Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
A veces pienso que no podemos sino ser malos. Hay tanta contradicción en nuestra condición humana, tanto dolor clamando al cielo, tanto misterio tozudo e inaguantable, que es difícil encontrar y justificar ninguna atadura moral. ¿Qué más da todo? ¿Qué tenemos que perder? ¿Hay algo distinto del miedo a la ley que nos impida convertirnos en malvados, si es que no lo somos ya de forma hipócrita y taimada?
Ser malo es también un tabú que apetece transgredir, especialmente en esta época, en la que si no te mueves o rompes algo no sales en el «photocall» fugaz de la trama mediática. Ser malo, o parecerlo, es «cool», es divertido, está de moda. Aunque nos equivocaríamos completamente si lo consideráramos una simple tendencia estética. El «malismo» representa hoy una verdadera actitud moral; un renovado (y en cierto modo desesperado) intento de ser realmente bueno frente a los embates retóricos de la corrección política, los excesos de la «ideología woke» y la inconsistencia de ese cristianismo descafeinado que parece, a veces, el humanismo moderno.
Pero para entender la ética malista y «facha», nada mejor que contraponerla a su anverso, la buenista y «progre». Si el buenismo ve el mundo con candor evangélico (un mundo de seres naturalmente cooperativos, protocivilizados y tendentes al ecofeminismo), el malismo lo ve con realismo viril (como un hijo de la guerra y la lucha por la vida). Si el buenismo pretende fundar las normas en la razón y el diálogo democrático, el malismo ve más sensato fundarlas en la fuerza de la tradición (o en la tradición de la fuerza; es decir, en el interés del más fuerte). Si el buenismo aboga por el poder horizontal, la tolerancia, el respeto al otro o la educación de los malvados, el malismo reivindica la verticalidad jerárquica, la imposición del orden, la discriminación entre diferentes y el ojo por ojo. Si el buenismo exhibe sus prejuicios inconscientes con actitud pontificia e información seleccionada, el malismo exhibe sin pudor los suyos con castiza desvergüenza, odio explícito y bulos delirantes…
Malismo y buenismo son, en suma, otro rostro más de la polarización, esa estrategia tan útil para traficar con datos, dinero y votos, como para no tener que pensar demasiado en nada. Porque el verdadero enemigo de lo bueno no es lo malo, sino lo simple. En cierto modo y momento, ser «malo» — cuestionar los modelos oficiosos de virtud, provocar a los «buenos» para ver si lo son de veras y buscar valores alternativos que den sentido al incierto oficio de vivir – representa un necesario y mínimo ejercicio de aprendizaje moral, especialmente para los jóvenes, aunque también para los pueblos y entre las gentes confusas y desmoralizadas.
¿Qué le vamos a hacer? El precio de vivir en una sociedad moderna, laica y bajo mínimos filosóficos, era descubrir un día u otro que el «carpe diem» no es suficiente; que ni el entretenimiento ni el entrenamiento pueden disimular el peso real de tanta insignificancia; y que el viaje moral que nos debemos era realmente nuestra única necesidad y querencia. Lo que ocurre que ese viaje nos exige, por de pronto, salir – incluso a las malas – del corralito de valores devaluados en que dormitamos. Ojalá no nos quedemos ahí, claro está, y, queriendo ser muy malotes, lleguemos un día a ser realmente buenos.







.jpeg)




