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martes, 21 de junio de 2016

El lugar de la religión en una educación laica.

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en el diario.es Extremadura


Cada vez que menciono, siquiera de pasada, mi opinión acerca del lugar de la religión en el sistema educativo, me saltan al cuello los defensores del laicismo en la escuela. Ya es hora de hacer un análisis desapasionado de sus argumentos, y de exponer, de paso, los míos. A ver si logramos sacar algo en claro.

El argumento principal de los laicistas opuestos a la religión en la escuela tiene que ver con una determinada interpretación de lo que es la laicidad y la distinción entre lo público y lo privado. Bien. Simplificando mucho, partamos de que el laicismo, en un sentido muy básico, no designa más que la exigencia de separación de los poderes de la Iglesia y el Estado. El desacuerdo está en cuál sea el alcance, las consecuencias y el significado de esa separación. Así, mientras que algunos piensan que la separación solo se refiere al ámbito político, y la entienden como la no injerencia de la Iglesia en decisiones políticas, otros piensan que la separación incumbe a todos los aspectos de lo público (desde la educación al calendario festivo), al menos los más formales, y que debe entenderse como ausencia absoluta de relación entre este ámbito público y el ámbito religioso, que quedaría estrictamente relegado a la esfera de lo privado.

Comencemos por decir que la distinción público-privado es una abstracción que dista mucho de estar clara. ¿Qué es, por ejemplo, lo “público”? Desde una lógica democrática, lo que es público (el interés común) ha de expresar la suma, compleja, de los intereses privados y de los principios acordados entre todos. En este sentido, si gran parte de la gente de un determinado país (por ejemplo, el nuestro) se siente identificada con ciertas creencias religiosas, sería una muestra inaceptable de totalitarismo que el Estado negara a estas creencias su carácter público – obligando a retirar, por ejemplo, símbolos cristianos de las calles, o prohibiendo las celebraciones religiosas (y todas – la navidad, los carnavales, las fiestas del solsticio – lo son o fueron en su origen), como he oído pedir a algunos laicistas.

El mismo problema de distinguir entre lo público y lo privado afecta a la educación. ¿Quién ha de decidir lo que es de interés público en la educación? ¿El propio público? ¿O un comité de paternales y presuntos sabios elegidos por quién? Si no queremos incurrir en actitudes totalitarias o religiosas (ese comité de sabios iluminados se parecería mucho a una congregación eclesiástica), tenemos que admitir que son los ciudadanos los que deben orientar la decisión acerca de lo que sea y no sea de interés público. Y lo cierto – insisto – es que una notable proporción de los ciudadanos de este país (nos guste o no) comparten unas determinadas creencias religiosas que quieren, legítimamente, trasvasar a sus hijos –junto a muchas otras cosas – a través del sistema educativo. ¿Qué se puede objetar a esto?

Otro argumento muy recurrido es el del carácter ideológico y doctrinario de la materia de religión. Pero, vamos a ver: ¿qué no es un contenido ideológico o doctrinario? Sobre este asunto discutirían hasta la extenuación relativistas y dogmáticos (y, entre estos últimos, cristianos y cientifistas ateos, ambos seriamente convencidos, por supuesto, de que las ideas que defienden no son meras ideas, sino verdades como puños). Pero parece claro que esto de lo “doctrinario” es un asunto de grados, y que pocos filósofos o científicos (muchísimos de ellos creyentes, por cierto) dejarían de reconocer que la ciencia es también, en buena parte, un producto ideológico repleto de axiomas y de supuestos carentes de fundamento racional. Además, y por otro lado, el caso es que, por motivos muy variados (y no necesariamente racionales), el estudio de las ciencias positivas se han impuesto desde hace décadas como el eje vertebral de nuestros sistemas educativos, dejando al margen a las enseñanzas artísticas, a las llamadas humanidades y, mucho más allá, a la religión. ¡No sé, por tanto, de qué se quejan los laicos afines al positivismo cientificista: su ideología casi se confunde, hoy en día, con el “sentido común” – exactamente tal como ocurría con la de los creyentes cristianos hace unos siglos – !

Finalmente, hay dos rasgos fundamentales que distinguen a una sociedad democrática (y que, consecuentemente, deberían distinguir también a su sistema educativo): la pluralidad ideológica y la capacidad crítica de los ciudadanos. Esto quiere decir que en una educación realmente democrática el alumno habría de tener libre acceso a todas las perspectivas ideológicas posibles (la científica, la humanística, la artística, la religiosa...); quizás no todas en el mismo grado, ni en el mismo momento de su desarrollo, pero sí todas las posibles, incluso las más alejadas de los valores comunes. La condición de toda esta pluralidad es que, a la vez, se les proporcione a los alumnos las herramientas adecuadas para el análisis y la decisión racional – como es el cometido de las materias filosóficas – . Con esto debería bastar y sobrar. Tal vez – como afirman ingenuamente algunos de mis amigos laicos – la ciencia sea la única fuente legítima de verdades, y la religión una simple colección de mitos falsos y moralmente perniciosos. ¿Pero por qué no se deja decidir a los alumnos sobre esto, una vez bien pertrechados de toda la información y de las herramientas de análisis adecuadas?

El resto de los argumentos para prohibir la religión en la escuela me parecen, honestamente, muy débiles. La idea – por ejemplo – de que la educación religiosa tenga que ofertarse en las parroquias, y no en los centros educativos, es tan peregrina como la de que la educación musical, o la educación física, tengan que ofrecerse, exclusivamente, en los conservatorios o los gimnasios. De otro lado, la caricatura que hacen algunos de la enseñanza de la religión como un atavismo propio de nuestro país no responde a los hechos, pues en la práctica totalidad de los países europeos (la excepción más conocida es Francia) la religión confesional es de oferta obligada (cuando no obligatoria de cursar) en los centros públicos. Finalmente, la crítica a la elección de los profesores de religión por parte de los obispos es en parte razonable (debería haber más transparencia y control del Estado), pero en parte no (¿quién habría de escoger a los profesores de religión sino, justamente, las autoridades religiosas?).

En fin, y en mi opinión, la exigencia de una educación laica, democrática y de calidad, no supone la exclusión de la formación religiosa (como optativa de libre elección) de las escuelas. Aunque, a mi juicio, sería más sensato que se ofertara a partir de secundaria (no en primaria), que no fuera evaluable, y que se impartiera en las márgenes del horario escolar, sin requerir, por tanto, de una materia alternativa.



miércoles, 27 de abril de 2016

Ética y religión.

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura.

Una de las novedades del nuevo decreto educativo que ha presentado el gobierno extremeño es la reducción de las horas de religión católica – que pierde, en total, dos horas semanales – . Que una materia cuya presencia en el sistema educativo resulta tan polémica e injustificable para buena parte de la sociedad se reduzca al mínimo parece bastante sensato. Tan sensato debe de ser que los propios portavoces del colectivo de profesores de religión han elegido tomar esta reducción como una afrenta laboral antes que como un asunto ideológico. Los profesores advierten que se van a perder puestos de trabajo, dado, sobre todo, que los profesores de religión solo pueden dar religión, (a diferencia de otros docentes, que pueden impartir materias afines a su especialidad para completar su horario). Es lamentable, sin duda, que se pierdan puestos de trabajo. Pero es obvio que un problema laboral como este no puede condicionar la política educativa, o el diseño del currículo. En cuanto a la otra queja (la de que los profesores de religión solo puedan dar religión), carece de todo fundamento. Hay que recordar a la opinión pública que los profesores de religión lo son por elección directa del obispado, y no porque hayan acreditado mediante una prueba selectiva (como el resto de profesores) su competencia en ninguna especialidad docente.

Otra de las novedades de la futura ley educativa extremeña es la recuperación de la Educación para la ciudadanía, así como también de una materia optativa, llamada Ética y Derechos Humanos, en el primer curso de Bachillerato. En el fondo son medidas casi simbólicas, pues ambas materias no cuentan más que con una hora a la semana cada una, pero, pese a todo, resultan muy significativas; reflejan, cuando menos, que volvemos a una perspectiva más coherente con las necesidades y los ideales educativos de una sociedad como la nuestra. Y como la de los países de nuestro entorno. De hecho, la materia de Educación para la ciudadanía proviene de una recomendación del Consejo y el Parlamento europeos, que siempre estimó necesario formar a los ciudadanos de la Comunidad europea de acuerdo a ciertos valores – los Derechos humanos – y procedimientos democráticos.

Ahora bien, la estimación de esos valores y procedimientos nunca se ha entendido como una asunción dogmática, al menos en las leyes españolas, en las que, además, la materia suele ser adscrita a los departamentos de filosofía, lo que, sin duda, es un seguro contra todo dogmatismo o visión superficial. Lo que se ha pretendido siempre en Educación para la ciudadanía no es “adoctrinar” en esos valores (que no son otros – insistimos – que los que se enuncian, explícita o implícitamente, en la Declaración de los Derechos humanos), sino procurar que los alumnos los conozcan y los analicen crítica y racionalmente. No hay ningún valor que se pueda convertir en principio moral de alguien si ese alguien no se convence, antes, de la valía del mismo. Y para eso es necesaria la reflexión crítica y el diálogo racional en torno a la racionalidad y justificación del dicho valor o norma. Para colmo (de bienes) los programas de Educación para la Ciudadanía suelen contener temas de naturaleza ética, y algunos alumnos (los que no eligen religión) cursan también alguna hora de ética (que es, en la LOMCE, no más que la “alternativa” a religión).

La ética, como rama de la filosofía que es, no se dedica a “dictarnos” lo que es valioso o no, bueno o malo, sino a elaborar una reflexión radical en torno al concepto de valor y a los distintos sistemas morales (sin optar dogmáticamente por ninguno). Es el alumno, en última instancia, el que tiene que escoger y justificar sus principios morales. Y esos principios no caen del cielo, ni simplemente lo inculcan la familia o el entorno del alumno, sino que, en el ciudadano maduro, solo pueden ser el fruto de una larga y bien construida reflexión personal. Reflexión que, en último término, depende de ese diálogo íntimo, pero también social, que mantienen unas ideas con otras. Ese diálogo es lo que caracteriza a nuestro pensamiento, y poder ejercitarlo es la condición fundamental de la libertad y la dignidad humanas. Este ejercicio, y no ningún adoctrinamiento, es el objeto de la formación ética y, más indirectamente, de la Educación para la Ciudadanía. ¿Habrá algo más importante que esto para la educación de las personas?



sábado, 24 de octubre de 2015

Prohibido prohibir (la religión en la escuela).

Este texto fue publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura. 

Llega la temporada preelectoral, y el debate sobre la educación religiosa vuelve al escaparate mediático. ¿Se debe impartir religión en la escuela? Caso de que se deba, ¿se debe impartir integrada en el horario escolar, como una materia más, cuya evaluación sea computable para la nota media, etc.? Y, caso de afirmar todo lo anterior, ¿se debe obligar a cursar una materia alternativa a los alumnos que no quieran esa formación religiosa? Vayamos, pues, por partes.

¿Se debe impartir doctrina religiosa en la escuela? Los que afirman que se amparan en el derecho de los padres a elegir libremente la educación de sus hijos. Los que afirman que no argumentan que la escuela no es lugar para contenidos dogmáticos o religiosos, en ocasiones extraños a los valores constitucionales, y que dichos contenidos deben quedar confinados al ámbito privado o al propio de la institución específica a la que pertenecen (es decir, a la Iglesia). Bien. Para avanzar un poco en este viejo debate convendría, antes de nada, evitar o zanjar los juicios más (a mi juicio) superficiales, y quedarnos con lo más fundamental que anda en liza. La defensa a ultranza de la libertad de los padres, por ejemplo, es algo que nadie mantendría en serio (¿Tendrían derecho los padres a educar a sus hijos en los principios de una secta de suicidas o de practicantes del incesto?). Tampoco es sostenible que en la escuela solo se puedan impartir materias no dogmáticas. ¿Qué es una materia dogmática? La propia ciencia asume como dogmas sus axiomas y toda una serie de presupuestos filosóficos (de los que normalmente –y a diferencia de la teología— ni siquiera es consciente). Las enseñanzas artísticas parten, también, del presupuesto (irracional) de que el gusto o el arte carecen de criterios racionales (y de que es de mal gusto, o poco estético, exigir argumentos lógicos al que degusta o crea obras de arte). Si hubiera que eliminar todo dogmatismo de la escuela, tendríamos que cerrarla. El verdadero nudo del debate es otro. Entre defensores y detractores de la religión en la escuela lo que hay son dos visiones del mundo (y del hombre y sus valores) aparentemente opuestas. El catolicismo no carece de valores humanistas y universales, como he leído en algún panfleto, tan solo tiene los suyos (que para los católicos, como para todo el que cree estar en lo cierto, han de ser universalmente ciertos y válidos). Igual que el iluminismo ilustrado, el cientifismo o el socialismo (ese “cristianismo para laicos”, decía con sorna Nietzsche) tienen también su propia concepción del hombre y de lo que le es valioso. Que la polémica en torno a la religión en la escuela es, en el fondo, un debate entre concepciones distintas del mundo o el hombre lo muestra, además, el habitual cruce de acusaciones entre unos y otros: ambos se acusan, justamente, de querer adoctrinar a los alumnos (cuando en el fondo, de lo que quieren acusarse, unos y otros, es de no adoctrinar a los alumnos en las ideas correctas). Si esto es así, podemos hacer dos cosas. Resolver esta vieja polémica o, si como parece, esto no es de momento posible, acatar que, en una democracia, las controversias ideológicas no deben resolverse mediante prohibiciones, sino mediante el diálogo, hasta cuando es posible, y mediante la elección individual cuando este ya no lo es. Por eso creo que la escuela debería ofrecer todas las opciones ideológicas (en una democracia perfecta, hasta las más dogmáticas y antidemocráticas), a la vez que propicia el debate entre ellas (o, al menos, la libre elección individual). La religión católica ha de estar presente en la escuela, lo mismo que cualquier otra opción ideológica que la sociedad demande. Eso sí: siempre que, a la vez, se enseñe a debatir y a optar de forma crítica y argumentada, desarrollando la correspondiente competencia racional o filosófica. Pluralidad de opciones y capacidad crítica y racional. Esos son los dos rasgos que distinguen a una sociedad democrática y que, consecuentemente, deberían también distinguir a su sistema educativo.

Supuesto, pues, que deba ofertarse Religión Católica en la escuela, la segunda cuestión es cómo. Ofertarla en todos los cursos y ciclos educativos (como se hace ahora), y junto a las materias de alcance más universal (entre las cuales podría haber una materia de Religión –no de doctrina católica— en el más amplio sentido) es tan desproporcionado como lo sería la obligación de ofertar, no sé, clases de socialismo o de arte griego desde primaria a bachillerato. Esta injustificada persistencia no tiene más interés que el de la Iglesia católica por aumentar fácilmente el número de sus fieles. Ni siquiera cabe la justificación de que el alumno conozca y valore la impronta que el cristianismo (o el catolicismo) ha dejado en todos los aspectos de nuestra cultura. Se supone que eso ya se enseña en otras materias (historia, filosofía, literatura...) y desde un punto de vista más objetivo y reflexivo, que es de lo que, para ese caso, se trata.

Parece sensato, entonces, que la Religión Católica sea una asignatura opcional. Y que, dado su carácter específico, se imparta fuera del horario lectivo, o en sus márgenes (en las últimas o las primeras horas, por ejemplo), que su evaluación no cuente para la nota media, y (añadiría) que se oferte solo en en los últimos años de la secundaria. Su fuerte contenido ideológico y moral, y la forma dogmática de exponerlo, hacen de la materia de Religión algo no apto para mentes infantiles. La formación en una confesión religiosa concreta debería ser siempre una decisión adulta y consciente. Y tanto escuelas como padres deberían evitar que los niños puedan ser adoctrinados de una manera tan insistente (por la religión católica o por cualquier otra doctrina). Tal vez una familia crea que sus creencias son excelentes para sus hijos. Pero creo que sería más excelente aún procurar que fueran ellos los que la valoraran libremente así, a su debido tiempo.

Dicho todo lo anterior, la última cuestión es fácil de responder. La materia de Religión Católica, caso de que se imparta (fuera o en los márgenes del horario escolar común), no debe ir acompañada de una materia alternativa obligatoria para los que no la escojan. La obsesión de la Iglesia española por obligar a los alumnos que no quieren formación católica a cursar otra materia mientras sus compañeros dan Religión es una incongruente muestra de falta de fe. Los obispos parecen tener poca o ninguna confianza en el valor de lo que enseñan cuando quieren evitar a toda costa que la alternativa a dar Religión sea, simplemente, no darla e irse uno a su casa.

Por cierto: si castigar con una materia alternativa a los que no quieren formación católica es algo incomprensible (y muy poco cristiano), todavía lo es más que esta materia alternativa sea la de Valores Cívicos, o la de Valores Éticos, tal como ha establecido la LOMCE. Solo a un ultraliberal descreído de todo espíritu democrático se le ocurre pensar que la formación en los valores constitucionales que rigen nuestra convivencia (los valores cívicos), o la reflexión racional en torno a los valores, en general, que orientan nuestra elecciones vitales o políticas (los valores éticos), sean enseñanzas optativas a las que no tengan acceso los alumnos que escogen Religión. Justo antes decíamos que una de las competencias más fundamentales que debe contribuir a desarrollar el sistema educativo de un estado democrático es la competencia para evaluar racional y críticamente todas las opciones que se nos presentan en la escuela o en la vida (o en las urnas). Pues bien, esta competencia es justo la que desarrollan esas materias que, como la Filosofía, la Ética, o los Valores Éticos, se han convertido, con la LOMCE, en materias mayormente...¡Optativas! Como si reflexionar y analizar crítica y racionalmente todo lo que cada día hacemos y pensamos fuese no más que una opción, y no una necesidad humana ni la mayor garantía de madurez ciudadana y democrática que puede acreditar una sociedad.



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