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domingo, 8 de noviembre de 2015
Para una teoría angélica del arte (I): Forma estética y trascendencia.
sábado, 21 de diciembre de 2013
El significado (filosófico) de la Navidad.
Como todos los cuentos, el de la
Navidad dice mucho más de lo que muestra a través de sus hermosas y
emocionantes imágenes. Aunque su origen pueda relacionarse con los
ritos de renovación del solsticio de invierno, la celebración
cristiana aporta un significado nuevo y más profundo.
En el rito cristiano se celebra la
llegada de un Salvador, un Dios-hombre que anuncia algo más que el
renacimiento de la vida tras el invierno: el fin de toda falsedad,
maldad e injusticia. En el lenguaje de los cuantos de hadas Jesús
es algo parecido a un Príncipe (hijo del Rey), que fuera enviado a
la gruta del deforme Dragón (el Mundo), a librarnos (a nuestras
Almas que son la Princesa cautiva) de la oscuridad y el Mal en que
nos hallamos, y conducirnos así al Reino, pues hijos de reyes (o de
dioses) somos también nosotros.
Este mito (o estructura mítica) es más antiguo que el tiempo, pero ¿qué puede significar en el lenguaje de la filosofía? El Mesías o Príncipe salvador simboliza la Idea o Forma materializada (“hecha carne”). Tanto en el Mundo, en el que es la Estructura racional bajo la que éste resulta posible y adquiere sentido, como en el Lenguaje. En este último aspecto, el Salvador es el Verbo o “Lógos”, la enunciación de la Palabra (la Teoría) verdadera, “hija” o reflejo de lo Real (como el Príncipe es hijo o reflejo del Rey y Jesús lo es de Dios). Este “Lógos – Príncipe – Mesías” viene a liberarnos de la apariencia de realidad que es el tiempo, de la apariencia de verdad que es la ignorancia, de la apariencia de justicia que es el gobierno de los hombres... Filosóficamente hablando, Jesús es una personificación mítica de la Luz de la razón, es decir, de la Verdad. A esta Verdad que viene del Cielo (como la estrella que guía hacia Belén) para iluminar la tierra, se subordinan todos los poderes terrenos (la Fuerza y los instintos – los animales – , la pura Emotividad – la madre virgen – , la Voluntad – el laborioso José –, y la mera Inteligencia –los magos de oriente – )…
La Natividad celebra así la llegada o revelación de la Luz, o, si quieren, el Beso del Príncipe que devuelve al alma a la Consciencia. Este luminoso beso representa, a la vez, al Dios hecho Hombre, y al Hombre que se hace Dios. Simboliza, en suma, la Conmensurabilidad entre lo Divino y lo Humano. Esta misma idea, dada en una forma más pura y abstracta, es la que suponen el filósofo, o el hombre de ciencia, cuando buscan la Estructura que explica el Sentido de la realidad mundana: la milagrosa relación entre lo eterno de los principios racionales o las leyes de la naturaleza, y la temporalidad del Mundo a la que dichos principios y leyes dan forma. Esto simboliza la Navidad (y, quizá, todos los cuentos que contarse pueden): la supuesta y buscada Identidad entre lo Trascendente y este Mundo (en el) que soñamos...
Sin esta increíble Conmensurabilidad
no solo no es posible la ciencia, o nuestra propia identidad como
personas (sin suponer un vínculo con lo intemporal no podríamos ser
el mismo ser de una navidad a otra), sino tampoco ese deseo de
bondad y justicia que tantos tienen (o desearían tener). Para que
tenga sentido ser buenos hemos de suponer que la vida es algo
más que un puro hacer (y deshacerse en) tiempo; que hay una forma
de ser humanos eternamente valiosa, a la que siempre y a todos
nos convendría aspirar más allá de nuestros intereses mundanos.
Esa “forma” que nos corresponde y el arquetipo moral en que se
expresa puede imaginarse de un modo mítico o religioso – con la
figura del Salvador que celebramos en estos días – pero también
concebirse de modo racional, tal como lo plantea y discute la ética
filosófica. Dado que en nuestra época no hay más arquetipo que el
del pobre de espíritu (el millonario, el personaje famoso, el
sofista encumbrado) nos conviene mucho celebrar una fiesta que, como
la Navidad, enaltece – por muy ritual o formalmente que sea –
justo el arquetipo contrario. Así pues: ¡Felices navidades a
todos! O lo que es decir lo mismo – sin el imaginario del mito –
: ¡Renovemos la certeza en la necesidad de la Verdad y la
Justicia!
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| Rafael. La Escuela de Atenas (1510-12). Museos Vaticanos |
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| S. Botticelli. Virgen con Niño y seis santos (1470) Galería de los Uffizi |
miércoles, 15 de febrero de 2012
Todos para Uno y Uno para todos. El monismo trascendentalista.
Toda realidad es forma, estructura. La pura materia como receptáculo o posibilidad de la forma (la “materia prima” aristotélica; la “energía” de los físicos) es inconcebible, pues ¿qué sería esa materia en sí, antes de recibir forma? No podría ser nada (no tendría “forma” de nada).
Si la materia en sí no es nada, la realidad no es una síntesis entre forma y materia (estructura y “relleno”, lo matemático y lo físico…), pues si la materia es nada, en nada puede contribuir a esa síntesis. Todo es forma (todo es estructura, todo es matemático…), como ya decían los pitagóricos, y algunos científicos actuales (como el que aparece en el siguiente video):
Como se dice en el video: “(…) en el nivel más profundo de la realidad, nada es sólido, solo hay información, números adheridos a un conjunto de reglas que aún no entendemos (…). La única propiedad que tiene un electrón es un montón de números, los físicos tenemos nombres para ellos como espín o carga, pero en realidad son sólo números…”
Así que todo es forma (o fórmula). Pero esto también significa que todo lo real es codificable o traducible a información, es decir, explicable; o tal como decían algunos filósofos (pasados de moda): que “todo es racional”, que “ser y pensar son lo mismo”…Así pues, todo, además de forma, es una idea pensable.
¿Pero cuantas formas o ideas hay? Muchas, una por cada cosa o ser (pues las formas no son algo abstracto o general que luego se individualizan al materializarse –como la forma “ser humano” que al unirse a la materia daría lugar a Juan Pérez, Antonio García, etc.— ; si no hay materia, que no la hay, entonces Juan Pérez, Antonio García y todas las demás cosas individuales son también formas).
Ahora bien, si todo es forma: ¿cómo puede haber tantas formas distintas? ¿Qué las distinguiría unas de otras? ¿Otras formas? Esto no puede ser (es como si dijéramos que “todo es agua” y luego mantuviéramos que hay distintos tipos de agua: ¿Cómo distinguir o separar el agua del agua si todo es agua? ¿Con agua? Imposible).
Ahora bien, ¿son realmente muchas las formas o ideas? Observamos que las formas o ideas no constituyen un montón desordenado, sino un todo jerarquizado en el que las formas o ideas más fundamentales incluyen o comprenden a las menos fundamentales (tal como la forma o idea de “uno” incluye o comprende a la forma o idea de dos –“dos” no puede ser sin “uno”, pero “uno” sí puede ser sin “dos”—, o la forma o idea de Juan Pérez incluye a la forma o idea de su brazo o la de su primera comunión). Ahora: cuando una forma o idea incluye o comprende perfectamente a otra, esta segunda no puede ser realmente distinta de la primera. En eso consiste incluir o comprender: en unir (en descubrir como idéntico lo aparentemente distinto). Si yo, por ejemplo, comprendo perfectamente a alguien, lo hago parte de mí, lo convierto en una idea mía (o en una parte de mis ideas), lo hago lo mismo que yo. Así, desde la hipotética perspectiva de un conocimiento absoluto y perfecto solo podría haber una única forma o idea perfecta que incluyese o comprendiese a todas las demás, tan perfectamente que desapareciese la supuesta diferencia entre ellas… En conclusión: si todo es forma o idea, no puede haber (desde la perspectiva de un conocimiento perfecto) más de una forma o idea (es como decir: si todo es matemático, si llegáramos a un conocimiento matemático absoluto nos encontraríamos con una sola fórmula que incluyese o comprendiese a todas las demás –de hecho, esa única fórmula o ley final es el sueño confeso de la ciencia—).

Ahora: si no hay más que una forma o idea, ella no podrá ser forma o idea más que de sí misma, de manera que la idea que comprende a todas las demás es la idea de la idea, la forma de forma (el “ser que es”, diría el filósofo Parménides). Pero es que, además, esta idea estará tan absolutamente referida a sí misma, será tan transparente a su referencia, que se acabe por anular esa misma relación, y ésta se convierta en expresión de absoluta identidad. Así, la expresión de “idea de la idea” podríamos reducirla a “idea = idea” (o “forma de la forma” a “forma = forma”). Basta eliminar los miembros repetidos de la igualdad (que, por demás, representan una contradicción: lo mismo no puede estar en dos lugares a la vez) para quedarnos con la pura identidad (=). Así, para los filósofos más monistas y trascendentalistas, la realidad, el ser, es la Identidad misma, o como dicen a veces estos filósofos: lo Uno. No existe más que Uno.
¿Raro, eh? Pues a ver qué pega lógica le encontráis a esta lo(gi)ca teoría…
lunes, 6 de febrero de 2012
¿Existe el más allá? De la necesidad (onto)lógica de la trascendencia.
Para muchos, no hay otra realidad que el “más acá”. Creen que la realidad consiste en una suma de cosas físicas (el universo que observamos) y psíquicas (nuestras misteriosas mentes, que para algunos, además, son una cosa física más: el cerebro). No hay más que eso (no hay más, por decirlo con Platón, que lo que vemos en la doble caverna, la exterior –la de mundo- y la interior –la del cráneo-, si es que no son una y la misma). ¿Es esto cierto?
Todas las cosas necesitan, para poder ser cosas, de cierta unidad. Es decir: necesitan un cierto límite (en el espacio) y una cierta permanencia (temporal); necesitan, en suma, una especie de “estructura” que resalte su identidad sobre el espacio y el tiempo. Pero dado que esta estructura ha de DISTINGUIR a la cosa del espacio y el tiempo, dicha estructura ha de ser DISTINTA a lo espacio temporal, es decir, carente, ella misma, de espacio y tiempo (si ella misma fuese espacio temporal necesitaría, tanto como las cosas, de algo que la delimitase y fijase en el espacio-tiempo).
Ahora bien: ¿en qué consiste esta estrafalaria “cosa” ajena al espacio y al tiempo? ¿Dónde está? ¿En qué sentido ocurre? Fijaos que no puede estar en ningún sitio (pues carece de espacio), ni puede ocurrir en ningún momento (pues carece de tiempo)… ¿Entonces?...
Algunos filósofos han pretendido demostrar que esta extraña “cosa” no es más que una suerte de “regularidad” en las cosas físicas. Pero una “regularidad” consiste en una misma manera de suceder ciertas cosas, y esa misma manera, ¿qué es sino un “patrón” o estructura sobresaliente al tiempo y destacable en el espacio?.. Otros han querido pensar que tales estructuras no son sino conceptos producidos por la mente. ¿Pero como la mente, que es un conjunto de procesos temporales, podría crear algo tan diferente de sí misma –es decir: algo tan absolutamente carente de temporalidad— como son estas "estructuras"?
Finalmente, otros tantos filósofos han tenido que reconocer que EXISTE EL “MÁS ALLÁ”, es decir, que existen “estructuras”, a las que a veces llaman FORMAS (o IDEAS), más allá de las realidades espacio temporales. Y que tales formas son las que prestan identidad al resto de las cosas, y también las que permiten conocerlas (formalizarlas con conceptos, describirlas mediante leyes y fórmulas)… Y que incluso si no existieran cosas físicas o psíquicas a las que dar forma, dichas formas o ideas continuarían existiendo igual, en ese más allá al que pertenecen.
A estos filósofos, por cierto, que admiten la realidad independiente de las formas, podemos denominarlos, en general, trascendentalistas, pues trascendente es la condición de todo aquello que no pertenece al dominio del espacio y el tiempo.
martes, 1 de diciembre de 2009
Filósofos de la materia y filósofos de la forma.

Los filósofos han venido notando, desde hace tiempo, que a las cosas les pasa algo muy raro. Imaginaos, por ejemplo, una mesa. De un lado, la mesa es un objeto material, que ocupa un espacio, y que como todo lo material se puede dividir en partes; además, todas las partes de la mesa (sus átomos y partículas elementales) están moviéndose constantemente, por lo que la mesa entera está sujeta al tiempo (cambia, envejece cada día, etc.)… Ahora bien: si la mesa cambia toda ella a cada instante, ¿cómo es que la reconocemos, de un instante a otro, como la “misma” mesa? Raro, ¿no? Además, siempre la captamos como “una” mesa, como un “todo”, aunque en el fondo en ella no hay unidad ninguna: la mesa no es más que partes separables una y otra vez en otras partes. Para más confusión, resulta que, aun siendo un objeto espacial, la mesa sigue siendo ella misma aunque la cambiemos de sitio (como si el espacio no la afectara del todo)… ¡Madre mía con la mesa!... Los filósofos han intentado arreglar este problema suponiendo que las mesas (bueno, los objetos, y los animales y las personas y casi todo lo demás) tienen como dos lados o aspectos. De un lado son MATERIA (cuerpos extendidos en el espacio, divisibles, sujetos al cambio y al tiempo). Pero, de otro lado, parecen tener una FORMA o estructura que, a diferencia de la materia ha de ser INCORPÓREA, INDIVISIBLE, INVARIABLE Y ATEMPORAL. Sin esta forma, dicen, las cosas carecerían de identidad, no podrían ser “una mesa”, “Madrid”, “Juan Pérez”, ni nada…
Ahora bien. ¿Cómo va a existir algo –como la Forma— incorpóreo como un fantasma, carente de espacio y ajeno al tiempo, como si estuviera en otro mundo distinto al Universo físico?... Increíble, ¿no? Por eso, algunos filósofos niegan la existencia de la forma: las cosas (y las personas y todo lo demás) son únicamente materia. A estos filósofos se les llama materialistas (nosotros les llamaremos, con más precisión, INMANENTISTAS).
Sin embargo, a otros filósofos (bastante más raros) lo que les parece increíble es que exista la materia. ¿Cómo va a existir –dicen— algo divisible hasta el infinito y que está siempre cambiando? ¡No podría ser nada, se disolvería a cada instante! Por eso, a estos filósofos lo que les parece real es la forma. Les suelen llamar idealistas o platónicos (nosotros les llamaremos TRASCENDENTALISTAS)…

Entre estos dos extremos está todo el juego de la filosofía: los filósofos de la materia y los filósofos de la forma, los filósofos que defienden que la única realidad es esta Caverna (el Mundo que vemos), y los que defienden que la verdadera realidad está fuera de la Caverna, en un Mundo distinto al que ahora vemos… ¿Cuál de estos dos grupos estará menos loco?
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