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miércoles, 16 de marzo de 2022

Educación para jóvenes europeos

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura



Si la Unión Europea llega a consumar alguna vez un proyecto identitario a la altura de sus ambiciones económicas y políticas, eso será (o no será) gracias a los jóvenes. Y creo que en esto hay motivos para ser optimistas, al menos en nuestro país, donde parece que la gente joven tiene, en general, una buena opinión del proceso de integración europea.  

Hay motivos para explicar esta buena disposición entre los jóvenes: mayor nivel de formación, una exposición menor que la de sus mayores a la demagogia nacionalista, una educación – aun mínima y sometida a vaivenes políticos – en los valores propios a una ciudadanía democrática y cosmopolita (tolerancia, aprecio por la igualdad y la diversidad, insistencia en el diálogo como modo de solventar conflictos, respeto por los derechos humanos, preocupación por el medio ambiente…), y una cierta experiencia, todavía minoritaria, y a veces obligada, de estudio y trabajo en otros países de la Unión.

En cualquier caso, si queremos afianzar una identidad europea libre de eurocentrismos xenófobos, populismos y nacionalismos disgregadores, hay que trabajarse más seriamente aquello que desde hace cincuenta años se viene llamando la «dimensión europea de la educación». Quizás sería bueno implantar ya, en colegios e institutos, un área o ámbito, e incluso un departamento didáctico, consagrado a la UE y que promueva y fortalezca ese sentido de identidad abierto al mundo que nos define como ciudadanos europeos. 

¿Y de qué habría que tratar en esa materia o ámbito europeo de educación? Lo primero, como es obvio, de la fundamentación ética de los valores que tenemos en común, y sin los cuales no hay proyecto de integración que valga. Y subrayo lo de «fundamentación ética» porque uno de los valores más sutiles, pero más específicos, de la identidad europea es justamente el de la reconsideración crítica de todo valor. Diríamos que el «espíritu europeo» es tan alérgico a los dogmas que necesita reevaluar y refundar de continuo, ética y filosóficamente, sus pocas pero significativas certezas. De ahí el segundo de los asuntos fundamentales a tratar en una educación para el «ser europeos»: el del pensamiento crítico, esto es, el de la competencia para enjuiciar las creencias propias y de otros en orden a comprobar su validez racional y medir sus implicaciones morales y políticas.

El tercer objetivo de una materia en Unión Europea debería consistir en una enérgica inyección de teoría crítica del conocimiento (tal como se hace, por ejemplo, en el Bachillerato Internacional), con objeto de «vacunar» al alumnado contra las cada vez más complejas estrategias de manipulación y desinformación que pululan, inevitablemente, en un sociedad abierta y plural como la nuestra.

Otro aspecto esencial del «espíritu europeo» es su radical diversidad, de manera que educar para ser europeo habría de consistir también en desarrollar la capacidad empática de comprender otras posiciones y costumbres políticas, morales o sociales, sin tener que dejar por ello de ser uno lo que ya es. A esto en filosofía se le suele llamar «dialéctica», y en términos más prosaicos se puede detallar como el ejercitarse en un tipo de identidad flexible, integradora y evolutiva que no niegue la diversidad como amenaza, sino como un motivo para crecer y perfeccionarse.

El quinto elemento de una educación paneuropea debería ser, sin duda, el de una formación teórica y práctica en el sentido de la equidad. No hay identidad ni sentimiento de pertenencia a una comunidad democrática y fundada en los derechos humanos si antes no se dan unas condiciones suficientes de igualdad y justicia en el acceso a la educación, el trabajo, la justicia, la participación política y los servicios y beneficios públicos.

En cuanto al sexto «tema» fundamental para reforzar nuestra identidad europea, este debería de ser, justamente, el de relativizarla y proyectarla al mundo; esto es: el de desarrollar una perspectiva global, transdisciplinar y sistémica de comprensión de problemas de naturaleza planetaria (la desigualdad, la guerra, las cuestiones ecosociales, el cambio climático…) como principal herramienta de una ciudadanía mundial capaz de hacer frente a los mismos.

Más allá de estos seis elementos básicos (la ética, el pensamiento crítico, el conocimiento, la dialéctica, la justicia y la conciencia global), ya solo restarían unas pinceladas acerca del patrimonio y las lenguas y, como algo completamente imprescindible, la participación efectiva (y afectiva) en el propio proceso de integración, por ejemplo, mediante la intensificación de los intercambios internacionales entre estudiantes (la generalización de las becas Erasmus en secundaria es una excelente iniciativa a este respecto). Ahí tienen ustedes la simiente de un curso, a completar durante toda la vida, sobre lo que fundamentalmente significa la Unión Europea.


jueves, 18 de noviembre de 2021

Halloween, identidad y metaverso.

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Es tradicional discutir cada año sobre la amenaza que representa Halloween para nuestras más rancias costumbres. Una discusión en la que suele olvidarse que la cultura es necesariamente algo vivo, cambiante y sujeto, siempre, a influencias externas. De hecho, si nos pusiéramos a escarbar descubriríamos que la mayoría de nuestras tradiciones son fruto de la influencia o colonización de otros pueblos (celtas, fenicios, romanos, árabes o, ahora, anglosajones).

¿Se imaginan las protestas de los antiguos celtíberos por la invasión de latinajos de la que proviene nuestro idioma? ¿O el desprecio con que los viejos despotricarían del “foot-ball” a principios del siglo pasado? Pues ya ven, no hay ahora nada “más nuestro” que hablar español o jugar al fútbol. Y así con todo. Por eso hay que reírse a mandíbula batiente de aquellos que pregonan el acabose cultural que, según ellos, supone celebrar Halloween. Más aún cuando muchos de los que reniegan hoy de las pérfidas costumbres extranjeras son los mismos que, de jóvenes, sufrieron la incomprensión de sus mayores por darle caña al rock, vestir como vaqueros de Wisconsin o desmelenarse en la “discothèque”. ¡O tempora, o mores!

Que los chicos de hoy prefieran, en fin, deambular por la ciudad disfrazados de zombi a comer castañas pilongas en el campo es tan normal como que los mayores nos escandalicemos de ello y entonemos un afectado lamento de idealizada nostalgia por “lo nuestro”. Ha pasado siempre. Lo peliagudo es que confundamos “lo nuestro”, no ya con lo que (si acaso) conviene conservar en un museo, sino “con lo que hay que imponer por ser parte consustancial de nuestra identidad”. Cuando la gente se pone identitaria se acabó la risa, y toca echarse a temblar.

Lo menos malo que puede pasar cuando la gente enferma de “terruñismo” es que le dé por el folklore, es decir, por la momificación subvencionada de lo que antes fue cultura viva (y que, como todo lo vivo, tiene irremisiblemente que morir). Y ojo que el folklore y su estudio no están mal en sí. El problema viene cuando pretende imponerse como lo que no es, como cultura viva, y se obliga cordialmente a los niños a vestirse de lagarterana, a leer al bardo local en la escuela (por malo que sea), o a aprender el aurresku o la sardana para exhibirse el día de la fiesta nacional. Algo que, de momento, y toquemos madera, no ha pasado aún por aquí.

Decía hace años el escritor Sánchez Adalid (justo en el discurso de entrega de la medalla de Extremadura) que, gracias a Dios (Adalid, además de escritor es cura), los extremeños no tenemos identidad y que, justo por eso, somos libres. No puedo estar más de acuerdo. Tal vez, frente a la estrechez cateta de otros, los aquí presentes hemos intuido que la identidad humana, más que un anclarte en las costumbres de “toda la vida”, es un deseo de identificarte con lo que te es extraño pero que, si lo miras sin demasiado miedo (o con algo de amor), te acaba desvelando ese fondo entrañable que eres tú mismo. No hay mejor forma de crecer que sumando identidades. Y cuanto más otro y extraño sea aquello que asimilamos, más y mejor nos engorda el alma. Amar tu tierra está bien; pero amar la tierra y costumbres de tus antípodas te hace, seguro, mejor persona.

Por supuesto, esto no quiere decir que todo cambio cultural sea bueno. Todo depende de la dimensión y, sobre todo, de la dirección del cambio. A este respecto, es sorprendente que la gente discuta ardorosamente sobre la “colonización cultural” que representa Halloween y se quede tan pancha acerca de otros cambios de costumbres infinitamente más graves.

Casi nadie habla aquí, por ejemplo, de la reciente apuesta de Facebook y otras grandes empresas por la creación de entornos virtuales digitales (el llamado “metaverso”) a los que, tal vez en poco tiempo, tendremos que “teletransportarnos” para trabajar, relacionarnos, dar clases, comprar, opinar, entretenernos, manifestarnos, votar o hacer todo tipo de gestiones con la misma naturalidad con que lo hacemos ya en el tosco Internet bidimensional de toda-la-vida.

Y fíjense que no se trata de la simple “colonización” de nuestro paisaje cotidiano, ya de por sí repleto de pantallas generadoras de “realidad”, sino de la paulatina sustitución de este por otro mundo virtual creado y controlado hasta el último detalle por los ingenieros de esas gigantescas empresas tecnológicas que son Facebook, WhatsApp, Microsoft, Amazon, Apple…. ¿No es de esta “super invasión cultural” de la que tendríamos que estar hablando (aunque sea en el enjambre de redes sociales que ella nos proporciona) en lugar de sobre la pervivencia de la “chaquetilla”? Si no reparamos en cosas como esta, los zombis vamos a ser nosotros, y no los chiquillos que se disfrazan en Halloween.

sábado, 19 de diciembre de 2020

La idiotez del idioma



No falla. Siembras en una conversación el tema del idioma, y afloran, al instante, las idioteces (fíjense que idioma e idiotez comparte raíz). Has estado, quizás antes, señalando la luna (mencionando temas infinitamente más importantes) y ni flores; pero basta con que muevas un poco el dedo con el que señalas, para que comience la batalla dialéctica.    

¿Por qué, a veces, genera más entusiasmo el asunto del “cómo” decimos las cosas que lo “que” propiamente decimos? ¿A qué esta adoración fetichista por el idioma en que uno habla y piensa? ¿Qué es esto de que las lenguas tengan derechos y hayan de ser conservadas o protegidas mediante la imposición, nolens volens, de políticas lingüísticas? Son varios los argumentos, y están anudados como en una red ideal para capturar incautos.

Uno de ellos es la tesis de que el idioma que uno habla configura su manera de pensar y ver el mundo. Esta teoría, por popular que sea, jamás ha sido demostrada. En la era moderna fue sostenida por los filólogos románticos alemanes del XIX, para los que el idioma era parte sustancial del “Volksgeist” o “espíritu del pueblo” (idea tan querida por nazis y fascistas de todo signo), y tuvo su correlato científico en la más que refutada hipótesis Sapir-Whorf, que ya solo sirve para inspirar películas de marcianos (La llegada, de D. Villeneuve; no se la pierdan).

Más allá de los experimentos que la desdicen, la popular (e intuitiva) idea de que por hablar un idioma distinto piensas (y eres) distinto, es impugnada por el hecho recurrente de la traducción. ¿Son inconmensurables los idiomas? ¿Es imposible traducir un texto, por ejemplo, del mandarín al vasco? – se preguntan desde hace decenios los filósofos del lenguaje –. Pues según lo que se entienda (tanto en mandarín como en vasco) por traducir. Si “traducir” quiere decir trasvasar un concepto o significado de un significante a otro, la traducción es siempre razonablemente posible. Es obvio que nunca será exacta y que siempre supondrá un acto de “recreación” del traductor, pero es que esto también pasa en el seno mismo del idioma. Entender a alguien, incluso en tu misma lengua, supone un ejercicio de traducción por el que captas lo (que tu supones) esencial de un mensaje, obviando parte de las innumerables connotaciones con las que probablemente se emite. Este mismo proceso “selectivo” gobierna de igual modo la memoria o el pensamiento (escuchar, decir, memorizar o pensarlo todo, es, por definición, imposible; acuérdense del pobre Funes, el antológico personaje de Borges).

Si la inconmensurabilidad entre lenguas es impensable (el que cree que no se puede decir en chino lo mismo que en vasco ha de poder pensar la misma cosa en ambos idiomas, aunque sea para negarla en uno de ellos), ¿qué es lo que mantiene viva la tesis terraplanista de que por hablar distintos idiomas pertenecemos a mundos culturales distintos? Pues es claro: el fetichismo en torno al idioma es un “arma de construcción masiva” de esa “unidad de destino en lo particular” que es la nación.

A diferencia del habla, el idioma es una institución política, cuyo objetivo no es solo establecer estándares de comunicación en un determinado territorio, sino también asignar un marchamo de pertenencia al grupo enraizado en la creencia de que tu misma identidad personal (tu carácter, tus ideas) depende de que “cómo” digas las mismas cosas que dicen (de otro modo) los demás seres humanos.

Así, es obvio que las medidas de inmersión en lenguas autóctonas (como en catalán o euskera) no solo obedecen a criterios culturales – como la preservación de determinada lengua –, sino, sobre todo, al objetivo, no disimulado, de hacer “distintivo” lo distinto y marginar (o someter) al que no habla como “nosotros”, imponiendo la abstracción política del idioma sobre el concreto derecho de la gente a hablar, comunicarse o aprender en la lengua que quiera, más aún si esta es su lengua materna y forma parte de las lenguas cooficiales de un Estado. 

Preservar por la fuerza un idioma o cualquier otra tradición es una idiotez supina. ¿Se imaginan que obligasen a los andaluces a escuchar flamenco o a los extremeños a comer migas para “preservar el patrimonio cultural”? Los idiomas viven y mueren (el catalán o el castellano viven, por ejemplo, gracias a la muerte del latín), y no son ellos los que deben imponerse a las personas, sino las personas las que deben imponerse a ellos, pensando y hablando (no importa a través de cuál) para una comunidad idealmente cosmopolita, diversa y formada en el espíritu de concordia y diálogo. El logos, decía el viejo filósofo Heráclito, es uno, ya se sueñe en finlandés o suajili. No seamos idiotas y despertemos.

lunes, 28 de octubre de 2019

¡No pasarán!



Más que tristeza es melancolía. La inspiran esos adolescentes independentistas gritando indignados. No tienen ni repajolera idea de las ideas que tienen, ni de lo que les hacen hacer, pero da igual: lo importante es estar ahí, corriendo ante la policía, furiosamente vivos y libres (de toda duda) en la cresta de la ola del grito y la bandera común. ¿Quién no se ha dejado llevar alguna vez por estos tsunamis de romanticismo político?

Ahora, una cosa es que nos compadezcamos de esos chicos (después de encerrar a los aprendices de guerrillero que los pastorean), y otra que no sepamos ver como adultos el verdadero carácter de ese “tsunami” que, lejos de ser “democrático”, no es sino una invocación a la vía de escape (o la cortina de humo con que escapar) más fascistoide del malhadado “procés”. 

De esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.


miércoles, 16 de octubre de 2019

Ni hispanidad, ni catalanidad (sino todo lo contrario)

EL ROTO

Escribo bajo el volcán reactivado del nacionalismo catalán, comprobando como, para desgracia de todos, una sustanciosa cantidad de ciudadanos antepone la charanga patriotera al cumplimiento de las leyes y obligaciones cívicas. Algo que, por otro lado, tiene su lógica: si quieres justificar que las leyes reconozcan tus presuntos derechos, no ya como persona o ciudadano de un Estado, sino específicamente como catalán (español, inglés, mexicano o mogol) no tienes más remedio que echar mano de las fanfarrias, las banderas, los desfiles y las movilizaciones patrióticas; porque lo que son razones... 

Ha coincidido la sentencia del “procés” y el rebrote independentista en Cataluña con la más discreta polémica acerca de la celebración de la Hispanidad y el descubrimiento de América. Una disputa que, en los términos en que suele presentarse, no es más que una burda pamema. De entrada, porque ambos bandos tienen una proporción similar de razón. Los unos por recordar que, como toda conquista que se precie, aquella estuvo plagada de crueles abusos e imposiciones. Y los otros por hacer valer todo lo que los españoles aportaron (una lengua común, ciudades, universidades, ciencia, etc.), amén del espíritu ecuménico que, mal que bien, orientó su conquista bajo cierto conato de reconocimiento de derechos para los indígenas y un mestizaje cultural (y humano) que para sí hubieran querido los americanos – simplemente exterminados – más al norte.

Pero el problema, decía, no es el de esta vieja polémica. El asunto interesante – y que conecta con el tema catalán – es si hay algún acontecimiento histórico, relacionado con cualquier nación, que no sea, de hecho y por principio, igual de moralmente ambiguo que lo es la conquista de América. Y la respuesta es que no. No hay imperio, país, nación o proyecto de nación que no deba su existencia (o su deseo de existencia) a la apropiación del territorio y el sometimiento de poblaciones previamente asentadas que, con casi total probabilidad, hicieron lo propio con las anteriores, y así hasta el principio de los tiempos. Y esto incumbe al viejo Reino de Castilla, a las culturas e imperios precolombinos, y a las naciones que componen hoy Latinoamérica; a la España actual y la  proyectada República catalana; y a todas las naciones, en suma – las más fuertes y las que esperan serlo en el futuro –, que comparten, en distinto grado, ese mismo pecado original que es la violencia y el robo... (De esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí)



jueves, 18 de agosto de 2016

El extremeñu

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico de Extremadura.



Cuentan que a Gustavo Bueno, el filósofo recientemente fallecido, le invitaron una vez a integrarse en ETA, allá cuando la organización independentista daba sus primeros pasos. Le decían que era un movimiento que, entre otras cosas, quería recuperar el vasco, el idioma más antiguo de la humanidad, según ellos. El filósofo – genio y figura – les contestó: “¡Coño, pues cuanto más antiguo sea, más cerca estará del lenguaje de los chimpancés!... ¡Vaya mérito que os atribuís!”. Años después, siendo profesor en Asturias, le dio por poner en evidencia toda aquella bobada del bable y las raíces celtas de la patria astur, motivo por lo cual alguno de sus compañeros – tildado por Bueno de “cretino” (aunque mejor hubiera sido “soplagaitas”) – lo denunció y hasta propuso desterrarlo. Por suerte para los asturianos la cosa no cuajó, y Gustavo Bueno pudo seguir dando sus prodigiosas clases en la Universidad de Oviedo.

Me viene esto a la memoria por haber leído hace poco en el diario a un filólogo local quejarse de que el “estremeñu” – presunta lengua que, según este experto, hablábamos los extremeños antes de que Franco nos impusiera el castellano – corre el riesgo de desaparecer por desidia administrativa y por no estar presente en las aulas ¡Pues no tenía ni idea de este grave problema! El asunto de la presencia en las aulas me ha dejado, por demás, especialmente preocupado. ¡Cómo no tenían bastante los chicos con dominar el español, el inglés y, a veces, una segunda lengua extranjera, ahora viene este filólogo a demandar que se enseñe también el extremeñu (del que él mismo, por cierto, parece ser su principal investigador, gramático y poeta vivo)!

A ver. No es por despreciar, pero me parece que en España hay entrañables dialectos (como el extremeñu) que, pese a su innegable valor para lingüistas y etnólogos, no son lenguas de cultura lo suficientemente relevantes como para requerir su presencia en la escuela. Y aquello de que sea “lo que se habló aquí (hasta la imposición franquista del castellano)” no es ni de lejos (caso de que no fuera un disparate, que lo es) un argumento suficiente. Recuerdo a un profesor de música lamentarse hace años de que en su comunidad no tenía tiempo para enseñar a Beethoven o Brahms. La razón era que gran parte de la programación estaba consagrada a un músico de la región. “Es mediocre – me decía compungido –, y está a años luz de los clásicos, pero es el de aquí, qué le vamos a hacer”. Espero que no ocurra un día algo parecido con – digamos – El quijote y El miajón de los castuos.

Siempre he presumido de que los extremeños no hayamos entrado al trapo de la demagogia nacionalista, con su chovinismo barato, sus mitos edénicos, su victimismo, o su burda confusión entre cultura y folclore. Tal vez sea por falta de una burguesía deseosa de acaparar poder. O porque, por vivir en tierras de frontera, estemos hechos a integrarnos con gentes y culturas diferentes. El escritor Jesús Sánchez Adalid, al recibir hace años la Medalla de Extremadura, dijo que los extremeños carecíamos de identidad y que, gracias a eso, éramos libres. Sumar identidades – y no buscar diferencias – ha sido, hasta ahora, nuestra forma de ser y crecer.

Confieso (y de esta me destierran) que cuando mis alumnos me piden consejo al acabar el bachillerato les invito a estudiar lo más lejos posible. No es que aquí la Universidad me parezca mejor o peor. Es una simple medida de higiene mental. Hace años, hasta los españoles más humildes – bien que solo los varones y por la tosca vía del servicio militar – estaban obligados a salir del terruño al menos una vez en su vida. Hoy, un chaval puede estudiar desde primaria hasta el grado universitario sin moverse de su pueblo. ¡Solo faltaba que lo hiciera en el dialecto local! Tanto provincianismo no puede ser bueno. Como tampoco – y esto es obsesión mía – el invertir hora tras hora en aprender lenguas. Si me dejaran gobernar el mundo propondría el esperanto para todos: la de tiempo que ganaríamos para pensar en qué decir, en lugar de en cómo decirlo. Porque – con permiso de los filólogos – lo importante no está en los detalles. Sino en lo importante. ¿Lo digo en extremeñu?


jueves, 14 de enero de 2016

Todo por la patria

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura


Pese a su vulgaridad, tiene cierto interés el reproche lanzado estos días a los miembros de la CUP, tras haber vetado la investidura de Mas en Cataluña. Se les ha acusado (desde Junts pel Si, pero también desde sectores de la propia CUP) de dos cosas: de “anteponer la ideología a la independencia”, y de ser “incapaces de pactar con alguien que piensa diferente”. Es interesante, digo, porque con estas dos frases se resumen dos componentes ideológicos de la atmósfera política que respiramos: el casi absoluto desprecio a las ideas, y el pragmatismo como omnímodo principio democrático.

Cuando se le objeta a la CUP que antepone su ideología a la independencia se está asumiendo que la independencia no es ella misma un producto ideológico, sino algo más radicalmente valioso, algo por encima de toda ideología, un bien común indiscutible que está más allá de la vil y humana política (siempre condenada a la controversia ideológica). Este desprecio a la ideología parece presuponer que hay algo por ahí mucho más valioso que las ideas; algo que – por ser de naturaleza no ideológica – no se debería poder pensar, ni razonar, ni discutir, sino solo creer, sentir o contemplar como una suprema evidencia.

Así, el nacionalismo (cualquiera, no solo el catalán, también el español) intenta colarnos la idea de que él mismo no es una idea política más, sino, más bien, una suerte de derecho natural (el Derecho de Autodeterminación de los Pueblos, el Principio de la Indivisible Unidad de la Patria), racionalmente inatacable y que hay que acatar, por tanto, como una revelación sostenida por pura voluntad (la voluntad de poder que presuntamente asiste a los Pueblos) o por una emoción inefable e infalible (atada a su correspondiente imaginario arcádico y patriótico).

Pero el dogmatismo nacionalista no es el único síntoma del desprecio a las ideas y el culto al irracionalismo en el ámbito político. Otro, muy claro, y complementario, es el pragmatismo, que, en sentido ancho y común, significa hacer todo lo que sea útil (es decir: pactar todo lo que sea necesario) para lograr lo que nos proponemos (fines que también se suponen trascendentes al debate ideológico). La idea de pacto (acuerdo, contrato...) está en el origen de la democracia moderna, y parte del principio – discutible, pero atractivo para la mayoría – de que la coincidencia entre los intereses socialmente en juego es esencial o prácticamente imposible. Dado que, por nuestro egoísmo consustancial, carecemos, casi, de intereses comunes – se dice –, la razón (que sería un simple instrumento al servicio de tales intereses) no es útil para lograr la armonía social. Así: como ni tú me vas a convencer ni yo te voy a convencer a ti, solo queda negociar: yo cedo en A a cambio de que tu cedas en B, siendo A y B inversamente proporcionales a la fuerza de la mayoría que asiste a cada uno. La idea de que “todo se puede pactar o negociar” equivale, por tanto, a la idea de que no hay posibilidad de mutua convicción posible. Es decir: que, en política, nada, o casi nada, es racional. Este pragmatismo es, pues, parte de la raíz misma de la democracia y, como tal, inevitable. La cuestión es que no prolifere e invada a la otra parte: la de los principios que nos incumben a todos (la igualdad, la libertad, la solidaridad...) y en torno a los cuales se pueden articular, de manera polémica y racional, las distintas ideologías políticas.

Pero cuando la democracia lleva su degeneración al límite, todo esto, el irracionalismo y el pragmatismo, se desbocan. El desprecio irracional a las ideologías (en nombre de una que se adopta como dogma indiscutible), y la proliferación de todo tipo de pactos, se convierten entonces en actitudes comunes, que no despiertan apenas escándalo. Así lo estamos viendo en Cataluña, en donde en nombre de ese irracional que es la Libertad de la Patria, pactan anticapitalistas y liberales. Y así lo veremos, dentro de poco, en España, en donde en nombre de la Unidad de la Patria, acabarán pactando los socialistas con la derecha liberal del PP y Ciudadanos – coadyuvados, desde luego, por el compromiso de Podemos con los nacionalismos periféricos, compromiso al que parecen subordinar todos sus objetivos sociales y de regeneración política –.

Este proceso, llevado a un punto de no retorno, solo tiene un fin posible. Como decían los viejos filósofos griegos, el fin de la absoluta degeneración de la democracia es la tiranía. Cuando el rechazo a las ideologías, paralelo al ascenso de una ideología redentora (como el nacionalismo), y acompañado de un pragmatismo sin límites (se pacta lo que sea con quien sea), llega al punto de ebullición, emergen las tendencias totalitarias y el conflicto. No será la primera vez que hemos visto algo así en Europa. Todo sea por la patria.



domingo, 1 de noviembre de 2015

La izquierda y el derecho a decidir de los catalanes.


Publicado originalmente por el autor en el Correo Extremadura.


Acierta y se equivoca la izquierda española en relación al problema catalán. Acierta (como, por otra parte, casi cualquiera que no esté ciego) al interpretar el conflicto como parte de la estrategia electoral tanto del gobierno como de los independentistas. Se equivoca, entre otras cosas, al presuponer el derecho a una consulta soberanista en Cataluña.

Lo primero es fácil de ver. Como dijo Errejón hace unos días, Rajoy y Mas parecen estar dirigiéndose mutuamente la campaña electoral. Ambos se necesitan. Ni el gobierno ni el frente independentista catalán (ese extraño pacto anti-capitalista-liberal liderado por Convergencia, Esquerra y la CUP) están en su mejor momento. ¿Qué mejor que renovar el ardor patriótico de los votantes para recuperar fuerzas? No es ninguna casualidad que a las provocaciones de los independentistas en el Parlamento catalán les acompañe la difusión casi ininterrumpida de los vericuetos del caso Pujol, o de las comisiones del 3% con que se ha estado financiando el partido de Mas. Partido Popular e independentistas buscan con descaro la provocación. El Partido Popular, que no va a despegar electoralmente vendiendo sus presuntas hazañas con la prima de riesgo, necesita presentarse como el sólido contrafuerte de la unidad de España. Y los independentistas, incapaces de convencer a más catalanes de las ventajas de cambiar de estado, no tienen otra que excitar el sentimiento patrio con un desencadenante infalible: los agravios del Estado español. Al PP y a los independentistas les vienen de perlas tanto las amenazas veladas de Rajoy como las apariciones teatrales de Más (e incluso Pujol) en los juzgados. Es la perfecta armonía de los contrarios. Si la jugada les sale bien, el PP podría volver a gobernar en España (probablemente con Rivera), y Cataluña podría acabar de ser, en no mucho tiempo, propiedad exclusiva de la burguesía catalana que la gobierna desde hace siglos (a los de la CUP siempre le quedará el consuelo de que, puestos a soportar capitalistas, mejor que sean autóctonos –amén de las competencias en auxilio social y en cultura republicana, que seguro que, en señal de agradecimiento, se las dan a perpetuidad —).

Ni que decir tiene que, de todo este cambalache político, quién sale más perjudicada es la izquierda. Ni el conflicto independentista le beneficia en España (en donde da votos al PP y a Ciudadanos –mucho más que al PSOE y a su fantasmagórica propuesta federalista--), ni tampoco en Cataluña, donde la izquierda no independentista casi ha desaparecido, y la independentista se inmola en aras de la Patria (y de las huestes de Convergencia que, de un modo u otro, van a seguir en el poder). La apuesta de Podemos e Izquierda Unida por condescender con el independentismo solo les acarrea el desprecio de la izquierda patriótica catalana (que no quiere condescendencias, sino la independencia y lo más rápido posible), y la incomprensión en el resto de España.

Además, la izquierda española se equivoca al defender el derecho a un referendum soberanista en Cataluña. Se equivoca estratégicamente (porque ni siquiera los independentistas están ya en esa fase del proceso – hace apenas unas semanas que han votado, de hecho, en un referendum que ya era secesionista, y que no les ha salido bien – ). Y se equivoca, también, y sobre todo, políticamente, asumiendo el presunto derecho de los catalanes a decidir si quieren romper con España e instituir un estado propio.

Es pura demagogia y una completa falacia afirmar que en una democracia todo está sujeto al escrutinio de los votos. En ningún Estado democrático hay derecho a votar contra el propio marco jurídico que representa el Estado (y que es el que te permite votar). Para romper con el Estado hay que salirse de él y, por tanto, también del derecho. Así que no, no cabe legitimar con la ley la ruptura con la propia ley. Si así fuera, yo y unos cuantos colegas docentes también exigiríamos el mismo derecho a votar si abandonamos o no el sistema educativo y hacemos uno nuevo. O yo mismo exigiría mi derecho a decidir independizarme en mi propia casa, como reza la publicidad de una conocida marca de muebles. ¿Por que no habríamos de tener ese derecho yo, o un grupo de amigos, si lo tienen un grupo de catalanes? ¿Qué tiene la catalanidad que no tengan unos mismos principios educativos, o una personalidad tan coherente que no quiera seguir sino sus propias normas?

El ejemplo paradigmático de esta falacia de afirmar el derecho a acabar con el derecho es el presunto derecho a votar y decidir sobre la propia soberanía. ¿Cómo se puede votar la soberanía, si es ella misma la que legitima tu voto? Es tan absurdo como querer decidir con los votos si hay que decidir las cosas votando. Si los catalanes se suponen a sí mismos soberanos para votar o decidir su propia soberanía, ya no hace falta que voten: ya se han concedido la soberanía a si mismos antes de empezar a votar nada.

Como afirmaba Kant, el “derecho a la rebelión” es una contradicción en sus términos. No hay ninguna ley que ampare saltarse la ley. Lo que hay son rebeliones a secas. Y una rebelión no puede ser, por principio, legal. Lo que sí puede ser es legítima o justa, o ilegítima y por la fuerza. Pero la legitimidad en el caso del independentismo catalán depende de que nos convenzan de cosas (tan peregrinas) como que los pueblos son entidades soberanas detentadoras de derechos (más o tanto que los individuos), que la identidad de las personas está en la lengua que hablan (en lugar de en lo que dicen y piensan con ella), o que Cataluña es una colonia del Imperio español (en vez de ser y haber sido los españoles, muchos y durante mucho tiempo, emigrantes – y vendedores de materias primas, y compradores de manufacturas— en la gran metrópoli catalana). Si no nos convencen de todo esto (como parece que no es el caso), a los independentistas solo les queda el recurso a la rabieta y a la fuerza: el chantaje político, la provocación victimista, la demagogia y la manipulación elevadas a la enésima potencia. Y, finalmente, el golpe de estado sobre la mesa del Parlamento. Saben de sobras que nadie va a sacar los tanques a la calle. Entre otras cosas porque eso, también, les vendría que ni pintado.




domingo, 4 de octubre de 2015

Gracias a Dios, no somos una tribu gala. Nacionalismo y cosmopolitismo.

Personajes de Asterix y Obelix, de A. Uderzo y R. Goscinny
Texto publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura.


Recordábamos el otro día junto al escritor Jesús Sánchez Adalid (en Los sábados al Sol, el programa de Chus García en Canal Extremadura) el comienzo de su discurso tras recibir, hace unos años, la Medalla de Extremadura: “Gracias a Dios – dijo – , los extremeños no tenemos identidad”. Y por eso – añadió – “somos libres”. ¿Qué querría decir Sánchez Adalid con esto?... ¿De verdad carecen de identidad los extremeños? ¿Y por qué esto ha de hacernos más libres? Hablar de la identidad (es decir, de lo que somos) no es moco de pavo. Los antiguos griegos decían que no hay conocimiento más útil que el conocimiento de uno mismo. De saber lo que somos depende el saber de lo que nos conviene, y también de los derechos que nos es justo reclamar. Veamos.

La identidad humana posee múltiples aspectos. Es un asunto que va, desde luego, más allá de la simple identidad orgánica (esa que nos identifica con una especie animal y sus instintos). Más que código genético las personas tenemos un vasto “programa” de conductas aprendidas, que es el que conforma nuestra identidad cultural, haciéndonos partícipes de un determinado grupo social, de su idioma, sus tradiciones y creencias. Para el nacionalismo común este tipo de identidad representa algo fundamental. La comunidad cultural – se afirma – es el caldo donde se cuece la identidad personal; el individuo es, originariamente, un producto social. Por ello (y dado que en la metafísica nacionalista lo originario equivale a lo más importante) las personas son, fundamentalmente, parte de una nación o pueblo (son esencialmente españolas, catalanas, galas o saharauis). Que las personas sean parte esencial de una comunidad invita a pensar a algunos que, a viceversa, la comunidad también participe esencialmente de los rasgos que distinguen a una persona: la libre voluntad (en clave nacionalista: “nuestro modo especial de ser”) y el entendimiento (idem: “nuestro modo de interpretar el mundo”). Y que, por ello, los pueblos y naciones pueden erigirse en sujetos políticos soberanos (algo, por principio, restringido a las personas).

¿Y qué pasa con nosotros, estos extremeños, según Sánchez Adalid, sin identidad? ¿Es que no somos nadie? Lo que seguramente quería decir el escritor es que hay otros modos de ser persona, más allá de pertenecer a esta u aquella comunidad o aldea. Es más, diríamos nosotros: es que ser persona consiste, justamente, en liberarse de esa relación de pertenencia. El ser humano es infinitamente más que una suma de naturaleza y cultura. Posee una dimensión moral y racional que le empuja a valorar y pensar más allá de toda determinación genética o histórica. La única determinación esencial del hombre consiste en carecer, en origen, de una esencia determinada y, por eso, en estar condenado a buscarla. Desde esta perspectiva, la identidad humana no es un ser ni un estar (ni un ser que se defina por su estar en ningún sitio), sino un hacerse siempre inquieto. La identidad, en lo seres que se saben incompletos, no es un principio estático, sino dinámico; un deseo de identificarte con lo que te es extraño pero que, si lo miras sin demasiado miedo (o con algo de amor), te acaba desvelando ese fondo entrañable que eres tú mismo. Sumar identidades es nuestra forma de crecer. Y cuanto más otro y extraño sea aquello que asimilamos, más y mejor nos engorda el alma. Amar tu tierra está bien, pero amar, tanto o más, la tierra de tus antípodas te hace mucho mejor persona.

Ahora bien, si la identidad de los seres humanos consiste, esencialmente, en esa capacidad de valorar y pensar que les empuja a buscarse en los demás (en formas de vivir que, por extrañas, obligan a evaluar y enriquecer la nuestra; y en razones que, por contrarias, obligan a pensar y mejorar las propias), entonces todos los seres humanos somos iguales. No ya solo porque la capacidad de valorar y pensar (es decir, la capacidad moral y racional) sean comunes a todos los hombres (seamos de donde seamos y hablemos el idioma que hablemos), sino también en cuanto se supone que, para desarrollar nuestro mundo de valores y de ideas, la diferencia no es el término de la identidad humana (como afirma el nacionalista), sino solo el comienzo y el motor de su búsqueda.

Si todos los hombres somos esencialmente iguales, a todos deben corresponderles los mismos derechos y el mismo grado de soberanía política. Restringir esta igualdad en nombre de diferencias y derechos atribuibles a entidades (como los pueblos o naciones) que no solo no son personas, sino que ni siquiera representan rasgos relevantes para la identidad de las mismas, es irracional e inmoral. La justificación del nacionalismo liberal (el originario) no es más que la transferencia de poder y riqueza hacia nuevas élites económicas (legitimada bajo ciertos mitos edénicos). La justificación del (presunto) nacionalismo de izquierdas es (para regocijo de aquellas élites) no más que una increíble confusión entre esos mitos y la realidad, entre las personas y sus orígenes, entre el Pueblo y “mi pueblo”. La justicia es un asunto moral y, por tanto, de personas. Pero los pueblos no tienen moral, tienen costumbres (y la costumbre es solo el referente originario – no el importante – de la palabra “moral”).

A la luz de este cosmopolitismo alérgico a nacionalismos, y que aún sueña con una humanidad sin fronteras ni naciones, es como hay que entender la expresión de Sánchez Adalid: “Gracias a Dios, los extremeños no tenemos identidad (…)”. Al fin y al cabo, el cosmopolitismo es una suerte de ecumenismo secularizado (Jesús es también sacerdote). Y este, el ecumenismo cristiano, una (con)versión evangélica del humanismo griego. Ese del que aún no hemos acabado de convencer (quizás estábamos muy ocupados colonizándolos) a Asterix y Obelix, esos simpáticos galos independentistas.




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