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lunes, 26 de julio de 2021

Gente enseñando los colmillos

 


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Lo conté hace años en algún sitio. En mi pueblo, que es el suyo, el ayuntamiento tuvo, tiempo ha, la feliz idea de invertir unos fondos europeos en regenerar un humedal cercano que andaba convertido en un vertedero. Dicho y hecho, cubrieron la escombrera con tierra y sembraron encima unos buenos árboles de sombra, aunque dejando aquí y allá unos misteriosos claros que nadie sabía decirme muy bien para qué eran. ¿Serían para colocar bancos donde sentarse? ¿Para instalar paneles informativos? ¿O para construir unos discretos observatorios de aves? Al fin – pensé –, el paraje (un complejo de lagunas cruzado por una cañada y a las puertas de un parque natural) está reconocido por la riqueza de su fauna… ¡Pero quía, ingenuo de mí! A los pocos días, los operarios ancharon la pista de acceso, para que pudieran circular mejor los coches, y dispusieron en aquellos extraños claros unas mesas de madera que no eran más que el preludio de lo inevitable: unas enormes barbacoas de piedra y ladrillo que – orgullo del albañil que las perpetró – parecían, entre los árboles aún raquíticos, tótems prehistóricos de alguna tribu consagrada al consumo ritual de chuletones…

Digo lo de “ritual” porque esto de colocar barbacoas municipales en mitad de un paraje idílico (inflamable, para más inri, durante cuatro o cinco meses al año) o se me explica de un modo estético-religioso – como una suerte de grasiento sacrificio o rito de comunión que desconozco –, o no le veo más justificación que la del capricho de poder hartarse de panceta en cualquier lugar más o menos agradable. Lo que no es, en ningún caso, es algo racional. Y lo traigo a colación para intentar explicarme la reacción visceral e igualmente alocada que ha provocado la timidísima campaña del Ministerio de Consumo en pro de un consumo moderado y cuidadoso de productos cárnicos. Una campaña avalada por la OMS, la UE y la Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición, y dirigida a un país en que se consume seis veces más carne de lo recomendable.

Honestamente, y en relación con esta polémica, yo aún no me he enterado de qué parte de las consecuencias que genera el consumo masivo de carne no entienden los que echan espumarajos por la boca o se burlan en plan chuleta del ministro y su campaña. Porque no es solo que la dieta de nuevo rico de carne día sí, día también, provoque multitud de enfermedades (a pagar solidariamente entre todos); es que la necesidad de alimentar a los cientos de millones de animales necesarios para que todos los pudientes comamos carne al mismo ritmo que un americano de clase media es una de las causas fundamentales de la desforestación del planeta, del cambio climático y de la falta de alimentos saludables para todo el mundo. Piensen que con solo una mínima porción del grano cultivado para alimentar a todo ese ganado se podría dar de comer, mañana mismo, a los ochocientos millones de personas que pasan hambre en el mundo. 

Pero es que, además, promover campañas para contrarrestar esta “cultura de la hamburguesa” en la que se está educando globalmente a la gente, haciéndoles creer que viven mejor por comer carne barata todos los días, no solo atiende a objetivos que deben ser ahora absolutamente prioritarios, como parar o aminorar la catástrofe medioambiental y social que se nos viene encima, sino que también supone un estímulo al modelo de ganadería extensiva y regenerativa de la que viven muchas familias  y que sufre de forma agónica de la competencia de las grandes empresas de producción intensiva, que son las que hinchan a antibióticos a los animales, agotan y contaminan los recursos, y emiten anualmente millones de toneladas de gases de efecto invernadero a la atmósfera.

Claro que, como decíamos al principio, todo esto no es solo culpa de un sistema agroindustrial concebido fundamentalmente para producir beneficios, y no para alimentar saludablemente a la gente, sino también de la misma dosis de inmadurez con que esa misma gente idolatra esa cultura del exceso pantagruélico y el hedonismo low cost que, en el ámbito gastronómico, nos ha llevado a cambiar la olla o la paella tradicional por las hamburguesas chamuscadas. Y las chanzas de cuñado castizo-liberal defendiendo – aunque solo sea en la barra del bar – el consumo libérrimo de chuletas no ayuda en esto para nada; mucho menos cuando, de modo irresponsable, vienen del mismísimo presidente del Gobierno.

Por todo esto hacen falta no una, sino cien campañas como la lanzada por el Ministerio de Consumo. A ver si así recuperamos la razón. Porque es la razón, y no los colmillos, lo que nos define como especie. Lo digo porque, en el colmó del absurdo, un prestigioso tertuliano de la televisión pública enseñaba el otro día los suyos (tal como oyen) para “demostrar” lo carnívoros que somos. Hay que tenerlo flojo o retorcido para no calcular que por encima del colmillo tenemos la frente y, por delante, unos problemas de narices como para andar con tantas tonterías.

 

domingo, 14 de febrero de 2021

Liberación de patentes y lucha contra el COVID

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Durante estos días, los países más ricos, con la UE y EE. UU a la cabeza, han vuelto a rechazar la propuesta de Sudáfrica e India al Consejo de los ADPIC (Acuerdos de Propiedad Intelectual) de la Organización Mundial del Comercio (OMC), para aplicar una liberación temporal y parcial de las patentes en medicamentos, vacunas, pruebas de diagnóstico y otras tecnologías contra la COVID-19. Una propuesta que ha inspirado movilizaciones ciudadanas (como Right to Cure en Europa) y que cuenta con el apoyo de la mayoría de las naciones de la OMC (más de cien países), de ONG como Médicos Sin Fronteras, o del mismo director de la Organización Mundial de la Salud, Tedros Adhanom.

La liberación temporal de las patentes permitiría, según estos países y organizaciones, que muchos otros laboratorios y empresas pudieran fabricar y distribuir las vacunas en todo el mundo, acelerando así el proceso de inmunización y poniendo fin a la sangría humana, social y económica que está provocando la pandemia.

La posibilidad de una liberación como la citada está, además, contemplada en acuerdos internacionales como la Declaración de Doha en 2001, o el Acuerdo de Marrakech de 1994, en el que se prevé también la opción de exigir a las empresas licencias obligatorias para, por ejemplo, fabricar genéricos (previa indemnización a dichas empresas), en contextos de grave crisis sanitaria.

En el caso presente, a la extrema gravedad de la situación – una epidemia global de proporciones desconocidas que mantiene paralizado al mundo – se une el hecho de que las vacunas cuyas patentes se pretenden liberalizar han sido desarrolladas merced a enormes inversiones de dinero público (unos 10.000 millones de euros tan solo en la U.E.), por lo que exigir la exención temporal de tales patentes no equivaldría más que a reclamar un retorno parcial, obligado por las circunstancias, de aquellas mismas inversiones

De otra parte, el argumento esgrimido por el lobby farmacéutico, según el cual la liberación de patentes “desincentivaría” a largo plazo la investigación e innovación médica, es exagerado o falso. Es exagerado porque la liberación tendría carácter temporal (el tiempo que dure la pandemia), y es falso porque el ansia de beneficios económicos millonarios (como son los que procuran las patentes a las grandes farmacéuticas) no es el único ni el principal incentivo de la investigación médica. De hecho, gran parte de los medicamentos desarrollados por las multinacionales farmacéuticas son comprados a bajo coste a universidades, institutos de investigación (muchos de ellos públicos) o pequeñas empresas que trabajan con márgenes de beneficios razonables, sin que eso resienta en nada la vocación de sus investigadores. Las patentes exclusivas suponen, además, una grave limitación al intercambio de información que se requiere para el desarrollo del conocimiento, algo especialmente doloso cuándo nos referimos a las ciencias de las que dependen la salud y el bienestar de todos. 

La justificada mala prensa de las multinacionales farmacéuticas (debido a la opacidad de sus políticas de precios, sus escandalosas estrategias especulativas o el saqueo continuo al que someten a los sistemas de salud pública), junto a lo excepcional de la situación (la mayor campaña de vacunación colectiva de la historia), representan, así, una ocasión única para limitar el inmenso poder de aquellas y reestructurar la gestión de un bien de primera necesidad como son los medicamentos básicos.

Los gobiernos no tienen, en esto, más que ser consecuentes con sus propias leyes y declaraciones (el artículo 122 del Tratado de la UE o, en el caso español, lo consignado en la Estrategia de Respuesta Conjunta de la Cooperación Española con la Pandemia de Covid-19) para promover políticas de propiedad intelectual orientadas a facilitar el acceso universal y equitativo a las vacunas – un “bien mundial común”, como ha declarado reiteradamente la presidenta de la Comisión Europea –.

De este modo, y más allá de ineficaces componendas caritativas (como los fondos COVAX), y frente a la estrategia suicida de los países ricos de acaparar la producción de vacunas (algo que retrasaría durante años la vacunación en los países más pobres, con el consiguiente riesgo para todos), se impone forzar a las empresas farmacéuticas a compartir sus patentes a nivel global, establecer políticas de precios máximos, sumarse a la iniciativa de la OMS para compartir el conocimiento científico desarrollado contra la COVID-19 (iniciativa C-TAP) y establecer un riguroso control internacional sobre la producción y distribución de medicamentos esenciales, algo que no puede estar, en estas catastróficas circunstancias, al albur de los intereses especulativos de las compañías farmacéuticas.

 

 

 

 

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Tecnófobos


Hace unos días visité con mis alumnos el complejo arqueológico de Atapuerca, en Burgos. Fue magnífico. Los alumnos aprendieron – haciendo – que fue el hacer técnico lo que permitió sobrevivir a nuestros antepasados. No solo nos sirvió para dominar el mundo, sino también la mente gracias a técnicas sociales como el uso de símbolos o la celebración de ritos. Somos lo que somos gracias a esas hachas de piedra y esos dibujos pintados que despiertan aún hoy nuestra imaginación. Y, sin embargo, sospecho que no ha habido época en el mundo en que una porción de estos mismos homínidos evolucionados no haya echado pestes de sus propios “adelantos técnicos”. Me imagino perfectamente el miedo y la indignación de los más viejos cazadores paleolíticos, acostumbrados a sus piedras y palos, al ver como se extendía el uso de los sofisticados arcos o azagayas; o a los recolectores contemplar estupefactos como se imponía la costumbre de manipular la tierra para obtener de ella más y mejores frutos. Aquello debía parecerles – igual que a muchos ahora – el acabose. ¿¡Pero a dónde vamos a ir a parar!? – exclamarían en su tosco lenguaje, prejuzgando los avances tecnológicos como una amenaza mortal para su mundo y para sí mismos –.


El rechazo – a menudo con tintes apocalípticos – de los cambios asociados al desarrollo técnico y tecnológico es una constante cultural que seguramente se intensifica a la misma escala en que lo hace dicho desarrollo, pero que ni hace cientos de miles de años ni ahora tiene ninguna razón de ser más allá de la – obvia – llamada a la prudencia y al control de las consecuencias derivadas de dichos cambios. Sin embargo, y pese a carecer de justificación racional, la fobia a la tecnología sigue pasando por una posición ideológica respetable. ¿Por qué?... Sobre esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 



miércoles, 7 de noviembre de 2018

La discapacidad existe y no es buena.


Lo denominemos "minusvalía", "discapacidad", "diversidad funcional" o como queramos, la ceguera, la paraplejia o el autismo seguirían siendo igualmente situaciones indeseables y no una "deseable muestra de diversidad". Sobre esto trata nuestra colaboración de hoy en el Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

jueves, 4 de octubre de 2018

Subrogación, prostitución y moralina.


Hay moral y moralina. La moral refiere el problema y el arte de vivir correctamente; la moralina la manía de dictar esto mismo a los demás de forma frívola y dogmática. La moralina es especialmente insoportable cuando se aplica a asuntos que afectan a la vida real de las personas, y que suelen ser más complejos de lo que suponen los moralistas de salón. Dos de estos asuntos, siempre polémicos, son el de los embarazos subrogados y la prostitución. ¿Deben regularse tales “actividades”, o deben ser totalmente abolidas?
Sobre esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

viernes, 24 de noviembre de 2017

Genes, familias y educación

A mis alumnos les subleva que los padres puedan diseñar el cuerpo de sus crías, y ven en ello mil y un peligros, pero les parece perfectamente aceptable que les eduquen y moldeen el alma como quieran sin tener, para ello, ningún mérito acreditado...Vamos a ver – les digo –, si para que yo, que soy vuestro profe, pueda formaros en algunas cosas muy concretas, y durante unas pocas horas, he tenido que estudiar muchos años y superar unas pruebas muy duras, ¿cómo es que para tener un hijo y educarlo como uno quiera durante toda la vida no hay que hacer, normalmente, ni un simple test psicotécnico? ¿Es esto lógico? Es cierto – añado ante el gesto de indignación de algunos – que el amor es condición necesaria y fundamental para educar, y que de eso los padres andan siempre sobrados, ¿pero basta con eso?... De esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

miércoles, 2 de agosto de 2017

Maternidad subrogada: ¿Libertad o dignidad?

Jean Marchand. Maternity (1921)
El problema de si debemos regular legalmente (o prohibir) los embarazos subrogados (los “vientres de alquiler”) es, al fin, un asunto de principios. Diríamos que el principio favorito de los defensores de la regulación es el de la “libertad”, mientras que el preferido de los prohibicionistas es el de la “dignidad” de la persona gestante.

¿Libertad o dignidad? El asunto no es, ni muchísimo menos, tan simple. Ya el propio concepto de libertad es problemático. Para unos consiste en “hacer lo que te propongas sin otro impedimento que los propios límites y el derecho de los demás”. Pero para otros consiste en otra cosa, por ejemplo en “actuar según principios aceptados racionalmente por uno mismo”.


La primera de las acepciones es común a las posiciones políticas liberales. Se funda en la voluntad (en la pura elección subjetiva) antes que en la razón y en una noción básica del principio de propiedad (que algo sea mío – mi cuerpo, mi vida... – significa que hago lo que quiero con ello). Muchos justifican la maternidad subrogada (y otros asuntos no menos polémicos como la prostitución, la venta de órganos o el aborto libre) atendiendo a esta concepción de la libertad...

Sobre todo esto trata nuestra nueva colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

jueves, 16 de febrero de 2017

Cazadores con piel de cordero.

En nuestra última colaboración en el diario.es Extremadura tratamos de los argumentos de la Federación extremeña de caza justificando la pertinencia de sus talleres formativos en las escuelas. Para leer el artículo pulsar aquí.

jueves, 6 de octubre de 2016

Ética y decrecimiento

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura


Dicen que los inocentes (los niños, los nativos de culturas ancestrales, los sencillos hombres del campo) son buenos hasta que los pervertimos, colonizamos y corrompemos los malvados civilizados. Ya lo cuenta el Génesis: el ser humano es bueno hasta que, queriendo saber más de la cuenta (probando el fruto del árbol del conocimiento), rompe el equilibrio ecológico del paraíso y hace aparecer el mal en el mundo. Por eso, la bondad les parece a muchos un asunto del corazón, y no del entendimiento. Y algo de (o mucho, o casi nada más que) eso hay en la defensa de algunas propuestas políticas. Como la del decrecimiento.

El decrecimiento es un movimiento político que cuestiona el objetivo de la economía clásica (el crecimiento económico ilimitado, al que culpa de los problemas ecológicos y las desigualdades sociales) y que aboga por la disminución paulatina de la producción y el consumo, afirmando que la gente puede vivir mejor con menos, en la línea de una “economía budista”, que decía Schumacher. Los partidarios del decrecimiento proponen un modelo económico en que la autosuficiencia, el consumo de productos locales y duraderos, y, en general, la adopción de un modo de vida más austero, son principios fundamentales.

El decrecimiento parece una doctrina encomiable y necesaria, y de la que quizás urja convencer a mucha gente en un futuro próximo. ¿Pero cómo? Es obvio que para eso necesitamos argumentos filosóficos, de naturaleza moral, política y hasta metafísica. Digo filosóficos, y no científicos, porque no existen criterios científicos para legitimar teorías políticas (si así fuera dejaríamos a los científicos hacer las leyes y formar gobiernos).

Buscando esos argumentos asistí hace unos días a unas conferencias en pro del decrecimiento organizadas aquí en Mérida. El resultado fue un tanto decepcionante. La primera de las ponentes (pese a ser filósofa de formación) no ofreció casi ningún razonamiento ético. Daba por sentado el presunto derecho de la naturaleza a no ser esquilmada, y el no menos presunto derecho de las próximas generaciones a vivir en un planeta viable. La bondad de tales cosas se suponía evidente. O se confiaba a criterios emotivos. ¿Cómo no vamos a sentirnos responsables de la suerte de nuestros descendientes? Tanta alergia debían de darle los argumentos éticos que la ponente se empeño en comparar el advenimiento del decrecimiento con el de un nuevo paradigma científico, como si el “progreso moral” dependiera de datos y anomalías empíricas, tal como el de la ciencia. O emociones o datos, parecía decir. La cosa, por lo que se ve, era no pensar.

Otro de los ponentes, Antonio Turiel, un prestigioso científico del CSIC, tras describir de forma magnífica los probables efectos del consumo desaforado de los recursos energéticos, también fundaba en emociones (en el miedo al colapso energético y económico) su apuesta moral por el decrecimiento. Tras su conferencia busqué y leí una novela divulgativa que tiene escrita sobre el tema. Su protagonista es un científico que salva al mundo gracias a su buen corazón, racionando a la gente la energía que solo él sabe producir mientras la educa en la contención y la responsabilidad.


Lo que ni Turiel ni ningún decrecionista justificaba allí es por qué debemos ser contenidos y responsables, ni por qué hay que conservar nada, o por qué han de importarnos un pimiento las futuras generaciones. Emociones y datos acaso sean condiciones necesarias para responder estas preguntas, pero no son suficientes. El decrecimiento como elección (no como imposición) política no debería depender de gráficos apocalípticos (por muy certeros que sean), ni de una infundada empatia universal. Los buenos no lo son por estar bien informados, ni por tener buen corazón, sino por conocer con certeza lo que somos y nos conviene. Y en conocer, o creer conocer eso, se fundan los argumentos morales. Tal vez sea un alarde de optimismo antropológico, pero creo que si algo tiene que crecer para que decrezca la fiebre productiva y consumista, y la estupidez moral que la provoca, es el nivel racional de la reflexión acerca de lo que es realmente bueno y justo para todos.

viernes, 15 de julio de 2016

Arte y toros.

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura



¿Qué valor estético o artístico pueden tener los espectáculos taurinos? Que los toros, especialmente el espectáculo de la lidia, pero también, en menor medida, cientos de festejos populares que tienen al toro como protagonista, poseen significado y valor artístico es uno de los argumentos de los defensores de la fiesta. Para ellos, el dolor y el sacrificio del animal es el coste necesario de obtener el placer estético que procura la corrida o el festejo. No es el único caso, te dicen: también se torturan y sacrifican animales por el placer de comer, o por el gusto de contemplar espectáculos deportivos o circenses, o como parte del “arte” de la caza o la pesca...

No obstante, al toreo se le suele atribuir una dosis mayor de relevancia artística, a la par que una mayor densidad simbólica, no ya solo como “escenificación ritual de la lucha del hombre con la naturaleza” y otros tópicos intelectualizantes al uso, sino también como un complejo de creencias, valores y actitudes que constituyen una cierta “filosofía de la vida” ligada, además, al mito de la tradición, y a ciertas tradiciones míticas en torno a la identidad española. Despachemos rápidamente esto último para centrarnos en el asunto – filosóficamente más interesante – de lo puramente estético.

Es innegable que los toros son parte de la cultura y la tradición de nuestro país, amén de una fuente de iconos populares, obras de arte y souvenirs turísticos, especialmente desde que los viajeros románticos del XVIII y el XIX pusieron de moda la visión telúrica de una España poblada de bandoleros, toreros y mujeres de opereta que nosotros mismos nos hemos llegado a creer. Ahora bien: que algo forme parte del patrimonio cultural de un país no le otorga, de por sí, valor estético ninguno (ni, mucho menos, moral) – también la inquisición, la expulsión de los judíos o el caciquismo son parte de la cultura y la tradición de nuestro país, y a nadie se le ocurriría defender, por eso, las opiniones del obispo Cañizares, el antisemitismo, o las tropelías de los caciques contemporáneos –. De otro lado, que las fiestas de toros sean motivo de inspiración para muchos artistas no significa que ellas mismas sean obras de arte (el horror de la guerra, o el desamor, también han inspirado frecuentemente a los artistas, pero no por eso son objetos intrínsecamente bellos).

Vamos a la cuestión del arte. ¿Son los toros un arte (más allá de una serie peculiar de técnicas o habilidades artesanales para burlar y matar a un toro bravo)? Para responder a esta pregunta interesa primero saber qué cosa es esa del arte y qué relación tenga con lo moral. Los griegos antiguos empleaban el término “kalokagathía” para referirse, a la vez, a lo bello (kalós) y lo bueno (agathós). ¿Quiero esto decir que algo no puede ser bello sin ser a la vez moralmente aceptable? Esto viene como anillo al dedo a la cuestión del toreo como arte. Si hacer sufrir hasta la muerte a un animal – sin necesidad ninguna – es moralmente malo (vamos a suponer que todos coincidimos en esto), hacer de esta maldad la condición de algo bello, como pretenden que sea el toreo, parece algo muy discutible.

¿Pero por qué lo bello ha de estar reñido con lo malo? Solemos pensar, por ejemplo, que una persona guapa puede ser mala (la femme fatale) o, al revés, que alguien muy feo puede tener un corazón de oro (como Sócrates, o el ogro Shrek). ¿Cómo es esto posible? Cuando ocurre esto, decimos que las apariencias engañan. El ámbito de lo estético es el de las cosas que nos aparecen a los sentidos (“aísthesis” – de donde “estética” – significa “sensación”); no hacen falta que sean “reales”, basta con que lo parezcan. Pero el arte mejor – el que gusta y perdura – es el que aparenta sin engañarnos, el que representa lo que son “realmente” las cosas, no tal como las vemos, sino como las imaginamos y soñamos, en su dimensión más ideal. Esta es – dicho suscinta y atrevidamente – la relación entre lo bello y lo bueno.

También cuando el artista invoca a la belleza representando su ausencia aparente, como en el arte deliberadamente feo, hay una denuncia de la maldad y la imperfección del mundo. Algunas escenas de la lidia (no digamos de los festejos taurinos populares) podrían ser una muestra de este arte de lo grotesco y feo, si “representaran” (por ejemplo) el dolor y el sacrificio de la bestia como medio para la belleza victoriosa del héroe. Pero los festejos taurinos no representan ese sacrificio, lo perpetran realmente, porque carecen de la naturaleza puramente representativa que caracteriza al arte.

La tauromaquia dista de ser arte (aunque lo parezca) porque quiere “representar” lo ideal haciendo lo opuesto: infringiendo “realmente” dolor a un ser inocente. Es como si en una obra teatral matáramos realmente al actor que hace de villano. En los toros no se representa el mal (la bestialidad representada a través del toro y la violencia de la lucha) como parte del argumento conducente al triunfo ideal del bien (la dominación de lo bestial e irracional), sino que se comete ostentosamente el mal (la bestialidad de matar al toro – y de exponer a la muerte al torero – ) como si no se pudiera entender el argumento de otra forma. El toreo está más cerca del ajusticiamiento público y del ritual bárbaro – relativamente estilizados – que del arte. Por eso está destinado a extinguirse en su forma actual, tal como se han ido extinguiendo los ajusticiamientos públicos y los rituales más primarios.

En cincuenta o cien años el toreo será un recuerdo, idealizado por los versos de Lorca o las pinturas de Picasso. Y nadie querrá, en serio, que sea nada más. Tal como nadie quiere que existan de verdad los bandoleros o los antropófagos, más allá del escenario de las novelas de aventuras. Esperemos que no tenga que correr mucha más sangre antes de llegar a ese final inevitable.



miércoles, 13 de julio de 2016

Tordesillas, o el crimen como una de las bellas artes.

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en el diario.es de Extremadura





Tordesillas no se rinde. El Ayuntamiento en pleno (con la sola excepción de la edil vinculada a IU) ha recurrido el decreto de la Junta de Castilla y León que les prohíbe celebrar el Torneo del Toro de la Vega. Como se sabe, el Torneo consiste en alancear a un toro hasta la muerte, y el decreto, aprobado el pasado mes de mayo, prohíbe expresamente la matanza de toros en festejos populares.

Las razones que esgrimen los defensores del Torneo son varias: la no injerencia en presuntas competencias municipales, el valor cultural y turístico de la fiesta, o el haberse convertido – dicen – en víctimas propiciatorias de los movimientos animalistas (y de sus presupuestos errados, o exagerados, acerca de los derechos de los animales). Pasemos a analizar algunos de estos argumentos, especialmente el del valor cultural de este tipo de festejos.

La primera de las razones de los tordesillanos no tiene fundamento legal ni moral. Las competencias sobre la reglamentación de festejos no corresponden al gobierno municipal, sino al autonómico. De otro lado, la legitimidad de una ley de este rango descansa en la voluntad de los ciudadanos castellano-leoneses, y de los españoles, no en la de los vecinos de Tordesillas. Y la voluntad de los ciudadanos parece muy clara: el rechazo al Toro de la Vega (y a otros festejos similares) ha ido en aumento en los últimos años, hasta el punto de que la fiesta es hoy más conocida por los conflictos entre defensores y detractores que por ningún otro motivo. Y no es algo nuevo: la muerte del Toro de la Vega estuvo ya prohibida durante el franquismo (entre 1966 y 1970), tras una campaña en su contra lanzada por asociaciones de protección de la naturaleza, medios de comunicación y sectores de la administración, que – ¡a mediados de los años 50! – consideraban ya inadmisible tal nivel de crueldad y salvajismo.

En cuanto al valor cultural de la fiesta (o, en general, de la tauromaquia) habría mucho que hablar. Dejando a un lado el asunto de la antigüedad, que no justifica nada – también es antigua la guerra, o la discriminación de la mujer, y a nadie se le ocurre defender su existencia por ese motivo –, los abogados de la llamada “fiesta nacional” hablan con frecuencia del valor estético y simbólico de los espectáculos taurinos. Nadie – sensato – puede negar esto, por poco que le gusten los toros. Toda celebración tradicional posee un innegable valor estético, y está cargada de significados (culturales, morales, religiosos, filosóficos...). Imaginen que son extranjeros y ven un documental sobre el Toro de la Vega. Les podrá parecer un rito brutal, pero no carente de interés cultural o antropológico. Les podría parecer incluso hermoso o, cuando menos, pintoresco, tal como les han parecido las fiestas de toros a multitud de viajeros, artistas o poetas.

Ahora bien, que una manifestación cultural tenga valor estético y simbólico no quiere decir que sea moral (ni legalmente) aceptable, ni que no pueda (por motivos morales o por otros muchos) mejorar o evolucionar como acontecimiento cultural. Los taurinos se niegan a suprimir las suertes más crueles con el toro porque piensan que eso resta autenticidad a la fiesta y le hace perder su significado. Pero esto responde a una actitud conservadora que acabará superada con (o por) el tiempo. Seguramente, los que vivieron la época del blues cantado por esclavos o de la ópera interpretada por castrati dirían algo parecido a lo que dicen los taurinos (¡esto ya no es blues, o ópera!) cuando se descubrió que para hacer buena música no hacía falta esclavizar ni castrar a nadie. Es más: trascender la parte más, cabe decir, truculenta y literal del complejo simbólico de la tauromaquia (es decir, la tortura y muerte del toro), aumentaría su relieve más propiamente estético. En el arte no hace falta que nadie muera realmente para representar la muerte. El paso gradual de la literalidad a lo más pura y libremente simbólico es uno de los rasgos que definen la evolución del arte en todos sus géneros (la pintura, la música, el teatro, la literatura...), incluso el arte más popular: un circo sin rastro de animales – como el Circo del Sol – ha resultado ser mejor que el circo de animales tradicional. ¿Por qué no habría de pasar algo similar con las fiestas de toros? ¿Se imaginan un espectáculo “taurino” en el que ya no se maltratara al animal – o incluso en el que este estuviera ausente – ? El arte evoluciona cuando da forma a lo que parece ahora inimaginable.

En cuanto a los presupuestos filosóficos de los animalistas es obvio que los defensores de la tauromaquía – a tenor de sus quejas y argumentos – no los entienden. No se trata de igualar animales y personas, ni de dotar a los primeros de los mismos derechos que los segundos, sino solo de entender que aquella dignidad por la que algo pasa de ser “algo” a ser “alguien” no está tan clara, y que, en la medida en que racionalmente lo está, nos empuja a considerarla como algo gradual, y no una propiedad exclusiva de los seres humanos. Justo por este argumento – más venerable y viejo, en la filosofía, de lo que parece – resulta justo ser considerados con seres que, sin ser, obviamente, personas, tampoco son meros mecanismos o cosas, sino subjetividades ante cuyo sufrimiento – sobre todo, cuando no es imprescindible – ni el ser humano más embrutecido puede sentir una absoluta indiferencia.




martes, 12 de abril de 2016

Úteros artificiales

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura



Últimamente, he vuelto a leer y discutir sobre ectogénesis o úteros artificiales, un tema recurrente en el ámbito de la bioética. El problema arranca de la posibilidad, cada vez más cercana, de gestar crías humanas fuera del vientre materno, en dispositivos diseñados para substituir al cuerpo de la madre. ¿Se debe o no se debe dar vía libre a este tipo de tecnología? ¿Es deseable o no contar con esta posibilidad (obviamente, sin forzar a nadie a hacer uso de la misma, y suponiendo que el dispositivo cumple, en efecto, todas las funciones fisiológicas que realiza el vientre materno)?

Una opinión extendida afirma que este artilugio no solo libraría a las mujeres de las molestias y riesgos del embarazo sino que, mucho más, supondría una revolución cultural mil veces mayor que la que provocó a mediados del siglo pasado la generalización de la píldora anticonceptiva. Entre otras cosas – se afirma – , este útero artificial crearía las condiciones para una igualdad plena entre varones y mujeres, y liberaría definitivamente a las madres del "rol" biológico que (frente al “rol” jurídico y moral, generalmente asociado al padre) mantienen en las familias y culturas tradicionales. Todo esto me sonó muy convincente, pero cuando lo he comentado con algunas amigas (la mayoría bastante “progresistas”, por lo general, en asuntos morales) me han mirado con el ceño fruncido y me han contestado que esto de los úteros artificiales es una barbaridad inaceptable. ¿Por qué? – les he preguntado yo—. Y aquí vienen sus razonamientos.

Casi todas afirman que la experiencia del embarazo y el parto es, en general, y pese a molestias y dolores, enormemente enriquecedora. Si les pregunto qué tiene de enriquecedor estar tantos meses en una condición física tan frágil y molesta, por la que han de interrumpir o poner en suspenso su vida normal, y que les aboca a un parto más o menos doloroso, me dicen que todo eso se ve compensado por la gratificación afectiva que supone sentir como su hijo se desarrolla dentro de ellas. Si les pregunto si no sentirían lo mismo (o más aún) viendo y oyendo claramente y cada día al embrión a través del cristal o el plasma de una máquina, me dicen que no es lo mismo “ver” que “sentir por dentro”. Si insisto y les digo que con la máquina – que tendrían en su casa, y llevarían consigo cuando quisieran – podrían hasta tocar a su hijo (mucho más allá de sentir las "patadas" del feto), hablar con él cara a cara, espiar diariamente sus más mínimas reacciones (mucho mejor que con la mejor de las ecografías), jugar con él, etc., vuelven a insistir con el misterioso “no es lo mismo”, y con que el vínculo biológico “vientre-hijo” es incomparable con la relación a través de una máquina. Si les objeto que la máquina permitiría un vínculo compartido y en igualdad de condiciones con su pareja (los dos podrían ver, oír, tocar a cada momento a su hijo, jugar con él, etc.), me dicen que...

Si añado que quizás lo que les molesta es perder el papel protagonista que siempre han tenido las mujeres en la gestación y el parto, me dicen que su identidad y autoestima ya no depende – por fortuna – de ser o no ser madres. Pero si vuelvo a empezar y les recomiendo, entonces, que se piensen mejor lo de la ectogénesis, ellas vuelven a empezar con lo de la "maravillosa experiencia" íntima que es la gestación tradicional... Y si sigo y sigo, la conclusión es a veces esta: "mira – me dicen – esto es difícil de explicar, y de entender, y más aún no siendo una mujer”. Ante tal (y tan hormonal) argumento, no tengo más remedio que callarme. Aunque no por eso lo tenga más claro.

Así que, si hay alguien (independientemente de su sexo) que pueda explicarme qué virtudes o ventajas insuperables tiene el embarazo natural sobre la gestación en un útero artificial, soy todo oidos.

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