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jueves, 1 de enero de 2026

Sueños húmedos

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Como saben, hoy toca vencer la angustia apocalíptica y celebrar el año nuevo. Y para eso no basta con comer como cosacos o consumir como gringos, hay que inventarse también un decálogo de propósitos. Propósitos que, dado el cariz que va tomando la cosa, es difícil que no suenen a burla o sarcasmo. Pese a ello, y aun a riesgo de provocar la risa, voy a confesarles algunos de mis sueños lúcidos, o húmedos, como prefieran. Son particulares, claro, y tal vez a alguno le parezcan pesadillas, pero por si les inspiran (aunque sea simplemente sueño) ahí va una tímida selección. 

Sueño que en el año que se viene se quintuplican los impuestos a los fondos buitre, los bancos se acuerdan de cuando los rescatamos del fondo perdido de su codicia, y bombardeamos (avisando con un intervalo poco mayor que el de los israelíes en Gaza) todos los paraísos fiscales de la Tierra. Fantaseo también con que, gracias a las tasas por transacciones financieras y a la fiscalidad aplicada a las «Big Tech», la Agenda 2030 acaba quedándose tan corta que hay que ampliarla para convertir en ODS la pervivencia de los pequeños agricultores y ganaderos que votan a Vox. Me excito también – a qué negarlo – pensando que las eléctricas construyen megaplantas fotovoltaicas en las fincas de sus consejeros, que a los cazadores no se les levantan las escopetas, y que se imponen aranceles (que acojonarían a Trump) a países a los que los DD. HH. les suenan a chino mandarín.

Elucubro lúbricamente que el año próximo, en un arranque de locura, las administraciones educativas se ponen de acuerdo, bajan a la mitad las ratios escolares, deciden formar (pagar y exigir) a los docentes como a cirujanos o astronautas, y se comprometen por ley a dejar en paz la ley durante los próximos diez años. Ah, y el más excitante de mis delirios: aquel en el que, sabiamente asesorados y por riguroso turno, veo gobernar (en lugar de quejarse) a los propios ciudadanos, a los partidos políticos convertidos en asociaciones de barrio, y a Trump y Putin buscándose la vida en algún «reality» de la televisión groenlandesa o ucraniana…

Igual estoy abusando, pero no dejo de alucinar soñando que, mañana mismo, las personas cambiamos el narcisismo feroz por la modestia socrática, el exhibicionismo por la vergüenza, la autoestima por la altitud de miras, el tener por el dar la razón, la resiliencia por la rebeldía, y el coaching, el mindfulness y los cuencos tibetanos por pasar la tarde con los amigos.

No sé qué más hace falta. Que los machotes existan solo en el zoológico; que los que juzgan sean juzgados por su yo más joven; que Rosalía abra un convento; que alguna vez sean las pateras las que rescaten a los veleros; y que el anuncio del calvo de la lotería lo hagan el año que viene en Villamanín. No se me ocurre más. Feliz noche y que ustedes lo sueñen bien.

miércoles, 24 de septiembre de 2025

Risa y civilización

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.

 

Siempre he admirado el sentido del humor ácido y a menudo autocrítico de los norteamericanos (especialmente, como me recuerda un amigo, ese que se ha dado en llamar humor judío). La primera vez que vi la comedia «One, Two, Three» de Willy Wilder, comprendí por qué los americanos le ganaron la guerra fría a los rusos. La película, estrenada en 1961, y titulada «Uno, dos, tres» en España, era una sátira en la que se caricaturizaba con el mismo humor vitriólico a soviéticos y norteamericanos. Solo quien es realmente superior – pensé – puede reírse así de sí mismo y pese a ello (o precisamente por ello) ganar la batalla ideológica. Casualmente, durante ese mismo año de 1961 los rusos levantaron el muro de Berlín, señal inequívoca de que habían perdido estrepitosamente la guerra, la cultural y todas las demás: eran incapaces de reírse de sí mismos y daban por eso mucha más risa. 

Observo ahora las patéticas maniobras de Donald Trump para acabar con los «late shows» televisivos en los que se ríen de él y tengo la intuición de que los Estados Unidos están verdaderamente en las últimas, y que el movimiento MAGA no va realmente de hacerlos grandes de nuevo, sino de encerrarlos en una enorme mentira que los anestesie frente a un proceso irreversible de envilecimiento moral y empequeñecimiento político. 

El humor sin restricciones es la prueba de fuego del clímax civilizatorio de un pueblo. Reírse sin complejos de uno mismo, tanto o más que del prójimo, es también un síntoma claro de madurez humana. En ambos casos la burla significa que se tiene la seguridad y la lucidez suficiente como para perderle el miedo y el respeto tanto a los demás como a todas las ridiculeces que uno mismo cree ser, sin que tal cosa conduzca al odio, el victimismo o la violencia, sino a la infinita y profunda compasión que – después de la carcajada – nos inspira el conocimiento profundo de lo que somos. 

Por eso, que Trump – ese siniestro bufón de sí mismo armado hasta los dientes – sea incapaz de soportar a quienes se ríen de él o de aguantar una reunión sin que se le adule con el simulado respeto que prestamos a los locos, no es más que una muestra evidente de la extrema debilidad del personaje y, con ella, de la decadencia de todo lo que este representa. Porque la risa y la sátira sin límite marcan el clímax de una civilización, pero también el principio de su caída. El gran ciclo de la comedia americana que culmina en los sesenta y prosigue de forma más histriónica y vulgar en la era dorada de los «late shows» televisivos se acaba en los USA de Trump (tal como se acabó la Atenas de Aristófanes o el Siglo de Oro español). Y todo hace temer que tras el fin de esa eclosión de luz y libertad vuelva – siempre vuelve – el fanatismo, la guerra y la lenta agonía de una civilización destinada a disolverse como tantas otras. Es lo que ocurre cuando la burla, irreverente y herética por definición, desata la tormenta del resentimiento en todos aquellos (líderes o liderados) que, incapaces o marginados del ejercicio trascendental de la risa, necesitan volcar su humillación sobre los «chistosos de la clase», chivos expiatorios de todos los que guardamos un prudente silencio de muerte ante los tiranos que andan tomando y rondando el poder.


miércoles, 28 de junio de 2023

Enanitos toreros

 

Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Cerramos la columna hasta septiembre, sin seguridad de que a la vuelta no hayamos retrocedido diez o doce temporadas de Cuéntame y nos encontremos con ministros falangistas, el Opus (o vete tú a saber qué secta ultracatólica) copando las instituciones, la violencia de género catalogada como problemilla doméstico, los parques nacionales como cotos de caza, y las plazas de toros como el lugar del renacimiento cultural patrio escenificado en la vuelta del bombero torero… ¡Que el dios del Papa Francisco nos pille confesados!

He de reconocer que, de todo lo dicho, lo de los enanitos toreros es lo que menos me disgusta. Tiene mucho de la España carpetovetónica y cañí, pero también del recio y hondo esperpento valleinclanesco: ese ruedo ibérico y cóncavo en el que los españoles podemos vernos cómicamente reflejados. No hay más que asistir al circo político diario, con su troupe de correveidiles y negociantes retrasando, con divertidos cambios de trayectoria, el cogobierno inevitable de los neofalangistas; o (en la pista de al lado) intentando elevarse con complicados castellets sobre su acondroplasia voluntaria y su complejo de superioridad moral.

Porque lo que ha casi matado a este gobierno no han sido la economía, la pandemia, la prensa o los pérfidos poderes fácticos… sino el afán moralizador, algo que nunca funciona en este país donde puedes machacar a la gente con recortes, reconversiones o palos, pero no decirles una y otra vez cómo tienen que vivir, hablar, amar, odiar, comer o reír. Si por obligar a los españoles a recortarse la capa formó la que formó Esquilache, poco parece, por todo lo anterior, perder unas elecciones. La gente no soporta – ¡y con razón! – el paternalismo despótico de los iluminados, ni el de la izquierda ni el de nadie.

Lo de la risa es un ejemplo paradigmático. La gente está hasta las narices de tener que andarse con pies de plomo con aquello sobre lo que se bromea, sean los dioses, la etnia, el género, el físico… o el sentimiento identitario, algo infinitamente dudoso y risible, y para lo cual el pueblo tiene una expresión correctiva implacable: «¿Pero tú quien c… te crees que eres?» … Pues eso, ¿quién c… se cree que es ningún gobierno para decirnos de qué hemos de reírnos, o a qué ridículas pretensiones de qué colectivo hemos de respetar más que a la sacrosanta libertad de partirnos el culo? La risa no es necesariamente un ataque y sí, a menudo, una vacuna contra la más preclara estupidez.  

Uno de los últimos casos de este risible paternalismo fue, justamente, el de la prohibición de los espectáculos cómico-taurinos (volvemos a los enanitos toreros). El gobierno interpretó, bajo la presión de algunas asociaciones de enfermos de acondroplasia, que tales espectáculos atentaban contra la dignidad de las personas, algo a lo que se oponían vivamente los protagonistas, a quienes por descontado nadie preguntó. Debieron pensar que empoderar y tratar dignamente a la gente es decidir por ellos y obligarles a dejar de ejercer libremente el farandulero oficio de cuya grave indignidad, pobrecitos míos, no estaban tan al tanto como sus déspotas e ilustrados protectores.  

Pero, ¿por qué diablos atenta contra la dignidad de alguien (suponiendo que sabemos lo que es eso) acudir a un espectáculo cómico-taurino? La gente no se ríe, y mucho menos se burla de los enanos, sino de su ingenua comedia, de su representación liliputiense y apayasada de la condición humana, siempre rota por la desproporción infinita entre lo que queremos y podemos. ¿Y qué mejor contra esa común discapacidad que el bálsamo de fierabrás de la risa?

¿Que en esto contribuyen en parte los rasgos físicos propios a las personas con acondroplasia? ¿Y qué? Hay rasgos físicos que, por lo desacostumbrado, provocan sorpresa y risa: la obesidad o la excesiva delgadez, una nariz prominente, una desacostumbrada forma de andar o hablar. Si el Gordo y el Flaco fueran modelos de Dior, Harpo Marx no fuera mudo o Woody Allen no tuviera la pinta que tiene, no harían tanta gracia. ¿Es eso reírse de ti? Solo de lo más accesorio: por suerte, no somos el cuerpo ni la cara que tenemos.

El problema de fondo es que tenemos satanizada la risa, razón por la cual nadie se molesta cuando los anormales rasgos físicos de alguien (los músculos de un atleta, el sex appeal de un cantante, la corpulencia de un actor...) producen pasmo, excitación o miedo, pero sí – ¿por qué? –  cuando provocan una carcajada espontánea.

Algún día, en fin, tendremos que pensar seriamente por qué molesta tanto la risa, y no, por ejemplo, jalear a gritos a gente anormalmente alta o fibrosa encestando canastas o corriendo como conejos en un estadio. ¿Qué mayor problema hay en que unas personas, especialmente bajitas, nos hagan reír mientras, entre acrobacias y monerías, intentan torear a una pobre – esa sí que ninguneada – vaquilla? … Más aún si – volviendo al ruedo ibérico – esa berlanguiana vaquilla somos también nosotros; y reímos, ay, para no llorar.

lunes, 2 de enero de 2017

¡Petardos!


Vivo en uno de los países más ruidosos del mundo. Se nota cuando viajas por Europa y descubres, sorprendido, que la gente conduce sin tocar el claxon, que se puede hablar por la calle con normalidad, o andar por tu casa sin oír los gritos del vecino o tener que tragarte sus programas de televisión, o simplemente que se puede dormir de un tirón, sin que te despierte al borde del infarto el tubo de escape de algún motorista oligofrénico...


viernes, 19 de agosto de 2016

La rastrojera

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura



Mi amiga la pintora Carmen Palop usa un término preciso y sugerente para describir el paisaje y el estado anímico que provoca el estío extremeño. Lo llama la rastrojera. La rastrojera es la de los campos en estos días de agosto. Un paisaje de piel dura, pero suave de mirar, en que el rojo y amarillo deslucidos de la tierra se mezclan con la calima gris y el azul lechoso y lejano del cielo. Es un tiempo que invita al recogimiento, a meterse en casa, como los lapones en invierno, para salir unas pocas horas al día a buscar víveres y contacto social. Lejos del estrépito y el agobio de las playas, o de la novelería del turismo, la rastrojera invita al viaje interior, la lectura, la reflexión, la realidad virtual y a soportar alguna que otra resaca. El momento culminante de esta vivencia espiritual es justo después de la siesta, cuando comienza a caer la tarde y la luz cegadora, el aire seco, y el silencio absoluto del campo – punteado a ratos por el zumbido de la chicharra – dibujan las lindes de un mundo onírico que parece estar más allá de la vida. O, al menos, de toda actividad visible o esperable. Es el instante místico del encuentro con la nada. El nirvana ibérico. La liberación absoluta de toda preocupación, liberación que se encarna expresivamente en el gesto sublime y casi salvaje del bostezo...


Pues a este estado rastrojero y de negación del mundo nos ha conducido la presente situación política. Lo de “política” se dice por rutina, o por estilo, porque poco de política, en el más noble sentido, ha tenido la situación durante estos largos y tórridos meses. El sopor comenzó ya en junio, cuando los españoles todos, o al menos muchos, dieron un decidido paso hacia el mismo lugar en el que estaban. Hacia lo malo conocido. El realismo veraniego sucedió a la engañosa primavera, esa que siempre hace soñar con amores y vidas de estreno. Aquel entusiasmo fue tan fugaz como una coalición de izquierdas. No pudo ser. Este país no quiso cambiar. La sonrisa sexy de los jóvenes podemitas (y los castizos cánticos de los que ya veían su patrimonio en manos de las hordas rojas) se evaporó como los ríos en verano y se trocó en áspera apatía de secarral – que barrizal ya lo era – y supina indiferencia.

Miren desde el camino, ventana o ventanilla ese plano continuo del paisaje agosteño, desde el amarillo quemado de la tierra exhausta al plomizo blanco del cielo. ¿No es como una metáfora del estado moral del país? Así de arrastrojada se nos ha quedado la urna del alma tras meses de la misma retórica, las mismas tertulias en la tele, las mismas maniobras caciquiles, la misma pachorra desvergonzada de los mismos que todos sabemos que van a seguir haciendo lo mismo en cuanto nos acabemos de dormir... Pero no se preocupen, alguien vela por nosotros. Si andan por la rastrojera y dejan que el aire les abrase un par de horas la cabeza, verán dibujado en el cielo el inmenso rostro de Rajoy, como un gran buda de sonrisa bobalicona y bostezo incipiente. La actividad de Gautama-Mariano ha sido estos meses la levitación estival, la quietud del yoga bajo el sopor del mediodía, la renuncia a todo deseo menos el de no moverse del sillón. El presidente en funciones sabe que a sus votantes – mientras nada cambie, y se mande como Dios manda – les trae sin cuidado la política. Y a él también. Por eso habla, anda, y casi corre, como recién levantado de la siesta. Y espera, cabeceando, como una mantis religiosa con plaza en algún negociado de provincias, que la cosa caiga por su propio peso. Al fin y al cabo es él o él, o terceras elecciones (y también él).

Si Rajoy es como el runrún metálico de la chicharra, Sánchez es el silencio profundo del campo, el mundo onírico, el viaje interior, el misterio... Si Rajoy lleva meses paseándose en camiseta y rascándose mientras mira de reojo la semifinal de algo, Pedro Sánchez es la viva imagen del héroe en tensión: contraído el rostro, desconfiada y dura la mirada, atento a la víbora que acecha tras cada matojo. Entre la espada del harakiri del apoyo al PP, y la pared del nicho en que se ha dejado colocar por amigos y enemigos, el correoso Sanchez parece que no se rinde, se revuelve y sigue caminando hacia algún sitio – protegida la cabeza con unas pocas encuestas desvaídas – en busca de no se sabe qué: ¿una vuelta más a la ruleta de las elecciones en un tú contra mi – ¡por fin! – frente a Mariano? ¿Un loco intento de valor para descender hasta las grutas de Podemos (a rescatar, quizás, a la Princesa de Errejón)? Sólo él lo sabe (si lo sabe). La verdad verdadera es que el único que parece jugar a algo lejanamente cercano a la política es Rivera. Un juego fácil – prepararle carambolas al PP –, pero que lo tiene – o eso quiere dar a entender – como puta por rastrojo. Pobre. Pero listo. Ya veremos si no pasa de palanganero a vicepresidente. Mientras, a nosotros se nos agostó la paciencia. Todo esto está a años luz de esa nueva política que no hace tanto (aunque parezca un siglo) creíamos que podía llegar a florecer en este país de secano. Hoy solo queda la rastrojera.


lunes, 11 de julio de 2016

Messi: el deportista emprendedor.

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura



Menos mal que la cosa se ha quedado en una multa de nada. Llegan a meter a Messi en la cárcel y ríanse ustedes del motín de Esquilache. Habría barricadas y muertos en las calles. Cataluña se independizaría a las bravas. El país sería una mezcla entre Irán, Venezuela y el resto del eje del mal sin necesidad de que gobierne Podemos. Fernández Díaz conspiraría contra los jueces, y Rajoy moriría de agotamiento botando ante el tribunal de apelación. Pero no. No es posible. ¿Cómo van a meter a Messi en la cárcel? ¿Y los niños que le esperan para animarlo y pedirle una foto en la puerta del juzgado? ¡Por Dios! ¿Es que nadie piensa nunca en los niños?...

Decían los pitagóricos – unos filósofos griegos muy antiguos – que en la vida, tal como en un estadio olímpico, hay tres tipos de persona: los deportistas que van a competir, los negociantes que van a hacer su agosto, y los espectadores que van a ver el grandioso espectáculo del mundo. Pero solo aquellos que se dedicaban a mirar y entender (los espectadores) son los que hacen algo propiamente humano, mientras que deportistas y negociantes solo hacen cosas propias de animales. Los deportistas, es obvio, porque dedican su vida a correr, brincar y otras actividades igual de simiescas. Y los negociantes porque todo lo hacen bajo el mismo principio interesado y económico que el resto de la fauna: lograr el máximo beneficio con el mínimo coste o esfuerzo.

¿Cómo es, entonces, que los jóvenes (y la mayoría de los mayores) prefieren soñar con ser deportistas o negociantes en lugar de sabio contemplativo? Es cosa de nuestra época. En otros tiempos el modelo a imitar era el noble guerrero, o el santo virtuoso, o incluso el sabio ilustrado. En el nuestro, los arquetipos morales son el deportista encumbrado y el vendedor de batas (u ordenadores) multimillonario. Si unes ambas cosas ya tienes el logotipo de esta loca época dominada por la raza de los tenderos: la estrella de fútbol, el tarugo despabilado que no solo vive de dar patadas a un balón, sino que hace una multinacional de sí mismo y de su reflejo en la mente de infinitos niños que, entre patada y patada para apartar la miseria (o para encontrar un trabajo que no sea una patada a la dignidad), pueden soñar que Messi, o Ronaldo existen. Que la justicia existe.

Y para que el mito sea más veraz, y el sueño más lúcido, Messi se ha sentado en el banquillo, no en el del estadio, donde ya es el rey, sino en el de los grandes emprendedores – de Mario Conde a la Infanta de España – : en el banquillo de los acusados. Y ha hecho el paseíllo, como los toreros, del coche al juzgado, en olor de multitudes, bajo la metralla de los fotógrafos, como los grandes héroes, para solaz de todos los niños. Porque Messi – y su padre – sí que piensan en los niños. Al menos, en los que vienen con un balón debajo del brazo...




viernes, 13 de noviembre de 2015

Como distinguir a un filósofo de los demás mortales

Rene Magritte. Philosophers lamps. 1936.
Los despreocupados (por no decir otra cosa) editores de la maravillosa revista Humano, Creativamente Humano, han tenido a bien publicarme este texto, pretendidamente humorístico, sobre la idiosincrasia (por no decir otra cosa) de los filósofos. Benditos sean!

domingo, 18 de octubre de 2015

Hay cosas con las que no se bromea... lo suficiente. Sobre humor, filosofía y libertad de expresión.

Texto publicado originalmente por el autor en el Correo Extremadura

Hace unos días, la Audiencia Nacional imputó a un tuitero por mofarse del denunciante del edil de Ahora Madrid, Guillermo Zapata. El tuitero contestó a un comentario del denunciante (Daniel Portero, presidente de la asociación Dignidad y Justicia) referido a la polémica con Zapata: "Después del archivo de Zapata, ¿se atreve alguien a hacer un chiste de 'humor negro' conmigo o mi padre asesinado a tiros en la casa de Granada? Espero que no". El tuitero imputado respondió con el mensaje por el que ahora se le juzga: "Claro que sí. ¿Le dices que me preste el colador?".

Independientemente del buen o mal gusto del bromista. ¿Debe ser objeto de sanción contar un chiste? Por lo enconado de algunas opiniones, da la impresión de que hubiese aquí algo profundamente esquivo a los razonamientos. Tal vez porque el humor también lo sea.

Los que consideramos inadmisible el delito de opinión o la censura, tenemos como argumento favorito el de que todo se puede argumentar. Pensamos que no hay que censurar al xenófobo o al machista, sino dejar que exponga sus opiniones. ¿No es acaso la democracia el reino del diálogo, en el que todo el mundo puede expresar sus creencias y someterlas al juicio de los demás? ¿Tan inseguros estaremos de nuestras convicciones como para prohibir las que se les oponen? ¿No será mejor ponerlas constantemente a prueba para comprobar su firmeza? Claro, se nos dirá, ¿pero y las opiniones que incitan al delito, como las que exaltan el terrorismo o llaman a la guerra santa? Pues tampoco estas se deben censurar. Incitar al delito no es delinquir. Y los ciudadanos ya somos mayorcitos para saber si hacemos caso o no de esas incitaciones. Otra cosa son la difamación o la humillación de alguien. Pero también aquí los defensores de la libertad de expresión tenemos opciones. La difamación se desmonta con pruebas y mejores argumentos. Y la humillación se repara, mejor que peor, si se demuestra injustificada e inmerecida. Pero, insisto, la condición de todo esto es que aquello que se exprese, sea lo que sea, encaje en un discurso argumentativo. El problema es cuando este encaje no es posible, o no está nada claro. Dos son los casos: el insulto y... el humor.

Ni los insultos ni las expresiones humorísticas tienen fácil relación con lo argumental. Aunque por motivos distintos. Los insultos son previos a la argumentación, o la sustituyen burdamente; las bromas, en cambio, van, a menudo, más allá de ella. Los insultos son, en el fondo, bastante tolerables. Como suele decirse, no insulta quien quiere, sino quien puede. Además, en cuanto carecen de argumento, es fácil despacharlos como exabruptos que descalifican al emisor más que al receptor. Aún así – dirá alguien – hay gente que se siente herida o acosada por los insultos. Cierto. Pero en este caso, más que la censura, lo que funciona es fortalecer y educar a los que se sienten vapuleados por lo que no tiene mayor importancia (es como tratar esas fobias en las que uno tiene miedo a lo que no merece provocarlo).

Hemos dicho que los insultos son relativamente tolerables. Al menos, cuando no van acompañados de la risa. La risa es mucho menos soportable que el insulto; porque un buen chiste sobre tu persona o sobre lo que dices no admite ninguna defensa argumental. Las expresiones cómicas no están más acá de los argumentos, como ocurre con los insultos, sino, a veces, más allá de ellos. Y aunque esto admite gradaciones (hay risas burdas como un insulto; e insultos tan agudos y veraces que despiertan la risa), la risa, el chiste, nos puede dejar planchados, o callados, sin capacidad de réplica. Ni que decir tiene que esto molesta mucho a mucha gente. La risa es subversiva. Si el insulto suele descalificar a quien lo emite, la burla, cuando es efectiva (es decir, cuando da la risa), deja en evidencia al burlado.

¿Pero hay que censurarla entonces? De ninguna manera. Primero, porque siempre se nos escapa, la risa. Segundo, porque la burla es una manera infalible de recordar lo falibles que son nuestras infalibilidades (vamos, lo cómicas que son nuestras grandilocuentes tragedias). Si el discurso del genio o de la autoridad competente provoca un chiste o nos hace reír, es que su discurso carece de verdadero genio o de autoridad real (o que va sobrado de ir sobrado, lo que también puede provocar ese llanto de miedo al ralentí que es, según algunos, la risa). Así, si el humor negro nos hace reír (y nos hace reír a todos, con más o menos disimulo) es que el discurso moral sobre cómo hay que tomarse las cosas del dolor y la muerte es risible; es decir: que es humano y perfectible. Y la risa, tan solo, nos advierte de ello. ¿Habrá algo más útil?
Revulsivo y crítico, síntoma de nuestras debilidades y errores, vacuna contra el fanatismo y la estupidez, y enemigo de todo lo que se oculta a la luz como tabú sagrado, el humor es, un poco, como la filosofía. Y si, como decía el poeta Scutenaire, "hay cosas con las que no se bromea...lo suficiente", podríamos decir con cualquier filósofo que "hay cosas que no se razonan... lo suficiente".

Por si todo esto fuera poco, el humor es, también, el bálsamo de fierabrás más dulce y efectivo contra el dolor del mundo. Y, a veces, ese bálsamo tiene que ser negro, negrísimo. Porque la vida también lo es. ¡Y ella empezó primero!




miércoles, 13 de enero de 2010

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