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jueves, 11 de junio de 2026

El papa, los modernos y la izquierda

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


No sé si los diputados y diputadas que escucharon el magnífico discurso del papa en el Congreso se enteraron de gran cosa. Su tono y el modo de exposición – reposado, sistemático, argumentado – hacían presagiar lo peor entre gente acostumbrada a los gritos, la invectiva falaz y la demagogia populista. Y sin embargo algo trascendente debieron intuir sus señorías, pues casi todos parecían atentos y, salvo algún obispo, nadie se quedó dormido en el hemiciclo – es posible, incluso, que alguno despertara en algún estrato desconocido de lucidez –.

Y eso que el discurso, para ser protocolario, no fue fácil. Amén del obligado popurrí de temas de actualidad (la paz, la inteligencia artificial, la crisis climática, la inmigración…), el papa profundizó en el asunto de los asuntos: el del fundamento mismo de la política. Y lo hizo acudiendo a la que acaso sea la mayor contribución de nuestro país a la historia del pensamiento: la obra de los teólogos y filósofos de la Escuela de Salamanca.

En los tratados de Francisco Suarez o Francisco de Vitoria no solo se desarrollan conceptos clave de la filosofía política posterior (como el de «contrato social» o el del «derecho de rebelión») sino que, refundiendo el ecumenismo cristiano con el pensamiento griego, se sientan de modo riguroso las bases doctrinales del derecho internacional. Los filósofos de Salamanca representan lo más luminoso de una modernidad católica enraizada en el humanismo renacentista y en la unión armónica no solo de la fe y la razón, sino de la razón y los valores que sustentan la convivencia política; de ahí las referencias de León XIV a la dignidad y perfección humana en sentido clásico, a la educación crítica o al uso dialógico de la palabra pública como condiciones sustantivas de la libertad y la democracia.

Es un poco tramposo pero tentador contraponer la figura de León XIV, adalid quijotesco de esa modernidad católico-platónica que no pudo ser, con la de los telepredicadores evangelistas, símbolo mediático de la modernidad triunfante: aquella en la que, fruto de la escisión entre razón y fe, filosofía y ciencia, o valores y procedimientos jurídico-políticos, proliferaron el fideísmo fanático, el voluntarismo anti-intelectualista, el cientifismo tecnocrático, la demagogia populista y el realismo político (lo podemos ver encarnado de forma extrema en esa especie de telepredicador político que es Donald Trump).

De forma incomprensible, entre la modernidad católica y la protestante la izquierda ha apostado casi siempre por una versión «ilustrada» – materialista, procedimentalista y presuntamente no trascendente – de esta última, no quedándose con más opción para fundar su concepción de la dignidad y la libertad humanas que la sacralización romántica de entidades abstractas (el Pueblo, la Historia, la Naturaleza, la Vida…), o incurriendo en posiciones tan estrafalariamente incoherentes como la de Ione Belarra al justificar la ausencia de Podemos durante el discurso papal: «han convertido el templo de la democracia en una iglesia»…

Si lo que necesita, en fin, la derecha es una transfusión urgente de moralidad («una cosa es la política de los discursos y otra la política práctica», confesaba con cinismo Abascal tras aplaudir ardorosamente al papa), lo que necesitan las formaciones de izquierda son lógicos. Y a ser posible aristotélicos. ¡Lo que hubieran aprendido con el discurso de León XIV!

miércoles, 4 de marzo de 2026

"Extremestiza": una nueva materia escolar

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Hay cosas que me convencen y otras que no en la nueva materia propuesta para 3º y 4º de ESO por la Consejería de Educación. Se llama «Extremestiza: puente entre Extremadura y América», y de ella me convencen, no el nombre, desde luego (que más parece de una feria de muestras que de una disciplina académica), pero sí el propósito de promover el patrimonio artístico y cultural de Extremadura (el que tiene que ver con América, al menos), y el de explicar y valorar el mestizaje cultural, uno de los aspectos por los que (frente a otros más sombríos) podemos decir que la ocupación de los territorios americanos fue más interesante culturalmente y más justificable moralmente (en cuanto a la moral religiosa vigente) que la colonización anglosajona – todo ello sin ocultar ni mistificar que también se trató de una despiadada guerra de conquista –.

Ahora bien, junto a esto hay varias cosas que no me convencen de la materia. Lo primero es el enfoque extremadamente especializado que se le ha dado: ¿por qué no una «Historia y Patrimonio de Extremadura» en general, que incluya y contextualice la conquista y sus consecuencias? ¡Hace falta más cultura general, especialmente entre los jóvenes! Tampoco me agradan las referencias a la identidad extremeña. En esta tierra nos hemos librado de la cerrazón nacionalista, la mitomanía por lo propio, el folklore impostado y las imposiciones etnolingüísticas. Sigamos así. Por suerte, la conquista de América no da para construir ninguna identidad extremeña, ni por el cariz de sus hazañas (no siempre heroicas ni hermosas), ni por su titularidad, que no fue estrictamente extremeña sino castellana, y en la que participaron gentes de estas y de otras tantas tierras de la península.

Por otra parte, si queremos de verdad favorecer lo mejor que plantea la materia (el diálogo intercultural y el mestizaje) deberíamos planificar una estrategia educativa mucho más ambiciosa, no limitada al encuentro con el mundo latinoamericano (mucho menos desde el polémico escenario de la conquista), sino referida a todos los pueblos y culturas que han contribuido – y siguen haciéndolo – a configurar lo que somos: los pueblos arabizados que habitaron esta tierra durante siglos, el vecino luso, los migrantes que llegan desde otras latitudes europeas…. ¿Por qué no incluirlos en una materia más ampliamente dedicada al mestizaje y al diálogo intercultural? Un diálogo desde el que construir– y esto sí que es importante – una reflexión crítica sobre valores e instaurar una ética compartida. 

Creo, en fin, que la intención de la Administración hubiera quedado mejor materializada en un programa escolar de intercambios y colaboración con centros americanos (con docentes de allá que transmitieran su propia versión de la historia) y, tal vez, en algún retoque curricular para reforzar transversalmente los elementos patrimoniales e históricos de la relación con América, pero no en una nueva materia que, además de sus defectos, mucho me temo que pueda generar más polémica que puentes. (Sobre esto escribimos hoy en El Periódico Extremadura).


miércoles, 21 de enero de 2026

Adictos al acontecimiento

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Sí, confieso que soy adicto al «acontecimiento histórico», a la noticia bomba, a los grandes titulares, a los especiales informativos… Conecto cada mañana el móvil con el deseo culpable de toparme con el evento del siglo, el suceso del año, el avatar político que marque una nueva era, el gran cambio, el principio del fin, el apocalipsis, el renacimiento… Y hoy tengo el «mono». Será que tras el secuestro de un presidente, la amenaza de invasión de Groenlandia o las revueltas en Irán (o en Minnesota), las trifulcas políticas locales me saben a poco, y quiero más, cada día más, como un drogadicto al que le faltara una dosis cada vez más alta para lograr el mismo efecto…

Tal vez sea que del mucho consumir películas llenas de intrigas rocambolescas, vidas trepidantes y amenazas al límite, ya no estemos dispuestos a ver un informativo que no esté a la altura de nuestras expectativas mediáticas. Casi diría que hoy, por menos de un genocidio o un bombardeo cercano no nos desenganchamos de la serie de series, videojuegos, «realities» o canales «filoconspiratorios» en los que vivimos noche y día (y lo del genocidio lo digo con dudas, pues mucho me temo que el de Gaza dejó hace mucho de ser un «acontecimiento», para convertirse en un hecho común, deprimente, invisible… demasiado real para ser atractivo). 

Si el mundo premoderno estaba habitado por seres con vocación de permanencia (algunos hasta divinos), y el mundo moderno por fenómenos o procesos (a veces heroicos), la posmodernidad es la era del acontecimiento, de la rutinaria irrupción mediática del suceso excepcional, ese que desde nuestro nihilismo desesperado soñamos como un giro definitivo de guion. No tenemos ni idea de lo que queremos, ni de si tiene sentido nada que no sea exprimir el vacío efímero del presente, pero deseamos que el espectáculo continue, que sigan «pasando cosas», por ver si llega aquella que rompa el monótono «scroll» de los días, las series, las legislaturas y las ligas de fútbol…

Es obvio que ochenta años de paz y un estado de bienestar aceptable no bastan para llenarle a nadie la vida. No es solo miedo, egoísmo e indignación lo que arroja a tanta gente en brazos de este otro «acontecimiento» histórico que es el populismo neofascista de Trump, Putin, Milei o Vox; se trata también de un aburrimiento cósmico, del deseo de que ocurra algo, de una apuesta por esa otredad oscuramente mesiánica (y resuelta constantemente en nada) con que la posmodernidad ha trocado toda posibilidad de sentido. Como dijo Kant, lo último que la gente quiere es pensar por sí misma; preferimos vivir en el acontecimiento, embobarnos como niños en el circo de la actualidad, quejarnos a gritos cuando no nos gusta e invocar, si nos aburrimos, al más imprevisible, peligroso y patán de los payasos.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Hitler en el parking

Acabo de regresar de Berlín. Todos los años por estas fechas llevamos a un grupo de alumnos para que conozcan la cara y la cruz de esta fascinante ciudad: su terrible historia reciente (el nazismo, la guerra, el muro), pero también su espíritu cosmopolita, su vitalidad cultural y, sobre todo, su valiente y lúcida asunción del pasado. Berlín es una ciudad que – en su urbanismo, sus monumentos, y hasta en su arte callejero– respira memoria y reflexión. Reflexión sobre el pasado, sobre el presente, y sobre el pasado desde una mirada preventiva de lo que – a poco que nos descuidemos – puede volver a hacerse presente. Berlín es un modelo de gestión de lo que por aquí llamamos memoria histórica...  Justo sobre educación y memoria histórica trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura, Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

sábado, 4 de febrero de 2017

Fanatismo y modernidad.

La islamofobia y el ultraconservadurismo reaccionario del nuevo presidente de los EE.UU y – no hay que engañarse – de gran parte de la sociedad estadounidense son una expresión más del grado de fanatismo ideológico que comienza a proliferar en los países occidentales (y no solo más allá de sus cada vez más blindadas fronteras). Las causas de este integrismo (moral, político, religioso...) son muchas y difíciles de desentrañar. Algunas apuntan a un proceso degenerativo que viene de lejos, que tiene relación con los cambios históricos que constituyen el asiento de la modernidad europea, y que solo a través de una profunda reforma moral y educativa podríamos aspirar a revertir.
(Sobre esto trata nuestra última colaboración en El diario.es Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí)


jueves, 16 de mayo de 2013

Lo que vendrá. El invencible optimismo racionalista de Juan Antonio Negrete.


Más que de ninguna otra cosa, necesitamos de  utopías e ideales. Y aun con toda la ironía que haga falta para decirla y entenderla, esta utopía cargada de razones merecería más atención que todos los periódicos del día juntos. Así es lo que vendrá



   

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