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sábado, 11 de abril de 2026

Elogio de la dispersión

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura


Pese a que no dejamos de comentarlo o fotografiarlo todo, parece que viviéramos hoy en un presente continuo, casi sin recuerdos, como un animal.  Resulta que somos capaces de atender a la tele mientras leemos o escribimos en el móvil, charlamos con alguien, corremos en la cinta estática y escuchamos la música del fondo, pero nos resulta casi imposible reproducir o situar lo que vimos, leímos u oímos la semana pasada. La hiperproducción de estímulos y la naturalización del concepto liberal de libertad (ese bufé libre de datos, opiniones y opciones ideológicas, morales, estéticas e identitarias) no parecen dejar más salida a nuestro sufrido aparato cognitivo que la dispersión. Una dispersión en la que la memoria es sustituida por el machaqueo repetitivo de la publicidad y en la que una burbuja digital de imágenes, voces e ideas fugaces parece superponerse constantemente a nuestra propia conciencia... Ahora bien: ¿es esto tan espantosamente malo? ¿Se trata de una verdadera involución? ¿No será más un mecanismo adaptativo que una patología social?

Piensen que concentrarse en una sola cosa (un esfuerzo siempre contra natura) podría entenderse hoy como un alarde insensato y dogmático: ¿qué diablos es tan importante como para renunciar a la pluralidad de estímulos y experiencias que me promete una atención flotante y dispersa? ¿No representa esto último una nueva y cierta aspiración – mística, experiencial – a una especie de «totalidad»? Además: ¿cómo y bajo qué criterios me concentro en el proceso mismo de seleccionar aquello en lo que me concentro? ¿Qué libro o película escoger entre los millones que nos ofrecen los catálogos «on line» o las plataformas de «streaming»? O la elección es pura irracionalidad (un capricho) o es un absurdo existencial (tardaría más en seleccionar la obra adecuado que en consumirla). No es extraño que se generalice la afición a las series o al «scroll» infinito: es una manera de sortear el esfuerzo antieconómico y estresante de la elección. El filósofo S. Kierkegaard relacionaba la angustia con la experiencia abismal de la libertad: ¿por qué elegir nada si, con toda probabilidad, el mejor libro, la persona más atractiva o el mejor artículo a adquirir sean uno de los infinitos a los que renuncio al elegir este o aquel?

Por otra parte, que vivamos en la inmediatez, en un pasar sin pausa de un estímulo a otro, no quiere decir que hayamos renunciado a la actividad que trasciende todo presente y nos constituye esencialmente como humanos: la narratividad, el consumo y la producción de tramas. Lo único que ocurre es que, como efecto paradójico de la dispersión, las tramas circulan ahora en modo ultraconcentrado. La dilación barroca y tramposa de la narrativa de la que, por ejemplo, vivían la gran literatura o el cine, fue producto de una falta pasmosa de competencia. Hoy, la batalla por la atención y el relato son tan feroces que no queda sino ir al grano (y desgranar en minutos la trama que contamos). De ahí la constante producción de memes, «shorts», «reels», «tiktoks», «tuits», que no tienen por qué representar una renuncia nihilista al «gran relato», sino -- ¿por qué no? – un registro frenético de la biblioteca de Babel en busca de nuevas y más verdaderas tramas. Espero que de ellas sí que nos acordemos al día siguiente… 

viernes, 6 de febrero de 2026

La guerra civil sobre la Guerra Civil

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.

No hay nada más insultante que negarle la palabra a alguien. O que negarse a hablar con él. Negar a quien sea la posibilidad de expresarse es despojarle de todo lo que le hace humano (y redimible, caso de ser un bestia): el lenguaje, el habla, la razón... Es preferible que te den un puñetazo a que te retiren la palabra. Lo segundo duele más (siempre duele más el alma). Por eso resulta tan dolorosa – y estúpida – la actitud de aquellos que se niegan a hablar (y por descontado a escuchar) a quienes se sitúan en sus antípodas ideológicas. Una cretinez generalizada y peligrosa que hoy exhiben impúdicamente politicastros, artistas o «intelectuales» más apegados al moralismo parroquiano y al activismo garrulo que al diálogo inteligente con quienes no comulgan con su catecismo ideológico. 

Que esta actitud provenga además de intelectuales o personajes adscritos a los valores de la izquierda (la dignidad humana, la igualdad, la apertura al otro, la razón comunicativa, el diálogo como vía de resolución de conflictos…) resulta deprimente. El último caso es el del escritor David Uclés retirándose de unas Jornadas de debate sobre la Guerra Civil por no agradarle el título (por demás, absolutamente certero: «1936: La guerra que todos perdimos») o por no vérselas con José María Aznar; como si uno solo debiera dialogar con los suyos y en su cenáculo o parroquia (y como si en las parroquias realmente se dialogara de algo). Tras Uclés, cuya torpe propuesta de título («la guerra que sufrimos todos») podría ser igualmente criticada por el maniqueísmo simplista de los demagogos de izquierdas, se ha largado toda una manga de personajillos temerosos del qué dirán (curiosamente, se han quedado todos los historiadores, de uno y otro signo, menos una que, razonablemente, no encontraba ya el horno para bollos dialécticos), y se ha hecho el habitual escrache por parte de la jauría de cretinos convencida de que no hay nada que pensar (o que remover, como ha dicho un portavoz de la Federación Andaluza de Memoria Democrática, copiando el argumento que emplea la derecha para no remover las cunetas). Resultado de todo ello es que las Jornadas se han suspendido.

Que en este país haya gente (mucha gente) que no solo se niega a hablar con el oponente, sino que intenta impedir que el oponente hable (cancelando o boicoteando conferencias, jornadas y eventos culturales), o que amenaza con cancelar su suscripción a un periódico por publicar un artículo que no repite lo que ya piensa (como el de Ana Iris en El País tildando de fascista al «antifascismo» de Uclés) y que, encima, exhiba todo esto como un virtuoso signo de compromiso político (en vez de como un síntoma de gregarismo dogmático) es algo sobre lo que tendríamos mucho que hablar…

A este país le sobran tontos y demagogos, y le hace falta como el comer, el tomar cañas o el compartir memes, una educación para el diálogo (ese, el diálogo, y no el pacifismo infantil e inocuo, es el cimiento de una verdadera cultura de paz). Un diálogo fundado en el libre intercambio de argumentos, en la escucha, el análisis y la verdadera empatía, que es la capacidad específicamente humana de ponerte en la piel del otro para entenderlo mejor. Uclés, Maíllo, Iglesias y parte de la izquierda española no parecen haberse enterado de que vencer es convencer, y de que para convencer hay que dialogar. Lo otro es una guerra civil, o mediática, en la que, en tanto nadie convence a nadie, perdemos efectivamente todos.

jueves, 12 de septiembre de 2024

Acallar a las mujeres

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura y el Diario de Ibiza.

No hay nada peor para hundir a alguien que negarle la palabra, dejársela en la boca, no dirigírsela u oírla como el que oye llover. Diría que hasta es preferible, como mal menor, que te griten o te insulten. Quien te insulta no niega al menos tu humanidad (todo lo contrario: la reafirma como aquello que en un sentido u otro le interpela), mientras que quien te retira la palabra te convierte en un mueble, un espectro, en un cero absoluto a la izquierda.

Prueben a pensar (o a recordar) lo que se siente cuando nos ignoran o marginan en una conversación, nos niegan la posibilidad de explicarnos en asuntos que nos conciernen o nos impiden ejercer el derecho a réplica. La experiencia es humillante, hasta el punto de que uno llega a rumiar durante mucho tiempo el dolor y la rabia por verse ninguneado en algo tan vinculado a la propia identidad como la manifestación pública de lo que se cree o piensa.

Ahora bien, si marginar o ningunear al que desea expresarse nos parece algo tan vejatorio, piensen lo que sería si le prohibieran lisa y llanamente hacerlo. ¿No les parecería algo insoportable? Pues esto mismo es lo que han de sufrir las mujeres afganas tras la última ley de los fanáticos que las gobiernan; una ley por la que se les prohíbe no solo hablar, sino hasta el mero uso de su voz en lugares públicos – a no ser a petición y con el permiso de sus «amos», se entiende –.

Es cierto que para ser individuo basta con hablar con uno mismo, algo que puede hacerse en silencio, pero para ser una persona plena – y no digamos un ciudadano digno – es imprescindible el uso público de la palabra; solo así nos reconocemos mutuamente, analizamos objetivamente los problemas, dilucidamos de forma dialogada los asuntos que nos importan y nos unimos en el desahogo y la risa, la seducción y el goce, la protesta colectiva o la creación compartida… Sea en el lenguaje que sea, sin ese «logos» común – que decían los griegos – no somos más que una célula aislada, un monólogo idiota que no lleva más que a la alucinación y la locura. 

Y a esta locura y negación radical de la personalidad es a lo que conduce la última medida de los talibanes, decididos, fetua tras fetua, a convertir a las mujeres en silenciosas esclavas al servicio de los varones. Aunque esto no solo es cosa de talibanes, todo hay que decirlo. Lo que representa de modo radical el régimen afgano puede observarse con menor intensidad (o mayor sutileza) en todos aquellos lugares en los que se margina a las mujeres de los escenarios de representación y decisión colectiva.

Y ante todo esto lo último que debemos hacer es callarnos. Dicen los filósofos que el mal radical es la voluntad de querer la nada; pero no es mucho mejor ese nihilismo depresivo que opta por no hacer ni querer nada. Hay que exigir que se reconozca como crimen contra la humanidad el apartheid de las mujeres en Afganistán, obligar al gobierno talibán a dar cuenta de sus crímenes, y facilitar toda la ayuda posible a las miles de afganas exiliadas. Y hace falta también mirar alrededor en busca de esas otras mujeres invisibilizadas y enmudecidas por violencias mucho más cercanas a nosotros. Y para encontrarlas solo hay que hacer una cosa: dejarlas hablar.

 

 

miércoles, 3 de abril de 2024

Profesores que cuentan

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
 

Si me pidieran que diseñara una prueba definitiva para certificar la competencia de un profesor o profesora, creo que sería esta: le pondría delante de un grupo de alumnos de la ESO, todos con el móvil en la mano, y le pediría que les contara una historia. Nada más que eso: una historia cualquiera relacionada con su área de conocimientos. Si lograra que los alumnos se olvidaran del móvil y se metieran en la narración, escuchando y participando de ella, estaría contratado. No haría falta más. La competencia científica se le supondría (nadie puede contar una buena historia sin saber de lo que habla), y todo lo demás, si hiciera falta, se aprendería después

¿Les parece una prueba imposible? Pues no lo es en absoluto. No hay público más dispuesto a dejarse seducir por una buena historia que un niño o adolescente. Es lo que buscan también en las demonizadas pantallas: historias; historias cortas como las de Tik-Tok y largas, como en los juegos de rol, o como las de esos videos en los que un youtuber cuenta su vida o narra durante horas lo que sucede en un juego tal como si un poeta épico narrara una batalla. Como todo el mundo, los chicos saben casi sin saberlo que el más insignificante concepto vale más que mil imágenes, y solo acuden a estas (¡y bien mezcladas con palabras!) cuando no otean nada digno de narrar o de ser oído en el horizonte...

Viene todo esto a cuento de algún estudio reciente que confirma que contar cuentos, historias o teorías de manera ordenada y bajo una lógica o estructura narrativa es una forma de enseñar y aprender tan eficaz o más que las metodologías más manipulativas o «prácticas» (iba a decir más «activas», pero dudo que haya nada más activo que recrear o interpretar mundos e ideas en la mente). Sé que esto es como descubrir América y la pólvora juntas, pero no está mal insistir: los cuentos e historias despiertan la atención y el interés, ayudan a comprender asuntos complejos, fijan contenidos en la memoria (los trucos nemotécnicos suelen ser de naturaleza narrativa) e integran la comprensión de ideas o prácticas con el aprendizaje de actitudes, valores y aptitudes estéticas.

Al fin, el ser humano es el animal que cuenta cuentos. En eso consiste toda nuestra cultura, y también nuestra manera específica de ser. Tenemos un yo narrativo: somos la historia que nos contamos acerca de quienes somos; la primera persona del relato con que damos cuenta de nuestra vida, hilvanando memoria y proyectos de la forma más coherente posible. Por ello, la falta de dominio del lenguaje, el no saber expresarse ordena y coherentemente, o la dificultad para comprender y narrar historias, no solo son incapacitantes para un aspirante a maestro, sino para cualquier ser humano. Sin ese dominio del lenguaje, de la narración y el diálogo interno, no hay dominio de sí, ni vida interior que valga para certificar que somos seres humanos, y no loros o aplicaciones de IA.

Otro asunto bien conocido es el del poder motivador de los cuentos e historias. Y no me refiero única ni fundamentalmente al ámbito educativo. Los cuentos han servido siempre para cohesionar sociedades y existencias. La gente hace lo que hace, vive, muere o vota en función de la suma de «cuentos» (míticos, religiosos, políticos, científicos, filosóficos…) que pululan y combaten en su cabeza; por eso hay que cuidarse de promover el espíritu crítico en relación con ellos (cosa muy distinta de censurarlos, como hacen esa suerte de antimaestros que son el inquisidor o el comisario político). Y para promover ese espíritu está el complemento perfecto de la historia narrada: el diálogo vivo con el que exprimimos, deconstruimos y nos apropiamos críticamente de su contenido ideológico…

Por cierto, las requetemal entendidas «situaciones de aprendizaje», una herramienta didáctica especialmente destacada por la nueva ley educativa, tratan justamente de esto: de generar estructuras narrativas y dramatúrgicas (con sus retos, escenarios, roles, actividades enlazadas, desenlaces y ejercicios de reflexión) en las que introducir al alumnado para que aprenda de un modo más natural, pleno, profundo y crítico lo que se le quiere enseñar. Tampoco esto es nuevo, claro. Todo buen docente ha sabido siempre que la mejor manera de enseñar algo es echándole cuento y teatro, planteando problemas, inventando situaciones hipotéticas, envolviendo a los alumnos en la metáfora, juego, historia y diálogo que mejor y más conscientemente los comprometa con lo que han de aprender. Es probable que solo así, entramándolo como un capítulo más de la historia y la obra dramática que somos, pueda ser el aprendizaje un verdadero acontecimiento con sentido y una aventura realmente transformadora.

 

lunes, 14 de febrero de 2022

Virtudes argumentativas

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura


Hay mitos que dicen que en el principio fue el decir, y que el dios creador originó u ordenó el mundo nombrando cada una de sus partes o cosas: el día, la noche, los animales, el ser humano… Curiosamente, en los Evangelios – que fueron escritos en griego – para referirse a este decir creador se utiliza la palabra «logos» que, en castellano, y entre otras, significa cosas como discurso, razón o argumento. Así, en lugar de «al principio fue el verbo», el conocido comienzo del Evangelio de San Juan bien podría haberse traducido como «al principio fue… el argumento».   

Al principio y al final, pues ya saben aquello de que «por la boca muere el pez». Nada nos da más información sobre la calidad de una persona que su capacidad para – sea en el lenguaje que sea – expresarse y razonar. Quien sabe argumentar sabe pensar y, por ello, participar en un diálogo («dialogo», otra insigne palabra griega, significa justamente esto: comunicarse con los demás – o con uno mismo – mediante argumentos). No hay alternativa: considérenlo y verán que no hay nada que considerar sin el lenguaje, esto es: sin el verbum o el viejo y filosófico logos griego.

Dado que los argumentos están al principio (como causa de lo que hacemos) y al final (como justificación de lo ya hecho), es importante que aquellos que nos guían y explican sean buenos argumentos. ¿Pero qué es un buen argumento? Hay dos formas (no excluyentes) de responder a esta pregunta. La primera es que un buen argumento es aquel que se atiene a lo racional, verdadero y justo; la segunda, que es el que mejor sirve a nuestros intereses particulares. ¿Cuál de las dos les parece a ustedes más certera (o más útil)?

No es fácil responder a esta pregunta, pero, aunque acostumbremos a creer que las razones que suponemos que nos conviene creer son también (¡qué casualidad!) las más objetivamente ciertas, en los momentos más lúcidos podemos llegar a reparar en lo contrario: que las razones objetivamente más ciertas son también, y justo por ello (¡qué causalidad!), las que realmente nos convienen.

Ahora bien, las razones ciertas y justas no caen de los árboles, ni están a nuestra disposición en el banco, sino que hay que buscarlas o construirlas, habitualmente a través del diálogo con los otros (si nuestra memoria no fuera tan lisonjera, reconoceríamos que ninguna de las ideas que tenemos es estrictamente nuestra). Y ese diálogo argumentativo no es un juego fácil: exige ciertas condiciones morales; condiciones relacionadas con lo que los filósofos llaman “virtudes argumentativas”. Veamos algunas.  

La principal virtud argumentativa es la capacidad para reconocer con honestidad el valor y pertinencia de un argumento ajeno, aunque contravenga nuestros intereses o puntos de vista personales. Esta virtud no es sencilla de ejercitar. Suelo decir a mis alumnos que en un diálogo el que pierde es el que gana, porque es el que aprende. Pero aplicarse el cuento es otra cosa, y a veces nos cuesta Dios y ayuda reconocer que no llevamos la razón. Tal vez porque, como dijo alguien, de la expresión «yo opino» lo que más nos gusta siempre es el «yo».   

Otra importante virtud argumentativa es la de la tolerancia, que al contrario de lo que se cree no tiene nada que ver con el respeto. La tolerancia es un concepto político relacionado con la convivencia y que refiere el saludable y democrático habito de permitir que se manifiesten opiniones y argumentos diferentes a los nuestros, aunque no los consideremos respetables, y siempre que no conculquen ese mínimo común denominador de la moralidad que son las leyes.

Una tercera virtud trascendental es la empatía, a la que podemos relacionar con lo que los filósofos llaman el “principio de caridad”. La empatía no consiste en respetar la opinión de tu interlocutor (ni siquiera si es víctima de algo, pues nada tiene que ver ser víctima de X con tener mejores argumentos sobre X), sino en ser capaz de comprender las cosas desde su perspectiva argumental, otorgándole por principio la mejor intención racional y moral posible. Por supuesto, para empatizar con alguien tienes que escuchar o leer con atención lo que dice, algo que le resulta dificilísimo a toda esa gente (yo me la encuentro por doquier y en el espejo a veces) cuya absoluta prioridad es expulsar el magma de opiniones y emociones que le hierve por dentro, algo para lo que le sirve de pretexto casi cualquier cosa que se le diga. 

Leer antes de opinar, interpretar con generosidad los argumentos del otro, mostrar tolerancia y reconocer con honestidad nuestros errores son, pues, algunas de las virtudes cardinales del buen argumentador, y algo a lo que se le debería dar la máxima prioridad educativa. Aprender la mayoría de las cosas que nos enseñan es contingente. Aprender a dialogar argumentativamente es imprescindible. ¿O no? Para saberlo no tendrán más remedio que argumentarlo.

lunes, 11 de octubre de 2021

¿Es democrático hablar mal?

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Una de las máximas más certeras que conozco es esa de que “por la boca muere el pez”. Aunque se usa para aludir a gente poco discreta o mentirosa, se refiere también al hecho, obvio, de que es a través del habla como se desvela lo que las personas son.

Seguramente, todos tenemos la experiencia de topar con individuos de lo más aparente que, al mostrarnos su incapacidad para hablar o dialogar con inteligencia y sentido, han perdido, de golpe, todo su atractivo inicial. A lo sumo, y en caso de expresarse en algún otro lenguaje de menor rango – digamos, no sé, el de los mimos o los músicos –, se les ha podido aguantar un rato – todo lo sublime que quieran –, pero no más. Al fin, no solo de imágenes y emociones vive el hombre.

A veces pongo a mis alumnos en una reveladora disyuntiva. Tienen que irse a vivir para siempre a una isla desierta, y solo pueden elegir a uno de estos dos acompañantes: un perro que habla, o un ser de aspecto humano (todo lo atractivo que quieran) que únicamente puede ladrar. La mayoría escoge, sin dudarlo, al perro. Intuyen que un ser que no pueda comunicarse en un lenguaje verbal (o en algún otro análogo, como el de signos o el código Braille) ni siquiera merece claramente la categoría de “humano”.

Ocurre algo similar si colocan a un niño pequeño frente a la representación de un objeto u animal que hable como una persona y, a continuación, ante un personaje con forma humana que solo emita sonidos mecánicos o propios de otros animales. En el primer caso, el niño se identificará rápidamente con la cafetera habladora o el dragón parlanchín; en el segundo, probablemente se asuste y no quiera saber nada con el “monstruo” aquel. Lo humano del ser humano – lo saben hasta los niños – está, pues, en el hablar.

Tal vez parezca simple, o injusto, pero solo encuentro dos criterios fiables a la hora de evaluar como tal a una persona: su aptitud para dialogar con honestidad y empatía, y que sepa escribir o, cuando menos, hablar. No me interesa (ni me fio de) la gente que no es capaz de rebatirse a sí misma (que es la forma más seria de reírse de sí) o de emplear el lenguaje con cierta pulcritud. Sin duda, se puede saber dialogar y escribir, y ser un canalla. Pero en este caso hay cura. Quién, en cambio, no domina el lenguaje, no domina su pensamiento; y quien no domina su pensamiento no tiene forma alguna de dominarse a sí mismo.

Crear o recrear – interpretándolo – un texto, trazar en él un mapa de ideas y operaciones, sembrarlo de hipótesis, abonarlo con argumentos y contraargumentos, y dejar, con todas sus podas, que crezca por sí solo, es el único modo que concibo de desvelar o dar a luz lo que uno piensa – tan distinto, a menudo, de lo que cree pensar –. Decía Platón que la escritura sustituye el pensamiento por la memoria. ¡Pero lo decía en uno de sus más prodigiosos escritos! Fuera de ese combate mayéutico, en fin, con el lenguaje y el texto – compendio de todo diálogo posible –, que es el arte de escribir, apenas cabe aventurarse en el pensamiento.

Escribo todo esto, no para insistir en aquello de la degradación actual del lenguaje – algo que es cierto, pero que también hay que valorar en el contexto de unos índices de escolarización o de acceso a los medios multiplicados en muy poco tiempo –, sino más bien para denunciar la perversa idea de que esa degradación en el uso de la lengua (incluso la administrativa o la educativa) es poco menos que un requisito democrático.

Circula así la consigna, por claustros, consejerías o ministerios, de que, “para que todo el mundo lo entienda”, hay que simplificar (que no es lo mismo, sino lo contrario, a veces, que clarificar) medios y mensajes, aliviando al lenguaje de estructuras complejas, párrafos extensos, vocabulario excesivo y argumentos que no quepan en el espacio de un tuit (que es el formato ya asentado de la declaración pública). Pareciera que la Administración se empeñara en imitar la economía del lenguaje verbal (y de la inteligencia) que imponen los medios audiovisuales.

Ahora bien, el imperativo de vulgarizar el lenguaje solo responde a una idea muy burda de lo que es “democrático”. La democracia es el gobierno del pueblo. Pero el pueblo ha de gobernar algo, digamos el Estado, que posee una entidad y unas funciones propias, entre otras la de capacitar o educar a la gente que ha de gobernarlo. Y educar no equivale a homogeneizar la práctica del lenguaje, sino a reconocer lo valioso de su heterogeneidad y promover aquellos usos que más y mejor nos permiten ser y comunicarnos. Hacer apología de la simpleza, en una época tan complicada de pensar como esta, es otra manera – otra más – de infantilizar, tutelar y entontecer plácidamente a la gente, manteniendo las desigualdades fundamentales bajo la apariencia de que, como hablamos igual (de mal), estas han dejado de existir.

lunes, 5 de abril de 2021

Realities y violencia machista

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura

Confieso que no tengo ni idea (ni podría tenerla con los cotilleos al uso) de quién es la famosa Rocío Carrasco, su exmarido, la relación entrambos ni, en general, la pléyade de esperpénticos personajes e historias con las que goza la gente (especialmente si hay dolor “real” en escena) en el grotesco circo de la casquería mediática, pero reconozco que el fenómeno de la “docuserie” en torno a la aludida, con sus correspondientes y homologadas trifulcas, y hasta la berlusconiana participación de políticos en busca de votos (incluyendo a una ministra sumándose al tribunal sumarísimo de “Sálvame”) resulta fascinante.

Es procedente, de entrada, recordar a qué género estético-mediático pertenece el producto del que hablamos. No se trata, como se cree, de un “documental” (en un documental se presentan varios puntos de vista, intervienen expertos, se refieren pruebas…), pero tampoco de una ficción dramática (pues el personaje, sus palabras, emociones, gestos, etc., se toman aquí como reales). Encaja pues, de manera arquetípica, en el formato de “reality show” – la generación y exhibición en forma de espectáculo televisivo de vivencias dramáticas “reales” –, la suerte de pornografía o prostitución psíquica de la que vive desde hace varios decenios la televisión.

Aclarado esto, vamos a la cuestión interesante planteada en torno al éxito del “documental” sobre Carrasco: ¿puede contribuir un “reality show” a objetivos noblemente políticos como, en este caso, el de la visibilización de la violencia machista? No es sencillo responder a esto.

Partamos de la tesis de que ningún fenómeno estético con relevancia social es políticamente inocente. Lo estético (antaño ligado a la religión, luego a las llamadas bellas artes y hoy al orbe del entertainment mediático), con su fabulosa capacidad de seducción y manipulación emocional y retórica, es una dimensión fundamental de lo político y mantiene, entre otras, la función de contribuir a generar el grado de conformidad suficiente para sostener el orden social y el poder que lo administra.

Más aún, la contribución de lo estético a esa generación de conformidad obedece, según algunos sociólogos, a dos mecanismos complementarios: uno, cabe decir “directo”, por el que lo estético encarna sin más la ideología vigente (piensen, por ejemplo, en las películas o las series televisivas más convencionales), y otro “inverso”, por el que representa lo opuesto o alternativo a dicho orden ideológico, ofreciendo una vía de escape – ilusoria, claro, en tanto meramente estética – a la disconformidad y la crítica (así, por ejemplo, la literatura popular en torno al “fuera de la ley”, las parodias de carnaval, las letras de “hip-hop”, el grafiti), con el añadido de que, a veces, esta “estética de la inversión” incorpora una dimensión grotesca, de deformidad consciente, destinada a regenerar la conformidad con el orden “puesto estéticamente en entredicho”.   

Digamos, con relación a esto, que el reality parece combinar los dos mecanismos citados: celebra o asume el orden imperante (ningún reality pone en cuestión el sistema social instituido – de cuyos conflictos en el ámbito doméstico vive –) y, a la vez, escenifica un cierto cauce de liberación y subversión del mismo, quizás el más extremo y desesperado: el de la exhibición descarnada (¡en vivo y en directo!) de lo real en su versión más cruda: la del dolor o humillación de alguien ante las cámaras.

Ciertamente, lo “real” o “auténtico”, hasta en algo tan primario e inarticulado como el dolor, es siempre subversivo (frente a las convenciones en que se funda el orden social), pero dicha subversión, por modesta que sea, se desactiva del todo en cuanto pasa a ser parte del espectáculo, y el oprimido que gime o grita en el plató (y es indiferente que se trate de la víctima o el verdugo: ambos son sacrificados – como gladiadores en el circo – para solaz de todos) pasa a encarnar la esperanza de no serlo (ganando dinero, siendo famoso, liberándose de la esclavitud o el trabajo) para reintegrarse, de modo ejemplarizante, en el sistema.     

¿Sirve, en fin, la “telerrealidad” para cambiar la sociedad? En general, no. En relación con lo dicho y especialmente con la violencia machista, la imagen que los realities presentan de la mujer y de la sociedad es, por necesidad (de guion), conservadora, de forma que todo lo que pudieran aportar excepcionalmente de bueno es fagocitado (junto a los políticos que se le acercan) por un monstruo que, en el fondo, justifica y banaliza la violencia y el dolor del que vive. No existen pues, aquí, atajos populistas. Las cosas se cambian con leyes, educación e ideas; no con Tele 5. 

sábado, 19 de diciembre de 2020

La idiotez del idioma



No falla. Siembras en una conversación el tema del idioma, y afloran, al instante, las idioteces (fíjense que idioma e idiotez comparte raíz). Has estado, quizás antes, señalando la luna (mencionando temas infinitamente más importantes) y ni flores; pero basta con que muevas un poco el dedo con el que señalas, para que comience la batalla dialéctica.    

¿Por qué, a veces, genera más entusiasmo el asunto del “cómo” decimos las cosas que lo “que” propiamente decimos? ¿A qué esta adoración fetichista por el idioma en que uno habla y piensa? ¿Qué es esto de que las lenguas tengan derechos y hayan de ser conservadas o protegidas mediante la imposición, nolens volens, de políticas lingüísticas? Son varios los argumentos, y están anudados como en una red ideal para capturar incautos.

Uno de ellos es la tesis de que el idioma que uno habla configura su manera de pensar y ver el mundo. Esta teoría, por popular que sea, jamás ha sido demostrada. En la era moderna fue sostenida por los filólogos románticos alemanes del XIX, para los que el idioma era parte sustancial del “Volksgeist” o “espíritu del pueblo” (idea tan querida por nazis y fascistas de todo signo), y tuvo su correlato científico en la más que refutada hipótesis Sapir-Whorf, que ya solo sirve para inspirar películas de marcianos (La llegada, de D. Villeneuve; no se la pierdan).

Más allá de los experimentos que la desdicen, la popular (e intuitiva) idea de que por hablar un idioma distinto piensas (y eres) distinto, es impugnada por el hecho recurrente de la traducción. ¿Son inconmensurables los idiomas? ¿Es imposible traducir un texto, por ejemplo, del mandarín al vasco? – se preguntan desde hace decenios los filósofos del lenguaje –. Pues según lo que se entienda (tanto en mandarín como en vasco) por traducir. Si “traducir” quiere decir trasvasar un concepto o significado de un significante a otro, la traducción es siempre razonablemente posible. Es obvio que nunca será exacta y que siempre supondrá un acto de “recreación” del traductor, pero es que esto también pasa en el seno mismo del idioma. Entender a alguien, incluso en tu misma lengua, supone un ejercicio de traducción por el que captas lo (que tu supones) esencial de un mensaje, obviando parte de las innumerables connotaciones con las que probablemente se emite. Este mismo proceso “selectivo” gobierna de igual modo la memoria o el pensamiento (escuchar, decir, memorizar o pensarlo todo, es, por definición, imposible; acuérdense del pobre Funes, el antológico personaje de Borges).

Si la inconmensurabilidad entre lenguas es impensable (el que cree que no se puede decir en chino lo mismo que en vasco ha de poder pensar la misma cosa en ambos idiomas, aunque sea para negarla en uno de ellos), ¿qué es lo que mantiene viva la tesis terraplanista de que por hablar distintos idiomas pertenecemos a mundos culturales distintos? Pues es claro: el fetichismo en torno al idioma es un “arma de construcción masiva” de esa “unidad de destino en lo particular” que es la nación.

A diferencia del habla, el idioma es una institución política, cuyo objetivo no es solo establecer estándares de comunicación en un determinado territorio, sino también asignar un marchamo de pertenencia al grupo enraizado en la creencia de que tu misma identidad personal (tu carácter, tus ideas) depende de que “cómo” digas las mismas cosas que dicen (de otro modo) los demás seres humanos.

Así, es obvio que las medidas de inmersión en lenguas autóctonas (como en catalán o euskera) no solo obedecen a criterios culturales – como la preservación de determinada lengua –, sino, sobre todo, al objetivo, no disimulado, de hacer “distintivo” lo distinto y marginar (o someter) al que no habla como “nosotros”, imponiendo la abstracción política del idioma sobre el concreto derecho de la gente a hablar, comunicarse o aprender en la lengua que quiera, más aún si esta es su lengua materna y forma parte de las lenguas cooficiales de un Estado. 

Preservar por la fuerza un idioma o cualquier otra tradición es una idiotez supina. ¿Se imaginan que obligasen a los andaluces a escuchar flamenco o a los extremeños a comer migas para “preservar el patrimonio cultural”? Los idiomas viven y mueren (el catalán o el castellano viven, por ejemplo, gracias a la muerte del latín), y no son ellos los que deben imponerse a las personas, sino las personas las que deben imponerse a ellos, pensando y hablando (no importa a través de cuál) para una comunidad idealmente cosmopolita, diversa y formada en el espíritu de concordia y diálogo. El logos, decía el viejo filósofo Heráclito, es uno, ya se sueñe en finlandés o suajili. No seamos idiotas y despertemos.

domingo, 1 de marzo de 2020

Palabra de maestro



Muchos de nosotros somos lo que somos gracias a (o por culpa de) las palabras de algún maestro. Los maestros y profesores tienen más influencia de la que creemos. Y es muy dudoso, digan lo que digan, que esta influencia sea hoy menor de lo que era hace cincuenta o cien años. Es cierto que ahora disponemos de más información, pero no por ello de mejor formación. Sobre el confuso “ruido de fondo” de los medios y frente a la deflación de todo criterio o valor, buscamos y necesitamos más que nunca de la autoridad intelectual y moral de los maestros. 

Un buen profesor puede ser más influyente que la familia y hasta más poderoso que un Estado. Su rol y su impronta son decisivas en ese delicado “rito de paso” entre lo familiar (lo subjetivo y afectivo) y lo social (lo institucional y normativo) que representa la educación. Todos recordamos esos pocos docentes que en la escuela, el instituto o la universidad, nos dejaron una huella indeleble; una huella que forma parte ya de nuestro ser como personas. ¿Cómo lo lograron? ¿En qué consiste la maestría del maestro?  

La prueba fundamental de maestría es el dominio de la palabra, esa que, en un cuerpo tan pequeño y siendo casi invisible – decía el retórico Gorgias – , demuestra, sin embargo, el mayor de los poderes. La palabra determina toda nuestra vida: desde el diálogo primero con nuestros padres hasta la interiorización de ese diálogo en el torrente de palabras íntimas con que narramos, dirigimos y juzgamos todo lo que nos pasa y al que llamamos “conciencia”.

Pero a la vez que nos modela por dentro, la palabra también lo hace desde fuera, como institución social bajo cuyas normas – la gramática, la palabra de la ley, la palabra de Dios… – aprendemos lo que hay que pensar, desear, sentir, hacer y padecer. Pues bien: entre estas dos voces, la de dentro (familiar e íntima) y la de fuera (la del poder y sus leyes) tiene lugar la del maestro. La del maestro que, cuando lo es, es la palabra que comprende y libera.

A diferencia del habla afectuosa de la familia, del monólogo a menudo angustiado de la propia conciencia, de la confesión cómplice de los iguales, del parloteo de fondo de los medios, o del discurso imperativo de la norma, de Dios o de la ciencia, la palabra del verdadero maestro se muestra como un habla que comprende, es decir, un habla que ayuda a pensar, categorizar, humanizar, verificar y valorar reflexivamente las demás voces; y también, y por lo mismo, como un habla que nos libera en tanto nos permite comprender – y, por ello, controlar en lo posible –  todo lo que nos habita y nos rodea.

El habla comprensiva del maestro solo puede nacer del saber. El mejor profesor es el más sabio. Nada hay más simple e inapelable que esto. Contra la imagen –falsa y nociva– del docente como un técnico (un experto en didáctica, psicología, retórica...) el verdadero maestro es aquel que, por sus conocimientos y su bagaje humano despierta en el alumno las ganas de saber y de ser. Hagan memoria y verán como el maestro que más ha influido para bien en sus vidas no fue el más innovador, ni el que mejor “comunicaba”, ni el más simpático, sino aquél que más cosas apasionantes y verdaderas tenía para contarles y mostrarles, encarnadas en su voz y en su persona.

Para saber hay que vivir. Primum vivere, dice el dicho. Lo que no dice – y por eso el dicho es falso – es que la vida más vivida es la vida más pensada. Y la vida pensada es aquella que se deja traspasar por la palabra. Pensar es hablar y vivir por y desde dentro. Y educar hablar desde lo hablado, comunicar lo ya pensado y pensarlo – vivirlo – de nuevo otra vez.

Cualquier palabra vale más que mil imágenes, pues solo la palabra permite la reflexión (hablar de lo que habla). De otro lado, nada relevante o libre se hace o aprende sin pensarlo y hablarlo antes (que es lo más activo, con diferencia, que podemos llegar a hacer). La imagen y la mera praxis han sido siempre armas de seducción y alienación masivas, y solo en la palabra y el diálogo puede darse la argumentación, la refutación, la disrupción inteligente, la mayor ironía, la crítica, la libertad.      

Hay otra cosa que nunca he echado a faltar en los buenos profesores: el respeto a la palabra de sus alumnos; esto es, su disposición sincera a pedirles, ofrecerles y darles la razón y la voz a cada paso. ¿Habrá más elemental muestra de respeto hacia un ser racional – por joven que sea – que pedirle y darle razón de todo lo que conviene, o permitir que la inquiera y exprese él? Los buenos maestros, cuando animan a intervenir, te escuchan como si fueras a decir la palabra más importante del mundo. Y a veces, y solo por eso, empiezas a soñar con decirla de veras. Vaya con estas tan torpes mi homenaje a aquellos que me enseñaron a usarla, a hablar con razones y a discurrir por todos lados, por oscuros que parezcan, con esa pequeña luz que me ha hecho compañía hasta en la más oceánica de las incertidumbres. La palabra, sabia y libre, de mis maestros.
(Artículo publicado en la Revista Ex +, nº 1, de El Periódico Extremadura)



miércoles, 18 de octubre de 2017

La maldición de Babel


Hace tiempo tuve una animada discusión con unos compañeros filólogos. Les decía que, en mi opinión, los chicos ocupan demasiado tiempo en el aprendizaje de idiomas. Acaso el saber no ocupe lugar – les dije – , pero el tiempo que dedican los alumnos a aprender “cómo decir las cosas” lo pierden para aprender “cosas interesantes que decir”. Mis compañeros coincidieron conmigo en que los alumnos estudian muchas lenguas (tres mínimo, y hasta cuatro, en las comunidades autónomas con lengua propia), pero ellos lo veían justificado: “saber muchos idiomas – decían – es muy importante para tener éxito en la vida y una sólida base cultural”... Sobre esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

miércoles, 27 de julio de 2016

Sobre el concepto de metáfora y de metaforología en Hans Blumenberg

Hace unos meses, la revista de filosofía Paradoxa publicó este artículo en el que, en primer lugar, trato de exponer la teoría de Hans Blumenberg sobre el papel fundamental de la metáfora en el imaginario simbólico desde el que se constituye la cultura, y sobre la metaforología como saber dirigido a la comprensión de dicho proceso. Tras esta exposición me ocupo de dos cuestiones: (1) la cuestión de qué relevancia pueda tener la teoría de Blumenberg sobre la metáfora (y sobre las relaciones entre metáfora y concepto), atendiendo, especialmente, al asunto de la “inconceptuabilidad”; y (2) los problemas de concepción de la propia metaforología blumenbergiana. Acabamos con una reflexión en torno al valor del pensamiento de Blumenberg como síntoma de lo que  podría llamarse una “modernidad consumada”. Como la revista no está digitalizada, enlazo el artículo en la plataforma Scribd. El original se puede encontrar en Paradoxa, 17 (2015), pp. 81-111.  

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