Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Expresada con llaneza y sin complejos, la
cuestión que debe abordar cualquier filósofo político – y que ocupó con denuedo
al filósofo Jürgen Habermas, recientemente fallecido – es la de la legitimidad
de la ley y el orden. No es moco de pavo, pues esta legitimidad es lo único que
asegura una conformidad plena con dicho orden. No hay sistema político, por
autoritario que sea, que no aspire a esa paz de espíritu.
Ahora bien, ¿cómo lograr que la gente te
haga caso por pura convicción, sin necesidad de usar la espada (estrategia,
esta última, bastante más costosa y poco fiable)? Desde los antiguos egipcios a
las actuales teocracias islámicas, el poder ha encontrado una fuente recurrente
de legitimación en la religión (incluyendo aquí el culto al líder de los
regímenes comunistas). Pero durante la Ilustración (y en algunas pequeñas
repúblicas de la Antigüedad) se gestó otra forma de justificar el poder
político: en lugar de la divina soberanía de los reyes se invocó el acuerdo
racional entre los hombres. Con un pequeño gran problema: a Dios no podías
engañarle, pero a los hombres sí. Muerto Dios, como decía Nietzsche, ¿qué
motivo habría para no saltarse impunemente las eyes cuando interesara hacerlo?
No haría falta más anillo de Giges que el de la impudicia y la riqueza. Miren a
Trump. O a todos los poderosos que se saltan a la piola la ley con mucha mayor
discreción y provecho.
Es en este punto en que se sitúa, entre
otros, el pensamiento de Habermas. El gran filósofo alemán buscó sustentar el
respeto a las leyes en algo que no fueran los dioses (o las entelequias
metafísicas) pero tampoco el simple y estéril cálculo racional. Leyéndolo, uno
tiene la sensación de que dio diez mil vueltas a esta quimera para llegar a la
equívoca conclusión de que no convenía prescindir de ninguna de las dos cosas:
sin algo parecido a Dios (sin principios y valores de algún modo trascendentes)
la ley y la razón no eran más que cálculo instrumental y, en último término, el
crudo realismo político de los actuales líderes políticos (democráticamente
elegidos, no lo olvidemos); y sin razones que nos desvelaran su valor, los
principios trascendentes no eran más que puras imposiciones dogmáticas…
Ante esta disyuntiva, de poco le sirvió a Habermas recurrir al vicio
moderno de hipostasiar el método y el procedimiento (fundamentalmente el de la
deliberación democrática), trocando – a la manera kantiana – lo trascendente
por lo trascendental. Al final tuvo que buscar el sustento motivacional a su
propuesta en el “oscuro magma” moral de la filosofía y la religión de toda la
vida. Era inevitable: nadie obedece
voluntariamente una ley por el solo hecho de haber sido democráticamente
instituida. Al fin, la legitimidad y el poder de convicción de las normas no
está en quién y en cómo las determinan, sino en el valor moral de las ideas que
encarnan. Y el valor, los valores – hay que repetirlo eternamente – no son
cosas de este mundo. A veces me parece que en las alforjas de este viaje – de
lo metafísico y religioso a su menesterosa versión secular en el Estado moderno
y vuelta a empezar – se contiene lo más sustantivo a que ha dado lugar la
reciente teoría política.

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