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viernes, 15 de julio de 2016

Arte y toros.

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura



¿Qué valor estético o artístico pueden tener los espectáculos taurinos? Que los toros, especialmente el espectáculo de la lidia, pero también, en menor medida, cientos de festejos populares que tienen al toro como protagonista, poseen significado y valor artístico es uno de los argumentos de los defensores de la fiesta. Para ellos, el dolor y el sacrificio del animal es el coste necesario de obtener el placer estético que procura la corrida o el festejo. No es el único caso, te dicen: también se torturan y sacrifican animales por el placer de comer, o por el gusto de contemplar espectáculos deportivos o circenses, o como parte del “arte” de la caza o la pesca...

No obstante, al toreo se le suele atribuir una dosis mayor de relevancia artística, a la par que una mayor densidad simbólica, no ya solo como “escenificación ritual de la lucha del hombre con la naturaleza” y otros tópicos intelectualizantes al uso, sino también como un complejo de creencias, valores y actitudes que constituyen una cierta “filosofía de la vida” ligada, además, al mito de la tradición, y a ciertas tradiciones míticas en torno a la identidad española. Despachemos rápidamente esto último para centrarnos en el asunto – filosóficamente más interesante – de lo puramente estético.

Es innegable que los toros son parte de la cultura y la tradición de nuestro país, amén de una fuente de iconos populares, obras de arte y souvenirs turísticos, especialmente desde que los viajeros románticos del XVIII y el XIX pusieron de moda la visión telúrica de una España poblada de bandoleros, toreros y mujeres de opereta que nosotros mismos nos hemos llegado a creer. Ahora bien: que algo forme parte del patrimonio cultural de un país no le otorga, de por sí, valor estético ninguno (ni, mucho menos, moral) – también la inquisición, la expulsión de los judíos o el caciquismo son parte de la cultura y la tradición de nuestro país, y a nadie se le ocurriría defender, por eso, las opiniones del obispo Cañizares, el antisemitismo, o las tropelías de los caciques contemporáneos –. De otro lado, que las fiestas de toros sean motivo de inspiración para muchos artistas no significa que ellas mismas sean obras de arte (el horror de la guerra, o el desamor, también han inspirado frecuentemente a los artistas, pero no por eso son objetos intrínsecamente bellos).

Vamos a la cuestión del arte. ¿Son los toros un arte (más allá de una serie peculiar de técnicas o habilidades artesanales para burlar y matar a un toro bravo)? Para responder a esta pregunta interesa primero saber qué cosa es esa del arte y qué relación tenga con lo moral. Los griegos antiguos empleaban el término “kalokagathía” para referirse, a la vez, a lo bello (kalós) y lo bueno (agathós). ¿Quiero esto decir que algo no puede ser bello sin ser a la vez moralmente aceptable? Esto viene como anillo al dedo a la cuestión del toreo como arte. Si hacer sufrir hasta la muerte a un animal – sin necesidad ninguna – es moralmente malo (vamos a suponer que todos coincidimos en esto), hacer de esta maldad la condición de algo bello, como pretenden que sea el toreo, parece algo muy discutible.

¿Pero por qué lo bello ha de estar reñido con lo malo? Solemos pensar, por ejemplo, que una persona guapa puede ser mala (la femme fatale) o, al revés, que alguien muy feo puede tener un corazón de oro (como Sócrates, o el ogro Shrek). ¿Cómo es esto posible? Cuando ocurre esto, decimos que las apariencias engañan. El ámbito de lo estético es el de las cosas que nos aparecen a los sentidos (“aísthesis” – de donde “estética” – significa “sensación”); no hacen falta que sean “reales”, basta con que lo parezcan. Pero el arte mejor – el que gusta y perdura – es el que aparenta sin engañarnos, el que representa lo que son “realmente” las cosas, no tal como las vemos, sino como las imaginamos y soñamos, en su dimensión más ideal. Esta es – dicho suscinta y atrevidamente – la relación entre lo bello y lo bueno.

También cuando el artista invoca a la belleza representando su ausencia aparente, como en el arte deliberadamente feo, hay una denuncia de la maldad y la imperfección del mundo. Algunas escenas de la lidia (no digamos de los festejos taurinos populares) podrían ser una muestra de este arte de lo grotesco y feo, si “representaran” (por ejemplo) el dolor y el sacrificio de la bestia como medio para la belleza victoriosa del héroe. Pero los festejos taurinos no representan ese sacrificio, lo perpetran realmente, porque carecen de la naturaleza puramente representativa que caracteriza al arte.

La tauromaquia dista de ser arte (aunque lo parezca) porque quiere “representar” lo ideal haciendo lo opuesto: infringiendo “realmente” dolor a un ser inocente. Es como si en una obra teatral matáramos realmente al actor que hace de villano. En los toros no se representa el mal (la bestialidad representada a través del toro y la violencia de la lucha) como parte del argumento conducente al triunfo ideal del bien (la dominación de lo bestial e irracional), sino que se comete ostentosamente el mal (la bestialidad de matar al toro – y de exponer a la muerte al torero – ) como si no se pudiera entender el argumento de otra forma. El toreo está más cerca del ajusticiamiento público y del ritual bárbaro – relativamente estilizados – que del arte. Por eso está destinado a extinguirse en su forma actual, tal como se han ido extinguiendo los ajusticiamientos públicos y los rituales más primarios.

En cincuenta o cien años el toreo será un recuerdo, idealizado por los versos de Lorca o las pinturas de Picasso. Y nadie querrá, en serio, que sea nada más. Tal como nadie quiere que existan de verdad los bandoleros o los antropófagos, más allá del escenario de las novelas de aventuras. Esperemos que no tenga que correr mucha más sangre antes de llegar a ese final inevitable.



miércoles, 13 de julio de 2016

Tordesillas, o el crimen como una de las bellas artes.

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en el diario.es de Extremadura





Tordesillas no se rinde. El Ayuntamiento en pleno (con la sola excepción de la edil vinculada a IU) ha recurrido el decreto de la Junta de Castilla y León que les prohíbe celebrar el Torneo del Toro de la Vega. Como se sabe, el Torneo consiste en alancear a un toro hasta la muerte, y el decreto, aprobado el pasado mes de mayo, prohíbe expresamente la matanza de toros en festejos populares.

Las razones que esgrimen los defensores del Torneo son varias: la no injerencia en presuntas competencias municipales, el valor cultural y turístico de la fiesta, o el haberse convertido – dicen – en víctimas propiciatorias de los movimientos animalistas (y de sus presupuestos errados, o exagerados, acerca de los derechos de los animales). Pasemos a analizar algunos de estos argumentos, especialmente el del valor cultural de este tipo de festejos.

La primera de las razones de los tordesillanos no tiene fundamento legal ni moral. Las competencias sobre la reglamentación de festejos no corresponden al gobierno municipal, sino al autonómico. De otro lado, la legitimidad de una ley de este rango descansa en la voluntad de los ciudadanos castellano-leoneses, y de los españoles, no en la de los vecinos de Tordesillas. Y la voluntad de los ciudadanos parece muy clara: el rechazo al Toro de la Vega (y a otros festejos similares) ha ido en aumento en los últimos años, hasta el punto de que la fiesta es hoy más conocida por los conflictos entre defensores y detractores que por ningún otro motivo. Y no es algo nuevo: la muerte del Toro de la Vega estuvo ya prohibida durante el franquismo (entre 1966 y 1970), tras una campaña en su contra lanzada por asociaciones de protección de la naturaleza, medios de comunicación y sectores de la administración, que – ¡a mediados de los años 50! – consideraban ya inadmisible tal nivel de crueldad y salvajismo.

En cuanto al valor cultural de la fiesta (o, en general, de la tauromaquia) habría mucho que hablar. Dejando a un lado el asunto de la antigüedad, que no justifica nada – también es antigua la guerra, o la discriminación de la mujer, y a nadie se le ocurre defender su existencia por ese motivo –, los abogados de la llamada “fiesta nacional” hablan con frecuencia del valor estético y simbólico de los espectáculos taurinos. Nadie – sensato – puede negar esto, por poco que le gusten los toros. Toda celebración tradicional posee un innegable valor estético, y está cargada de significados (culturales, morales, religiosos, filosóficos...). Imaginen que son extranjeros y ven un documental sobre el Toro de la Vega. Les podrá parecer un rito brutal, pero no carente de interés cultural o antropológico. Les podría parecer incluso hermoso o, cuando menos, pintoresco, tal como les han parecido las fiestas de toros a multitud de viajeros, artistas o poetas.

Ahora bien, que una manifestación cultural tenga valor estético y simbólico no quiere decir que sea moral (ni legalmente) aceptable, ni que no pueda (por motivos morales o por otros muchos) mejorar o evolucionar como acontecimiento cultural. Los taurinos se niegan a suprimir las suertes más crueles con el toro porque piensan que eso resta autenticidad a la fiesta y le hace perder su significado. Pero esto responde a una actitud conservadora que acabará superada con (o por) el tiempo. Seguramente, los que vivieron la época del blues cantado por esclavos o de la ópera interpretada por castrati dirían algo parecido a lo que dicen los taurinos (¡esto ya no es blues, o ópera!) cuando se descubrió que para hacer buena música no hacía falta esclavizar ni castrar a nadie. Es más: trascender la parte más, cabe decir, truculenta y literal del complejo simbólico de la tauromaquia (es decir, la tortura y muerte del toro), aumentaría su relieve más propiamente estético. En el arte no hace falta que nadie muera realmente para representar la muerte. El paso gradual de la literalidad a lo más pura y libremente simbólico es uno de los rasgos que definen la evolución del arte en todos sus géneros (la pintura, la música, el teatro, la literatura...), incluso el arte más popular: un circo sin rastro de animales – como el Circo del Sol – ha resultado ser mejor que el circo de animales tradicional. ¿Por qué no habría de pasar algo similar con las fiestas de toros? ¿Se imaginan un espectáculo “taurino” en el que ya no se maltratara al animal – o incluso en el que este estuviera ausente – ? El arte evoluciona cuando da forma a lo que parece ahora inimaginable.

En cuanto a los presupuestos filosóficos de los animalistas es obvio que los defensores de la tauromaquía – a tenor de sus quejas y argumentos – no los entienden. No se trata de igualar animales y personas, ni de dotar a los primeros de los mismos derechos que los segundos, sino solo de entender que aquella dignidad por la que algo pasa de ser “algo” a ser “alguien” no está tan clara, y que, en la medida en que racionalmente lo está, nos empuja a considerarla como algo gradual, y no una propiedad exclusiva de los seres humanos. Justo por este argumento – más venerable y viejo, en la filosofía, de lo que parece – resulta justo ser considerados con seres que, sin ser, obviamente, personas, tampoco son meros mecanismos o cosas, sino subjetividades ante cuyo sufrimiento – sobre todo, cuando no es imprescindible – ni el ser humano más embrutecido puede sentir una absoluta indiferencia.




domingo, 31 de enero de 2016

¿Por qué cualquier puede ser padre, pero no torero?

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en el  El Correo Extremadura y eldiario.es Extremadura.


A ver. Para que yo, que soy profe, pueda educar a los muchachos, en una materia muy determinada, y durante apenas unas horas de su vida, he tenido que estudiar durante años, acreditar un buen número de competencias, y pasar por unos exámenes muy duros. Pero resulta que para tener un hijo y ganarte el derecho a educarlo en todo y durante toda su vida no hay que hacer ni un solo y mísero test psicotécnico. ¿¡ Cómo es esto !? – les pregunto, a veces, a mis alumnos – . “Bueno – dicen ellos – , mis padres son quienes más me quieren, y se van a desvivir por educarme lo mejor posible”. Sin duda – les replico yo – , el amor es condición necesaria y fundamental. ¿Pero es suficiente? Un buen amante no es quien ama mucho, sino quien ama bien. Los padres, en su mayoría, tienen vocación, pero les falta formación. Hacen, más o menos, lo que pueden y, en el mejor de los casos, no pasan de ser unos entusiastas aficionados. Y, sin embargo, se les reconoce un derecho casi absoluto sobre la educación de sus hijos. ¿Es esto justo y sensato?

Visto lo visto, a veces les he propuesto a mis alumnos que diseñaran (¿quién mejor que ellos?) una academia de padres, con sus distintas asignaturas, objetivos, y sistemas de evaluación. ¿Qué conocimientos, habilidades y actitudes tendría que poseer alguien para obtener el imaginario título de “Padre/Madre” – sin el que, en una sociedad igual de imaginaria, no podría aspirar a tener hijos – ? Las respuestas que dan son de lo más interesante, y sinceras, pues nacen de su propia y sufrida experiencia familiar. Pero dos de las que más me encuentro son estas: “los padres deben formarse, y saber lo que hacen, cuando deciden tener hijos” – dicen –, y “los padres deben tratar a sus hijos como a personas (con sus propias opiniones, derechos...), y no como a meras posesiones suyas”...

Me viene todo esto a la mente por la reciente polémica en torno a la imagen de un torero dando pases a una vaquilla con su hija en brazos. Medio país se ha indignado, y con razón, ante la conducta temeraria de este torero aprendiz de padre. Torear, con tu hija en el otro brazo, es cosa de bomberos, como dicen en mi pueblo. Aunque ni a un bombero (al que también se le supone amor y orgullo por serlo) se le ocurriría acudir con su hija pequeña a apagar un incendio, aunque fuera pequeñito. Y ni aunque tal cosa fuese, incomprensiblemente, una especie de tradición milenaria del Cuerpo de Bomberos. Nada. Lo que en este padre-torero hay es pura y simple temeridad. Y una vaga ideología de fondo que a mi me da por llamar “liberalismo atávico”, y que habita muy frecuentemente en el caletre de la España más latifundista y patilluda.

El liberalismo atávico no es liberalismo filosófico o político, sino un liberalismo al modo español, un liberalismo preindustrial, ignorante, primigenio. Los que lo practican no han leído a Rawls o a Nozick (ni casi ninguna otra cosa), pero poseen un sentido instintivo y prepolítico de los derechos del individuo y del carácter sacro santo de la propiedad privada. El liberal atávico no justifica con argumentos su derecho a hacer lo que le dé la real gana consigo mismo y con lo que es suyo (incluyendo a su perro, sus hijos, y probablemente a su mujer); simplemente lo siente, se le agarra ese sentimiento a las vísceras y, desde allá abajo (desde los mismísimos), como si fuera un resorte, le mueve la boca y las entendederas como a un muñeco de guiñol. Al atávico liberal no le hacen falta disquisiciones filosóficas sobre la libertad negativa, o el derecho a la propiedad; simplemente, hace en su casa, y con sus hijos, lo que le parece. Y en eso no se mete ni Dios.

Si el liberalismo culto y bien deliberado es ya de por sí bastante irracional, imagínense este, atávico y tribal. Si en los sesudos libros de filosofía política no hay argumentos suficientes para justificar que un individuo, sin otra razón que serlo, tenga derecho a reinar y poseer nada, ni tan siquiera en su presunto reino privado, imagínense todo esto en la retórica de un torero. O en la de José María Aznar, otro padre (de la nación) atávico e indocumentado. ¿Recuerdan como clamaba, hace años, por su derecho individualísimo a beber y a correr cuanto quisiera por las carreteras? ¡¡Yo con mi cuerpo y mi coche – y en las autovías que he contratado – hago lo que quiero!! ¡¡Pues sí señor, faltaría más!!

En fin. Que a ver cómo le explicas tú a uno de estos liberales atávicos, padres por sentimiento y afición, que igual tienen que aprender algo acerca de cómo cuidar y educar a sus hijos. Y que en un deseable futuro, esto de que cualquiera pueda tener hijos, así, a pelo, como el que cría caracoles, será recordado tal como ahora recordamos la antropofagia de los neandertales. O la pose del torero dando una larga cambiada con su hija en brazos, todo ello (pose, pase e hija) testigos mudos de la grandeza, discernimiento y fertilidad de sus santos... testículos. Puro atavismo.


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