martes, 31 de marzo de 2026

Psicólogos y amor romántico

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en el Periódico Extremadura

Durante años, he enseñado a mis alumnos y alumnas de Psicología a distinguir entre ciencia y moral, entre la descripción de los hechos y la prescripción de valores, entre lo que «son las cosas» (que es el ámbito de estudio de la ciencia) y lo que «deben ser» (asunto de la moral o la política). No sé qué pensaran ahora al ver como unos psicólogos de la Universidad de Extremadura escriben libros como el que presentaron hace unos días en este mismo periódico («(Des)amor romántico»), dedicado a prescribir cómo deben ser las relaciones de pareja.

Sé que es común la atribución al psicólogo de una sabiduría especial en asuntos «amorosos», pero no creía que esta presunción pudiera llegar al ámbito estrictamente académico. Y ojo que el que los psicólogos se metan a consejeros morales, explicándonos como debemos amarnos los unos a los otros, no es solo un caso grave de confusión de roles, sino un síntoma más (entre otros) de la preocupante tendencia a situar los problemas sociales, morales o políticos bajo la égida de la ciencia.

Que la confusión entre el psicólogo y el consejero moral sea no solo inaceptable desde un punto de vista epistemológico, sino también como peligrosa expresión de una tendencia tecnocrática rampante, obedece a motivos varios. El primero es la incompetencia del psicólogo como moralista: la psicología te forma para investigar la conducta o, a lo sumo, para ayudar a cambiarla (a petición del sujeto), no para orientarla moralmente. El segundo es la forma casi invisible en que la psicología (y no solo ella) camufla sus consignas bajo un «neolenguaje» pretendidamente aséptico en el que lo moralmente bueno o recomendable pasa a denominarse ahora “saludable”, “adaptativo” o “emocionalmente inteligente”.

Con esto no pretendo negar, ni mucho menos, la importancia de «remoralizar» las relaciones afectivas para evitar la violencia o la dominación patriarcal. Lo que digo es que esa reforma moral no es competencia de la psicología. Lo personal es político, por supuesto. Pero lo político no es asunto de la ciencia. Un psicólogo escribiendo libros sobre cómo deben ser las relaciones de pareja no es muy distinto de un párroco impartiendo cursos prematrimoniales, con la desventaja de que el párroco sí es experto, al menos, en moral cristiana, mientras que el psicólogo no lo es en ninguna.

Todo esto dejando aparte lo que puedan entender esos psicólogos («qua» psicólogos) de patrones socioculturales tan complejos como los que categorizamos bajo el término «romanticismo» (materia esta que, como es lógico, no se estudia en Psicología, como tampoco las variadas teorías éticas sobre el asunto del amor). Convendría, en fin, no frivolizar sobre problemas tan serios y, considerando en lo que vale a la información científica, no permitir que la esfera de la moralidad se sustraiga de lo que es su ámbito propio: la educación ética, la deliberación racional y el acuerdo democrático.

Las alforjas de Habermas

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.

Expresada con llaneza y sin complejos, la cuestión que debe abordar cualquier filósofo político – y que ocupó con denuedo al filósofo Jürgen Habermas, recientemente fallecido – es la de la legitimidad de la ley y el orden. No es moco de pavo, pues esta legitimidad es lo único que asegura una conformidad plena con dicho orden. No hay sistema político, por autoritario que sea, que no aspire a esa paz de espíritu.

Ahora bien, ¿cómo lograr que la gente te haga caso por pura convicción, sin necesidad de usar la espada (estrategia, esta última, bastante más costosa y poco fiable)? Desde los antiguos egipcios a las actuales teocracias islámicas, el poder ha encontrado una fuente recurrente de legitimación en la religión (incluyendo aquí el culto al líder de los regímenes comunistas). Pero durante la Ilustración (y en algunas pequeñas repúblicas de la Antigüedad) se gestó otra forma de justificar el poder político: en lugar de la divina soberanía de los reyes se invocó el acuerdo racional entre los hombres. Con un pequeño gran problema: a Dios no podías engañarle, pero a los hombres sí. Muerto Dios, como decía Nietzsche, ¿qué motivo habría para no saltarse impunemente las eyes cuando interesara hacerlo? No haría falta más anillo de Giges que el de la impudicia y la riqueza. Miren a Trump. O a todos los poderosos que se saltan a la piola la ley con mucha mayor discreción y provecho.

Es en este punto en que se sitúa, entre otros, el pensamiento de Habermas. El gran filósofo alemán buscó sustentar el respeto a las leyes en algo que no fueran los dioses (o las entelequias metafísicas) pero tampoco el simple y estéril cálculo racional. Leyéndolo, uno tiene la sensación de que dio diez mil vueltas a esta quimera para llegar a la equívoca conclusión de que no convenía prescindir de ninguna de las dos cosas: sin algo parecido a Dios (sin principios y valores de algún modo trascendentes) la ley y la razón no eran más que cálculo instrumental y, en último término, el crudo realismo político de los actuales líderes políticos (democráticamente elegidos, no lo olvidemos); y sin razones que nos desvelaran su valor, los principios trascendentes no eran más que puras imposiciones dogmáticas…

Ante esta disyuntiva, de poco le sirvió a Habermas recurrir al vicio moderno de hipostasiar el método y el procedimiento (fundamentalmente el de la deliberación democrática), trocando – a la manera kantiana – lo trascendente por lo trascendental. Al final tuvo que buscar el sustento motivacional a su propuesta en el “oscuro magma” moral de la filosofía y la religión de toda la vida.  Era inevitable: nadie obedece voluntariamente una ley por el solo hecho de haber sido democráticamente instituida. Al fin, la legitimidad y el poder de convicción de las normas no está en quién y en cómo las determinan, sino en el valor moral de las ideas que encarnan. Y el valor, los valores – hay que repetirlo eternamente – no son cosas de este mundo. A veces me parece que en las alforjas de este viaje – de lo metafísico y religioso a su menesterosa versión secular en el Estado moderno y vuelta a empezar – se contiene lo más sustantivo a que ha dado lugar la reciente teoría política.  

jueves, 12 de marzo de 2026

El superhombre trumpiano

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


No recuerdo disponer de un contexto más adecuado para hablarle de Nietzsche a mis alumnos que el presente: guerras y polarización feroz, ley del más fuerte, realismo pragmático, voluntad de poder. Era esperable, pues, que al empezar a hablarles del superhombre nietzscheano me preguntaran por Donald Trump, un personaje que inevitablemente seduce a muchos – incluso a quienes retóricamente lo desprecian – como símbolo de esa vitalidad desacomplejada, fuerte, libre y poderosa que asociamos hoy en día al triunfador y que – al menos superficialmente – se aproxima al prototipo moral nietzscheano.

Digo que superficialmente porque aunque la imagen de Trump no es la de un héroe convencional (no da para héroe de película de Hollywood – y ni siquiera para astuto villano de Juego de Tronos –), tampoco puede ser, si lo analizamos con cuidado, la del superhombre que concibiera el filósofo alemán. De hecho, a lo que más me parece Trump que se parece es a la caricatura de superhéroe mediocre y sin escrúpulos con que lo retrata la serie «The Boys» (no se la pierdan). 

Más que superhombre nietzscheano (ese ser capaz de crear sus propios valores y contagiárselos al mundo con la naturalidad de un niño), Trump sería más bien una última excrecencia del nihilismo contemporáneo: aquel que cambia definitivamente la nada de los viejos ideales platónico-cristianos (el humo retórico del orden global) por la nada del dinero y la grandeza hueca del cínico (¿en qué iban a ser los USA «grandes de nuevo» sin los ideales liberales y democráticos que han encarnado hasta hoy?). Es el mismo cinismo amoral que anticipaba Nietzsche como resultado lógico de una democracia sin Dios: ¿Por qué iban los ciudadanos a respetar pacto social alguno si ya no creyeran en nada que trascendiera sus intereses particulares? 

Nietzsche soñaba con que de esta nada sin Dios brotara una élite de superhombres verdaderamente libres, fuertes y lúcidos como héroes trágicos, y poderosos creadores de un futuro de plenitud sin culpa… Pero lo obtenido de momento son burócratas corruptos, demagogos a sueldo y tiranos ignorantes, resentidos, reaccionarios y caprichosos como Trump (todavía contenido por una oligarquía que limita sus extravagancias, que habría que ver si no fuera así). No es el único tirano, desde luego, pero Putin, la casta religiosa iraní o los «queridos líderes» asiáticos, siendo aún peores, no son los hijos monstruosos de una democracia liberal que aspiraba a acabar con las fronteras y con la historia. Monstruos que, además, tienen hoy acceso ilimitado, no solo a armas de destrucción masiva, sino a tecnologías con capacidades nunca vistas para controlar, sustituir y eliminar a placer a los seres humanos. Decía Céline que la filosofía no es más que otra forma de tener miedo. Cierto. Pero no miedo a la vida – como pensaban él o Nietzsche –, sino miedo a perderla por efecto de los delirios de unos bárbaros rodeados de tecnócratas y disfrazados de tribunos de la plebe.  

jueves, 5 de marzo de 2026

La filosofía como vacuna frente al integrismo: una vieja entrevista en Canal Extremadura TV

Encuentro esta vieja entrevista en Canal Extremadura Televisión hablando sobre la formación filosófica como vacuna contra el integrismo en los más jóvenes. Eran los años de plomo del terrorismo yihadista tras la desastrosa guerra de Irak y el surgimiento del Estado Islámico (Los mismos en que la ley del ministro Wert pretendía acabar con la filosofía en Educación Secundaria). 

miércoles, 4 de marzo de 2026

"Extremestiza": una nueva materia escolar

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Hay cosas que me convencen y otras que no en la nueva materia propuesta para 3º y 4º de ESO por la Consejería de Educación. Se llama «Extremestiza: puente entre Extremadura y América», y de ella me convencen, no el nombre, desde luego (que más parece de una feria de muestras que de una disciplina académica), pero sí el propósito de promover el patrimonio artístico y cultural de Extremadura (el que tiene que ver con América, al menos), y el de explicar y valorar el mestizaje cultural, uno de los aspectos por los que (frente a otros más sombríos) podemos decir que la ocupación de los territorios americanos fue más interesante culturalmente y más justificable moralmente (en cuanto a la moral religiosa vigente) que la colonización anglosajona – todo ello sin ocultar ni mistificar que también se trató de una despiadada guerra de conquista –.

Ahora bien, junto a esto hay varias cosas que no me convencen de la materia. Lo primero es el enfoque extremadamente especializado que se le ha dado: ¿por qué no una «Historia y Patrimonio de Extremadura» en general, que incluya y contextualice la conquista y sus consecuencias? ¡Hace falta más cultura general, especialmente entre los jóvenes! Tampoco me agradan las referencias a la identidad extremeña. En esta tierra nos hemos librado de la cerrazón nacionalista, la mitomanía por lo propio, el folklore impostado y las imposiciones etnolingüísticas. Sigamos así. Por suerte, la conquista de América no da para construir ninguna identidad extremeña, ni por el cariz de sus hazañas (no siempre heroicas ni hermosas), ni por su titularidad, que no fue estrictamente extremeña sino castellana, y en la que participaron gentes de estas y de otras tantas tierras de la península.

Por otra parte, si queremos de verdad favorecer lo mejor que plantea la materia (el diálogo intercultural y el mestizaje) deberíamos planificar una estrategia educativa mucho más ambiciosa, no limitada al encuentro con el mundo latinoamericano (mucho menos desde el polémico escenario de la conquista), sino referida a todos los pueblos y culturas que han contribuido – y siguen haciéndolo – a configurar lo que somos: los pueblos arabizados que habitaron esta tierra durante siglos, el vecino luso, los migrantes que llegan desde otras latitudes europeas…. ¿Por qué no incluirlos en una materia más ampliamente dedicada al mestizaje y al diálogo intercultural? Un diálogo desde el que construir– y esto sí que es importante – una reflexión crítica sobre valores e instaurar una ética compartida. 

Creo, en fin, que la intención de la Administración hubiera quedado mejor materializada en un programa escolar de intercambios y colaboración con centros americanos (con docentes de allá que transmitieran su propia versión de la historia) y, tal vez, en algún retoque curricular para reforzar transversalmente los elementos patrimoniales e históricos de la relación con América, pero no en una nueva materia que, además de sus defectos, mucho me temo que pueda generar más polémica que puentes. (Sobre esto escribimos hoy en El Periódico Extremadura).


lunes, 2 de marzo de 2026

Entrevista sobre educación en El Periódico Extremadura.

Enlazo aquí la última entrevista que han tenido a bien hacerme los amigos de El Periódico Extremadura. Gracias a Guadalupe Moral por esas incisivas y más que pertinentes preguntas sobre educación. Hay que seguir dialogando sobre todos estos asuntos.



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