Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura y La Nueva España
Leía opinar a un guardia
civil de Ceuta sobre lo loco e inútil de su tarea: pelearse con los migrantes
para evitar su entrada ilegal, y atenderlos y cuidarlos una vez dentro. ¡Ay que
joderse!, parecía insinuar el guardia. Pero no, no hay que joderse: hay que
alegrarse. Alegrarse por guardar la linde que separa la ley de la barbarie; el
lugar donde las personas tienen dignidad y derechos y el lugar en el que se las
utiliza como carnaza.
Y así es. Europa estará
en franca decadencia demográfica y económica, socialmente polarizada,
políticamente desunida e intelectualmente desorientada, pero incluso así mucha
gente desea venirse al único lugar del mundo donde "cualquiera" (es
la palabra clave de la frase) puede aspirar a vivir con cierta dignidad. Y no
andan en absoluto desencaminados: en ningún otro lugar del mundo se ha
invertido tanto (ochenta años de paz y riqueza) en desarrollar sistemas
redistributivos, Estados de derecho e ideas suficientes como para mantener los
estándares de seguridad, bienestar, libertad y educación de que disfrutamos la
mayoría (tanto, que hasta hemos podido empezar a reconocer el coste moral o
ecológico de ese desarrollo)... ¿Cómo no desear, pues, ser europeo?
Ahora bien: ¿hay que
poner freno a esta avalancha? ¿Se desfondará el proyecto con el peso de tanto
emigrante (dejemos el de los turistas a un lado)? A primera vista, la respuesta
parece afirmativa. Si queremos salvar nuestro paraíso – se nos dice – hemos de
establecer sistemas de acceso más restrictivos, cuidar su ecosistema
identitario, limitar algunos derechos y avanzar hacia una suerte de autarquía
rodeada de alambradas y aranceles. Es, con matices, el modelo Trump. Es el que
vende la ultraderecha. Y es profundamente erróneo.
Europa no puede aislarse
sino al precio de acelerar su decadencia. Todo lo logrado se lo debe a unas
fronteras permeables, a un afán ilimitado de conocimiento, a las libertades
individuales y a una poliarquía fundada en el derecho y el comercio global de
razones, intereses y productos. Negar esto es negar lo que somos gracias a los
flujos energéticos, migratorios y comerciales que nos han enriquecido, al
diálogo que nos ha hecho cuestionarlo todo, y a la responsabilidad política que
hemos cedido a los individuos – aun arriesgándonos a que decidan eximirse de
ella y entregársela a un tirano populista–.
Otra cosa es cómo
gestionemos estos flujos y riesgos. Pero para hacerlo como se debe hemos de
convencernos de que viajamos en el mismo barco. Si Europa no puede ser una
isla, mucho menos será un archipiélago. Frente a la competencia económica de
Asia, el sabotaje de las potencias antieuropeístas (coaligadas a la propia
ultraderecha europea) o la fanática reacción ante la incertidumbre y el colapso
informativo de buena parte de la ciudadanía, solo cabe una unión infinitamente
más firme: unos Estados Unidos de Europa que respalden nuestro modelo cultural
con una fuerza política coherente, operativa y firme a todos los niveles (tanto
social y educativo como de seguridad y política exterior). Es la última llamada
antes de retornar a un nacionalismo fascistoide capaz no solo de arruinar el
paraíso europeo, sino de convertirlo (otra vez) en un campo de batalla. (Sobre
esto escribimos hoy en El Periódico Extremadura; enlace en el primer
comentario)

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