Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Está de moda «ir a terapia». Nos
reíamos de los esnobs neoyorquinos hablando solos en un diván, o de la afición
de los argentinos al psicoanálisis, y ahora al fin (con cincuenta años de
retraso) estamos al mismo nivel. Si no quieres ser un don nadie (o un «boomer» casposo) has de ir
a terapia. No necesariamente porque tengas un problema médico específico, sino,
en general, para «cuidarte», para «estar
emocionalmente en forma», para
desarrollar determinadas «virtudes» (asertividad, resiliencia, inteligencia emocional…) y – sobre
todas las cosas – para que alguien te escuche. Normal. ¿Quién va a escuchar
gratis a un narcisista impúdico sin más inquietud que mirarse el ombligo
emocional (el otro, el físico, ya nos lo miramos en el gimnasio)? Mucha gente
va al psicólogo «porque» no puede ir
más que al psicólogo (y entiéndase ese «porque»
en los dos sentidos).
Ahora bien, ¿de verdad sirve la terapia
para algo? Desde un punto de vista rigurosamente terapéutico, está todo tan
psicopatologizado (no hay problema afectivo, moral, o hasta filosófico que la
gente no confunda con un problema psicológico) que la terapia puede servir
aparentemente para todo y (por lo mismo) para nada. Y en cuanto a lo de cuidar
del «bienestar mental» también tengo mis dudas:
¿quién es un psicólogo para decirte qué es estar bien o mal? La psicología es a
lo sumo una ciencia, no una religión o un recetario moral.
Además, me temo que la terapia tampoco
sirve realmente para que nos escuchen; al menos, no como nosotros queremos. Al
psicólogo le pagamos para que analice nuestra conducta, no para que empatice,
nos conforte y acabe debatiendo con nosotros sobre la conveniencia de nuestros
actos. El psicólogo no es un amigo, ni debe implicarse emocionalmente con su
paciente (eso nos enseñaban, al menos, en la facultad), ni puede convertirse en
una especie de gurú que, so capa de tratar presuntos problemas de conducta,
pretenda orientarla en función de determinados fines o valores.
No nos engañemos: lo que la mayoría de la
gente necesita no son psicólogos, sino amigos. Amigos que nos escuchen, no por
dinero, sino por interés genuino. No hay nada más «sanador» que saberse
querido y escuchado de verdad por otros. Ni nada más inteligente que rodearse
de amigos que nos conozcan y puedan, no solo aplaudirnos y apoyarnos (eso es fácil),
sino ponernos amorosamente a parir cuando haga falta.
Ahora bien, lo de tener amigos (que no
sean una IA) tampoco es gratis. De hecho, es bastante más costoso que ir al
psicólogo. Los amigos no se alquilan por horas; hay que ganárselos. Y para ello
conviene ser una persona lúcida, crítica, honesta, divertida y, desde luego,
tener inquietudes por algo que no sea el estrecho mundo de nuestras neuras,
manías, complejos y emociones particulares. Quien los tenga, pues, que los
cuide, porque los psicólogos abundan, pero los amigos están – como todo lo que
no es monetarizable ni fiscalizable– en serio peligro de extinción.











