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miércoles, 16 de abril de 2025

Teoría urgente de la conciencia

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Para alertarnos de cómo nos engañan a través de la tecnología, el filósofo y editor Andrea Colamedici ha publicado un libro en el que engaña a sus lectores usando la tecnología. El libro se llama
«Hipnocracia», está firmado por un autor de pega (un tal Jianwei Xun, que no existe más que virtualmente) y ha sido escrito con ayuda de dos sistemas de inteligencia artificial.

¿Se puede educar contra el engaño engañando? Por supuesto. Cuando la forma de la fábula «dice» lo mismo que sus personajes (o lo contrario, de forma irónica), la moraleja es doblemente efectiva. El engaño esclarecedor de Colamedici contribuye además a despertarnos a esa forma superior de consciencia por la que, más allá de darnos cuenta de lo que nos cuentan, nos percatamos de la entidad fabuladora e igualmente manipulable del propio contar. Es aquello de que «el medio es (también) el mensaje», como diría McLuhan.

Pero es que además: ¿nos engañan realmente cuando nos venden el libro de un autor ficticio o escrito con inteligencia artificial? ¿Por qué? ¿Cuándo no es un autor (o cualquiera de nosotros) una ficción auto inventada? ¿O en qué se diferencian realmente una creación humana de la de una inteligencia artificial? Se me dirá que en el caso del autor «real» (por muy «personaje» que sea) y de la creación humana (por mecánicamente que se haga) interviene una consciencia, esto es, un sujeto con intenciones, cosa que no ocurre con las ficciones puras o con la inteligencia artificial. ¿Pero es esto cierto?

Sobre la conciencia hay muchas teorías – la mayoría filosóficas, claro, pues fenómenos como la subjetividad o la intencionalidad no son observables –, pero hay algunas que resultan incompatibles con la ingenua distinción que solemos hacer entre humanos, máquinas y seres de ficción. Así, para algunos, la conciencia y la identidad humana son un producto virtual del lenguaje y del proceso de socialización por el que nos acostumbramos a replicar interiormente el diálogo social que mantenemos, desde pequeños, con quienes nos enseñan – o «programan» –. Ahora bien, ¿qué impide qué sistemas de IA puestos a dialogar entre sí o con personas sean capaces de replicar ese diálogo por sí mismos, generando virtualmente un centro de gravedad narrativa al que llamar «yo» o «tú» y a los que el propio sistema adscriba intencionalidad o agencia?

Otros filósofos y teóricos de la mente objetarían que la subjetividad consciente, además de un producto virtual del lenguaje, es un modo peculiar de «sentirse» el organismo a sí mismo, pero esto topa con el problema, no menor, de saber en qué consiste toda esa complicada fenomenología mental que llamamos «sensaciones» y «emociones». Si la reducimos a fenómeno neuroquímico, no se ve qué es lo que impide que un proceso físico (tal como lo es una máquina) se vuelva lo suficientemente complejo como para generar procesos químicos. Y si introducimos factores no físicos (psicológicos, culturales…), volvemos al lenguaje y a las identidades narrativas, dominio en el que las máquinas de IA parecen ser cada vez más competentes. ¿Lo serán hasta el punto de pasar de «parecer» a «serlo»? Seguiremos discutiéndolo. Tal vez con ellas, como parece que ha hecho ejemplarmente este supuesto Colamedici.

 


miércoles, 12 de abril de 2023

¿Tiene la Inteligencia Artificial capacidad creativa?

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Una vieja creencia tranquilizadora, frente al imparable avance de la Inteligencia Artificial (IA), era que esta podría imitar cada vez mejor ciertos procesos mentales de tipo lógico o mecánico (reconocimiento y procesamiento de información, cálculos deductivos, inferencias estadísticas…), pero que había otros que, por su carácter no estrictamente lógico, quedarían siempre fuera de su alcance. Entre estos procesos, presuntamente no lógicos, estaría el de la creatividad.

Ahora bien, decir que procesos como la creatividad están fuera de la esfera del entendimiento lógico es exagerado (¿cómo podríamos entender entonces lo que es?). De hecho, y pasando de puntillas por ciertos problemas filosóficos (como el de explicar el «milagro» mismo que supone crear algo «nuevo»), la creatividad se puede describir a un nivel básico como el simple proceso de transformación de una cosa dada en otra nueva y distinta; algo que, en rigor, puede hacer cualquier máquina, desde un ordenador a una máquina de hacer churros.

Otro asunto es que se quiera añadir a esta descripción la idea de intencionalidad, asumiendo que la acción de crear exige un sujeto (una conciencia) que decida y emprenda la acción creativa. Esta petición de principio es discutible (ha de suponer, por ejemplo, que cuando decimos que un paisaje «fue creado» por la actividad volcánica, o que las nubes «crean» caprichosas formas en el cielo, estamos usando el concepto de creación de modo impropio o poético), pero vamos a darla por buena. La pregunta sería ahora: ¿tienen las máquinas (por ejemplo, las máquinas de IA) algo parecido a una conciencia intencional desde la que «crear» cosas (dibujos, piezas musicales, discursos, etc.)?

Por supuesto, alguien podría empezar por argüir que algunos artistas crean cuadros, partituras o textos sin demasiada carga intencional. Muchos, por ejemplo, lo hacen por encargo (tal como los programas de IA, que generan un dibujo a partir de las órdenes que le damos), y otros presumen de crear de modo inconsciente, al azar o sin pensarlo demasiado (no pocos artistas y estetas han identificado la creatividad con la libertad, y a esta con ciertos estados de inconsciencia o acción espontánea o mecánica). Pero supongamos que, incluso en estos casos, el artista puede hacer que su conciencia recupere el mando en cualquier momento. ¿Puede hacer esto último una máquina?

Nuestra primera reacción es pensar que no. ¿Pero por qué no? Pensemos un momento en qué consiste la consciencia. Asumiendo que se trata de un asunto filosófico de primer orden, y despejando su problemática dimensión fenoménica (la conciencia es un fenómeno cuya existencia solo podemos certificar subjetivamente, por lo que no podemos demostrar que exista o deje de existir en otros seres, humanos o no), la consciencia es, básicamente, un proceso cognitivo por el que representamos y organizamos la vida mental en relación con una determinada perspectiva (la del sujeto o «yo»). En el caso de la consciencia humana, este proceso de organización de la vida mental se hace especialmente complejo gracias, además, a un lenguaje no menos sofisticado que permite «narrar» internamente (generándonos como sujeto de dicha narración) parte de nuestros procesos vitales, juzgarlos, y tomar decisiones para reconducirlos, dando origen, en ocasiones, a esas respuestas novedosas que llamamos «creaciones». 

Ahora bien, si es esto lo que es básicamente la conciencia, no creo que las máquinas anden muy lejos de tenerla. De hecho, hasta los mecanismos inteligentes más simples son ya capaces de representar sus propios estados internos, chequearlos y corregir errores sin nuestra intervención (piense en los ordenadores que regulan y rectifican el funcionamiento de cualquier automóvil moderno). ¿Pero podrían estos sistemas generar, además, respuestas novedosas o no inicialmente programadas? ¿Por qué no? De hecho, los programas de IA que generan imágenes a partir de palabras lo hacen a cada instante. Reparen, además, en cómo lo hacemos nosotros: dada cierta información ya registrada, le aplicamos mecanismos heurísticos que combinan esa información para producir, según criterios combinatorios o más aleatoriamente, propuestas nuevas cuya idoneidad evaluamos (si es el caso) en base a pronósticos y expectativas… ¿Cuál de estas tareas no está al alcance de un simple ordenador?

Obviamente, todo esto que hacen las máquinas lo hacen a partir de lo que le hemos enseñado; pero también nosotros hacemos todo lo que hacemos (empezando por pensar y tomar decisiones) en base a lo que nos han enseñado otros seres humanos.

Afirmar, pues, que las máquinas (los programas de IA, por ejemplo) son capaces de una cierta creatividad no parece descabellado. Otra cuestión, bien distinta, es si esa creatividad puede ser de naturaleza artística; un tema interesantísimo que merece ser tratado en otra ocasión.


miércoles, 1 de febrero de 2023

¿Podrá filosofar la IA?


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Estamos descubriendo que la inteligencia artificial (IA) puede realizar tareas que creíamos exclusivas de un ser humano, como dialogar o crear textos e imágenes originales. Y esto parece solo el principio. Además de simular procesos cognitivos complejos, estos sistemas prometen emular nuestra capacidad de juicio, sustituyéndonos a la hora de tomar decisiones. ¿Serán capaces?

Si así fuera, el uso masivo de la IA nos dejaría a casi todos sin trabajo. No solo a quienes se dedican a tareas puramente mecánicas sino, en general, a todos aquellos cuyo oficio puede describirse esencialmente en lenguaje algorítmico. ¿No sería más eficaz y barato sustituir, por ejemplo, a un médico por un sistema de IA entrenado (en las mejores universidades) para interpretar pruebas, diagnosticar y establecer tratamientos? ¿Y no podríamos hacer lo mismo con abogados, ingenieros, pilotos o físicos experimentales? ¿Quién se «salvaría» de ser sustituido por una máquina?

No es fácil responder a esta pregunta. Aparentemente al menos, una IA podría entrenarse para hacer cualquier cosa, desde imitar los mecanismos heurísticos que rigen la creatividad de un artista a simular (con un algoritmo estructuralmente parecido al del médico) el sacramento de la confesión…

Advierto que introduzco las palabras «simular» o «imitar» solo por prudencia, porque realmente no sé en qué se distinguirían esencialmente las tareas hechas por una IA de las que haría un ser humano. Además de que la imitación es la raíz de todo aprendizaje, y no solo del de las máquinas. Un ser humano empieza a serlo imitando la forma de hablar y pensar de sus progenitores, y un médico o artista imitando (y mejorando si es capaz) los procedimientos en los que se forma. ¿Qué diferencia fundamental habría con una IA que, además de imitar, pudiera incorporar información nueva, aprender de sus errores, generar hipótesis o creaciones originales, y revisar y rehacer sus propios algoritmos? Las máquinas han sido hecha por nosotros, es cierto; pero también nosotros hemos sido hechos y educados por otros…

Una objeción típica al desempeño de ciertas tareas por parte de la IA es que una máquina no podría entender ni expresar emociones. Pero esta objeción tampoco parece suficiente. Si las emociones fueran completamente refractarias a los algoritmos, tendríamos que concluir que son absolutamente irracionales e incomprensibles (incluso como emociones), ¿y quien las querría entonces? Y si el problema fuera que aún no hemos entendido sus complejos mecanismos lógicos (y subsidiariamente biológicos, sociológicos, ideológicos, etc.), entenderlos e imitarlos sería cuestión de tiempo. Al fin, si entendemos las emociones como fenómenos emergentes surgidos de la cultura y de la bioquímica cerebral, todo ello (pautas sociales, patrones neuronales) sería asimismo reducible a información lógicamente estructurable. Y si esto fuera posible, toda otra serie de actividades (las de educador, psicólogo, cuidador, etc.) quedarían en manos de la IA.  ¿Qué podría impedir, por ejemplo, que un sistema inteligente de educación interpretara los sentimientos y necesidades del alumnado, le proporcionara una experiencia educativa personalizada y evaluara objetivamente su aprendizaje, expresando para ello las actitudes emocionales más apropiadas (empatía, preocupación, orgullo…)?

Por no salvar, no salvaría (si es que de salvar se trata, que igual es condenar a la extinción) ni el oficio de informático. En la medida en que la programación es otra actividad reducible a pautas heurísticas y algoritmos, los sistemas de IA podrían llegar a ser (¡cada vez lo son más!) completamente autoprogramables. Por cierto: ¿Equivaldría esto a convertirlos en seres autónomos o libres?

¿Y la filosofía? ¿Podría filosofar un sistema de IA?... Se trata de una pregunta enorme y ella misma filosófica. Veamos. Si la filosofía arranca de la necesidad de responder a la pregunta acerca del ser y el sentido de todo, ¿podría la máquina preguntarse por el ser y el sentido de sí misma? ¿Podría poner en cuestión los conceptos de realidad, verdad, máquina o inteligencia…?

Y, sobre todo, ¿podría plantearse una IA si aquello que le han enseñado a reconocer como “bueno”, “justo” o “bello” es realmente bueno, justo y bello? ¿Podría autoprogramarse hasta el punto de generar sus propios criterios éticos, políticos o estéticos? Fíjense que los seres humanos, por muy estrictamente que se nos eduque, podemos reparar en el carácter convencional o incompleto de toda esa formación, cuestionarlo todo y rebelarnos contra códigos y normas, incluyendo el código genético y las normas sociales. Podemos, incluso, querer acabar con el mundo entero (con nosotros en él), por no considerarlo justo o digno de existir… ¿Podría también querer todo esto un sistema de IA? ¿Podría ella misma responder a esta pregunta? ¿Y a esta…?


viernes, 20 de marzo de 2020

Tomar conciencia


Hablo estos días con amigos angustiados por la situación de alarma. No es solo angustia por verse contagiados, o por los efectos económicos y políticos de la crisis (imprevisibles y verdaderamente preocupantes), sino también por la brusca interrupción de la rutina diaria. Normalmente, esa rutina nos “protege” de calibrar profundamente el sentido de lo que hacemos y lo que nos pasa, así como de afrontar problemas y contradicciones fundamentales. Por ello, cuando deja de estar ahí para librarnos de cavilar (y no podemos evadirnos con mil distracciones) surge de golpe y porrazo todo lo que llevamos por dentro. 

Ahora bien, aunque el golpe sea duro y los primeros momentos resulten angustiosos, lo de tomar conciencia de nuestra extraña y problemática vida no puede ser algo tan malo; consideren la situación como una forma de recuperar el tiempo perdido.  

Por cierto, para escribir su maravillosa A la búsqueda del tiempo perdido, Marcel Proust se encerró también, durante años, en un piso de París, cuyas paredes forró de corcho para no oír el insulso y estéril ajetreo de la vida. Pensaba el escritor, con toda razón, que “lo vivo” no está en lo que ocurre en los salones o las calles, sino en la “vivida recreación” que hacemos de todo ello en el cuadro, la novela o el ensayo: solo de ese modo tomamos consciencia de la vida, prestándole así su verdadera densidad y sentido. Vivir no es experimentar sin más las cosas. Únicamente los animales viven en ese estrecho y huidizo momento que es el presente. Nuestro mundo – más libre y consistente – está en creer y crear, en contar y teorizar el mundo que experimentamos. Sin cuento, sin creación, sin reflexión, es decir: sin lenguaje y sin conciencia, nuestra vida es tiempo perdido.  

No hay nada más maravilloso y enigmático que el lenguaje y la consciencia humana, ese mundo del Mundo a cuyo través – por el angosto agujero que abren nuestras preguntas – se expande ese otro universo paralelo y no menos misterioso de los símbolos, el arte, la religión, la ciencia, la filosofía... Esa consciencia nuestra no es fácil de aprehender; en parte porque es con ella con la que lo aprehendemos todo. Algunos psicólogos y filósofos la asocian al silencioso soliloquio en el que, no sin conflicto, interiorizamos el cúmulo de voces con que nos educan. Somos – dicen – ese decir que nos corre por dentro, el cuento que nos contamos sobre todo lo que (se nos) cuenta y desde el que, a veces, nos atrevemos a hacer nuestra propia versión de la historia.

Porque la conciencia no es solo ese “locutor” íntimo a través del cual se focaliza la atención, se reconocen las cosas, se construye la identidad personal, se planifican, dirigen o juzgan las acciones, se sentimentalizan las emociones o se encienden y apagan los deseos… También es la facultad para tomar las riendas del mundo, esto es: para crear nuestro propio relato acerca del mismo. La conciencia puede ser crítica y, por ello mismo, creadora, exploradora, vindicadora de realidades. Solo ella nos vacuna de esa insistente pandemia que es el pensamiento único.

Otro de los rasgos extraordinarios que se adscribe a la conciencia humana es la habilidad para reconocerse en otros. Contamos con lo que los demás se cuentan, nos ponemos en su lugar, contamos con ellos, sabemos que lo que vivimos no es igual de frondoso sin cómplices que lo compliquen ni antagonistas que animen la contienda. No somos nadie sin la trama que urdimos entre todos – y de la que no deberíamos permitir que se pierda ni un solo hilo –.

Ojalá, en fin, este viejo cuento de epidemias, héroes, pueblos amenazados y gloriosas remontadas (del capital – ya verán –), nos dé al menos la ocasión de tomar consciencia. Consciencia de que todo es cuento. De que nosotros también contamos – nuestra versión libre, crítica, de la historia –. O de que sin cuidar de los demás se nos acabó el cuento. Aprovechen, así, estos días de encierro para liberarse: para recapacitar, expresar, charlar y, sobre todo, pensar. Tal vez se percaten de que el tiempo perdido no era este – kafkiano y lúcido – del confinamiento, sino el de antes de que se les diera la angustiosa oportunidad de tomar conciencia. 

Este artículo fue publicado originalmente en El Periódico Extremadura. Para leerlo en prensa pulsar aquí. 

jueves, 1 de junio de 2017

Sobre el ser humano y la mente (5ª sesión Taller de Filosofía del Ateneo de Cáceres Abril-junio 2017)



El pasado miércoles celebramos nuestra 5ª sesión del Taller de Filosofía del Ateneo de Cáceres. Esta vez la hemos dedicado a la antropología y psicología filosóficas, y nos hemos preguntado por la identidad y la esencia de las personas. ¿Qué es ser un ser humano? ¿En qué nos diferenciamos del resto de los animales, o de las máquinas, o de los dioses? ¿Somos meras estructuras biológicas o algo más? ¿En qué consiste la identidad personal? ¿Cómo podríamos saber que somos la misma persona que éramos (o que esperamos ser), y en qué consiste que seamos lo que somos? ¿Es lo mismo el cerebro que la mente? ¿Existe algo así como el alma? ¿En qué consisten las emociones, la voluntad, la conciencia? ¿Cómo está organizada nuestra mente?... Esta vez, debate y ponencia han ido casi a la par, por lo que hemos sido todos responsables del grado de perplejidad alcanzado (y en el que seguimos batiendo records). Por cierto, el tema que más debate suscitó al final fue la vieja (y renovada) teoría pansiquista. ¿Es cierto que todo -- también los seres inorgánicos -- tiene alma (o forma)?...

Mientras edito las notas de la ponencia comparto la presentación, que da idea de todo lo que tratamos (o, más bien, de lo que estaba proyectado que tratáramos) y una bibliografía básica.

El próximo miércoles 7 comenzaremos a tratar del tema fundamental de la filosofía: el ser. En esta primera sesión haremos una introducción a los problemas de la ontología y analizaremos las distintas perspectivas filosóficas en torno a este asunto fundamental. Será, como siempre, de 20 a 21.30.

viernes, 21 de octubre de 2016

Es el alma, estúpido.


Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura


En el último artículo que publiqué en El Correo Extremadura venía a criticar a los que critican a las prostitutas por vender su cuerpo, aduciendo que es mucho peor vender el alma, algo a lo que se dedican con denuedo casi todos los personajes encumbrados (y admirados) que conozco. Más allá de otros comentarios, algunos lectores me han reprochado que sacara a relucir algo para ellos tan inexistente como el alma. 

 Para mucha gente de mi entorno, quizás la mayoría, el alma no existe. No es más que una creencia infundada, un artefacto mítico religioso para consolarnos de la muerte y dar de comer a una variada gama de charlatanes. Y no vale replicarle a estos escépticos que quizás el alma no, pero que la mente (que es lo mismo pero con otro nombre) sí que tiene que existir, aun cuando no sea sino un misterioso fantasma en la máquina cerebral – una suerte de software invisible ululando por entre las placas de mi ordenador neurológico – . Nada. Para ellos la mente es el nombre (igualmente mítico) que ostenta el conjunto de cosas que aún no sabemos sobre el cerebro. Todo es química – dicen – , aunque aún no podamos químicamente demostrarlo. 

Pero esta tesis acarrea tremendas consecuencias. Hace unos días les planteaba algunas a los alumnos de psicología que, como todos los años, abarrotan las clases. “Chicos – les dije – , tenemos un problema. Si la mente no existe, y todo es química, no tenéis el más mínimo futuro como psicólogos. Más vale que estudiéis neurología, bioinformática, o algo por el estilo”. Y lo mismo cabría decirles a los que tienen hora en la consulta del psicólogo. “Todos los que no estéis locos de remate, levantaos del diván – les diremos –, vuestra cura está en las farmacias o en manos del neurocirujano, no perded más tiempo aquí”. 

Esto de la mente y el cerebro (o el alma y el cuerpo, que es otra forma de decirlo) es una de las más típicas y antiguas disputas de la filosofía. ¿Donde ocurren realmente los llamados “fenómenos mentales”, es decir, nuestras sensaciones, emociones, deseos, sueños, imágenes o ideas? Suponga usted que cierra los ojos e imagina un intenso color rojo. ¿Dónde ocurre ese color rojo que imagina? No ocurre delante de sus narices, pues lo está imaginando. Pero tampoco ocurre detrás de sus narices, pues su cerebro, lo miren por donde lo miren, permanece perfectamente gris ¿Donde está, entonces, el rojo que usted ve? Solo cabe responder con esa enigmática palabra: está en la mente, ese misterioso lugar que no ocupa lugar, y que antes llamábamos, sin complejo alguno, el alma. 

Si el rojo que usted ve no está en las neuronas (todas ellas de color gris blancuzco), que vamos a decir de la totalidad de sus sueños, de sus emociones, deseos o pensamientos. Los que no creen en el alma tendrían que explicarnos, también, como es que las ideas (las del químico, por ejemplo), siendo tan químicas como son, carecen de cualquier propiedad química o física – ¿qué extensión posee una idea geométrica? ¿cuánto pesa la teoría de la gravedad? ¿evolucionan y mutan las leyes evolutivas? ¿y lo hacen según esas mismas leyes inalterables? – . Si las matemáticas fueran un producto cerebral, serían los mejores neurólogos los que resolvieran los más temibles teoremas matemáticos. Y si la ciencia química estuviese hecha de química, podríamos hacer chocar teorías, unas con otras, para demostrar cuál es más consistente (aunque, claro, eso de la consistencia no sería menos químico y chocante). 

Que el alma (perdón, la mente) existe está fuera de toda duda razonable. El problema es si existe el cerebro. Al fin y al cabo, eso de la química y las neuronas no son más que un conjunto de ideas. ¿Y de qué están hechas las ideas? De la materia de los sueños, como la vida misma, diría Shakespeare. Para los filósofos idealistas la mente lo es todo. Y para los más platónicos hasta eso de la mente es una idea de... ¿Dios? 

¿Entienden ahora porque les decía que, puestos a profanarse a si mismos, vale más vender el alma que alquilar el cuerpo? Y si no que se lo digan a los honorables consejeros de Caja Madrid, que tan cara la han vendido. O a los reputados y carísimos abogados que defienden estos días sus extravagantes exculpaciones. ¿Habrase visto prostitución más fina que la de estos consejeros y leguleyos que venden su inmaterial talento al mejor postor? No es el cuerpo lo que compra el diablo – habría que decirles a los que denigran a las honradas y sufridas prostitutas –. Es el alma, estúpido. Casi lo único que sabemos, seguro, seguro, que existe.

domingo, 4 de marzo de 2012

Una teoría de la mente

El ser humano es un ser dinámico o activo: ha de “moverse” para lograr lo que le falta (esto es característico de todos los seres que conocemos, dado que ninguno de ellos es “perfecto” o “completo”) Investigar al ser humano consiste, por tanto, en investigar su forma de actuar y de moverse, es decir: su conducta.

Ahora bien, la conducta de los humanos (y de otros animales) está determinada por la mente . Si suponemos al ser humano como un compuesto de cuerpo y mente (o cerebro), la parte mental (o cerebral) es la que controla y dirige al resto. Por eso, para estudiar la conducta humana, lo que más nos interesa estudiar es la conducta o actividad mental.

En general, la mente (o cerebro) parece ser aquello que organiza la conducta entera de un ser en relación al medio (la realidad) y a ciertos fines (los propios de ese ser), dotando así de forma y unidad a su comportamiento.

 En el caso del ser humano, esta tarea organizativa de la mente es muy compleja, y siempre se ha dividido en "partes" o “facultades”. Las divisiones más tradicionales consistían en separar la parte racional, cognoscitiva y más activa, de un lado, y la parte emotiva y sensible, más pasiva y supuestamente irracional, del otro. Nosotros proponemos la siguiente distinción básica y muy general (pero que, creemos, recoge toda la fenomenología mental): la sensibilidad, la emotividad, la voluntad y el entendimiento.

La mente humana sería como una conducta o actividad interna que dirige todo lo que hacemos en función de lo que creemos que es la realidad y lo que creemos que nos conviene (y entiéndase aquí creencia en el sentido más amplio posible, como representación psíquica -y no solo, ni principalmente, como creencia o representación consciente-). Más en concreto, el entendimiento y la sensibilidad organizan nuestra conducta en relación a lo real, generando pensamientos y sensaciones acerca de lo que es el mundo, para así poder orientarnos en él. De otro lado, la voluntad y la emotividad generan intenciones y emociones que nos señalan cuáles son nuestros intereses, de manera que guiemos nuestra conducta en relación a ellos.

Muy simplificadamente, podríamos decir que cuando la mente actúa para conformarse a sí misma con la realidad (según las leyes del pensamiento), se produce el entendimiento; y que cuando la mente actúa para conformar el resto del organismo (el cuerpo) a la realidad (según leyes físicas, psicológicas...), se da la sensibilidad. De otro lado, cuando la mente actúa para dirigirse a sí misma ("empujando" al cuerpo) a ciertos fines (según leyes morales), se produce la voluntad; y cuando la mente actúa para dirigir al resto del organismo (incluyéndose a sí misma) hacia fines (según pautas culturales), se da la emotividad...

lunes, 28 de septiembre de 2009

¿Van las neuronas en bicicleta? El problema mente-cerebro.


Hay una vieja polémica en la filosofía y en la ciencia acerca de lo que llamamos "fenómenos mentales" (sensaciones, emociones, deseos, sueños, imágenes, ideas...). Algunos (quizás la mayoría) piensan que todos estos fenómenos ocurren en el cerebro y son, por tanto, de carácter físico-químico o material. Otros afirman que tales fenómenos no pueden explicarse totalmente en términos cerebrales, por lo que opinan que hay algo así como una "mente" distinta al cerebro que es "dónde" ocurren las sensaciones, emociones, etc.  ¿Quién tiene razón? 

Podemos empezar por una pregunta muy sencilla (de plantear, no de responder): ¿Dónde "están" las cosas que imaginamos? Suponed que cerráis los ojos e imagináis un objeto rojo, por ejemplo, una bicicleta. ¿No es cierto que la "veis" (con todo el detalle que queráis si os concentráis un poco)? La pregunta es: ¿Dónde está esa bicicleta roja que estáis viendo? No está ahí, frente a vosotros, como un objeto físico, pues la estáis imaginando. ¿Estará en el cerebro? Si así fuera, algo en nuestro cerebro debería ponerse rojo y adoptar la forma de bicicleta, ¿no? ¿Ocurre eso? ¿O más bien el cerebro permanece del mismo color gris de siempre y las neuronas, aunque corran de un lado a otro, siguen haciéndolo sin usar bicicletas? 
Ahora bien, si tampoco está en el cerebro, ¿dónde "están" entonces cosas que imaginamos? En la mente (dirá alguien), que no es ni el mundo físico frente a nosotros, ni el cerebro físico que tenemos detrás de la frente. Vale. Pero entonces la pregunta infinitamente misteriosa es: ¿Qué es y "dónde" está la mente? ¿Cómo puede existir algo que no esté ni en el mundo físico ni en el cerebro? ¿Dónde está entonces? ¿Puede "estar" en algún sitio si no es (como parece) una "cosa física"? ¿Es una especie de fantasma o qué? ¡¡Pero creer en fantasmas con la edad que tenemos!!... 

No sé. ¿Cómo arreglamos este asunto? (Que, por cierto, si tiene arreglo será en la mente con la que pensamos, ¿no?)

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