Aquí tenéis el creo que interesante debate sobre educación e IA que celebramos hace unos meses en la Fundación Uña, con Carlos Magro y Guillermo Gevarsini, invitados y moderados por Fátima Murciano.
viernes, 19 de junio de 2026
Educación e Inteligencia Artificial: debate con Carlos Magro y Guillermo Gevarsini
Aquí tenéis el creo que interesante debate sobre educación e IA que celebramos hace unos meses en la Fundación Uña, con Carlos Magro y Guillermo Gevarsini, invitados y moderados por Fátima Murciano.
jueves, 18 de junio de 2026
¿Pero qué quieren los docentes, con lo bien que viven?
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Los maestros y profesores llevan más de
un mes de huelga indefinida o intermitente en Valencia y Cataluña, en Madrid
amenazan con retomarlas tras el verano y en Extremadura ya veremos. Y aunque
las protestas están siendo bien acogidas en general por la ciudadanía, se
repiten los argumentos dirigidos a desacreditarlas. Analicemos los más comunes.
Uno muy llamativo, referido a nuestra
tierra, es el que aduce que aunque los docentes extremeños cobran menos, viven
en una región donde todo es más barato, así que, ¿para qué quieren más?
Insólito razonamiento que, de llevarse a la práctica, obligaría a congelarle el
sueldo a todo aquel – profesor, médico, policía, bombero… – que cumpliera con
sus obligaciones en zonas de renta más baja. Como si el reto profesional de
educar o curar enfermos en una región pobre fuera una bicoca, y lo que se
ahorrara en vivienda no se gastara en compensar la falta de transportes,
servicios médicos o universidades de prestigio. ¡Lástima no se hayan dado
cuenta de esta «oportunidad» todos los funcionarios o empresarios que huyen despavoridos de la
España vaciada!
Otro argumento trata de las ratios.
Aunque solo sea por la bajada de la natalidad, ya hay menos niños por aula – se
dice – que hace cuarenta años, así que ¿para qué reclamar mejores ratios? Este razonamiento
parece sensato, pero no casa con la realidad educativa. Educar de manera
integral e individualizada a una población escolar tan diversa y – social,
psicológica y culturalmente – compleja como la de hoy es casi imposible aun en
aulas con 25 o 30 alumnos. Las clases de la ESO no tienen nada que ver con las
del viejo Bachillerato, cuando los grupos eran mucho más homogéneos y podías
expulsar tranquilamente a quien molestaba o suspender sin más protocolo al que
no mostraba interés. Atender ahora a seis o siete grupos, haciendo a la vez de
profesor, psicopedagogo, asistente social, enfermero, orientador, educador
cívico y vigilante de cada niño y niña, resulta inviable. Los profesores no
demandan ratios más bajas para trabajar menos, sino sencillamente… ¡para poder
trabajar!
Un tercer tópico es el que acusa a los
profesores de pedir una reducción de jornada, cuando lo que en todo caso piden
es una reducción de horas lectivas. El matiz es importante, porque todavía hay
gente que cree que el trabajo de un profesor se reduce a sus horas de clase – algo
tan ridículo como creer que el trabajo de un futbolista se reduce al partido
del domingo –. Todos los docentes que yo conozco trabajan por las tardes, los
fines de semana y, a menudo, durante las vacaciones escolares. No hay otro momento
para preparar clases, evaluar, confeccionar material didáctico, actualizar
conocimientos y ampliar la formación pedagógica (a los docentes de secundaria
nadie nos paga semestres de investigación).
No dudo de que, como en cualquier
reivindicación laboral, en la de los profes haya intereses corporativos, pero
tampoco de que la inmensa mayoría de esos docentes está peleando para que
educar a niños y adolescentes no sea una gesta heroica ni un simulacro
administrativo, sino una tarea asumible, dotada con los medios necesarios y suficientemente
reconocida. Tal vez así no haya que cazar a lazo a los que han de darnos el
relevo.
sábado, 30 de mayo de 2026
¿Quién quiere ser docente?
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
De vez en cuando me acuerdo de ese
excelente malvado que era Walter White, el protagonista de la inolvidable
“Breaking Bad”. Para quien no haya visto la serie, White es un profesor de
química en un instituto público norteamericano que, para completar su escaso
sueldo, trabaja lavando coches (algo perfectamente creíble en los EE. UU),
hasta que, harto de fregar y bregar con adolescentes, y aquejado de una
enfermedad grave y costosa de tratar (los USA no es tampoco un país para
enfermos), decide convertirse en un exitoso productor de drogas sintéticas. Al
fin – moraleja cínica, pero no del todo inconsecuente –¿quién va a querer ser
un insignificante y pluriempleado profesor de secundaria pudiendo ser un rico y
poderoso empresario, aunque sea en el negocio de las drogas? La cultura – como repetía Bart Simpson – es para
fracasados...
Pienso en esto mientras veo en la tele a
los docentes valencianos comenzar su tercera semana de huelga (la primera así en
cuarenta años y por la que han renunciado ya, en solidaridad con los
huelguistas, más de 250 equipos directivos), o a los catalanes, los aragoneses,
las profesionales de Educación Infantil de toda España, los extremeños del CEIP
Cerro Gordo… Todos ellos clamando no ya por un salario que no sea de risa (como
los de las educadoras infantiles), o que no se devalue año tras año, sino por
los recursos y medidas imprescindibles para poder trabajar en aulas mucho más
complejas que las de hace medio siglo; aulas repletas de alumnos psicológica,
cultural y socialmente diversos y con todo tipo de necesidades específicas; alumnos
ante los que la mayoría de los profesores carece de la preparación, el tiempo y
los medios requeridos para atenderlos; y alumnos – muchos – para los que, pese
a todo, la escuela constituye casi el único lugar donde encontrar un último
marco estable de sociabilidad, formación y afecto.
Sobra decir que ha sido el esfuerzo
vocacional de los docentes el que, hasta ahora, ha actuado como dique de
contención de todos estos problemas y necesidades. Hasta que la suma incontable
de tareas a asumir (experto en tal o cual área, pedagogo, terapeuta, asistente
social, psicólogo-orientador, mediador familiar, tecnólogo, vigilante jurado,
hablante bilingüe…), la carga burocrática con que se disimula la imposible
atención real al alumnado, el trato con menores conflictivos con los que nadie
sabe qué hacer, el desprestigio social de la profesión, o la complejidad actual
de la tarea educativa (falta de códigos y referentes comunes, multiplicación de
la diversidad, retos tecnológicos…), más la falta de recursos, las ratios y
otros tantos factores (el asarse a casi 30 grados junto a 25 niños – como hoy –
no es el menor), han incrementado la proporción de profesores quemados y han
hecho de la profesión algo cada vez menos deseable.
Así estamos. La escuela se encamina a no
ser más que un reflejo de la sociedad que andamos generando – cada vez más
desigual, polarizada, carente de lazos comunitarios y de valores compartidos –
, fiel al modelo social ultraliberal y meritocrático que retratan las series
americanas. Un modelo en el que la educación pública es un gueto para clases
medias empobrecidas del que nadie quiere ocuparse, y en el que la educación
privada – parcialmente financiada en nuestro país con los fondos públicos que
no llegan a la pública – se instituye como la vía natural para la perpetuación
del poder y el “mérito” de las élites. Y al que no le parezca justo, o no
quiera hacer huelga (nos diría un cínico liberal) que tenga los genitales
emprendedores que hay que tener y haga lo mismo… que Walter White.
miércoles, 13 de mayo de 2026
IA y fraude académico
Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura
La tecnología al servicio del fraude
académico se ha vuelto tan compleja que profesores y alumnos empezamos a
parecer agentes secretos. Imaginen estudiantes que durante los exámenes musitan
palabras en clave a la medalla que llevan al cuello, toman microfotografías con
el bolígrafo o reciben mensajes a través del nano pinganillo que llevan en el
oído. Junto a ellos, visualicen profesores armados con sofisticados detectores
de frecuencia haciendo barridos y escaneando a todo el que resulta sospechoso.
No es una película de espías, sino el escenario de un aula cualquiera… ¡Y no
solo del futuro! De la entrañable chuleta hemos pasado ya al collar inductor,
la cámara oculta en el ojal, el pinganillo magnético, las gafas inteligentes…
Y cuidado, que estos nuevos métodos de
hacer trampas no solo sabotean los métodos tradicionales de evaluación, sino el
propio proceso de enseñanza, por innovador que este sea. Todavía con las viejas
chuletas se aprendía a estructurar y sintetizar contenidos; pero abusar de máquinas
que seleccionan y organizan por si mismas la información, responden y plantean
preguntas, buscan opiniones y argumentos, comparan, traducen, sugieren y
resuelven problemas… es algo que atrofia nuestras capacidades intelectivas y convierte
el aprendizaje en un puro simulacro. Es cierto que esto ya pasaba – en cierta
medida – con los profesores que se limitaban a dictar lecciones o con los
libros de texto que te lo daban todo hecho, pero la mala educación que
proporciona la IA (contagiando al alumnado de su propio remedo de inteligencia)
es tan perniciosa que no sirve ni para promover la memoria. La IA solo
beneficia a quienes son ya capaces de escribir, argumentar, analizar, comparar,
traducir o cuestionarse las cosas por sí mismos; ellos sí pueden utilizar la
máquina para sortear tareas burocráticas o para poner a prueba su propio
trabajo. Pero ¿cuántos alumnos – incluyendo a los universitarios – están en esa
situación?
¿Y qué hacer ahora? Convertir a los
profesores en ciber-policías armados de escáneres o expertos en programas y
contraprogramas de detección no soluciona gran cosa. No solo porque los
docentes no den más de si (recuerden que, además de expertos en tal o cual
materia, ejercemos también de pedagogos, trabajadores sociales, psicólogos,
enfermeros, animadores culturales, creadores digitales, educadores cívicos,
hablantes bilingües, cuidadores, porteros, administrativos…), sino porque, como
decíamos, la cuestión va mucho más allá de hacer trampas en exámenes o
trabajos. ¿Entonces? En cuanto a la evaluación sería imprescindible apostar por
una verdadera evaluación continua, más presencial, más individualizada, más
interactiva (para todo lo cual se necesitaría una bajada drástica de ratios); y
en cuanto al aprendizaje, la generalización de enfoques didácticos más
motivadores, en los que se haga palpable el vínculo entre el desarrollo
personal y las competencias intelectuales: el alumno debe tener claro que no se
llega a ser una persona (en ningún sentido interesante de la palabra persona)
permitiendo que una máquina piense por ti…
A ver si las administraciones educativas están a la altura, aunque sea
pidiéndole a la IA que les sople alguna solución.
miércoles, 29 de abril de 2026
Inmigración y educación para la ciudadanía
Ver al dirigente de Vox José María
Figueredo – camisa abierta y patillas a lo Milei – explicando cómo va a aplicarse
lo de la «prioridad nacional» impresiona. ¿Qué significa «hacer todo lo posible» para que
los inmigrantes quieran marcharse? ¿Cómo puede un diputado nacional decir que
se va a «cumplir la ley al
mínimo»? ¿En qué mundo vivimos? (A esto último
no hace falta que contesten).
Incluso si, como es de esperar (como
esperan los que les han regalado las elecciones), las políticas de Vox resultan
infructuosas, sus intenciones amenazan la convivencia pacífica con quienes
hacen los trabajos que ya no queremos hacer, dinamizan nuestra economía o
alivian la crisis demográfica. Pintarlos como invasores, delincuentes o
parásitos es un infundio que acarrea penosas consecuencias incluso para el
propio Vox, ya sea porque sus amenazas se queden forzosamente en nada (¿para
qué votarlos entonces?), ya sea porque se atrevan a aplicar medidas drásticas
(contra la ley, contra la Iglesia, contra los intereses empresariales, y a
favor de la movilización de una izquierda que parecía resignada al cambio de
ciclo). Miren el efecto en las encuestas de la enloquecida campaña contra los
emigrantes en EE. UU…
Pero la peor de esas consecuencias es,
sin duda, la de poner en riesgo el – siempre peliagudo – proceso de integración
entre comunidades culturalmente distintas, magma profundo del estado de opinión
que sirve de combustible a la demagogia xenófoba. Dicho proceso de integración
comienza, desde luego, por regularizar y por reconocer los derechos que asisten
a todos los que trabajan en nuestro país; pero es imprescindible que, a la vez,
se facilite a los trabajadores extranjeros cauces sociales y educativos sólidos
y eficaces para su plena integración como ciudadanos. En una democracia no
puede haber sujetos políticos de primera y segunda clase; pero tampoco un
estatuto de ciudadanía derivado del mero hecho de haber nacido o residir tal
número de años en un determinado lugar. La noción de «arraigo» puede y debe tener
un contenido sustantivo: no en cuanto a la adopción de creencias o costumbres
«nacionales», claro está, sino en cuanto a la asimilación crítica de determinados
principios y valores (especialmente aquellos en los que se inspira nuestro
marco jurídico) a través de una formación obligatoria, normalizada y común.
Que la formación educativa insista en
formar obligatoriamente a todos (nativos o extranjeros) en un pluralismo
crítico que, sin incurrir en dogmas ni relativismos inconsecuentes, trate de
valores comunes, es fundamental para evitar guetos y desencuentros insalvables.
La ciudadanía no consiste esencialmente en ser «español» o «finlandés», sino en
ser «civilizado», entendiendo como tal la capacidad y la voluntad para poner el
diálogo y el consenso racional y democrático (y los valores a ello aparejados)
como ejes de la acción común. Los Estados europeos deberían combatir el estado
de opinión que sirve a la demagogia racista de la ultraderecha reforzando
educativamente la fundamentación ética y la proyección política de una moral
cívica transnacional y común a todos y todas. Nos van en ello la prosperidad,
la estabilidad social y el fortalecimiento de nuestras desvaídas
democracias.
miércoles, 22 de abril de 2026
Profes de excursión
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
A diferencia de lo que ocurría en la mayor parte de las clases, todos nos acordamos de las excursiones del colegio. Uno recuerda siempre lo que ha vivido con plenitud (sea bueno o malo) y olvida lo que se ha limitado a soportar muerto de aburrimiento. En las excursiones, en las buenas, en las que los profes nos dejaban vivir, no solo explorábamos otros territorios (muchos salían del pueblo o del barrio por primera vez), sino que también nos reconocíamos a ratos en roles más adultos, arriesgados y excitantes. No había mejor aprendizaje que ese aventurarse libre y primerizo por la jungla del mundo.
Ese recuerdo hizo que me embarcara, ya
como docente, en muchas de esas maravillosas aventuras extraescolares (tan
buenas que algunas no las detallaría hoy sin consultar antes con un abogado).
La ilusión, la experiencia cultural y humana o el agradecimiento eterno de los
chicos bastaban para compensar los madrugones, el esfuerzo organizativo, las
noches en vela… Hoy, sin embargo, me lo pensaría cien veces antes de llevarlos
a ningún lado. No por ellos, sino por la fiscalización y desprotección legal
del docente que regala su trabajo y su tiempo en viajes que, para mí, casi han
dejado de valer la pena. La obsesión por la seguridad y la «integridad» de los
menores hace que, paradójicamente, se vuelva cada vez más difícil esa forma de
educación «integral»
que asociamos a las actividades fuera del aula. Se tiene un concepto tan
pervertido de lo que es la protección del menor – como si su «integridad» no fuera algo que aún tiene que construir (y aprender a cuidar) por sí mismo,
experimentando, corriendo riesgos, extraviándose, reinventándose – que
acabaremos por hacerles vulnerables a todo. Es extraño que a la vez que la
pedagogía y la retórica educativa insisten de mil maneras en el desarrollo de
la autonomía de niños y adolescentes, cada vez se les deja menos margen para
explorar el mundo por sí solos, fuera de las actividades programadas y del
control de padres, profesores, psicólogos, monitores y hasta microchips, como
si fueran perros.
Reflejo de una sociedad profundamente
infantilizada, sin más valores aparentes que los (propiamente infantiles) del
bienestar y la seguridad, los docentes hemos ido aceptando, además, un sinfín
de funciones policiales (vigilantes, administradores de datos, carceleros,
policías cibernéticos…) que nada tienen que ver con la educación. Esto no
quiere decir, ojo, que no haya que atender, cuidar y controlar; o que no haya
casos de negligencia profesional (a unos compañeros de un instituto aragonés se les juzga en estos días por ello); quiere
recordar, tan solo, que educar consiste fundamentalmente en acompañar a los
chicos en (y no en protegerlos de) ese difícil y peligroso rito de iniciación
en el que van librándose del caparazón de la inocencia y armándose de todo lo
que necesitan para afrontar el mundo de un modo pleno y consciente; y que esto
supone naturalmente un riesgo que, por mucho miedo que dé, no toca otra que
aceptar.
sábado, 11 de abril de 2026
¿Es la Virgen María una mujer empoderada?
Parece que no se dan cuenta de nada, pero
los niños tienen un finísimo olfato para detectar incoherencias y
contradicciones. Les desorienta que sus padres les digan justo lo contrario de
lo que hacen (que les exijan no mentir mientras ellos lo hacen, que les pidan
que compartan sus juguetes mientras ellos se reservan los «suyos», que les prohíban
usar el móvil mientras ellos no le quitan ojo…). Y les desconcierta también que
en la escuela les digan cosas contrapuestas sin mayor explicación.
Los ejemplos abundan. El otro día, en el
vestíbulo de un instituto, a los profes (supongo que de Religión Católica) no
se les ocurrió otra cosa que exhibir una colección de pasos de palio caseros
junto a los carteles reivindicativos del 8M. No sé qué pensarían los niños.
¿Representa la Virgen María a una mujer empoderada y defensora de la igualdad
de género? La iconografía mariana es fascinante (serpientes, lunas, puñales,
coronas…) y es posible que conserve algo de aquellas poderosas diosas-madre del
Neolítico, pero en el cristianismo guarda, en general, un papel secundario (no
así en muchas fiestas religiosas sureñas, en las que cobra a veces más
importancia que la del propio Cristo). No sé si sus profesores repararon en
esto, pero hubiera estado bien comentarlo un rato con los críos. Más que nada
para que vayan haciéndose a la idea del abigarrado y confuso mundo al que han
venido a caer, los pobres.
Tampoco sé cómo podríamos inculcar al
alumnado las más excelsas virtudes democráticas (respeto a los derechos
individuales, a las leyes, a la propiedad, a los argumentos, a la palabra
dada…), tal como se nos pide, mientras ven a diario a excelsos personajes,
modelos de éxito social, saltarse a la torera la ley, invadir y saquear lo que
se les antoja o ganar elecciones blandiendo una motosierra. Tampoco parece
fácil infundirles el amor por la naturaleza mientras en el aula de al lado se
trata de lo divertido que es usar a los animales como blanco (la Federación
Extremeña de Caza va regularmente a los colegios, con el beneplácito de la
Consejería de Educación, a promover el noble deporte de acorralar y disparar a
los animales). Ni es sencillo tampoco animar al alumnado a considerar con
objetividad los datos sobre la aportación de la inmigración al PIB o a la
Seguridad Social al tiempo que se les somete a campañas de desinformación en
las redes…
La pluralidad está muy bien, y es uno de
los rasgos de una sociedad avanzada y democrática, pero si todo el volumen de
creencias y datos contrapuestos no es proporcional a la formación intelectual y
la educación crítica y ética que reciben los chicos, se genera confusión,
pasividad y un estado de inopia ideológica que los convierte en víctimas de los
discursos más capciosos; aquellos que, socapa de una unidad y coherencia a
prueba de razones (el presunto «sentido
común»), esconden un ideario totalitario, reaccionario y excluyente.
Apreciar la pluralidad no supone asumir que todas las opciones sean igualmente
respetables. Y tener principios no es lo mismo que ser dogmático. Entre lo uno
y lo otro están la virtud de la razón y el diálogo. Cuenten lo que quieran a
los niños, pero enséñenles a la vez a pensar sin cuentos.
miércoles, 4 de marzo de 2026
"Extremestiza": una nueva materia escolar
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Hay cosas que me convencen y otras que no
en la nueva materia propuesta para 3º y 4º de ESO por la Consejería de
Educación. Se llama «Extremestiza: puente entre Extremadura y América», y de
ella me convencen, no el nombre, desde luego (que más parece de una feria de
muestras que de una disciplina académica), pero sí el propósito de promover el
patrimonio artístico y cultural de Extremadura (el que tiene que ver con
América, al menos), y el de explicar y valorar el mestizaje cultural, uno de
los aspectos por los que (frente a otros más sombríos) podemos decir que la
ocupación de los territorios americanos fue más interesante culturalmente y más
justificable moralmente (en cuanto a la moral religiosa vigente) que la
colonización anglosajona – todo ello sin ocultar ni mistificar que también se
trató de una despiadada guerra de conquista –.
Ahora bien, junto a esto hay varias cosas
que no me convencen de la materia. Lo primero es el enfoque extremadamente
especializado que se le ha dado: ¿por qué no una «Historia y Patrimonio de
Extremadura» en general, que incluya y contextualice la conquista y sus
consecuencias? ¡Hace falta más cultura general, especialmente entre los
jóvenes! Tampoco me agradan las referencias a la identidad extremeña. En esta
tierra nos hemos librado de la cerrazón nacionalista, la mitomanía por lo
propio, el folklore impostado y las imposiciones etnolingüísticas. Sigamos así.
Por suerte, la conquista de América no da para construir ninguna identidad
extremeña, ni por el cariz de sus hazañas (no siempre heroicas ni hermosas), ni
por su titularidad, que no fue estrictamente extremeña sino castellana, y en la
que participaron gentes de estas y de otras tantas tierras de la península.
Por otra parte, si queremos de verdad
favorecer lo mejor que plantea la materia (el diálogo intercultural y el
mestizaje) deberíamos planificar una estrategia educativa mucho más ambiciosa,
no limitada al encuentro con el mundo latinoamericano (mucho menos desde el
polémico escenario de la conquista), sino referida a todos los pueblos y
culturas que han contribuido – y siguen haciéndolo – a configurar lo que somos:
los pueblos arabizados que habitaron esta tierra durante siglos, el vecino
luso, los migrantes que llegan desde otras latitudes europeas…. ¿Por qué no
incluirlos en una materia más ampliamente dedicada al mestizaje y al diálogo
intercultural? Un diálogo desde el que construir– y esto sí que es importante –
una reflexión crítica sobre valores e instaurar una ética compartida.
Creo, en fin, que la intención de la
Administración hubiera quedado mejor materializada en un programa escolar de
intercambios y colaboración con centros americanos (con docentes de allá que
transmitieran su propia versión de la historia) y, tal vez, en algún retoque
curricular para reforzar transversalmente los elementos patrimoniales e
históricos de la relación con América, pero no en una nueva materia que, además
de sus defectos, mucho me temo que pueda generar más polémica que puentes.
(Sobre esto escribimos hoy en El Periódico Extremadura).
lunes, 2 de marzo de 2026
Entrevista sobre educación en El Periódico Extremadura.
Enlazo aquí la última entrevista que han tenido a bien hacerme los amigos de El Periódico Extremadura y otros medios del grupo Prensa Ibérica. Gracias a Guadalupe Moral por esas incisivas y más que pertinentes preguntas sobre educación. Hay que seguir dialogando sobre todos estos asuntos.
sábado, 21 de febrero de 2026
La IA, el burka y otras urgencias educativas
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura, el Diario de Ibiza, el periódico Información y el diario La Nueva España
Nuestras sociedades se enfrentan hoy a
una larga lista de retos o problemas que obligan a recalcular las prioridades
políticas. El agigantamiento de las desigualdades económicas, la crisis
climática, los conflictos geopolíticos, la tensión migratoria alimentada por la
ultraderecha o la debacle laboral que supone la generalización de la IA, exigen
respuestas urgentes y de gran calado, también en el ámbito educativo.
Una de ellas es despejar las dudas sobre
el uso o no de «pantallas» en el ámbito de la educación básica. La intensificación de los
aprendizajes vinculados a la competencia digital debería ser, en este sentido,
una prioridad absoluta. Por muchos que sean los riesgos, no podemos condenar a
las nuevas generaciones al ostracismo analógico (volver al lápiz y al libro de
texto, como piden algunos, no es una opción). Aunque, en atención a esos
riesgos, sí que podemos multiplicar la dimensión crítica y ética de la formación
tecnológica (tal como, de hecho, determina la ley vigente). Es igualmente
imperioso priorizar el desarrollo de aquellas capacidades en las que la IA no
puede sustituirnos y que van a seguir siendo demandadas por el mercado laboral
(la reflexión crítica, el análisis semántico y categorial de la información, el
juicio ponderado de valor, la determinación de fines y estrategias…).
Otra prioridad educativa ha de ser la
adecuada formación e integración de la población migrante que viene a trabajar
y vivir a nuestro país. Es la única manera efectiva de prevenir conflictos y de
dejar sin argumentos a los que viven del miedo a tenerlos. El dato recién
publicado por el Ministerio de Educación sobre el aumento del porcentaje de
abandono escolar del alumnado extranjero no es, en este sentido, nada
halagüeño. Ahora bien, una educación inclusiva de la población inmigrante no
puede limitarse a dotar a los centros de más medios y ha de comprometerse
seriamente con un verdadero proceso de integración, esto es: con un diálogo
desacomplejado que propicie la adopción crítica de valores y referentes comunes
básicos (algo que nada tiene que ver con las tradiciones patrias, sino con los ideales
que definen el espacio cultural europeo). No se trata, pues, de prohibir el
burka, sino de convencer a la gente (¡en eso consiste fundamentalmente educar!)
de que es mucho mejor no usarlo.
En cuanto a la desigualdad económica, la
crisis climática o la amenaza bélica, la reflexión y la prioridad (y la
prioridad de la reflexión) son las mismas: hay que formar urgente e
intensivamente al alumnado en capacidades analíticas, críticas y cívicas. La
escuela ya no es necesaria ni directamente un “ascensor” socioeconómico, ni un
medio de cohesión o progreso colectivo (hay escuelas de élite que disgregan, y
todos sabemos lo decisivo que es el entorno familiar para determinar el éxito
de un estudiante); pero la escuela sí que puede ser una verdadera fuerza de
integración y progreso si se prioriza en ella la formación de una ciudadanía
políticamente activa, habituada a pensar por sí misma, entrenada en el uso
crítico de la tecnología y consciente de la potencia civilizatoria de los
valores que representa. No atreverse a priorizar una educación analítica, ética
y política no adoctrinadora (pasada por el tamiz dialéctico de la filosofía) es
una apuesta segura por la reconversión definitiva de la educación formal,
especialmente la pública, en un proceso formativo marginal, laboralmente
estéril, promotor de guetos y, por defecto, completamente alienante.
miércoles, 11 de febrero de 2026
Civilizar las redes
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura y en el Diario de Ibiza
Vivimos en las redes. Una importante porción de nuestra vida personal, social o laboral ocurre allí. Internet no es una simple herramienta, ni un modo cualquiera de informarse o relacionarse. Hagan el recuento de la cantidad de cosas que nos hemos acostumbrado a hacer «on line» (informarnos, charlar, hacer gestiones, comprar, aprender, divertirnos, debatir, hacer amigos, convocar protestas…) y se darán cuenta de que Internet es hoy el mundo (un mundo de mundos). Y en esto hay poca vuelta atrás.
¿Será entonces razonable prohibir a los menores andar lo antes posible por ese «mundo»? No lo parece. Negar a un niño o niña preadolescente (no digamos a uno de quince o dieciséis años) que se asome a esas nuevas calles y plazas que son las redes supone retrasar inútil y peligrosamente su aprendizaje vital. Un aprendizaje que ha de ser progresivo, sin duda (nada de tirarlo de golpe a la piscina cuando cumpla dieciséis), y en el que ha de estar acompañado, orientado y protegido por su entorno, pero que ha de permitirle también perderse, experimentar, equivocarse, actuar con autonomía… Educar es cuidar de que alguien crezca libre y bien plantado en el mundo, no obsesionarse por diseñar una especie de «bonsái».
Por otra parte, que Internet sea un «nuevo mundo» quiere decir también que (como todo mundo que viene al mundo) toca otorgarle reglas. Internet no puede seguir siendo el salvaje oeste: una suerte de emporio anarcocapitalista sin más control que el de las leyes del mercado. En la medida en que las redes sociales han suplantado el espacio público han de ser tan legislables y supeditadas al interés común como aquel. Así que, más que prohibir el acceso a redes a niños y adolescentes (con las limitaciones debidas, tal como las que les ponemos cuando salen a la calle), de lo que se trata es de tener el coraje político para civilizar esas redes, enfrentando el poder de quienes se obstinan en no responsabilizarse de lo que han creado y en limitarse a seguir acumulando capital, información y poder.
En este sentido, que algunos gobiernos europeos (entre ellos el nuestro) presionen para imponer una regulación común más estricta a los gigantes tecnológicos que comercializan redes o buscadores (a la par que se promueven redes propias – incluso de carácter semipúblico, ¿por qué no? – y un software libre sobre el que implementarlas) será siempre una muy buena noticia. Las redes no son malas en sí mismas (multiplican nuestra vida social, abren vínculos imposibles sin ellas, facilitan el diálogo, fomentan la creatividad…); de lo que se trata es de exigir transparencia en su funcionamiento y obligar a reformular sus algoritmos para que promuevan la responsabilidad (eliminando el anonimato), el diálogo plural o el manejo ordenado de información verificable. Sé que las soluciones aparentemente simples y tajantes enardecen a la gente; pero prohibir no solo no es aquí una panacea, sino que ni siquiera es eficaz. Es mejor regular y educar. Esto último es imprescindible. La educación en el uso experto, activo, crítico, seguro y ético de Internet y sus redes ha de ser parte consustancial de la formación básica de niños y adolescentes. De hecho, este es uno de los objetivos explícitos de la ley educativa; aunque esta se tope hoy con la vieja tendencia a creer que prohibir una conducta ya naturalizada equivale a hacerla desaparecer más allá de nuestro limitado campo de visión.
jueves, 15 de enero de 2026
¿Qué va a hacer Vox con la educación?
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Vox anuncia que va a participar en el gobierno de Extremadura. Ya veremos. No sería extraño que sus condiciones fueran tales que volviera a quedarse fuera, salvando la cara y al partido de desgastes innecesarios antes de las generales (el encanto de un partido antisistema se desvanece en cuanto asume verdaderas tareas de gobierno).
Ahora bien, caso de que Abascal obligue a sus peones extremeños a gobernar, ¿cuál será su papel? Su participación en el gobierno anterior fue apenas simbólica, limitada a gestionar una consejería fantasma dedicada a los toros, la pesca y la caza. ¿Serán capaces de asumir consejerías de verdad, como las de agricultura, industria o educación (tres de las que han pedido)?
¿Qué pensarán hacer, por ejemplo, desde la de educación? Si leemos su programa político y obviamos las promesas habituales (más recursos…) o las medidas que no nos competen (como homogeneizar los currículos autonómicos), lo que queda se reduce básicamente a eliminar el presunto “adoctrinamiento” en las aulas. ¿Pero en qué habría de consistir tal cosa?
En el programa se anuncia, por ejemplo, que se «revisarán los currículos y libros de texto de historia, literatura y ciencia para eliminar manipulaciones ideológicas». ¿Pero que es una «manipulación ideológica»? Porque toda interpretación de la historia… es una interpretación cargada de ideas y valores; toda gran literatura es un ejercicio de crítica social; y toda ciencia, además de aportar datos rigurosos (por ejemplo, sobre el cambio climático), comprende también fines y valores. ¿Qué va a hacer Vox con todo esto? ¿Va a prohibir la historiografía crítica con el franquismo? ¿Va a impedir leer, que sé yo, “La Regenta”, por su retrato de la sociedad patriarcal? ¿Impedirá que se hable de la crisis climática en Geografía, o de la teoría de la evolución en Biología, como en los EE. UU. de Trump, ese gran aliado de Abascal? Por cierto, ¿cómo enseñaremos al alumnado los valores del patriotismo y la civilización al tiempo que aplaudimos que el amigo Trump se pase la legalidad internacional por el forro o amenace con invadir territorio soberano de Dinamarca? Por otra parte: ¿se prohibirá también el acceso a las escuelas de los activistas católicos que imparten la materia de Religión, o de los entusiastas propagandistas de las asociaciones pro-caza? ¿O es que de lo que va a tratarse es de cambiar un tipo de «manipulación ideológica» por otra?
Mal asunto este. Vox sabe de sobra que el cuerpo docente no se va a someter mansamente a ninguna otra medida de control del «adoctrinamiento» que no sea la de respetar la pluralidad ideológica del profesorado (rasgo esencial de la escuela pública, que no de la concertada) o la de promover el diálogo y la reflexión crítica sin censura alguna. Si, aun sabiendo esto, se empeñara en aplicar su programa en educación, quedaría claro que su objetivo no es otro que llevar la batalla cultural al seno mismo de la escuela. ¿Y no es esto mismo, la instrumentalización política de la educación, de lo que decía venir a salvarnos? Que no le estafen: Vox no es diferente; es lo mismo de siempre (más sesenta años de involución). Sobre esto escribimos hoy en
miércoles, 7 de enero de 2026
De nuevo sobre filosofía y educación: una entrevista en la radio pública de Murcia.
lunes, 29 de diciembre de 2025
Sobre educación y filosofía: una entrevista en El País
miércoles, 3 de diciembre de 2025
La IA y el fin de la escuela
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Confieso sin vergüenza no estar al día de todos los enredos digitales que utilizan los profesores. No tengo tiempo (ni ganas, la verdad) de embarcarme en la inacabable tarea de actualizar mis habilidades como cliente/promotor (sin sueldo) de las empresas tecnológicas que han colonizado (también) el mundo educativo. El tiempo que me ahorro lo ocupo en actualizar y ampliar mis siempre insuficientes conocimientos académicos y didácticos.
Pero ante la descontrolada penetración de la inteligencia artificial en las aulas, mi impericia cibernética clama ya al cielo (espero que este artículo no lo lea ningún inspector; o bueno sí, a ver qué pasa). Impericia y perplejidad al leer los trabajos – prosa exquisita, sorprendente erudición, conclusiones asombrosas - de alumnos que sin el «autotune» de la IA apenas son capaces de escribir o comprender un texto sencillo. Y desconcierto e impotencia al no poder atender como antes a la sagrada administración de calificaciones. ¿Cómo? ¡Si hasta en los exámenes utilizan ya micro artilugios propios de la CIA para resolver las preguntas con el «chatyipití»!
A servidor le encantaría aprovechar la circunstancia para rebelarse contra la obsesión evaluadora (eso que, siendo lo contrario, confunden algunos con la educación) y llamar a la confianza en el genuino (y desigual) interés por aprender del alumnado. Pero me temo que para tan platónica proclama ya no queda tiempo. El inmenso negocio que supone, no ya el acceso a la información sino, ahora también, la forma de generarla, se ha agarrado de tal forma al mundo educativo que no solo ha convertido a los docentes en fabricantes de datos (la evaluación es fundamentalmente eso), sino que amenaza la existencia misma de la escuela. No sé si lo verán mis ojos, pero mucho me temo que la escuela (especialmente la escuela pública) acabara sustituida por procedimientos de formación personal tutorizados por IA y suministrados a demanda por las propias empresas. El Estado (si aún existe) se ahorraría con ello un pastizal en maestros y profesores, pero perdería también su último prurito de poder (el de educar a la ciudadanía), y los ciudadanos el casi último espacio de socialización real, estable y no comercial que les quedaba. Quién sabe, tal vez bajo el gobierno de Google, Amazon y Microsoft nos vaya (y nos eduquen) mejor. Pregúntenle a la IA, a ver qué dice.
domingo, 16 de noviembre de 2025
La situación de la enseñanza de la filosofía en la educación no universitaria en España
A pocas jornadas de celebrarse el Día Mundial de la Filosofía (jueves 20 de noviembre) acaba de publicarse el libro Defensa de la enseñanza de la Filosofía: trayectorias en Iberoamérica (Universidad Pedagógica Nacional / Editorial Aula de Humanidades), en el que tengo el honor de contribuir con el capítulo dedicado a la situación de la enseñanza de la filosofía en España. Creo que se puede descargar ya el libro (en otro caso me aseguran que se podrá hacer en unos días).
miércoles, 12 de noviembre de 2025
Cultura general
Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura.
Desde adolescente tuve la extrema
necesidad de «tener una cultura». No ya por afán de destacar (que también), sino por la necesidad
de organizar ese tsunami de realidad que le viene a uno encima cuando sale de
la «caverna» de la infancia. Conocer la historia de nuestra especie, estudiar
las civilizaciones que nos precedieron, viajar por los mapas del atlas, leer a
los clásicos, entender lo que la ciencia dice del mundo, pelearse con los
libros de filosofía … Todo ello era un modo de defenderse de una existencia que
descubrías por vez primera como abrumadoramente incierta, dolorosa, compleja y
absurda. A más conocimiento – pensaba – menos incertidumbre, más prudencia para
afrontar las cosas, más capacidad para dotar de sentido a la vida, y más
caminos para ser bueno y feliz…
Pienso en todo esto cuando hablo con mis
alumnos y alumnas del último curso de Bachillerato, o con otros que ya han
comenzado en la universidad, y compruebo que muchos son incapaces de orientarse
históricamente, que la mayoría apenas conoce ni de nombre a los clásicos, que
de las ciencias solo parecen tener un conocimiento técnico o práctico (lo
necesario para aprobar exámenes), y que lo que para nosotros eran referentes
mínimos de una – hoy extinguida – «cultura general» (pintores,
músicos, pensadores, famosas obras de arte, lugares emblemáticos, épocas
decisivas…) son hoy para ellos signos indescifrables y carentes de interés. Tal
es así, que tengo la sensación de comenzar algunas clases como tras un
cataclismo, como si hubieran ardido de nuevo las grandes bibliotecas antiguas y
empezáramos a reconstruir la civilización otra vez…
Quizá lo único que pasa es que me estoy
haciendo viejo – pienso con alivio –, y que hay ahí un universo nuevo y fresco
de poderosos referentes culturales que yo soy ya incapaz de reconocer. Ojalá
sea así, me digo, y mis alumnos puedan usarlos para orientarse en este
torbellino de realidades múltiples, líquidas y desinformadas que nos circunda.
Pero mucho me temo que no; que los referentes que pueda proporcionar la cultura
contemporánea no son suficientes. La profunda desorientación vital y moral de
nuestros jóvenes (y no solo de ellos) no se resuelve con psicólogos, tendencias
efímeras y canciones pop, sino con competencias intelectuales y contenidos
culturales profundos y potentes. Sin ellos es imposible organizar y evaluar la
información, construir la propia identidad, dirigir la voluntad o gestionar las
emociones; sin ideas o referentes en común es inviable convivir
civilizadamente, dialogar seriamente sobre nada, formar una familia o
transformar el entorno. Mal que bien – y de manera elitista –, la educación se
ha encargado en los últimos siglos de transmitir esa «cultura general» a parte de la población. Pero hoy ni
sabe cómo enseñar esos referentes a la mayoría, ni
encuentra otros nuevos sobre los que construir una educación verdaderamente
innovadora. Los educadores seguimos empezando desde cero cada día, frente a la
mirada inquieta y perdida de adolescentes que aún no saben que no saben por
dónde empezar a agarrar el mundo.
miércoles, 29 de octubre de 2025
El acoso como institución escolar
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura y el Diario de Ibiza
El acoso escolar no es un fenómeno nuevo
ni aislado. Mucho antes de que existieran Internet y TikTok, a los chicos y
chicas se les acosaba brutalmente en la escuela y en la calle. Es más: a
algunos de esos niños y niñas a los que nos entretenía torturar (por ser
mariquitas, feos, gordos, empollones, tartamudos, extranjeros, pobres, debiluchos,
demasiado sensibles o excesivamente independientes) les continuaban
martirizando luego en el colegio mayor, durante el servicio militar, en el
trabajo o en las verbenas del pueblo.
Porque el acoso escolar no es más que una
forma particular de ese viejo y feroz mecanismo de cohesión social consistente
en linchar al que es distinto o no agacha lo suficiente la cabeza. Sacrificar
al otro, al diferente, al monstruo, a la bruja, al hereje sirve para
homogenizar y disciplinar al grupo, eliminando diferencias perturbadoras y
mostrando lo que le pasa al que no es – o no se somete – como los demás. Al
fin, nada nos une visceralmente más que fustigar, odiar y apalear juntos; eso y
el pánico atroz a convertirnos en la próxima víctima.
¿Tendría que estar la escuela libre de
este poderoso sistema de control social? Depende. Si la entendemos como mero
instrumento de reproducción del «statu quo», la respuesta es rotundamente
negativa, y la escuela ha de concebirse, ella misma, como un enorme mecanismo
de acoso escolar en que los maestros ningunean la voluntad de los niños a golpe
de disciplina cuartelera, humillando públicamente a los que no se ajustan a los
estándares académicos o sociales, mientras que los matones de clase hacen lo
propio con las normas mafiosas y no escritas que sostienen la estructura
social.
¿Puede la escuela ser algo distinto a una
institución diseñada para el acoso? Desde luego. Si en lugar de un instrumento
de reproducción de los valores imperantes (básicamente, los de la vida
entendida como un juego cruel de ganadores y perdedores para el que hay que
endurecerse y aprender a pelear, vencer y humillar a los demás) se convierte en
un medio de transformación colectiva que cambia la disciplina ciega, la
intimidación, la competitividad y la evaluación obsesiva, por el espíritu
crítico, la autonomía, la cooperación y la responsabilidad personal. En otro
caso, darán igual las charlas, los talleres, los protocolos y los psicólogos;
el acoso escolar seguirá siendo una manera más de imbuir en niños y niñas que
la vida es una jungla en la que hay que aprender a pisar para no ser pisados,
marginar para no ser marginado y hundir a otros en la miseria para triunfar y
ser el tipo poderoso que deberíamos aspirar a ser. Piensen en cómo funciona el
mundo, y en la pléyade de tiburones, piratas y matones que lo dirigen, y se
harán una idea cabal de la bestia acosadora y omnipresente que tenemos delante.
miércoles, 22 de octubre de 2025
La moral del corrupto
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura y el Diario de Ibiza.
Lo primero para entender el fenómeno de
la corrupción es dejar de relacionarlo con un supuesto estado de relajación o
debilidad moral. El «corrupto» es moralmente activo: se inspira en valores y
actúa, además, con no poco valor o coraje ético, en cuanto se arriesga a perder
su libertad y posición social por fidelidad a sus principios y objetivos. ¿Cabe
una conducta formalmente más virtuosa que esa?
Los valores del «corrupto» no son tampoco
los valores de una secta malévola que conspirara contra la sociedad, sino los
valores transmitidos por prácticas sociales, por personajes que lideran el
mundo y por gran parte de las representaciones, símbolos o imágenes que
consumimos cada día. Son los valores del éxito entendido como acumulación de
poder y riqueza; es el valor del bien privado (sea el propio, el de la familia,
el del partido, el de la empresa) sobre el bien común; es el valor de la
competencia y la lucha feroz frente a otros; es el valor de la astucia y el
oportunismo sin escrúpulos como medios para conseguir lo que te propones… Que
todos estos valores, exhibidos por líderes, empresarios o artistas que la gente
admira, sean contrarios a los que declama la retórica política (la igualdad, el
servicio a la sociedad, la cooperación, la honestidad, etc.) no es culpa de los
«corruptos». Y qué ellos se aprovechen de esta enorme hipocresía (para mejor
lograr y legitimar sus objetivos) no es tampoco inmoral, sino algo plenamente
consecuente con sus valores.
Una vez admitido que lo que llamamos
«corrupción» política es un hecho moral, y suponiendo que realmente queramos
erradicarla (no solo en los políticos sino en el resto de la ciudadanía), lo
único que cabría hacer es combatirla con una moral mejor. Ahora bien:
¿realmente la hay? ¿Son objetivamente mejores los ideales del humanismo
ilustrado que los del mercado global? ¿Por qué deberíamos anteponer la
cooperación a la competencia? ¿Es verdaderamente mejor ser honestos que ser
astutos y mentir y actuar según convenga? ¿Por qué es preferible «servir a los
demás» que «servirse de ellos»?
Leí hace poco a un filósofo defender que
el problema de los «corruptos» era su incapacidad para entender el altruismo
como un rasgo específicamente humano, y al que, por eso mismo, debemos
reverencia moral. ¿Pero por qué no entender también al capitalismo, o a la
capacidad para engañar, explotar o dominar sistemáticamente a otros, como
rasgos específicamente humanos y (por ello) moralmente admirables?...
Desengáñense: no hay otro camino que el de ser honestos (al menos, con nosotros
mismos) y buscar argumentos que demuestren que, pese a todo, es mejor no ser un
corrupto que serlo. Hagan la prueba. No es en absoluto fácil.
miércoles, 3 de septiembre de 2025
Porque lo digo yo
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
No hay mayor exhibición de poder que
crear la realidad a golpe de palabras. Es lo que hacen dioses, literatos,
filósofos o… políticos. En el caso de los más tiranuelos (o en trance de
deificación) las palabras pueden ser especialmente inverosímiles (piensen en
las barbaridades y mentiras descaradas de Trump e imitadores). Pero no pasa
nada, pues los objetivos de la mentira mayestática son acrecentar el propio
poder («mi palabra es la ley», cantaba Vicente
Fernández) y promover la conformidad o fe ciega de
súbditos y creyentes («Credo quia
absurdum», decían los
teólogos más fideístas).
En un artículo reciente, el filósofo
Daniel Innerarity reflexionaba en cómo este uso político de la mentira conculca
la idea de que vivamos en la era de la «posverdad»: sin una
firme creencia en la verdad – dice – no cabría el respeto supersticioso por el
que se la salta con total impunidad (ni otros fenómenos concomitantes como el
de la polarización política). Yo añadiría que más que una negación de la
verdad, lo que prolifera en nuestra (nada original) época es la subordinación
de la verdad al poder: la verdad existe, pero se mide por su utilidad para
lograr conformidad, apoyos, victorias bélicas o logros personales.
Para combatir o equilibrar este
pragmatismo (que, llevado al extremo, amenaza a toda democracia que se precie)
se suele invocar a la educación, al diálogo y a la educación en el diálogo. Son
ideas razonables, pues un verdadero diálogo (y una verdadera educación) antepondrá
siempre la verdad al poder o, si quieren, no aceptará más poder que el de la
verdad (en tanto y cuanto se manifieste así para quienes participan de él).
Ahora bien, que la idea sea razonable no quiere decir que sea fácil de poner en
práctica.
Por lo mismo que el diálogo desmonta toda
exhibición o voluntad de poder, no puede darse allí donde se imponen el poder o
el deseo de este. Por ello es difícil que el diálogo crezca en entornos
públicos (parlamentos, redes sociales…) en los que la prioridad es la pura
confrontación por el poder (incluyendo el poder personal), o en otros que
parecen haberse contagiado de esta concepción pragmática de la verdad.
¿Qué hacer entonces? Para promover un
diálogo honesto que priorice la verdad sobre el poder hay que cultivar
primeramente ciertas virtudes públicas, como la humildad (el diálogo no es una
confrontación de egos…), la cooperación (… ni un torneo retórico), el rechazo a
toda violencia (… ni una negociación), el pluralismo (… ni un monólogo
camuflado), la empatía (…ni un diálogo de sordos) o una cierta «generosidad hermenéutica» (… ni el gozoso linchamiento del argumento del otro convertido en
hombre de paja). Pero además de estas virtudes, hay que exigir también un
mínimo de rigor epistémico, y esto nos devuelve al principio. El «es así “porque” lo
percibo, siento o digo yo» (en lugar del «es así “como” lo percibo, siento o digo yo
antes de que contrastemos datos y razones») no es solo una exhibición de poder
que impide toda dialéctica, sino, peor aún, una exhibición de casi la peor
mentira democrática que podamos concebir: aquella que pretende hacer pasar por
diálogo libre lo que no es sino una alienante exhibición de poder
individual – a imagen y semejanza del que teatraliza el tirano para demostrar
que lo es –.









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