Desde el verano pasado que acabamos la sección "Dar el cante" en el magazine mañanero de Canal Extremadura Radio, hemos continuado con una nueva sección, ahora llamada "Dando el cante", en el programa de flamenco Entre palos y quejíos, también de Canal Extremadura, conducido por Laura Zahinos (todos los sábados de 9 a 10 de la mañana). Iré colgando aquí algunos de estos programas en forma de podcasts, para aquellos que estén interesados en el fascinante mundo del flamenco. Por empezar por algún lado, compartimos este en el que tratamos de la relación entre cine y flamenco, desde los primeros cortos (el cine flamenco fue pionero tanto en el cine mudo como en el sonoro, anticipándose en este último caso al Cantor de Jazz) hasta el último y magnífico cine documental, pasando por el uso que hizo Hollywood del flamenco, los sainetes y melodramas folklóricos de los 50 y 60, o el cine quinqui de los 80. Pasen y oigan.
Filosofía para cavernícolas
miércoles, 21 de octubre de 2026
sábado, 17 de octubre de 2026
Inteligencia artificial y orgasmo intelectual
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura y La Nueva España.
Imaginen que se desarrollara una máquina capaz de tener orgasmos o de sentir placer al comer. ¿Dejaríamos por ello de hacerlo nosotros? No. En absoluto. Incluso si la máquina lo hiciera más y mejor (esto último no sería fácil de corroborar, pero supongamos que sí), a nadie sano, y en su sano juicio, dejarían de apetecerle el alimento o el sexo. Tal vez nos molestara o nos diera envidia la capacidad sexual o el buen saque gastronómico de la máquina, pero ello no nos quitaría las ganas de hacer naturalmente lo propio.
Bien, pues ¿por qué no aplicar este mismo argumento al caso del pensamiento y la Inteligencia Artificial? ¿Debería desmotivar a los matemáticos o a los filósofos que la IA resuelva teoremas o clarifique problemas filosóficos? ¿Por qué? Tal vez los filósofos, que saben por experiencia que lo importante es el camino y no llegar a resultado alguno, lo tengan más claro que nadie; pero para el resto debería ser igual. El deseo de pensar y comprender las cosas es tan natural como el de comer o reproducirse, por lo que si una máquina simula hacerlo con mayor eficacia tanto mejor para ella, nosotros seguiremos haciéndolo igual, o incluso mejor, porque la máquina nos librará de la obsesión por los resultados – esta sí que artificial— y podemos dedicarnos a disfrutar plenamente del proceso.
Piensen que si nuestro cuerpo crece y se multiplica comiendo y fornicando (con perdón), nuestra mente – que es lo que importa, por no decir lo que existe – crece y se desarrolla comprendiendo. Comprender las cosas equivale a hacerlas nuestras, a abrazarlas con el espíritu. No se «posee» o conoce a nadie acariciándole o haciéndole el amor. Compenetrarse es comprenderse, y los besos son estériles – y hasta repugnantes – si antes o después no los trascienden las palabras. Comprender es sumar y crecer. Y las personas son tan grandes como aquello que entienden. Si comprendiéramos el universo entero seríamos tan inabarcables y duraderos como él. Con el añadido, ya saben, de que ni el saber ni el universo ocupan lugar. Más bien lo crean o multiplican. Por esto no hemos de temer que la IA haga como que comprende más y mejor que nosotros; todo lo contrario: cuanto más y mejores conocimientos produzca, más que comprender habrá para todos…
Porque todos buscamos el divino placer de la intelección, sea interiorizando el ritmo de un pasodoble o entendiendo la ley de la gravedad. ¡Qué más da que otro baile mejor, o que Newton descubriera la ley hace tres siglos! ¡Nosotros también podemos disfrutar con ello! Entender lo que pasa – y lo que nos pasa por dentro – es la sal de la vida (humana). Y a ello nos dedicamos con más o menos intensidad todo el tiempo que permanecemos despiertos (e incluso dormidos, si echamos cuenta a los oniromantes). Piensen que, además, no hay otro espacio donde proyectar y realizar nuestros infinitos anhelos que ese no-lugar ilimitado del entendimiento. Y en un infinito nada es más ni menos, antes o después. Allí solo cuentan el instante y la infinita plenitud de comprenderlo. Así que despreocúpense del todo: ninguna máquina nos va a ganar realmente en esto del comprender. Fundamentalmente porque ahí – y más allá de aquel instante— no hay absolutamente nada que ganar.
lunes, 12 de octubre de 2026
Si vives, no conduzcas
Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura.
Escuchaba en la radio al responsable de la DGT, Pere Navarro, defendiendo la bajada de la tasa de alcohol permitida al volante del 0.5 al 0.2 gr/l, lo que técnicamente equivale a una tasa cero (hasta 0.2 se puede dar positivo incluso sin beber alcohol). La medida ha sido aprobada a trámite por el Congreso y, según contaba exultante el señor Navarro, nos pone a la altura de las exigencias de la OMS y de países como Noruega o Suecia (alejándonos de la mayoría de la UE, que mantiene la tasa al 0.5 o incluso de alguno, como Inglaterra, que la tiene en 0.8 ). Aunque sospecho que me van a llover críticas, dejo aquí unos sobrios comentarios al respecto.
Que el alcohol tiene efectos en cualquier cantidad en que se consuma está claro. Todo lo que tomamos o hacemos lo tiene. Otra cosa es que este efecto sea siempre incapacitante para conducir. Es cierto que, con la tasa permitida hoy (menos de 0.5 gr./l) el alcohol puede disminuir relativamente los reflejos o provocar una cierta relajación (como otras mil cosas: conducir a ciertas horas, pensar en tus asuntos, charlar con alguien, escuchar la radio, mirar el paisaje…). La cuestión es si esa disminución de los reflejos o de la tensión es realmente relevante, porque nadie querrá –digo yo— prohibir también que se piense, se hable, se escuche música o se mire algo más que las rayas de la carretera mientras se conduce…
Y miren que conducir sería mucho más seguro si prohibiéramos conducir después de comer (o comer mientras se conduce), viajar estresado o deprimido, fumar, discutir con tu acompañante, atender a los niños, entusiasmarte con tu música favorita o distraerte con la raja de la falda de alguien, como decía la casposa canción de los Estopa. De hecho, la causa más corriente de accidente son distracciones como las ya citadas, y no conducir con una tasa de alcohol menor a 0.5, aunque esto último (además de ser más fácilmente punible) es considerado más objetable moralmente. De un tiempo a esta parte la bebida empieza a estar tan mal considerada como en las sociedades protestantes, y eso que nuestra cultura del alcohol nada tiene que ver con la de Suecia o Noruega (acabaremos escondiendo la botella de Rioja del super en una bolsa de papel, como en los supermercados americanos, ya verán).
En general, la política de la DGT parece empeñada desde hace años en reducir el riesgo de accidentes a cero. Loable empeño, pero imposible de cumplir a no ser que, lisa y llanamente, dejemos de coger el coche. Si el precio a pagar por rebajar la siniestralidad hasta extremos infinitesimales (se ha reducido en un 70% durante los últimos veinticinco años) es prohibirlo casi todo, yo creo que la mayoría de nosotros preferimos asumir el riesgo de conducir bajo una normativa que te permita hacerlo como un ser humano. No se trata de defender el liberalismo de cuñado de Aznar (al que nadie decía cuántas copas beber al volante), pero tampoco de apostar por el puritanismo ilustrado de la DGT de Navarro, nunca mejor expuesto que en aquel lema publicitario suyo, despótico y paternalista: “No podemos conducir por ti” … Aunque ya puestos. ¡Qué demonios! ¡Qué conduzcan de verdad por nosotros: que nos pongan un chofer, y un coche oficial a todos! O mejor: un ático en el centro, para que podamos ir al trabajo dando un paseo y tomarnos tranquilamente una caña y una tapa después. Mientras, ya lo sabes: si vives, no conduzcas.
miércoles, 7 de octubre de 2026
Desahuciar a los inquilinos del Congreso
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Obtener o mantener determinadas
propiedades como la vivienda, o soñar con lograrlo, es el principal factor
motivacional para el trabajo. En sistemas comunistas, el anhelo privado por la
propiedad se sustituye (idealmente) con un acceso garantizado a los bienes
básicos más el compromiso personal con determinados ideales (se trabaja por la
“casa común”, la patria socialista, el proyecto revolucionario, etc.). En
sociedades liberales como la nuestra, y salvo en profesiones muy vocacionales,
no hay más estímulo que el de la posesión o disfrute privado de la vivienda y
otros bienes. Sin esta expectativa el trabajo se reduce a un mero mecanismo
precarizado de supervivencia, con baja productividad y ninguna entidad moral,
lo que provoca la búsqueda de valores alternativos y el aumento de los
radicalismos, la polarización y la inestabilidad política.
Se equivoca, pues, quien cree que los
opciones liberales pueden hacer algo por sí solas para afrontar el problema de
la vivienda: dejar que el mercado siga su curso es un suicidio social y abre la
puerta a un peligroso aventurerismo político. Mucho menos tienen que ofrecer
las demagógicas propuestas de la extrema derecha (expulsión de inmigrantes,
medidas «antiocupación»), descaradamente inviables o irrelevantes, en tanto la mano de
obra inmigrante es insustituible y en cuanto las «ocupaciones» no afectan
realmente más que a un porcentaje nimio de viviendas.
La única opción es una intervención
contundente del Estado. Pero una intervención que no provoque un aumento – ya casi insoportable –
de la polaridad social, ahora entre una élite inmobiliaria coaligada con la
amplísima clase media propietaria (a los que les interesa poco o nada que el
problema se resuelva y bajen los precios) y una clase desposeída, formada
mayoritariamente por jóvenes, a los que no les mueve (como piensan ingenuamente
algunos) la lucha contra el rentismo, sino su propio acceso a la propiedad (y
que, desde luego, no le haría ascos, llegado el caso, al disfrute de rentas
inmobiliarias).
El problema es, así, el de cómo arbitrar
políticamente los intereses de los que ya tienen con los de aquellos que
quieren y no pueden ni soñar con tener. Tal vez lo primero sería convencernos
de que, a medio y largo plazo (baja de productividad, brecha generacional,
inestabilidad…) el conflicto no beneficia a nadie, ni siquiera a las clases
medias propietarias, que no podrían reinvertir su capital con tanta agilidad
como las élites una vez empezara a hundirse el barco. Lo segundo sería
instituir un pacto de Estado entre las fuerzas políticas mayoritarias que
permitiera consensuar y aplicar a largo plazo las medidas legislativas
imprescindibles para resolver el problema: la centralización y agilización de políticas
urbanísticas, la promoción masiva de nuevas viviendas (incluyendo un amplio
parque no reversible de vivienda social), una mayor presión fiscal al alquiler
turístico (y una mayor desgravación a las donaciones en vida), pautas firmes de
protección ante abusos (incluyendo límite de precios en zonas tensionadas), etcétera.
Ahora bien: ¿serán capaces los líderes políticos, en el actual clima de
frentismo sin cuartel, de afrontar semejante reto? Lo dudo mucho, por lo que,
probablemente, lo primerísimo que habría que hacer sería desahuciarlos a todos
ellos lo antes posible y buscar nuevos inquilinos para regir la cosa pública.
sábado, 26 de septiembre de 2026
Esas odiosas pequeñas cosas
Hay tantos libros que quiero leer que
dudo mucho que pueda hacerlo en vida – sería un consuelo a tanta eternidad ser
un espectro lector, pero no creo que cuele –. Lo mismo me ocurre con los
millones de canciones o películas que ofrecen las plataformas digitales. O con
todos esos futuros y valiosos restos mortales (archivos, papeles, poemas,
fotos, diarios, correos…) que me costaría el resto de la vida expurgar. Y esto
por no hablar de la insondable cantidad de personas interesantes con las que
podría relacionarme en redes; la de museos y exposiciones reales o virtuales
que me encantaría explorar; o la tupida red de noticias, artículos, informes,
documentales, podcasts, canales o videos didácticos con que te tienta el
ordenador tras teclear la más insulsa palabra (un ordenador que, además, me
ofrece tan infinitas posibilidades de ordenar lo infinito que tendría que ser
un dios eterno y ocioso para estar al día, dominarlas y poder aprovecharme de
ellas).
Como dice Harari (el patriarca más
popular de la sociología apocalíptica), el colapso que se avecina será mental o
no será. Es materialmente imposible – dice y no lo dudo – que nuestro cerebro
pueda adaptarse al estado crónico de excitación, incertidumbre, elección y
angustia que experimentamos ante las innumerables cosas que queremos
experimentar. Tampoco nos da la vida – por más que nos torturemos creyendo que
sí – para reinventarnos, reciclarnos, ser creativos, romper moldes y adaptarnos
cada seis meses a los nuevos códigos, programas, sistemas, versiones,
innovaciones y tendencias a que nos empuja la tiránica actualidad.
Son, en fin, tantas las posibilidades y
herramientas a disposición del que quiere hacer algo, que lo más que haces – y
ni apenas eso – es recorrerlas y ponderarlas una y otra vez. Y sí, está muy
bien lo de estar siempre aprendiendo, pero lo de aprender cómo aprender cada
vez que te pones es de locos. Pasar por todo una vez – decía el poeta –; pero
si ese todo es infinito, ¿quién se mueve? ¿Acabaremos muriendo de hambre, como
el asno de Buridán, ante un inabarcable expositor de yogures?
Ante esto no cabe sino comprender dos
cosas: (1) que la caótica pluralidad de opciones y novedades en que se nos
divide (multiplicándolo) el mundo tiende a cero (y no a infinito); y (2) que
todas esas apetitosas cosas (libros, canciones, fotos, personas,
acontecimientos o yogures) se parecen tanto unas y otras y entre sí que al
final pudiera ser que fueran lo mismo, que todos los cuentos contaran la misma
historia, y que importara más tocar bien una guitarra que andar rasgueándolas
todas…
Claro que para alcanzar tan sublimes y
castizas conclusiones es preciso, antes, trascender el trasnochado y
pseudorromántico culto a lo concreto, lo corpóreo, lo accesorio, lo minúsculo,
lo cotidiano, diferente y anecdótico que tanto pone al «post-nihilismo»
contemporáneo y sus burócratas del inframundo. Toca hoy entender que no hay
nada realmente valioso – ni felicidad ni sentido – en lo pequeño – por eso es
pequeño –, y que el laberinto de posibilidades que nos pierde no es más que el
traje de un dios – el de las pequeñas cosas – que va ostentosamente desnudo.
Pensémoslo ahora a lo grande…
miércoles, 16 de septiembre de 2026
¿Por qué no estudian los estudiantes?
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Jamás pude memorizar nada que no pudiera
comprender, es decir, encajar en ese mapamundi incompleto que era y es mi
visión del mundo. Cuando me hacían estudiar algo era incapaz de hacerlo – no me
enteraba de nada – si no lo interpretaba hasta encajarlo, como en un puzle, en
mi particular maremágnum mental. Era lógico. Estaba (estoy) siempre tan
confundido que tenía (tengo) un apetito desordenado por ordenar el mundo, por
poner cada cosa en su sitio, por reconocer, relacionar y retrotraerlo todo a
una raíz común. Hasta cuando estudié el código de circulación tuve que
inventarme una especie de alocado sistema lógico en el que todas las normas
aparecieran más o menos relacionadas mutuamente. Es esto por lo que comprendo
parte de las enormes dificultades que tienen mis alumnos. Y también por lo que
no comprendo la percepción que comúnmente se tiene de sus malos resultados
académicos.
Por mucho que me esfuerzo y leo el
informe PISA, yo no percibo estudiantes ignorantes o vagos, sino chicos y
chicas incapaces de encontrar un hilo conductor, un leve atisbo de mapa que les
permita empezar a comprender dónde están y qué deben hacer. Veo jóvenes
paralizados por una aceleración histórica a la que ni siquiera nosotros cogemos
el paso, abrumados por la suma inconexa de mundos que les echamos encima (desde
las aulas, desde las inevitables pantallas, desde el salón de casa, desde ese
yo en formación que les habla desde el fondo del tarro). Les es tan difícil
aspirar a componer su propio puzle – hay tantas piezas y opciones, y tan pocos
modelos – que no es extraño que busquen refugio en la pseudovida del
videojuego, en la retórica milagrosa de la IA o en ese remedo inverso de
plenitud – esa llamada desesperada de atención – que es la indolencia. Es muy
difícil no admitir que casi lo más sensato que se puede hacer en este mundo es
hacerse el loco (si es que no volverse loco de verdad).
Y nadie va a sacar a los jóvenes de su
indolencia sin persuadirles de que entregarse con entusiasmo al estudio tiene
sentido en un mundo en que nadie prevé lo que va a pasar mañana, en que las
capacidades humanas parecen cada vez más irrelevantes y en el que casi
cualquier prototipo de persona con éxito (el demagogo, el gurú indocumentado,
el famoso aurático o el emprendedor millonario…) exhibe impúdicamente su
desprecio por las virtudes intelectuales.
Si aprender es comprender y comprender es
condición para sobrevivir en un mundo caótico y acelerado hasta el vértigo, hay
que transmitir competencias que permitan a los más jóvenes ordenar, relacionar
y constituir una visión íntegra de las cosas; hay que enseñarles a dialogar y
compartir mundos; hay que provocarles y darles la oportunidad de pararse a
reflexionar; hay que animarles a reconocer valores que den verdadero sentido a
sus vidas y les permitan salir de esa indolencia en la que, en el fondo, nadie quiere
estar. Si hacemos de los chicos unos buenos arquitectos cognitivos, unos
motivados exploradores del desorden y unos críticos descubridores de mitos e
imposturas, lo demás vendrá de suyo: la tecnología será una herramienta en vez
de un refugio o un subterfugio, y los contenidos o mundos se acumularán tan
organizada y vívidamente en su memoria que no querrán delegar en ninguna
máquina el divino placer de comprenderlos.
viernes, 11 de septiembre de 2026
Europa: última llamada
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura y La Nueva España
Leía opinar a un guardia
civil de Ceuta sobre lo loco e inútil de su tarea: pelearse con los migrantes
para evitar su entrada ilegal, y atenderlos y cuidarlos una vez dentro. ¡Ay que
joderse!, parecía insinuar el guardia. Pero no, no hay que joderse: hay que
alegrarse. Alegrarse por guardar la linde que separa la ley de la barbarie; el
lugar donde las personas tienen dignidad y derechos y el lugar en el que se las
utiliza como carnaza.
Y así es. Europa estará
en franca decadencia demográfica y económica, socialmente polarizada,
políticamente desunida e intelectualmente desorientada, pero incluso así mucha
gente desea venirse al único lugar del mundo donde "cualquiera" (es
la palabra clave de la frase) puede aspirar a vivir con cierta dignidad. Y no
andan en absoluto desencaminados: en ningún otro lugar del mundo se ha
invertido tanto (ochenta años de paz y riqueza) en desarrollar sistemas
redistributivos, Estados de derecho e ideas suficientes como para mantener los
estándares de seguridad, bienestar, libertad y educación de que disfrutamos la
mayoría (tanto, que hasta hemos podido empezar a reconocer el coste moral o
ecológico de ese desarrollo)... ¿Cómo no desear, pues, ser europeo?
Ahora bien: ¿hay que
poner freno a esta avalancha? ¿Se desfondará el proyecto con el peso de tanto
emigrante (dejemos el de los turistas a un lado)? A primera vista, la respuesta
parece afirmativa. Si queremos salvar nuestro paraíso – se nos dice – hemos de
establecer sistemas de acceso más restrictivos, cuidar su ecosistema
identitario, limitar algunos derechos y avanzar hacia una suerte de autarquía
rodeada de alambradas y aranceles. Es, con matices, el modelo Trump. Es el que
vende la ultraderecha. Y es profundamente erróneo.
Europa no puede aislarse
sino al precio de acelerar su decadencia. Todo lo logrado se lo debe a unas
fronteras permeables, a un afán ilimitado de conocimiento, a las libertades
individuales y a una poliarquía fundada en el derecho y el comercio global de
razones, intereses y productos. Negar esto es negar lo que somos gracias a los
flujos energéticos, migratorios y comerciales que nos han enriquecido, al
diálogo que nos ha hecho cuestionarlo todo, y a la responsabilidad política que
hemos cedido a los individuos – aun arriesgándonos a que decidan eximirse de
ella y entregársela a un tirano populista–.
Otra cosa es cómo
gestionemos estos flujos y riesgos. Pero para hacerlo como se debe hemos de
convencernos de que viajamos en el mismo barco. Si Europa no puede ser una
isla, mucho menos será un archipiélago. Frente a la competencia económica de
Asia, el sabotaje de las potencias antieuropeístas (coaligadas a la propia
ultraderecha europea) o la fanática reacción ante la incertidumbre y el colapso
informativo de buena parte de la ciudadanía, solo cabe una unión infinitamente
más firme: unos Estados Unidos de Europa que respalden nuestro modelo cultural
con una fuerza política coherente, operativa y firme a todos los niveles (tanto
social y educativo como de seguridad y política exterior). Es la última llamada
antes de retornar a un nacionalismo fascistoide capaz no solo de arruinar el
paraíso europeo, sino de convertirlo (otra vez) en un campo de batalla. (Sobre
esto escribimos hoy en El Periódico Extremadura; enlace en el primer
comentario)
viernes, 4 de septiembre de 2026
Dar el cante y 10. Historia del flamenco (V): El nuevo flamenco: el "flamenquito" y la fusión
Para dar el fin de fiesta a nuestra sección flamenca veraniega (Dar el cante, en Canal Extremadura Radio) le damos un repaso teórico-práctico al flamenquito y a la fusión flamenca. Si queréis saber un poco más del fascinante mundo de la rumba, el pop aflamencado, el rock gitano o los viejos amoríos entre el flamenco, el jazz o la música tradicional latina, este es vuestro programa. Gracias a la inestimable ayuda de Las Grecas, Pericón de Cádiz, Chano Lobato, Manzanita, Ojos de Brujo, Smash, Anna Colom, Estrella Morente, Michael Nyman y Bernarda de Utrera. Nos vamos pero no nos vamos: os esperamos, a partir del 12 de septiembre, todos los sábados noche, con esta misma sección, en el programa Palos y Quejios, de Laura Zahinos, en Canal Extremadura Radio.
miércoles, 2 de septiembre de 2026
Ceuta como modelo educativo
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Los ceutíes tienen motivos de sobra para estar indignados. Pero sean cuáles sean los errores del gobierno, y digan lo que digan los demagogos de turno, el problema dista de poder resolverse a corto plazo. Falta una política migratoria coherente a nivel europeo (algo casi imposible mientras la migración siga siendo un poderoso reclamo electoral) y sobran contradicciones y sentimientos encontrados (algo inevitable sin una política firme de integración de la población migrante).
Una población migrante que es ya parte insoslayable de nuestra sociedad. Pobres la mayoría, sí, y diferentes de nosotros, desde luego (algo que agrava la situación: la natural aporofobia se contiene si hay elementos culturales en común), pero resulta que son esos «extraños» los que construyen nuestras casas, recogen nuestras cosechas, asfaltan nuestras carreteras, se desloman en los invernaderos, cuidan a nuestros padres ancianos o se aplican a la tarea de tener hijos. De todas estas «subcontratas», incluyendo la demográfica, depende completamente el futuro de nuestro país.
Dado que aceptamos de hecho esta situación y nos beneficiamos ampliamente de ella, no hay más remedio que afrontar sus consecuencias. Y una de ellas es la cohabitación con esos inmigrantes: no podemos hacer que trabajen para nosotros y pretender que no deambulen por las calles, vistan sus ropas o exhiban sus costumbres. Podemos – y debemos – exigirles –y exigirnos –, desde luego, unas pautas básicas de convivencia. Pero convivir con alguien no significa imponerle que sea como «nosotros» (si es que nosotros, los españoles, somos de alguna manera unitaria y determinada), ni limitarnos a exigirle el cumplimiento de unas mismas leyes. No hay convivencia donde somos todos iguales o donde solo se tiene en común el miedo a la policía. Convivir exige compartir una buena porción de ideales, valores, proyectos y espacios colectivos, empezando por ese territorio común que es la lengua; algo que solo se logra a través de un complejo, largo y bien diseñado esfuerzo educativo.
Sé que ese trabajo se anda haciendo, a veces heroicamente, desde hace años. Durante mi etapa como asesor educativo tuve la suerte de conocer un buen número de escuelas de todo el país, pero en ninguna como en las de Ceuta y Melilla constaté de forma más clara el trabajo de los docentes para educar en la convivencia multicultural a niños (y a familias) cristianos, musulmanes, judíos o hindúes. Fuera por necesidad o virtud, todo en la mayoría de esas escuelas, desde la más simple situación de aprendizaje hasta los juegos y las actividades extraescolares, estaba diseñado en vistas a ese objetivo. Se trataba de un esfuerzo sistemático, paciente, entusiasta e inmune en lo posible a los cambalaches políticos. Gracias en gran parte a él, estas dos ciudades representan hoy un modelo extraordinariamente exitoso de convivencia intercultural. Un modelo que hay que cuidar de la imprevisión gubernamental, pero también de los que, sin proyecto alguno, no buscan más que pescar en río revuelto (por no hablar de los que pretenden resolver las cosas ondeando banderas desde la cubierta de un yate). Más que nada porque el modelo de convivencia que representan ciudades como Ceuta o Melilla es el que más pronto que tarde tendremos que aplicar en todo el país. No lo perdamos de vista.
miércoles, 26 de agosto de 2026
Dar el cante 9. Historia del flamenco (IV): El nuevo flamenco: la renovación desde dentro
En el capítulo 9 de "Dar el cante", en Canal Extremadura Radio, tratamos del nuevo flamenco y sus periferias musicales, sociales o químicas, que a tantos nos hicieron adictos. Dividimos este "nuevo flamenco" en tres vertientes interconectadas: la de la renovación romántica del flamenco; la de la moda de la música aflamencada (el "flamenquito"); y la de la fusión profunda del flamenco con músicas hasta entonces casi impensadas. En el programa de hoy nos ocupamos de la primera de estas vertientes, es decir, de la eclosión de un flamenco desprejuiciado, rebelde, contracultural alguna vez, y profundamente creativo. Sin el flamenco hippie de Lole y Manuel, el prodigio de Camarón, la infinitud de Enrique Morente o la maravillosa recreación del cante de tantas cantaoras olvidadas que hace Carmen Linares, el flamenco sería hoy, como decía Carlos Lencero, poco más que una pieza de museo.
martes, 25 de agosto de 2026
Dar el cante 8. Historia del flamenco (III): El mairenismo y la reinvención "burguesa" del flamenco
En el capítulo 8 de nuestro "Dar el cante", en Canal Extremadura Radio, analizamos la reinvención (burguesa) del flamenco que emprende el mairenismo desde los años 50. Frente a la religión gitanista de Mairena, convertida en hegemónica por la concienciada y romántica burguesía patria, la vieja ópera flamenca (bastante más popular y ligada al flamenco "originario", todo hay que decirlo) se extinguirá en torno al carrusel nostálgico de los expositores de las gasolineras, no sin antes dar su cante del cisne en forma de colombianas (mexicano-vascas) marcheneras. Hablaremos, así, de cómo el flamenco va a adoptar desde los años 60 la pose jonda, político-social, oficialista y flamencológica con que vamos a conocerlo los que ya peinamos canas, criados en recitales en los que nadie decía ni ole y en peñas flamencas que parecían seminarios universitarios. Fue el triunfo del flamenco puro, luterano y Popular (con esa idea de lo Popular que inventa siempre la burguesía para defenderse del pueblo de verdad) del que hace ya tiempo que, al fin, nos estamos quitando (aún metiéndonos de vez en cuando)... Todo ello, por cierto, con la inestimable ayuda de El Pele, Enrique Morente, Tío Borrico, Manuel Gerena, Emilio el Moro, Miguel Poveda, Porrina de Badajoz o las inefables Fernanda y Bernarda de Utrera.
lunes, 17 de agosto de 2026
Dar el cante 7. Historia del flamenco (II): Del gramófono a la ópera flamenca
Seguimos dando el cante en la sección veraniega de flamenco de Canal Extremadura Radio (todos los martes del verano a partir de las 11). Hoy pasamos de la época de los cafés cantantes a la de los nuevos medios de comunicación. El gramófono, la radio y el cine van a ser nuevos canales de difusión, pero también de reconfiguración del arte flamenco. A la vez, se mantiene el flamenco más teatral y tonadillero de la llamada ópera flamenca y las grandes compañías de baile llevan el flamenco a Japón y a Hollywood, convirtiéndolo definitivamente en un fenómeno universal. Hablando de fenómenos no os perdáis los jaleos de El Mochuelo, los tangos y las alegrías de la Niña de los Peines al alimón con el Sexteto de Paco de Lucía y Estrella Morente, la milonga de Iván Chaskio (ganador del XIV Premio de Cante de Llerena), la voz de El Cartero de Osaka en el último gran tablao de Tokio y a la salvaje Carmen Amaya en una prestigiosa película de Rovira Beleta, entre otros...
Miedo al esclavo joven
Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura y La Nueva España.
A qué mentir. Todos, hasta los más rojos o santos, hemos sentido miedo contemplando la avalancha de inmigrantes en Ceuta. La escena recordaba las series o novelas (o relatos políticos, ¿qué más da?) sobre el colapso civilizatorio, la caída del imperio y la llegada de los nuevos bárbaros, el asalto de esos miles de millones de zombis desarrapados que acampan tras nuestras murallas de alambre. Nos hacemos los longuis o los nazis, pero es purito miedo, porque sabemos que ellos están ahí, invisibles, como un oscuro clamor sordo, como un enjambre de parias que fuera a tomar mañana conciencia de su verdadero poder destructor.
Porque lo que nos da miedo no es la
cantidad de personas que llegan de golpe a una de nuestras ciudades (cualquier
pueblo costero es invadido cada viernes por avalanchas mucho mayores de
turistas); ni que la cultura que traigan sea tan diferente (la historia ha sido
siempre un continuo amancebamiento entre culturas); lo que de verdad nos
acojona es que sean pobres. Que sean pobres y jóvenes: eso sí que nos da
miedo.
Porque no es solo el esclavo el que teme
al amo. Los esclavos, los pobres, nos dan también mucho miedo («aporofobia» lo ha
bautizado la filósofa Adela Cortina). Nos dan miedo porque sabemos que tenemos
todo lo que a ellos les falta, y porque, diga lo que diga la ley, lo lógico
sería que se abalanzaran para quitárnoslo o, cuando menos, para obligarnos a
compartirlo. Lo sabemos porque en su caso querríamos lo mismo y porque, en el
fondo, sabemos que esa desigualdad no se debe a ningún mérito o justicia, sino solo
a la desgracia de nacer a uno u otro lado del muro.
Y si esos pobres son, además, jóvenes, como
en la avalancha de Ceuta, el miedo se convierte ya en pánico. Los esclavos
jóvenes tienen una energía que nos pone nerviosos, una viveza que nos irrita, y
una loca esperanza que nos llena de pavor. Da igual cuanto les castiguemos o
entretengamos. El deseo de subírsenos a las barbas y arrancarnos un trozo de
futuro es tan invencible como las mareas en las que viajan sus cadáveres. Y nos
aterroriza pensar que tal vez un día no podamos frenarlos o aplastarlos y vengan,
no ya por nosotros, sino por lo que creemos que es nuestro. Y si no fuéramos
tan profundamente egoístas (tal como seguramente serían ellos en nuestro caso)
deberíamos agradecerles que ese día nos liberasen al fin de este miedo
congénito y terrible a reconocer que no nos merecemos tener lo que, sin
merecerlo en absoluto, tanto les falta a ellos.
Dar el cante 6. Historia del flamenco (I): De Silverio a la decadencia de los cafés cantantes
Seguimos con la sección de flamenco en Canal Extremadura Radio, todos los martes del verano a partir de las 11. Hoy, ahondamos en los comienzos de la saga, contamos obra y milagros de ese conde de
Montecristo flamenco que fue Silverio Franconetti, además de darle un repaso al
antiflamenquismo de parte de la intelectualidad patria, y a la vieja, torpe y
falsa rivalidad entre cante payo y cante gitano. ¿O es que no saben que Don
Antonio Chacón le daba a la coca igual (quizás no tanto) que el Torta a la
heroína? No perderos los fandangos que dedica a los jueces el bueno del
Agujetas.





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