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jueves, 1 de enero de 2026

Sueños húmedos

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Como saben, hoy toca vencer la angustia apocalíptica y celebrar el año nuevo. Y para eso no basta con comer como cosacos o consumir como gringos, hay que inventarse también un decálogo de propósitos. Propósitos que, dado el cariz que va tomando la cosa, es difícil que no suenen a burla o sarcasmo. Pese a ello, y aun a riesgo de provocar la risa, voy a confesarles algunos de mis sueños lúcidos, o húmedos, como prefieran. Son particulares, claro, y tal vez a alguno le parezcan pesadillas, pero por si les inspiran (aunque sea simplemente sueño) ahí va una tímida selección. 

Sueño que en el año que se viene se quintuplican los impuestos a los fondos buitre, los bancos se acuerdan de cuando los rescatamos del fondo perdido de su codicia, y bombardeamos (avisando con un intervalo poco mayor que el de los israelíes en Gaza) todos los paraísos fiscales de la Tierra. Fantaseo también con que, gracias a las tasas por transacciones financieras y a la fiscalidad aplicada a las «Big Tech», la Agenda 2030 acaba quedándose tan corta que hay que ampliarla para convertir en ODS la pervivencia de los pequeños agricultores y ganaderos que votan a Vox. Me excito también – a qué negarlo – pensando que las eléctricas construyen megaplantas fotovoltaicas en las fincas de sus consejeros, que a los cazadores no se les levantan las escopetas, y que se imponen aranceles (que acojonarían a Trump) a países a los que los DD. HH. les suenan a chino mandarín.

Elucubro lúbricamente que el año próximo, en un arranque de locura, las administraciones educativas se ponen de acuerdo, bajan a la mitad las ratios escolares, deciden formar (pagar y exigir) a los docentes como a cirujanos o astronautas, y se comprometen por ley a dejar en paz la ley durante los próximos diez años. Ah, y el más excitante de mis delirios: aquel en el que, sabiamente asesorados y por riguroso turno, veo gobernar (en lugar de quejarse) a los propios ciudadanos, a los partidos políticos convertidos en asociaciones de barrio, y a Trump y Putin buscándose la vida en algún «reality» de la televisión groenlandesa o ucraniana…

Igual estoy abusando, pero no dejo de alucinar soñando que, mañana mismo, las personas cambiamos el narcisismo feroz por la modestia socrática, el exhibicionismo por la vergüenza, la autoestima por la altitud de miras, el tener por el dar la razón, la resiliencia por la rebeldía, y el coaching, el mindfulness y los cuencos tibetanos por pasar la tarde con los amigos.

No sé qué más hace falta. Que los machotes existan solo en el zoológico; que los que juzgan sean juzgados por su yo más joven; que Rosalía abra un convento; que alguna vez sean las pateras las que rescaten a los veleros; y que el anuncio del calvo de la lotería lo hagan el año que viene en Villamanín. No se me ocurre más. Feliz noche y que ustedes lo sueñen bien.

martes, 23 de diciembre de 2025

De navidades y solsticios


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico de Extremadura.


Entre mis amigos ya no se estila el “feliz Navidad”, ni el neutro “felices fiestas”; ahora lo que mola es el “feliz solsticio”. Te lo sueltan así, con un poco de sorna y provocación adolescente, y un mucho de la seriedad que aureola al ateo cuando condesciende a desengañar a los pobres creyentes – y ya que condesciende, a compartir la fiesta con ellos, porque mis amigos del “feliz solsticio”, aun refunfuñando, celebran las navidades como todo cristo – . 

Pero vamos a lo del “feliz solsticio”, que es lo más entretenido de todo. ¿Qué pretenderán celebrar mis amigos ateos cuando celebran el solsticio de invierno? Digo yo que no celebran que la Tierra siga en su órbita, y que, por eso, haya más o menos luz solar en determinadas partes de la superficie del planeta (todo lo cual, así contado, da para algún documental, pero no para dos semanas de jolgorio). Tampoco creo que se refieran a lo que se celebra popularmente como solsticio de invierno en todas partes del mundo (y que tanto tiene que ver con el rito cristiano de la Natividad): el renacimiento de la Luz y la Vida en su batalla anual con las Tinieblas de la Muerte, etc., etc. (todo lo cual, dicho así, suena demasiado a mitología y religión). Así que, por eliminación, supongo que lo que mis solsticiales amigos celebran es que el mundo obedezca unas ciertas leyes astronómicas que regulan su comportamiento y nos libran, así, del caos y la extinción. Esto es – al menos – lo más científico y menos religioso que se me ocurre que podrían celebrar. Cierto que esto lo podrían hacer en cualquier otro momento del año (pues en todos rige el mismo conjunto de leyes astronómicas), pero igual, por deferencia a nosotros, lo festejan especialmente en Navidad. Vete tú a saber. 

En cualquier caso, los ateos del solsticio tiene razones de sobra para celebrar que el mundo esté regido por las leyes que descubre la ciencia. ¡Vaya si lo están! ¿Habrá algo más grande y extraordinario que estas leyes? Dense cuenta. En primer lugar, las leyes científicas no cambian (¡ni aún las propias leyes del cambio cambian!); son eternas, como los vampiros. En segundo lugar, no ocupan espacio (¡ni siquiera las de la geometría!), por lo que son incorpóreas, como los fantasmas. En tercer lugar, determinan y permiten predecir los sucesos (¡hasta los que ocurren en el cerebro de los sabiondos que las descubren!), así que son omnipotentes – o casi – , y preexisten a todo lo que pasa. ¡No es, pues, para adorarlas como a un Dios – aunque sea con toda la razón – !

De otro lado, piensen ustedes en lo que es un solsticio. El recomenzar de un ciclo, la repetición de lo mismo, la renovación de lo que, aparentemente, murió de viejo. ¿No reconocen en todo esto algo? Recapaciten: si algo es regular es porque se repite, y si se repite es porque, en algo, no cambia. Y lo que no cambia, lo que siempre está igual, está necesariamente fuera del tiempo. ¡Esto celebra el solsticio: el triunfo anual sobre los años, el recuerdo de que no todo se lo lleva el tiempo! O la certeza de que el tiempo, tal vez, no se lleva nada. Porque a ver. Piensen ustedes en ustedes. ¿Podrían ser quienes son si no se repitieran un poco como los ajos o los solsticios? Pues eso que se repite en ustedes -su «identidad» o «esencia» dicen los filósofos- no puede ser puro tiempo. Si lo fuera jamás podrían decir aquello tan divino de «yo soy el que soy» (sin que el primer «soy» se pudriese enseguida en un «era»), y si no pudieran decir siquiera eso, no podrían decir nada de nada. 

Lo siento (y a la vez me alegro) por mis amigos ateos. Pero lo que el solsticio y la Navidad celebran son idéntica cosa: el milagro de que aquí en la Tierra, donde todo parece tiempo y cambio, logremos bañarnos dos veces en el mismo río. Esta maravillosa conmensurabilidad entre lo eterno y divino del ser y de las leyes, y lo fugaz y aparente de las cosas, es lo que nos recuerdan el dios (el "logos", según el Evangelio) que se hace carne y las leyes que se hacen mundo. Bienvenida sean, pues, como cada Navidad y cada solsticio, la luz y la verdad a esta pobre caverna que somos. ¡Y ustedes que las disfruten!


Desarmar el belén

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura y en el Diario de Ibiza.


 El próximo 25 de diciembre (según la adaptación gregoriana del calendario latino, inspirado en el año solar egipcio y la división babilónica de horas y semanas) celebraremos la venida al mundo de Jesús, el Hijo de Dios para los cristianos. Ya saben, ese señor que por influencia irania nos imaginamos barbado y melenudo, y cuya vida y milagros tanto se parecen a los de una decena de dioses paganos. Tanto es así que se le hizo nacer el 25 de diciembre para que su natalicio coincidiera con los ritos solsticiales de la competencia. El resto, como suele decirse, es historia. Una historia creada a base de cosmopolitismo paulino, filosofía neoplatónica, estoicismo romano y el trabajo de un «think tank» de judíos helenizados emperrados en darle forma doctrinaria a las leyendas sobre el mesías de Galilea…

Pues bien, no pierdan comba, porque a todo este fabuloso invento del Belén y la Nochebuena vamos a sumarle, durante los próximos días, las reuniones en torno al «árbol de navidad» (rito importado del mundo anglosajón, como Halloween o el Black Friday), los atracones de turrón de Jijona (legado por los árabes), o el jugar compulsivamente a la lotería (invento de los mismos chinos en cuyos bazares nos proveemos hoy de todos los perifollos navideños). 

Por si esto fuera poco, tras la horterada televisiva del Año Nuevo y el correspondiente y afrancesado cotillón, nos dedicaremos a esperar que tres reyes magos orientales (uno blanco, otro asiático y otro africano, según la tradición medieval; aunque en América sumaron uno inca) nos cubran de regalos comprados en Amazon. Eso si antes no nos ha visitado también Papa Noel (o Santa Claus), un obispo griego nacido en Turquía, posteriormente ascendido a dios vikingo, al que los norteamericanos convirtieron en icono popular a finales del XIX.

No sé si me estoy explicando, pero miren que no hay una sola tradición humana (navideña o no) que no sea fruto del mestizaje cultural. ¡Y que tras todo esto que cuento (en esta hermosa lengua nacida del latín y bellamente contaminada, como todas, por cientos de lenguas más) vengan los de Vox a salvar las tradiciones patrias de la influencia extranjera – especialmente de la de sus abuelos los moros –! Es para mear y no echar gota. O lo sería si no fuera porque sus proclamas de barra de bar se parecen demasiado a la demagogia incendiaria responsable de deportaciones, pogromos, matanzas y genocidios por todo lo ancho y largo del planeta. Piensen en ello, por favor, antes de reírles las gracias en las urnas.

miércoles, 3 de enero de 2024

La suprema virtud de procrastinar

 

Foto de Mo Eid

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

¿Es bueno obsesionarse con los planes y propósitos de año nuevo? Por supuesto. Hacer planes tiene muchísimas ventajas. Es útil para fingir que controlas tu vida, para soñar, para entretener el amor, para gozar con los amigos y, sobre todo, para no hacer otra cosa que esa. Hacer planes es algo tan insuperablemente bueno que, de hecho, anula cualquier otra posibilidad de acción. 

Que planear sea un bien insuperable es algo que todo el mundo sabe. Por mucho y bueno que sea lo que hagamos, siempre podemos soñar o planear algo mejor. Nuestra capacidad de imaginar es infinita; nuestras fuerzas, no. Entonces, ¿para qué matarse intentando llevar a cabo lo que nos proponemos?  ¿No es mejor pasarse el día concibiendo y compartiendo ensueños? ¿Quién quiere ser una alienada hormiga amontonando logros en lugar de la cigarra que los inspira? Los humanos, como decía el poeta, estamos hecho de la materia de los sueños.

Que los seres humanos somos más cigarras que hormigas está claro. Nos define lo que hacemos con la cabeza, no con las manos. Para esto último (y para la parte mecánica de lo primero) ya están las máquinas. De ahí el lógico desprecio a los oficios menestrales y mecánicos que nos deshumanizan, y el gusto por la especulación y el vagabundeo mental. En esto, los católicos latinos siempre tuvimos la razón frente el sombrío culto al trabajo de los protestantes anglosajones. Y que estos hayan impuesto su diabólico mundo de hormigas, consagrado a los peores vicios (esa obsesión por explotar, producir, acumular…), no desdice la superioridad moral de nuestros hidalgos, filósofos y santos, dados al ocio, la contemplación y a una saludable pobreza (que no miseria) material.  

Deshágase, pues, la idea de que procrastinar es un vicio. Lo será para algunos bárbaros. Aquí lo reconocemos como una virtud. Y de las mayores. El ser humano se realiza procrastinando, esto es: deseando, proyectando, imaginando y pensando, sin nunca pasar de ahí… Más que nada porque no hay «a donde pasar». Toda realización de lo planeado es por fuerza dolorosa, decepcionante, mortal e inútil. Ya lo decía Oscar Wilde: «cuando los dioses quieren castigar a los hombres les conceden sus deseos».

Un viejo cuento pitagórico afirmaba que de los tres tipos de personas que van a un estadio, solo el espectador hace lo que no puede hacer ningún otro animal: contemplar ociosa y libremente el mundo. El resto – el comerciante, el atleta – no hace más que someterse a la ley natural del interés y el músculo (y que nuestra sociedad idolatre hoy a comerciantes y deportistas ofrece la medida justa del desastre). Es por ello por lo que grandes artistas y pensadores se han dedicado «solo» a idear y teorizar con mayúsculas. ¿Para qué más? (ya vendrían discípulos y escolásticos a hacer lo más minúsculo y degradante). Incluso el protestante Kant reconoció que la libertad y perfección de los humanos solo podían darse en el ámbito etéreo de los fines, y no en el de las acciones mundanas, fatalmente determinado por las leyes físicas.

Así que ya saben: no se dejen tentar por la conformista y mortal tentación del hacer. No hay caricias, versos, amores ni mundos que puedan superar a los que albergamos en nuestra calenturienta sesera. Ni placer más excelso que compartir delirios. Recuerden cuántos castillos en el aire (negocios, viajes, proyectos, teorías salvadoras del mundo…) hemos edificado con amigos y amantes, gozando de cada pieza, y sin necesidad de exponerse al fracaso, contraer deudas, pagar comisiones morales o dejar muertos en las cunetas.

No hay peor pecado que lo que los pobres de espíritu llaman «acción» (y que no es más que triste pasión del alma sometida a lo que ni le va ni le viene). Tenemos el mundo podrido de tanto botarate hiperactivo no dejando infinitamente para mañana lo que se siente torpemente impelido a hacer cuanto antes, sin realmente hacer ni aprender nada. El verdadero sabio aprende de la reflexión, no de la acción (solo el más burro tiene que dejarse caer para descubrir la fuerza de la gravedad). Mientras que el paladín del hacer cosas pierde el tiempo, el que procrastina lo hace. «Hacer tiempo», y no ocuparlo vana y angustiosamente; esa es la clave de una vida buena y feliz.

Dicho todo lo cual, y frente a la legión de bandarras que ofrecen cursos para no procrastinar, propongo hacer de la procrastinación (palabra horrible cuya pronunciación dan ganas de aplazar sine die) una suerte de nuevo culto. Lo llamaría «dejadismo» (o algo así), y sería un término medio entre el «hacer todo lo que deseas» del protestantismo triunfante, y el «hacer por no desear nada» del budismo alternativo; su principal y único mandamiento sería este: «limítate a desear». ¿Os parece esto poco? Pues es lo mejor que tenemos. Así que, ya saben: a soñar los mejores planes para este 2024. Con el firme propósito de no cumplirlos.

domingo, 31 de diciembre de 2023

En un abrir y cerrar de ojos

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura

Me acorde del famoso cuadro de Juan de Valdés Leal, In ictu oculi, mirando un cementerio por la ventanilla del tren. Contemplar aquel lejano y solitario camposanto a través de los furiosos parpadeos de un AVE a trescientos por hora, daba qué pensar (sobre todo a un extremeño acostumbrado al Talgo); pensar en las cosas de este mundo traidor, y en cuán fácilmente se emborronan ante el horizonte de la muerte, el final del juego, el reverso absoluto de todo... No hay tren que no conduzca a esa última estación.

Meditar sobre el fin, como aconsejan místicos y sabios, disuelve vanas preocupaciones, pero nos inunda, a cambio, de una tétrica melancolía. En poco tiempo – pensaba – se apagará la vela de este año sombrío. Como se apaga la luz en la mirada de los niños diariamente sacrificados por el nuevo Herodes-Netanyahu, o en la de los migrantes que se ahogan sin un adiós en el foso de nuestros encastillados paraísos, o en la de tantas mujeres asesinadas o amortajadas en vida en Irán, Afganistán y medio mundo … Luz a extinguir como la esperanza de los que yacen sin remedio en ese infierno sin fechas, trenes ni encuentros que son la guerra, la miseria, la ausencia irreparable, la soledad, la explotación, el abuso…

Cavilaba también en cómo pasa fugazmente todo, menos la muerte (y algunas deudas): contratos laborales, sueldos, amigos, amores, gustos y géneros. Y eso por no hablar de la palabra de los políticos, el barniz democrático de algunos, o la unidad de la izquierda fetén, verdadero paradigma del «tempus fugit». También en como las certezas se disuelven, de boca en boca, en ese patio de vecinos global y virtual que son las redes. O en cómo la inteligencia humana es desbordada por la de sus hijos de silicio. O incluso en cómo este planeta nuestro, acabose de todo aparente pasar, parece condenado a pasar página por la insostenible codicia de unos y de otros…

Sin embargo, pese a tanto pesar y pasar, hay algo – seguía pensando – que se nos debiera haber quedado, vivo y fijo, en el recuento de traviesas de este ardoroso y traqueteante año. A saber: que todo lo que creíamos ilusoriamente seguro (una relativa paz, unas democracias asentadas, la lucha por los derechos humanos, la alerta ante el desastre ecológico y climático…) no lo es ni por el forro. Y que si no queremos descarrilar prematuramente, debemos anclar nuestros más locos y optimistas deseos a algo más fuerte que la vida, tan fugaz y veleta ella. Los artistas y teólogos barrocos señalaban a una justicia eterna y trascendente; la modernidad ilustrada eligió otro tipo de justicia, más inmanente y política, aunque también trascendente (al menos a naciones y mercados): la de un proyecto cosmopolita fundado en derechos y valores universales. Ahora bien: llegar a esa estación implica reconducir un tren que, si nos dormimos, puede llevarnos in ictu oculi – ya saben la cantidad de Trumps, Mileis, Pútines y otros locos ególatras que andan sueltos – al lugar de nuestras peores pesadillas. ¿Seremos capaces de mantener los ojos abiertos?

miércoles, 27 de diciembre de 2023

Una de ética navideña

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura y en El Periódico de España

La Navidad no solo es tiempo de cenas y regalos familiares, sino también de benevolencia hacia el prójimo. Toda la estética y la retórica navideña insiste en ese acostumbrado mensaje de fraternidad entre los seres humanos. Ahora bien, ¿puede este mensaje ser algo más que simple retórica? ¿Tenemos alguna razón de peso para comportarnos fraternalmente con los demás? ¿Es cosa de «razones» esto de ser bueno, o es más bien una cuestión emotiva o de pura fe religiosa? ¿Qué podría convertir el sentimental ramalazo navideño de solidaridad universal en principio rector de nuestra conducta?

Es fácil empezar a responder a esto último. Para ser fraternalmente bueno de verdad – y todo el año – solo hace falta tener el deseo sincero de valorar y tratar a los demás como a nosotros mismos. Ahora bien – y aquí empiezan los problemas—, ¿qué pasa si no albergamos per se ese deseo? ¿Por qué habríamos de desear desearlo? ¿Qué nos debería importar a nosotros lo que importe a otros?...

Podemos soñar con que los humanos tengamos una cierta inclinación natural a considerar el interés de los demás con similar cuidado y comprensión que el nuestro, pero esta presunta empatía universal es puesta constantemente en duda por los hechos. Hechos que muestran que la mayoría de las personas, y salvo que pertenezca a su círculo más próximo, solo sienten una empatía fugaz y superficial por la suerte de su prójimo; prójimo del cual no tienen empacho alguno en aprovecharse si con ello ganan algo para sí y «los suyos». ¿Hace falta que demos ejemplos?

Otra respuesta más alambicada (por paradójica) es la que supone que tras el deseo de interesarse realmente por los demás hay una suerte de cálculo egoísta: «si soy genuinamente bueno con otros, ellos también lo serán conmigo». Pero, de nuevo, no parece que esta «ley del egoísmo inteligente» pueda tener rango universal. Tal vez si respeto a mis iguales más cercanos (a mis vecinos, por ejemplo) haya más probabilidades de que ellos me respeten a mí. ¿Pero qué pasa si en vez de «mis vecinos» hablamos de «mis súbditos» o de «mis trabajadores»? La mayoría de los tiranos mueren de viejos. Y es harto improbable que la relación entre patronos y obreros cambie de tal modo que sean estos los que puedan explotar a aquellos. Piensen, por ejemplo, en los niños o mujeres que exprimimos en África o Asia para gozar de productos baratos aquí. ¿Creen que tendría sentido ser buenos con ellos «para que ellos también lo sean algún día con nosotros»? 

Tampoco el recurso a las leyes o acuerdos normativos nos libra del problema. La ley por sí misma, desprovista de otros argumentos, no es más que retórica y coacción. Pero la capacidad humana de coacción es limitada. ¿Por qué íbamos a respetar las leyes cuando nadie nos viera, o cuando pudiéramos corromper al juez? Tampoco los acuerdos o consensos sirven de mucho si no hay una voluntad y una convicción firme que los sustente. Ahí tienen las resoluciones de la ONU u otros acuerdos internacionales, convertidos en papel mojado en cuanto dejan de interesar a unos u otros.

Por supuesto, tenemos también a la religión. Las religiones procuran una retórica mucho más poderosa que la política y una coacción ilimitada (Dios lo ve todo, así que no hay escapatoria al que incumple su ley). El problema es que hay que creerse el cuento; y que gran parte de él ocurre en un ámbito trascendente, que es donde realmente cabría una solidaridad y una justicia real.

¿Entonces? Si ni las emociones, ni la utilidad, ni la ley (tampoco la de Dios) ofrecen motivos suficientes, ¿por qué habríamos de comportarnos fraternalmente con el prójimo?... A esta pregunta, la ética puede proporcionar una visión que, sin dejar de ser crítica, recoja, a través de una criba racional, «lo mejor de cada casa». Así, se podría llegar a reconocer que hay un cierto afán natural (aunque insuficiente) por empatizar y cooperar con los demás; que comportarse bien con los de tu especie es bastante útil (aunque no en un sentido estrecho de utilidad); que la conducta moral es intrínsecamente normativa (aunque no solo eso); y que la alusión a lo trascendente acaso sea inevitable (aunque no bajo el lenguaje mítico de la religión) …

Tal vez – y recogiendo todo lo anterior – la clave para ser bueno con el prójimo esté en incluir entre nuestros intereses personales el de habitar un mundo coherente y armonioso, en el que a seres reconocidos como iguales les correspondan propiedades y derechos iguales, y en el que el conjunto de nuestras acciones, tanto en presente como a lo largo del tiempo, adquieran sentido en orden a un marco mayor que trascienda y dote a nuestra particular existencia de valor, belleza y verdad universal… No es fácil, pero sin entender algo como esto la posibilidad de que la retórica navideña nos salve de nuestra discapacidad moral es poco más o menos la misma que la de que nos toque el gordo de la lotería.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Navidades y solsticios


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico de Extremadura.


Entre mis amigos ya no se estila el “feliz Navidad”, ni el neutro “felices fiestas”; ahora lo que mola es el “feliz solsticio”. Te lo sueltan así, con un poco de sorna y provocación adolescente, y un mucho de la seriedad que aureola al ateo cuando condesciende a desengañar a los pobres creyentes – y ya que condesciende, a compartir la fiesta con ellos, porque mis amigos del “feliz solsticio”, aun refunfuñando, celebran las navidades como todo cristo – . 

Pero vamos a lo del “feliz solsticio”, que es lo más entretenido de todo. ¿Qué pretenderán celebrar mis amigos ateos cuando celebran el solsticio de invierno? Digo yo que no celebran que la Tierra siga en su órbita, y que, por eso, haya más o menos luz solar en determinadas partes de la superficie del planeta (todo lo cual, así contado, da para algún documental, pero no para dos semanas de jolgorio). Tampoco creo que se refieran a lo que se celebra popularmente como solsticio de invierno en todas partes del mundo (y que tanto tiene que ver con el rito cristiano de la Natividad): el renacimiento de la Luz y la Vida en su batalla anual con las Tinieblas de la Muerte, etc., etc. (todo lo cual, dicho así, suena demasiado a mitología y religión). Así que, por eliminación, supongo que lo que mis solsticiales amigos celebran es que el mundo obedezca unas ciertas leyes astronómicas que regulan su comportamiento y nos libran, así, del caos y la extinción. Esto es – al menos – lo más científico y menos religioso que se me ocurre que podrían celebrar. Cierto que esto lo podrían hacer en cualquier otro momento del año (pues en todos rige el mismo conjunto de leyes astronómicas), pero igual, por deferencia a nosotros, lo festejan especialmente en Navidad. Vete tú a saber. 

En cualquier caso, los ateos del solsticio tiene razones de sobra para celebrar que el mundo esté regido por las leyes que descubre la ciencia. ¡Vaya si lo están! ¿Habrá algo más grande y extraordinario que estas leyes? Dense cuenta. En primer lugar, las leyes científicas no cambian (¡ni aún las propias leyes del cambio cambian!); son eternas, como los vampiros. En segundo lugar, no ocupan espacio (¡ni siquiera las de la geometría!), por lo que son incorpóreas, como los fantasmas. En tercer lugar, determinan y permiten predecir los sucesos (¡hasta los que ocurren en el cerebro de los sabiondos que las descubren!), así que son omnipotentes – o casi – , y preexisten a todo lo que pasa. ¡No es, pues, para adorarlas como a un Dios – aunque sea con toda la razón – !

De otro lado, piensen ustedes en lo que es un solsticio. El recomenzar de un ciclo, la repetición de lo mismo, la renovación de lo que, aparentemente, murió de viejo. ¿No reconocen en todo esto algo? Recapaciten: si algo es regular es porque se repite, y si se repite es porque, en algo, no cambia. Y lo que no cambia, lo que siempre está igual, está necesariamente fuera del tiempo. ¡Esto celebra el solsticio: el triunfo anual sobre los años, el recuerdo de que no todo se lo lleva el tiempo! O la certeza de que el tiempo, tal vez, no se lleva nada. Porque a ver. Piensen ustedes en ustedes. ¿Podrían ser quienes son si no se repitieran un poco como los ajos o los solsticios? Pues eso que se repite en ustedes -su «identidad» o «esencia» dicen los filósofos- no puede ser puro tiempo. Si lo fuera jamás podrían decir aquello tan divino de «yo soy el que soy» (sin que el primer «soy» se pudriese enseguida en un «era»), y si no pudieran decir siquiera eso, no podrían decir nada de nada. 

Lo siento (y a la vez me alegro) por mis amigos ateos. Pero lo que el solsticio y la Navidad celebran son idéntica cosa: el milagro de que aquí en la Tierra, donde todo parece tiempo y cambio, logremos bañarnos dos veces en el mismo río. Esta maravillosa conmensurabilidad entre lo eterno y divino del ser y de las leyes, y lo fugaz y aparente de las cosas, es lo que nos recuerdan el dios (el "logos", según el Evangelio) que se hace carne y las leyes que se hacen mundo. Bienvenida sean, pues, como cada Navidad y cada solsticio, la luz y la verdad a esta pobre caverna que somos. ¡Y ustedes que las disfruten!


lunes, 2 de enero de 2017

¡Petardos!


Vivo en uno de los países más ruidosos del mundo. Se nota cuando viajas por Europa y descubres, sorprendido, que la gente conduce sin tocar el claxon, que se puede hablar por la calle con normalidad, o andar por tu casa sin oír los gritos del vecino o tener que tragarte sus programas de televisión, o simplemente que se puede dormir de un tirón, sin que te despierte al borde del infarto el tubo de escape de algún motorista oligofrénico...


viernes, 30 de diciembre de 2016

Es significado filosófico de la Navidad



Como todos los cuentos, el de la Navidad dice mucho más de lo que muestra a través de sus hermosas y emocionantes imágenes. Aunque su origen pueda relacionarse con los ritos de renovación del solsticio de invierno, la celebración cristiana aporta un significado nuevo y más profundo.
De esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leerlo pulsar aquí. 


sábado, 21 de diciembre de 2013

El significado (filosófico) de la Navidad.

S. Botticelli. Navidad Mística (1501). Nacional Gallery.

Como todos los cuentos, el de la Navidad dice mucho más de lo que muestra a través de sus hermosas y emocionantes imágenes. Aunque su origen pueda relacionarse con los ritos de renovación del solsticio de invierno, la celebración cristiana aporta un significado nuevo y más profundo.

En el rito cristiano se celebra la llegada de un Salvador, un Dios-hombre que anuncia algo más que el renacimiento de la vida tras el invierno: el fin de toda falsedad, maldad e injusticia. En el lenguaje de los cuantos de hadas Jesús es algo parecido a un Príncipe (hijo del Rey), que fuera enviado a la gruta del deforme Dragón (el Mundo), a librarnos (a nuestras Almas que son la Princesa cautiva) de la oscuridad y el Mal en que nos hallamos, y conducirnos así al Reino, pues hijos de reyes (o de dioses) somos también nosotros.

Este mito (o estructura mítica) es más antiguo que el tiempo, pero ¿qué puede significar en el lenguaje de la filosofía? El Mesías o Príncipe salvador simboliza la Idea o Forma materializada (“hecha carne”). Tanto en el Mundo, en el que es la Estructura racional bajo la que éste resulta posible y adquiere sentido, como en el Lenguaje. En este último aspecto, el Salvador es el Verbo o “Lógos”, la enunciación de la Palabra (la Teoría) verdadera, “hija” o reflejo de lo Real (como el Príncipe es hijo o reflejo del Rey y Jesús lo es de Dios). Este “Lógos – Príncipe – Mesías” viene a liberarnos de la apariencia de realidad que es el tiempo, de la apariencia de verdad que es la ignorancia, de la apariencia de justicia que es el gobierno de los hombres... Filosóficamente hablando, Jesús es una personificación mítica de la Luz de la razón, es decir, de la Verdad. A esta Verdad que viene del Cielo (como la estrella que guía hacia Belén) para iluminar la tierra, se subordinan todos los poderes terrenos (la Fuerza y los instintos – los animales – , la pura Emotividad – la madre virgen – , la Voluntad – el laborioso José –, y la mera Inteligencia –los magos de oriente – )…

La Natividad celebra así la llegada o revelación de la Luz, o, si quieren, el Beso del Príncipe que devuelve al alma a la Consciencia. Este luminoso beso representa, a la vez, al Dios hecho Hombre, y al Hombre que se hace Dios. Simboliza, en suma, la Conmensurabilidad entre lo Divino y lo Humano. Esta misma idea, dada en una forma más pura y abstracta, es la que suponen el filósofo, o el hombre de ciencia, cuando buscan la Estructura que explica el Sentido de la realidad mundana: la milagrosa relación entre lo eterno de los principios racionales o las leyes de la naturaleza, y la temporalidad del Mundo a la que dichos principios y leyes dan forma. Esto simboliza la Navidad (y, quizá, todos los cuentos que contarse pueden): la supuesta y buscada Identidad entre lo Trascendente y este Mundo (en el) que soñamos...

Sin esta increíble Conmensurabilidad no solo no es posible la ciencia, o nuestra propia identidad como personas (sin suponer un vínculo con lo intemporal no podríamos ser el mismo ser de una navidad a otra), sino tampoco ese deseo de bondad y justicia que tantos tienen (o desearían tener). Para que tenga sentido ser buenos hemos de suponer que la vida es algo más que un puro hacer (y deshacerse en) tiempo; que hay una forma de ser humanos eternamente valiosa, a la que siempre y a todos nos convendría aspirar más allá de nuestros intereses mundanos. Esa “forma” que nos corresponde y el arquetipo moral en que se expresa puede imaginarse de un modo mítico o religioso – con la figura del Salvador que celebramos en estos días – pero también concebirse de modo racional, tal como lo plantea y discute la ética filosófica. Dado que en nuestra época no hay más arquetipo que el del pobre de espíritu (el millonario, el personaje famoso, el sofista encumbrado) nos conviene mucho celebrar una fiesta que, como la Navidad, enaltece – por muy ritual o formalmente que sea – justo el arquetipo contrario. Así pues: ¡Felices navidades a todos! O lo que es decir lo mismo – sin el imaginario del mito – : ¡Renovemos la certeza en la necesidad de la Verdad y la Justicia!

Rafael. La Escuela de Atenas (1510-12). Museos Vaticanos
S. Botticelli. Virgen con Niño y seis santos (1470) Galería de los Uffizi




lunes, 24 de diciembre de 2012

El significado (filosófico) de la Navidad.


La Navidad es un cuento y un rito, pero como todos los cuentos y ritos, dice mucho más de lo que muestra a través de sus hermosas y emocionantes imágenes...

En el rito navideño se celebra la llegada al mundo del Salvador. En la teología cristiana el Salvador, Jesucristo, es el Dios hecho carne que viene al mundo (en un portal --¿o es una caverna?--) para liberarnos de la falsedad, la maldad y la injusticia, es decir, para revelarnos la Verdad y hacernos Buenos y Justos. Jesús es el como el Príncipe de los cuentos, hijo del Rey-Padre, que es enviado a la gruta del monstruoso y deforme Dragón (el Mundo), a librar nuestras Almas (es decir, a nosotros, que somos la Princesa cautiva) de la oscuridad y el Mal en que se hallan (el mundo siempre ha andado fatal), y conducirnos así a nuestra verdadera Casa o Reino, junto al Padre, pues hijos de reyes (o de dioses) somos también nosotros.

Este mito (o estructura mítica) es más antiguo que el propio tiempo, pero ¿qué puede significar en el lenguaje de la filosofía? El Mesías o Príncipe salvador simboliza la Forma trascendente (el Espíritu o Idea) materializada (“hecha carne”), es decir: la Estructura racional del mundo bajo la cual éste resulta posible y adquiere sentido. También, en un sentido más dinámico (es decir: desde la perspectiva del hombre), simboliza la Forma o Idea en cuanto se expresa o materializa en el Lenguaje, es decir: simboliza el “Logos”, la enunciación de la Palabra o Teoría verdadera, “hija” o reflejo de lo Real (como el Príncipe es hijo o reflejo de la Realeza). En ambos casos, el Mesías es aquello que viene a liberar nuestra Alma (nuestra forma o ser verdadero) de la materia que aparenta ser (de la apariencia de realidad que es el tiempo y la mortalidad, de la apariencia de verdad que es la ignorancia, de la apariencia de justicia que es el gobierno de los hombres...). Desde un punto de vista filosófico, Jesús (como cualquier otro Príncipe de cuento), es una personificación mítica de la  Luz de la razón, es decir, de la Verdad. A esta Verdad que viene del Cielo (como la estrella que guía hacia Belén) para iluminar fugazmente la tierra, se subordinan todos los poderes terrenos (como los que, por ejemplo, aparecen retratados en los belenes caseros: la Fuerza y los instintos –el buey, el asno-, la Emotividad –la madre, virgen o pura de corazón-, la Voluntad –el laborioso José- o la Inteligencia –los magos de oriente--)…

La Natividad celebra así la llegada o revelación de la Luz, el Beso del Príncipe que nos devuelve a la Consciencia. Este luminoso Beso representa, a la vez, al Dios hecho Hombre, y al Hombre que puede hacerse Dios; en suma: a la conmensurabilidad entre lo Divino y lo Humano. Esta misma idea, dada en una forma más pura y abstracta, es la que cada día suponen el filósofo, o el hombre de ciencia, cuando buscan y desvelan la Estructura que explica y descubre el Sentido de la realidad mundana. Esta búsqueda supone la relación entre lo Eterno de esa Estructura racional (los principios racionales, las leyes de la naturaleza...) y la Temporalidad del Mundo a la que dicha estructura da forma. Sin suponer esta relación no hay posibilidad alguna de verdad y de sentido. Y sin verdad y sentido no hay absolutamente nada (lo cual es obviamente falso y absurdo). Esto simbolizan la Navidad, y todos, todos los cuentos que se puedan contar: la Identidad entre lo Trascendente y este Mundo (en el) que soñamos...

¡Así que: feliz navidad a todos!


miércoles, 28 de diciembre de 2011

El significado (filosófico) de la Navidad


La Navidad es un cuento y un rito, pero como todos los cuentos y ritos, dice mucho más de lo que muestra a través de sus hermosas y emocionantes imágenes...

En el rito navideño se celebra la llegada al mundo del Salvador. En la teología cristiana, el Salvador es el Dios hecho carne. Jesucristo, el hijo de Dios, viene al mundo (en un portal --¿o es una caverna?--) para liberarnos de la falsedad, la maldad y la injusticia, es decir, para revelarnos la Verdad y hacernos Buenos y Justos. Jesús es el Príncipe de los cuentos, hijo del Rey-Padre, que viene a la gruta del monstruoso y deforme Dragón, a librar nuestras Almas (es decir, a nosotros, que somos la Princesa cautiva) de la oscuridad y el Mal en que se hallan (es decir, de este Mundo, que siempre ha andado fatal), y conducirnos así a nuestra verdadera Casa o Reino, junto al Padre, pues hijos de reyes (o de dioses) somos también nosotros.

Este mito (o estructura mítica) es más antiguo que el propio tiempo, pero ¿qué puede significar en el lenguaje de la filosofía? El Mesías o Príncipe salvador simboliza la forma trascendente (el espíritu o idea) materializada (“hecha carne”), es decir: la estructura racional del mundo bajo la cual éste resulta posible y adquiere sentido. También, en un sentido más dinámico (es decir: desde la perspectiva del hombre), simboliza la forma o idea en cuanto se expresa o materializa en el lenguaje, es decir: simboliza el “lógos”, la enunciación de la palabra o teoría verdadera, “hija” o reflejo de lo Real (como el Príncipe es hijo o reflejo de la Realeza). En ambos casos, el Mesías es aquello que viene a liberar nuestra alma (nuestra forma o ser verdadero) de la materia que aparenta ser (de la apariencia de realidad que es el tiempo y la mortalidad, de la apariencia de verdad que es la ignorancia, de la apariencia de justicia que es el gobierno de los hombres, etc.). Desde un punto de vista filosófico, Jesús (como cualquier otro Príncipe de cuento), es una personificación mítica de la  luz de la razón, es decir, de la Verdad. A esta Verdad que viene del Cielo (como la estrella que guía hacia Belén) para iluminar fugazmente la tierra, se subordinan todos los poderes terrenos (como los que, por ejemplo, aparecen retratados en los belenes caseros: la fuerza y los instintos –el buey, el asno-, la emotividad –la madre, virgen o pura de corazón-, la voluntad –el laborioso José- o la inteligencia –los magos de oriente--)…

La Natividad celebra la llegada o revelación de la Luz, el Beso del Príncipe que nos devuelve a la consciencia, y ese Beso y esa Luz son el Dios hecho hombre, y el hombre que puede hacerse Dios; en suma: la conmensurabilidad entre lo Divino y lo humano. Esta misma idea, dada en una forma más pura y abstracta, es la que cada día suponen el filósofo, o el hombre de ciencia, cuando buscan y desvelan la estructura que explica y devuelve el sentido a la realidad. Esta búsqueda supone la relación entre lo eterno de esa estructura racional (los principios racionales, las leyes de la naturaleza...) y la temporalidad del mundo a la que dicha estructura da forma. Sin suponer esta relación no hay posibilidad de verdad y de sentido. Y sin verdad y sentido no hay absolutamente nada (lo cual es obviamente falso y absurdo). Esto simbolizan la Navidad, y todos, todos los cuentos que se puedan contar: la identidad entre lo trascendente y este mundo (en el) que soñamos...

¡Así que: feliz navidad a todos!


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