Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
No recuerdo disponer de un contexto más adecuado para hablarle de Nietzsche a mis alumnos que el presente: guerras y polarización feroz, ley del más fuerte, realismo pragmático, voluntad de poder. Era esperable, pues, que al empezar a hablarles del superhombre nietzscheano me preguntaran por Donald Trump, un personaje que inevitablemente seduce a muchos – incluso a quienes retóricamente lo desprecian – como símbolo de esa vitalidad desacomplejada, fuerte, libre y poderosa que asociamos hoy en día al triunfador y que – al menos superficialmente – se aproxima al prototipo moral nietzscheano.
Digo que superficialmente porque aunque la imagen de Trump no es la de un héroe convencional (no da para héroe de película de Hollywood – y ni siquiera para astuto villano de Juego de Tronos –), tampoco puede ser, si lo analizamos con cuidado, la del superhombre que concibiera el filósofo alemán. De hecho, a lo que más me parece Trump que se parece es a la caricatura de superhéroe mediocre y sin escrúpulos con que lo retrata la serie «The Boys» (no se la pierdan).
Más que superhombre nietzscheano (ese ser capaz de crear sus propios valores y contagiárselos al mundo con la naturalidad de un niño), Trump sería más bien una última excrecencia del nihilismo contemporáneo: aquel que cambia definitivamente la nada de los viejos ideales platónico-cristianos (el humo retórico del orden global) por la nada del dinero y la grandeza hueca del cínico (¿en qué iban a ser los USA «grandes de nuevo» sin los ideales liberales y democráticos que han encarnado hasta hoy?). Es el mismo cinismo amoral que anticipaba Nietzsche como resultado lógico de una democracia sin Dios: ¿Por qué iban los ciudadanos a respetar pacto social alguno si ya no creyeran en nada que trascendiera sus intereses particulares?
Nietzsche soñaba con que de esta nada sin Dios brotara una élite de superhombres verdaderamente libres, fuertes y lúcidos como héroes trágicos, y poderosos creadores de un futuro de plenitud sin culpa… Pero lo obtenido de momento son burócratas corruptos, demagogos a sueldo y tiranos ignorantes, resentidos, reaccionarios y caprichosos como Trump (todavía contenido por una oligarquía que limita sus extravagancias, que habría que ver si no fuera así). No es el único tirano, desde luego, pero Putin, la casta religiosa iraní o los «queridos líderes» asiáticos, siendo aún peores, no son los hijos monstruosos de una democracia liberal que aspiraba a acabar con las fronteras y con la historia. Monstruos que, además, tienen hoy acceso ilimitado, no solo a armas de destrucción masiva, sino a tecnologías con capacidades nunca vistas para controlar, sustituir y eliminar a placer a los seres humanos. Decía Céline que la filosofía no es más que otra forma de tener miedo. Cierto. Pero no miedo a la vida – como pensaban él o Nietzsche –, sino miedo a perderla por efecto de los delirios de unos bárbaros rodeados de tecnócratas y disfrazados de tribunos de la plebe.




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