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miércoles, 21 de enero de 2026

Adictos al acontecimiento

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Sí, confieso que soy adicto al «acontecimiento histórico», a la noticia bomba, a los grandes titulares, a los especiales informativos… Conecto cada mañana el móvil con el deseo culpable de toparme con el evento del siglo, el suceso del año, el avatar político que marque una nueva era, el gran cambio, el principio del fin, el apocalipsis, el renacimiento… Y hoy tengo el «mono». Será que tras el secuestro de un presidente, la amenaza de invasión de Groenlandia o las revueltas en Irán (o en Minnesota), las trifulcas políticas locales me saben a poco, y quiero más, cada día más, como un drogadicto al que le faltara una dosis cada vez más alta para lograr el mismo efecto…

Tal vez sea que del mucho consumir películas llenas de intrigas rocambolescas, vidas trepidantes y amenazas al límite, ya no estemos dispuestos a ver un informativo que no esté a la altura de nuestras expectativas mediáticas. Casi diría que hoy, por menos de un genocidio o un bombardeo cercano no nos desenganchamos de la serie de series, videojuegos, «realities» o canales «filoconspiratorios» en los que vivimos noche y día (y lo del genocidio lo digo con dudas, pues mucho me temo que el de Gaza dejó hace mucho de ser un «acontecimiento», para convertirse en un hecho común, deprimente, invisible… demasiado real para ser atractivo). 

Si el mundo premoderno estaba habitado por seres con vocación de permanencia (algunos hasta divinos), y el mundo moderno por fenómenos o procesos (a veces heroicos), la posmodernidad es la era del acontecimiento, de la rutinaria irrupción mediática del suceso excepcional, ese que desde nuestro nihilismo desesperado soñamos como un giro definitivo de guion. No tenemos ni idea de lo que queremos, ni de si tiene sentido nada que no sea exprimir el vacío efímero del presente, pero deseamos que el espectáculo continue, que sigan «pasando cosas», por ver si llega aquella que rompa el monótono «scroll» de los días, las series, las legislaturas y las ligas de fútbol…

Es obvio que ochenta años de paz y un estado de bienestar aceptable no bastan para llenarle a nadie la vida. No es solo miedo, egoísmo e indignación lo que arroja a tanta gente en brazos de este otro «acontecimiento» histórico que es el populismo neofascista de Trump, Putin, Milei o Vox; se trata también de un aburrimiento cósmico, del deseo de que ocurra algo, de una apuesta por esa otredad oscuramente mesiánica (y resuelta constantemente en nada) con que la posmodernidad ha trocado toda posibilidad de sentido. Como dijo Kant, lo último que la gente quiere es pensar por sí misma; preferimos vivir en el acontecimiento, embobarnos como niños en el circo de la actualidad, quejarnos a gritos cuando no nos gusta e invocar, si nos aburrimos, al más imprevisible, peligroso y patán de los payasos.

martes, 23 de diciembre de 2025

De navidades y solsticios


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico de Extremadura.


Entre mis amigos ya no se estila el “feliz Navidad”, ni el neutro “felices fiestas”; ahora lo que mola es el “feliz solsticio”. Te lo sueltan así, con un poco de sorna y provocación adolescente, y un mucho de la seriedad que aureola al ateo cuando condesciende a desengañar a los pobres creyentes – y ya que condesciende, a compartir la fiesta con ellos, porque mis amigos del “feliz solsticio”, aun refunfuñando, celebran las navidades como todo cristo – . 

Pero vamos a lo del “feliz solsticio”, que es lo más entretenido de todo. ¿Qué pretenderán celebrar mis amigos ateos cuando celebran el solsticio de invierno? Digo yo que no celebran que la Tierra siga en su órbita, y que, por eso, haya más o menos luz solar en determinadas partes de la superficie del planeta (todo lo cual, así contado, da para algún documental, pero no para dos semanas de jolgorio). Tampoco creo que se refieran a lo que se celebra popularmente como solsticio de invierno en todas partes del mundo (y que tanto tiene que ver con el rito cristiano de la Natividad): el renacimiento de la Luz y la Vida en su batalla anual con las Tinieblas de la Muerte, etc., etc. (todo lo cual, dicho así, suena demasiado a mitología y religión). Así que, por eliminación, supongo que lo que mis solsticiales amigos celebran es que el mundo obedezca unas ciertas leyes astronómicas que regulan su comportamiento y nos libran, así, del caos y la extinción. Esto es – al menos – lo más científico y menos religioso que se me ocurre que podrían celebrar. Cierto que esto lo podrían hacer en cualquier otro momento del año (pues en todos rige el mismo conjunto de leyes astronómicas), pero igual, por deferencia a nosotros, lo festejan especialmente en Navidad. Vete tú a saber. 

En cualquier caso, los ateos del solsticio tiene razones de sobra para celebrar que el mundo esté regido por las leyes que descubre la ciencia. ¡Vaya si lo están! ¿Habrá algo más grande y extraordinario que estas leyes? Dense cuenta. En primer lugar, las leyes científicas no cambian (¡ni aún las propias leyes del cambio cambian!); son eternas, como los vampiros. En segundo lugar, no ocupan espacio (¡ni siquiera las de la geometría!), por lo que son incorpóreas, como los fantasmas. En tercer lugar, determinan y permiten predecir los sucesos (¡hasta los que ocurren en el cerebro de los sabiondos que las descubren!), así que son omnipotentes – o casi – , y preexisten a todo lo que pasa. ¡No es, pues, para adorarlas como a un Dios – aunque sea con toda la razón – !

De otro lado, piensen ustedes en lo que es un solsticio. El recomenzar de un ciclo, la repetición de lo mismo, la renovación de lo que, aparentemente, murió de viejo. ¿No reconocen en todo esto algo? Recapaciten: si algo es regular es porque se repite, y si se repite es porque, en algo, no cambia. Y lo que no cambia, lo que siempre está igual, está necesariamente fuera del tiempo. ¡Esto celebra el solsticio: el triunfo anual sobre los años, el recuerdo de que no todo se lo lleva el tiempo! O la certeza de que el tiempo, tal vez, no se lleva nada. Porque a ver. Piensen ustedes en ustedes. ¿Podrían ser quienes son si no se repitieran un poco como los ajos o los solsticios? Pues eso que se repite en ustedes -su «identidad» o «esencia» dicen los filósofos- no puede ser puro tiempo. Si lo fuera jamás podrían decir aquello tan divino de «yo soy el que soy» (sin que el primer «soy» se pudriese enseguida en un «era»), y si no pudieran decir siquiera eso, no podrían decir nada de nada. 

Lo siento (y a la vez me alegro) por mis amigos ateos. Pero lo que el solsticio y la Navidad celebran son idéntica cosa: el milagro de que aquí en la Tierra, donde todo parece tiempo y cambio, logremos bañarnos dos veces en el mismo río. Esta maravillosa conmensurabilidad entre lo eterno y divino del ser y de las leyes, y lo fugaz y aparente de las cosas, es lo que nos recuerdan el dios (el "logos", según el Evangelio) que se hace carne y las leyes que se hacen mundo. Bienvenida sean, pues, como cada Navidad y cada solsticio, la luz y la verdad a esta pobre caverna que somos. ¡Y ustedes que las disfruten!


miércoles, 30 de abril de 2025

Eclipses

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Los antiguos consideraban a los eclipses como a una señal funesta que preludiaba mil desgracias y especialmente el fin de los tiempos. Había quienes, dotados con la luz del conocimiento, sabían predecirlos, pero callaban por temor a ser acusados de brujos y condenados a proporcionar luz desde la hoguera.

La luz – o, si quieren, la energía – lo es todo. Tanto en los cielos como en la tierra. La luz refiere a la divinidad en todas las religiones. Y en filosofía encarna imaginariamente al Ser mismo y a sus atributos principales: la Verdad, la Bondad y la Belleza. La luz nimba la cabeza de los sabios y de los santos, y es aura de alegría y belleza; gobierna la inteligencia y las emociones. Reparen, si no, cómo nos cambia el estado de ánimo cuando se acumulan los días sin sol, o incluso cuando entramos en un edificio o calle mal iluminados.

Pero la luz no es solo signo de lo más alto o modélico, sino también objeto-símbolo principal en la caverna del mundo, en la que adopta la figura del fuego, fuente y representación del poder técnico que el titan Prometeo robara para nosotros a los dioses. El fuego gobierna en la caverna como análogamente hace el sol en el cielo. En el símil platónico sirve para fabricar el teatro de imágenes en el que vivimos. Hoy equivaldría a la luz eléctrica, incluyendo esa luz oscura que recorre los circuitos de nuestro tecnológico mundo alimentando constantemente el espectáculo que llamamos «realidad».

Pero fíjense que, pese a todos los gigavatios que llevamos de ventaja, basta un chispazo imprevisto y enigmático para desequilibrarlo todo y volver casi de golpe al paleolítico. Hoy, como provocaban antaño los eclipses, los apagones generan conductas de pánico, proliferación de profetas y grupos de compadres compartiendo las ideas conspiranoicas más estrambóticas. Falta el elemento capital del chivo expiatorio, que para unos – cómo no – será el malvado Sánchez, para otros serán los rusos, y para otros Trump, o el feroz capitalismo, encarnado en las pérfidas compañías eléctricas, o incluso, como en los viejos tiempos (bulos ha habido al respecto), los infieles, sean terroristas musulmanes o pérfidos judíos. Nada nuevo bajo la luz del sol. 

Eso sí, a falta de más datos, hay que subrayar y celebrar dos cosas. La primera es que, a diferencia de lo que ocurre en otros lugares (recuerden los saqueos y crímenes que se producen durante los apagones en ciertas urbes de los Estados Unidos), aquí no ha pasado nada espacialmente malo — ¡y miren que se ha ido la luz en todo el país! – ; todo lo contrario, la gente ha demostrado un espíritu cívico y solidario dignos de admiración. La segunda es que, por suerte, la tan cacareada transición digital sigue siendo de momento reversible, y la gente aún guarda -- además de una radio a pilas y algo de calderilla -- la sana costumbre de salir a la calle, hacer corro con extraños de carne y hueso, organizarse, preocuparse de los vecinos y echar una mano en lo que haga falta. Benditas sean la luz del sol, lo analógico y las analogías.

 

miércoles, 8 de enero de 2025

El perfume de la libertad

 

Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Imagine que curioseando en una librería de viejo encontrara una biografía anónima titulada con su nombre, y que al leerla comprobara, atónito, cómo describe no solo cada detalle de su vida, sino también el infarto que le da justo el día en que encuentra una extraña biografía titulada con su nombre y acaba por comprobar que su muerte estaba escrita…

¿Es verosímil esta historia? ¿Sería posible encontrar un libro así? En un fabuloso cuento de Borges (La biblioteca de Babel), el autor imagina el universo entero como una inmensa biblioteca en la que los humanos andan peregrinando en busca de «El Libro» que les explique su propia vida. Tal vez sea imposible, porque la biblioteca parece infinita, pero tal vez no, porque si en ella están todos los libros posibles, ha de estar también aquel que describe exactamente cada una de nuestras vidas (y muertes), todas encerradas en esa misteriosa secuencia que va de la A a la Z.

¿Todo está, entonces, escrito? No es nada fácil contradecir esta hipótesis. Si todo en el universo está regido por leyes, como presume la ciencia, cada una de nuestras acciones podría predecirse tal como se prevé el paso de un cometa por el firmamento. O, como diría un teólogo: tal como prevé un dios omnisciente. Y no hay ateísmo ni probabilismo al que agarrarse aquí: si la libertad fuera hija del azar tampoco seríamos libres, o no más que la ruleta de un casino…

Pese a todo, difícilmente vamos a renunciar a la creencia en el libre albedrío. ¡Imagínense! ¡Tendríamos que echar abajo todo nuestro sistema legal y moral! ¿A qué malvados íbamos a juzgar y castigar si nadie pudiera hacer más que lo que está escrito? ¿A qué mantener Iglesias y consultorios psiquiátricos si no existieran la culpa y el remordimientos? ¿A quién íbamos a dar medallas si la voluntad no fuera libre para hacernos «triunfar» o «fracasar»?

Eso sí: de esa libertad a la que nos agarramos como lapas no tendremos nunca más que una sensación esquiva, un sutil olor, una canción pegadiza o un anuncio televisivo, como el de esos coches que cruzan el atardecer por milagrosas carreteras solitarias, o esos perfumes que incitan a volar como pájaros (como si los pájaros no fueran presa de su instinto) o a bailar como bacantes (como si ser presa de una pasión tuviera algo que ver con ser libres). Lo dicho: si quieren saber lo que es la «libertad», pregúntenle a un publicista. Así debe ser como está escrito.

 

martes, 31 de diciembre de 2024

¡Feliz no año nuevo!

 

Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico de Extremadura


A principios del siglo pasado, y a partir de las teorías de la relatividad de Einstein, la ciencia se afilió a la antiquísima tesis filosófica de que el tiempo no existe como realidad objetiva, sino solo como ilusión subjetiva. La idea es rara de narices, pero ahí sigue, imperturbable y ajena al tiempo, como si le diera igual que la pensáramos o no.  

Si para Platón el tiempo no era más que una ilusión (una «imagen móvil de la eternidad», decía), para el más prosaico Aristóteles era «la medida del cambio». Aunque antes de él, un inspirado Parménides había demostrado (¡en verso!) que el cambio era lógicamente imposible: ¿cómo puede acabarse un año y empezar otro? ¿Adónde va el que muere? ¿De dónde viene el que nace? Que las cosas desaparezcan y aparezcan (o como dijo grácilmente el filósofo poeta: que «lo que es no sea» o que «sea lo que no es») parece cosa de locos o de brujos. 

Fíjense, para mayor confusión, que por el tiempo nunca pasa el tiempo. Cada hora es idéntica a la siguiente (¿serán la misma?), y no hay una sola fecha – la de su cumpleaños, pongamos por caso – que no sea por los siglos de los siglos la misma que es. Es como si, al dividir el tiempo, no encontráramos ni un solo gramo de lo que parece que contiene…

Pero además de en sus partes, reparemos en su «figura», en aquello que lo delimita. Fíjese: si el tiempo tuviera límite y hubiera comenzado en algún momento, tal como un cronómetro que empezara a contar desde cero, «antes» de ese momento no habría tiempo, lo cual es extrañísimo (¿Qué habría entonces? ¿Nada? ¿Un Relojero eterno?). Y si el tiempo fuera ilimitado o infinito, y no hubiera comenzado nunca, jamás habríamos llegado ni a 2025 ni a ningún otro momento posible. ¿Cómo llegar a ningún sitio si empezamos a correr desde el infinito?

Algunos sabios actuales piensan, en fin, que esto del tiempo es cuestión de perspectiva. Así, si nuestras campanadas de fin de año «suenan» en el pasado a quien nos estudia desde el futuro, a quien nos imagina desde el pasado le «suenan», seguro, a cosa de ciencia ficción. La idea de fondo es que realmente todo ocurre a la vez, y si no lo experimentamos así es porque – limitaditos que somos – necesitamos comprender las cosas en perspectiva y una tras otra. En cambio, desde la perspectiva de la no perspectiva (es decir: de la verdad completa), un conocedor perfecto lo experimentaría todo como presente; como un presente tan uno y cohesionado como lo es para nosotros el espacio, al que percibimos unitariamente, sin distinguir sus distintas dimensiones.

Dicho todo esto, y aunque el tiempo no exista, nosotros vamos a celebrarlo igual, y a hacer promesas y proyectos como si no hubiera un mañana escrito. Ahora bien, si quiere usted dar la campanada este año, brinde también por el «no» año nuevo. Igual marcamos tendencia y volvemos a poner de moda la eternidad, que es donde parece que se vislumbran, fugaz y brumosamente, las cosas que de verdad importan.  

miércoles, 29 de mayo de 2024

Las anodinas imágenes del universo

 


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Hace unos días se hicieron públicas las imágenes del telescopio espacial Euclid, lanzado hace casi un año para captar el universo más lejano y oscuro. Las imágenes son espectaculares, pero el asunto ha pasado sin pena ni gloria por el saturado escenario mediático. Parece que la gente tenía mejores cosas que ver. ¿No es increíble?

Tal vez no tanto. Seguramente la mayoría de las personas tenemos un concepto de lo real más exigente que el que supone el universo de los científicos, e intuimos que casi cualquier otra cosa o imagen (una serie de ficción, un conflicto diplomático, las canciones de una artista pop o los estertores de un niño machacado en Gaza) es más real y merece más atención que las lejanas galaxias fotografiadas por un telescopio.

La cosmovisión actual es, de hecho, una de las más pobres que ha parido la historia. No solo carece de encanto mitológico, sino de profundidad filosófica. Describir el mundo como un evento espaciotemporal surgido inexplicablemente de la nada y compuesto en un 95% de una materia desconocida no parece especialmente interesante. Si a eso sumamos la incapacidad congénita de la ciencia para comprender las cosas que más nos importan (la felicidad, la justicia, la conciencia, el propio conocimiento, la razón de ser del mismo cosmos…) tenemos una explicación plausible de por qué a la gente le importan relativamente poco las fotografías del Euclid.

Es posible que hace siglos, aún sin telescopios ni imágenes detalladas a todo color, la gente estuviera mucho más pendiente del cielo. Y no porque no hubiera otros estímulos distractores (realmente los había y, a escala, seguro que tan absorbentes como los de hoy), sino porque entonces el cielo era parte de una realidad poblada de elementos trascendentes (míticos o racionales) que explicaban el mundo, lo relacionaban con nuestra condición existencial y hasta parecían útiles para orientar nuestras decisiones vitales.

Ahora, la gente no ve en el cielo más que imágenes psicodélicas, parecidas a las que puede generar cualquier ordenador, asociadas a una montaña de datos que pocos comprenden y que, en el fondo, no sirven más que para inventariar el aspecto más superficial (visible, cuantificable) de una ínfima parte del mundo.

Alguien dirá que esta cosmovisión desencantada que nos trae la ciencia nos libra al menos de dogmatismos irracionales (más allá de los dogmas consustanciales a la propia ciencia, claro). Es cierto. Pero promueve, por el contrario, un nihilismo huero (y no menos irracionalista). Tampoco dudo que la ciencia moderna, ciega para los problemas metafísicos, epistemológicos, existenciales, morales o estéticos, pero esforzadamente precisa para todo lo demás (si es que queda algo), pueda seguir generando nuevos y sorprendentes ingenios que, si no nos matan antes, sirvan para proporcionarnos una vida más cómoda y longeva. Pero ¿para qué querríamos una vida tan larga y ociosa si no se nos da la más repajolera esperanza de saber qué diablos pintamos aquí?

miércoles, 6 de marzo de 2024

Pensamiento catedral

Justo Gallego, constructor de la "Catedral de Justo"
 Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura


Vamos a ver. Si usted cree que el universo es todo cuanto hay, ha de creer también que todo está continuamente cambiando. Lo dice la física. Ahora bien, si todo estuviera continuamente cambiando nada sería lo mismo de un instante a otro: ni usted, ni yo, ni el gobierno, ni España, ni la diferencia de género, ni las leyes físicas, ni nada de nada. No es ya que nadie se pudiera bañar dos veces en el mismo río; es que no habría sustancia ni para una. Es lógico. A no ser que la lógica también cambie a cada instante, en cuyo caso no podríamos… ni pensarlo.

Ahora bien, si ya es difícil (o mejor: imposible) mantener que el mundo sea como dice la física, y que, a la vez, usted, yo, o las cosas seamos lo mismo que somos, imaginen que hablamos, no ya del ser, sino del deber ser; esto es: no de las cosas que creemos inexplicablemente que hay, sino de las que ni siquiera las hay, pero soñamos o afirmamos muy serios que debería haberlas. ¡Ya decía el gran Kant (el filósofo, no el emperador mogol) que nuestra capacidad metafísica para ir más allá de este mundo insustancial no tiene límites!

¿Y en qué basamos entonces nuestras extrañas ideas acerca de lo que son y deben ser las cosas? En la ciencia ya hemos visto que no: ni esencias ni valores son cosas que existan en el tiempo o en los laboratorios. Valdría la religión, que, como saben, postula realidades eternas y separadas para buenos y malos. El problema es que los modernos no somos ya (¡aparentemente!) muy amigos de los dogmas de fe.

Una dificultad añadida es que algunos no nos conformamos con una moral de andar por casa, fundada en consensos más o menos coyunturales, sino que aspiramos a una moral universal que nos comprometa a todos y que, por así decir, quepa «tallar en piedra»; o dicho de otro modo, una ética de valores universales que nos permita pensar a lo grande, poniendo en práctica lo que el filósofo Roman Krznaric llama el «pensamiento catedral».

El pensamiento-catedral es el modo de pensar y actuar «sub specie aeternitatis» que se tenía en otras épocas, como en el medievo, en las que la gente se embarcaba en proyectos (como la construcción de catedrales) cuyos hipotéticos frutos solo eran visibles a muy largo plazo. Este pensamiento-catedral es justo el que necesitaríamos ahora para afrontar problemas que, como el de la crisis climática, exigen sacrificios presentes para garantizar la vida y el bienestar futuro. Ahora bien: ¿está a nuestro alcance un pensamiento de esta talla? ¿Podríamos nosotros, tan apegados al «carpe diem» y a la visión materialista del mundo, sostener masivamente un compromiso moral así? ¿Por qué íbamos a asumir sacrificios para lograr algo que no íbamos a ver ni a disfrutar nunca?

La respuesta no es fácil. De entrada, aquí no funciona el recurso al miedo. ¿Qué más nos da lo catastrófico que pueda ser el futuro, si no vamos a estar en él? (algunos han propuesto creer en la reencarnación para que esto funcione, pero no cuela). El filósofo Hans Jonas propuso en su día acudir a una suerte de amor paternofilial (o maternofilial) universal como fundamento emotivo del compromiso moral con las generaciones futuras, pero esto también es discutible: el amor por los hijos ni es universal (¿qué hay de quienes no los tienen?), ni eterno, ni creo que dé para tanto.

Una opción recurrente es volver a la religión. De hecho, desde la órbita de la ecología profunda se promueve una suerte de religión pagana en torno a la Naturaleza y al supuesto deber de mantener su Esencia, sin cambiarla ni destruirla (¡como si la naturaleza no fuera un proceso indefinido de cambios y de continua creación y destrucción de sí!), pero, salvo por la fe, esta creencia es igualmente insostenible…

¿Entonces? ¿Qué nos obliga a subordinar nuestra vida (que es única, breve, etc.) a fines morales que la trasciendan? Es seguro que algo así daría sentido a la existencia, pero solo si antes lo tuviera en sí mismo. ¿Y lo tiene?... A los constructores de catedrales les sostenía la creencia en que, si no en este mundo, verían el fin y la recompensa de su obra en el otro. ¿Pero y los que no creen más que en lo que creen que ven? ¿En qué habrían de fundar su sentido moral? ¿En las emociones, en la cultura, en la racionalidad práctica…? ¿Pero qué extraña entidad habrían de tener estas cosas para no estar también sujetas al cambio y la disolución, como el resto de los seres que rebullen en este sindiós de partículas que parece la realidad? 

Sin una profunda reflexión, en fin, sobre la trascendencia, toda nuestra cultura está moral y materialmente abocada a un callejón sin salida, amén de vendida a todo tipo de fundamentalismos. Solo asumiendo que las cosas mantienen una cierta esencia resistente al tiempo, y que la realidad entera responde a un orden y un fin por descubrir, tendría sentido lanzar mensajes como los que invitan al compromiso con esas «catedrales» que son las agendas mundiales, las revoluciones pendientes o los valores eternos.  

 

miércoles, 8 de marzo de 2023

El debate en torno al género

 


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


El debate actual entre (simplificando muchísimo) el feminismo clásico y el llamado feminismo queer tiene, como todo en esta vida, un profundo trasfondo filosófico. Tras la disputa en torno al sexo, el género, las sexualidades, las corporalidades o el transgenerismo, laten problemas ontológicos, antropológicos o políticos que distan mucho de estar resueltos.

Una de las nociones filosóficas y más problemáticas en este debate es, por ejemplo, la de «género». No ya en el sentido particular en que lo usa el feminismo, para referirse a la construcción social de lo femenino o masculino, sino en su sentido más genérico y fundamental, como clase lógica o como forma aplicable a una pluralidad de seres.

La polémica filosófica en torno al género, o a la relación género-individuo, es más vieja que el mundo. Sobre ella siempre han existido (simplificando infinitamente) posiciones realistas y constructivistas. Para la primera, los géneros (entendidos en sentido filosófico, como la forma o propiedades que comparte una clase de cosas) gozarían de una naturaleza objetiva (material o ideal); mientras que para la segunda, estos mismos géneros o formas serían única o fundamentalmente constructos o convenciones culturales y subjetivos.

Apliquemos ahora esta distinción al tema que nos ocupa. El feminismo clásico, en un alarde de realismo o esencialismo filosófico (mayormente materialista), afirma que el género o clase «mujer» (como el de «varón», y muchos otros) sería definible según propiedades de orden biológico (determinadas características sexuales) y, a lo sumo, histórico (determinadas condiciones históricas, relaciones de poder, etc.); mientras que el llamado feminismo queer, expresión de una suerte de constructivismo filosófico, afirmaría (no sin innumerables matices) que el género o clase «mujer» respondería, como el de «varón» y muchos otros, a una invención cultural, tanto en su presunta dimensión biológica (la biología sería también un constructo cultural), como en su dimensión sociocultural (suposición esta última en que coincide con el feminismo clásico).  

¿Qué papel juega, en esta disputa, el llamado «transgenerismo» (simplificando toda la casuística que esconde el término, y distinguiéndolo, por ejemplo, del transexualismo), al menos el más cercano al feminismo? Pues diríamos que la reivindicación (en la línea del constructivismo filosófico y cierto feminismo queer) de una experiencia o construcción del género o clase (femenino, masculino u otros) libre no solo de constricciones biológicas (de ahí que algunas personas trans no estén interesadas en modificar su sexo biológico), sino también de los estereotipos socioculturales y psicológicos vinculados a dicho género.

Ahora bien – y esta es la cuestión importante –, si el estatuto de feminidad, masculinidad u otros no se refiere necesariamente a determinadas características orgánicas, ni pretende revalidar los rasgos culturales o psicológicos asociados estereotípicamente a los géneros, ¿a qué llaman «mujer» o «varón» algunas personas transgénero cuando dicen percibirse (y piden que le reconozcan) como tales, especialmente desde parámetros feministas?

Esta pregunta no parece tener una respuesta clara. Algunos hablan de una sexualidad simbólica, pero no está claro que ese simbolismo esté libre de las convenciones culturales que denuncia, en general, el feminismo. Otras veces se menciona el concepto de «género fluido»; pero si esta fluencia del género no es absoluta (si fuera absoluta, no habría género que experimentar), se presenta el mismo problema a escala menor: ¿cómo determinar en ese proceso el estado, por fugaz que sea, de feminidad, masculinidad u otros?...

Toda esta aparente indeterminación del género casa mal con la determinación y urgencia con que se exige un reconocimiento administrativo irrestricto de la autopercepción de género. Si los géneros objetivos no existen, y su experiencia subjetiva es indeterminable y fluida, ¿qué podría aquí certificar el administrador?

Es perfectamente comprensible que la sociedad, que no puede organizarse sino bajo la presunción de existencia de todo tipo de clases o géneros (por eso reconoce, justa y legalmente, entre otros, al género de las personas trans), y que se fundamenta en una dialéctica, no siempre sencilla, entre los intereses comunes y los deseos individuales, tome sus precauciones y someta la adscripción de género, dada su relevancia social y su complejidad jurídica, a un mínimo protocolo de pautas objetivas.    

Sea como sea, este debate no debería empañar una conmemoración como la de hoy, que tiene como protagonista la lucha histórica de las mujeres por liberarse de la opresión y la violencia. Como tampoco comprometer el derecho de toda persona a vivir su sexualidad y experimentar su corporalidad como le plazca, sin verse, en ningún sentido, discriminada o atacada por ello.

miércoles, 4 de enero de 2023

Contra lo concreto.

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Existe una tendencia general al enaltecimiento de «lo concreto» frente a «lo general» o abstracto. Impera la filosofía del «dejarse de filosofías e ir al grano». Y se extiende la teoría de que «lo que importa no es la teoría sino la práctica».

¿A qué viene tanta incongruencia? ¿Qué es «lo concreto» sino una abstracción más? ¿Cómo podríamos saber cuál es el grano (ese al que «hay que ir») sin una filosofía que nos lo aclare? ¿Y habrá precisamente algo más práctico que una buena teoría?

No es sencillo delimitar las causas de este dislate. Algunas son de raíz religiosa. En la versión más ultraortodoxa del cristianismo la salvación se lograba con una mezcla de fe ciega y trabajo duro («Ora et labora»). Para la ideología moderna, igualmente imbuida de fideísmo luterano, la felicidad se logra con voluntarismo ciego y emprendimiento entusiasta. En ambos casos el pensamiento no es más que un vicio pecaminoso o (en lenguaje secular) una obsesión patológica.

Si a este pragmatismo anti-intelectualista, tan yanqui y evangelista él, le unimos el capitalismo de consumo, con su culto a las emociones y su moralina de carpe diem (no dejes para mañana lo que puedes comprar hoy), y añadimos el culto la tecnociencia y sus soluciones mágicas, tendremos el caldo de cultivo perfecto para que prolifere el espíritu anti-espiritualista de nuestro tiempo, es decir, la falsa idea de que la vida es algo radicalmente distinto de las ideas (¡la de románticos vitalistas que habrán dado su vida por esta idea!).

Al «concretismo» actual tampoco le es ajeno el descrédito de los viejos ideales (políticos, religiosos, estéticos, filosóficos…) ni la correspondiente banalización de la existencia. Esto se deja ver en la estética minimalista vigente, en la jerga fragmentaria de las redes, en el hedonismo sensualista al uso, y en esa suerte de ética de lo efímero, cotidiano, diverso, abierto, líquido y otras denominaciones de la más emperifollada nadería, con la que comulgamos hoy todos. Reina así el politeísmo más republicano y ramplón, y el Dios (muerto) de Nietzsche se transfigura en el dios de las pequeñas cosas infinitamente infinitas, es decir, de las cosas que, en el límite, no se dejan concretar (más que) en nada.

Toda esta fe en la minucia irrelevante se deja ver también en el mundo educativo. Una buena facción de las tendencias pedagógicas institucionalizadas (y ojo que digo tendencias, y no pedagogías, que son cosa más seria) insisten en que a la hora de educar hay que dejarse de abstracciones y enseñar en y para lo concreto, reducir el peso de lo teórico y abundar en lo práctico, cambiar las cosas y no andar dando vueltas a entelequias intelectuales.

¡Error garrafal! Pues si se piensa un poco se comprenderá que la educación consiste justamente en lo contrario: en liberar a la gente de su entorno concreto para lograr que dejen de atender (durante un rato siquiera) a lo inmediatamente práctico. La escuela no es (como) la «vida», sino aquello que permite entenderla, y justo por eso ha de distanciarse y extrañarse de ella.

Para entender es, además, imprescindible la inteligencia, y esta consiste en abstraerse, es decir: en tomar distancia con respecto al mundo concreto para, en ese espacio abstracto, delimitar, relacionar y comprender de forma unitaria y estable lo que en su contexto parece diverso y cambiante. Por eso, no hay mejor «situación de aprendizaje» (término opresivamente de moda) que la que te permite entender las cosas fuera de toda situación, condición esta sine qua non para poder pensar esas cosas en todo contexto y momento posible.

Lo mismo podríamos decir con respecto a lo teórico y lo práctico. No hay forma de enseñar cosas prácticas sin un profundo conocimiento teórico. Para cambiar las cosas (que es el objeto de toda praxis) hay que saber antes qué y cómo deberían ser esas cosas. Además: nadie aprende simplemente haciendo, sino a través de ese tipo sutil de acción que, antes o después del hacer, llamamos reflexión (y el más sabio solo con ella). Solo el lerdo aprende a base de ensayo y error.

Y ojo que estas tendencias educativas son, además, enormemente peligrosas. Si el espacio abstracto de las ideas promueve por su propia naturaleza la reflexión, el diálogo y la apropiación crítica de las ideas, el lenguaje más concreto del juego, la imagen, el ejemplo práctico o las emociones (todo con lo que se tiende hoy a educar al alumnado, incluso al de más edad) fomenta, si se abusa de él, la asunción dogmática y acrítica de ideas y valores; ideas y valores de los que ni siquiera es consciente a veces el educador.

Así que ya saben: déjense de menudencias y vayamos a lo que de verdad son las cosas, es decir, a aquello en lo que trabajosa, pero también gozosamente se dejan comprender. Al fin, no hay una forma más concreta de poseer algo que comprenderlo en su más profunda y abstracta esencia.

viernes, 17 de diciembre de 2021

Metafísica y democracia

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.

Toda sociedad se constituye en torno al problema capital de cómo conciliar el interés público y el privado; esto es, de cómo lograr que la gente coopere y cumpla sus obligaciones incluso cuando esto no le reporta ninguna ventaja aparente. ¿Cómo hacer, por ejemplo, para que los más ricos paguen sus impuestos, o para que los más fuertes y capaces no abusen de los más débiles, o para que nos prestemos a sacrificar nuestra libertad o nuestra vida en aras del bien común (como puede ocurrir en una catástrofe, una pandemia o una guerra)?

En los regímenes autoritarios el problema de conciliar el egoísmo individual con el interés común se resuelve con la fuerza (lógico, dado que ese interés común no suele ser más que el del sátrapa o la oligarquía dirigente). En otros, con la ayuda de creencias tradicionales, religiosas o ideológico-políticas, de manera que es el honor, el mandamiento de un dios o el fervor patriótico o revolucionario lo que mueve a la gente a actuar desinteresadamente. Pero en sociedades como la nuestra, democráticas, descreídas y poco dadas a efusiones ideológicas, la cosa se complica.

Que la ciudadanía se sienta concernida por el interés común no es algo que se pueda lograr con las leyes. Si tales leyes no son la expresión de la voluntad general de los que están ya convencidos, serán débiles e ineficaces; y si son la expresión de tal voluntad, serán mayormente innecesarias. Lo que hace falta es, pues, convicción. Convicción para considerar particularmente interesante el interés común, y convicción para asumir los costes individuales que supone, en la práctica, dicha consideración.

Ahora bien: ¿Qué podría convencer a la gente de la bondad de comprometerse activamente con el bien público? De entrada, la concepción liberal de un estado-empresa al servicio de ciudadanos-clientes centrados exclusivamente en sus asuntos particulares (y que, por tanto, dejan el poder en manos de camarillas políticas fáciles de secuestrar por grandes intereses privados), no ayuda en absoluto.

El utilitarismo más ramplón tampoco sirve. ¿Cómo convencer, por ejemplo, a los más ricos para que paguen impuestos por servicios que no necesitan, o a los ciudadanos para que se involucren en actividades solidarias o cívicas de las que difícilmente van a obtener ningún beneficio concreto? En realidad, no hay ningún argumento sencillo con que combatir la poderosa idea de que lo más conveniente es, siempre, obtener la máxima ventaja al mínimo coste y, por lo mismo, que cada uno “vaya a lo suyo” ignorando (o utilizando para ello) a los demás.  

El único razonamiento a favor del ideal republicano y altruista de vida en común es complejo, y consiste en demostrar que el interés particular es realmente inseparable del general. No en un sentido material, claro (en ese sentido suelen ser opuestos), sino en otro, cabe decir espiritual. Así, cuando un individuo entiende que entre sus intereses más particulares está el de dar o encontrar sentido a la propia existencia, la necesidad de concebir la realidad (incluyendo la realidad social) de modo coherente y armonioso, comprendiéndose a sí mismo como parte de ella, acaba por anteponerse a aquellas visiones más estrechas y relativistas que justifican el egoísmo individual.

Diríamos pues que uno de los efectos de la especulación filosófica y metafísica es la adopción de una perspectiva tan ancha y articulada que permite ver al otro y a sus intereses como tales y, a la vez, como complemento de los propios. Si esta consideración del otro implica, además, como suele ser el caso, un compromiso más allá del aquí y el ahora, la metafísica y su consideración trascendente de las cosas se vuelven insustituibles. Piensen, por ejemplo, en el cambio climático. ¿Qué podría convencer a los que hoy gobiernan y gozan del mundo de que renuncien a un nivel de vida altamente contaminante para garantizar el futuro de las generaciones venideras? Es obvio que no obtendrían de ello ninguna ventaja presente. Lo único que podría convencerlos es la consideración del sentido de sus actos en un plano metafísico y ético en el que, más allá del rédito o placer inmediato, adquiriesen un significado pleno y coherente en relación con principios y valores orientadores de la existencia.

La reflexión filosófica es, así, una de las condiciones fundamentales para el asiento de una democracia real en que los individuos no aspiren a desarrollar trayectos personales completamente desvinculados de lo común, sino que conciban tales trayectos como trazos o partes de un proceso más integrador y significativo. De ahí la necesidad de educar a la ciudadanía en esa suerte de “competencia global” (como la denomina la OCDE) con la que reconocer nuestros actos, intereses e ideas a través de un ejercicio de reflexión y diálogo amplio y trascendente en que la cooperación, la actividad genuinamente política y la propia existencia puedan tener sentido.

 

miércoles, 19 de mayo de 2021

Una educación postpandemia

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura



De todas las “lecciones” a extraer de la pandemia, tal vez haya que destacar, por su relevancia y su relación con la educación, estas tres: la innegable dimensión global de la mayoría de los acontecimientos que conforman, hoy, nuestra experiencia; el crecimiento exponencial tanto del acceso a la información como de la posibilidad de manipularla; y la ausencia, siquiera como referente ideal, de criterios ético-políticos claros y explícitos (tanto en la ciudadanía como entre la clase política y los “expertos”) con que afrontar situaciones como la vivida.

Comencemos por lo último. Se ha discutido mucho durante estos meses sobre el control disciplinario de los ciudadanos por parte del Estado. ¿Pero había otra posibilidad? ¿Estaba preparada la ciudadanía para adoptar motu proprio pautas cívicas de carácter extraordinario? Que la ciudadanía esté preparada para asumir por convicción, y no coerción, determinados deberes, depende de su educación (nadie nace sabiendo comportarse), pero también de que esa educación esté orientada a desarrollar la autonomía y la responsabilidad moral, en lugar de reducirse a mero adiestramiento retórico en normas y valores.

Pese a la obviedad de lo dicho, la mayoría de la gente (políticos y expertos incluidos) tiene a la ética como un saber infuso y puramente subjetivo o, en el mejor de los casos, como una simple práctica o fundamentación escolar de valores. Nada más lejos de la realidad. La ética es una disciplina filosófica que, más allá del análisis del hecho moral, de sus condicionantes, su lenguaje o su relación con otros hechos e ideas, propone y desarrolla planteamientos desde los que afrontar dilemas y decisiones de relevancia personal y social en infinidad de ámbitos (económico, ecológico, científico-tecnológico, médico, empresarial, legal, político, etc.), fuera de los cuales es muy difícil entender lo que implican nuestros juicios y posiciones morales, deontológicas o políticas. Pues ser libre no es hacer lo que queramos, sino ser conscientes de las causas y consecuencias de (y de las alternativas a) nuestras decisiones y de la justeza del criterio que aplicamos para tomarlas.

En cuanto al problema de procesar con fiabilidad la información, se alude con frecuencia al “pensamiento crítico”. ¿Pero qué es el “pensamiento crítico”? Los historiadores creen que conocer la historia (¿pero quién critica su modo de conocer?), los científicos que aplicar su método (¿pero qué demuestra la validez de su criterio de validez?), otros que variar o revisar las fuentes (¿pero por qué unas y no otras?). Mas el pensamiento crítico no se reduce a una vaga capacidad transversal a desarrollar en cada campo del saber, sino que constituye, por el contrario, una competencia sustantiva, consistente en someterlo todo a análisis racional (desde la concepción y categorización de lo real hasta la propia noción de conocimiento o ciencia, evitando supuestos infundados, dogmas y prejuicios) y que, solo una vez asentada, se puede trasladar al resto de las disciplinas. ¿Que esto supone una formación larga y específica? Claro: como la física de partículas o el arte de tocar el piano. Con la diferencia de que dominar la física de partículas o el piano no son imprescindible para la convivencia o el desarrollo educativo en general, mientras que el pensamiento crítico .

Por último, ¿cómo tratar educativamente el tema de la “globalización”? Organismos como la OCDE proponen formar a los alumnos en una “competencia global” que les prepare para comprender la complejidad del mundo integrando todas sus dimensiones, niveles y relaciones sistémicas. Pero el desarrollo de esta competencia exige pericia en ese saber de lo total y sus partes que es la ontología, además de, también, en la ética, si es que hemos de justificar, de forma convincente, el compromiso moral con “causas”, también “globales” o universales, con las que no cabe ningún vinculo afectivo o pragmático inmediato. Integrar ideas y conocimientos para obtener una visión global de la realidad, y fundar compromisos y decisiones en orden a su validez universal son, por cierto, dos de las tareas propias a la filosofía.

Conclusión: es imprescindible que nuestros alumnos, futuros protagonistas de pandemias y problemas globales aún más graves, aspiren a poseer una visión holística, profunda y ontológicamente ordenada de lo real, un pensamiento crítico fundado en una rigurosa reflexión sobre el conocimiento, y un criterio ético propio y fundamentado, de manera que, más allá de salvarse a si mismos del egoísmo más ciego, sean inmunes a demagogos o “virus informativos”, sensibles a injusticias y desigualdades, y resistentes a tentaciones totalitarias y/o segregadoras. Que, además, sepan inglés, informática y ciencias, está muy bien, pero no los va a salvar de todo esto (y, a la mayoría, ni siquiera de la precariedad económica).

miércoles, 28 de abril de 2021

Elogio de lo universal

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Cuando uno es pequeño suele encandilarse con el discreto encanto de las pequeñas cosas, y hasta la más minúscula fruslería le parece grande y rara, hasta que, al hacernos mayores o sabios, los detalles se descubren como lo que son: un incordio, una pérdida imperdonable de tiempo, una extraviada pulsión de muerte que solo mola a los poetas intimistas, los que alucinan por un tubo (ustedes ya me entienden) o a los místicos que buscan a Dios justo en lo que no es.

Digo todo esto por el desprecio (retórico, por descontado) que muestran por lo “universal” todas las almas cándidas que, haciendo gala de ese gusto, tan romántico y burgués, que tiene la modernidad por lo sensible, se empeñan en confundir lo real con lo concreto, lo verdadero con lo palpable, lo bueno con lo emotivo y lo justo con un fabuloso y tribal jardín del Edén. ¿Se puede estar más perdido?

Empecemos por esto de la realidad. ¿Habrá cosa en el universo, comenzando por el universo, que no sea un “universal”? No ya las leyes universales del cosmos, sino hasta los más pequeños objetos o sucesos son realidades puramente ideales. Piense, verbigracia, en usted mismo. ¿Por qué usted es usted? Ni en lo concreto de su cuerpo ni en lo etéreo de su tiempo hay nada más que infinitas partes de partes, ninguna de las cuales es idéntica a ninguna. ¿Dónde radica, pues, su identidad? ¿En qué cambiante momento es Ud. el que es? En ninguno, claro. Porque Ud. no es ninguna cosa o momento concreto, sino un universal, una esencia, una cosa… ideal.

Pensemos ahora en ese tipo de identidad entre mente y mundo que entendemos vulgarmente por “verdad”. “No hay verdades universales”, dicen los locos que, negando lo que afirman, toman como universal la verdad de que no la hay. ¿Pero no la hay de verdad? Imposible. Cada vez que enunciamos algo descubrimos una verdad universal y eterna como el tiempo. Que “ahora que escribo esto son aquí las siete” será verdad siempre, a las siete y a las nueve, aquí y en Japón, y si no fuera verdad (porque todo es relativo, porque me hubiera equivocado, o porque mi reloj cojeara del segundero), sería igualmente falso (es decir: verdaderamente falso) aquí y en Japón, a las siete y…

¿Y lo “bueno”? ¿Es universal o relativo lo “bueno”? Si algo es bueno de verdad, no puede serlo solo para mí; y si no es bueno de verdad, no es bueno. Piénsenlo otra vez: si lo bueno es según cada cual, es que todos vemos (mal, parcialmente) lo mismo (lo Bueno), luego lo bueno de verdad será siempre lo que es, y el relativismo moral una tesis universalmente falsa, sin que pueda salvarla de ello emotivismo alguno: las emociones y su baile de hormonas no están menos determinados por la música de esos universales que son las ideas interpretando (en tono mayor o menor) el “cómo nos va la feria”.      

Pasemos a asuntos más polémicos. ¿Es el pérfido universalismo-de-occidente el padre del especismo antropocéntrico, el colonialismo, el androcentrismo, el esclavismo o el cambio climático? Lo dudo mucho. La mayoría de las culturas se instituyen como un patriarcado, y son tan antropocéntricas y colonialistas como puedan serlo. De otro lado, el capitalismo depredador no es el fruto del universalismo, sino de un relativismo que, descreído de toda verdad o valor universal, nos conforma con la más pobre de las filosofías (la más concreta de las universalidades): la del mundo como un mecanismo ciego, la de la pura voluntad de poder, el imperio de los cuerpos y los cosas, o la sacralización del dinero...  

Si algo nos ha descubierto, por el contrario, el universalismo occidental (aunque no solo él) es ese plano trascendente a lo concreto y a las visiones y deseos subjetivos que da lugar a lo objetivo del conocimiento o a la racionalidad de los valores morales.

Que todo nuestro actual sistema de valores (la dignidad, la equidad y la justicia, la solidaridad, la paz, el respeto por el diferente o el cuidado de la naturaleza) haya surgido junto a la subjetividad más ciega, los deseos más egoístas, la opresión de mujeres y esclavos, la guerra, la persecución y el expolio, es una amarga ironía, pero también una esperanza de progreso. Quiere decir que algo hemos aprendido y que, tal vez, los ideales de una civilización pueden, y deben, trascender su origen. Algo que ocurre siempre que en ella se profundiza en las ideas de universalidad y trascendencia.  

Desconfíen de los nuevos y extraviados profetas. Cualquier tiempo pasado fue peor: menos universal y más esclavizado por irrelevantes detalles y falsos ídolos (la raza, el género, la comunidad, la patria, el idioma, la costumbre…). Las pequeñas cosas tienen, sin duda, su encanto; pero solo si uno no las confunde con las grandes y esenciales y hace de ellas un falso y peligroso universal.

jueves, 16 de agosto de 2018

El problema de la definición de arte: enfoques inmanentistas y trascendentalistas.


Joseph Bauys. "Fuerzas enderezantes de una nueva sociedad"
(Staatliche Museen zu Berlin)
Para hablar de arte, y saber de qué se habla, es imprescindible afrontar el problema de su definición. Pero para tratar el problema de la definición del arte hay que tratar, antes, de una serie abundante de cuestiones previas. Dos de las principales son: (1) la definición de “definición” y, por paradójico que resulte, (2) la de la propia definición de arte que encontramos ya preformulada en la totalidad de las teorías estéticas. Queremos tratar, especialmente, de esta segunda paradoja, y de como cabe afrontarla desde las dos perspectivas fundamentales que se pueden adoptar en estética: la inmanentista y la trascendentalista.

Sobre esto, sobre lo que ya publicamos artículo hace unos meses en la revista Paradoxa, discutiremos en unos días en la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo, con una ponencia titulada: "Hacia las fuentes de lo estético. ¿Es posible una ciencia del arte?" (se emitirá en streaming en la web de la UIMP el martes 21 desde las 9.30)

martes, 12 de diciembre de 2017

El rap de Nietzsche: Dios ha muerto


 


Después del exitoso rap de Parménides, vuelve nuestro rapero Piter (3.14t3rmusic@gmail.com) con este temazo sobre el filósofo alemán F. Nietzsche (lo estudiaremos a final de curso). Letra, música, imágenes (gracias al no menos genial Álvaro shotbuster) son tan diábolicas, angelicales, espectaculares y certeras como lo era el propio Nietzsche.

¡¡Hay que difundir la buena nueva. Piter, el rapero anticristo, ha vuelto!! ¡¡A disfrutar!!




miércoles, 4 de octubre de 2017

Personas sin nación

La justicia es un asunto moral y, por tanto, de personas. Pero los pueblos no tienen moral, tienen costumbres, y la costumbre es solo el referente originario – no el fundamental – de la palabra “moral”.
De esta trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

lunes, 3 de julio de 2017

8ª y 9ª y última sesiones del Taller de Filosofía del Ateneo.

El pasado miércoles celebramos nuestra 9ª y última sesión del Taller de Filosofía del Ateneo de Cáceres, dedicada a discutir el papel de la filosofía en la educación. Aquí tenéis la presentación de esta última ponencia. Y el miércoles anterior culminamos, en la 8ª sesión, todo lo referido a la metafísica, tratando de las metafísicas trascendentales y del asunto de la existencia de Dios. Aquí tenéis la presentación que utilicé en esta penúltima sesión y una bibliografía básica. 

Tras estos meses de taller, creo que la experiencia ha sido muy gratificante para todos y que el próximo curso volveremos a dar vueltas (cada vez más profundas) a las viejas y siempre renovadas cuestiones filosóficas. Tal vez en eso consista -- como decíamos el último día -- vivir como un ser humano... 

Quiero daros las gracias a todos por vuestra paciencia (las sesiones han sido, a veces, demasiado largas y densas), por vuestras intervenciones (que -- mea culpa -- tendrían que haber sido muchas más) y por vuestras ganas de seguir. ¡Sois una verdadera escuela de filósofos! 

Quiero también agradecer la invitación y el apoyo constante de Estaban Cortijo, Javier Dominguez, Honorio Alfonso y Antonio Salido entre otros directivos y amigos del Ateneo. También a mi amigo y maestro Juan Antonio Negrete, por sus orientaciones bibliográficas y sus brillantes ideas para cada uno de los temas tratados.

Un abrazo y feliz verano a todos. 


jueves, 15 de junio de 2017

Sobre el ser y la metafísica II (7ª sesión Taller de Filosofía del Ateneo de Cáceres Abril-junio 2017)


El pasado miércoles celebramos nuestra 7ª sesión del Taller de Filosofía del Ateneo de Cáceres. La segunda dedicada a la ontología. Después de establecer ciertas distinciones inevitables en cuanto al ser (el ser en sí, y el ser como apariencia), y de describir sumariamente los dos grandes grupos de teorías metafísicas (metafísicas de la trascendencia y metafísicas de la inmanencia), pasamos a explorar con todo detenimiento el grupo de metafísicas inmanentistas que apuestan por identificar el ser con la naturaleza. A estas teorías, que reciben muchos nombres (realismo, materialismo, cientifismo, naturalismo...), se les concede hoy un enorme crédito. Sin embargo, plantean enormes problemas lógicos y ontológicos, hasta el punto de que, pensadas hasta el fondo, conducen al nihilismo y al escepticismo más radical. Para salvarse de el, la metafísica naturalista acude a teorías como el nominalismo (o ficcionalismo), el conceptualismo o el emergentismo, todas ellas teorías igualmente discutibles (de hecho, fue lo que más se discutió en la sesión). El próximo miércoles 22 trataremos de las metafísicas inmanentistas que identifican el ser con la mente (las metafísicas idealistas) y de las metafísicas de la trascendencia, y veremos si no nos quedamos atrapados en alguna alucinación o sueño, o abducidos por el misterioso mundo de las ideas...  

Como siempre, y mientras edito las notas de la ponencia comparto la presentación que da idea de todo lo que tratamos y una bibliografía básica.









jueves, 8 de junio de 2017

Sobre el ser y la metafísica I (6ª sesión Taller de Filosofía del Ateneo de Cáceres Abril-junio 2017)

El pasado miércoles celebramos nuestra 6ª sesión del Taller de Filosofía del Ateneo de Cáceres.  Esta vez dedicada a la ontología. Nos preguntamos por el ser, es decir, por lo más absoluto y radical de todo. ¿Qué es "es"? ¿Es una estéril tautología, una mera palabra, un concepto, o es la realidad suma? ¿Es lo que tenemos delante de las narices, o más bien detrás, o algo más allá de ellas? ¿Cómo distinguir un ser de otro? ¿Existe igual un piano que un sonido, Cervantes que Don Quijote, Darwin que la ley de la evolución? ¿Cómo sabemos que no somos personajes de un vídeo juego? ¿Dónde está lo que aún no es, o lo que dejó de ser? ¿Por qué el ser, y no la nada? ¿Explica algo de todo esto la ciencia?...

Mientras edito las notas de la ponencia comparto la presentación, que da idea de todo lo que tratamos y una bibliografía básica.

El próximo miércoles 14 trataremos de las doctrinas o teorías metafísicas, desde el naturalismo más rastrero al misticismo más celeste, pasando por todo lo que hay en medio. Será, como siempre, de 20 a 21.30.






sábado, 7 de enero de 2017

El significado filosófico del Año Nuevo.


Si en Navidad se celebra la unidad entre lo trascendente (lo divino) y lo inmanente (el mundo), a través de la figura del Dios hecho hombre, en Año Nuevo se celebra algo parecido: la propia estructura intemporal del tiempo, la raíz constante en todo cambio, el tema invariable de las anuales variaciones.

Para algunos filósofos, como Nietzsche, la estructura del tiempo es circular. Todo lo que sucede volverá a suceder, en un eterno retorno. Todo se repite porque la realidad es sin principio ni fin, y no tiene otro sentido que el de ser, ella misma, una y otra vez. En muchas culturas, el tiempo se entiende también así: como un ciclo incesante de repeticiones, como una eterna danza circular, sin más sentido aparente que el de celebrarse, rítmicamente, una y otra vez.

Para otros filósofos, y en otras culturas, como la nuestra, el tiempo tiende a comprenderse, más lineal que circularmente, con principio, sentido y fin, como una historia en que cada suceso representa un paso adelante hacia la consecución de una meta final.

lunes, 6 de abril de 2015

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