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miércoles, 16 de marzo de 2022

Educación para jóvenes europeos

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura



Si la Unión Europea llega a consumar alguna vez un proyecto identitario a la altura de sus ambiciones económicas y políticas, eso será (o no será) gracias a los jóvenes. Y creo que en esto hay motivos para ser optimistas, al menos en nuestro país, donde parece que la gente joven tiene, en general, una buena opinión del proceso de integración europea.  

Hay motivos para explicar esta buena disposición entre los jóvenes: mayor nivel de formación, una exposición menor que la de sus mayores a la demagogia nacionalista, una educación – aun mínima y sometida a vaivenes políticos – en los valores propios a una ciudadanía democrática y cosmopolita (tolerancia, aprecio por la igualdad y la diversidad, insistencia en el diálogo como modo de solventar conflictos, respeto por los derechos humanos, preocupación por el medio ambiente…), y una cierta experiencia, todavía minoritaria, y a veces obligada, de estudio y trabajo en otros países de la Unión.

En cualquier caso, si queremos afianzar una identidad europea libre de eurocentrismos xenófobos, populismos y nacionalismos disgregadores, hay que trabajarse más seriamente aquello que desde hace cincuenta años se viene llamando la «dimensión europea de la educación». Quizás sería bueno implantar ya, en colegios e institutos, un área o ámbito, e incluso un departamento didáctico, consagrado a la UE y que promueva y fortalezca ese sentido de identidad abierto al mundo que nos define como ciudadanos europeos. 

¿Y de qué habría que tratar en esa materia o ámbito europeo de educación? Lo primero, como es obvio, de la fundamentación ética de los valores que tenemos en común, y sin los cuales no hay proyecto de integración que valga. Y subrayo lo de «fundamentación ética» porque uno de los valores más sutiles, pero más específicos, de la identidad europea es justamente el de la reconsideración crítica de todo valor. Diríamos que el «espíritu europeo» es tan alérgico a los dogmas que necesita reevaluar y refundar de continuo, ética y filosóficamente, sus pocas pero significativas certezas. De ahí el segundo de los asuntos fundamentales a tratar en una educación para el «ser europeos»: el del pensamiento crítico, esto es, el de la competencia para enjuiciar las creencias propias y de otros en orden a comprobar su validez racional y medir sus implicaciones morales y políticas.

El tercer objetivo de una materia en Unión Europea debería consistir en una enérgica inyección de teoría crítica del conocimiento (tal como se hace, por ejemplo, en el Bachillerato Internacional), con objeto de «vacunar» al alumnado contra las cada vez más complejas estrategias de manipulación y desinformación que pululan, inevitablemente, en un sociedad abierta y plural como la nuestra.

Otro aspecto esencial del «espíritu europeo» es su radical diversidad, de manera que educar para ser europeo habría de consistir también en desarrollar la capacidad empática de comprender otras posiciones y costumbres políticas, morales o sociales, sin tener que dejar por ello de ser uno lo que ya es. A esto en filosofía se le suele llamar «dialéctica», y en términos más prosaicos se puede detallar como el ejercitarse en un tipo de identidad flexible, integradora y evolutiva que no niegue la diversidad como amenaza, sino como un motivo para crecer y perfeccionarse.

El quinto elemento de una educación paneuropea debería ser, sin duda, el de una formación teórica y práctica en el sentido de la equidad. No hay identidad ni sentimiento de pertenencia a una comunidad democrática y fundada en los derechos humanos si antes no se dan unas condiciones suficientes de igualdad y justicia en el acceso a la educación, el trabajo, la justicia, la participación política y los servicios y beneficios públicos.

En cuanto al sexto «tema» fundamental para reforzar nuestra identidad europea, este debería de ser, justamente, el de relativizarla y proyectarla al mundo; esto es: el de desarrollar una perspectiva global, transdisciplinar y sistémica de comprensión de problemas de naturaleza planetaria (la desigualdad, la guerra, las cuestiones ecosociales, el cambio climático…) como principal herramienta de una ciudadanía mundial capaz de hacer frente a los mismos.

Más allá de estos seis elementos básicos (la ética, el pensamiento crítico, el conocimiento, la dialéctica, la justicia y la conciencia global), ya solo restarían unas pinceladas acerca del patrimonio y las lenguas y, como algo completamente imprescindible, la participación efectiva (y afectiva) en el propio proceso de integración, por ejemplo, mediante la intensificación de los intercambios internacionales entre estudiantes (la generalización de las becas Erasmus en secundaria es una excelente iniciativa a este respecto). Ahí tienen ustedes la simiente de un curso, a completar durante toda la vida, sobre lo que fundamentalmente significa la Unión Europea.


jueves, 18 de noviembre de 2021

Halloween, identidad y metaverso.

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Es tradicional discutir cada año sobre la amenaza que representa Halloween para nuestras más rancias costumbres. Una discusión en la que suele olvidarse que la cultura es necesariamente algo vivo, cambiante y sujeto, siempre, a influencias externas. De hecho, si nos pusiéramos a escarbar descubriríamos que la mayoría de nuestras tradiciones son fruto de la influencia o colonización de otros pueblos (celtas, fenicios, romanos, árabes o, ahora, anglosajones).

¿Se imaginan las protestas de los antiguos celtíberos por la invasión de latinajos de la que proviene nuestro idioma? ¿O el desprecio con que los viejos despotricarían del “foot-ball” a principios del siglo pasado? Pues ya ven, no hay ahora nada “más nuestro” que hablar español o jugar al fútbol. Y así con todo. Por eso hay que reírse a mandíbula batiente de aquellos que pregonan el acabose cultural que, según ellos, supone celebrar Halloween. Más aún cuando muchos de los que reniegan hoy de las pérfidas costumbres extranjeras son los mismos que, de jóvenes, sufrieron la incomprensión de sus mayores por darle caña al rock, vestir como vaqueros de Wisconsin o desmelenarse en la “discothèque”. ¡O tempora, o mores!

Que los chicos de hoy prefieran, en fin, deambular por la ciudad disfrazados de zombi a comer castañas pilongas en el campo es tan normal como que los mayores nos escandalicemos de ello y entonemos un afectado lamento de idealizada nostalgia por “lo nuestro”. Ha pasado siempre. Lo peliagudo es que confundamos “lo nuestro”, no ya con lo que (si acaso) conviene conservar en un museo, sino “con lo que hay que imponer por ser parte consustancial de nuestra identidad”. Cuando la gente se pone identitaria se acabó la risa, y toca echarse a temblar.

Lo menos malo que puede pasar cuando la gente enferma de “terruñismo” es que le dé por el folklore, es decir, por la momificación subvencionada de lo que antes fue cultura viva (y que, como todo lo vivo, tiene irremisiblemente que morir). Y ojo que el folklore y su estudio no están mal en sí. El problema viene cuando pretende imponerse como lo que no es, como cultura viva, y se obliga cordialmente a los niños a vestirse de lagarterana, a leer al bardo local en la escuela (por malo que sea), o a aprender el aurresku o la sardana para exhibirse el día de la fiesta nacional. Algo que, de momento, y toquemos madera, no ha pasado aún por aquí.

Decía hace años el escritor Sánchez Adalid (justo en el discurso de entrega de la medalla de Extremadura) que, gracias a Dios (Adalid, además de escritor es cura), los extremeños no tenemos identidad y que, justo por eso, somos libres. No puedo estar más de acuerdo. Tal vez, frente a la estrechez cateta de otros, los aquí presentes hemos intuido que la identidad humana, más que un anclarte en las costumbres de “toda la vida”, es un deseo de identificarte con lo que te es extraño pero que, si lo miras sin demasiado miedo (o con algo de amor), te acaba desvelando ese fondo entrañable que eres tú mismo. No hay mejor forma de crecer que sumando identidades. Y cuanto más otro y extraño sea aquello que asimilamos, más y mejor nos engorda el alma. Amar tu tierra está bien; pero amar la tierra y costumbres de tus antípodas te hace, seguro, mejor persona.

Por supuesto, esto no quiere decir que todo cambio cultural sea bueno. Todo depende de la dimensión y, sobre todo, de la dirección del cambio. A este respecto, es sorprendente que la gente discuta ardorosamente sobre la “colonización cultural” que representa Halloween y se quede tan pancha acerca de otros cambios de costumbres infinitamente más graves.

Casi nadie habla aquí, por ejemplo, de la reciente apuesta de Facebook y otras grandes empresas por la creación de entornos virtuales digitales (el llamado “metaverso”) a los que, tal vez en poco tiempo, tendremos que “teletransportarnos” para trabajar, relacionarnos, dar clases, comprar, opinar, entretenernos, manifestarnos, votar o hacer todo tipo de gestiones con la misma naturalidad con que lo hacemos ya en el tosco Internet bidimensional de toda-la-vida.

Y fíjense que no se trata de la simple “colonización” de nuestro paisaje cotidiano, ya de por sí repleto de pantallas generadoras de “realidad”, sino de la paulatina sustitución de este por otro mundo virtual creado y controlado hasta el último detalle por los ingenieros de esas gigantescas empresas tecnológicas que son Facebook, WhatsApp, Microsoft, Amazon, Apple…. ¿No es de esta “super invasión cultural” de la que tendríamos que estar hablando (aunque sea en el enjambre de redes sociales que ella nos proporciona) en lugar de sobre la pervivencia de la “chaquetilla”? Si no reparamos en cosas como esta, los zombis vamos a ser nosotros, y no los chiquillos que se disfrazan en Halloween.

lunes, 28 de octubre de 2019

¡No pasarán!



Más que tristeza es melancolía. La inspiran esos adolescentes independentistas gritando indignados. No tienen ni repajolera idea de las ideas que tienen, ni de lo que les hacen hacer, pero da igual: lo importante es estar ahí, corriendo ante la policía, furiosamente vivos y libres (de toda duda) en la cresta de la ola del grito y la bandera común. ¿Quién no se ha dejado llevar alguna vez por estos tsunamis de romanticismo político?

Ahora, una cosa es que nos compadezcamos de esos chicos (después de encerrar a los aprendices de guerrillero que los pastorean), y otra que no sepamos ver como adultos el verdadero carácter de ese “tsunami” que, lejos de ser “democrático”, no es sino una invocación a la vía de escape (o la cortina de humo con que escapar) más fascistoide del malhadado “procés”. 

De esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.


miércoles, 16 de octubre de 2019

Ni hispanidad, ni catalanidad (sino todo lo contrario)

EL ROTO

Escribo bajo el volcán reactivado del nacionalismo catalán, comprobando como, para desgracia de todos, una sustanciosa cantidad de ciudadanos antepone la charanga patriotera al cumplimiento de las leyes y obligaciones cívicas. Algo que, por otro lado, tiene su lógica: si quieres justificar que las leyes reconozcan tus presuntos derechos, no ya como persona o ciudadano de un Estado, sino específicamente como catalán (español, inglés, mexicano o mogol) no tienes más remedio que echar mano de las fanfarrias, las banderas, los desfiles y las movilizaciones patrióticas; porque lo que son razones... 

Ha coincidido la sentencia del “procés” y el rebrote independentista en Cataluña con la más discreta polémica acerca de la celebración de la Hispanidad y el descubrimiento de América. Una disputa que, en los términos en que suele presentarse, no es más que una burda pamema. De entrada, porque ambos bandos tienen una proporción similar de razón. Los unos por recordar que, como toda conquista que se precie, aquella estuvo plagada de crueles abusos e imposiciones. Y los otros por hacer valer todo lo que los españoles aportaron (una lengua común, ciudades, universidades, ciencia, etc.), amén del espíritu ecuménico que, mal que bien, orientó su conquista bajo cierto conato de reconocimiento de derechos para los indígenas y un mestizaje cultural (y humano) que para sí hubieran querido los americanos – simplemente exterminados – más al norte.

Pero el problema, decía, no es el de esta vieja polémica. El asunto interesante – y que conecta con el tema catalán – es si hay algún acontecimiento histórico, relacionado con cualquier nación, que no sea, de hecho y por principio, igual de moralmente ambiguo que lo es la conquista de América. Y la respuesta es que no. No hay imperio, país, nación o proyecto de nación que no deba su existencia (o su deseo de existencia) a la apropiación del territorio y el sometimiento de poblaciones previamente asentadas que, con casi total probabilidad, hicieron lo propio con las anteriores, y así hasta el principio de los tiempos. Y esto incumbe al viejo Reino de Castilla, a las culturas e imperios precolombinos, y a las naciones que componen hoy Latinoamérica; a la España actual y la  proyectada República catalana; y a todas las naciones, en suma – las más fuertes y las que esperan serlo en el futuro –, que comparten, en distinto grado, ese mismo pecado original que es la violencia y el robo... (De esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí)



martes, 10 de julio de 2018

Memoria histórica para el problema catalán.


Dado que tanto se nos llena la boca a muchos con la cuestión de la memoria histórica y con resarcir a los damnificados de la dictadura, hagamos esa memoria y recordemos la alianza entre el franquismo y la burguesía catalana, o la política económica del régimen desde los años 60 en adelante, por la que se afianza a Cataluña como el motor industrial del país a costa de mantener deliberadamente como despensa, coto de caza, o yacimiento de mano de obra barata a regiones como la extremeña (un asunto que está bastante más documentado que las ficciones sobre historia medieval y moderna que esgrimen algunos independentistas catalanes).
De esto trata nuestra última colaboración para el diario.es Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 


miércoles, 10 de enero de 2018

¿Independentismo sin nacionalismo?

El esencialismo nacionalista (por falso y caricaturesco que parezca) no es ninguna tontería; es un recurso ideológico de primer orden para legitimar las fronteras, la apropiación de recursos y la institución de estructuras socio-políticas que no se dejan instituir democráticamente. Pues la democracia sirve para “hacer república”, pero no para hacer “repúblicas catalanas” (ni, en general, naciones). Las fronteras o la propiedad de un territorio no se votan; precisamente porque se vota a partir (y en virtud) de ellas. La nación es un hecho pre-democrático: votan los catalanes (o los españoles, o los europeos...). El día en que la cosa realmente “vaya de república y democracia”, votaremos todos, y se acabarán las naciones. Todas.... De todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

jueves, 4 de enero de 2018

Dios, patria, familia.

La familia está sobrevalorada. Y no es rencor tras el tráfago navideño – ¡lo juro!–, sino una reflexión genérica. ¿Por qué otorgamos una prioridad incondicional al lazo familiar sobre otro tipo de relaciones sociales? ¿No es el vínculo entre amigos – por ejemplo – más libre, racional o desinteresado que el básicamente genético de los parientes?... De otro lado, la familia – esa cosa nostra excluyente y emocional – es, a menudo, una estructura opuesta al interés común que representan la sociedad civil o el Estado (cuando no es – el Estado – más que el órgano de expresión de la oposición entre familias). Por eso, para evitar la corrupción política, el filósofo Platón se propuso eliminar la familia, al menos entre las clases dirigentes. Marx, Engels y parte de sus secuaces no tenían mejor concepto de ella. Para estos, la familia patriarcal – ligada desde antiguo a la propiedad privada y a la dominación de clase y género – era una estructura a erradicar de la sociedad comunista. Más, a pesar de todo esto (o precisamente por ello), la familia sigue siendo hoy algo insuperable. Aún en Occidente, y sin anclaje ya en la reproducción genética o patrimonial, la familia romántica basada, no ya en los hijos o en la herencia (¿qué necesidad de hijos o patrimonio heredable tiene el trabajador moderno?), sino en el mero hábito afectivo y la lealtad sexual (más que en el “amor” – comunicación íntima, complicidad, proyecto común... – que es más cosa de amigos), sigue siendo, al decir de la mayoría, lo primero y más importante.

Sobre esto y mucho más trata nuestra última colaboración en el Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

miércoles, 6 de diciembre de 2017

La violencia de los no violentos.


... Hay un modo de violencia que supera a todos, y que puede llegar a anular por completo (no parcial ni gradualmente) la voluntad del sojuzgado. No se trata de la violencia del que obliga a otro a hacer lo que no quiere, sino del que lo subyuga para que lo quiera hacer. Este tipo de violencia es mucho más radical: sustituye la voluntad del dominado por la voluntad del dominador, hasta el punto de que el primero realiza la voluntad del segundo (sin saberlo, y sea cual sea) como si fuera la suya propia. Es una forma casi perfecta de violencia y, como tal, exige más competencias (psicológicas y retóricas sobre todo) en aquel que la ejerce... Sobre esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Menos pueblo y más ciudadanía



Me suena extraño oír en gente de izquierdas una defensa cerrada de la «autodeterminación de los pueblos». El asunto es complejo. Tiene que ver con la crisis de los grandes discursos sistémicos como el marxismo, y con el consiguiente auge de una izquierda posmoderna, minimalista, y seducida por una variedad de relatos más o menos anti-ilustrados (ecologismo, anti-imperialismo, popularismo, comunitarismo...). Pero, por seductor que sea, el relato de la «autodeterminación de los pueblos» (no hablo de otros) da mucho que pensar... De esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura.  

miércoles, 25 de octubre de 2017

Adoctrinar en banderas

Desde la perspectiva de una democracia liberal, como es la nuestra, la educación ciudadana ha de ceñirse al conocimiento de las leyes y las instituciones (con sus símbolos), así como de los valores que estas representan; pero nada más. Fuera de esto, toda formación obligatoria en valores políticos o morales concretos puede considerarse un adoctrinamiento censurable. Un ejemplo claro de este adoctrinamiento es la transmisión persistente de aquellos relatos, mitos, ideales, emociones y símbolos que se asocian a la “identidad nacional”. Este tipo de educación invade un ámbito formativo (el de las creencias, los valores y la propia identidad de las personas) que, en regímenes no totalitarios o teocráticos, debe ser competencia de cada ciudadano y no del Estado.
De esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.


La crisis en Cataluña: otra oportunidad perdida para Podemos


¿Qué premio habría que prometer a los revoltosos de la clase (de la clase alta) para que dejaran de alborotar? ¿Un referéndum vinculante a medio plazo y con todas las de la ley para dar sensación de triunfo a los que han apostado su futuro político a la independencia? ¿O – mejor – una vuelta soterrada a la negociación rota en 2006 con promesa implícita de inmunidad judicial a perpetuidad y concesión de más recursos económicos? No lo sé: los caminos del utilitarismo y el realismo político son inescrutables. Yo solo sé donde lleva el otro camino, el “socrático”, que dice que a los que intentan imponer su voluntad de poder (el “derecho a decidir”) sobre el poder de las leyes democráticas (el estado de derecho) no se les da ningún premio: se les resiste, todo lo pacíficamente que se pueda. En el eterno dilema entre utilidad y dignidad, hay cosas que ni se debe ni conviene, en el fondo, sacrificar. No es solo empeño cerril en tener razón, es, también, empeñarse en verla, en todo lo posible, realizada.   
De esto trata nuestra última colaboración en el diario.es Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

miércoles, 18 de octubre de 2017

La maldición de Babel


Hace tiempo tuve una animada discusión con unos compañeros filólogos. Les decía que, en mi opinión, los chicos ocupan demasiado tiempo en el aprendizaje de idiomas. Acaso el saber no ocupe lugar – les dije – , pero el tiempo que dedican los alumnos a aprender “cómo decir las cosas” lo pierden para aprender “cosas interesantes que decir”. Mis compañeros coincidieron conmigo en que los alumnos estudian muchas lenguas (tres mínimo, y hasta cuatro, en las comunidades autónomas con lengua propia), pero ellos lo veían justificado: “saber muchos idiomas – decían – es muy importante para tener éxito en la vida y una sólida base cultural”... Sobre esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Imágenes contra razones

Frente a ideas y razones hay ingenuos videntes que sentencian con una foto, o un vídeo, o una selección de datos, cosechados a placer aquí o allá. Le cuestionas lo que cree y te responde con ese sucedáneo del pensamiento que es un tuit, o con esa caricatura de juicio que es la descalificación, o con ese afilado mecanismo de defensa que es catalogarte o «retratarte» (o pretender que lo haces tú): o eres o no eres de los nuestros, o amigo o enemigo, o comulgas con mis principios o no. Ya ésta. Así no hay que pensar ni, mucho menos, dialogar.  
De todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico de Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Personas sin nación

La justicia es un asunto moral y, por tanto, de personas. Pero los pueblos no tienen moral, tienen costumbres, y la costumbre es solo el referente originario – no el fundamental – de la palabra “moral”.
De esta trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Sócrates en las ramblas.

El actor catalán J.M. Pou interpretando a Sócrates 
Sócrates (uno de esos extravagantes filósofos que enseño en clase) desobedecía a conciencia la ley – con todas sus consecuencias – cuando era expresión de la arbitrariedad de un tirano, y la obedecía a rajatabla – pese a costarle la vida – cuando era la ley de todos. En el Critón de Platón, Sócrates, pese a haber sido condenado a muerte sin motivo, y aún pudiendo escapar con facilidad, no encuentra razones para desobedecer la ley. Es más racional – piensa – dejarse matar, siendo ya viejo (y sospechando la futilidad de la muerte), que poner en peligro la autoridad de la ley que, mal que bien, nos protege a todos de la arbitrariedad de los tiranos y de la voluntad de los que no tienen más razón que la de ser más (es decir, ninguna)... Sobre este asunto (y el problema de Cataluña) va esta nueva colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

El enigma de la izquierda independentista

¿Qué misterio explica que gran parte de la izquierda (la CUP y sectores de Podemos y sus confluencias) se declare afín al independentismo catalán, hasta el punto, incluso, de alinearse con partidos de ideología tan liberal o socialdemócrata (PdCAT o ERC) como la de los partidos (PP, PSOE) que descalifican como “casta” en España? De esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo pulsar aquí.

jueves, 18 de agosto de 2016

El extremeñu

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico de Extremadura.



Cuentan que a Gustavo Bueno, el filósofo recientemente fallecido, le invitaron una vez a integrarse en ETA, allá cuando la organización independentista daba sus primeros pasos. Le decían que era un movimiento que, entre otras cosas, quería recuperar el vasco, el idioma más antiguo de la humanidad, según ellos. El filósofo – genio y figura – les contestó: “¡Coño, pues cuanto más antiguo sea, más cerca estará del lenguaje de los chimpancés!... ¡Vaya mérito que os atribuís!”. Años después, siendo profesor en Asturias, le dio por poner en evidencia toda aquella bobada del bable y las raíces celtas de la patria astur, motivo por lo cual alguno de sus compañeros – tildado por Bueno de “cretino” (aunque mejor hubiera sido “soplagaitas”) – lo denunció y hasta propuso desterrarlo. Por suerte para los asturianos la cosa no cuajó, y Gustavo Bueno pudo seguir dando sus prodigiosas clases en la Universidad de Oviedo.

Me viene esto a la memoria por haber leído hace poco en el diario a un filólogo local quejarse de que el “estremeñu” – presunta lengua que, según este experto, hablábamos los extremeños antes de que Franco nos impusiera el castellano – corre el riesgo de desaparecer por desidia administrativa y por no estar presente en las aulas ¡Pues no tenía ni idea de este grave problema! El asunto de la presencia en las aulas me ha dejado, por demás, especialmente preocupado. ¡Cómo no tenían bastante los chicos con dominar el español, el inglés y, a veces, una segunda lengua extranjera, ahora viene este filólogo a demandar que se enseñe también el extremeñu (del que él mismo, por cierto, parece ser su principal investigador, gramático y poeta vivo)!

A ver. No es por despreciar, pero me parece que en España hay entrañables dialectos (como el extremeñu) que, pese a su innegable valor para lingüistas y etnólogos, no son lenguas de cultura lo suficientemente relevantes como para requerir su presencia en la escuela. Y aquello de que sea “lo que se habló aquí (hasta la imposición franquista del castellano)” no es ni de lejos (caso de que no fuera un disparate, que lo es) un argumento suficiente. Recuerdo a un profesor de música lamentarse hace años de que en su comunidad no tenía tiempo para enseñar a Beethoven o Brahms. La razón era que gran parte de la programación estaba consagrada a un músico de la región. “Es mediocre – me decía compungido –, y está a años luz de los clásicos, pero es el de aquí, qué le vamos a hacer”. Espero que no ocurra un día algo parecido con – digamos – El quijote y El miajón de los castuos.

Siempre he presumido de que los extremeños no hayamos entrado al trapo de la demagogia nacionalista, con su chovinismo barato, sus mitos edénicos, su victimismo, o su burda confusión entre cultura y folclore. Tal vez sea por falta de una burguesía deseosa de acaparar poder. O porque, por vivir en tierras de frontera, estemos hechos a integrarnos con gentes y culturas diferentes. El escritor Jesús Sánchez Adalid, al recibir hace años la Medalla de Extremadura, dijo que los extremeños carecíamos de identidad y que, gracias a eso, éramos libres. Sumar identidades – y no buscar diferencias – ha sido, hasta ahora, nuestra forma de ser y crecer.

Confieso (y de esta me destierran) que cuando mis alumnos me piden consejo al acabar el bachillerato les invito a estudiar lo más lejos posible. No es que aquí la Universidad me parezca mejor o peor. Es una simple medida de higiene mental. Hace años, hasta los españoles más humildes – bien que solo los varones y por la tosca vía del servicio militar – estaban obligados a salir del terruño al menos una vez en su vida. Hoy, un chaval puede estudiar desde primaria hasta el grado universitario sin moverse de su pueblo. ¡Solo faltaba que lo hiciera en el dialecto local! Tanto provincianismo no puede ser bueno. Como tampoco – y esto es obsesión mía – el invertir hora tras hora en aprender lenguas. Si me dejaran gobernar el mundo propondría el esperanto para todos: la de tiempo que ganaríamos para pensar en qué decir, en lugar de en cómo decirlo. Porque – con permiso de los filólogos – lo importante no está en los detalles. Sino en lo importante. ¿Lo digo en extremeñu?


viernes, 22 de enero de 2016

Nacionalismos.


¿En qué consisten realmente los nacionalismos? Una breve reflexión radiofónica en Diálogos en la caverna, de Radio 5, en Radio Nacional de España, con guión de Víctor Bermúdez, y las voces de Jonathan González, Eva Romero, Chus García y Víctor Bermúdez. A la producción Antonio Blazquez. Para leer y comentar el programa, puedes visitar nuestro blog Diálogos en la caverna.

jueves, 14 de enero de 2016

Todo por la patria

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura


Pese a su vulgaridad, tiene cierto interés el reproche lanzado estos días a los miembros de la CUP, tras haber vetado la investidura de Mas en Cataluña. Se les ha acusado (desde Junts pel Si, pero también desde sectores de la propia CUP) de dos cosas: de “anteponer la ideología a la independencia”, y de ser “incapaces de pactar con alguien que piensa diferente”. Es interesante, digo, porque con estas dos frases se resumen dos componentes ideológicos de la atmósfera política que respiramos: el casi absoluto desprecio a las ideas, y el pragmatismo como omnímodo principio democrático.

Cuando se le objeta a la CUP que antepone su ideología a la independencia se está asumiendo que la independencia no es ella misma un producto ideológico, sino algo más radicalmente valioso, algo por encima de toda ideología, un bien común indiscutible que está más allá de la vil y humana política (siempre condenada a la controversia ideológica). Este desprecio a la ideología parece presuponer que hay algo por ahí mucho más valioso que las ideas; algo que – por ser de naturaleza no ideológica – no se debería poder pensar, ni razonar, ni discutir, sino solo creer, sentir o contemplar como una suprema evidencia.

Así, el nacionalismo (cualquiera, no solo el catalán, también el español) intenta colarnos la idea de que él mismo no es una idea política más, sino, más bien, una suerte de derecho natural (el Derecho de Autodeterminación de los Pueblos, el Principio de la Indivisible Unidad de la Patria), racionalmente inatacable y que hay que acatar, por tanto, como una revelación sostenida por pura voluntad (la voluntad de poder que presuntamente asiste a los Pueblos) o por una emoción inefable e infalible (atada a su correspondiente imaginario arcádico y patriótico).

Pero el dogmatismo nacionalista no es el único síntoma del desprecio a las ideas y el culto al irracionalismo en el ámbito político. Otro, muy claro, y complementario, es el pragmatismo, que, en sentido ancho y común, significa hacer todo lo que sea útil (es decir: pactar todo lo que sea necesario) para lograr lo que nos proponemos (fines que también se suponen trascendentes al debate ideológico). La idea de pacto (acuerdo, contrato...) está en el origen de la democracia moderna, y parte del principio – discutible, pero atractivo para la mayoría – de que la coincidencia entre los intereses socialmente en juego es esencial o prácticamente imposible. Dado que, por nuestro egoísmo consustancial, carecemos, casi, de intereses comunes – se dice –, la razón (que sería un simple instrumento al servicio de tales intereses) no es útil para lograr la armonía social. Así: como ni tú me vas a convencer ni yo te voy a convencer a ti, solo queda negociar: yo cedo en A a cambio de que tu cedas en B, siendo A y B inversamente proporcionales a la fuerza de la mayoría que asiste a cada uno. La idea de que “todo se puede pactar o negociar” equivale, por tanto, a la idea de que no hay posibilidad de mutua convicción posible. Es decir: que, en política, nada, o casi nada, es racional. Este pragmatismo es, pues, parte de la raíz misma de la democracia y, como tal, inevitable. La cuestión es que no prolifere e invada a la otra parte: la de los principios que nos incumben a todos (la igualdad, la libertad, la solidaridad...) y en torno a los cuales se pueden articular, de manera polémica y racional, las distintas ideologías políticas.

Pero cuando la democracia lleva su degeneración al límite, todo esto, el irracionalismo y el pragmatismo, se desbocan. El desprecio irracional a las ideologías (en nombre de una que se adopta como dogma indiscutible), y la proliferación de todo tipo de pactos, se convierten entonces en actitudes comunes, que no despiertan apenas escándalo. Así lo estamos viendo en Cataluña, en donde en nombre de ese irracional que es la Libertad de la Patria, pactan anticapitalistas y liberales. Y así lo veremos, dentro de poco, en España, en donde en nombre de la Unidad de la Patria, acabarán pactando los socialistas con la derecha liberal del PP y Ciudadanos – coadyuvados, desde luego, por el compromiso de Podemos con los nacionalismos periféricos, compromiso al que parecen subordinar todos sus objetivos sociales y de regeneración política –.

Este proceso, llevado a un punto de no retorno, solo tiene un fin posible. Como decían los viejos filósofos griegos, el fin de la absoluta degeneración de la democracia es la tiranía. Cuando el rechazo a las ideologías, paralelo al ascenso de una ideología redentora (como el nacionalismo), y acompañado de un pragmatismo sin límites (se pacta lo que sea con quien sea), llega al punto de ebullición, emergen las tendencias totalitarias y el conflicto. No será la primera vez que hemos visto algo así en Europa. Todo sea por la patria.



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