sábado, 26 de septiembre de 2026

Esas odiosas pequeñas cosas

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Hay tantos libros que quiero leer que dudo mucho que pueda hacerlo en vida – sería un consuelo a tanta eternidad ser un espectro lector, pero no creo que cuele –. Lo mismo me ocurre con los millones de canciones o películas que ofrecen las plataformas digitales. O con todos esos futuros y valiosos restos mortales (archivos, papeles, poemas, fotos, diarios, correos…) que me costaría el resto de la vida expurgar. Y esto por no hablar de la insondable cantidad de personas interesantes con las que podría relacionarme en redes; la de museos y exposiciones reales o virtuales que me encantaría explorar; o la tupida red de noticias, artículos, informes, documentales, podcasts, canales o videos didácticos con que te tienta el ordenador tras teclear la más insulsa palabra (un ordenador que, además, me ofrece tan infinitas posibilidades de ordenar lo infinito que tendría que ser un dios eterno y ocioso para estar al día, dominarlas y poder aprovecharme de ellas).

Como dice Harari (el patriarca más popular de la sociología apocalíptica), el colapso que se avecina será mental o no será. Es materialmente imposible – dice y no lo dudo – que nuestro cerebro pueda adaptarse al estado crónico de excitación, incertidumbre, elección y angustia que experimentamos ante las innumerables cosas que queremos experimentar. Tampoco nos da la vida – por más que nos torturemos creyendo que sí – para reinventarnos, reciclarnos, ser creativos, romper moldes y adaptarnos cada seis meses a los nuevos códigos, programas, sistemas, versiones, innovaciones y tendencias a que nos empuja la tiránica actualidad.

Son, en fin, tantas las posibilidades y herramientas a disposición del que quiere hacer algo, que lo más que haces – y ni apenas eso – es recorrerlas y ponderarlas una y otra vez. Y sí, está muy bien lo de estar siempre aprendiendo, pero lo de aprender cómo aprender cada vez que te pones es de locos. Pasar por todo una vez – decía el poeta –; pero si ese todo es infinito, ¿quién se mueve? ¿Acabaremos muriendo de hambre, como el asno de Buridán, ante un inabarcable expositor de yogures?

Ante esto no cabe sino comprender dos cosas: (1) que la caótica pluralidad de opciones y novedades en que se nos divide (multiplicándolo) el mundo tiende a cero (y no a infinito); y (2) que todas esas apetitosas cosas (libros, canciones, fotos, personas, acontecimientos o yogures) se parecen tanto unas y otras y entre sí que al final pudiera ser que fueran lo mismo, que todos los cuentos contaran la misma historia, y que importara más tocar bien una guitarra que andar rasgueándolas todas…

Claro que para alcanzar tan sublimes y castizas conclusiones es preciso, antes, trascender el trasnochado y pseudorromántico culto a lo concreto, lo corpóreo, lo accesorio, lo minúsculo, lo cotidiano, diferente y anecdótico que tanto pone al «post-nihilismo» contemporáneo y sus burócratas del inframundo. Toca hoy entender que no hay nada realmente valioso – ni felicidad ni sentido – en lo pequeño – por eso es pequeño –, y que el laberinto de posibilidades que nos pierde no es más que el traje de un dios – el de las pequeñas cosas – que va ostentosamente desnudo. Pensémoslo ahora a lo grande…

miércoles, 16 de septiembre de 2026

¿Por qué no estudian los estudiantes?

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Jamás pude memorizar nada que no pudiera comprender, es decir, encajar en ese mapamundi incompleto que era y es mi visión del mundo. Cuando me hacían estudiar algo era incapaz de hacerlo – no me enteraba de nada – si no lo interpretaba hasta encajarlo, como en un puzle, en mi particular maremágnum mental. Era lógico. Estaba (estoy) siempre tan confundido que tenía (tengo) un apetito desordenado por ordenar el mundo, por poner cada cosa en su sitio, por reconocer, relacionar y retrotraerlo todo a una raíz común. Hasta cuando estudié el código de circulación tuve que inventarme una especie de alocado sistema lógico en el que todas las normas aparecieran más o menos relacionadas mutuamente. Es esto por lo que comprendo parte de las enormes dificultades que tienen mis alumnos. Y también por lo que no comprendo la percepción que comúnmente se tiene de sus malos resultados académicos.

Por mucho que me esfuerzo y leo el informe PISA, yo no percibo estudiantes ignorantes o vagos, sino chicos y chicas incapaces de encontrar un hilo conductor, un leve atisbo de mapa que les permita empezar a comprender dónde están y qué deben hacer. Veo jóvenes paralizados por una aceleración histórica a la que ni siquiera nosotros cogemos el paso, abrumados por la suma inconexa de mundos que les echamos encima (desde las aulas, desde las inevitables pantallas, desde el salón de casa, desde ese yo en formación que les habla desde el fondo del tarro). Les es tan difícil aspirar a componer su propio puzle – hay tantas piezas y opciones, y tan pocos modelos – que no es extraño que busquen refugio en la pseudovida del videojuego, en la retórica milagrosa de la IA o en ese remedo inverso de plenitud – esa llamada desesperada de atención – que es la indolencia. Es muy difícil no admitir que casi lo más sensato que se puede hacer en este mundo es hacerse el loco (si es que no volverse loco de verdad).

Y nadie va a sacar a los jóvenes de su indolencia sin persuadirles de que entregarse con entusiasmo al estudio tiene sentido en un mundo en que nadie prevé lo que va a pasar mañana, en que las capacidades humanas parecen cada vez más irrelevantes y en el que casi cualquier prototipo de persona con éxito (el demagogo, el gurú indocumentado, el famoso aurático o el emprendedor millonario…) exhibe impúdicamente su desprecio por las virtudes intelectuales.

Si aprender es comprender y comprender es condición para sobrevivir en un mundo caótico y acelerado hasta el vértigo, hay que transmitir competencias que permitan a los más jóvenes ordenar, relacionar y constituir una visión íntegra de las cosas; hay que enseñarles a dialogar y compartir mundos; hay que provocarles y darles la oportunidad de pararse a reflexionar; hay que animarles a reconocer valores que den verdadero sentido a sus vidas y les permitan salir de esa indolencia en la que, en el fondo, nadie quiere estar. Si hacemos de los chicos unos buenos arquitectos cognitivos, unos motivados exploradores del desorden y unos críticos descubridores de mitos e imposturas, lo demás vendrá de suyo: la tecnología será una herramienta en vez de un refugio o un subterfugio, y los contenidos o mundos se acumularán tan organizada y vívidamente en su memoria que no querrán delegar en ninguna máquina el divino placer de comprenderlos. 

viernes, 11 de septiembre de 2026

Europa: última llamada

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura y La Nueva España

Leía opinar a un guardia civil de Ceuta sobre lo loco e inútil de su tarea: pelearse con los migrantes para evitar su entrada ilegal, y atenderlos y cuidarlos una vez dentro. ¡Ay que joderse!, parecía insinuar el guardia. Pero no, no hay que joderse: hay que alegrarse. Alegrarse por guardar la linde que separa la ley de la barbarie; el lugar donde las personas tienen dignidad y derechos y el lugar en el que se las utiliza como carnaza.

Y así es. Europa estará en franca decadencia demográfica y económica, socialmente polarizada, políticamente desunida e intelectualmente desorientada, pero incluso así mucha gente desea venirse al único lugar del mundo donde "cualquiera" (es la palabra clave de la frase) puede aspirar a vivir con cierta dignidad. Y no andan en absoluto desencaminados: en ningún otro lugar del mundo se ha invertido tanto (ochenta años de paz y riqueza) en desarrollar sistemas redistributivos, Estados de derecho e ideas suficientes como para mantener los estándares de seguridad, bienestar, libertad y educación de que disfrutamos la mayoría (tanto, que hasta hemos podido empezar a reconocer el coste moral o ecológico de ese desarrollo)... ¿Cómo no desear, pues, ser europeo?

Ahora bien: ¿hay que poner freno a esta avalancha? ¿Se desfondará el proyecto con el peso de tanto emigrante (dejemos el de los turistas a un lado)? A primera vista, la respuesta parece afirmativa. Si queremos salvar nuestro paraíso – se nos dice – hemos de establecer sistemas de acceso más restrictivos, cuidar su ecosistema identitario, limitar algunos derechos y avanzar hacia una suerte de autarquía rodeada de alambradas y aranceles. Es, con matices, el modelo Trump. Es el que vende la ultraderecha. Y es profundamente erróneo.

Europa no puede aislarse sino al precio de acelerar su decadencia. Todo lo logrado se lo debe a unas fronteras permeables, a un afán ilimitado de conocimiento, a las libertades individuales y a una poliarquía fundada en el derecho y el comercio global de razones, intereses y productos. Negar esto es negar lo que somos gracias a los flujos energéticos, migratorios y comerciales que nos han enriquecido, al diálogo que nos ha hecho cuestionarlo todo, y a la responsabilidad política que hemos cedido a los individuos – aun arriesgándonos a que decidan eximirse de ella y entregársela a un tirano populista–.

Otra cosa es cómo gestionemos estos flujos y riesgos. Pero para hacerlo como se debe hemos de convencernos de que viajamos en el mismo barco. Si Europa no puede ser una isla, mucho menos será un archipiélago. Frente a la competencia económica de Asia, el sabotaje de las potencias antieuropeístas (coaligadas a la propia ultraderecha europea) o la fanática reacción ante la incertidumbre y el colapso informativo de buena parte de la ciudadanía, solo cabe una unión infinitamente más firme: unos Estados Unidos de Europa que respalden nuestro modelo cultural con una fuerza política coherente, operativa y firme a todos los niveles (tanto social y educativo como de seguridad y política exterior). Es la última llamada antes de retornar a un nacionalismo fascistoide capaz no solo de arruinar el paraíso europeo, sino de convertirlo (otra vez) en un campo de batalla. (Sobre esto escribimos hoy en El Periódico Extremadura; enlace en el primer comentario)

viernes, 4 de septiembre de 2026

Dar el cante y 10. Historia del flamenco (V): El nuevo flamenco: el "flamenquito" y la fusión

 

Para dar el fin de fiesta a nuestra sección flamenca veraniega (Dar el cante, en Canal Extremadura Radio) le damos un repaso teórico-práctico al flamenquito y a la fusión flamenca. Si queréis saber un poco más del fascinante mundo de la rumba, el pop aflamencado, el rock gitano o los viejos amoríos entre el flamenco, el jazz o la música tradicional latina, este es vuestro programa. Gracias a la inestimable ayuda de Las Grecas, Pericón de Cádiz, Chano Lobato, Manzanita, Ojos de Brujo, Smash, Anna Colom, Estrella Morente, Michael Nyman y Bernarda de Utrera. Nos vamos pero no nos vamos: os esperamos, a partir del 12 de septiembre, todos los sábados noche, con esta misma sección, en el programa Palos y Quejios, de Laura Zahinos, en Canal Extremadura Radio.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Los ceutíes tienen motivos de sobra para estar indignados. Pero sean cuáles sean los errores del gobierno, y digan lo que digan los demagogos de turno, el problema dista de poder resolverse a corto plazo. Falta una política migratoria coherente a nivel europeo (algo casi imposible mientras la migración siga siendo un poderoso reclamo electoral) y sobran contradicciones y sentimientos encontrados (algo inevitable sin una política firme de integración de la población migrante).

Una población migrante que es ya parte insoslayable de nuestra sociedad. Pobres la mayoría, sí, y diferentes de nosotros, desde luego (algo que agrava la situación: la natural aporofobia se contiene si hay elementos culturales en común), pero resulta que son esos «extraños» los que construyen nuestras casas, recogen nuestras cosechas, asfaltan nuestras carreteras, se desloman en los invernaderos, cuidan a nuestros padres ancianos o se aplican a la tarea de tener hijos. De todas estas «subcontratas», incluyendo la demográfica, depende completamente el futuro de nuestro país. 

Dado que aceptamos de hecho esta situación y nos beneficiamos ampliamente de ella, no hay más remedio que afrontar sus consecuencias. Y una de ellas es la cohabitación con esos inmigrantes: no podemos hacer que trabajen para nosotros y pretender que no deambulen por  las calles, vistan sus ropas o exhiban sus costumbres. Podemos – y debemos – exigirles –y exigirnos –, desde luego, unas pautas básicas de convivencia. Pero convivir con alguien no significa imponerle que sea como «nosotros» (si es que nosotros, los españoles, somos de alguna manera unitaria y determinada), ni limitarnos a exigirle el cumplimiento de unas mismas leyes. No hay convivencia donde somos todos iguales o donde solo se tiene en común el miedo a la policía.  Convivir exige compartir una buena porción de ideales, valores, proyectos y espacios colectivos, empezando por ese territorio común que es la lengua; algo que solo se logra a través de un complejo, largo y bien diseñado esfuerzo educativo.

Sé que ese trabajo se anda haciendo, a veces heroicamente, desde hace años. Durante mi etapa como asesor educativo tuve la suerte de conocer un buen número de escuelas de todo el país, pero en ninguna como en las de Ceuta y Melilla constaté de forma más clara el trabajo de los docentes para educar en la convivencia multicultural a niños (y a familias) cristianos, musulmanes, judíos o hindúes. Fuera por necesidad o virtud, todo en la mayoría de esas escuelas, desde la más simple situación de aprendizaje hasta los juegos y las actividades extraescolares, estaba diseñado en vistas a ese objetivo. Se trataba de un esfuerzo sistemático, paciente, entusiasta e inmune en lo posible a los cambalaches políticos. Gracias en gran parte a él, estas dos ciudades representan hoy un modelo extraordinariamente exitoso de convivencia intercultural. Un modelo que hay que cuidar de la imprevisión gubernamental, pero también de los que, sin proyecto alguno, no buscan más que pescar en río revuelto (por no hablar de los que pretenden resolver las cosas ondeando banderas desde la cubierta de un yate). Más que nada porque el modelo de convivencia que representan ciudades como Ceuta o Melilla es el que más pronto que tarde tendremos que aplicar en todo el país. No lo perdamos de vista. 

miércoles, 26 de agosto de 2026

Dar el cante 9. Historia del flamenco (IV): El nuevo flamenco: la renovación desde dentro

En el capítulo 9 de "Dar el cante", en Canal Extremadura Radio, tratamos del nuevo flamenco y sus periferias musicales, sociales o químicas, que a tantos nos hicieron adictos. Dividimos este "nuevo flamenco" en tres vertientes interconectadas: la de la renovación romántica del flamenco; la de la moda de la música aflamencada (el "flamenquito"); y la de la fusión profunda del flamenco con músicas hasta entonces casi impensadas. En el programa de hoy nos ocupamos de la primera de estas vertientes, es decir, de la eclosión de un flamenco desprejuiciado, rebelde, contracultural alguna vez, y profundamente creativo. Sin el flamenco hippie de Lole y Manuel, el prodigio de Camarón, la infinitud de Enrique Morente o la maravillosa recreación del cante de tantas cantaoras olvidadas que hace Carmen Linares, el flamenco sería hoy, como decía Carlos Lencero, poco más que una pieza de museo. 

martes, 25 de agosto de 2026

Dar el cante 8. Historia del flamenco (III): El mairenismo y la reinvención "burguesa" del flamenco


En el
capítulo 8 de nuestro "Dar el cante", en Canal Extremadura Radio, analizamos la reinvención (burguesa) del flamenco que emprende el mairenismo desde los años 50. Frente a la religión gitanista de Mairena, convertida en hegemónica por la concienciada y romántica burguesía patria, la vieja ópera flamenca (bastante más popular y ligada al flamenco "originario", todo hay que decirlo) se extinguirá en torno al carrusel nostálgic
o de los expositores de las gasolineras, no sin antes dar su cante del cisne en forma de colombianas (mexicano-vascas) marcheneras. Hablaremos, así, de cómo el flamenco va a adoptar desde los años 60 la pose jonda, político-social, oficialista y flamencológica con que vamos a conocerlo los que ya peinamos canas, criados en recitales en los que nadie decía ni ole y en peñas flamencas que parecían seminarios universitarios. Fue el triunfo del flamenco puro, luterano y Popular (con esa idea de lo Popular que inventa siempre la burguesía para defenderse del pueblo de verdad) del que hace ya tiempo que, al fin, nos estamos quitando (aún metiéndonos de vez en cuando)...  Todo ello, por cierto, con la inestimable ayuda de El Pele, Enrique Morente, Tío Borrico, Manuel Gerena, Emilio el Moro, Miguel Poveda, Porrina de Badajoz o las inefables Fernanda y Bernarda de Utrera. 

lunes, 17 de agosto de 2026

Dar el cante 7. Historia del flamenco (II): Del gramófono a la ópera flamenca

Seguimos dando el cante en la sección veraniega de flamenco de Canal Extremadura Radio (todos los martes del verano a partir de las 11). Hoy pasamos de la época de los cafés cantantes a la de los nuevos medios de comunicación. El gramófono, la radio y el cine van a ser nuevos canales de difusión, pero también de reconfiguración del arte flamenco. A la vez, se mantiene el flamenco más teatral y tonadillero de la llamada ópera flamenca y las grandes compañías de baile llevan el flamenco a Japón y a Hollywood, convirtiéndolo definitivamente en un fenómeno universal. Hablando de fenómenos no os perdáis los jaleos de El Mochuelo, los tangos y las alegrías de la Niña de los Peines al alimón con el Sexteto de Paco de Lucía y Estrella Morente, la milonga de Iván Chaskio (ganador del XIV Premio de Cante de Llerena), la voz de El Cartero de Osaka en el último gran tablao de Tokio y a la salvaje Carmen Amaya en una prestigiosa película de Rovira Beleta, entre otros...


Miedo al esclavo joven

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura y La Nueva España.


A qué mentir. Todos, hasta los más rojos o santos, hemos sentido miedo contemplando la avalancha de inmigrantes en Ceuta. La escena recordaba las series o novelas (o relatos políticos, ¿qué más da?) sobre el colapso civilizatorio, la caída del imperio y la llegada de los nuevos bárbaros, el asalto de esos miles de millones de zombis desarrapados que acampan tras nuestras murallas de alambre. Nos hacemos los longuis o los nazis, pero es purito miedo, porque sabemos que ellos están ahí, invisibles, como un oscuro clamor sordo, como un enjambre de parias que fuera a tomar mañana conciencia de su verdadero poder destructor.  

Porque lo que nos da miedo no es la cantidad de personas que llegan de golpe a una de nuestras ciudades (cualquier pueblo costero es invadido cada viernes por avalanchas mucho mayores de turistas); ni que la cultura que traigan sea tan diferente (la historia ha sido siempre un continuo amancebamiento entre culturas); lo que de verdad nos acojona es que sean pobres. Que sean pobres y jóvenes: eso sí que nos da miedo. 

Porque no es solo el esclavo el que teme al amo. Los esclavos, los pobres, nos dan también mucho miedo («aporofobia» lo ha bautizado la filósofa Adela Cortina). Nos dan miedo porque sabemos que tenemos todo lo que a ellos les falta, y porque, diga lo que diga la ley, lo lógico sería que se abalanzaran para quitárnoslo o, cuando menos, para obligarnos a compartirlo. Lo sabemos porque en su caso querríamos lo mismo y porque, en el fondo, sabemos que esa desigualdad no se debe a ningún mérito o justicia, sino solo a la desgracia de nacer a uno u otro lado del muro.

Y si esos pobres son, además, jóvenes, como en la avalancha de Ceuta, el miedo se convierte ya en pánico. Los esclavos jóvenes tienen una energía que nos pone nerviosos, una viveza que nos irrita, y una loca esperanza que nos llena de pavor. Da igual cuanto les castiguemos o entretengamos. El deseo de subírsenos a las barbas y arrancarnos un trozo de futuro es tan invencible como las mareas en las que viajan sus cadáveres. Y nos aterroriza pensar que tal vez un día no podamos frenarlos o aplastarlos y vengan, no ya por nosotros, sino por lo que creemos que es nuestro. Y si no fuéramos tan profundamente egoístas (tal como seguramente serían ellos en nuestro caso) deberíamos agradecerles que ese día nos liberasen al fin de este miedo congénito y terrible a reconocer que no nos merecemos tener lo que, sin merecerlo en absoluto, tanto les falta a ellos.

Dar el cante 6. Historia del flamenco (I): De Silverio a la decadencia de los cafés cantantes

 

Seguimos con la sección de flamenco en Canal Extremadura Radio, todos los martes del verano a partir de las 11. Hoy, ahondamos en los comienzos de la saga, contamos obra y milagros de ese conde de Montecristo flamenco que fue Silverio Franconetti, además de darle un repaso al antiflamenquismo de parte de la intelectualidad patria, y a la vieja, torpe y falsa rivalidad entre cante payo y cante gitano. ¿O es que no saben que Don Antonio Chacón le daba a la coca igual (quizás no tanto) que el Torta a la heroína? No perderos los fandangos que dedica a los jueces el bueno del Agujetas. 

jueves, 30 de julio de 2026

Garrulismo «libertario»

 

Este artículo fue originalmente publicado en El Periódico Extremadura y La Nueva España


Hay una plaga endémica de garrulismo libertario. Una tendencia imparable a mostrarse como un necio desconsiderado en nombre de un supuesto derecho natural a hacer lo que nos venga en gana. Es como una exacerbación del proverbial individualismo hispánico alimentado por la ola ultraliberal y trumpista que recorre el mundo y enraizado en un antiquísimo desprecio por el comportamiento cívico y el análisis intelectual. 

Este libertarismo garrulo se expresa de muy diversos modos. El más evidente es el de la falta de educación. Ser maleducado está de moda. Hasta el punto de que te entran ganas de no salir de casa. Conductores circulando como si la carretera fuera suya; gente tirando basura y colillas por donde va (miren como están las cunetas y no precisamente de maleza); tipos fumando sin la más mínima consideración; motoristas poniéndote al límite del infarto con el ruido de sus escapes; perros sueltos o sin bozal; energúmenos que te obligan a escuchar sus gritos, conversaciones telefónicas o vídeos en el móvil; y personas de toda edad y condición que, de forma natural (ni siquiera intencionada), consideran el mundo como el patio de su casa y a sus congéneres como un simple medio (o estorbo) para el logro de sus fines. Es curioso que ante el más mínimo reproche, algunos de estos maleducados reaccionen no ya con violencia (que también) sino con incredulidad, como si fueran incapaces de comprender que los demás seamos algo más que extras en el decorado de su vida.

Otro ejemplo más grave y, desgraciadamente de plena actualidad, son los incendios forestales, la mayoría de ellos debidos a conductas irresponsables de sujetos que priorizan sus intereses sobre los del resto. «Háganse mis deseos, así arda el mundo», ese es su lema. De hecho, si consultan las estadísticas comprobarán que la inmensa mayoría de los incendios (incluyendo los que están devorando ahora mismo el centro del país) se deben a negligencias y prácticas ilegales por parte de individuos que van a su maldita bola. Es sorprendente por ello que algunos anden echando la culpa de estos catastróficos incendios al exceso de legislación medioambiental, cuando el problema es que algunos se pasan la ley (la misma que obliga también a limpiar oportunamente el monte) por el forro de… la capa española. ¿Se imaginan un país sin apenas educación cívica y, además, desregularizado? 

Un último ejemplo significativo de garrulismo libertario es el de la relación con la ciencia, algo en que los españoles, salvo gloriosas excepciones, nunca hemos estado muy finos. Aquí, igual que en otras cosas, el garrulo confunde la libertad con creer lo que le sale de las narices. A ver, ¿quiénes son miles de científicos de todo el mundo, algunos de los cuales llevan varios decenios estudiando el cambio climático, para explicarme a mí (¡a mí!) nada? A este garrulismo de barra de bar le auxilia hoy el magnífico servicio de desinformación a medida que es Internet, en el que uno puede encontrar la mamarrachada indocumentada que precise para, sin necesidad de abrir un solo libro, artículo o informe, sustentar la tesis que quiera. ¿Esto es libertad? ¿No será, más bien, la apariencia de libertad con que la ignorancia disfraza a la más esclava y garrula de las pasiones: la de querer ser sin saber? 

Dar el cante 5. Los palos flamencos

 

Seguimos con la sección de flamenco de El Sol sale por el Oeste, en Canal Extremadura Radio. Hoy resumimos en 30 minutos lo más esencial de los palos flamencos y sus cinco familias (tiene las mismas que la mafia de New York, ciudad flamenca donde las haya). Con la inestimable ayuda del pregón veraniego de Miriam Cantero y el cante de otros capos del flamenco: el Torta de Jerez, Edu Hidalgo, Agujetas, Paco Dávila, la Kaíta... Todos los martes de 11.10 a 11.40 dando el cante junto a Antonio León y Mané Bañegil.
Para más información sobre palos flamencos recomiendo esta magnífica web: https://www.expoflamenco.com/flamencopolis/ En la foto una instalación publicitaria de Laia Ateca

martes, 28 de julio de 2026

Lo que todo el mundo sabe

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Seamos claros. Todo el mundo sabe que en este país el nepotismo es un mal endémico, y que en todos los ámbitos, pero especialmente en la Administración, es habitual colocar o beneficiar a parientes, paisanos, compañeros de partido y amiguetes a los que se debe o de los que se espera obtener algún favor. Todos podríamos detallar veinte o treinta casos concretos. Todos sabemos también que el caso de David Sánchez es probablemente uno de ellos. Como también que si no llega ser quien es, aquí no hubiera pasado absolutamente nada. Nadie ignora tampoco que tras la condena a Sánchez (por dejarse enchufar), se va a seguir colocando y beneficiando a cuñados, conmilitones y amigos en la misma y exacta proporción que antes, porque en esto solo se denuncia a quien políticamente interesa, se sale del tiesto o se pasa de listo.

Todo el mundo sospecha también (aunque no lo diga) que la inclasificable instrucción a Begoña Gómez no tiene más objeto que el de procesar a la mujer del presidente del gobierno, y que por los mismos difusos indicios por los que está imputada desde hace más de dos años se podría igualmente imputar y procesar al cónyuge de casi cualquier otro alto cargo político. Se puede matizar o discutir tal o cual cosa, se puede uno alegrar o no, pero dudo que haya alguien mínimamente informado que no tenga esta sospecha en la cabeza.

Y del mismo modo, y sea cual sea la tendencia política de cada uno, todos sabemos que los partidos que se han ido alternando en el gobierno poseen un grado parejo de corrupción (ni mucho ni poco, sino más o menos el mismo que el de la sociedad a la que representan). ¿Hace falta dar nombres? (Ábalos, Koldo, Bárcenas, Zaplana, Matas, Rato…). También sabemos perfectamente que tales partidos son estructuras dirigidas básicamente a mantener u obtener el poder, y que el porcentaje de energía que invierten en pensar, dialogar y gestionar recursos para resolver los problemas de la ciudadanía es mínimo (no hay más que ver sus estrategias de confrontación, ceñidas al descrédito del oponente – la falacia «ad hominem» –, en lugar de a la evaluación y discusión de iniciativas).

Ahora bien: saber todo esto implica también una gran responsabilidad. En una democracia no hay reyes o tutores conduciendo a sus pupilos o súbditos, y ni los jueces ni los políticos deben ser modelos o héroes morales, sino simples servidores o gestores de la moralidad consensuada por los ciudadanos. Por ello, salir de este marasmo es responsabilidad nuestra, de los titulares de la soberanía. Si no queremos enchufismo endémico, activismo jurídico, corrupción política o partitocracia estéril, hemos de hacer algo más que votar y participar de la ceremonia enajenante de la polarización. Hay que exigir y proponer medidas (inflexibilidad frente al nepotismo, cambios en el acceso a la judicatura, reformas obligatorias en la estructura de los partidos, instituciones legislativas directamente controladas por la ciudadanía …). En otro caso no quedara otra que confirmar lo igualmente sabido por todos: que, políticamente hablando, no tenemos más que lo que nos merecemos.

miércoles, 22 de julio de 2026

Dar el cante 4. ¿Qué es y qué no es flamenco?

 ¿Qué es y que no es flamenco? En esta nueva entrega de la sección flamenca de El Sol sale por el Oeste, de Canal Extremadura Radio, presentamos 8 criterios 8 para medirle los niveles de flamencura a todo lo que se precie. Con la inestimable ayuda del Niño de Elche, Enrique Morente, Juan Moneo, Tia Anica la Piriñaca y muchos más. Todos los martes de 11.10 a 11.40 dando el cante junto a Antonio León y Mané Bañegil. En portada el bailaor Vicente Escudero. 

viernes, 17 de julio de 2026

Dejad a las cabras en paz

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Todos los años por estas fechas (aunque cada vez más pronto) toca decir lo mismo: los incendios forestales no se producen porque el campo esté despoblado y haya un exceso de leyes medioambientales. Hace cuarenta años el campo estaba poblado, apenas había leyes medioambientales y se quemaban el doble de hectáreas que ahora. Normal: dado que la inmensa mayoría de los incendios forestales (busquen estadísticas oficiales) son provocados por quemas agrícolas, prácticas ganaderas, uso de maquinaria eléctrica, descuidos, vandalismo y otras acciones humanas, a más gente y menos leyes, más incendios. Es de cajón.

¿Es esto una apología de la despoblación? En absoluto. Es una apología de la ley. Es maravilloso que pueblos y campos estén poblados, siempre que a la vez existan procedimientos estrictos de control, gestión y protección forestal y, todavía más importante: que la gente los cumpla. Cuando algunos insensatos – de derechas o de izquierdas – afirman que el problema de los incendios es que no se permite hacer a los paisanos lo que han hecho toda la vida con el fuego (entre otra cosas – habría que añadir – quemar de vez en cuando el monte) están incitando de manera irresponsable a dejar de cumplir las leyes o, como decía hace poco un conocido diputado de Vox (el partido de la desregulación), a «cumplirlas al mínimo». Nadie niega que la gente de campo sepa de campo, pero eso no quiere decir que no puedan priorizar sus intereses particulares sobre el interés de todos. Justo para evitarlo es para lo que existen las leyes.

Y sí, es cierto que ahora hay más bosques con que cebar los incendios, y que esto es debido, en parte, al abandono de la ganadería y la agricultura tradicional (también a que ya no se utiliza la madera para todo, cosa que antaño mantenía pelados a los montes). Pero ese abandono no se debe a las políticas ambientalistas que «no dejan hacer nada», como repiten algunos, sino a que la agricultura mecanizada y la ganadería intensiva – que apenas generan empleo – son mucho más rentables que la agricultura y la ganadería tradicional; de hecho, estas se mantienen hoy (a duras penas) gracias a las políticas proteccionistas y las subvenciones orientadas a objetivos como los de la Agenda 2030 (incongruentemente satanizada, a veces, por los mismos a los que protege).   

Así que dejen a las cabras en paz. El monte no se quema porque haya – como es natural que haya – matorrales o sotobosque (¿cuántos cientos de millones de cabras y miles de cabreros harían falta para convertir las sierras en una dehesa labrada o – ya puestos – en un desierto?). Los montes se queman porque faltan la educación cívica y la energía política para cumplir y hacer cumplir a rajatabla las leyes que obligan a respetar el patrimonio natural (recuérdese que más de dos tercios de los terrenos forestales son de titularidad privada), realizar tareas preventivas, dotar adecuadamente a los servicios públicos de prevención y extinción, y castigar con severidad a los delincuentes (sabios paisanos o no) que juegan indebidamente con fuego en un contexto cada vez más peligroso de cambio climático – ya saben: esa mandanga progre y «ecofanática» sostenida por el 99% de los climatólogos del mundo –.

martes, 14 de julio de 2026

Dar el cante 3. Los orígenes del flamenco (2ª parte).

 

Del romance de la monja al gaditano barrio de Santa María. Segunda y última parte del speech sobre la cocina originaria del flamenco en El Sol sale por el Oeste, de Canal Extremadura Radio. Con las historias de Puerto Hurraco, el español que hacía experimentos de física, la petenera huasteca, los bailes de candil, el golpe de estado de Lola Montez y el cómo los españoles nos hicimos muy flamencos y mucho flamencos gracias a Napoleón y otros guiris del montón.  

lunes, 13 de julio de 2026

La prioridad del miedo

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura.


Acojona ver la foto de una chica afroamericana rodeada de encapuchados supremacistas en el metro de Washington. Ocurrió hace unos días, durante las ceremonias con aroma a congreso de Núremberg con que Trump se ha celebrado a si mismo confundiéndose con la nación que preside. La milicia de encapuchados de la foto (el «Patriot Front») tiene el nombre, la pinta (virilidad, fiereza, determinación) y las mismas ideas (orden, pureza, tradición, prioridad nacional) que las de por aquí. Dan miedo y de eso se trata. Al día siguiente, esa especie de nuevo «duce» histriónico que es Trump llamó por teléfono al lacayo que dirige la FIFA para que le retirase una tarjeta roja a la estrella de su selección de fútbol, orden que el lacayo obedeció de inmediato.  

La libertad con que las nuevas generaciones del Ku Klux Klan desfilan por Washington o la desvergüenza con que Trump exhibe públicamente su poder no son ninguna bagatela. Cuando el miedo y la coacción se trasladan desde la tramoya a la escena misma de la representación política es porque han adquirido un valor simbólico y una función social incontestables, de manera que lo que antes ocurría en los márgenes de la ley y la moral comienza a normalizarse ahora en las calles, en los medios, en las escuelas, en las relaciones internacionales, laborales, familiares o afectivas… Es el triunfo de la política del miedo, probablemente acatada – dirán algunos – por miedo a algo peor. ¿Pero qué puede haber peor?

En nuestro país, los partidos mayoritarios han dado prioridad a esta política desde hace años. Dada la ausencia de una verdadera controversia ideológica (o dada su ineficacia en el competitivo orbe mediático), la estrategia ha consistido básicamente en meter miedo (o en multiplicar y canalizar el que ya hay). Miedo a la inestabilidad política, a la ruptura del país, a la resurrección del terrorismo, a la ocupación de nuestras casas, a la tiranía «woke», al comunismo tiránico, al fascismo redivivo, a la invasión inmigrante… 

Fíjense que el recurso al miedo es mucho más efectivo que el de los escándalos de corrupción (la otra pista del circo). El teatrillo de la indignación moral por la corrupción ajena solo arranca aplausos entre los fieles (¿Quién está aquí libre de pecado?), pero el miedo se lleva de calle al electorado más esquivo. La táctica de esparcir podredumbre solo te hace mirar a otro lado (al de la paja ajena), pero la de provocar miedo te deja ciego y necesitado de guía. 

Piensen, por ejemplo, en el miedo a los inmigrantes. La inmensa mayoría trabaja y cotiza igual o más que nosotros. La inmensa mayoría son latinos, tan "culturalmente" españoles o más que nosotros. La inmensa mayoría son más jóvenes y necesitan menos cuidados y servicios que nosotros. Y la inmensa mayoría – como es lógico – aspira a regularizar su situación y tener los mismos derechos que nosotros. ¿A que tenemos miedo, entonces? ¿A qué saturen los servicios sociales que ellos mismos sostienen? ¿A que nos dejen sin las viviendas que ellos mismos construyen?... ¿No sería más sensato dejar de votar a los partidos a los que los servicios sociales o la vivienda pública les traen al pairo? ¿Ven lo que les decía de la ceguera? Pues así todo. 

jueves, 9 de julio de 2026

Dar el cante 2. Los orígenes

 Seguimos dando el cante con la sección de flamenco en El Sol sale por el Oeste de Canal Extremadura Radio (todos los martes de 11.10  a 11.35). Esta semana nos hemos atrevido (ojú) a hablar de los orígenes del flamenco. Romances, moriscos, gitanos, seguidillas, fandangos indianos, guarachas... conforman desde el principio esa mezcla de mezclas que es el flamenco. Todo esto, acompañado del arte de Fernando de la Morena, el Chozas, Camarón, la Niña de la Puebla o Pepe el de la Matrona (entre otros), podéis escucharlo a través de este enlace.

martes, 7 de julio de 2026

«Españolización» climática

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Por si no lo saben, Europa acaba de sufrir una nueva ola de calor extremo con temperaturas jamás registradas en esta época del año. Una semana a cuarenta grados en países poco o nada acostumbrados al calor, como Alemania, Dinamarca o Polonia, ha obligado a regular horarios laborales, a suspender clases y a cerrar carreteras y líneas férreas. En buena parte de estos países los hospitales han colapsado durante varios días y la cifra de fallecidos – casi todos ancianos – supera con creces el millar.

Todo esto no representa, por lo demás, un episodio aislado. Europa es el continente que más rápido se calienta de todo el planeta, con un aumento térmico que duplica la media mundial y que, según la Organización Mundial de la Salud, ha matado a más de doscientas mil personas en los últimos cuatro años. Para colmo de males en ella proliferan partidos populistas que, como VOX, tachan de «fanatismo climático» las advertencias de la ONU y de miles de científicos con respecto al cambio climático, disparate que viene de perlas a las petroleras y que bloquea la acción política para frenar el desastre. Esta la cosa que arde…

Hasta el punto de que si los europeos quieren sobrevivir al calor van a tener que «españolizarse» – como quería Unamuno – a toda prisa y comenzando por los horarios, las siestas, las cenas y las persianas en las ventanas. El ministro francés de Trabajo ya ha anunciado un viaje de estudios (no es broma) para aprender el «spanish summer way of life»: ya saben, lo de trajinar por las mañanas, encerrarse durante el día y salir por las noches, a la fresca, a hacer vida social. Los bocazas que nos tildan de perezosos y vividores entenderán el porqué de la jornada continuada, las vacaciones escolares de dos meses (en otros países las tienen más largas, pero repartidas durante el curso) o el «cierre» administrativo del país durante la canícula. ¿Aprenderán también a tomarse las cosas con parsimonia cuando cae el sol a plomo, a beber gazpacho, a hacerse casas con patio, a quedarse hasta las tantas charlando en el velador o en la puerta de la calle mientras suena la tele y los niños zascandilean como murciélagos?…  

Quizás, pero con esto solo no basta. Para contener la crisis climática es preciso insistir en la reducción global de emisiones, la reforestación, la protección de los ecosistemas, la producción y el consumo sostenibles y, sobre todo, en una persistente educación ética en valores ecosociales; educación sin la que acabaremos sucumbiendo a la delirante ilusión de que aquí no pasa nada, de que no hay cambio climático que valga, y de que si lo hay ya emigraremos a Marte, excavaremos ciudades bajo tierra o le compraremos – a precio de oro – un trocito de Groenlandia a la familia Trump. Un delirio que – junto a nuestras pensiones – acabaran pagando los más jóvenes. Tal vez las próximas olas de calor les ahorren, al menos, uno de estos problemas. 

viernes, 3 de julio de 2026

Dar el cante 1. Flamenco y mestizaje

Hemos comenzado esta semana una sección sobre flamenco en las mañanas de El Sol sale por el Oeste, en Canal Extremadura Radio. Será todos los martes del verano de 11.10 a 11.35. Os dejo en este enlace el primero de los programas, dedicado a la historia mestiza del flamenco y en la que podéis escuchar curiosidades impagables, como una grabación histórica de Sabicas y el músico de rock Joe Beck o unos preciosos tangos amoriscados de Carmen Linares. Espero que os guste y os abonéis. 


viernes, 26 de junio de 2026

Volver a lo primario

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

En tiempos de incertidumbre y vacío los humanos nos agarramos siempre al clavo de lo más primario. Es vieja ley de vida. Guerreros hay como castillos que en las fatigas de la muerte llaman con desconsuelo a la madre. Cuando la pena nos puede solemos buscar refugio en afectos antiguos, en los rincones de la memoria, en el placer orgánico del sueño... Frente al desconcierto reinante, tanto el populismo de derechas como la izquierda fetén nos venden también esta vuelta a la primario. Unos, la defensa fiera del terruño, la familia, la tribu, la patria, la tradición milenaria, el Dios primero; otros, el más amable retorno a la naturaleza, el aliento fraterno del pueblo, la pureza indígena, la vida austera y sencilla, la reivindicación del cuerpo …

Suena estrambótico, pero no sé si todo esto tiene algo que ver con la proliferación de animales domésticos. Dice la prensa que hay más mascotas en los hogares extremeños (unas 420.000) que habitantes en la provincia de Cáceres, y más, muchísimas más que niños y niñas censados en la región. ¿Será que criar perros, gatos y otras adorables criaturas es un proyecto familiar mucho más simple y natural que convivir con personas humanas (no son excluyentes, ya lo sé, pero el dato es que cada vez hay más gente sola viviendo con animales)? Tal vez la comunicación no sea especialmente rica en esta vuelta de cara a lo animal, pero tal vez sea más satisfactoriamente unidireccional; al fin, el perro siempre te da la razón, y su apoyo es tan incondicional como el de una madre ...

Alguien podría objetar que esta afición por cultivar el vínculo con los animales no casa con el castizo apoyo a la tauromaquia o la caza que mantiene una amplia porción de ciudadanos. Pero para mí que todo cuadra. Desde la perspectiva paleo tribal del populismo conservador, perros y gatos siempre han sido fieles servidores del hombre, el toro una bestia a sacrificar, y las alimañas del campo una diana sobre la que demostrar las capacidades neandertales del intrépido cazador que, según dicen, primariamente somos. Caza, sacrificio de bestias, retorno a la familia (aunque consista en criar cachorros) … Todo esto (que me perdone Robe Iniesta) significa hoy «volver a lo primario». Como también la persecución de «brujas feministas», lo conversión de los inmigrantes en chivos expiatorios o el rechazo a la cooperación internacional – ¿¡qué mayor solidaridad que la que tengo con mi tribu… o mi perro!? –.

Creo, incluso, que este somero análisis sobra. El anti-intelectualismo es otra condición de la vuelta a la inocencia primera. Pensar poco es el camino de retorno al paraíso (perdido, ya saben, por la sed de saber que inoculó la serpiente en esos benditos indígenas que eran Adán y Eva). Para ser buenos, justos y felices no hace falta darle a la cabeza, sino solo tener buen corazón, una firme voluntad y una fe ciega en lo que nos ha sido revelado por Dios, la Historia o sus respectivos profetas. «Ora et labora (et spectare "fútbol")». No hay más. Así que ya saben: vivan los ladridos, los tiros, los toros y la Pachamama que nos parió…

domingo, 21 de junio de 2026

Imaginarios de lo monstruoso. Política y poética del miedo

Hace unos meses, publicamos en la revista Paradoxa este artículo, en el que intentamos exponer tres ideas fundamentales. La primera es que el miedo es un elemento consustancial al poder político en todas sus formas. La segunda idea es que el miedo, para ser políticamente efectivo, ha de instrumentalizarse a través de un imaginario simbólico y un dispositivo teatral en los que resulta esencial la figura del monstruo, entendida como categoría estética en que se aúnan lo liminal, lo aleatorio, lo extraño y lo metamórfico. La tercera idea es que esta figuración política de lo monstruoso sirve, en la multiplicidad de sus expresiones, tanto para marcar los límites del orden como para regenerar la conformidad con el mismo a través de la experiencia ritual y temporal del desorden. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

viernes, 19 de junio de 2026

Educación e Inteligencia Artificial: debate con Carlos Magro y Guillermo Gevarsini


Aquí tenéis el creo que interesante debate sobre educación e IA que celebramos hace unos meses en la Fundación Uña, con Carlos Magro y Guillermo Gevarsini, invitados y moderados por Fátima Murciano. 




jueves, 18 de junio de 2026

¿Pero qué quieren los docentes, con lo bien que viven?

 


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Los maestros y profesores llevan más de un mes de huelga indefinida o intermitente en Valencia y Cataluña, en Madrid amenazan con retomarlas tras el verano y en Extremadura ya veremos. Y aunque las protestas están siendo bien acogidas en general por la ciudadanía, se repiten los argumentos dirigidos a desacreditarlas. Analicemos los más comunes.

Uno muy llamativo, referido a nuestra tierra, es el que aduce que aunque los docentes extremeños cobran menos, viven en una región donde todo es más barato, así que, ¿para qué quieren más? Insólito razonamiento que, de llevarse a la práctica, obligaría a congelarle el sueldo a todo aquel – profesor, médico, policía, bombero… – que cumpliera con sus obligaciones en zonas de renta más baja. Como si el reto profesional de educar o curar enfermos en una región pobre fuera una bicoca, y lo que se ahorrara en vivienda no se gastara en compensar la falta de transportes, servicios médicos o universidades de prestigio. ¡Lástima no se hayan dado cuenta de esta «oportunidad» todos los funcionarios o empresarios que huyen despavoridos de la España vaciada!

Otro argumento trata de las ratios. Aunque solo sea por la bajada de la natalidad, ya hay menos niños por aula – se dice – que hace cuarenta años, así que ¿para qué reclamar mejores ratios? Este razonamiento parece sensato, pero no casa con la realidad educativa. Educar de manera integral e individualizada a una población escolar tan diversa y – social, psicológica y culturalmente – compleja como la de hoy es casi imposible aun en aulas con 25 o 30 alumnos. Las clases de la ESO no tienen nada que ver con las del viejo Bachillerato, cuando los grupos eran mucho más homogéneos y podías expulsar tranquilamente a quien molestaba o suspender sin más protocolo al que no mostraba interés. Atender ahora a seis o siete grupos, haciendo a la vez de profesor, psicopedagogo, asistente social, enfermero, orientador, educador cívico y vigilante de cada niño y niña, resulta inviable. Los profesores no demandan ratios más bajas para trabajar menos, sino sencillamente… ¡para poder trabajar!

Un tercer tópico es el que acusa a los profesores de pedir una reducción de jornada, cuando lo que en todo caso piden es una reducción de horas lectivas. El matiz es importante, porque todavía hay gente que cree que el trabajo de un profesor se reduce a sus horas de clase – algo tan ridículo como creer que el trabajo de un futbolista se reduce al partido del domingo –. Todos los docentes que yo conozco trabajan por las tardes, los fines de semana y, a menudo, durante las vacaciones escolares. No hay otro momento para preparar clases, evaluar, confeccionar material didáctico, actualizar conocimientos y ampliar la formación pedagógica (a los docentes de secundaria nadie nos paga semestres de investigación).

No dudo de que, como en cualquier reivindicación laboral, en la de los profes haya intereses corporativos, pero tampoco de que la inmensa mayoría de esos docentes está peleando para que educar a niños y adolescentes no sea una gesta heroica ni un simulacro administrativo, sino una tarea asumible, dotada con los medios necesarios y suficientemente reconocida. Tal vez así no haya que cazar a lazo a los que han de darnos el relevo.

 

jueves, 11 de junio de 2026

El papa, los modernos y la izquierda

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


No sé si los diputados y diputadas que escucharon el magnífico discurso del papa en el Congreso se enteraron de gran cosa. Su tono y el modo de exposición – reposado, sistemático, argumentado – hacían presagiar lo peor entre gente acostumbrada a los gritos, la invectiva falaz y la demagogia populista. Y sin embargo algo trascendente debieron intuir sus señorías, pues casi todos parecían atentos y, salvo algún obispo, nadie se quedó dormido en el hemiciclo – es posible, incluso, que alguno despertara en algún estrato desconocido de lucidez –.

Y eso que el discurso, para ser protocolario, no fue fácil. Amén del obligado popurrí de temas de actualidad (la paz, la inteligencia artificial, la crisis climática, la inmigración…), el papa profundizó en el asunto de los asuntos: el del fundamento mismo de la política. Y lo hizo acudiendo a la que acaso sea la mayor contribución de nuestro país a la historia del pensamiento: la obra de los teólogos y filósofos de la Escuela de Salamanca.

En los tratados de Francisco Suarez o Francisco de Vitoria no solo se desarrollan conceptos clave de la filosofía política posterior (como el de «contrato social» o el del «derecho de rebelión») sino que, refundiendo el ecumenismo cristiano con el pensamiento griego, se sientan de modo riguroso las bases doctrinales del derecho internacional. Los filósofos de Salamanca representan lo más luminoso de una modernidad católica enraizada en el humanismo renacentista y en la unión armónica no solo de la fe y la razón, sino de la razón y los valores que sustentan la convivencia política; de ahí las referencias de León XIV a la dignidad y perfección humana en sentido clásico, a la educación crítica o al uso dialógico de la palabra pública como condiciones sustantivas de la libertad y la democracia.

Es un poco tramposo pero tentador contraponer la figura de León XIV, adalid quijotesco de esa modernidad católico-platónica que no pudo ser, con la de los telepredicadores evangelistas, símbolo mediático de la modernidad triunfante: aquella en la que, fruto de la escisión entre razón y fe, filosofía y ciencia, o valores y procedimientos jurídico-políticos, proliferaron el fideísmo fanático, el voluntarismo anti-intelectualista, el cientifismo tecnocrático, la demagogia populista y el realismo político (lo podemos ver encarnado de forma extrema en esa especie de telepredicador político que es Donald Trump).

De forma incomprensible, entre la modernidad católica y la protestante la izquierda ha apostado casi siempre por una versión «ilustrada» – materialista, procedimentalista y presuntamente no trascendente – de esta última, no quedándose con más opción para fundar su concepción de la dignidad y la libertad humanas que la sacralización romántica de entidades abstractas (el Pueblo, la Historia, la Naturaleza, la Vida…), o incurriendo en posiciones tan estrafalariamente incoherentes como la de Ione Belarra al justificar la ausencia de Podemos durante el discurso papal: «han convertido el templo de la democracia en una iglesia»…

Si lo que necesita, en fin, la derecha es una transfusión urgente de moralidad («una cosa es la política de los discursos y otra la política práctica», confesaba con cinismo Abascal tras aplaudir ardorosamente al papa), lo que necesitan las formaciones de izquierda son lógicos. Y a ser posible aristotélicos. ¡Lo que hubieran aprendido con el discurso de León XIV!

miércoles, 3 de junio de 2026

Violencia sin complejos

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Quiero recordar que durante un breve periodo histórico la violencia llego a convertirse en Occidente en una especie de tabú. No es que no existiera – estábamos en plena guerra fría –, sino que estaba mal vista. Era paradójico, pero bajo la sombra apocalíptica de los misiles nucleares se desarrollaron como nunca las instituciones mundiales, el derecho internacional, la alternancia civilizada entre socialdemócratas y liberales, la universalización de los derechos civiles (¡había que subrayar la diferencia con el enemigo soviético!), el pacifismo, las nuevas maneras en la pedagogía, la libertad sexual … Era la época en que la violencia se censuraba públicamente (aunque no siempre en el ámbito privado), en que se dejó de golpear a los niños en las escuelas, en que los «bobbies» ingleses se paseaban (creo que milagrosamente aún lo hacen) desarmados por las calles de Londres, en que los grandes partidos de fútbol se controlaban con unos cientos de policías (en la última final en París se desplegaron inútilmente más de treinta mil), y en la que se podía dormir en cualquier calle o estación de ferrocarril europea – yo lo he hecho cuando era un joven mochilero – con una completa sensación de seguridad…

Muchos, educados durante esa época excepcional, aún nos escandalizamos cuando un policía tira brutalmente al suelo a una maestra que se manifiesta pacíficamente, como ha ocurrido estos días en Valencia. ¿Pero cuánto más vamos a resistir? Las actitudes violentas están cada vez más extendidas y normalizadas. Lo podemos ver en el comportamiento de algunos líderes occidentales, en sus insultos y amenazas públicas, en su uso unilateral de la fuerza, en el genocidio de la población civil, en la práctica sin disimulos del crimen de Estado, o en la promoción de cuerpos parapoliciales – como el ICE en EE. UU – capaces de asesinar en mitad de la calle a personas desarmadas… Pero también lo notamos en nuestro modo de hablar y comunicarnos (especialmente en Internet), en la sustitución del diálogo por el espectáculo del combate retórico, en el «scroll» infinito de imágenes violentas en los móviles adolescentes, en la polarización y el odio visceral al oponente político, en la violencia contra las mujeres o en la exhibición de chulería e incivismo de hordas movidas por emociones identitarias, o por una especie de «neocasticismo anti-woke» que parece legitimarlos para atacar a inmigrantes, homosexuales, mujeres poco sumisas o ancianos desahuciables (que nos hayamos acostumbrado a ver a empresas de matones «desocupas» deambulando por los barrios y acosando a la gente es todo un síntoma de lo que digo) … No olvidemos lo espantosamente rápido y banal que puede ser el paso del tabú a la vulgarización de la violencia, del pedir a alguien que se aparte a empujarlo contra el suelo, del dar los buenos días al vecino que piensa distinto a pegarle un tiro en la nuca… A muy poco que le echemos un ojo a nuestra historia reciente deberíamos estar más que avisados sobre todo esto.

Por ello, no solo hay que volver a censurar todo ejercicio de violencia física, pública o privada, sino formar a los únicos a los que hemos concedido la potestad de usarla, esto es, a los profesionales de los cuerpos de seguridad del Estado, para que la empleen de modo exquisitamente escrupuloso; formación que compete, y mucho, a la educación pública que defendía la maestra estrellada contra el suelo por un agente que, obviamente, no estaba preparado para desempeñar su función.

sábado, 30 de mayo de 2026

¿Quién quiere ser docente?

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


De vez en cuando me acuerdo de ese excelente malvado que era Walter White, el protagonista de la inolvidable “Breaking Bad”. Para quien no haya visto la serie, White es un profesor de química en un instituto público norteamericano que, para completar su escaso sueldo, trabaja lavando coches (algo perfectamente creíble en los EE. UU), hasta que, harto de fregar y bregar con adolescentes, y aquejado de una enfermedad grave y costosa de tratar (los USA no es tampoco un país para enfermos), decide convertirse en un exitoso productor de drogas sintéticas. Al fin – moraleja cínica, pero no del todo inconsecuente –¿quién va a querer ser un insignificante y pluriempleado profesor de secundaria pudiendo ser un rico y poderoso empresario, aunque sea en el negocio de las drogas? La cultura – como repetía Bart Simpson – es para fracasados...

Pienso en esto mientras veo en la tele a los docentes valencianos comenzar su tercera semana de huelga (la primera así en cuarenta años y por la que han renunciado ya, en solidaridad con los huelguistas, más de 250 equipos directivos), o a los catalanes, los aragoneses, las profesionales de Educación Infantil de toda España, los extremeños del CEIP Cerro Gordo… Todos ellos clamando no ya por un salario que no sea de risa (como los de las educadoras infantiles), o que no se devalue año tras año, sino por los recursos y medidas imprescindibles para poder trabajar en aulas mucho más complejas que las de hace medio siglo; aulas repletas de alumnos psicológica, cultural y socialmente diversos y con todo tipo de necesidades específicas; alumnos ante los que la mayoría de los profesores carece de la preparación, el tiempo y los medios requeridos para atenderlos; y alumnos – muchos – para los que, pese a todo, la escuela constituye casi el único lugar donde encontrar un último marco estable de sociabilidad, formación y afecto. 

Sobra decir que ha sido el esfuerzo vocacional de los docentes el que, hasta ahora, ha actuado como dique de contención de todos estos problemas y necesidades. Hasta que la suma incontable de tareas a asumir (experto en tal o cual área, pedagogo, terapeuta, asistente social, psicólogo-orientador, mediador familiar, tecnólogo, vigilante jurado, hablante bilingüe…), la carga burocrática con que se disimula la imposible atención real al alumnado, el trato con menores conflictivos con los que nadie sabe qué hacer, el desprestigio social de la profesión, o la complejidad actual de la tarea educativa (falta de códigos y referentes comunes, multiplicación de la diversidad, retos tecnológicos…), más la falta de recursos, las ratios y otros tantos factores (el asarse a casi 30 grados junto a 25 niños – como hoy – no es el menor), han incrementado la proporción de profesores quemados y han hecho de la profesión algo cada vez menos deseable.

Así estamos. La escuela se encamina a no ser más que un reflejo de la sociedad que andamos generando – cada vez más desigual, polarizada, carente de lazos comunitarios y de valores compartidos – , fiel al modelo social ultraliberal y meritocrático que retratan las series americanas. Un modelo en el que la educación pública es un gueto para clases medias empobrecidas del que nadie quiere ocuparse, y en el que la educación privada – parcialmente financiada en nuestro país con los fondos públicos que no llegan a la pública – se instituye como la vía natural para la perpetuación del poder y el “mérito” de las élites. Y al que no le parezca justo, o no quiera hacer huelga (nos diría un cínico liberal) que tenga los genitales emprendedores que hay que tener y haga lo mismo… que Walter White.

 

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