Filosofía para cavernícolas
viernes, 3 de julio de 2026
Dar el cante 1. Flamenco y mestizaje
viernes, 26 de junio de 2026
Volver a lo primario
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
En tiempos de incertidumbre y vacío los
humanos nos agarramos siempre al clavo de lo más primario. Es vieja ley de
vida. Guerreros hay como castillos que en las fatigas de la muerte llaman con
desconsuelo a la madre. Cuando la pena nos puede solemos buscar refugio en
afectos antiguos, en los rincones de la memoria, en el placer orgánico del
sueño... Frente al desconcierto reinante, tanto el populismo de derechas como
la izquierda fetén nos venden también esta vuelta a la primario. Unos, la
defensa fiera del terruño, la familia, la tribu, la patria, la tradición
milenaria, el Dios primero; otros, el más amable retorno a la naturaleza, el
aliento fraterno del pueblo, la pureza indígena, la vida austera y sencilla, la
reivindicación del cuerpo …
Suena estrambótico, pero no sé si todo
esto tiene algo que ver con la proliferación de animales domésticos. Dice la
prensa que hay más mascotas en los hogares extremeños (unas 420.000) que
habitantes en la provincia de Cáceres, y más, muchísimas más que niños y niñas
censados en la región. ¿Será que criar perros, gatos y otras adorables
criaturas es un proyecto familiar mucho más simple y natural que convivir con
personas humanas (no son excluyentes, ya lo sé, pero el dato es que cada vez
hay más gente sola viviendo con animales)? Tal vez la comunicación no sea
especialmente rica en esta vuelta de cara a lo animal, pero tal vez sea más
satisfactoriamente unidireccional; al fin, el perro siempre te da la razón, y
su apoyo es tan incondicional como el de una madre ...
Alguien podría objetar que esta afición
por cultivar el vínculo con los animales no casa con el castizo apoyo a la
tauromaquia o la caza que mantiene una amplia porción de ciudadanos. Pero para
mí que todo cuadra. Desde la perspectiva paleo tribal del populismo
conservador, perros y gatos siempre han sido fieles servidores del hombre, el
toro una bestia a sacrificar, y las alimañas del campo una diana sobre la que
demostrar las capacidades neandertales del intrépido cazador que, según dicen,
primariamente somos. Caza, sacrificio de bestias, retorno a la familia (aunque
consista en criar cachorros) … Todo esto (que me perdone Robe Iniesta)
significa hoy «volver a lo primario». Como también la persecución de «brujas
feministas», lo conversión de los inmigrantes en chivos expiatorios o el
rechazo a la cooperación internacional – ¿¡qué mayor solidaridad que la que
tengo con mi tribu… o mi perro!? –.
Creo, incluso, que este somero análisis
sobra. El anti-intelectualismo es otra condición de la vuelta a la inocencia
primera. Pensar poco es el camino de retorno al paraíso (perdido, ya saben, por
la sed de saber que inoculó la serpiente en esos benditos indígenas que eran
Adán y Eva). Para ser buenos, justos y felices no hace falta darle a la cabeza,
sino solo tener buen corazón, una firme voluntad y una fe ciega en lo que nos
ha sido revelado por Dios, la Historia o sus respectivos profetas. «Ora et labora
(et spectare "fútbol")». No hay más. Así que ya saben: vivan los
ladridos, los tiros, los toros y la Pachamama que nos parió…
domingo, 21 de junio de 2026
Imaginarios de lo monstruoso. Política y poética del miedo
Hace unos meses, publicamos en la revista Paradoxa este artículo, en el que intentamos exponer tres ideas fundamentales. La primera es que el miedo es un elemento consustancial al poder político en todas sus formas. La segunda idea es que el miedo, para ser políticamente efectivo, ha de instrumentalizarse a través de un imaginario simbólico y un dispositivo teatral en los que resulta esencial la figura del monstruo, entendida como categoría estética en que se aúnan lo liminal, lo aleatorio, lo extraño y lo metamórfico. La tercera idea es que esta figuración política de lo monstruoso sirve, en la multiplicidad de sus expresiones, tanto para marcar los límites del orden como para regenerar la conformidad con el mismo a través de la experiencia ritual y temporal del desorden. Para leer el artículo completo pulsar aquí.
viernes, 19 de junio de 2026
Educación e Inteligencia Artificial: debate con Carlos Magro y Guillermo Gevarsini
Aquí tenéis el creo que interesante debate sobre educación e IA, que celebramos hace unos meses en la Fundación Uña, con Carlos Magro y Guillermo Gevarsini, invitados y moderados por Fátima Murciano.
jueves, 18 de junio de 2026
¿Pero qué quieren los docentes, con lo bien que viven?
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Los maestros y profesores llevan más de
un mes de huelga indefinida o intermitente en Valencia y Cataluña, en Madrid
amenazan con retomarlas tras el verano y en Extremadura ya veremos. Y aunque
las protestas están siendo bien acogidas en general por la ciudadanía, se
repiten los argumentos dirigidos a desacreditarlas. Analicemos los más comunes.
Uno muy llamativo, referido a nuestra
tierra, es el que aduce que aunque los docentes extremeños cobran menos, viven
en una región donde todo es más barato, así que, ¿para qué quieren más?
Insólito razonamiento que, de llevarse a la práctica, obligaría a congelarle el
sueldo a todo aquel – profesor, médico, policía, bombero… – que cumpliera con
sus obligaciones en zonas de renta más baja. Como si el reto profesional de
educar o curar enfermos en una región pobre fuera una bicoca, y lo que se
ahorrara en vivienda no se gastara en compensar la falta de transportes,
servicios médicos o universidades de prestigio. ¡Lástima no se hayan dado
cuenta de esta «oportunidad» todos los funcionarios o empresarios que huyen despavoridos de la
España vaciada!
Otro argumento trata de las ratios.
Aunque solo sea por la bajada de la natalidad, ya hay menos niños por aula – se
dice – que hace cuarenta años, así que ¿para qué reclamar mejores ratios? Este razonamiento
parece sensato, pero no casa con la realidad educativa. Educar de manera
integral e individualizada a una población escolar tan diversa y – social,
psicológica y culturalmente – compleja como la de hoy es casi imposible aun en
aulas con 25 o 30 alumnos. Las clases de la ESO no tienen nada que ver con las
del viejo Bachillerato, cuando los grupos eran mucho más homogéneos y podías
expulsar tranquilamente a quien molestaba o suspender sin más protocolo al que
no mostraba interés. Atender ahora a seis o siete grupos, haciendo a la vez de
profesor, psicopedagogo, asistente social, enfermero, orientador, educador
cívico y vigilante de cada niño y niña, resulta inviable. Los profesores no
demandan ratios más bajas para trabajar menos, sino sencillamente… ¡para poder
trabajar!
Un tercer tópico es el que acusa a los
profesores de pedir una reducción de jornada, cuando lo que en todo caso piden
es una reducción de horas lectivas. El matiz es importante, porque todavía hay
gente que cree que el trabajo de un profesor se reduce a sus horas de clase – algo
tan ridículo como creer que el trabajo de un futbolista se reduce al partido
del domingo –. Todos los docentes que yo conozco trabajan por las tardes, los
fines de semana y, a menudo, durante las vacaciones escolares. No hay otro momento
para preparar clases, evaluar, confeccionar material didáctico, actualizar
conocimientos y ampliar la formación pedagógica (a los docentes de secundaria
nadie nos paga semestres de investigación).
No dudo de que, como en cualquier
reivindicación laboral, en la de los profes haya intereses corporativos, pero
tampoco de que la inmensa mayoría de esos docentes está peleando para que
educar a niños y adolescentes no sea una gesta heroica ni un simulacro
administrativo, sino una tarea asumible, dotada con los medios necesarios y suficientemente
reconocida. Tal vez así no haya que cazar a lazo a los que han de darnos el
relevo.
jueves, 11 de junio de 2026
El papa, los modernos y la izquierda
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
No sé si los diputados y diputadas que
escucharon el magnífico discurso del papa en el Congreso se enteraron de gran
cosa. Su tono y el modo de exposición – reposado, sistemático, argumentado –
hacían presagiar lo peor entre gente acostumbrada a los gritos, la invectiva
falaz y la demagogia populista. Y sin embargo algo trascendente debieron intuir
sus señorías, pues casi todos parecían atentos y, salvo algún obispo, nadie se
quedó dormido en el hemiciclo – es posible, incluso, que alguno despertara en
algún estrato desconocido de lucidez –.
Y eso que el discurso, para ser
protocolario, no fue fácil. Amén del obligado popurrí de temas de actualidad
(la paz, la inteligencia artificial, la crisis climática, la inmigración…), el
papa profundizó en el asunto de los asuntos: el del fundamento mismo de la política.
Y lo hizo acudiendo a la que acaso sea la mayor contribución de nuestro país a
la historia del pensamiento: la obra de los teólogos y filósofos de la Escuela
de Salamanca.
En los tratados de Francisco Suarez o
Francisco de Vitoria no solo se desarrollan conceptos clave de la filosofía
política posterior (como el de «contrato
social» o el del «derecho de rebelión») sino que,
refundiendo el ecumenismo cristiano con el pensamiento griego, se sientan de
modo riguroso las bases doctrinales del derecho internacional. Los filósofos de
Salamanca representan lo más luminoso de una modernidad católica enraizada en
el humanismo renacentista y en la unión armónica no solo de la fe y la razón,
sino de la razón y los valores que sustentan la convivencia política; de ahí
las referencias de León XIV a la dignidad y perfección humana en sentido
clásico, a la educación crítica o al uso dialógico de la palabra pública como
condiciones sustantivas de la libertad y la democracia.
Es un poco tramposo pero tentador
contraponer la figura de León XIV, adalid quijotesco de esa modernidad
católico-platónica que no pudo ser, con la de los telepredicadores
evangelistas, símbolo mediático de la modernidad triunfante: aquella en la que,
fruto de la escisión entre razón y fe, filosofía y ciencia, o valores y
procedimientos jurídico-políticos, proliferaron el fideísmo fanático, el
voluntarismo anti-intelectualista, el cientifismo tecnocrático, la demagogia
populista y el realismo político (lo podemos ver encarnado de forma extrema en
esa especie de telepredicador político que es Donald Trump).
De forma incomprensible, entre la
modernidad católica y la protestante la izquierda ha apostado casi siempre por una
versión «ilustrada» – materialista, procedimentalista y presuntamente no trascendente
– de esta última, no quedándose con más opción para fundar su concepción de la
dignidad y la libertad humanas que la sacralización romántica de entidades
abstractas (el Pueblo, la Historia, la Naturaleza, la Vida…), o incurriendo en
posiciones tan estrafalariamente incoherentes como la de Ione Belarra al justificar
la ausencia de Podemos durante el discurso papal: «han convertido el templo de la democracia en una iglesia»…
Si lo que necesita, en fin, la derecha es
una transfusión urgente de moralidad («una cosa es la política de los discursos y otra la política
práctica», confesaba con
cinismo Abascal tras aplaudir ardorosamente al papa), lo que necesitan las
formaciones de izquierda son lógicos. Y a ser posible aristotélicos. ¡Lo que
hubieran aprendido con el discurso de León XIV!
miércoles, 3 de junio de 2026
Violencia sin complejos
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Quiero recordar que durante un breve
periodo histórico la violencia llego a convertirse en Occidente en una especie
de tabú. No es que no existiera – estábamos en plena guerra fría –, sino que
estaba mal vista. Era paradójico, pero bajo la sombra apocalíptica de los
misiles nucleares se desarrollaron como nunca las instituciones mundiales, el
derecho internacional, la alternancia civilizada entre socialdemócratas y
liberales, la universalización de los derechos civiles (¡había que subrayar la
diferencia con el enemigo soviético!), el pacifismo, las nuevas maneras en la
pedagogía, la libertad sexual … Era la época en que la violencia se censuraba
públicamente (aunque no siempre en el ámbito privado), en que se dejó de
golpear a los niños en las escuelas, en que los «bobbies» ingleses se
paseaban (creo que milagrosamente aún lo hacen) desarmados por las calles de
Londres, en que los grandes partidos de fútbol se controlaban con unos cientos
de policías (en la última final en París se desplegaron inútilmente más de
treinta mil), y en la que se podía dormir en cualquier calle o estación de
ferrocarril europea – yo lo he hecho cuando era un joven mochilero – con una
completa sensación de seguridad…
Muchos, educados durante esa época
excepcional, aún nos escandalizamos cuando un policía tira brutalmente al suelo
a una maestra que se manifiesta pacíficamente, como ha ocurrido estos días en
Valencia. ¿Pero cuánto más vamos a resistir? Las actitudes violentas están cada
vez más extendidas y normalizadas. Lo podemos ver en el comportamiento de
algunos líderes occidentales, en sus insultos y amenazas públicas, en su uso
unilateral de la fuerza, en el genocidio de la población civil, en la práctica
sin disimulos del crimen de Estado, o en la promoción de cuerpos parapoliciales
– como el ICE en EE. UU – capaces de asesinar en mitad de la calle a personas
desarmadas… Pero también lo notamos en nuestro modo de hablar y comunicarnos
(especialmente en Internet), en la sustitución del diálogo por el espectáculo
del combate retórico, en el «scroll»
infinito de imágenes violentas en los móviles adolescentes, en la polarización y
el odio visceral al oponente político, en la violencia contra las mujeres o en
la exhibición de chulería e incivismo de hordas movidas por emociones
identitarias, o por una especie de «neocasticismo
anti-woke» que parece legitimarlos para atacar a inmigrantes, homosexuales, mujeres poco sumisas o ancianos
desahuciables (que nos hayamos acostumbrado a ver a empresas de matones «desocupas» deambulando por los barrios y acosando a
la gente es todo un síntoma de lo que digo) … No
olvidemos lo espantosamente rápido y banal que puede ser el paso del tabú a la
vulgarización de la violencia, del pedir a alguien que se aparte a
empujarlo contra el suelo, del dar los buenos días al vecino que piensa
distinto a pegarle un tiro en la nuca… A muy poco que le echemos un ojo a
nuestra historia reciente deberíamos estar más que avisados sobre todo esto.
Por ello, no solo hay que volver a
censurar todo ejercicio de violencia física, pública o privada, sino formar a
los únicos a los que hemos concedido la potestad de usarla, esto es, a los
profesionales de los cuerpos de seguridad del Estado, para que la empleen de
modo exquisitamente escrupuloso; formación que compete, y mucho, a la educación
pública que defendía la maestra estrellada contra el suelo por un agente que,
obviamente, no estaba preparado para desempeñar su función.
sábado, 30 de mayo de 2026
¿Quién quiere ser docente?
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
De vez en cuando me acuerdo de ese
excelente malvado que era Walter White, el protagonista de la inolvidable
“Breaking Bad”. Para quien no haya visto la serie, White es un profesor de
química en un instituto público norteamericano que, para completar su escaso
sueldo, trabaja lavando coches (algo perfectamente creíble en los EE. UU),
hasta que, harto de fregar y bregar con adolescentes, y aquejado de una
enfermedad grave y costosa de tratar (los USA no es tampoco un país para
enfermos), decide convertirse en un exitoso productor de drogas sintéticas. Al
fin – moraleja cínica, pero no del todo inconsecuente –¿quién va a querer ser
un insignificante y pluriempleado profesor de secundaria pudiendo ser un rico y
poderoso empresario, aunque sea en el negocio de las drogas? La cultura – como repetía Bart Simpson – es para
fracasados...
Pienso en esto mientras veo en la tele a
los docentes valencianos comenzar su tercera semana de huelga (la primera así en
cuarenta años y por la que han renunciado ya, en solidaridad con los
huelguistas, más de 250 equipos directivos), o a los catalanes, los aragoneses,
las profesionales de Educación Infantil de toda España, los extremeños del CEIP
Cerro Gordo… Todos ellos clamando no ya por un salario que no sea de risa (como
los de las educadoras infantiles), o que no se devalue año tras año, sino por
los recursos y medidas imprescindibles para poder trabajar en aulas mucho más
complejas que las de hace medio siglo; aulas repletas de alumnos psicológica,
cultural y socialmente diversos y con todo tipo de necesidades específicas; alumnos
ante los que la mayoría de los profesores carece de la preparación, el tiempo y
los medios requeridos para atenderlos; y alumnos – muchos – para los que, pese
a todo, la escuela constituye casi el único lugar donde encontrar un último
marco estable de sociabilidad, formación y afecto.
Sobra decir que ha sido el esfuerzo
vocacional de los docentes el que, hasta ahora, ha actuado como dique de
contención de todos estos problemas y necesidades. Hasta que la suma incontable
de tareas a asumir (experto en tal o cual área, pedagogo, terapeuta, asistente
social, psicólogo-orientador, mediador familiar, tecnólogo, vigilante jurado,
hablante bilingüe…), la carga burocrática con que se disimula la imposible
atención real al alumnado, el trato con menores conflictivos con los que nadie
sabe qué hacer, el desprestigio social de la profesión, o la complejidad actual
de la tarea educativa (falta de códigos y referentes comunes, multiplicación de
la diversidad, retos tecnológicos…), más la falta de recursos, las ratios y
otros tantos factores (el asarse a casi 30 grados junto a 25 niños – como hoy –
no es el menor), han incrementado la proporción de profesores quemados y han
hecho de la profesión algo cada vez menos deseable.
Así estamos. La escuela se encamina a no
ser más que un reflejo de la sociedad que andamos generando – cada vez más
desigual, polarizada, carente de lazos comunitarios y de valores compartidos –
, fiel al modelo social ultraliberal y meritocrático que retratan las series
americanas. Un modelo en el que la educación pública es un gueto para clases
medias empobrecidas del que nadie quiere ocuparse, y en el que la educación
privada – parcialmente financiada en nuestro país con los fondos públicos que
no llegan a la pública – se instituye como la vía natural para la perpetuación
del poder y el “mérito” de las élites. Y al que no le parezca justo, o no
quiera hacer huelga (nos diría un cínico liberal) que tenga los genitales
emprendedores que hay que tener y haga lo mismo… que Walter White.
viernes, 22 de mayo de 2026
La milana y el ibis
Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura.
Iba leyendo y temiéndome lo peor. Se
trataba de la historia de Hel, un ibis eremita, un pájaro precioso, raro,
idolatrado por los antiguos egipcios y de los más amenazados del mundo
(desapareció de Europa en el siglo XVII). A Hel lo criaron en cautividad unos
naturalistas austriacos que, con infinita paciencia y pasión, le enseñaron a
migrar con un ultraligero de alas amarillas, el color con que vestían sus
madres humanas adoptivas. Y volando fue como vino de Austria a Cádiz, con
objeto de intimar con los ibis de una colonia de cría gaditana. Hel y el resto
de la bandada austriaca hicieron buenas migas enseguida, y los investigadores
estaban exultantes: años de ilusión y trabajo estaban dando sus frutos; el ibis
eremita, con su cresta emplumada, su pico curvo inconfundible y el negro
tornasolado de sus plumas, volvería a sobrevolar de nuevo la península, Europa,
el Mediterráneo… Hasta que a Hel, alma de cántaro y de inquieto explorador,
tras recorrer media Europa y la península entera sin percance alguno, se le
ocurrió sobrevolar un coto extremeño. Nada más cruzar por Fregenal, un cazador
decidió que la vida de ese pájaro estrafalario no valía la pena y que las
escopetas – ¡qué coño! – estaban para pegar tiros…
La historia de Hel sucedió en octubre de
2023 y como en otras ocasiones no pasó nada: los tiradores se cubrieron entre
sí y el responsable no tuvo lo que hay que tener para asumir lo que hizo. Más
suerte tuvo el Seprona en el caso de Montemolín, en el que el escopetero de
turno se cargó a plomillazos, desde la terraza de su casa, a otros cuatro ibis
eremitas jóvenes (porque sí, porque algo había que matar esa tarde). A
principios de este año la Audiencia Provincial de Badajoz le ratificó la
condena de un año de cárcel y una indemnización de veinte mil euros. Lástima no
se le prohibiera mirar el cielo y coger una escopeta durante los mismos veinte
o treinta años que se tarda en desarrollar un programa de cría en cautividad.
La historia de Hel y de los ibis de
Montemolín me recuerda el pasaje final de Los Santos Inocentes, la novela de
Miguel Delibes prodigiosamente llevada al cine por Mario Camus. A veces pienso
que los extremeños seguimos siendo como el pobre de Azarías, y que la milana a
la que dispara el señorito representa el futuro de nuestra tierra. Porque lo
ocurrido con el ibis eremita no es un caso aislado. Otras muchas especies
amenazadas o en peligro de extinción (el milano real, el buitre negro, el
águila imperial, el lince ibérico…) son tiroteadas con frecuencia por
escopeteros indocumentados, mientras que otras más ( cigüeñas, golondrinas,
vencejos, aviones…) reducen cada año su población por culpa de acciones humanas
igualmente irresponsables, como destruir los nidos a los que retornan tras
recorrer miles de kilómetros sin descanso (hace unos días se denunciaba en este
periódico la destrucción ilegal de nidos en la Escuela Oficial de Idiomas de
Almendralejo, el Instituto Maestro Juan Calero de Monesterio y el colegio
público de Aliseda). Todo ello en una región a la que acuden ornitólogos y
aficionados a las aves de todo el mundo y en la que, por las cambiantes
circunstancias climáticas y la proliferación de regadíos, nos sobran mosquitos
e insectos portadores de enfermades. Un día repararemos en la inmensa riqueza
natural que estamos dilapidando, y nos acordaremos del truncado viaje de Hel
por los cielos cada vez más desiertos de Extremadura.
miércoles, 13 de mayo de 2026
IA y fraude académico
Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura
La tecnología al servicio del fraude
académico se ha vuelto tan compleja que profesores y alumnos empezamos a
parecer agentes secretos. Imaginen estudiantes que durante los exámenes musitan
palabras en clave a la medalla que llevan al cuello, toman microfotografías con
el bolígrafo o reciben mensajes a través del nano pinganillo que llevan en el
oído. Junto a ellos, visualicen profesores armados con sofisticados detectores
de frecuencia haciendo barridos y escaneando a todo el que resulta sospechoso.
No es una película de espías, sino el escenario de un aula cualquiera… ¡Y no
solo del futuro! De la entrañable chuleta hemos pasado ya al collar inductor,
la cámara oculta en el ojal, el pinganillo magnético, las gafas inteligentes…
Y cuidado, que estos nuevos métodos de
hacer trampas no solo sabotean los métodos tradicionales de evaluación, sino el
propio proceso de enseñanza, por innovador que este sea. Todavía con las viejas
chuletas se aprendía a estructurar y sintetizar contenidos; pero abusar de máquinas
que seleccionan y organizan por si mismas la información, responden y plantean
preguntas, buscan opiniones y argumentos, comparan, traducen, sugieren y
resuelven problemas… es algo que atrofia nuestras capacidades intelectivas y convierte
el aprendizaje en un puro simulacro. Es cierto que esto ya pasaba – en cierta
medida – con los profesores que se limitaban a dictar lecciones o con los
libros de texto que te lo daban todo hecho, pero la mala educación que
proporciona la IA (contagiando al alumnado de su propio remedo de inteligencia)
es tan perniciosa que no sirve ni para promover la memoria. La IA solo
beneficia a quienes son ya capaces de escribir, argumentar, analizar, comparar,
traducir o cuestionarse las cosas por sí mismos; ellos sí pueden utilizar la
máquina para sortear tareas burocráticas o para poner a prueba su propio
trabajo. Pero ¿cuántos alumnos – incluyendo a los universitarios – están en esa
situación?
¿Y qué hacer ahora? Convertir a los
profesores en ciber-policías armados de escáneres o expertos en programas y
contraprogramas de detección no soluciona gran cosa. No solo porque los
docentes no den más de si (recuerden que, además de expertos en tal o cual
materia, ejercemos también de pedagogos, trabajadores sociales, psicólogos,
enfermeros, animadores culturales, creadores digitales, educadores cívicos,
hablantes bilingües, cuidadores, porteros, administrativos…), sino porque, como
decíamos, la cuestión va mucho más allá de hacer trampas en exámenes o
trabajos. ¿Entonces? En cuanto a la evaluación sería imprescindible apostar por
una verdadera evaluación continua, más presencial, más individualizada, más
interactiva (para todo lo cual se necesitaría una bajada drástica de ratios); y
en cuanto al aprendizaje, la generalización de enfoques didácticos más
motivadores, en los que se haga palpable el vínculo entre el desarrollo
personal y las competencias intelectuales: el alumno debe tener claro que no se
llega a ser una persona (en ningún sentido interesante de la palabra persona)
permitiendo que una máquina piense por ti…
A ver si las administraciones educativas están a la altura, aunque sea
pidiéndole a la IA que les sople alguna solución.
jueves, 7 de mayo de 2026
Menos terapia y más amigos
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Está de moda «ir a terapia». Nos
reíamos de los esnobs neoyorquinos hablando solos en un diván, o de la afición
de los argentinos al psicoanálisis, y ahora al fin (con cincuenta años de
retraso) estamos al mismo nivel. Si no quieres ser un don nadie (o un «boomer» casposo) has de ir
a terapia. No necesariamente porque tengas un problema médico específico, sino,
en general, para «cuidarte», para «estar
emocionalmente en forma», para
desarrollar determinadas «virtudes» (asertividad, resiliencia, inteligencia emocional…) y – sobre
todas las cosas – para que alguien te escuche. Normal. ¿Quién va a escuchar
gratis a un narcisista impúdico sin más inquietud que mirarse el ombligo
emocional (el otro, el físico, ya nos lo miramos en el gimnasio)? Mucha gente
va al psicólogo «porque» no puede ir
más que al psicólogo (y entiéndase ese «porque»
en los dos sentidos).
Ahora bien, ¿de verdad sirve la terapia
para algo? Desde un punto de vista rigurosamente terapéutico, está todo tan
psicopatologizado (no hay problema afectivo, moral, o hasta filosófico que la
gente no confunda con un problema psicológico) que la terapia puede servir
aparentemente para todo y (por lo mismo) para nada. Y en cuanto a lo de cuidar
del «bienestar mental» también tengo mis dudas:
¿quién es un psicólogo para decirte qué es estar bien o mal? La psicología es a
lo sumo una ciencia, no una religión o un recetario moral.
Además, me temo que la terapia tampoco
sirve realmente para que nos escuchen; al menos, no como nosotros queremos. Al
psicólogo le pagamos para que analice nuestra conducta, no para que empatice,
nos conforte y acabe debatiendo con nosotros sobre la conveniencia de nuestros
actos. El psicólogo no es un amigo, ni debe implicarse emocionalmente con su
paciente (eso nos enseñaban, al menos, en la facultad), ni puede convertirse en
una especie de gurú que, so capa de tratar presuntos problemas de conducta,
pretenda orientarla en función de determinados fines o valores.
No nos engañemos: lo que la mayoría de la
gente necesita no son psicólogos, sino amigos. Amigos que nos escuchen, no por
dinero, sino por interés genuino. No hay nada más «sanador» que saberse
querido y escuchado de verdad por otros. Ni nada más inteligente que rodearse
de amigos que nos conozcan y puedan, no solo aplaudirnos y apoyarnos (eso es fácil),
sino ponernos amorosamente a parir cuando haga falta.
Ahora bien, lo de tener amigos (que no
sean una IA) tampoco es gratis. De hecho, es bastante más costoso que ir al
psicólogo. Los amigos no se alquilan por horas; hay que ganárselos. Y para ello
conviene ser una persona lúcida, crítica, honesta, divertida y, desde luego,
tener inquietudes por algo que no sea el estrecho mundo de nuestras neuras,
manías, complejos y emociones particulares. Quien los tenga, pues, que los
cuide, porque los psicólogos abundan, pero los amigos están – como todo lo que
no es monetarizable ni fiscalizable– en serio peligro de extinción.
miércoles, 29 de abril de 2026
Inmigración y educación para la ciudadanía
Ver al dirigente de Vox José María
Figueredo – camisa abierta y patillas a lo Milei – explicando cómo va a aplicarse
lo de la «prioridad nacional» impresiona. ¿Qué significa «hacer todo lo posible» para que
los inmigrantes quieran marcharse? ¿Cómo puede un diputado nacional decir que
se va a «cumplir la ley al
mínimo»? ¿En qué mundo vivimos? (A esto último
no hace falta que contesten).
Incluso si, como es de esperar (como
esperan los que les han regalado las elecciones), las políticas de Vox resultan
infructuosas, sus intenciones amenazan la convivencia pacífica con quienes
hacen los trabajos que ya no queremos hacer, dinamizan nuestra economía o
alivian la crisis demográfica. Pintarlos como invasores, delincuentes o
parásitos es un infundio que acarrea penosas consecuencias incluso para el
propio Vox, ya sea porque sus amenazas se queden forzosamente en nada (¿para
qué votarlos entonces?), ya sea porque se atrevan a aplicar medidas drásticas
(contra la ley, contra la Iglesia, contra los intereses empresariales, y a
favor de la movilización de una izquierda que parecía resignada al cambio de
ciclo). Miren el efecto en las encuestas de la enloquecida campaña contra los
emigrantes en EE. UU…
Pero la peor de esas consecuencias es,
sin duda, la de poner en riesgo el – siempre peliagudo – proceso de integración
entre comunidades culturalmente distintas, magma profundo del estado de opinión
que sirve de combustible a la demagogia xenófoba. Dicho proceso de integración
comienza, desde luego, por regularizar y por reconocer los derechos que asisten
a todos los que trabajan en nuestro país; pero es imprescindible que, a la vez,
se facilite a los trabajadores extranjeros cauces sociales y educativos sólidos
y eficaces para su plena integración como ciudadanos. En una democracia no
puede haber sujetos políticos de primera y segunda clase; pero tampoco un
estatuto de ciudadanía derivado del mero hecho de haber nacido o residir tal
número de años en un determinado lugar. La noción de «arraigo» puede y debe tener
un contenido sustantivo: no en cuanto a la adopción de creencias o costumbres
«nacionales», claro está, sino en cuanto a la asimilación crítica de determinados
principios y valores (especialmente aquellos en los que se inspira nuestro
marco jurídico) a través de una formación obligatoria, normalizada y común.
Que la formación educativa insista en
formar obligatoriamente a todos (nativos o extranjeros) en un pluralismo
crítico que, sin incurrir en dogmas ni relativismos inconsecuentes, trate de
valores comunes, es fundamental para evitar guetos y desencuentros insalvables.
La ciudadanía no consiste esencialmente en ser «español» o «finlandés», sino en
ser «civilizado», entendiendo como tal la capacidad y la voluntad para poner el
diálogo y el consenso racional y democrático (y los valores a ello aparejados)
como ejes de la acción común. Los Estados europeos deberían combatir el estado
de opinión que sirve a la demagogia racista de la ultraderecha reforzando
educativamente la fundamentación ética y la proyección política de una moral
cívica transnacional y común a todos y todas. Nos van en ello la prosperidad,
la estabilidad social y el fortalecimiento de nuestras desvaídas
democracias.
miércoles, 22 de abril de 2026
Profes de excursión
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
A diferencia de lo que ocurría en la mayor parte de las clases, todos nos acordamos de las excursiones del colegio. Uno recuerda siempre lo que ha vivido con plenitud (sea bueno o malo) y olvida lo que se ha limitado a soportar muerto de aburrimiento. En las excursiones, en las buenas, en las que los profes nos dejaban vivir, no solo explorábamos otros territorios (muchos salían del pueblo o del barrio por primera vez), sino que también nos reconocíamos a ratos en roles más adultos, arriesgados y excitantes. No había mejor aprendizaje que ese aventurarse libre y primerizo por la jungla del mundo.
Ese recuerdo hizo que me embarcara, ya
como docente, en muchas de esas maravillosas aventuras extraescolares (tan
buenas que algunas no las detallaría hoy sin consultar antes con un abogado).
La ilusión, la experiencia cultural y humana o el agradecimiento eterno de los
chicos bastaban para compensar los madrugones, el esfuerzo organizativo, las
noches en vela… Hoy, sin embargo, me lo pensaría cien veces antes de llevarlos
a ningún lado. No por ellos, sino por la fiscalización y desprotección legal
del docente que regala su trabajo y su tiempo en viajes que, para mí, casi han
dejado de valer la pena. La obsesión por la seguridad y la «integridad» de los
menores hace que, paradójicamente, se vuelva cada vez más difícil esa forma de
educación «integral»
que asociamos a las actividades fuera del aula. Se tiene un concepto tan
pervertido de lo que es la protección del menor – como si su «integridad» no fuera algo que aún tiene que construir (y aprender a cuidar) por sí mismo,
experimentando, corriendo riesgos, extraviándose, reinventándose – que
acabaremos por hacerles vulnerables a todo. Es extraño que a la vez que la
pedagogía y la retórica educativa insisten de mil maneras en el desarrollo de
la autonomía de niños y adolescentes, cada vez se les deja menos margen para
explorar el mundo por sí solos, fuera de las actividades programadas y del
control de padres, profesores, psicólogos, monitores y hasta microchips, como
si fueran perros.
Reflejo de una sociedad profundamente
infantilizada, sin más valores aparentes que los (propiamente infantiles) del
bienestar y la seguridad, los docentes hemos ido aceptando, además, un sinfín
de funciones policiales (vigilantes, administradores de datos, carceleros,
policías cibernéticos…) que nada tienen que ver con la educación. Esto no
quiere decir, ojo, que no haya que atender, cuidar y controlar; o que no haya
casos de negligencia profesional (a unos compañeros de un instituto aragonés se les juzga en estos días por ello); quiere
recordar, tan solo, que educar consiste fundamentalmente en acompañar a los
chicos en (y no en protegerlos de) ese difícil y peligroso rito de iniciación
en el que van librándose del caparazón de la inocencia y armándose de todo lo
que necesitan para afrontar el mundo de un modo pleno y consciente; y que esto
supone naturalmente un riesgo que, por mucho miedo que dé, no toca otra que
aceptar.
miércoles, 15 de abril de 2026
La cara oculta de la Tierra
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Confieso que ver todos estos días en
primera página a los astronautas del Artemis II me ha tocado la moral y las
narices. Soy tan novelero como cualquiera, pero no está la cosa como para tirar
cohetes: hay que estar a la luna de Valencia para andarse con la vieja milonga
del progreso y el «gran paso (¿hacia dónde?) de la humanidad» mientras el mundo arde a nuestro alrededor. Y digo milonga no por
lo que la cosa tenga de hazaña técnica (que la tiene, y es admirable), sino por
el sentido político que se le quiere dar. El «progreso científico» no equivale
a «progreso político o moral», aunque el relato propagandístico juegue a menudo
con ese equívoco.
El progreso político consiste en
crear las condiciones materiales para que todo ser humano pueda cubrir sus
necesidades básicas y realizar su proyecto personal en armonía con los otros. El progreso científico, en cambio,
solo proporciona un arsenal de técnicas con las que modificar esas mismas
condiciones materiales; pero ni garantiza que se modifiquen para mejorar la
vida de la gente (pueden usarse, perfectamente, para empeorarla), ni que tales
modificaciones lleguen a la mayoría (pueden muy bien reservarse para una élite
pudiente).
Brindar por los éxitos de la ciencia es,
pues, estupendo, pero sin olvidar que, por sí mismos, no significan
políticamente nada. Es más: deberíamos subrayar que tales éxitos suponen, casi
siempre, la necesidad de profundizar en otro tipo (totalmente distinto) de
conocimiento: aquel por el que consensuamos razonadamente los principios,
normas, fines y valores que han de guiar y regular el modo en que implementamos
los «avances» científicos (piensen en los problemas éticos que acarrean la
biotecnología, el uso de la IA, la energía atómica o… el dominio del espacio).
Este tipo de conocimiento ético no es menos complejo que el de los ingenieros
de la NASA (mucho me temo que lo es infinitamente más), pero poca gente parece
preocupada o siquiera consciente de él. Permanece oculto en oscuros comités y
cenáculos académicos, cuando tendría que desarrollarse a la vista de todos y
con tanta publicidad, al menos, como la que tienen los hallazgos de la
ciencia.
Mientras, conviene desconfiar de la
propaganda. Más acá de esa leve (y tranquilizadora) impresión de concordia en
torno a la exploración espacial con que la política exterior norteamericana
muestra su lado amable (eclipsando fugazmente al siniestro lunático que tienen
por presidente), la cara menos visible de nuestro planeta esconde lo que ya
sabemos pero tenemos unas ganas locas de olvidar: la agonía diaria de las
víctimas de la guerra , los miles de inmigrantes cruelmente deportados o
ahogados en el mar, la opresión y la violencia sobre las mujeres, la creciente
desigualdad económica, el derrumbe de la legalidad internacional, la amenaza
del cambio climático… ¿Habrá que lanzar
un cohete para sobrevolar y fotografiar África, Gaza, Líbano, Latinoamérica o
Ucrania, para no olvidar que antes de «andar en la
Luna» convendría sembrar de justicia la Tierra?













