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martes, 18 de abril de 2017

Cáceres Graffiti


La policía sigue a los grafiteros y está muy cerca de ellos, dicen los titulares del periódico. Al menos tres de ellos atentaron(es la palabra usada) contra fachadas particulares y establecimientos comerciales de céntricas calles de Cáceres. El Ayuntamiento ha contratado a expertos calígrafos para descubrir a los malhechores, a la vez que dice haber iniciado una campaña educativa en los colegios – ¡a cargo de la policía! –. También aducen las autoridades que la ciudad cuenta con espacios autorizados para este tipo de... ¿Qué?

Desde hace decenios se discute si el grafiti es arte o vandalismo (o ambas cosas a la vez). La discusión no es fácil de cerrar. De entrada porque poca gente se atrevería a definir lo que es o no es, en general, arte. Lo cierto es que desde, al menos, la década de los 50 en EE.UU, y poco después en Europa, existe esta forma de expresión juvenil, ligada a distintas corrientes musicales y estéticas, a reivindicaciones sociales y políticas, y a una cierta manera de entender la vida y la cultura urbana. De hecho, en torno al fenómeno del grafiti y sus mil variedades estilísticas hay enciclopedias enteras, amén de sesudos ensayos, congresos, festivales y grandes ídolos consagrados como el misterioso Bansky. Yo mismo, con algunos otros compañeros, llevo cada año a los alumnos a Berlín para que, entre otras cosas, conozcan de primera mano – con la ayuda de guías y en maratonianas sesiones – lo más florido del grafiti europeo. 

No voy a meterme, aquí y ahora, en ese laberíntico jardín filosófico que es el de la estética. Pero sí me gustaría plantear a los lectores una serie de consideraciones. Una de ellas es la relación que puede (o debe haber) entre arte, crítica y cambio social. Si puede (o debe) haber alguna relación, no sería para nada incompatible – sino, acaso, todo lo contrario –  que el arte tuviese ese lado subversivo que lo coloca en los márgenes de la ley. Como tal, la policía debe perseguirlo, por supuesto. Pero también, como tal, el grafitero debe seguir desafiando a la autoridad. 

Otra consideración es la de preguntarnos qué lleva a los jóvenes a este tipo de expresión transgresora (más allá de lo que la juventud tiene, per se, de transgresora). ¿Tiene algo que ver con el propio contexto urbano? ¿Con la situación de los jóvenes en los barrios (muchas veces marginales) de las grandes ciudades? ¿Con su modo de tomar – necesariamente, pues no tienen otro – el ámbito público como su lugar natural, e intentar darle su propio toque estético y una cierta función escénica sobre la que desplegar formas identitarias de comunicación? ¿Hay – por demás – sitio y cauces de expresión para estos jóvenes más allá de esas calles que toman como su casa? 

Y una última consideración. ¿Qué cosas están permitidas, y por qué, en el espacio público? Es obvio que un grafiti no solicitado en la fachada frente a mi casa es un acto de violencia (me obliga a participar de una experiencia estética que no deseo). ¿Pero no lo es, también, toda la cartelería publicitaria habitual (vallas, letreros, carteles comerciales), los reclamos auditivos, las luces de neón, y todos los demás incontables estímulos al consumo irreflexivo que llenan (infinitamente más que todos los grafitis juntos) cada metro cúbico del aire de nuestras ciudades? 

Claramente, la diferencia entre la publicidad callejera y los grafitis no es estética, sino solamente legal. La publicidad inunda los espacios públicos porque los convierte en privados pagando por ello. El grafitero, no. Y no solo porque no tenga con qué pagar. Sino porque acaso entiende – muy legítimamente – que el espacio público es público y que debería usarse para cosas más importantes que el simple (y omnipresente) negocio. Por ejemplo: para el arte, para la expresión de emociones, para la diversión, para la reflexión crítica... O para la reivindicación de las ansias de cambio... 

Creo, en fin, que si yo fuera grafitero – y aún a riesgo de que la policía me diera talleres educativos en la escuela –  también pensaría que las calles son... para los que se la viven. ¿No está mal como lema, eh?

Esta entrada fue publicada como artículo de prensa en El Correo de Extremadura. Para leer el artículo pulsar aquí



miércoles, 25 de enero de 2017

Desde Rusia con amor

Supongo que ya lo saben. El Parlamento ruso, a propuesta de dos parlamentarias del partido ultraconservador Rusia Justa, parece resuelto a despenalizar la violencia doméstica de “carácter leve” (la que no provoca más que arañazos y moratones) y no reincidente (no más de una denuncia al año), convirtiéndola en una simple falta administrativa. Dicho con más claridad, los padres de familia rusos podrán pegarle una paliza de tipo estándar (sin lesiones graves) al año a su mujer o a alguno de sus hijos, sin exponerse más que a una multa y unos días ayudando en misa. Digo lo de misa porque la iglesia ortodoxa, que afirma estar de acuerdo con la medida, siempre que la paliza sea “desde el amor” (sic), parece la más indicada para aprovechar los días de trabajo gratuito a la comunidad de sus feligreses más impulsivos (aunque siempre “justos”)... 

De este asunto trata nuestra última colaboración en El Correo Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

sábado, 7 de enero de 2017

El significado filosófico del Año Nuevo.


Si en Navidad se celebra la unidad entre lo trascendente (lo divino) y lo inmanente (el mundo), a través de la figura del Dios hecho hombre, en Año Nuevo se celebra algo parecido: la propia estructura intemporal del tiempo, la raíz constante en todo cambio, el tema invariable de las anuales variaciones.

Para algunos filósofos, como Nietzsche, la estructura del tiempo es circular. Todo lo que sucede volverá a suceder, en un eterno retorno. Todo se repite porque la realidad es sin principio ni fin, y no tiene otro sentido que el de ser, ella misma, una y otra vez. En muchas culturas, el tiempo se entiende también así: como un ciclo incesante de repeticiones, como una eterna danza circular, sin más sentido aparente que el de celebrarse, rítmicamente, una y otra vez.

Para otros filósofos, y en otras culturas, como la nuestra, el tiempo tiende a comprenderse, más lineal que circularmente, con principio, sentido y fin, como una historia en que cada suceso representa un paso adelante hacia la consecución de una meta final.

lunes, 2 de enero de 2017

¡Petardos!


Vivo en uno de los países más ruidosos del mundo. Se nota cuando viajas por Europa y descubres, sorprendido, que la gente conduce sin tocar el claxon, que se puede hablar por la calle con normalidad, o andar por tu casa sin oír los gritos del vecino o tener que tragarte sus programas de televisión, o simplemente que se puede dormir de un tirón, sin que te despierte al borde del infarto el tubo de escape de algún motorista oligofrénico...


lunes, 19 de diciembre de 2016

Mirar el fuego.

Decía un viejo profesor mío que los alambicados bailes del humo de la pipa de Kant eran la causa del estilo tortuoso de su pensamiento. Esto me hace recordar, de forma no menos barroca, algo que escuche alguna vez, es probable que un animada charla junto al hogar.


Se decía que el descubrimiento y domesticación del fuego, hace medio millón de años, tuvo que ser un elemento determinante en el desarrollo intelectual de nuestros ancestros. Cohabitar en torno a una fogata habría acabado, según parece, con las largas horas de oscuridad y peligro de la noche animal, tornándola en un tiempo humano de convivencia y ocio, una especie de prolongación artificial del día en la que nuestros antepasados podían soñar despiertos, pensar, y compartir ideas, cuentos y cantos a través de imágenes y misteriosos símbolos... ¿No es una bella hipótesis?... De esto trata nuestra última colaboración en El Correo Extremadura. Se puede leer pulsando aquí.

viernes, 25 de noviembre de 2016

Españoles: Rita Barberá ha muerto.




No sé cuantos de los lectores siguen recordando el NO-DO, la serie de noticieros propagandísticos que, durante el régimen de Franco, eran de obligada proyección en los cines. Si no lo recuerdan, no importa, basta con ver el telediario de casi cualquier canal público o privado. Durante veinte minutos nos azotaron ayer con la muerte de Rita Barberá. En el estilo del viejo NO-DO se glosó la figura política de la difunta, el traslado (con grandes medidas de seguridad) del cadáver, los ramos de flores y los tres días de luto en Valencia, la oferta del Ayuntamiento de instalar allí la capilla ardiente, los minutos de silencio en el Senado y el Congreso...   De esto y más va nuestra última colaboración en el Correo Extremadura. Para seguir leyendo pulsa aquí. 

viernes, 11 de noviembre de 2016

Defensa y contradefensa de Trump

Lo cierto es que la única diferencia estimable entre Trump y Clinton es la de los valores con los que cada uno de ellos envuelve o edulcora una política económica que es, en sus aspectos esenciales, la misma. El problema para Clinton y la socialdemocracia (tanto americana como europea) es que sus valores (cosmopolitismo, ecología, feminismo, tolerancia sexual...) solo interesan a unas élites sociales y culturales confundibles, además, con las élites económicas y la clase media alta urbana, mientras que los valores que venden Trump o los ultraconservadores del Tea Party son los que seducen a la inmensa mayoría.

De todo esto va nuestra última colaboración en El Correo Extremadura


Llevo dos días leyendo artículos pseudo apocalípticos sobre el triunfo de Donald Trump. La mayoría son superfluos y se limitan a hacer una caricatura del personaje, de sus electores y del contexto político. No es que yo quiera defender, ni mucho menos, todo lo que representa Trump, pero me molesta ver como se hace pasar por información u opinión una simple lista de tópicos tipo “estamos en manos de un loco”, “la guerra estallará en breve”, “el mundo no volverá a ser lo que era...”. ¿Cuántas veces no habremos escuchado esta misma sarta de insensateces? Miles. A veces parece que vivimos de esa efímera ración de emociones que nos brindan los medios vendiéndonos (uno o dos cada mes) acontecimientos que, presuntamente, cambiarán el rumbo de la historia.

Pues siento ser aguafiestas, pero no creo que Trump vaya a empezar ninguna guerra mañana ni que sea ningún perturbado mental. Si necesitan tranquilizarse al respecto abran las páginas de economía y vean las cotizaciones bursátiles al alza. Fíjense, también, en las primeras intervenciones públicas. Han sido las típicas de un presidente electo, sin estridencias ni golpes de efecto. Recuerden que las payasadas o las declaraciones extravagantes son casi la única estrategia electoral para todo aspirante al poder que no pertenezca al establishment. Si no tienes el apoyo de las élites políticas, económicas y (por tanto) mediáticas, solo hay un apoyo posible, el de la gente común, y solo un camino posible para lograr ese apoyo: el del show business y los medios sensacionalistas. Pasadas las elecciones, y en tanto no haya demasiados problemas o bajen los índices de popularidad, verán como Trump hace menos el payaso y dice menos sandeces.

Tampoco creo que Trump sea un racistamisógino u homófobo especialmente recalcitrante. O, al menos, no creo que lo sea mucho más (ni menos) que los millones de personas que lo han votado. Curiosamente, y más allá de la intención de los medios de explotar hasta el límite la imagen de loco fanático de Trump y sus seguidores, en sus mítines hemos visto muchos inmigrantes y no menos mujeres que varones (a los homosexuales no se les distingue a simple vista). No pocos de ellos confesaban, además, haber votado en otras ocasiones a los demócratas.

Un analista nada sospechoso de congeniar con Trump, Thomas Frank (autor de un libro imprescindible: ¿Qué pasa con Kansas? Cómo los ultraconservadores conquistaron el corazón de Estados Unidos) contaba hace meses en un artículo en The Guardian lo que le extraño comprobar que en los mítines de Trump de lo que más se hablaba, con diferencia, era de comercio y economía (no de inmigrantes o de la supremacía de la raza blanca). Las encuestas que menciona Frank, realizadas entre trabajadores industriales blancos del “Rust Belt” (la zona que más ha sufrido la recesión industrial), confirman que el apoyo prestado a Trump está relacionado con la imagen de contundencia y eficacia que les transmite (tan distinta de la ambigüedad y la retórica de los políticos tradicionales) y con propuestas económicas que tienen que ver con mejorar su nivel de vida (y no especialmente con el asunto de la inmigración ilegal, que ocupaba tan solo el tercer puesto en la lista de sus preocupaciones).

En un reciente artículo, Ignacio Ramonet sacaba a la luz lo que los medios suelen ocultar acerca del programa electoral de Trump. Con un infalible estilo de telepredicador Trump ha vendido a sus votantes el sueño de la reindustrialización de América a través de la derogación de tratados comerciales y la adopción de políticas proteccionistas. Ha prometido también enfrentarse a los arrogantes ejecutivos de Wall Street rescatando impuestos contra la especulación y reestableciendo, incluso, una ley de 1933 – la ley Glass-Steagall – contra la conversión de la banca tradicional en banca de inversiones. Se ha mostrado partidario de frenar los recortes en seguridad social y en sanidad con que suelen amenazar los republicanos. Ha anunciado, también, que se enfrentará al lobby farmaceútico para bajar el precio de los medicamentos, y al lobby de la industria armamentística para rebajar el presupuesto militar (a la vez que anuncia una política exterior menos intervencionista). Su argumento es que siendo multimillonario no necesita de las donaciones ni del apoyo financiero de estos lobbies y puede hacer política independientemente de ellos. Trump ha vendido, en suma, la vieja pero siempre efectiva idea de que se enfrentará a los poderosos para beneficiar a sus “amigos” los más humildes, la gente sencilla y trabajadora que es la única que entiende su lenguaje llano y franco, etc.

Ahora bien, es obvio que todo esto es falso. Ni Trump es Robin Hood, ni es amigo de los humildes, ni tiene más dinero o poder que los lobbies de Washington. Tampoco va a acabar con la globalización ni con el libertinaje financiero de Wall Street, ni con los recortes al escuálido sistema de asistencia social, ni con la necesidad estratégica de intervenir en el exterior... La política del gabinete Trump no será, de hecho, muy distinta, en sus aspectos esenciales, de la que hubiera emprendido Clinton. Trump no es un loco fanático y antisistema, sino un líder pragmático que quería su ración de poder y ha jugado sus cartas para lograrlo.

Trump ha mentido a sus electores, como han de hacer todos para ganar las elecciones. Una vez en el despacho oval se dedicará a vender la misma política neoliberal que pensaba vender Clinton, aunque con una retórica y una serie de concesiones superficiales diferentes. Lo cierto es que la única diferencia estimable entre Trump y Clinton es la de los valores con los que cada uno de ellos envuelve o edulcora una política económica que es, en sus aspectos esenciales, la misma. El problema para Clinton y la socialdemocracia (tanto americana como europea) es que sus valores (cosmopolitismo, ecología, feminismo, tolerancia sexual...) solo interesan a unas élites sociales y culturales confundibles, además, con las élites económicas y la clase media alta urbana, mientras que los valores que venden Trump o los ultraconservadores del Tea Party son los que seducen a la inmensa mayoría.

Como afirma Frank, el populismo neoliberal ha sabido compensar la enorme inseguridad y desorden económicos que generan sus políticas con la seguridad y el orden moral (social, racial, sexual...) tradicional que, aún más en tiempos de incertidumbre, cautiva a las clases populares. Así, frente al humanismo laico y abstracto de la socialdemocracia, Trump defiende cosas infinitamente más tangibles y emotivas: la familia, la patria, la religión, las viejas tradiciones... Frente a la “pereza hedonista” (el “asistenciado” ) asociada al estado social, Trump reivindica la vieja moral puritana del mérito y el esfuerzo. Frente a la élite de snobs de clase alta corrompidos por los poderes económicos que representa Hillary Clinton, Trump representa la edénica y no menos puritana reivindicación del hombre sencillo y virtuoso que triunfa por sus propios medios.

Curiosamente, a la versión básica del American dream que vende Trump se han incorporado con suma astucia, y cambiados totalmente de bando, gran parte de los viejos valores de la izquierda: la dignidad del trabajo, el amor por la industria, la defensa del oprimido por las élites, o del manipulado por los medios de propaganda de esas mismas élites –son memorables los insultos que Trump ha dedicado a la prensa del “sistema” (prácticamente toda) durante la campaña– .  Como afirma Frank, es tomando por objetivo a la élite de la cultura, y a una socialdemocracia desvaída y corrupta, y lanzando contra ella los viejos argumentos de la izquierda tradicional, como el populismo de derechas protege hoy a la élite del dinero.

Ante este panorama mucho me temo que tenemos Trump y populismo neoliberal para mucho tiempo. Tanto a un lado como a otro del mundo. Y peleando por los mismos (y cada vez más escasos) recursos. Por cierto, dije antes que la guerra no iba a empezar mañana, no que no fuera a empezar. Hay veces en las que me alegro de no ser joven.

viernes, 21 de octubre de 2016

Es el alma, estúpido.


Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura


En el último artículo que publiqué en El Correo Extremadura venía a criticar a los que critican a las prostitutas por vender su cuerpo, aduciendo que es mucho peor vender el alma, algo a lo que se dedican con denuedo casi todos los personajes encumbrados (y admirados) que conozco. Más allá de otros comentarios, algunos lectores me han reprochado que sacara a relucir algo para ellos tan inexistente como el alma. 

 Para mucha gente de mi entorno, quizás la mayoría, el alma no existe. No es más que una creencia infundada, un artefacto mítico religioso para consolarnos de la muerte y dar de comer a una variada gama de charlatanes. Y no vale replicarle a estos escépticos que quizás el alma no, pero que la mente (que es lo mismo pero con otro nombre) sí que tiene que existir, aun cuando no sea sino un misterioso fantasma en la máquina cerebral – una suerte de software invisible ululando por entre las placas de mi ordenador neurológico – . Nada. Para ellos la mente es el nombre (igualmente mítico) que ostenta el conjunto de cosas que aún no sabemos sobre el cerebro. Todo es química – dicen – , aunque aún no podamos químicamente demostrarlo. 

Pero esta tesis acarrea tremendas consecuencias. Hace unos días les planteaba algunas a los alumnos de psicología que, como todos los años, abarrotan las clases. “Chicos – les dije – , tenemos un problema. Si la mente no existe, y todo es química, no tenéis el más mínimo futuro como psicólogos. Más vale que estudiéis neurología, bioinformática, o algo por el estilo”. Y lo mismo cabría decirles a los que tienen hora en la consulta del psicólogo. “Todos los que no estéis locos de remate, levantaos del diván – les diremos –, vuestra cura está en las farmacias o en manos del neurocirujano, no perded más tiempo aquí”. 

Esto de la mente y el cerebro (o el alma y el cuerpo, que es otra forma de decirlo) es una de las más típicas y antiguas disputas de la filosofía. ¿Donde ocurren realmente los llamados “fenómenos mentales”, es decir, nuestras sensaciones, emociones, deseos, sueños, imágenes o ideas? Suponga usted que cierra los ojos e imagina un intenso color rojo. ¿Dónde ocurre ese color rojo que imagina? No ocurre delante de sus narices, pues lo está imaginando. Pero tampoco ocurre detrás de sus narices, pues su cerebro, lo miren por donde lo miren, permanece perfectamente gris ¿Donde está, entonces, el rojo que usted ve? Solo cabe responder con esa enigmática palabra: está en la mente, ese misterioso lugar que no ocupa lugar, y que antes llamábamos, sin complejo alguno, el alma. 

Si el rojo que usted ve no está en las neuronas (todas ellas de color gris blancuzco), que vamos a decir de la totalidad de sus sueños, de sus emociones, deseos o pensamientos. Los que no creen en el alma tendrían que explicarnos, también, como es que las ideas (las del químico, por ejemplo), siendo tan químicas como son, carecen de cualquier propiedad química o física – ¿qué extensión posee una idea geométrica? ¿cuánto pesa la teoría de la gravedad? ¿evolucionan y mutan las leyes evolutivas? ¿y lo hacen según esas mismas leyes inalterables? – . Si las matemáticas fueran un producto cerebral, serían los mejores neurólogos los que resolvieran los más temibles teoremas matemáticos. Y si la ciencia química estuviese hecha de química, podríamos hacer chocar teorías, unas con otras, para demostrar cuál es más consistente (aunque, claro, eso de la consistencia no sería menos químico y chocante). 

Que el alma (perdón, la mente) existe está fuera de toda duda razonable. El problema es si existe el cerebro. Al fin y al cabo, eso de la química y las neuronas no son más que un conjunto de ideas. ¿Y de qué están hechas las ideas? De la materia de los sueños, como la vida misma, diría Shakespeare. Para los filósofos idealistas la mente lo es todo. Y para los más platónicos hasta eso de la mente es una idea de... ¿Dios? 

¿Entienden ahora porque les decía que, puestos a profanarse a si mismos, vale más vender el alma que alquilar el cuerpo? Y si no que se lo digan a los honorables consejeros de Caja Madrid, que tan cara la han vendido. O a los reputados y carísimos abogados que defienden estos días sus extravagantes exculpaciones. ¿Habrase visto prostitución más fina que la de estos consejeros y leguleyos que venden su inmaterial talento al mejor postor? No es el cuerpo lo que compra el diablo – habría que decirles a los que denigran a las honradas y sufridas prostitutas –. Es el alma, estúpido. Casi lo único que sabemos, seguro, seguro, que existe.

sábado, 1 de octubre de 2016

El tabú de la prostitución.

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura



La prostitución es una actividad que casi siempre ejercen y padecen las mujeres más vulnerables de la sociedad, y es una lacra terrible que, en muchas ocasiones, acaba moral, psicológica y hasta físicamente con ellas. La inmensa mayoría de las mujeres que se prostituyen lo hacen obligadas por la fuerza o acuciadas por la necesidad, y en casi todos los casos son explotadas, violentadas y humilladas por mafias, proxenetas y clientes. ¿Qué se puede hacer? ¿Prohibirla tajantemente y perseguir con todo el peso de la ley a aquellos que la fomentan y demandan? ¿O legalizarla del todo, para dotarla, al menos, de las condiciones de seguridad y protección social de cualquier otra actividad laboral? En torno a esta cuestión hay un viejo y complejo debate que no vamos a reproducir ahora. Hay un aspecto, sin embargo, que me parece que se descuida: el del daño moral que se causa a la persona que se prostituye cuando se denigra más de lo que es razonable la actividad que se ve forzada a ejercer. Me parece que el juicio moral (casi siempre superficial y cargado de prejuicios – de uno u otro signo – ) que suele hacerse del ejercicio de la prostitución es una de las causas del frecuente deterioro psicológico y personal de las mujeres que se ganan la vida con el negocio del sexo. Y no sería mal propósito librarlas, cuando menos, de esta injusta carga.

La prostitución puede ser una actividad indigna, como lo es, sin duda, cualquiera en la que se mercadee con aquello que constituye nuestra humanidad, o nuestra identidad como personas. Pero justo por eso, y salvo por el tabú que rodea a todo lo sexual, no veo que la prostitución tenga que ser más indigna que otras actividades “laborales” en que también se compran y se venden determinados atributos o capacidades humanas, sean físicas, psicológicas o de cariz más espiritual. Hasta ahora nadie ha sabido explicarme – por ejemplo – por qué razón ha de resultar moralmente reprochable vender o alquilar el cuerpo cuando lo hace la prostituta y no cuando lo hacen la masajista, el minero o el descargador de muelle. Si hacemos abstracción de las terribles condiciones en que se ejerce habitualmente la prostitución, no creo que haya – racionalmente hablando – ninguna diferencia moral entre vender el uso de las manos y el de los genitales. La distinción es cultural, mítica, incluso religiosa. Solo bajo la influencia de creencias profundamente irracionales podemos llegar a creer que las personas (y en especial las mujeres) guardan la dignidad entre las piernas más que en las manos (que, por cierto, nos distinguen mucho más específicamente de los animales que ningún órgano sexual) o en cualquier otra parte de sí mismas. Estas creencias permanecen vigentes hoy: nadie culpabiliza a nadie por “vivir de sus manos”, pero sí por “vivir de sus genitales”. Este prejuicio moral, repito, va más allá de las condiciones deplorables de esclavitud en que operan normalmente las prostitutas. En el hipotético caso de que una mujer eligiera ejercer la prostitución de forma voluntaria y en las mejores condiciones imaginables (como, quizás, algunas prostitutas de lujo), la gente seguiría denostándola por comerciar con esa dimensión “tabú” del cuerpo, a la vez que seguiría admirando a los rudos mineros o a los deportistas de élite, como si estos no vivieran, también, del comercio con sus cuerpos.

El que a mucha gente le parezca indigno prestar un “servicio sexual” (lo cual, ciertamente, es indigno), pero no cualquier otro que implique la compraventa de los atributos y habilidades humanas parece un tanto inexplicable. ¿Por qué es presuntamente digno vender tus servicios como asesora bursátil, psicóloga, actriz o masajista...y no como prostituta? Hace unos años leí que en algún lugar de Alemania el Estado contrató a unas “trabajadoras del sexo” para que prestaran sus servicios a  individuos que, debido a sus discapacidades (eran deficientes psíquicos), carecían de una vida sexual satisfactoria. Algunas de estas personas, al decir del personal que las atendía, mejoraron su salud y sus condiciones de vida. Pero al poco tiempo, y por razones "morales", la medida se suprimió: despidieron a las prostitutas. Aunque mantuvieron a las masajistas. ¿Por qué? ¿Qué diferencia esencial hay entre lo que hacían unas y otras? ¿Por qué es más indigno – de nuevo – vivir de tus manos que de tus órganos sexuales?

La mayoría de la gente que saluda respetuosamente a alguien por ser abogado, artista, profesor, etc., desprecia a la vez a quien ejerce la prostitución (incluso aunque la prostituta sea elegante y gane mucho dinero). Y sin embargo, y puestos a medir la dignidad o indignidad de estos oficios o actividades, la diferencia puede ser abismal... a favor de la prostituta. Al fin y al cabo, ella solo vende su cuerpo, mientras que lo que los otros venden es su talento al mejor postor. ¿O no es un tipo de prostitución infinitamente más deplorable la del abogado que pone su habilidad al servicio de un capo de la mafia, o la del artista que se vende a los dictados del mercado, o la del profesor que enseña aquello en lo que no cree? Por no hablar del político que vive de vender su carisma y sus habilidades sofísticas a los poderosos que lo encumbran.

No. El oficio más antiguo del mundo no es el más indigno de todos. Ni mucho menos hace indigna a la persona que se ve forzada a ejercerlo. Los hay muchísimo peores. Los hay tan sumamente indignos que en ellos, sin ser obligados por miseria o violencia alguna, los hombres se venden íntegramente en cuerpo y alma. Y el alma – recuerden – es lo único que aprecia ese supremo putero que es el diablo.



lunes, 12 de septiembre de 2016

La porra (Sánchez presidente al tercer asalto)

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura con el título "Sánchez presidente al tercer asalto".



Tan complicada está la cosa pública que la enésima porra que compartí, el mes pasado, con dos buenos amigos (excelentes politólogos los dos), tenía no dos, ni tres, sino ¡doce casillas! ¡Doce incógnitas apremiantes a las que responder! ¡Y porque no cabían más en la servilleta del bar! Como sus predicciones eran mucho más expertas y sensatas que las mías, y no necesitan, por tanto, mucha explicación, paso a justificar las propias, mucho más alocadas y especulativas – ¡ni análisis detallados de encuestas, ni rumores, ni información privilegiada, ni nada! – . Ya veo torcer el gesto a mis dos escrupulosos amigos ...

En lo primero en que disentía de ellos es en que habrá terceras elecciones. Según lo veo yo, no hay para Sánchez y su ejecutiva más salida viable que esa. Unas nuevas elecciones desfondarían probablemente a Podemos y a Ciudadanos, y podrían no ser tan favorables al PP como se pinta en algunas encuestas (¡encuestas, ja!). Una vez en retirada la coalición Podemos-IU, y Ciudadanos asimilado al PP, se volvería a un escenario bipartidista que podría ser favorable al PSOE. En primer lugar por el, aunque lento, inevitable desgaste de Rajoy: van a ser ya muchos meses de gobierno en funciones, muchas investiduras fallidas (suyas o de otros – pero de las que él propio Rajoy aparece como corresponsable – ), y una última traca de escándalos, desde el más reciente del ex-ministro Soria hasta los de los procesos judiciales del próximo otoño. En segundo lugar, la desaparición del “peligro” de un gobierno de coalición con Podemos, tal como el que se preveía en las últimas elecciones, podría desactivar a una parte del electorado que ha votado al PP (algunos con la nariz tapada) por miedo a la “izquierda radical”. En tercer lugar, la bajada en las encuestas (¡ese arma electoral que son las encuestas!) de Podemos y Ciudadanos podría concentrar el voto de izquierdas y el voto, en general, contra Rajoy, en el PSOE de Sánchez, por aquello de ser útil. Así, mientras llegan esas elecciones y el gobierno en funciones se desgasta, Ciudadanos agoniza, y Podemos muestra unos meses más su irrelevancia política (cuando no sus luchas intestinas), Pedro Sánchez podría seguir exhibiéndose como el más firme opositor al PP (su próximo contendiente directo) y, a la vez, como un adalid de un imaginario gobierno alternativo con Podemos (y, más lejanamente, Ciudadanos). Tal gobierno alternativo es, como se sabe, imposible, pero el hecho de invocarlo da al candidato del PSOE la impronta de un líder capaz de suscitar consenso (la culpa sería de los otros, incapaces de ponerse de acuerdo) y el perfil de izquierdas necesario para recoger los votos que pierda Podemos.

Mi segunda predicción, en esta misma línea, es que Pedro Sánchez podría ser el próximo presidente del gobierno. Y esto por los motivos que acabo de exponer: vuelta al bipartidismo, concentración del voto de centro y del voto útil de izquierdas en el PSOE, y retracción del voto del PP por la desaparición de la amenaza de Podemos. Aunque no sería del todo descartable, en caso de terceras elecciones, un golpe de mano del PSOE contra Sánchez, esto no parece una opción muy inteligente (salvo descalabro total en las encuestas): a ningún partido le interesa desatar una batalla interna en periodo electoral. Es más: mantendría esta predicción a favor de Sánchez incluso en el caso de un desastre electoral del PSOE en Galicia y el País Vasco. Los resultados en estas comunidades, políticamente tan sui géneris, no son fácilmente extrapolables al conjunto del país. Sánchez, además, se está mostrando como un alumno aventajado de Rajoy en dos de las cualidades más destacables del presidente: la perseverancia, y una insaciable – y un tanto maquiavélica – sed de poder.

¿Y qué va a pasar con Podemos? De mis dos amigos, la una apostaba por guardarle un lugar en un inmediato gobierno de coalición presidido por Sánchez, y el otro afirmaba que compartiría la oposición con el PSOE. Mi predicción coincide en parte con la primera. Podemos estará en un gobierno del PSOE, si bien tras unas terceras elecciones, y con muchos menos escaños y poder que antes, por lo que su participación en el gobierno, junto a IU, sería mínima – aunque necesaria para desbancar al PP –. Lo cierto es que en estos meses, y aún más si ha de afrontar otro esfuerzo electoral, Podemos va a perder mucho fuelle, y a mostrar muchas de sus debilidades. El debate interno, que ya se está produciendo, sobre la entidad política e ideológica del partido (en una suerte de limbo entre socialdemocracia y populismo radical, por no hablar de la compleja relación con los nacionalismos o con IU), junto a las tensiones en las bases, tanto políticas como organizativas, y un liderazgo, el de Pablo Iglesias, notablemente desgastado, son, todos ellos, factores que invitan a la desconfianza sobre el resultado de Podemos en unas nuevos comicios.

En la cuestión catalana es donde menos claro lo tengo. Mi amiga decía que habría, finalmente, un referendum consultivo, aunque con resultados no concluyentes, y mi amigo apostaba por otorgar a Cataluña un “pseudo concierto” económico disimulado para contentar a los nacionalistas. Yo me quedaría con esta segunda opción, aunque no descarto (también) la promesa de una reforma constitucional de corte federalista más a medio plazo, si, como vaticino, ganan los socialistas en las próximas y terceras elecciones (por ganar quiero decir formar gobierno, claro). En cualquier caso, la cuestión catalana podría torcer todas las predicciones hechas hasta aquí. Algunos miembros de la CUP han manifestado estos días su voluntad de provocar un enfrentamiento aún mayor con el Estado, algo que siempre beneficia a la derecha y que podría entronizar definitivamente a Rajoy en el poder.

Así que, si por hache o por be, o por EH Bildu, o por la CUP (o por cualquier otra cosa), se demuestra que me he equivocado en todo, pueden decir ustedes, junto a mis dos amigos, que no me conocen de nada. Estos últimos me negarán, además, después de trasegar una cena a mi costa, los muy listos.





jueves, 1 de septiembre de 2016

¿Cómo es un cuerpo feminista?

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura



El encuentro de voley playa de las pasadas olimpiadas entre jugadoras egipcias vestidas con una especie de burkini y alemanas con bikini ha dado mucho que hablar. Si bien para algunos representaba el contraste entre una sociedad cerrada que oprime a las mujeres (la islámica) y otra que les permite vestir como quieran (la nuestra), para otros la foto reflejaba dos formas distintas de opresión patriarcal sobre la mujer. Según estos, si la jugadora egipcia era obligada a ocultar su cuerpo para no perturbar sexualmente a los hombres, la jugadora alemana era forzada (bien que sutilmente, mediante reglas deportivas aparentemente inocuas) a lo contrario: a exhibir su cuerpo para satisfacer a los espectadores varones. En ambos casos – añadían – el cuerpo de la mujer era concebido, de forma denigrante, como mero objeto sexual... No sé si este análisis es lo suficientemente certero (de entrada, no parece comparable el grado de opresión patriarcal que representan las jugadoras egipcias que el que se les supone a las alemanas). Pero pongamos que lo sea. ¿Qué nos tocaría hacer, entonces, para evitar esta doble opresión – tapar/exhibir – sobre el cuerpo de la mujer?

Es normal, por ejemplo, que muchas mujeres que sufren la imposición social y religiosa del burka y otras prendas por el estilo (cuya principal función es ocultar los rasgos sexuales del cuerpo) conciban la liberación como una “puesta en valor” de su atractivo físico en el “mercado” de las relaciones libres que se estilan en occidente. Estas mujeres se desprenderían así del burka y adoptarían con sumo gusto el bikini y el resto de prendas y prácticas que acentúan, según los estándares estéticos, su valor sexual.

Justo al revés, algunas mujeres occidentales que sienten como una imposición el bikini y otros aderezos para realzar su cuerpo (maquillaje, tacones, depilación...) según cánones comunes – es decir, patriarcales – tienden a expresar la liberación de esas ataduras neutralizando sus rasgos sexuales. Así, visten con ropas holgadas, prescinden de cierta lencería, llevan el cabello de forma poco llamativa, etc. Diríamos que hay una suerte de estética feminista en el modo de vestir y mostrar el cuerpo cuya finalidad parece aproximarse, así (aunque por causas muy distintas) a la de prendas como el burkini. Alguien escribía hace poco que si el burka tenía alguna ventaja era precisamente la de librar a las mujeres de las exigencias estéticas que nuestra sociedad les impone...

Pues bien, entre estas dos formas de entender la liberación de la opresión patriarcal sobre el cuerpo, la primera (la de las musulmanas que desearían pasar del burkini al bikini) me parece errada, mientras que la otra (la de las feministas occidentales que pasan del bikini a una cierta “estética burkini”) me parece más consistente. Las primeras pasarían de la consideración de objeto sexual para uso privado de sus maridos (para eso se les tapa en público) a la de objeto sexual de exhibición pública. Las feministas occidentales, en cambio, acertarían al intentar librar a sus cuerpos de la consideración de fetiche sexual. Aunque claro, si lo que queremos no es, lisa y llanamente, negar el cuerpo y la sexualidad, esto exige una nueva estética de lo corpóreo (en este caso, del cuerpo femenino).

Esta nueva estética no podría tomar el camino de lo natural. El cuerpo de la mujer ha sido diseñado por la evolución no solo para atraer, sino también para retener sexualmente al varón, de manera que este coopere en la larga y costosa crianza de la prole; de ahí el celo continuo, la permanente hinchazón de los senos, el grosor de los labios, y otros rasgos sin otro fin que el de hacer del cuerpo de la mujer un objeto de permanente estimulación sexual. Descartada así toda “estética natural” (no valdría simplemente con quitarse la ropa), o el recurso a la ingeniería genética (de momento, prohibido), solo queda inventar una nueva cultura estética del cuerpo y sus aderezos que se aleje de los patrones patriarcales (tan ligados, por demás, a lo natural), y que sea, por tanto, y si cabe decirlo así, más “espiritual”, pero que, de otro lado, no oculte la dimensión inevitable – y deseablemente – sensual de lo corpóreo (algo que no sea, en ningún caso, una suerte de burka feminista). ¿Lo conseguiran? No parece una tarea fácil. Aunque sí excitante.


viernes, 19 de agosto de 2016

La rastrojera

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura



Mi amiga la pintora Carmen Palop usa un término preciso y sugerente para describir el paisaje y el estado anímico que provoca el estío extremeño. Lo llama la rastrojera. La rastrojera es la de los campos en estos días de agosto. Un paisaje de piel dura, pero suave de mirar, en que el rojo y amarillo deslucidos de la tierra se mezclan con la calima gris y el azul lechoso y lejano del cielo. Es un tiempo que invita al recogimiento, a meterse en casa, como los lapones en invierno, para salir unas pocas horas al día a buscar víveres y contacto social. Lejos del estrépito y el agobio de las playas, o de la novelería del turismo, la rastrojera invita al viaje interior, la lectura, la reflexión, la realidad virtual y a soportar alguna que otra resaca. El momento culminante de esta vivencia espiritual es justo después de la siesta, cuando comienza a caer la tarde y la luz cegadora, el aire seco, y el silencio absoluto del campo – punteado a ratos por el zumbido de la chicharra – dibujan las lindes de un mundo onírico que parece estar más allá de la vida. O, al menos, de toda actividad visible o esperable. Es el instante místico del encuentro con la nada. El nirvana ibérico. La liberación absoluta de toda preocupación, liberación que se encarna expresivamente en el gesto sublime y casi salvaje del bostezo...


Pues a este estado rastrojero y de negación del mundo nos ha conducido la presente situación política. Lo de “política” se dice por rutina, o por estilo, porque poco de política, en el más noble sentido, ha tenido la situación durante estos largos y tórridos meses. El sopor comenzó ya en junio, cuando los españoles todos, o al menos muchos, dieron un decidido paso hacia el mismo lugar en el que estaban. Hacia lo malo conocido. El realismo veraniego sucedió a la engañosa primavera, esa que siempre hace soñar con amores y vidas de estreno. Aquel entusiasmo fue tan fugaz como una coalición de izquierdas. No pudo ser. Este país no quiso cambiar. La sonrisa sexy de los jóvenes podemitas (y los castizos cánticos de los que ya veían su patrimonio en manos de las hordas rojas) se evaporó como los ríos en verano y se trocó en áspera apatía de secarral – que barrizal ya lo era – y supina indiferencia.

Miren desde el camino, ventana o ventanilla ese plano continuo del paisaje agosteño, desde el amarillo quemado de la tierra exhausta al plomizo blanco del cielo. ¿No es como una metáfora del estado moral del país? Así de arrastrojada se nos ha quedado la urna del alma tras meses de la misma retórica, las mismas tertulias en la tele, las mismas maniobras caciquiles, la misma pachorra desvergonzada de los mismos que todos sabemos que van a seguir haciendo lo mismo en cuanto nos acabemos de dormir... Pero no se preocupen, alguien vela por nosotros. Si andan por la rastrojera y dejan que el aire les abrase un par de horas la cabeza, verán dibujado en el cielo el inmenso rostro de Rajoy, como un gran buda de sonrisa bobalicona y bostezo incipiente. La actividad de Gautama-Mariano ha sido estos meses la levitación estival, la quietud del yoga bajo el sopor del mediodía, la renuncia a todo deseo menos el de no moverse del sillón. El presidente en funciones sabe que a sus votantes – mientras nada cambie, y se mande como Dios manda – les trae sin cuidado la política. Y a él también. Por eso habla, anda, y casi corre, como recién levantado de la siesta. Y espera, cabeceando, como una mantis religiosa con plaza en algún negociado de provincias, que la cosa caiga por su propio peso. Al fin y al cabo es él o él, o terceras elecciones (y también él).

Si Rajoy es como el runrún metálico de la chicharra, Sánchez es el silencio profundo del campo, el mundo onírico, el viaje interior, el misterio... Si Rajoy lleva meses paseándose en camiseta y rascándose mientras mira de reojo la semifinal de algo, Pedro Sánchez es la viva imagen del héroe en tensión: contraído el rostro, desconfiada y dura la mirada, atento a la víbora que acecha tras cada matojo. Entre la espada del harakiri del apoyo al PP, y la pared del nicho en que se ha dejado colocar por amigos y enemigos, el correoso Sanchez parece que no se rinde, se revuelve y sigue caminando hacia algún sitio – protegida la cabeza con unas pocas encuestas desvaídas – en busca de no se sabe qué: ¿una vuelta más a la ruleta de las elecciones en un tú contra mi – ¡por fin! – frente a Mariano? ¿Un loco intento de valor para descender hasta las grutas de Podemos (a rescatar, quizás, a la Princesa de Errejón)? Sólo él lo sabe (si lo sabe). La verdad verdadera es que el único que parece jugar a algo lejanamente cercano a la política es Rivera. Un juego fácil – prepararle carambolas al PP –, pero que lo tiene – o eso quiere dar a entender – como puta por rastrojo. Pobre. Pero listo. Ya veremos si no pasa de palanganero a vicepresidente. Mientras, a nosotros se nos agostó la paciencia. Todo esto está a años luz de esa nueva política que no hace tanto (aunque parezca un siglo) creíamos que podía llegar a florecer en este país de secano. Hoy solo queda la rastrojera.


sábado, 6 de agosto de 2016

Censurar libros

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura y en el diario.es



Miles de personas, a través de mensajes, comentarios y subscribiendo peticiones en la red, exigen a una conocida editorial que retire de circulación un libro (“75 consejos para sobrevivir en el colegio” de María Frisa), escrito para el público infantil, en el que la protagonista, una niña, narra sus avatares diarios e inventa, en clave irónica y humorística, una especie de “manual de supervivencia” en el que dice cosas como.... ¡Como las que diría cualquier niña sana y espabilada de 12 años! Cosas que, a veces, y gracias a Dios, hacen saltar del sillón a sus padres. Leyendo el libro uno no encuentra nada que no se pueda leer en otros – muy conocidos – de estilo similar (como la serie de Manolito Gafotas, de Elvira Lindo), ni nada comparable con el tipo de crítica vitriólica e incorrección política de series geniales y archiconocidas como Los Simpson o South Park. Una de las cosas admirables de estos tórridos tiempos es la cantidad de productos de entretenimiento de calidad – y a la altura de su inteligencia – con los que cuentan niños y adolescentes. Lo que no parece que haya mejorado mucho es el grado de calidad de sus padres.

A muchos padres nacionalcatolicistas de hace 50 años, censores para sus hijos de todo lo que no fuera el catecismo, Roberto Alcazar o Sissi Emperatriz, le suceden hoy una caterva de padres “progres” obsesionados igualmente porque sus hijos observen a rajatabla sus valores y sean, desde ya, ecopacifistas o feministas, tomen alimentos orgánicos o desconfíen de la tecnología. Por suerte, los niños, que, pese a sus padres, tienen siempre reservas inagotables de lucidez, siguen desobedeciendo y riéndose de ellos y sus absurdas prevenciones en cuanto pueden – ¡una mezcla de los imperativos de la selección natural y la diabólica simiente de Adán y Eva! –. Sé de niños que, por haberles prohibido jugar con videojuegos en casa, se muestran como furiosos ludópatas en casas ajenas y más permisivas (mientras que los niños de esas familias, a los que se les deja jugar a placer, comparten ese entretenimiento con otros mil con absoluta normalidad).


Mis amigos más pacifistas, naturistas o ultrafeministas, han tenido que apearse del burro cuando sus hijos, contra toda suerte de sibilinas censuras y chantajes, se han empeñado en sus metralletas de juguete, las asquerosas salchichas del super, o los más escotados trajes de princesa. Lo bueno es que, gracias a eso, ahora se puede discutir con los padres y bromear sobre los transgénicos o contar chistes machistas, sin que se cabreen y te excomulguen. Sobra decir que con esa actitud conseguirán mucho más de sus hijos que forzándolos a la fe puritana en sus creencias. Aunque me juego la vida a que algunas de esas creencias no podría soportar más de diez preguntas seguidas de esas hachas del pensamiento lógico que son los niños y adolescentes (no digamos un buen estudio comparativo entre lo que dicen pensar, lo que piensa de verdad aunque no lo digan, y lo que hacen sin pensar sus buenos padres).

Pero con todo, lo más grave de todo esto no es la cantidad de padres y adultos que no se acaban de enterar de lo maravillosamente listos que son los niños – niños que, para crecer, tienen inevitablemente que desobedecer, reírse y cuestionarlo todo sin remedio (Freud lo diría de forma más cruda, pero más vale no meter también el sexo en todo esto) – . Lo más grave, más allá del caso concreto de este libro, es la cantidad de fanáticos y cretinos morales que campean peligrosamente a nuestro alrededor, y que, si viviéramos en otras épocas, o cambiaran su furiosa moralina o sus creencias “new age” por una religión de las de verdad, serían discípulos de Torquemada o de cualquier ayatollah degollador de infieles. La persona que ha iniciado la recogida de firmas en Change.org para obligar a retirar el libro que comentábamos se dice harta de que la tilden de fanática pero, a la vez, afirma que “nada puede hacerle cambiar de opinión”. Nada de lo que digamos, pues, nos libraría de la hoguera, caso de estar en las manos de este decidido justiciero que, con su actitud, está dando, sin duda, un ejemplo infinitamente más pernicioso que toda la presunta incitación al acoso del libro que fustiga.

Todo este torquemadismo por un libro es un gota más del vaso que van colmando, día sí, día no, algunos de nuestros iluminados gobernantes y conciudadanos, ya desde la derecha más reaccionaria, ya desde el progresismo más miope. Juicios por declaraciones o bromas de mal gusto en las redes, detenciones por acarrear bolsos con lemas presuntamente insultantes, encarcelamiento de tirititeros, denuncias por conversaciones privadas obtenidas de un móvil robado...¡Es alucinante! Pero no lo es menos desde el otro lado de lo mismo. Hace unos días publiqué un artículo contra la celebración del Toro de la Vega en Tordesillas, pero cometí el error de darle un título ambiguo (“Tordesillas, o el crimen como una de las bellas artes”). Algunos animalistas, que no habían leído – o entendido – el artículo, me identificaron en seguida como defensor de la fiesta, y me pusieron de vuelta abajo con una virulencia que daba verdadero pavor. Hace ya tiempo, a un ginecólogo se le ocurrió publicar un libro en que criticaba las supuestas bondades de la lactancia materna. Para que quiso más. Hordas de adeptas de la religión de la santa lactancia pidieron retirar el pernicioso libro. Todos los fanáticos se parecen en eso: se sienten, en el fondo, tan poco seguros de sus indubitables creencias, tienen tanto miedo a caer en la tentación de la duda, que se ven forzados a prohibir todo lo que parezca atentar, critique o se cachondee de sus sagrados mitos.

Y que conste que hay libros – por suerte – muy perniciosos para los niños, capaces de sacarles de la inocencia como la mejor de las malas compañías. A estos libros, si se empeñan, se los puede desautorizar de mil maneras (no nombrándolos nunca, poniéndolos en el estante más alto de la librería, publicando feroces reseñas sobre ellos, cuestionando su uso educativo por motivos muy razonados...) pero nunca prohibirlos. Prohibido prohibir libros. Porque escribir no es cometer ningún delito, ni una incitación a cometerlo a lectores presuntamente tontos de baba. Los niños (salvo que solo lean lo que les indican sus padres) no son tan estúpidos como para entender literalmente una obra de ficción. ¡Justo porque no son tan estúpidos es por lo que les gusta leer esos libros! Gracias a obras como las de María Frisa, o a series gamberras como South Park, Los Simpson o Bob Esponja (y supongo que, también, muchos videojuegos) los chicos están bien vacunados, hoy, contra la memez moral de muchos de sus mayores. Como canta Serrat: “bienaventurados los que lo tienen claro, porque de ellos es el reino... de los ciegos”. Pues eso. Ya sé el libro que le voy a regalar, para que abra bien los ojos, a alguna de mis sobrinas.




viernes, 5 de agosto de 2016

La barbacoa de Mirandilla

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura



Aquí, en mi pueblo, que es también el suyo y al que están ustedes invitados, el Ayuntamiento tuvo la feliz idea – hace un año, ya – de recuperar un paraje natural, situado a las afueras, y que andaba casi convertido en un vertedero. El lugar es bonito, lo cruza una cañada real y está rodeado de charcas frecuentadas, en invierno, por multitud de aves. Está cerca, además, del parque natural de Cornalvo, y de restos arqueológicos importantes, como los de la basílica paleocristiana de Casa Herrera.

Dicho y hecho, el Ayuntamiento se aplicó a la “recuperación ambiental del paraje” (así reza en el proyecto financiado por la Junta de Extremadura y fondos europeos). Cubrió el vertedero de tierra y sembró decenas de árboles, dejando unos – misteriosos – claros entre unos y otros. A los pocos días, alisó y anchó la pista que conduce al lugar, y dispuso en aquellos claros unos bancos de madera, modelo chiringuito rústico, que no eran más que el preludio de lo inevitable, de la guinda del pastel (o más bien del relleno del pavo): unas enormes barbacoas de piedra y ladrillo que – orgullo del albañil que las perpetró – parecían, entre los árboles aún raquíticos, tótems prehistóricos de alguna tribu consagrada al consumo obsesivo de chuletas.

Enseguida entendí lo que, en mi pueblo, significa “recuperación ambiental de un paraje natural”. Nada de conservar senderos o construir observatorios para contemplar pájaros. ¡Quita ya! Lo “natural” era reconvertir caminos en pistas de cuatro carriles, sembrar mesas y barbacoas de uso público (por si alguien olvidó la suya), y – menos mal – dejar crecer algunos árboles para dar sombra a los comensales. Porque en mi pueblo (que es el suyo), disfrutar, lo que se dice disfrutar de la naturaleza, consiste fundamentalmente en dejar el coche bajo un pino – abierto para oír bien la radio –, sacar sillas y mesas playeras, y pasar el día comiendo y bebiendo hasta no poder más. Lo de contemplar la fauna o escuchar los pajarillos mientras se degusta un libro o se mantiene una plácida conversación es de una sosería que igual mola en Dinamarca, o en la Selva Negra, pero que aquí no aguanta ni Dios.

En mi pueblo, que no es de gente ecologista y con poca sangre, a la naturaleza no se la contempla, más bien se la usa sin contemplaciones: para tirar basura, para limpiar el coche, para hacer moto-cross o para pegar tiros a todo lo que se mueva. Y, sobre todo, y por lo visto (en nuestro famoso paraje), para criar y comer chuletas.

Porque hay que comer chuletas. Hasta no hace mucho, en mi pueblo y en tantos otros, tener un cerdo en el corral era un seguro de vida contra el hambre, y la carne un lujo destinado a los días de fiesta. Ahora, criar cerdos, terneras, corderos o pollos en serie es un negocio boyante. Y comer carne todos los días y a todas horas la reacción a siglos de carestía, un signo popular de estatus y vigor, y una mezcla entre el carpe diem latino y el estilo de vida importado de las urbanizaciones anglosajonas que se ven en la tele.

De poco sirve recordar a la gente los peligros para la salud que acarrea el consumo de carnes rojas, ni la suma de sustancias sospechosas que se inoculan a los animales para asegurar su rentabilidad, ni el incalculable sufrimiento que se les infringe en las granjas industriales en las que se les engorda en un cajón del que no salen hasta llegar al matadero. Ni eso, ni mostrarles que el mantenimiento del ganado que llena de carne las barbacoas del primer mundo genera la mayoría de los gases de efecto invernadero, o que consume la mayor parte del grano que se cultiva en el planeta. De hecho, con apenas un 15% de ese grano se acabaría, mañana mismo, con el problema del hambre.

Pero no. Si alguien filmara un documental sobre el entorno natural de mi pueblo, podría prescindir de esos fondos musicales tan cursis mezclados con el sonido del agua y los pájaros y reproducir, sin complejo alguno, las canciones de Georgie Dann. ¿Se acuerdan? Yo las llevo escuchando durante todo el rato que he tardado en escribir esto, aquí, al lado de este valioso paraje natural donde ya no queda un solo ser vivo que no esté alrededor o dentro de... ¡La barbacoooa!...




viernes, 15 de julio de 2016

Arte y toros.

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura



¿Qué valor estético o artístico pueden tener los espectáculos taurinos? Que los toros, especialmente el espectáculo de la lidia, pero también, en menor medida, cientos de festejos populares que tienen al toro como protagonista, poseen significado y valor artístico es uno de los argumentos de los defensores de la fiesta. Para ellos, el dolor y el sacrificio del animal es el coste necesario de obtener el placer estético que procura la corrida o el festejo. No es el único caso, te dicen: también se torturan y sacrifican animales por el placer de comer, o por el gusto de contemplar espectáculos deportivos o circenses, o como parte del “arte” de la caza o la pesca...

No obstante, al toreo se le suele atribuir una dosis mayor de relevancia artística, a la par que una mayor densidad simbólica, no ya solo como “escenificación ritual de la lucha del hombre con la naturaleza” y otros tópicos intelectualizantes al uso, sino también como un complejo de creencias, valores y actitudes que constituyen una cierta “filosofía de la vida” ligada, además, al mito de la tradición, y a ciertas tradiciones míticas en torno a la identidad española. Despachemos rápidamente esto último para centrarnos en el asunto – filosóficamente más interesante – de lo puramente estético.

Es innegable que los toros son parte de la cultura y la tradición de nuestro país, amén de una fuente de iconos populares, obras de arte y souvenirs turísticos, especialmente desde que los viajeros románticos del XVIII y el XIX pusieron de moda la visión telúrica de una España poblada de bandoleros, toreros y mujeres de opereta que nosotros mismos nos hemos llegado a creer. Ahora bien: que algo forme parte del patrimonio cultural de un país no le otorga, de por sí, valor estético ninguno (ni, mucho menos, moral) – también la inquisición, la expulsión de los judíos o el caciquismo son parte de la cultura y la tradición de nuestro país, y a nadie se le ocurriría defender, por eso, las opiniones del obispo Cañizares, el antisemitismo, o las tropelías de los caciques contemporáneos –. De otro lado, que las fiestas de toros sean motivo de inspiración para muchos artistas no significa que ellas mismas sean obras de arte (el horror de la guerra, o el desamor, también han inspirado frecuentemente a los artistas, pero no por eso son objetos intrínsecamente bellos).

Vamos a la cuestión del arte. ¿Son los toros un arte (más allá de una serie peculiar de técnicas o habilidades artesanales para burlar y matar a un toro bravo)? Para responder a esta pregunta interesa primero saber qué cosa es esa del arte y qué relación tenga con lo moral. Los griegos antiguos empleaban el término “kalokagathía” para referirse, a la vez, a lo bello (kalós) y lo bueno (agathós). ¿Quiero esto decir que algo no puede ser bello sin ser a la vez moralmente aceptable? Esto viene como anillo al dedo a la cuestión del toreo como arte. Si hacer sufrir hasta la muerte a un animal – sin necesidad ninguna – es moralmente malo (vamos a suponer que todos coincidimos en esto), hacer de esta maldad la condición de algo bello, como pretenden que sea el toreo, parece algo muy discutible.

¿Pero por qué lo bello ha de estar reñido con lo malo? Solemos pensar, por ejemplo, que una persona guapa puede ser mala (la femme fatale) o, al revés, que alguien muy feo puede tener un corazón de oro (como Sócrates, o el ogro Shrek). ¿Cómo es esto posible? Cuando ocurre esto, decimos que las apariencias engañan. El ámbito de lo estético es el de las cosas que nos aparecen a los sentidos (“aísthesis” – de donde “estética” – significa “sensación”); no hacen falta que sean “reales”, basta con que lo parezcan. Pero el arte mejor – el que gusta y perdura – es el que aparenta sin engañarnos, el que representa lo que son “realmente” las cosas, no tal como las vemos, sino como las imaginamos y soñamos, en su dimensión más ideal. Esta es – dicho suscinta y atrevidamente – la relación entre lo bello y lo bueno.

También cuando el artista invoca a la belleza representando su ausencia aparente, como en el arte deliberadamente feo, hay una denuncia de la maldad y la imperfección del mundo. Algunas escenas de la lidia (no digamos de los festejos taurinos populares) podrían ser una muestra de este arte de lo grotesco y feo, si “representaran” (por ejemplo) el dolor y el sacrificio de la bestia como medio para la belleza victoriosa del héroe. Pero los festejos taurinos no representan ese sacrificio, lo perpetran realmente, porque carecen de la naturaleza puramente representativa que caracteriza al arte.

La tauromaquia dista de ser arte (aunque lo parezca) porque quiere “representar” lo ideal haciendo lo opuesto: infringiendo “realmente” dolor a un ser inocente. Es como si en una obra teatral matáramos realmente al actor que hace de villano. En los toros no se representa el mal (la bestialidad representada a través del toro y la violencia de la lucha) como parte del argumento conducente al triunfo ideal del bien (la dominación de lo bestial e irracional), sino que se comete ostentosamente el mal (la bestialidad de matar al toro – y de exponer a la muerte al torero – ) como si no se pudiera entender el argumento de otra forma. El toreo está más cerca del ajusticiamiento público y del ritual bárbaro – relativamente estilizados – que del arte. Por eso está destinado a extinguirse en su forma actual, tal como se han ido extinguiendo los ajusticiamientos públicos y los rituales más primarios.

En cincuenta o cien años el toreo será un recuerdo, idealizado por los versos de Lorca o las pinturas de Picasso. Y nadie querrá, en serio, que sea nada más. Tal como nadie quiere que existan de verdad los bandoleros o los antropófagos, más allá del escenario de las novelas de aventuras. Esperemos que no tenga que correr mucha más sangre antes de llegar a ese final inevitable.



lunes, 11 de julio de 2016

Messi: el deportista emprendedor.

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura



Menos mal que la cosa se ha quedado en una multa de nada. Llegan a meter a Messi en la cárcel y ríanse ustedes del motín de Esquilache. Habría barricadas y muertos en las calles. Cataluña se independizaría a las bravas. El país sería una mezcla entre Irán, Venezuela y el resto del eje del mal sin necesidad de que gobierne Podemos. Fernández Díaz conspiraría contra los jueces, y Rajoy moriría de agotamiento botando ante el tribunal de apelación. Pero no. No es posible. ¿Cómo van a meter a Messi en la cárcel? ¿Y los niños que le esperan para animarlo y pedirle una foto en la puerta del juzgado? ¡Por Dios! ¿Es que nadie piensa nunca en los niños?...

Decían los pitagóricos – unos filósofos griegos muy antiguos – que en la vida, tal como en un estadio olímpico, hay tres tipos de persona: los deportistas que van a competir, los negociantes que van a hacer su agosto, y los espectadores que van a ver el grandioso espectáculo del mundo. Pero solo aquellos que se dedicaban a mirar y entender (los espectadores) son los que hacen algo propiamente humano, mientras que deportistas y negociantes solo hacen cosas propias de animales. Los deportistas, es obvio, porque dedican su vida a correr, brincar y otras actividades igual de simiescas. Y los negociantes porque todo lo hacen bajo el mismo principio interesado y económico que el resto de la fauna: lograr el máximo beneficio con el mínimo coste o esfuerzo.

¿Cómo es, entonces, que los jóvenes (y la mayoría de los mayores) prefieren soñar con ser deportistas o negociantes en lugar de sabio contemplativo? Es cosa de nuestra época. En otros tiempos el modelo a imitar era el noble guerrero, o el santo virtuoso, o incluso el sabio ilustrado. En el nuestro, los arquetipos morales son el deportista encumbrado y el vendedor de batas (u ordenadores) multimillonario. Si unes ambas cosas ya tienes el logotipo de esta loca época dominada por la raza de los tenderos: la estrella de fútbol, el tarugo despabilado que no solo vive de dar patadas a un balón, sino que hace una multinacional de sí mismo y de su reflejo en la mente de infinitos niños que, entre patada y patada para apartar la miseria (o para encontrar un trabajo que no sea una patada a la dignidad), pueden soñar que Messi, o Ronaldo existen. Que la justicia existe.

Y para que el mito sea más veraz, y el sueño más lúcido, Messi se ha sentado en el banquillo, no en el del estadio, donde ya es el rey, sino en el de los grandes emprendedores – de Mario Conde a la Infanta de España – : en el banquillo de los acusados. Y ha hecho el paseíllo, como los toreros, del coche al juzgado, en olor de multitudes, bajo la metralla de los fotógrafos, como los grandes héroes, para solaz de todos los niños. Porque Messi – y su padre – sí que piensan en los niños. Al menos, en los que vienen con un balón debajo del brazo...




miércoles, 29 de junio de 2016

Este país no es idiota (aunque podría ser mejor)

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura



Llevo más de cuarenta y ocho horas leyendo y escuchando, en las redes y en la calle, que la gente es idiota, que ha sido manipulada o que es tan sinvergüenza como los políticos a los que ha dado, de nuevo, el poder. Es una reacción visceral, lo sé. Pero por eso mismo ya se está prolongando demasiado. Especialmente si viene de los del partido que ha tomado a esa misma “gente” como símbolo y como fuente de legitimidad.

El pueblo (el de verdad, no el de las canciones de los mítines) ha hablado, y no ha dicho nada que exceda los límites de lo previsible. Desde hace meses sabíamos que el PP, sin mayorías y con pactos, y pese a todos los escándalos, iba a volver a gobernar. Lo que no podíamos (o no queríamos) imaginar es que, al fin, lo hiciera con catorce escaños más que los logrados el 20D y toda la legitimidad moral que, en democracia, otorga esa diferencia. Tampoco era previsible el descalabro de Unidos Podemos, pero todo ha de tener su explicación (sin necesidad de teorías conspiratorias).

Se ha hablado del voto del miedo. Y está claro que los medios de comunicación opuestos a Podemos, que eran la inmensa mayoría, han servido de altavoz a todo tipo de infundios alarmistas. Pero con esto no basta. La gente no es tan manipulable como algunos creen (especialmente cuando han perdido su apoyo). Las insistentes y falaces referencias a Venezuela, por ejemplo, no resultaron eficaces y los periódicos y canales de televisión acabaron por dejar el asunto.

Lo que ha funcionado a la perfección (aunque solo a favor del PP) has sido la polarización de las opciones, alentada por PP y Podemos, y por las encuestas (un elemento cada vez con más valor estratégico en las campañas). Gracias a esa prevista polarización del voto, muchos indecisos y electores de posiciones moderadas han visto muy de cerca una presidencia de Iglesias (algo realmente muy improbable, dada la animadversión hacia Podemos por parte del PSOE) y han optado por otros partidos, especialmente el PP. (Tengo la impresión de que el temor a una victoria de UP podría haber calado, incluso, en algunos de sus potenciales votantes; de hecho, parte de su electorado votó anteriormente a Podemos para castigar al sistema, pero no – o no muy claramente – para verlo tomar el poder.)

De otra parte está la economía. El partido de Iglesias no ha podido transmitir una imagen de solvencia en este asunto tan sensible para la mayoría. En gran medida porque le ha faltado amplificación mediática a sus propuestas (mientras que sus enemigos la tenían toda), y en menor medida porque sus propuestas aparentan – si no se explican muy bien – una excesiva osadía. Además, la gente suele desconfiar de la gestión económica de la izquierda en momentos de crisis. Y en cuanto al aumento de desigualdad u otras injusticias, es algo que no cala fácilmente en la gente (la inmensa mayoría) que no ve más alternativa que la economía de mercado, con todos sus pros y sus contras.

Podemos, por último, ha pecado de modestia durante la campaña. El perfil más moderado de sus líderes le ha hecho perder visibilidad (algo esencial para un partido ninguneado por la mayoría de los medios) sin que, por eso, haya logrado compensar la alianza con IU y la consiguiente pérdida de una transversalidad ideológica que ha sido, desde el comienzo, su seña de identidad política.

De hecho, si Podemos no quiere acabar como otra Izquierda Unida, eternamente condenada a resistir en un rincón del hemiciclo, tendrá que reconquistar, con la vehemencia de antaño, ese espíritu de pluralidad ideológica, regeneración democrática y populismo honesto y didáctico con el que comenzó a caminar. No hace falta que asalte los cielos. Basta con que represente a la gente – la de verdad, la que votó el domingo – y que pelee por mejorarla (y por mejorarse con ella).


Y trabajo no le va a faltar: hace falta mucha regeneración en un país tan partidista y poco dado al reconocimiento de las razones y bondades del otro que – más allá de cualquier otra consideración– prefiere tildar de idiota o ladrón al que no nos vota, o ver ganar (¡o hasta perder!) a los “nuestros” – por muy corruptos o incompetentes que sean – antes que ceder un ápice ante el “enemigo”.  

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