Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura
La tecnología al servicio del fraude
académico se ha vuelto tan compleja que profesores y alumnos empezamos a
parecer agentes secretos. Imaginen estudiantes que durante los exámenes musitan
palabras en clave a la medalla que llevan al cuello, toman microfotografías con
el bolígrafo o reciben mensajes a través del nano pinganillo que llevan en el
oído. Junto a ellos, visualicen profesores armados con sofisticados detectores
de frecuencia haciendo barridos y escaneando a todo el que resulta sospechoso.
No es una película de espías, sino el escenario de un aula cualquiera… ¡Y no
solo del futuro! De la entrañable chuleta hemos pasado ya al collar inductor,
la cámara oculta en el ojal, el pinganillo magnético, las gafas inteligentes…
Y cuidado, que estos nuevos métodos de
hacer trampas no solo sabotean los métodos tradicionales de evaluación, sino el
propio proceso de enseñanza, por innovador que este sea. Todavía con las viejas
chuletas se aprendía a estructurar y sintetizar contenidos; pero abusar de máquinas
que seleccionan y organizan por si mismas la información, responden y plantean
preguntas, buscan opiniones y argumentos, comparan, traducen, sugieren y
resuelven problemas… es algo que atrofia nuestras capacidades intelectivas y convierte
el aprendizaje en un puro simulacro. Es cierto que esto ya pasaba – en cierta
medida – con los profesores que se limitaban a dictar lecciones o con los
libros de texto que te lo daban todo hecho, pero la mala educación que
proporciona la IA (contagiando al alumnado de su propio remedo de inteligencia)
es tan perniciosa que no sirve ni para promover la memoria. La IA solo
beneficia a quienes son ya capaces de escribir, argumentar, analizar, comparar,
traducir o cuestionarse las cosas por sí mismos; ellos sí pueden utilizar la
máquina para sortear tareas burocráticas o para poner a prueba su propio
trabajo. Pero ¿cuántos alumnos – incluyendo a los universitarios – están en esa
situación?
¿Y qué hacer ahora? Convertir a los
profesores en ciber-policías armados de escáneres o expertos en programas y
contraprogramas de detección no soluciona gran cosa. No solo porque los
docentes no den más de si (recuerden que, además de expertos en tal o cual
materia, ejercemos también de pedagogos, trabajadores sociales, psicólogos,
enfermeros, animadores culturales, creadores digitales, educadores cívicos,
hablantes bilingües, cuidadores, porteros, administrativos…), sino porque, como
decíamos, la cuestión va mucho más allá de hacer trampas en exámenes o
trabajos. ¿Entonces? En cuanto a la evaluación sería imprescindible apostar por
una verdadera evaluación continua, más presencial, más individualizada, más
interactiva (para todo lo cual se necesitaría una bajada drástica de ratios); y
en cuanto al aprendizaje, la generalización de enfoques didácticos más
motivadores, en los que se haga palpable el vínculo entre el desarrollo
personal y las competencias intelectuales: el alumno debe tener claro que no se
llega a ser una persona (en ningún sentido interesante de la palabra persona)
permitiendo que una máquina piense por ti…
A ver si las administraciones educativas están a la altura, aunque sea
pidiéndole a la IA que les sople alguna solución.

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