Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Quiero recordar que durante un breve
periodo histórico la violencia llego a convertirse en Occidente en una especie
de tabú. No es que no existiera – estábamos en plena guerra fría –, sino que
estaba mal vista. Era paradójico, pero bajo la sombra apocalíptica de los
misiles nucleares se desarrollaron como nunca las instituciones mundiales, el
derecho internacional, la alternancia civilizada entre socialdemócratas y
liberales, la universalización de los derechos civiles (¡había que subrayar la
diferencia con el enemigo soviético!), el pacifismo, las nuevas maneras en la
pedagogía, la libertad sexual … Era la época en que la violencia se censuraba
públicamente (aunque no siempre en el ámbito privado), en que se dejó de
golpear a los niños en las escuelas, en que los «bobbies» ingleses se
paseaban (creo que milagrosamente aún lo hacen) desarmados por las calles de
Londres, en que los grandes partidos de fútbol se controlaban con unos cientos
de policías (en la última final en París se desplegaron inútilmente más de
treinta mil), y en la que se podía dormir en cualquier calle o estación de
ferrocarril europea – yo lo he hecho cuando era un joven mochilero – con una
completa sensación de seguridad…
Muchos, educados durante esa época
excepcional, aún nos escandalizamos cuando un policía tira brutalmente al suelo
a una maestra que se manifiesta pacíficamente, como ha ocurrido estos días en
Valencia. ¿Pero cuánto más vamos a resistir? Las actitudes violentas están cada
vez más extendidas y normalizadas. Lo podemos ver en el comportamiento de
algunos líderes occidentales, en sus insultos y amenazas públicas, en su uso
unilateral de la fuerza, en el genocidio de la población civil, en la práctica
sin disimulos del crimen de Estado, o en la promoción de cuerpos parapoliciales
– como el ICE en EE. UU – capaces de asesinar en mitad de la calle a personas
desarmadas… Pero también lo notamos en nuestro modo de hablar y comunicarnos
(especialmente en Internet), en la sustitución del diálogo por el espectáculo
del combate retórico, en el «scroll»
infinito de imágenes violentas en los móviles adolescentes, en la polarización y
el odio visceral al oponente político, en la violencia contra las mujeres o en
la exhibición de chulería e incivismo de hordas movidas por emociones
identitarias, o por una especie de «neocasticismo
anti-woke» que parece legitimarlos para atacar a inmigrantes, homosexuales, mujeres poco sumisas o ancianos
desahuciables (que nos hayamos acostumbrado a ver a empresas de matones «desocupas» deambulando por los barrios y acosando a
la gente es todo un síntoma de lo que digo) … No
olvidemos lo espantosamente rápido y banal que puede ser el paso del tabú a la
vulgarización de la violencia, del pedir a alguien que se aparte a
empujarlo contra el suelo, del dar los buenos días al vecino que piensa
distinto a pegarle un tiro en la nuca… A muy poco que le echemos un ojo a
nuestra historia reciente deberíamos estar más que avisados sobre todo esto.
Por ello, no solo hay que volver a
censurar todo ejercicio de violencia física, pública o privada, sino formar a
los únicos a los que hemos concedido la potestad de usarla, esto es, a los
profesionales de los cuerpos de seguridad del Estado, para que la empleen de
modo exquisitamente escrupuloso; formación que compete, y mucho, a la educación
pública que defendía la maestra estrellada contra el suelo por un agente que,
obviamente, no estaba preparado para desempeñar su función.












