Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Jamás pude memorizar nada que no pudiera
comprender, es decir, encajar en ese mapamundi incompleto que era y es mi
visión del mundo. Cuando me hacían estudiar algo era incapaz de hacerlo – no me
enteraba de nada – si no lo interpretaba hasta encajarlo, como en un puzle, en
mi particular maremágnum mental. Era lógico. Estaba (estoy) siempre tan
confundido que tenía (tengo) un apetito desordenado por ordenar el mundo, por
poner cada cosa en su sitio, por reconocer, relacionar y retrotraerlo todo a
una raíz común. Hasta cuando estudié el código de circulación tuve que
inventarme una especie de alocado sistema lógico en el que todas las normas
aparecieran más o menos relacionadas mutuamente. Es esto por lo que comprendo
parte de las enormes dificultades que tienen mis alumnos. Y también por lo que
no comprendo la percepción que comúnmente se tiene de sus malos resultados
académicos.
Por mucho que me esfuerzo y leo el
informe PISA, yo no percibo estudiantes ignorantes o vagos, sino chicos y
chicas incapaces de encontrar un hilo conductor, un leve atisbo de mapa que les
permita empezar a comprender dónde están y qué deben hacer. Veo jóvenes
paralizados por una aceleración histórica a la que ni siquiera nosotros cogemos
el paso, abrumados por la suma inconexa de mundos que les echamos encima (desde
las aulas, desde las inevitables pantallas, desde el salón de casa, desde ese
yo en formación que les habla desde el fondo del tarro). Les es tan difícil
aspirar a componer su propio puzle – hay tantas piezas y opciones, y tan pocos
modelos – que no es extraño que busquen refugio en la pseudovida del
videojuego, en la retórica milagrosa de la IA o en ese remedo inverso de
plenitud – esa llamada desesperada de atención – que es la indolencia. Es muy
difícil no admitir que casi lo más sensato que se puede hacer en este mundo es
hacerse el loco (si es que no volverse loco de verdad).
Y nadie va a sacar a los jóvenes de su
indolencia sin persuadirles de que entregarse con entusiasmo al estudio tiene
sentido en un mundo en que nadie prevé lo que va a pasar mañana, en que las
capacidades humanas parecen cada vez más irrelevantes y en el que casi
cualquier prototipo de persona con éxito (el demagogo, el gurú indocumentado,
el famoso aurático o el emprendedor millonario…) exhibe impúdicamente su
desprecio por las virtudes intelectuales.
Si aprender es comprender y comprender es
condición para sobrevivir en un mundo caótico y acelerado hasta el vértigo, hay
que transmitir competencias que permitan a los más jóvenes ordenar, relacionar
y constituir una visión íntegra de las cosas; hay que enseñarles a dialogar y
compartir mundos; hay que provocarles y darles la oportunidad de pararse a
reflexionar; hay que animarles a reconocer valores que den verdadero sentido a
sus vidas y les permitan salir de esa indolencia en la que, en el fondo, nadie quiere
estar. Si hacemos de los chicos unos buenos arquitectos cognitivos, unos
motivados exploradores del desorden y unos críticos descubridores de mitos e
imposturas, lo demás vendrá de suyo: la tecnología será una herramienta en vez
de un refugio o un subterfugio, y los contenidos o mundos se acumularán tan
organizada y vívidamente en su memoria que no querrán delegar en ninguna
máquina el divino placer de comprenderlos.
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