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miércoles, 16 de septiembre de 2020

Ideas

 

Filosofar es más fácil de lo que uno cree. Consiste en pararnos a pensar en lo que pensamos. Esto es: en hacernos una idea cabal de las ideas que nos bullen en la cabeza. Estas ideas no son cosa de poca monta. De manera más o menos vaga o consciente, son ellas quienes nos informan de lo que somos, de cuál es nuestro papel en el mundo, de qué sea el mundo mismo, o de qué debamos creer, hacer o esperar de él.

No obstante, mucha gente tiene la peregrina idea de que las ideas importan poco, y de que su vida se rige, antes que nada, por la experiencia sensible. ¿Será verdad? Miren, por ejemplo, en aquello que miran. ¿Podrían ver en ello algo de lo que no tuvieran ni idea? En absoluto. Si carecieran, no sé, de la idea de cerrojo, o de la idea de neurona, jamás verían cerrojos o neuronas. Y si, por el contrario, fueran cerrajeros o neurólogos, verían cerrojos y neuronas por doquier. Vemos según las ideas que tenemos. Por eso hay tanto conspiranoico: si se te mete en la cabeza la idea de que todo es un complot de Bill Gates, veras “pruebas” de ese complot (y a Bill Gates) allí donde pongas el ojo. 

Lo mismo cabe decir de las emociones y los sentimientos. Sentimos tal como pensamos. Si usted, por ejemplo, mantiene las casposas ideas de su abuelo con respecto a lo que es la “hombría”, es muy probable que sienta indignación y furia ante las demandas feministas. Y si cree que los desharrapados que vienen en patera a ganarse el pan son “invasores que vienen a acabar con nuestra cultura – y nuestros privilegios –”, sentirá, seguramente, miedo y odio hacia ellos. Y así con todo. Lo siento por los románticos, pero la cabeza es la que manda. Y cuando manda que nos dejemos llevar por el corazón, no hace más que dar patente de corso a las ideas más inconscientes y prejuiciosas. De ahí que a fanáticos y manipuladores de todo tipo (populistas, nacionalistas, publicistas, predicadores…) les mole tanto apelar a nuestras emociones.   

También los anhelos, intenciones, propósitos y todo lo que rige nuestra voluntad dependen de las ideas que albergamos. Incluso los deseos más primarios. Así, aunque tengamos muchas “ganas” de comernos un buen filete, si nos convencemos de que, para lograr nuestros ideales, es preciso hacer una huelga de hambre, o cambiar de dieta, acabaremos por no tener las mismas ganas. Todos tenemos amigos vegetarianos, antaño incisivos carnívoros, que, en virtud de sus nuevas ideas, han acabado por coger asco a los chuletones…

Todo es, pues, cosa de ideas. También su cuerpo, su cerebro o la ciencia lo son. Pruebe, si no, a pensar algo que no sea una idea, o a refutar esta misma tesis sin usarlas. Es imposible. Por eso, porque estamos hechos de ideas, es tan necesario descubrirlas, detenernos a dialogar con ellas, enfrentarlas unas a otras, y especular hasta… romper y – como la Alicia de L. Carroll – atravesar los espejos, esto es: las apariencias. 

Ir más allá de los espejos o apariencias, de los efectos, buscando las causas o ideas últimas, es la misión (tan imposible como necesaria) del filósofo. También, más modestamente, del científico (aunque este pocas veces repara en la naturaleza ideal de sus teorías y sus fórmulas). Conociendo las ideas que nos mueven y mueven la sociedad y el mundo, podremos cambiar o, al menos, prever sus consecuencias, y, así, adueñarnos de los hilos que, como a marionetas, nos animan y manejan. En la medida de lo posible, claro, pues las ideas son muy suyas (sobre todo las que parecen ciertas) y, a veces, nos poseen a conciencia. 

Pero, incluso para esto último tiene la filosofía solución: el diálogo con los otros, es decir, con las ideas que no tenemos (nada que ver con el monólogo polifónico de los adeptos o los “camaradas”). Cuando el diálogo es honesto (¿para qué, si no?), y tenemos la fortuna de topar con un alma grande y generosa, estaremos en situación de lograr ese catártico y salvífico estado en que se funda toda esperanza de libertad y crecimiento: el de no estar de acuerdo con nosotros mismos. O, como dirían los antiguos griegos, el de empezar a dejar de ser un pobre idiota.

Este artículo fue originalmente publicado en El Periódico Extremadura

miércoles, 15 de febrero de 2012

Todos para Uno y Uno para todos. El monismo trascendentalista.


Toda realidad es forma, estructura. La pura materia como receptáculo o posibilidad de la forma (la “materia prima” aristotélica; la “energía” de los físicos) es inconcebible, pues ¿qué sería esa materia en sí, antes de recibir forma? No podría ser nada (no tendría “forma” de nada).
Si la materia en sí no es nada, la realidad no es una síntesis entre forma y materia (estructura y “relleno”, lo matemático y lo físico…), pues si la materia es nada, en nada puede contribuir a esa síntesis. Todo es forma (todo es estructura, todo es matemático…), como ya decían los pitagóricos, y algunos científicos actuales (como el que aparece en el siguiente video):


 Como se dice en el video: “(…) en el nivel más profundo de la realidad, nada es sólido, solo hay información, números adheridos a un conjunto de reglas que aún no entendemos (…). La única propiedad que tiene un electrón es un montón de números, los físicos tenemos nombres para ellos como espín o carga, pero en realidad son sólo números…”

Así que todo es forma (o fórmula). Pero esto también significa que todo lo real es codificable o traducible a información, es decir, explicable; o tal como decían algunos filósofos (pasados de moda): que “todo es racional”, que “ser y pensar son lo mismo”…Así pues, todo, además de forma, es una idea pensable.

¿Pero cuantas formas o ideas hay? Muchas, una por cada cosa o ser (pues las formas no son algo abstracto o general que luego se individualizan al materializarse –como la forma “ser humano” que al unirse a la materia daría lugar a Juan Pérez, Antonio García, etc.— ; si no hay materia, que no la hay, entonces Juan Pérez, Antonio García y todas las demás cosas individuales son también formas).

Ahora bien, si todo es forma: ¿cómo puede haber tantas formas distintas? ¿Qué las distinguiría unas de otras? ¿Otras formas? Esto no puede ser (es como si dijéramos que “todo es agua” y luego mantuviéramos que hay distintos tipos de agua: ¿Cómo distinguir o separar el agua del agua si todo es agua? ¿Con agua? Imposible).

Ahora bien, ¿son realmente muchas las formas o ideas? Observamos que las formas o ideas no constituyen un montón desordenado, sino un todo jerarquizado en el que las formas o ideas más fundamentales incluyen o comprenden a las menos fundamentales (tal como la forma o idea de “uno” incluye o comprende a la forma o idea de dos –“dos” no puede ser sin “uno”, pero “uno” sí puede ser sin “dos”—, o la forma o idea de Juan Pérez incluye a la forma o idea de su brazo o la de su primera comunión). Ahora: cuando una forma o idea incluye o comprende perfectamente a otra, esta segunda no puede ser realmente distinta de la primera. En eso consiste incluir o comprender: en unir (en descubrir como idéntico lo aparentemente distinto). Si yo, por ejemplo, comprendo perfectamente a alguien, lo hago parte de mí, lo convierto en una idea mía (o en una parte de mis ideas), lo hago lo mismo que yo. Así, desde la hipotética perspectiva de un conocimiento absoluto y perfecto solo podría haber una única forma o idea perfecta que incluyese o comprendiese a todas las demás, tan perfectamente que desapareciese la supuesta diferencia entre ellas… En conclusión: si todo es forma o idea, no puede haber (desde la perspectiva de un conocimiento perfecto) más de una forma o idea (es como decir: si todo es matemático, si llegáramos a un conocimiento matemático absoluto nos encontraríamos con una sola fórmula que incluyese o comprendiese a todas las demás –de hecho, esa única fórmula o ley final es el sueño confeso de la ciencia—).
 
Ahora: si no hay más que una forma o idea, ella no podrá ser forma o idea más que de sí misma, de manera que la idea que comprende a todas las demás es la idea de la idea, la forma de forma (el “ser que es”, diría el filósofo Parménides). Pero es que, además, esta idea estará tan absolutamente referida a sí misma, será tan transparente a su referencia, que se acabe por anular esa misma relación, y ésta se convierta en expresión de absoluta identidad. Así, la expresión de “idea de la idea” podríamos reducirla a “idea = idea” (o “forma de la forma” a “forma = forma”). Basta eliminar los miembros repetidos de la igualdad (que, por demás, representan una contradicción: lo mismo no puede estar en dos lugares a la vez) para quedarnos con la pura identidad (=). Así, para los filósofos más monistas y trascendentalistas, la realidad, el ser, es la Identidad misma, o como dicen a veces estos filósofos: lo Uno. No existe más que Uno.




¿Raro, eh? Pues a ver qué pega lógica le encontráis a esta lo(gi)ca teoría…

viernes, 10 de febrero de 2012

La extraña idea de que existe el mundo de las ideas...


¿Qué es MÁS FUNDAMENTAL: la MATERIA o la FORMA, el “relleno” de las cosas, o la “estructura” que las define? Imaginemos, por ejemplo, la Giralda de Sevilla. ¿Qué es más fundamental para que ella exista: su materia (la piedra de que está hecha) o su forma? Si mañana un terremoto acabara con ella, ¿qué sería “más giralda” (o se parecería más a ella), el montón de piedras que quedaría sobre el suelo (su materia sin la forma), o el plano del arquitecto que se conserva en el museo (su forma sin la materia)?.. Pensemos en un ejemplo más complejo. ¿Con qué nos identificamos más nosotros mismos: con la materialidad de nuestro cuerpo o con nuestra forma de ser? Es obvio que la materia no nos distingue de ninguna otra persona o cosa, estamos hechos de lo mismo (las mismas partículas, fuerzas, etc.) que cualquier otro ser. Lo que nos distingue e identifica es nuestra forma de ser o comportarnos (y si nuestra materia cambiara –por ejemplo, si nos cambiaran cada uno de nuestros órganos físicos por otros mediante trasplantes, o incluso por algún tipo de aparato- seguiríamos siendo quienes somos mientras mantuviéramos nuestra forma de ser, ¿o no?).

¿Es entonces más fundamental la forma o estructura de las cosas que su materialidad? Parece que sí. Pero algunos filósofos van aún más lejos y afirman que incluso la materia no es otra cosa que forma. ¿Pues qué es la madera o el agua sino una forma de componerse sus átomos? ¿Y qué es un átomo sino una cierta configuración de partículas? ¿Y qué es una partícula sino cierta forma de comportarse perfectamente descrita, además, mediante fórmulas matemáticas?... No hay materia sin forma. Es más, para algunos filósofos y científicos, no hay, en el fondo, más que formas (expresables en fórmulas). “Todo es número”, decían los antiguos pitagóricos. “Todo es matemáticas”, dicen algunos físicos actuales (y decir que “todo es matemáticas” va mucho más allá que decir que “todo es describible por las matemáticas” – de hecho, si esta última frase es cierta, y TODO es describible por las matemáticas, entonces no hay más remedio lógico que concluir que TODO es de la misma naturaleza que las matemáticas-).

No hay materia sin forma (incluso podríamos decir que la materia no es, en el fondo, otra cosa que forma). ¿Pero puede haber forma sin materia? ¿Qué materia tiene, por ejemplo, la Giralda tal como la concibió el arquitecto antes de realizarla? Alguien podría decir que esa Giralda concebida existía en la “materia” del cerebro o la mente del que la imaginaba. Pero, ¿cómo? La mente consiste en procesos o sucesos en el tiempo (pensar, imaginar...son acciones en el tiempo). ¿Serían también las formas procesos en el tiempo? No puede ser: las formas son, justamente, lo que DA estructura al tiempo, luego no pueden ser ellas mismas tiempo... Pero lo más raro de todo es la conclusión a la que nos lleva todo esto: si la Giralda, como forma, no es un producto de la mente, entonces la Giralda formal tendría que existir antes e independientemente de que ninguna mente la concibiera... ¡Extraño, eh!...O no tanto. Pensemos en otras cosas, también muy formales, como el dos o como E=mc(2); ¿existían tales cosas antes de que hubiera cerebros lo suficientemente evolucionados como para comprenderlo y nombrarlo? ¿Es que dos átomos no eran dos átomos antes de que existieran seres inteligentes para darse cuenta y darle nombre?...  Algunos filósofos han concebido (¿o descubierto?) la extraña idea de que realidades como el dos y otras por el estilo no solo son independientes de la materia (¿es algo en algún sentido material el dos?), sino también de las mentes capaces de concebirlo. Han pensado, en suma, que son FORMAS PURAS o IDEAS (distinguiendo muy bien entre lo que es una idea y lo que es un pensamiento o concepto, que es nuestra forma de capturar ideas). Algunos, aún más ló(gi)cos, han llegado a pensar que también la Giralda, o Tú mismo, lector, o cualquier otro ser, no es, en el fondo, más que una idea o forma pura, independiente de su momentánea materialización en este mundo.

A estos últimos filósofos hiperló(gi)cos también se les llama, por cierto, platónicos…

¿Será cierto esto que dicen?

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