Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
No sé si los diputados y diputadas que
escucharon el magnífico discurso del papa en el Congreso se enteraron de gran
cosa. Su tono y el modo de exposición – reposado, sistemático, argumentado –
hacían presagiar lo peor entre gente acostumbrada a los gritos, la invectiva
falaz y la demagogia populista. Y sin embargo algo trascendente debieron intuir
sus señorías, pues casi todos parecían atentos y, salvo algún obispo, nadie se
quedó dormido en el hemiciclo – es posible, incluso, que alguno despertara en
algún estrato desconocido de lucidez –.
Y eso que el discurso, para ser
protocolario, no fue fácil. Amén del obligado popurrí de temas de actualidad
(la paz, la inteligencia artificial, la crisis climática, la inmigración…), el
papa profundizó en el asunto de los asuntos: el del fundamento mismo de la política.
Y lo hizo acudiendo a la que acaso sea la mayor contribución de nuestro país a
la historia del pensamiento: la obra de los teólogos y filósofos de la Escuela
de Salamanca.
En los tratados de Francisco Suarez o
Francisco de Vitoria no solo se desarrollan conceptos clave de la filosofía
política posterior (como el de «contrato
social» o el del «derecho de rebelión») sino que,
refundiendo el ecumenismo cristiano con el pensamiento griego, se sientan de
modo riguroso las bases doctrinales del derecho internacional. Los filósofos de
Salamanca representan lo más luminoso de una modernidad católica enraizada en
el humanismo renacentista y en la unión armónica no solo de la fe y la razón,
sino de la razón y los valores que sustentan la convivencia política; de ahí
las referencias de León XIV a la dignidad y perfección humana en sentido
clásico, a la educación crítica o al uso dialógico de la palabra pública como
condiciones sustantivas de la libertad y la democracia.
Es un poco tramposo pero tentador
contraponer la figura de León XIV, adalid quijotesco de esa modernidad
católico-platónica que no pudo ser, con la de los telepredicadores
evangelistas, símbolo mediático de la modernidad triunfante: aquella en la que,
fruto de la escisión entre razón y fe, filosofía y ciencia, o valores y
procedimientos jurídico-políticos, proliferaron el fideísmo fanático, el
voluntarismo anti-intelectualista, el cientifismo tecnocrático, la demagogia
populista y el realismo político (lo podemos ver encarnado de forma extrema en
esa especie de telepredicador político que es Donald Trump).
De forma incomprensible, entre la
modernidad católica y la protestante la izquierda ha apostado casi siempre por una
versión «ilustrada» – materialista, procedimentalista y presuntamente no trascendente
– de esta última, no quedándose con más opción para fundar su concepción de la
dignidad y la libertad humanas que la sacralización romántica de entidades
abstractas (el Pueblo, la Historia, la Naturaleza, la Vida…), o incurriendo en
posiciones tan estrafalariamente incoherentes como la de Ione Belarra al justificar
la ausencia de Podemos durante el discurso papal: «han convertido el templo de la democracia en una iglesia»…
Si lo que necesita, en fin, la derecha es
una transfusión urgente de moralidad («una cosa es la política de los discursos y otra la política
práctica», confesaba con
cinismo Abascal tras aplaudir ardorosamente al papa), lo que necesitan las
formaciones de izquierda son lógicos. Y a ser posible aristotélicos. ¡Lo que
hubieran aprendido con el discurso de León XIV!













