miércoles, 10 de abril de 2024

¡Hay que usar el coche!

Una versión de este artículo fue originalmente publicada por el autor en El Periódico Extremadura.


 Ten
ía programada desde hacía meses una visita a Granada. No por placer, aunque la ciudad bien lo merece, sino para participar en un curso. Como la institución que me invitaba me rogó que no fuera en coche, y uno anda concienciado con lo del cambio climático, me empeñe en ir en tren, así que compré los billetes con toda la antelación posible (que no es mucha) y me resigné a pasarme el día en un vagón (el viaje desde Mérida dura unas siete horas, casi el doble que en automóvil) …

El camino a través de Tierra de barros y la Campiña no estuvo mal. Las ventanas, pese a la suciedad, dejaban ver un paisaje rutilante y florido, y el tren, aun vetusto y ruidoso, corría sobre los rieles. Hasta que tuvo que pararse de golpe en la estación de El Pedroso. Según se nos dijo, el mercancías que venía en sentido contrario apenas podía avanzar debido a que la lluvia había mojado los raíles y las ruedas resbalaban (¡), hasta el punto de que el maquinista tenía que bajarse a echar tierra para facilitar el agarre (sic). Suena a película cómica de principios del siglo pasado, pero era la cruda realidad: ochenta minutos de retraso, cinco horas para llegar a Sevilla en un tren, además, sin cafetería ni máquina dispensadora (que, como es habitual, no funcionaba). 

Por descontado, al llegar a Sevilla el tren que, según mi billete, habría de llevarme a Granada se había esfumado sin esperarme. Reclamé en una atestada oficina y la única solución que me dieron era trasladarme a Málaga y desde allí llegar, con dos horas más de retraso, a Granada. No sé cómo describir el desopilante diálogo con el empleado que me atendió: él asegurándome complacido que la compañía me aseguraba llegar sí o sí a Granada, y yo repitiéndole ojiplático que mi objetivo no era llegar algún día a Granada (cosa que, creo que ya he dicho, la ciudad bien merece) sino solo estar allí antes de que desesperasen o muriesen las personas que me esperaban. Sin nada que echarme al coleto tuve que correr, pues, para coger el tren a Málaga, engullir allí un sándwich plastificado y esperar para tomar el tren definitivo a la ciudad de la Alhambra; tren que llegó, por cierto, con otros cuarenta minutos de retraso, algo habitual, según me decían con la paciencia metida en el alma algunos de los pasajeros que lo tomaban a diario…

No sé qué les ha parecido la odisea, pero si Ulises hubiera tenido que volver de Troya con RENFE dudo que hubiera llegado a Ítaca todavía. ¡Qué les voy a decir que no sepan! Si persisten como yo en usar el tren para, por ejemplo, ir a la capital del reino, verán que el más rápido y madrugador te deja allí al mediodía, lo que impide casi cualquier actividad laboral; y eso en el caso, no del todo corriente, de que no pase nada por el camino. Les confirmaría que, para más inri, la política de abonos a viajeros frecuentes excluye a los extremeños que viajamos en trenes a larga distancia, pero la página web de RENFE está, como tantas veces, «temporalmente no disponible», incluso en las propias estaciones (en la de Mérida ya he intentado en dos ocasiones, tras la cola de costumbre, y sin éxito alguno – «el sistema no funciona» –, que atiendan mi reclamación).

¿No es terrible que un servicio tan representativo de la solvencia de un país como es su red nacional de ferrocarriles funcione tan increíble y rematadamente mal, sin que a nadie parezca importarle un higo? ¿Cómo es que no se habla de algo tan esencial para la vida cotidiana de tanta gente, para la supervivencia de comarcas enteras o para afrontar la crisis climática? Hoy mismo se anunciaba que la llegada del AVE a Extremadura se retrasa por vigésimo quinta vez (no es broma, porque ya no da ni risa), ahora a 2032. ¿Qué interés, lobby o extraña conspiración diabólica hay contra este y otros servicios públicos en este país en general, y en esta región en particular?  

No es extraño que seamos la Comunidad con más usuarios de BlaBlaCar. No porque seamos más extrovertidos y nos encante compartir coche con extraños, sino porque no tenemos más narices que hacerlo. Nuestra región sigue comparativamente tan mal comunicada y aislada como hace siglos. No hay ni trenes, ni buses ni mucho menos aviones para llegar a una hora decente casi a ningún lugar. Intentar trabajar fuera sin abandonar la región es un suplicio. Y venir aquí a hacerlo puntualmente es para pensárselo.

Así que sí, por más que nos pese los extremeños tenemos que coger el coche para todo y contribuir, sin quererlo, al incremento de las emisiones de CO2. Situación de la que no nos librará ningún portento (y gigantesco negocio) tecnológico, como el coche eléctrico (caro, insostenible, y necesitado de una infraestructura que ni existe ni se la espera), sino una apuesta sólida y bien planificada por el transporte público. ¡A ver si logramos que la mejor infraestructura de comunicaciones de Extremadura no sea, definitiva y vergonzosamente… el BlaBlaCar!

 

miércoles, 3 de abril de 2024

Profesores que cuentan

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
 

Si me pidieran que diseñara una prueba definitiva para certificar la competencia de un profesor o profesora, creo que sería esta: le pondría delante de un grupo de alumnos de la ESO, todos con el móvil en la mano, y le pediría que les contara una historia. Nada más que eso: una historia cualquiera relacionada con su área de conocimientos. Si lograra que los alumnos se olvidaran del móvil y se metieran en la narración, escuchando y participando de ella, estaría contratado. No haría falta más. La competencia científica se le supondría (nadie puede contar una buena historia sin saber de lo que habla), y todo lo demás, si hiciera falta, se aprendería después

¿Les parece una prueba imposible? Pues no lo es en absoluto. No hay público más dispuesto a dejarse seducir por una buena historia que un niño o adolescente. Es lo que buscan también en las demonizadas pantallas: historias; historias cortas como las de Tik-Tok y largas, como en los juegos de rol, o como las de esos videos en los que un youtuber cuenta su vida o narra durante horas lo que sucede en un juego tal como si un poeta épico narrara una batalla. Como todo el mundo, los chicos saben casi sin saberlo que el más insignificante concepto vale más que mil imágenes, y solo acuden a estas (¡y bien mezcladas con palabras!) cuando no otean nada digno de narrar o de ser oído en el horizonte...

Viene todo esto a cuento de algún estudio reciente que confirma que contar cuentos, historias o teorías de manera ordenada y bajo una lógica o estructura narrativa es una forma de enseñar y aprender tan eficaz o más que las metodologías más manipulativas o «prácticas» (iba a decir más «activas», pero dudo que haya nada más activo que recrear o interpretar mundos e ideas en la mente). Sé que esto es como descubrir América y la pólvora juntas, pero no está mal insistir: los cuentos e historias despiertan la atención y el interés, ayudan a comprender asuntos complejos, fijan contenidos en la memoria (los trucos nemotécnicos suelen ser de naturaleza narrativa) e integran la comprensión de ideas o prácticas con el aprendizaje de actitudes, valores y aptitudes estéticas.

Al fin, el ser humano es el animal que cuenta cuentos. En eso consiste toda nuestra cultura, y también nuestra manera específica de ser. Tenemos un yo narrativo: somos la historia que nos contamos acerca de quienes somos; la primera persona del relato con que damos cuenta de nuestra vida, hilvanando memoria y proyectos de la forma más coherente posible. Por ello, la falta de dominio del lenguaje, el no saber expresarse ordena y coherentemente, o la dificultad para comprender y narrar historias, no solo son incapacitantes para un aspirante a maestro, sino para cualquier ser humano. Sin ese dominio del lenguaje, de la narración y el diálogo interno, no hay dominio de sí, ni vida interior que valga para certificar que somos seres humanos, y no loros o aplicaciones de IA.

Otro asunto bien conocido es el del poder motivador de los cuentos e historias. Y no me refiero única ni fundamentalmente al ámbito educativo. Los cuentos han servido siempre para cohesionar sociedades y existencias. La gente hace lo que hace, vive, muere o vota en función de la suma de «cuentos» (míticos, religiosos, políticos, científicos, filosóficos…) que pululan y combaten en su cabeza; por eso hay que cuidarse de promover el espíritu crítico en relación con ellos (cosa muy distinta de censurarlos, como hacen esa suerte de antimaestros que son el inquisidor o el comisario político). Y para promover ese espíritu está el complemento perfecto de la historia narrada: el diálogo vivo con el que exprimimos, deconstruimos y nos apropiamos críticamente de su contenido ideológico…

Por cierto, las requetemal entendidas «situaciones de aprendizaje», una herramienta didáctica especialmente destacada por la nueva ley educativa, tratan justamente de esto: de generar estructuras narrativas y dramatúrgicas (con sus retos, escenarios, roles, actividades enlazadas, desenlaces y ejercicios de reflexión) en las que introducir al alumnado para que aprenda de un modo más natural, pleno, profundo y crítico lo que se le quiere enseñar. Tampoco esto es nuevo, claro. Todo buen docente ha sabido siempre que la mejor manera de enseñar algo es echándole cuento y teatro, planteando problemas, inventando situaciones hipotéticas, envolviendo a los alumnos en la metáfora, juego, historia y diálogo que mejor y más conscientemente los comprometa con lo que han de aprender. Es probable que solo así, entramándolo como un capítulo más de la historia y la obra dramática que somos, pueda ser el aprendizaje un verdadero acontecimiento con sentido y una aventura realmente transformadora.

 

miércoles, 27 de marzo de 2024

El gran poder

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura. 


Más o menos todos tenemos un ramalazo místico, un cierto gusto por lo mistérico y sacro, por lo que creemos o sentimos que nos trasciende y nos permite soñar que somos algo más que barro y tiempo. Y esto no solo atañe a las personas religiosas. Lo místico se busca de múltiples maneras: a través de la contemplación intelectual, en la abnegación moral, mediante la experiencia estética…

El correlato estético de la vivencia mística es el sentimiento de lo sublime. Según los filósofos, lo sublime es aquello que sentimos ante lo infinito, lo incomprensible, lo inconmensurablemente poderoso… Decía uno de ellos, Edmund Burke, que lo sublime genera un terror placentero, y al leerlo no puedo dejar de recordar el miedo (a la vez que la curiosidad) que de niño me producía la Semana Santa: el denso y lúgubre olor del incienso, las filas de fantasmagóricos penitentes portando cruces y hachones, y sobre todo los pasos, esos tétricos galeones que navegaban sobre la multitud con sus bamboleantes ídolos cargados de un misterioso y grandioso poder ante el que uno solo podía sentir temor y culpa.

Lo sublime y lo místico son también el elixir mágico del poder político. No hay época o cultura en la que el poder no se haya sustentado en una representación sublime de sí mismo. Recuerden a los faraones y emperadores antiguos, a los caciques tribales o a los monarcas absolutos. Ninguno de ellos tenía o tiene una capacidad excepcional para coaccionar a la gente; ni argumentos suficientes para demostrarles la legitimidad de su poder; su principal recurso para imponerse es y era el de provocar esa experiencia mística y sublime que nos horroriza a la vez que nos encanta y subyuga.

Es por esto por lo que las figuras de poder humano se representan a sí mismas envueltas en un halo de misterio y a través de ceremonias religioso-teatrales en las que no solo se atemoriza a la gente, sino que se la persuade del sentido trascendente y sobrehumano del orden social y del poder que lo rige. ¿Cómo no reconocer la potestad y autoridad de un emperador, un jefe tribal o un rey absoluto cuando se nos presentan imbuidos (y semiocultos) en sus fastuosos trajes ceremoniales, observándolo todo sobre un imponente trono, o rodeados por la temible y emocionante coreografía de un desfile militar?

En algunos ritos teatrales del poder, como el de nuestra Semana Santa (creada durante la contrarreforma como expresión propagandística de un poder político plenamente sustentado en la creencia religiosa), se busca generar una ilusión múltiple: la de la trascendencia del «statu quo», haciendo desfilar a las distintas instancias y jerarquías sociales junto a las imágenes sagradas; la de la sacralidad del poder terrenal, emparentándolo con la omnipotencia, eternidad, unicidad y justicia divina – recuerden a Franco bajo palio – ; la de la validez universal de los valores comunes; o la de la relevancia existencial del individuo, haciéndole partícipe, aun solo como figurante, de un entramado sublime, terrible y mágico a la vez, que colma de orden y sentido su vida.

¿Y hoy? ¿Qué ocurre en nuestra época aparentemente secularizada? ¿En qué resortes ideológicos y estéticos se sustenta hoy el poder de los poderosos? El poder político carece desde hace mucho de esa aura de misterio y sacralidad que lo volvía incontestable hace siglos. ¿Entonces? ¿Cómo hace para generar conformidad y obediencia?

Antes de responder a esta pregunta conviene hacer una distinción entre el «poder nominal» (el de los políticos que nos representan en el parlamento, los partidos, los jueces, etc.) y el poder más real, el gran poder que rige globalmente el mundo, y que parece constituido por una suma desorganizada de intereses y designios de grandes corporaciones financieras, tecnológicas y mediáticas.

Es este último el que parece presentarse hoy de ese modo misterioso y omnipotente, místico y sublime, con que legitimaban su suprema autoridad los emperadores y reyes de antaño. Un poder oculto que escruta todos nuestros datos, nos chantajea con las infinitas baratijas del mercado y nos mantiene seductoramente entretenidos a través de las vidas virtuales ofrecidas por redes y pantallas.

Parte de ese entretenimiento es, por cierto, el del «show business» de la política tradicional, ese pobre y triste teatrillo decimonónico en que los parlamentarios, a modo de grotescos bufones, parecen mantener la ilusión de control democrático y marcar la diferencia con ese otro poder, terrible e inconmensurable, que gobierna el mundo sin que, alucinados y subyugados por él, queramos poder hacer nada por evitarlo…

 

miércoles, 20 de marzo de 2024

Oficio y beneficio

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Cuentan que Tales de Mileto – el primer filósofo conocido –, harto de que le tildaran de bobo por no preocuparse de los asuntos materiales, decidió dar una lección a sus vecinos. Y luego de haber previsto, gracias a sus conocimientos astronómicos, una cosecha desmesurada de aceitunas, compró todas las prensas de Mileto para alquilarlas después a precio de oro. Tales demostró así que los filósofos pueden ser ricos si lo desean. Otra cosa es que no quieran, y que su ambición los lleve por otros derroteros…

¿Pero qué otros derroteros? ¿Los hay? Pues aunque parezca extraño, sí. Diga lo que se diga, hay mucha gente que no tiene una especial predilección por ser rico. Y es normal. La psicología nos enseña que, una vez cubiertas las necesidades vitales, las personas aspiramos a satisfacer otro tipo de deseos, todos ellos relacionados con uno, genérico y fundamental: el de que nuestra vida tenga valor y sentido.

Pero este deseo de dar significado a la vida no se sacia rodeándose de lujos, ni con un aprecio o reconocimiento interesado. Todos queremos tener amigos o amores verdaderos; «ser alguien» por nosotros mismos, y no por lo que poseemos. El sentido, el valor, el aprecio de los demás no se adquieren por Amazon, sino demostrando que se es capaz de contribuir de alguna manera a mejorar el mundo y a las personas que nos rodean.

Decía Platón que el mayor deseo de los seres humanos es vencer a la muerte – lógico: no hay cosa más insignificante que estar muerto –. Es por eso por lo que se tienen hijos, se realizan proezas memorables o se escriben libros inmortales. «Ser alguien» también quiere decir dejar huella. Y para esto es fundamental tener un oficio, saber hacer algo, conformar un trocito de mundo en orden a nuestros mejores proyectos… Recuerdo haber conocido a un viejo y notable encofrador, sencillo y humilde salvo cuando paseaba con sus hijos y presumía sin reparo de los edificios que había ayudado a moldear con sus propias manos e ideas. Para ese hombre, su oficio no solo era una manera de mantener a su prole, sino también de realizarse, de ser alguien importante, de dar ejemplo a sus hijos…

Cuento todo esto a propósito de la retahíla recurrente de personajes corruptos que, como cartas de su inacabable partida por el poder, se van sacando de la manga nuestros políticos (¡no sé cómo ni cuándo encuentran tiempo para otra cosa!). Una jugada engañosa e hipócrita como pocas, porque el problema no es solo que haya unos pocos sinvergüenzas que defraudan al fisco o se aprovechan de un cargo público; el problema más grave es que para gran parte de la gente esa sinvergonzonería forma parte indesligable de las virtudes de un modo de entender la vida que, aunque dañino para todos, se ha vendido siempre como la repera, al menos desde los tiempos de Tales: el del hombre de negocios

Casi diría, sin miedo a exagerar, que el gran problema de la humanidad radica en toda la gente que se ha dedicado exclusivamente a obtener beneficios sin dar nada a cambio y parasitando para ello al resto de la sociedad. Fíjense que, a diferencia de las personas con un oficio, que producen un bien o servicio a cambio de una compensación económica, los que se dedican al puro y crudo beneficio no reportan bien alguno a los demás, no crean ni añaden valor a nada, se dedican únicamente a intermediar, a comprar y vender sin otra función que la de especular y ganar más dinero para sí mismos.

Puede sonar fuerte, pero a mi juicio esta actividad es fundamentalmente inmoral, tanto para los demás como para quien la práctica. Además de parasitar el trabajo ajeno y corromperlo todo, denota una incapacidad insana por superar los deseos más primarios y una ignorancia supina de todo aquello que puede dar verdadero sentido a la vida – nada de lo cual se puede adquirir con dinero –.

Y sin embargo ahí están los grandes negociantes y especuladores, encumbrados tras sus fondos de inversión, capaces de trastocar lo que haga falta (negociar con mascarillas o vacunas en mitad de una pandemia, avivar conflictos bélicos, hundir precios y sectores productivos, esquilmar recursos naturales, arruinar países enteros…) y, pese a todo, admirados como prohombres por millones de pobres émulos que, de vez en cuando, asoman en los periódicos como tristes chivos expiatorios de alguna trifulca política y no menos patética.

No hay cultura más abocada a la nada que aquella en la que el más prestigioso modelo moral o laboral no es ya el del sabio, el santo, el artista, el profesional reconocido o el industrioso empresario… sino el del simple intermediario, el especulador, el bróker, el estafador a lomos de un Maserati... No hay otra figura más acorde con nuestro nihilismo moral y nuestra irreversible decadencia que la de esa gente sin oficio, pero con todo el beneficio, que ha acabado por tomar las riendas del mundo.

 

miércoles, 13 de marzo de 2024

El soberbio arte de descolonizar el arte

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


La trágica historia del mito de Narciso no consistió – como se cree – en que se enamorara de sí mismo, sino en que se encandilara con una imagen (sin saber que era la suya) en lugar de con algo real; esto es: que se dejara llevar por el engaño y la apariencia. Podemos decir en este sentido que todas las culturas – y no solamente la nuestra – son profundamente narcisistas, o lo que es lo mismo, fatalmente subyugables a través de imágenes.

Decimos que lo son «fatalmente» porque ese engaño narcisista es parte consustancial de toda realidad social. Desde la época de las cavernas a la de nuestra caverna mediática, el orden político se ha instituido y mantenido mediante la gestión de un extenso imaginario de apariencias (mitos, símbolos, ritos, ceremonias, obras de arte) dirigido a conformarnos irracionalmente con él.

El motivo está claro. Dado que para mantener dicho orden social no suele bastar con la coacción (faltarían vigilantes y quien los vigilara), ni tampoco con la convicción (faltarían razones y justicia en que sustentarlas), el poder ha tenido que recurrir siempre a la seducción, es decir, al juego teatral con las imágenes, ya fuera mezclándolas con la religión, cultivándolas artísticamente por sí mismas, o constituyendo con ellas el universo mediático que confundimos hoy con lo real.

Además, y como sabemos, el poder opera en esto de dos maneras distintas y complementarias: directamente, a través de imágenes que magnifican y celebran el orden (piensen en una procesión religiosa, un palacio barroco o una película propagandística), o inversamente, a través de representaciones que critican y subvierten dicho orden de forma estética y ritual (piensen ahora en un carnaval, en una obra bufa o en el arte «comprometido»). Esta segunda manera es enormemente efectiva, pues genera la ilusión de un contrapoder que no existe, pero cuyo solo reflejo o apariencia nos basta, como a todo buen narcisista, para creer que nos prendemos de «lo otro» sin dejar, en el fondo, de conformarnos con «lo mismo»…

Vayamos ahora del arte a los museos de arte. Los museos, igual que los Ministerios de Cultura, las Academias y otras instituciones similares, brotan en la modernidad como soporte de un Estado que, divorciado ya de la Iglesia y sus imaginarios sacros, ha convertido al arte en la nueva religión al servicio del poder. Los museos en concreto, surgidos en muchos casos de las galerías reales (el rey ya no es investido de realeza solo por Dios, sino también por el buen gusto), son los encargados de custodiar y celebrar, a través de ciertos rituales laicos, el segmento más culto o elitista del imaginario común, tanto de manera directa, exhibiendo el patrimonio patrio, como de forma inversa, cediendo espacio ritual a la más rabiosa vanguardia, al grafitero más salvaje, a la instalación más provocadora… o a esa suerte de exquisita «meta-performance» que es la «descolonización» del propio museo por parte del Estado (tendencia europea a la que se ha sumado recientemente nuestro ministro Urtasun).

Esto último es interesante de analizar. Que la representación de la contrición «descolonizante» ocurra propiamente en ese territorio explícitamente consagrado a la ficción instrumentalizada por el poder que es el museo tiene su miga, y es difícil no interpretarlo como una manera barroca y estetizante de confesar que esa descolonización solo puede ser imaginaria y que, en el fondo, nadie querría (ni siquiera desde la izquierda) pagar la inmensa deuda que supondría adoptar una política real de descolonización.

Porque descolonizar de verdad, y no en el museo, supondría desmantelar hasta casi los cimientos nuestras naciones y nuestro bienestar, devolver toda la riqueza expoliada (esa con la que se han levantado ciudades, palacios, teatros, iglesias o… museos), integrar y resarcir a millones de migrantes, compensar todo el trabajo no pagado, todos los crímenes no juzgados, todas las humillaciones recibidas… Algo, en suma, impensable. Y justo para no pensarlo es que se nos ocurre devolver generosamente unos cuentos frisos, momias y objetos artísticos a gente que, por otra parte, los entiende como tales objetos «artísticos» gracias a que fueron instruidos en ello por los mismos colonizadores… ¿No es… soberbio?

Porque además, y ya que estamos en modo irónico, ¿no se han preguntado ustedes si toda esta mala conciencia anti-etnocéntrica que nos lleva heroicamente a la descolonización de museos o el derribo de estatuas de turbios conquistadores, arriesgándonos al acoso tuitero o a llegar tarde a cenar a casa, es también, no ya solo una pose estetizante con la que apaciguar nuestro indomable espíritu revolucionario, sino una exhibición no menos etnocéntrica y narcisista de paternalismo y superioridad moral ante pueblos y culturas que, si no han hecho aún lo mismo (expoliar a sus vecinos para gozar de sus riquezas) es porque no han podido? Piénsenlo al salir del museo. De uno previamente «descolonizado», por favor.

miércoles, 6 de marzo de 2024

Pensamiento catedral

Justo Gallego, constructor de la "Catedral de Justo"
 Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura


Vamos a ver. Si usted cree que el universo es todo cuanto hay, ha de creer también que todo está continuamente cambiando. Lo dice la física. Ahora bien, si todo estuviera continuamente cambiando nada sería lo mismo de un instante a otro: ni usted, ni yo, ni el gobierno, ni España, ni la diferencia de género, ni las leyes físicas, ni nada de nada. No es ya que nadie se pudiera bañar dos veces en el mismo río; es que no habría sustancia ni para una. Es lógico. A no ser que la lógica también cambie a cada instante, en cuyo caso no podríamos… ni pensarlo.

Ahora bien, si ya es difícil (o mejor: imposible) mantener que el mundo sea como dice la física, y que, a la vez, usted, yo, o las cosas seamos lo mismo que somos, imaginen que hablamos, no ya del ser, sino del deber ser; esto es: no de las cosas que creemos inexplicablemente que hay, sino de las que ni siquiera las hay, pero soñamos o afirmamos muy serios que debería haberlas. ¡Ya decía el gran Kant (el filósofo, no el emperador mogol) que nuestra capacidad metafísica para ir más allá de este mundo insustancial no tiene límites!

¿Y en qué basamos entonces nuestras extrañas ideas acerca de lo que son y deben ser las cosas? En la ciencia ya hemos visto que no: ni esencias ni valores son cosas que existan en el tiempo o en los laboratorios. Valdría la religión, que, como saben, postula realidades eternas y separadas para buenos y malos. El problema es que los modernos no somos ya (¡aparentemente!) muy amigos de los dogmas de fe.

Una dificultad añadida es que algunos no nos conformamos con una moral de andar por casa, fundada en consensos más o menos coyunturales, sino que aspiramos a una moral universal que nos comprometa a todos y que, por así decir, quepa «tallar en piedra»; o dicho de otro modo, una ética de valores universales que nos permita pensar a lo grande, poniendo en práctica lo que el filósofo Roman Krznaric llama el «pensamiento catedral».

El pensamiento-catedral es el modo de pensar y actuar «sub specie aeternitatis» que se tenía en otras épocas, como en el medievo, en las que la gente se embarcaba en proyectos (como la construcción de catedrales) cuyos hipotéticos frutos solo eran visibles a muy largo plazo. Este pensamiento-catedral es justo el que necesitaríamos ahora para afrontar problemas que, como el de la crisis climática, exigen sacrificios presentes para garantizar la vida y el bienestar futuro. Ahora bien: ¿está a nuestro alcance un pensamiento de esta talla? ¿Podríamos nosotros, tan apegados al «carpe diem» y a la visión materialista del mundo, sostener masivamente un compromiso moral así? ¿Por qué íbamos a asumir sacrificios para lograr algo que no íbamos a ver ni a disfrutar nunca?

La respuesta no es fácil. De entrada, aquí no funciona el recurso al miedo. ¿Qué más nos da lo catastrófico que pueda ser el futuro, si no vamos a estar en él? (algunos han propuesto creer en la reencarnación para que esto funcione, pero no cuela). El filósofo Hans Jonas propuso en su día acudir a una suerte de amor paternofilial (o maternofilial) universal como fundamento emotivo del compromiso moral con las generaciones futuras, pero esto también es discutible: el amor por los hijos ni es universal (¿qué hay de quienes no los tienen?), ni eterno, ni creo que dé para tanto.

Una opción recurrente es volver a la religión. De hecho, desde la órbita de la ecología profunda se promueve una suerte de religión pagana en torno a la Naturaleza y al supuesto deber de mantener su Esencia, sin cambiarla ni destruirla (¡como si la naturaleza no fuera un proceso indefinido de cambios y de continua creación y destrucción de sí!), pero, salvo por la fe, esta creencia es igualmente insostenible…

¿Entonces? ¿Qué nos obliga a subordinar nuestra vida (que es única, breve, etc.) a fines morales que la trasciendan? Es seguro que algo así daría sentido a la existencia, pero solo si antes lo tuviera en sí mismo. ¿Y lo tiene?... A los constructores de catedrales les sostenía la creencia en que, si no en este mundo, verían el fin y la recompensa de su obra en el otro. ¿Pero y los que no creen más que en lo que creen que ven? ¿En qué habrían de fundar su sentido moral? ¿En las emociones, en la cultura, en la racionalidad práctica…? ¿Pero qué extraña entidad habrían de tener estas cosas para no estar también sujetas al cambio y la disolución, como el resto de los seres que rebullen en este sindiós de partículas que parece la realidad? 

Sin una profunda reflexión, en fin, sobre la trascendencia, toda nuestra cultura está moral y materialmente abocada a un callejón sin salida, amén de vendida a todo tipo de fundamentalismos. Solo asumiendo que las cosas mantienen una cierta esencia resistente al tiempo, y que la realidad entera responde a un orden y un fin por descubrir, tendría sentido lanzar mensajes como los que invitan al compromiso con esas «catedrales» que son las agendas mundiales, las revoluciones pendientes o los valores eternos.  

 

miércoles, 28 de febrero de 2024

Gente fuera de sí

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura.

Oí una vez que la función principal de los espejos es dulcificar la percepción del tiempo. Si uno solo viera reflejado su rostro ocasionalmente, en lugar de hacerlo cada día, se pegaría unos sustos morrocotudos. ¿Quién diablos es ese tipo que me está mirando, pensaríamos frente a la imagen repentina de nuestra vejez?

Algo similar nos pasa a los que abandonamos hace mucho el lugar en que crecimos y volvemos a él de tarde en tarde. Al no percibir los cambios de esa manera amable y gradual que presta la rutina, la ciudad, barrio o pueblo al que retornamos nos parecen a veces lugares desconocidos. Tanto, que podemos llegar a sentirnos como extranjeros recorriendo las viejas calles familiares sin reconocer nada ni a nadie. 

Esto es normal. Los lugares y las generaciones se renuevan, y ni la vejez ni la melancólica sensación de ser el rebalaje de un ola, sin reconocerte en la que viene, son cosas nuevas o evitables. Pero hay algo extraño e inédito en todo esto. La extrañeza de la que hablo ya no se produce al comprobar como los más jóvenes nos sustituyen, llenando de savia nueva los lugares en los que crecimos (¡ojalá fuera eso!), sino al salir a la calle y no ver más que el ir y venir de turistas anónimos, ese reciente espécimen humano que, sin ser ciudadano, vecino, ni tener vínculo generacional con nosotros, se ha convertido en el nuevo habitante de nuestros pueblos y ciudades.

Fíjense que de un tiempo a esta parte, ni tan rápido como para que nos alarmemos, ni tan lento como para que nos hagamos a la idea, los centros de nuestras históricas y hermosas localidades han cambiado la vida de sus calles, la alegre familiaridad de sus tabernas, el recuento vecinal de las plazas, y el tiempo meloso y lento de novios, niños, ancianos y pandillas, por el vagabundeo frenético de visitantes macilentos, o forzadamente entusiastas, ejercitando el cansadísimo oficio de hacer turismo; ese simulacro de aventura consistente en fotografiar monumentos, comprar souvenirs, estragarse en restoranes, consumir espectáculos y volver agotado el hotel tras completar el circuito completo.

Y hay que recalcar que se trata de turistas, no de viajeros o visitantes con los que quepa confraternizar y hacer vida en común. El viajero o visitante se integra allí donde va; el turista se limita a cumplir con el programa, sin necesidad ni tiempo de conocer nada, ni más relación social que la que tiene con sus proveedores de información, entretenimiento y baratijas. Los viajeros habitan el lugar y nos dejan el poso de sus vidas y, a veces, de su obra; el turista, ocupante fugaz de casas y calles, carne de franquicia y espectáculo a granel, es pieza intercambiable de un engranaje industrial que los expulsa, exprime y retira cada fin de semana, sustituyéndolos por otros idénticos a los que se fueron. 

Miren, si no, como van convirtiendo los centros históricos de Barcelona, Madrid, Sevilla, Cádiz, Granada, Cáceres, Mérida, o los pueblos más bonitos de la Vera o el Jerte (por no hablar de comunidades enteras, como Baleares o Canarias) en inmensos parques temáticos plagados de pisos turísticos y habitantes de opereta en los que, definitivamente, nadie conoce ya a nadie, y en los que, por cierto, cada vez será más frecuente pagar por simplemente dar un paseo, como pretenden hacer en la Plaza de España de Sevilla.

No sé a ustedes, pero a mí me parece vivir en un mundo de gente cada vez más profundamente desarraigada (antes que nada de sí misma). Un ejército de muertos de aburrimiento que van y vienen sin cruzarse ni dejar huella en ningún sitio, ni fuera ni dentro de sí, limitándose a acumular simulacros de vitalidad de los que al cabo de un mes se acordarán tan poco como de la penúltima película que vieron en Netflix.

Y no es esto una simple expresión de «turismofobia» (esa razonable manía que le tiene la gente a la especulación urbanística, la imposibilidad de descansar o la locura de levantar casinos o campos de golf en mitad de una dehesa), sino de algo más profundo: de la constatación de la enorme impostura en que, sin un espejo o reflexión que la delate, nos vamos sumiendo todos. La distopia de un mundo en que nadie parece estar ni en sí mismo ni en ningún sitio, y donde todos, obligados a simular una vitalidad que no tenemos, nos empeñamos en movemos aparatosamente de aquí para allá para que nada (salvo esa inmensa nadería que es el dinero) se mueva realmente hacía ningún lado.

Frente a este cosmopolitismo de cartón piedra que es el turismo, y su cultura de folleto satinado, siempre acabo por recordar a sir James Frazer, y lo que disfruté viajando por las páginas de La Rama dorada. En esta obra suya, que se convirtió en un hito de la antropología cultural, describía e interpretaba, con todo lujo de detalles, una incalculable y fascinante cantidad de ritos, mitos, relatos y costumbres de todos los lugares de la Tierra. Y todo ello sin apenas salir de la de la biblioteca de su universidad. Yo no creo que haya un solo turista, por vueltas, selfis y destinos exóticos que se haya marcado, que tenga, ni por asomo, más mundo que el que tuvo sir James.

domingo, 25 de febrero de 2024

III Jornada Didáctica de la Filosofía

 

El pasado sábado, y tras varios años de parón involuntario, volvimos a las andadas y celebramos la III JORNADA DE DIDÁCTICA DE LA FILOSOFÍA en Mérida. Y como en las dos ocasiones anteriores, volvió a ser un reencuentro intenso y entrañable entre compañeros y compañeras de varias generaciones. Aquí os dejo una fotos, todas ellas de nuestro amigo Fergus. Infinitas gracias a Paco Molina por todo el trabajo de organización, al diligente director del CPR de Mérida, Fernando Diaz Suero, que nos atendió inmejorablemente (y contrató un catering exquisito), al director general de Personal Docente, David Moreno Rego, que tuvo la amabilidad de madrugar un sábado para inaugurar la Jornada, a Miguel Ángel Muñoz, que nos dio cobertura mediática a través de El Periódico de Extremadura, y a todos los ponentes y asistentes, en especial al maestro Jesús Zamora Bonilla, que se desplazó desde Madrid para impartir una ponencia magistral sobre Inteligencia artificial, a César Tejedor, que también se desplazó desde Madrid, a Paqui Calle, a Carmen Pérez, a Catalina López, a Marisol Casado, a Ricardo Hurtado, a Raúl Hernández-Montaño y a Ramón Besonías que, por un problema de salud, no pudo finalmente asistir. Y, sobre todas las cosas, a los profes y profas que pasasteis el día con nosotros, participando, enseñándonos y compartiendo ideas, proyectos, alegrías y dificultades. Lamento no tener fotos de los talleres (Fergus se tuvo que ir antes). Os enlazo el material con mis intervenciones y la presentación de la fabulosa ponencia de Paco Molina, espero que el resto se anime también a compartirlo por aquí (o a través del CPR, enviándoselo a Fernando). Muchas gracias y hasta pronto!!!




























miércoles, 21 de febrero de 2024

Lo crítico de ser crítico

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura. 


Lo
comentaba el otro día con un amigo y colega de fatigas docentes: ¿Qué hacemos con el alumno o alumna que se toma en serio la encendida defensa del pensamiento crítico que hacen las leyes educativas? ¿Pueden ser críticos también con sus profesores o sus padres, o solo con sus iguales, los influencers de Youtube o las letras de reguetón? Cuando pienso en la de veces que he visto alabar al alumno dócil y calladito, y denostar al que mostraba una mínima actitud crítica, me entran las dudas… «¡Cuidado, que ese es de lo que te contestan!» – he escuchado en multitud de ocasiones—; o de «los que te lo cuestionan todo» – he oído otras tantas –…

En ocasiones he tenido que confesar a mis alumnos que por mucho que en los temarios se diga que hay que desarrollar la competencia crítica, el esforzarse en ello no siempre acarrea el premio merecido… Diga lo que se diga (les digo), a muy poca gente le agrada la crítica. Y en esto casi da igual que esta sea argumentada, respetuosa y constructiva, o furibunda e insultante (como las que abundan en las redes). ¡Casi diría que puede ser peor la primera, pues obliga a tomarse la crítica en serio y, a veces, a algo tremebundo: a cambiar públicamente de opinión!

Algunos compañeros más sabios, y quizá escarmentados, me dicen que a los alumnos hay que enseñarles también a diferenciar lo ideal de lo real: lo ideal es que sean críticos y lo cuestionen todo, pero la cruda realidad es que en ocasiones, y si no quieren problemas, «estarán más guapos con la boca cerrada». Como consejo no está mal. El problema es que en el ámbito de la filosofía esto de lo ideal y lo real no está tan claro. Platón, por ejemplo, decía que hay que tender a lo ideal y no cejar en la crítica razonada, cueste lo que cueste (¡qué se lo digan a Sócrates!). Y Kant, otro filósofo que se enseña en clase, decía que la ética consiste en actuar según principios, y no movido por ningún cálculo de costes y beneficios. ¿Entonces? ¿Animamos a los chicos a ser siempre críticos? ¿O solo cuando conviene?

El propio Kant esbozó una sugerente teoría política al respecto. Él pensaba que una nación sería cada vez más justa e ilustrada si en ella se enseñaba a los ciudadanos a criticar libre y públicamente lo que quisieran, siempre que se guardaran de hacerlo durante el ejercicio de su función o cargo profesional. Así, un militar, un profesor, un inspector fiscal, etc., deberían poder criticar libre y razonadamente como ciudadanos (fuera de su horario laboral por así decir) a las instituciones para las que trabajaran, siempre que en el desempeño de su cargo cumplieran fielmente sus obligaciones y se ajustaran a la doctrina imperante (y mientras esta no fuera totalmente contraria a sus principios, claro). Esto permitiría que la sociedad progresara – gracias a la actitud crítica de la ciudadanía – sin que peligrara el orden social.

Kant solo hacía una excepción a su regla. Había un solo oficio en que el Estado debería permitir la misma crítica sin restricción que se permitía en el ámbito cívico: el de filósofo. La razón es que este oficio es el único que consiste, justamente, en cuestionarlo todo. Kant pensaba que un régimen que quisiera ser ilustrado habría de tolerar, e incluso desear, ese grado radical de crítica interna. Un régimen fundado en la razón solo podría legitimarse permitiendo que se razonara sobre y desde sí mismo.

¿Qué les parece? Reparen, por cierto, en que Kant publicó estas revolucionarias ideas allá en la Prusia del siglo XVIII y bajo la monarquía de Federico el Grande, quien parece que se mostraba de acuerdo con el filósofo («Razonad sobre todo lo que queráis, pero obedeced» era su lema, según Kant). ¡Ya quisieran los iranies, los chinos o los rusos actuales (que se lo digan a Alexéi Navalni) vivir en un régimen como el de este déspota (ilustrado) de hace tres siglos! 

¿Y en cuanto a nosotros? ¿Qué respuesta deberíamos dar a la pregunta del principio desde nuestras modernas democracias liberales? ¿Deberíamos empeñarnos en enseñar a niños y adolescentes a ser ciudadanos libres y críticos?... Parece obvio que sí (más aún si el Estado, como es nuestro caso, ha dispuesto a la filosofía como materia troncal del sistema educativo). Esos alumnos y alumnas criticones y respondones deberían ser, pues, el modelo a imitar (y no a denostar), los primeros de la clase, los hijos e hijas a exhibir ante las visitas…

Tal vez por ese camino llegáramos algún día a vivir en democracias plenas, en las que no solo los filósofos (y sus alumnos) tuvieran el privilegio de criticarlo constantemente todo, sino también, y sin más límites que los de su saber o ciencia, el resto de intelectuales, científicos, periodistas... Aunque para ello tuvieran que ser algo parecido a funcionarios. No habría gasto mejor justificado para un Estado que el de tener en nómina (y a salvo de los gobiernos de turno) a aquellos tábanos encargados de mantenernos despiertos a todos…

 

miércoles, 14 de febrero de 2024

Tractores a la deriva

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Menudo cambalache, que dice el tango. Los pequeños y medianos agricultores clamando contra lo mismo que puede salvarlos de las garras del mercado y los efectos del cambio climático, mientras la derecha, copromotora de los tratados de libre comercio, de los privilegios de las distribuidoras y del reparto injusto de las subvenciones, subiéndose al tractor a ver qué cae en las urnas gallegas y europeas…

Las quejas de los agricultores y ganaderos contra las exigencias medioambientales son desconcertantes, pues es de tales exigencias de lo que depende precisamente su futuro. Por muchos controles que se apliquen, los productos de los países extracomunitarios, cuya mano de obra puede ser hasta cinco o diez veces más barata, serán siempre más competitivos. Es por ello por lo que hay que proteger el único valor añadido de nuestra agricultura y ganadería: su calidad y la garantía que ofrecen para la salud (la nuestra y la del planeta, que vienen a ser la misma); algo que supone, obviamente, someter a más controles la actividad agropecuaria. Es eso, junto a la educación de la ciudadanía en las virtudes de un consumo sostenible y responsable, lo único que puede salvar el campo europeo. Eso o cerrar fronteras, reivindicar la autarquía e irse a Davos a gritar con los ecologistas y la izquierda alternativa contra los males de la globalización… 

Y un apunte sobre la burocracia: los agricultores y ganaderos europeos están entre los más protegidos del mundo. Entre pagos directos y ayudas al desarrollo rural la UE invierte casi el 40% de su presupuesto en un 4.5% de la población, generadora de apenas un 1.6% del PIB, siendo España el segundo país receptor de estos fondos. Se pagan subvenciones y ayudas públicas frente a todo tipo de contingencias, algo impensable en casi ningún otro lugar del planeta. Y es obvio que a todos nos parece esto muy bien. Pero este gigantesco esfuerzo económico – que proviene de nuestros impuestos – implica trámites burocráticos, que no se imponen para torturar a nadie, sino para asegurar que los fondos llegan sin corruptelas a quienes lo necesitan. Y para cuidar de la seguridad alimentaria de todos, no se nos olvide. ¿O es que nadie se acuerda ya de cuántos desastres sanitarios han estado relacionados con la relajación del control burocrático sobre productos agrícolas y ganaderos? ¿Se acuerdan del aceite de colza, de la enfermedad de las vacas locas, de la peste porcina, del coronavirus…? 

Otro tiro disparatado de los agricultores es el que apunta a la Agenda 2030, una relación de objetivos liderados por la ONU en la que se apuesta literalmente por duplicar la productividad agrícola, aumentar los ingresos de los productores de alimentos a pequeña escala y apoyar a los agricultores y ganaderos familiares. ¿Nos subimos a un tractor para poner a parir un proyecto que viene a subrayar el valor de nuestra agricultura y ganadería tradicionales frente al avance imparable de las macrogranjas y el monocultivo industrial controlado por grandes corporaciones? Eso no hay quien lo entienda.

Si los indignados autónomos y pequeños empresarios agrícolas y ganaderos quieren tomar un rumbo coherente deben dirigir sus quejas y tractores (como excepcionalmente hacen) a otro sitio: a las multinacionales de la distribución, a los fondos de inversión que especulan con la tierra y los precios, o a las sedes de aquellos partidos políticos que defienden sin condiciones los tratados y convenios bilaterales de libre comercio. Denunciar esos tratados, exigir la aplicación estricta de la Ley de la Cadena Alimentaria o demandar medidas para que no sean los grandes propietarios quienes arramplen con el 80% del dinero que llega desde la UE, son algunas de las cosas concretas por las que que tendría sentido cabrearse y sacar el tractor a la calle.

Es cierto que exigir medidas regulatorias y de control del mercado son cosas de esos malditos rojos de la izquierda (al menos, de la que no está entretenida con las bobadas de la guerra cultural), pero ¿quién sino la izquierda habría de defender a los que están abajo alimentando los beneficios astronómicos de los de arriba – esos que, más que urbanitas o gente de pueblo, son nativos de islas privadas y paraísos fiscales –?

Mientras no se entienda todo esto, me temo que lo recorrido y bloqueado no habrá servido para casi nada, salvo para que se suban al carro, disfrazados de salvapatrias, aquellos que no tienen otro propósito que el de liberalizar aún más el sector primario, aunque eso suponga reconvertir y vaciar del todo la España rural.

miércoles, 7 de febrero de 2024

Miedo a no tener miedo

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Más vale ser temido que amado
, aconsejaba Maquiavelo a los que quisieran obtener o conservar su poder. Siempre me ha contrariado esta idea. ¿No es más eficaz el poder fundado en el amor que en el miedo? El que tiene miedo obedecerá contra sí mismo; el que ama te obedecerá como a sí mismo. ¿Entonces? ¿Por qué esta insistencia en la política del miedo y el odio? ¿Será por esa alegría entusiasta que parece liberar el amor? Un poco de entusiasmo – decía también Maquiavelo – está bien, pero en exceso… ¡Quién sabe dónde puede llevarnos!

Hago esta digresión a propósito del espectáculo político y mediático al que asistimos casi a diario desde hace años. No recuerdo un momento de nuestra reciente historia democrática en que se haya apostado más por la estrategia del miedo y el odio para disputarse el poder. Hasta el punto de que cuando alguna fuerza política se ha empeñado en reivindicarse con alegría, constructivamente y en positivo, como hizo Sumar y, parcialmente y en sus inicios Podemos (cuando no era el agrio escuadrón suicida en que se ha convertido hoy), esta ha sido objeto de las burlas más vitriólicas y quevedescas – porque en otra cosa no, pero en ingenio verbal al servicio de la mala leche los españoles somos, sin discusión alguna, potencia mundial –.

Así, mientras que la actual oposición al gobierno se muestra incapaz de enunciar apenas otro mensaje que no sea el del miedo a la desarticulación de España y la denuncia moral (cuando no el odio descarnado) al diabólico Sánchez, acusándolo de hacer lo mismo que cualquier otro líder democrático (negociar para mantener su poder y lo más sustancial de su proyecto político), la izquierda en el gobierno se ve forzada a adobar su expediente de logros (que no son pocos) con el miedo y el odio a la ultraderecha montaraz de VOX. Y así llevamos casi ni me acuerdo.

Esta insistencia en el discurso del miedo tiene, desde luego, raíces psicológicas y morales muy antiguas, y proyección en casi todos los ámbitos de la cultura. Los estrategas políticos saben que el miedo, como muchas otras pasiones, genera un fervor intenso que puede despertarse en el momento conveniente (el del voto) para dejarlo luego al ralentí, convertido en apatía cívica. Poco que ver con la acción transformadora y constante que genera una voluntad amorosamente erigida...

Reparen por otra parte en cómo nuestro sistema moral, de fuerte impronta religiosa, permanece aún fundado en el miedo, la culpa y el odio a nosotros mismos (ese ser fatalmente autosegregado de Dios que, según varios libros santos, somos los humanos). Es increíble que nos escandalicemos por el acceso de los menores al porno y no hagamos lo propio cuando los dejamos inertes ante las imágenes y discursos del miedo y la culpa (no hay más que entrar en cualquier iglesia). Son sintomáticas a este respecto las críticas al cartel de la Semana Santa sevillana de este año: para escándalo de muchos, en él se muestra un cristo que no sufre y que, en lugar de generar culpa o miedo (murió por nuestro mal obrar, nos puede castigar…), provoca – ¡qué horror! – alegría y deseo.

Más allá, este entramado moral se transmite a todos los ámbitos de la vida. Por ejemplo, al trabajo, que poca gente concibe como deseable, sino como algo necesariamente odioso (si lo deseas y disfrutas «no es trabajo», ni quizá mereces que te paguen por ello), o a la educación, donde la mayoría todavía concibe que sin coacción y miedo los niños no son más que una panda de vagos, y que la vieja pedagogía del placer y el amor al conocimiento no es más que una chaladura buenista e inútil.

La misma estrategia late también de forma taimada bajo los hábitos de consumo, más fundados en el miedo (a no tener bastante, a no aprovechar la ocasión, a no poseer lo que se dictamina como deseable…) que en un deseo positivo; y se impone en la difusión de los relatos ideológicos de nuestro tiempo, tanto de izquierdas como de derechas, igualmente sustentados en pasiones negativas: el terror al apocalipsis climático, el odio y la cancelación del disidente, el apaleamiento de la víctima propiciatoria, la persecución del inmigrante pobre, la guerra al hereje, la aversión al oponente (al Estado, al capital, al facha, al nosequéfobo…)…

Y sobre todo esto, me temo, sobrevuela el miedo atroz a perder el miedo, a edificar una sociedad de personas tan plenamente activas y libres que necesiten cada vez menos, no solo de un poder político externo, sino también de la congoja y la autocoacción interna. El miedo, en fin, a la libertad: tan tremendo que él mismo nos genera un miedo insuperable a superarlo. ¡Qué vértigo vivir sin órdenes, sin miedo, sin culpa, y sin tener que odiar a nada ni a nadie para poder ser o parecer algo!

miércoles, 31 de enero de 2024

El «FOMO» y las bondades de compararnos con los demás

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Según las últimas bobadas para solaz de medio ricos ociosos y terapeutas en busca de clientes, sufrimos bastante de «FOMO», una nueva patología cuyo siglas (por supuesto en inglés; quién iba a pagar si no por tratarse de algo así) significan «temor a perderse algo». El presunto síndrome estaría relacionado con la angustia que experimentamos al ver por las redes sociales todo lo que nos perdemos en la farra, concierto, bautizo u evento vario al que uno dejo intencionadamente de acudir. Nada del otro jueves, con la diferencia de que antes te lo imaginabas (que no sé si es peor) y ahora lo ves por Facebook.

El temible «FOMO» estaría relacionado, además, con la se supone que malsana tendencia a compararnos con otros, amplificada hoy por la posibilidad de ver a todas horas lo que la gente exhibe en las dichosas redes, y que, como todos sabemos, no suele ser exactamente la vida real, sino una superproducción teatralizada para que esta parezca todo lo intensa, exitosa y bella que no es.

Pues bien: la alarma que, sin duda, ha despertado esta nueva enfermedad psicológica (novedad que durará poco, porque cada día amanecemos con catorce o quince trastornos psicológicos más), nos obliga a ocuparnos aquí de ella, con objeto de comprenderla o, al menos, de reírnos un poco, terapias estas – la de la comprensión y la risa – infinitamente más eficaces que la que puedan ofrecerles todos los coaches, gurúes y psicotrainers juntos. Veamos; que igual la cosa tiene miga.

La inclinación a sentir dolor y tristeza por lo no vivido es, como decíamos, muy vieja, y fue tratada con profusión por los filósofos existencialistas. En su raíz se encuentra el angustioso problema de la libertad. El ser humano, decía Sartre, está condenado a ser libre y, por tanto, a tener que decidir cada paso que da. Ahora bien, dado que nuestra existencia es finita en tiempo y fuerzas, cada decisión nos obliga a renunciar a innumerables posibilidades, tan inmaculadamente hermosas como la hierba que brilla a lo lejos y tan platónicamente idealizables como los besos que nunca dimos. 

En cierto modo, elegir es renunciar a la plenitud de tenerlo o serlo todo. Tal vez por ello nos gusta tanto permanecer en ese estado de procrastinación ensoñadora en el que imaginamos hacer esto y lo otro sin decidir ni hacer realmente nada. Pero esta experiencia imaginaria de totalidad se acaba cuando uno tiene inevitablemente que actuar; esto es, pasar del estado estético al ético. Toca entonces delimitar el campo de lo posible y definir nuestro camino, tarea que es siempre compleja y angustiosa; por la infinitud de lo que perdemos y por el miedo al error: ¿no nos estaremos equivocando fatalmente, subiéndonos el «tren» equivocado y dejando pasar aquel que realmente nos convendría tomar? 

En esta agónica situación es donde interviene decisivamente la comparación con los otros. Compararse con los demás no solo es necesario, sino bueno y virtuoso. Las decisiones y modelos de existencia que representan otras personas son la fuente de inspiración y el espejo donde buscamos contrastar y corroborar lo acertado o no de nuestras propias elecciones. Por ello nos interesa tantísimo contemplar la vida de la gente (en las novelas, la tele, las plazas, las revistas o las redes). Nadie se «hace a sí mismo», y hasta los más individualistas lo son por imitación y aprendizaje de otros. Medirnos con esos otros, imitarlos, juzgarlos y juzgarnos en relación con ellos son las herramientas fundamentales para aprender a ser humanos, para orientar nuestras decisiones, para conocernos, para afirmarnos y, por supuesto, para corregirnos y perfeccionarnos.

Decía el sabio Protágoras que el ser humano es la medida de todas las cosas. En lo que esto tenga de cierto, el mensaje es claro, sobre todo si eliminamos el antropocentrismo y el relativismo que la máxima encierra: para evaluar con la máxima objetividad y certeza lo que queremos y debemos ser, no hay otra que comparar nuestro juicio con el de los demás. Esta comparación es el diálogo, el externo y el interno (al que llamamos pensar). Se miente a sí mismo quien crea que no está continuamente comparándose y dialogando con otros, con lo otro, con lo que le reta y aún no comprende como parte suya…

El «tratamiento» contra el FOMO no es, en fin, el llamado «JOMO», otra memez en inglés cuya siglas significan «la alegría de perderte cosas». Nadie quiere perderse las cosas realmente interesantes, que suelen ser muy pocas. Lo que hay que hacer es aprender a reconocerlas, evitando espejismos y angustias injustificadas. Y para ello, nada mejor que aprender de los demás (¿de quién si no?), contrastar tus ideas y andarte con los mejores. Afinar el juicio de valor, evitar el narcisismo infantiloide (fruto de esta sociedad cada vez más psicologizada) y sobrellevar con buen ánimo esa cadena atroz que es la libertad precisan, pues, de la comparación constante con los otros. Y si las redes promueven tal cosa, benditas sean.

 

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