-Chul Han, en la sociedad del «panóptico digital» los individuos nos desnudamos voluntaria y alegremente ante el ojo del poder, e introducimos cada día en la máquina todo los datos que necesitan el Estado y el Mercado, sin que nadie ni nada nos fuerce a ello. No ha habido nunca sumisión tan feliz... De esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

viernes, 25 de agosto de 2017

Jóvenes mártires

Leía hace años que para saber lo que para ellos representaba Europa se pedía a unos escolares marroquíes (todos varones) que hicieran un dibujo. Muchos dibujaban estas tres cosas: un coche, una casa, y una mujer rubia. "Un coche, una casa y una esposa rubia" representa un modelo básico de bienestar y felicidad transmitido por las series de televisión occidentales. Pero no está lejos, en esencia, del cielo prometido a los jóvenes mártires yihadistas. En el impresionante documental francés “Soldados de Alá” uno de los jóvenes aspirantes al martirio desvela ante una cámara oculta su imagen del paraíso. Allí – dice – “tendrás tu caballo a tu lado, que estará hecho de oro y rubíes” y “verás un palacio inmenso (…) y será solo tuyo”, y “tendrás mujeres que solo querrán estar contigo”. Caballo, palacio y harén son – en su versión de las mil y una noches – el mismo imaginario (coche, casa y rubia) con que sueñan Occidente los niños marroquíes.  Sobre esta trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Cultura y bostezo.

Personas ante un ventanal en el Museo Stedelijk (Amsterdam)
Decía el filósofo Gustavo Bueno que la cultura es el nuevo opio del pueblo, una versión secularizada de la gracia divina. Promete librarnos de la mediocridad y la insignificancia tal como la gracia de nuestra naturaleza pecaminosa y mortal. Pensaba en esto mientras bostezaba, días atrás, ante una de las obras clásicas del Festival de Teatro de Mérida. Era insufrible. Pero nadie se movía. ¿Cómo es que la gente no se levanta en masa y se va – me preguntaba – con la misma rapidez con que cambia de canal en la TV? ¿Será que disfrutan de verdad, como no soy capaz de hacerlo yo?¡Quia! … Me juego lo que sea a que mis vecinos de localidad estaban tan aburridos como yo. Es imposible que personas formadas en el espectáculo audiovisual puedan disfrutar con versiones pedantes, mortecinas y de cartón piedra de lo mismo que pueden ver y entender, mil veces mejor, en el cine. ¿Entonces?...
De esto trata nuestra última colaboración el El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

miércoles, 12 de abril de 2017

La semana santa como fiesta popular.

Ni los teólogos más ortodoxos y estirados, ni los ilustrados ateos más soseras han podido nunca con esta fiesta mayor y profundamente popular que es la Semana Santa. Qué le vamos a hacer. El pueblo no es fácil de conducir a veces. Ni entiende las refinadas abstracciones de los teólogos, ni le conforma la estéril desesperación del ateo. Prefiere creer, a su modo sentimental e imaginativo, que hay algo grande, poderoso e indefinido por ahí detrás. Algo que lo explica inexplicablemente todo y que se hace misteriosamente presente en el frenesí de la fiesta.

Porque la Semana Santa es ante todo una fiesta. Una fiesta, por demás, casi más pagana que cristiana, tanto en la idolatría que rezuma (viendo los pasos es inevitable imaginarnos las procesiones con que los antiguos romanos festejaban a sus dioses) como en aquello que idolatra. Al fin, el relato de la pasión cristiana no es, en gran parte, sino la enésima versión del mito universal del ciclo de la muerte y la resurrección primaveral de la vida. Otros muchos dioses antes de Jesús (Horus, Attis, Krishna, Dionisos, Mithra) son sacrificados para resucitar a los pocos días, amén de otras muchas coincidencias. Algo que no debería extrañar, dado que el cristianismo brotó del mismo magma mitológico sobre el que se asientan todas las culturas del mediterráneo y el oriente próximo.


De todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

jueves, 23 de mayo de 2013

Por qué la Religión y moral católica no debe ser impartida en las escuelas.

Una de las más grandes faltas de respeto que se le puede tener a un ser humano (es decir, a una persona racional) es adoctrinarlo en creencias dogmáticas que no admiten réplica; más aún desde pequeño, antes de que desarrolle su capacidad crítica. Esto es una falta grave tanto en las familias que imbuyen en sus hijos creencias religiosas (o de cualquier otro tipo) de forma dogmática (sin permitir ni fomentar la libertad de sus vástagos), como en instituciones tan poderosas e influyentes como la Iglesia católica que, en nuestro país, no ceja en su propósito de infiltrarse cada vez más hondamente en el sistema educativo. 

Es, así, un ejercicio de cinismo intolerable que la cúpula eclesiástica y el gobierno descalifiquen la asignaturas de Educación para la ciudadanía o Ética por considerar que adoctrinan a los alumnos, mientras que, a la vez, defienden con uñas y dientes su presunto derecho a adoctrinar en fe y moral católica a los niños de todo el país, insistiendo en mantenerse como asignatura optativa de obligada oferta en todos los colegios e institutos, y en todos los niveles educativos. 

Para evitar errores conviene subrayar la diferencia entre lo que en los colegios e institutos se imparte bajo el nombre de "Religión y moral católica" y las asignaturas de "Educación para la ciudadanía" y "Educación ética y cívica" (suprimidas, estas dos, por la nueva ley educativa). El objetivo de "Educación para la ciudadanía" es informar de los principios legales, morales y políticos de nuestro ordenamiento constitucional (es decir, los principios políticos que hemos decidido establecer, de forma democrática, para nuestra sociedad) y, además, abrir un debate sobre ellos para analizarlos, discutirlos, y ponerlos en cuestión o celebrarlos si lo así lo merecen. El objetivo de la materia "Educación ética y cívica" es plantear a los alumnos los principales problemas morales que afrontan los individuos y las sociedades, así como analizar y debatir racional y críticamente las distintas propuestas y enfoques éticos con que nuestra cultura ha afrontado y afronta tales problemas morales. A diferencia de todo esto, la materia de Religión y moral católicas tiene por objeto inculcar a los alumnos (desde muy pequeños, pues la Religión comienza en primaria, no en secundaria, como la Educación para la ciudadanía y la Ética) ciertas ideas y valores instituidos por la Iglesia (que afirma haberlos recibido de Dios) y que son declarados como dogmas o verdades de fe, por lo que no  cabe diálogo ni cuestionamiento racional ni crítico alguno. Educación para la ciudadanía o Ética, y religión católica, son, pues, dos cosas muy diferentes. Las primeras consisten en educar a seres racionales en el diálogo acerca de principios que se ha puesto a sí misma la sociedad (de forma argumentada y democrática). La otra consiste en crear adeptos de una secta religiosa y cuanto más jóvenes mejor (pues son más moldeables, claro).

Así pues, si todos estamos de acuerdo en que (al menos) la escuela no debe servir de instrumento de manipulación y adoctrinamiento dogmático, sino que deber formar individuos con la suficiente capacidad de raciocinio como para elegir libre y concientemente sus propias creencias, y contrastarlas civilizadamente con las de los demás, si estamos de acuerdo en esto, digo, la Religión católica debe ser expulsada de la escuela (como cualquier otra opción que celebre ideas y valores dogmáticos y no sea capaz, por principio, de someterlos a debate crítico y racional, que es, por demás, el pilar de nuestro sistema político, al menos en teoría). Todo esto sin entrar a valorar el trasfondo, a veces claramente opuesto a los principios y valores constitucionales, de algunos de los dogmas que el cura enseña en clase... Pero eso sería tema para otro día. 

lunes, 14 de enero de 2013

Dios, lógicamente, existe.



La otra noche realizamos un experimento psicofónico en la caverna, en la parte que está bajo las ruinas de la biblioteca de Alejandría. Para nuestra sorpresa captamos este diálogo entre una tal Elena de Atenas, astrónoma y discípula de la famosa Hipatia, y un joven monje llamado Teodoro. La conversación ocurrió (según hemos podido datar) a finales de la Edad media y, como era habitual entonces, versó sobre la existencia de Dios... 
  
Elena de Atenas.- Contemplando estos muros, arruinados por la guerra y la locura de los hombres, me convenzo aún más de la inexistencia de Dios…
Teodoro de Alejandría.- El mundo parece a veces el infierno, pero Dios nos dotó de razón y de fe para salvarlo y salvarnos de él.
E.- ¿Me llevarás ante el inquisidor si te digo que soy atea? Si lo haces le diré que no sé lo que me digo, ya que soy mujer y según he oído decir a los de tu orden, débil mental.
T.- Yo no creo tamaña estupidez sobre las mujeres, así que tendría que llevarme a mi mismo también ante el inquisidor. Pero en lugar de eso, permite que comparezcamos los dos ante un tribunal legítimo, el de la razón. ¿Dices, entonces,  que Dios no existe?
E.- Eso digo. O, al menos, que yo no tengo pruebas de su existencia.
T.- Admites, conmigo, que llamamos Dios a un supuesto ser mayor que el cual no hay nada.
E.- Vale, admito que esa es la definición de Dios, pero no por definir algo demostramos su existencia.
T.- De acuerdo. Podemos definir lo que es un dragón o una bruja sin que tales cosas tengan que existir (salvo, quizás, para los inquisidores). Pero piensa como hemos definido a Dios: el ser mayor y más perfecto que podamos concebir. Ahora: ¿crees que existir es una perfección?
E.- No sé si te entiendo.
T.- Imagina dos bibliotecas de Alejandría, las dos igualmente hermosas y repletas de todos los libros que merecen ser leídos; imagina que la única diferencia entre ambas es que una existe de verdad y la otra es solo fruto de nuestra fantasía. ¿Cuál de ellas sería, para ti, más perfecta?
E.- Prefiero una biblioteca que exista, siempre que sea tan maravillosa como la que imagino.
T.- Así es. De dos seres, iguales en todo lo demás, el que existe es necesariamente más perfecto que el que no.
E.- Cierto.
T.- Ahora piensa. Si hemos definido a Dios como el ser más perfecto que cabe concebir o imaginar, ¿no tendrá que ser algo más que mero concepto o imaginación?
E.- ¿Cómo dices?
T.- Si Dios es el ser más perfecto que podamos concebir, y existir es una perfección, Dios no puede carecer de existencia, pues en ese caso podríamos concebir un ser más perfecto que él…
E.- Quieres decir que…
T.- Que si Dios es por definición lo más perfecto, entonces, por definición, tiene que existir.
E.- Porque si careciera de existencia ya no podríamos concebirlo como el ser más perfecto.
T.- Eso es. Dios, por definición, es algo más que una definición: ¡existe! Y hemos demostrado su existencia de forma puramente racional, tal como se demuestran las propiedades de una figura geométrica. Este argumento se lo debemos a Anselmo de Canterbury.
E.- ¡Asombroso! ¿Y eso se lo cree alguien?
T.- ¿Qué quieres decir?
E.- Pues que has dado un salto incomprensible entre las palabras y las cosas. Una cosa es que Dios tenga que definirse lógicamente como existente y otra cosa, muy distinta, es que Dios exista de verdad. Las definiciones y razonamientos no producen cosas, ni tampoco hemos de suponer que algo, por ser lógico, exista. Esto último hay que comprobarlo, además, por los sentidos.
T.- Veo que estás hecha una buena empirista y que, como tal, admites una incomprensible distinción entre las palabras (esas cosas que no son cosas) y las cosas (esas palabras que no son palabras).
E.-  Llámalo sentido común. Además. Supongamos que concebimos el dragón perfecto, ¿también dirás que existe?
T.- Sin duda. ¿No has leído, acaso, al divino Platón?
E.- Prefiero al profano Aristóteles.
T.- Estupendo, entonces déjame que te presente otras pruebas, las del hermano Tomás de Aquino.
E.- Me han hablado de sus inacabables sumas, así que, réstale todo lo que puedas y sé breve, tengo que volver a mis estudios.
T.- ¿Dirás que todo lo que se mueve, se mueve por algo, y que este algo es movido a su vez por otra cosa y así sucesivamente?
E.- Lo diré.
T.- ¿Y que todo lo que existe tiene en otro la causa de su existir, como el hijo existe por el padre y éste por su propio padre y así una y otra vez?
E.- También.
T.- ¿Y crees que esta sucesión de causas podría prolongarse hasta el infinito?
E.- ¿Qué pasaría si así fuera?
T.- Exactamente nada. Si las causas de lo que ocurre o existe fueran infinitas, nunca llegaría a ocurrir ni a existir nada. ¿Te imaginas que las causas por las que hemos empezado este diálogo se remontasen al infinito? Jamás habrían transcurrido todas las que tendrían que transcurrir hasta llegar a este momento. Ni siquiera habrían empezado a empezar, ¿pues cuándo empieza algo infinito?
E.- Entiendo. Entonces es necesario afirmar que existe una Primera Causa incausada, como ya decía Aristóteles.
T.- Y un Ser Existente por sí, y no por otro, Padre sin padre de todo otro padre. Y esto no lo pudo decir Aristóteles, que ni le pasó por la cabeza que el mundo fuera creación de un Dios increado.
E.- “Yo soy el que soy”, como dicen que dijo tu Dios.
T.- El es el Ser, los demás solo tenemos ser por Él, en préstamo cabe decir, y durante un tiempo, al menos en este mundo mortal.
E.- E imperfecto.
T.- Imperfecto, sí. ¿Pero cómo podríamos apreciar esa imperfección sin suponer lo Sumamente Perfecto? Si tú aprecias más la filosofía del sabio Averroes que la del santo Agustín, ¿será acaso porque posees un criterio de perfección?
E.- Y si mi criterio es más perfecto que el tuyo, como creo, será porque supongo un criterio de perfección aún mayor y… de nuevo el infinito.
T.- De nuevo Dios, querrás decir, que es aquello más perfecto que todo, como dijimos. De cualquier modo, ¿te parece el mundo tan imperfecto? ¿No es cierto que las tierras y los cielos persiguen el orden que dejó dispuesto el Creador?
E.- ¿Te refieres a las leyes astronómicas que me place descubrir en los cielos?
T.- Y también en la tierra. ¿No es el cosmos entero un prodigio de orden y fines para el que sabe entenderlo?
E.- No puedo negarte que tengo esa convicción. ¿O tendría que decir esa fe?
T.- Ambas cosas, tal vez. Pues el orden, la ley y la finalidad del cosmos, como espero oírte decir, no pueden formar parte de aquello mismo a lo que dan orden, ley o fin.
E.- Eso sí lo he pensado en ocasiones. Las leyes matemáticas que dirigen el movimiento de los astros, no están en un lugar concreto…
T.- Justamente porque están en todos, envolviendo el cielo, Más Allá de él. Ni tampoco la Finalidad del mundo puede ser una cosa o parte cualquiera del propio mundo.
E.- Veo qué quieres decir. Que son trascendentes. Pero no esperes que por ello afirme que en ese misterioso más allá existe un Dios como el tuyo.
T.- ¿Qué falta para que te convenza?
E.- Falta que me expliques que falta le hace a Dios todo el dolor del mundo. ¿Cómo un Dios Perfectísimo, Sapientísimo, Omnipotente y Bueno creó este lugar lleno de inquisidores y fanáticos? ¿Cómo permite la muerte y la guerra, hecha tan a menudo en su nombre?
T.- A veces, hermana, hace falta conocer el árbol entero para entender por qué algunas de sus hojas se pudren y mueren. ¿Crees, de cualquier modo, que Dios hubiera podido crear un mundo tan perfecto como Él?
E.- Sé que no, pues es imposible que coexistan dos seres plenamente perfectos. Cada uno carecería del ser del otro.
T.- Piensa, además, que Dios, por hacernos a Él semejantes, nos hizo libres. Libres para ser como Él, pero también para no serlo. En eso consiste la libre voluntad, la salvación y el pecado.
E.- ¿Y que defecto de omnipotencia impidió al Altísimo hacernos tan sabios como libres, para así no equivocarnos y hacer siempre el bien? ¿No le hubiera bastado un grano minúsculo de imperfección (una sola nariz contrahecha, un solo libro mal encuadernado) para que este mundo hubiera sido posible sin hacerle sombra a su Creador?
T.- Tal vez sí o tal vez no. Te confieso, humildemente, que ante el misterio del mal solo sé rezar. Quizás quieras acompañarme.
E.- Prefiero enfrentar la oscuridad con los ojos bien abiertos.


miércoles, 9 de mayo de 2012

Nacionalismo, feminismo, religión y otros irracionalismos de hoy y de siempre.

Los profesores suelen decir que "se aprende mucho de los alumnos". Yo he decidido pasar de la retórica a la acción, y desde hace más de un mes son ellos los que dan las clases (yo me limito a sentarme en los bancos de atrás y hacer de alumno repelentito y preguntón --y, de paso, a constatar lo duro que es sentarse en una silla de madera a recibir clases una hora tras otra--). Pues bien, el grupo que daba la clase hoy (Laura, Víctor, Ignacio y Diego) estaban planteando el problema de si los humanos somos o no somos SERES RACIONALES (más allá de animales, engendros culturales o seres con un cierto sentido del deber). Y para animar la clase se les ocurrió plantear un breve catálogo de conductas IRRACIONALES frecuentes en nuestro entorno cultural. ¡Y desde luego que animaron la clase! Tales conductas (elegidas por ellos mismos, sin ninguna instrucción de mi parte) fueron:

1. LA RELIGIÓN. Que la religión es irracional es innegable. Toda religión supone una renuncia más o menos drástica a la racionalidad, la reflexión y el pensamiento autónomo. El fin de la vida, para cualquier religión (matices aparte), consiste en entregarse con fe ciega y fanática a ciertas creencias y prácticas inverosímiles, supersticiosas y, a veces, destructoras de la convivencia. No solo de la convivencia, también del propio ser humano, que ha de renunciar a su razón (razonar, querer saber, es el pecado original) para ser perdonado por Dios y salvarse.

2. EL NACIONALISMO. La guardía personal del Sr. Burns (el malvado ricachón de Los Simpsons) canta al únisono, mientras desfila en la puerta de la mansión: "Lo mío pa mi". No hay más letra que esta para cualquier himno nacional que quisiera ser sincero. No hay ninguna otra razón para ser nacionalista que la de proteger ciertos intereses económicos. Todos los demás argumentos son irracionales. ¿Por qué va a ser España para los españoles (o Grecia para los griegos)? ¿Qué mérito tiene el haber simplemente nacido en España, como para que esto justifique que tengas más derecho a trabajar y comer que un etiópe? ¿Llevar más tiempo aquí? Si esto se pareciera lejanamente a un argumento, un okupa tendría más derecho a ocupar el piso vacío en el que se ha colado que el dueño legal (que quizás ni lo ha pisado, pues solo lo ha comprado para especular), o los árabes a ocupar Andalucía, en la que se llevaron más tiempo que los actuales habitantes... Todo esto sin mencionar otras irracionalidades, como que los alumnos tengan que perder tiempo estudiando lenguas nacionales que no sirven para nada, o estudiar a escritores o músicos mediocres simplemente "por que son de aquí", o tolerar fiestas bárbaras y denigrantes porque son "la fiesta nacional", etc., etc...

3. LA HETEROSEXUALIDAD. Solemos pensar que el verdadero amor se mantiene aunque nuestra pareja envejezca, pierda un brazo, o se le desfigure la cara... ¡Pero no si se cambia el sexo! ¿Por qué? Si lo que nos enamoran son las personas, ¿qué más da lo que esas personas tengan, casualmente, entre las piernas? Como dijeron mis alumnos, es mucho más racional la bisexualidad. Si de verdad te enamoras de alguien por lo que es como ser humano, su color de pelo o la forma de sus genitales te deberían dar igual (es más, aprenderías gozosamente a disfrutar de un formato de sexualidad u otro, pues en todos se disfruta y con todos se comunica humana y sensualmente una pareja --¿o trío, o cuarteto, o...?--).

4. EL FEMINISMO. Si lo racional es creer que las personas somos iguales en dignidad y derechos, a santo de qué reivindicar lo "femenino" como un valor. Ni las personas ni los valores están determinados por el sexo o las hormonas. El género (masculino o femenino) es algo a superar. Somos personas, seres humanos, no varones ni hembras. ¿Por qué tantos estudios de género? ¿Por qué subvencionar un "ciclo de mujeres cineastas", en lugar de un "ciclo de personas (buenas) cineastas"?...













Lo mejor es que, tras el animado debate, todas las personas de la clase estuvimos de acuerdo en denunciar todo esto como irracional. ¡Y todavía hay ceporros que dudan de la valía y el nivel de nuestros alumnos! ¡¡Ya les valdría aposentar sus acomodados traseros en sus incómodas sillas y escucharles, y aprender, de verdad, de ellos!!

miércoles, 22 de febrero de 2012

La educación para la ciudadanía no adoctrina como Dios manda.


No me resisto a copiar la respuesta que daba al comentario de una lúcida cavernícola en este mismo blog , y que es la siguiente:

Una de las más grandes faltas de respeto que se le puede tener a un ser humano (es decir, a un ser racional) es adoctrinarlo en creencias dogmáticas desde pequeño, antes de que desarrolle plenamente su capacidad crítica. Y si esto es una falta grave en muchas familias católicas (no en todas, algunas respetan más a sus hijos y les dejan decidir sin obligarles a nada), todavía es peor en una institución tan poderosa y con tanta influencia como la Iglesia católica, que cínicamente despotrica contra la asignatura de educación para la ciudadanía, por considerar que adoctrina a los alumnos, mientras que, a la vez, defiende con uñas y dientes su presunto derecho a adoctrinar en fe y moral católica a los niños de todo el país, insistiendo en mantenerse como asignatura optativa de obligada oferta en todos los colegios e institutos. ¡Tiene narices! Acusar de adoctrinamiento a educación para la ciudadanía (asignatura cuyo fin es transmitir y discutir racionalmente la validez de los principios y valores constitucionales comunes a todos) SIN TENER EL MÁS MÍNIMO ESCRÚPULO MORAL en inculcar en los niños, año tras año, sus dogmas religiosos, sin discusión ninguna (pues son dogmas) y antes de que esos niños desarrollen su capacidad crítica y puedan cuestionar (o asumir voluntariamente) tales creencias. Lo de la pederastia de algunos curas es una minucia al lado de esta VIOLENCIA INTELECTUAL DE LOS NIÑOS que practica la Iglesia desde hace siglos. Y aún hoy, en el instituto donde trabajo, en cuyas sesiones de evaluación (en las que se evalúa la educación de mis alumnos como personas racionales, científicamente formadas, ciudadanos de un país democrático, etc.) tengo que compartir mesa ¡con un cura!, es decir, por definición, con un dogmático para el que la razón es pecado excepto cuando confirma sus dogmas. ¡SI ESTO NO ES UNA BRUTAL INCOHERENCIA Y UNA FALTA DE RESPETO A LOS ALUMNOS QUE VENGA DIOS (PERO NO EL SUYO) Y LO VEA!



(...) creo que hay una gran diferencia, al menos teóricamente, en lo que pretende la asignatura educación para la ciudadanía y lo que pretende la asignatura religión católica. La primera informa de los principios legales y morales que democráticamente hemos decidido establecer para nuestra sociedad y, además, abre un debate sobre ellos, para analizarlos, discutirlos, ponerlos en cuestión, y celebrarlos si lo merecen. La segunda inculca a menores de edad (muchos de ellos sin apenas conciencia crítica) ciertas ideas y valores instituidos por la Iglesia (que afirma haberlos recibido de Dios) y que son declarados como dogmas o verdades de fe, por lo que solo cabe creerselas, no cuestionarlas racionalmente. Y de todos es sabido lo fácil que es hacer creer casi cualquier cosa a un niño (de ahí el insano interés que los miembros de la Iglesia tienen por las mentes vírgenes de los niños). Educación para la ciudadanía y religión católica son, pues, dos cosas muy diferentes. Una consiste en educar a seres racionales en el diálogo acerca de principios que se ha puesto a sí misma la sociedad (de forma argumentada y democrática). La otra consiste en crear adeptos de una secta religiosa y cuanto más jóvenes mejor (pues son más moldeables, claro).
Esto es lo que yo creo, al menos.

lunes, 13 de febrero de 2012

¿Hay que respetar las creencias religiosas? Continua el debate...

Tal como estaba previsto, un alumno (Adolfo) nos presentó esta mañana en clase los motivos por los que, según él, habría que respetar las creencias religiosas (o más bien, las creencias cristianas –sector católico—, que era lo que más le interesaba). Lo que viene a continuación es un breve resumen de lo que dijo Adolfo y del posterior debate (si cometo algún error o inexactitud, o se me olvida algo importante, decídmelo por favor).

Según Adolfo, la religión (en concreto la Iglesia católica) es digna de respeto por:

1.    Fomenta la virtud del trabajo (Adolfo atribuyo este supuesto mérito, por error, al sector católico, cuando más bien pertenece al sector protestante, pero a efectos del argumento esto da lo mismo).
2.    Ayuda a los más desfavorecidos (Adolfo dio varios ejemplos: Cáritas, Teresa de Calcuta, etc.).

El resto de cavernícolas presentes en la clase (por ejemplo: Ana Paredes, Livia, Cristina, Alfonsina, Ana Cruz, Elena, Sergio, Alejandro y otros) le hicieron las siguientes objeciones a Adolfo:

(a)    La Iglesia católica contradice sus propios principios (pobreza, desprecio de las riquezas materiales, darlo todo por los más necesitados, etc.) al no renunciar a su rico patrimonio y al exhibirlo en sus ritos (los ricos trajes de los altos cargos eclesiásticos, las joyas y riquezas en los templos, etc.).  A esto respondió Adolfo afirmando que dicho patrimonio y riqueza era un signo histórico de identidad de la Iglesia y que los cargos eclesiásticos tenían que mostrar lo que eran (representantes de Dios en la Tierra) a través de esos costosos símbolos. ¡No se ensalza a Dios de cualquier manera!


(b) El evangelio predica la igualdad entre todos los hombres, pero contradice su mensaje de varias formas: estableciendo jerarquías en el seno de la propia Iglesia; no considerando igual de dignos a los que tienen otro credo religioso; etc. A esto respondió Adolfo diciendo que siempre hay jerarquía y que esta resulta necesaria.


(c) Como ampliación de la objeción anterior se comentó que la discriminación de los homosexuales por parte de la Iglesia (tratando de impedir, por ejemplo, las bodas civiles entre homosexuales), era otro ejemplo de falta de igualdad por parte de la Iglesia. A esto respondió Adolfo diciendo, en primer lugar, que no estaba muy de acuerdo con esta discriminación y, después, que el que es homosexual tiene todo el derecho a serlo, pero no a casarse por la Iglesia, que tiene sus propias normas al respecto.

(d)    Se criticó también que la Iglesia prohibiese el uso del preservativo, y las nefastas consecuencias que esta medida acarrean en países pobres y superpoblados.

(e)    Se objetó que la Iglesia había ocultado deliberadamente los múltiples casos de abusos sexuales a menores. Adolfo contesto que, tras la insistencia de la opinión pública, la Iglesia había reaccionado pidiendo perdón y apartando a los corruptos (En toda institución hay corrupción, dijo Adolfo).

(f) Una nueva objeción fue que el fomento de la (supuesta) virtud del trabajo no justifica a la Iglesia (en este caso a la protestante); también los nazis ensalzaban el trabajo y no por eso eran más buenos.

(g)    También se dijo que la Iglesia afirmaba sus ideas y valores con mucha contundencia sin tener nada muy claro en que apoyarse. Alguien comentó que en los cursos de cristiandad se imponían las cosas a la manera de una secta, exigiendo absoluta confianza.

Y por aquí nos quedamos… El debate sigue abierto. ¿Merece la Iglesia –o la religión— respeto? ¿Es perjudicial o beneficiosa? Vosotros tenéis la palabra.

jueves, 10 de noviembre de 2011

¿Por qué religión en los institutos y no clases de ciencia en las parroquias?

Discutía hoy con mis alumnos acerca de las diferencias entre la religión y la ciencia, y surgió la cuestión acerca de las clases de religión en escuelas e institutos. Como el debate fue muy encendido y quedó abierto (como todo buen debate filosófico), lo traslado al blog para que todos puedan opinar.

La principal diferencia entre religión y ciencia (y esto fue aceptado por casi todos) es que la religión justifica sus verdades mediante un ejercicio de fe, y la ciencia intenta justificar las suyas mediante el razonamiento lógico y el experimento. La religión informa de sus doctrinas e inculca ese ejercicio de fe mediante rituales religiosos (como misas y otras ceremonias, ejercicios espirituales, etc.). La ciencia expone sus teorías y sus métodos mediante demostraciones racionales y observaciones (clases en las que se discuten ideas, diálogos y debates, prácticas de laboratorio, etc.). (Para más detalles podéis ver la entrada “La ‘discoteca de Dios’ y el laboratorio de los hombres”, en este mismo blog).

Dicho esto: las cuestiones que discutimos fueron:
(1) ¿Está justificado que se impartan doctrinas religiosas en las aulas de un colegio o instituto (para los alumnos que lo deseen)?
(2) ¿Estaría igualmente justificado que se impartieran clases de ciencia en las parroquias (para los feligreses que lo deseen)?

¿Qué pensáis? (Como este es un blog de filosofía –y no un blog religioso— , es necesario que argumentéis vuestras opiniones).


domingo, 18 de septiembre de 2011

Resumen de la reunión sobre la religión.



¿Qué es la religión? ¿Es perjudicial o beneficiosa para las personas?... Estas fueron las preguntas que… ¡No respondimos!... Imposible, no nos dio tiempo ni para empezar a empezar. Comenzamos por ver la película “Ágora”, de A. Amenabar, que todos coincidimos en recomendar a nuestros amigos. Pero tras ella y pese a que creo que todos estábamos emocionados y deseando discutir (de hecho, dos personas se fueron por exceso de excitación o irritación –y de autocontención, diría yo- tras ver la peli), apenas nos dio tiempo para tratar un par de asuntos preliminares (eso sí, de forma tan ardorosa que parecía que estuviéramos eligiendo Papa). Discutimos de lo siguiente:


- ¿Cabe pedirle a una religión que sea “respetuosa” o “tolerante” con todo aquel que se aparte de sus creencias? ¿Son compatibles los términos “religión” y “tolerancia”?

- Inmediatamente surgió el problema de distinguir entre “tolerancia” y “respeto”. ¿Se puede tolerar algo que no nos parezca digno de respeto? Algunos pensábamos que no (es decir, que tolerancia y respeto deben significar lo mismo), y otros pensaban que sí (es decir, que se puede tolerar algo que no respetes –e incluso que se puede respetar algo y a la vez no tolerarlo-). Esto dio lugar a un largo debate. Los primeros pensábamos que tolerar o permitir equivale a un juicio de valor, tal como el que se supone bajo la decisión de respetar o no respetar algo. Los segundos pensaban que, a menudo, toleramos algo que no nos parece respetable, siempre que eso no nos afecte o no nos parezca demasiado grave (sin que, por ello, tolerancia equivalga exactamente a indiferencia). Más allá de esto, se planteó si tolerar/no tolerar significaba necesariamente actuar a favor/o en contra de aquello que tolerábamos o no.

- Dejando momentáneamente aparte la discusión anterior, se planteó si las religiones, dado el carácter absoluto o dogmático de sus valoraciones, tenían la capacidad de poder respetar (es decir, valorar) creencias diferentes a las suyas propias. La conclusión, a lo que parece, fue fundamentalmente negativa. Ninguna religión podría respetar (valorar) más que a sí misma.

- De otro lado, se preguntó si, supuesto que nuestras creencias no fueran absolutas o dogmáticas (es decir, que no pudiéramos demostrarlas como tales), deberíamos respetar toda otra creencia distinta a la nuestra (por ejemplo, la creencia de que hay que lapidar a las mujeres adúlteras y cosas así).

- Se planteo si la supuesta tolerancia que se observa entre creyentes de distintos credos en una misma ciudad o país era realmente “tolerancia” o más bien era mera indiferencia (mantenida siempre que no haya mucha necesidad de relacionarse, como en las ciudades en las que cada grupo vive aislado de los demás).

- Uno de los participantes arguyó que puede haber religiones respetuosas para con otras, como por ejemplo el budismo… Y, más o menos por aquí tuvieron que desalojarnos del Centro entre respetuosos y asustados de que hubiera tanta gente discutiendo de tales cosas un domingo por la tarde…

- Decidimos continuar (o más bien recomenzar) la discusión en fecha aún por decidir y que se publicará en el blog. Se admiten sugerencias para ver, antes de empezar, alguna otra película, documental, etc.

- Gracias por asistir a Felipe, Chanquete, Esther, Elena de la Gala, Elena Montero, Julia, Mat, Silvia, Juan, Sandra, José Ramón, Daniel, Maleinin, Jesús (y, bueno, a Alejandro y Carlos que espero que se queden en la próxima).

Y ya sabéis, entretanto nos volvemos a ver, y para no perder el hilo, podéis largar todo lo que se os ocurra sobre el tema (hayáis asistido o no) aquí en el blog.


Un saludo a todos!!

jueves, 1 de septiembre de 2011

Tertulia cavernícola: ¿Es la religión perjudicial para la salud?


Hola a todos. Bienvenidos al otoño. Volvemos a avivar el fuego de nuestra caverna con una nueva tertulia. Esta vez el tema es la religión. Pero en lugar de repetir como en un rezo nuestras creencias, de pedir deseos, de sentir amor o temor de Dios, o de practicar ciertos ritos... Vamos a pensar en lo que creemos, pedirnos unos a otros la verdad (o lo más aproximado), sentir dudas o certezas y no permitir más rito válido que el del diálogo... ¿Os parece esto religioso o no?...Para abrir boca os sugiero los siguientes tópicos (para que vayáis pensando):


1. ¿Qué es la religión? ¿En qué se diferencia de otros sistemas de creencias (y consecuentemente de deseos, sentimientos, actitudes, comportamientos, etc.)? ¿Qué tienen en común todas las religiones?...


2. ¿Es la religión (en general) algo nocivo o benéfico para el ser humano? ¿Qué tiene de valioso? ¿Debemos promoverla (o, como mínimo, tolerarla) o debemos rechazarla (o, como máximo, prohibirla)? ¿Es un mal/un bien inevitable? ¿Hay religiones mejores (o peores) que otras?...



La reunión se celebrará (salvo cambios de última hora que anunciaremos aquí) el DOMINGO 18, A PARTIR DE LAS 17.30 de la TARDE, en el ECONOMATO (Marquesa de Pinares s/n). Seguramente, veremos una película antes. De todos modos, echadle un vistazo al blog unos días antes, por si hay cambios. Os espero a todos (difundid la buena nueva, por fa, entre aquellos que creáis interesados).


Un abrazo a todos!!





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