Aquí tenéis el creo que interesante debate sobre educación e IA que celebramos hace unos meses en la Fundación Uña, con Carlos Magro y Guillermo Gevarsini, invitados y moderados por Fátima Murciano.
viernes, 19 de junio de 2026
Educación e Inteligencia Artificial: debate con Carlos Magro y Guillermo Gevarsini
Aquí tenéis el creo que interesante debate sobre educación e IA que celebramos hace unos meses en la Fundación Uña, con Carlos Magro y Guillermo Gevarsini, invitados y moderados por Fátima Murciano.
miércoles, 13 de mayo de 2026
IA y fraude académico
Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura
La tecnología al servicio del fraude
académico se ha vuelto tan compleja que profesores y alumnos empezamos a
parecer agentes secretos. Imaginen estudiantes que durante los exámenes musitan
palabras en clave a la medalla que llevan al cuello, toman microfotografías con
el bolígrafo o reciben mensajes a través del nano pinganillo que llevan en el
oído. Junto a ellos, visualicen profesores armados con sofisticados detectores
de frecuencia haciendo barridos y escaneando a todo el que resulta sospechoso.
No es una película de espías, sino el escenario de un aula cualquiera… ¡Y no
solo del futuro! De la entrañable chuleta hemos pasado ya al collar inductor,
la cámara oculta en el ojal, el pinganillo magnético, las gafas inteligentes…
Y cuidado, que estos nuevos métodos de
hacer trampas no solo sabotean los métodos tradicionales de evaluación, sino el
propio proceso de enseñanza, por innovador que este sea. Todavía con las viejas
chuletas se aprendía a estructurar y sintetizar contenidos; pero abusar de máquinas
que seleccionan y organizan por si mismas la información, responden y plantean
preguntas, buscan opiniones y argumentos, comparan, traducen, sugieren y
resuelven problemas… es algo que atrofia nuestras capacidades intelectivas y convierte
el aprendizaje en un puro simulacro. Es cierto que esto ya pasaba – en cierta
medida – con los profesores que se limitaban a dictar lecciones o con los
libros de texto que te lo daban todo hecho, pero la mala educación que
proporciona la IA (contagiando al alumnado de su propio remedo de inteligencia)
es tan perniciosa que no sirve ni para promover la memoria. La IA solo
beneficia a quienes son ya capaces de escribir, argumentar, analizar, comparar,
traducir o cuestionarse las cosas por sí mismos; ellos sí pueden utilizar la
máquina para sortear tareas burocráticas o para poner a prueba su propio
trabajo. Pero ¿cuántos alumnos – incluyendo a los universitarios – están en esa
situación?
¿Y qué hacer ahora? Convertir a los
profesores en ciber-policías armados de escáneres o expertos en programas y
contraprogramas de detección no soluciona gran cosa. No solo porque los
docentes no den más de si (recuerden que, además de expertos en tal o cual
materia, ejercemos también de pedagogos, trabajadores sociales, psicólogos,
enfermeros, animadores culturales, creadores digitales, educadores cívicos,
hablantes bilingües, cuidadores, porteros, administrativos…), sino porque, como
decíamos, la cuestión va mucho más allá de hacer trampas en exámenes o
trabajos. ¿Entonces? En cuanto a la evaluación sería imprescindible apostar por
una verdadera evaluación continua, más presencial, más individualizada, más
interactiva (para todo lo cual se necesitaría una bajada drástica de ratios); y
en cuanto al aprendizaje, la generalización de enfoques didácticos más
motivadores, en los que se haga palpable el vínculo entre el desarrollo
personal y las competencias intelectuales: el alumno debe tener claro que no se
llega a ser una persona (en ningún sentido interesante de la palabra persona)
permitiendo que una máquina piense por ti…
A ver si las administraciones educativas están a la altura, aunque sea
pidiéndole a la IA que les sople alguna solución.
miércoles, 3 de diciembre de 2025
La IA y el fin de la escuela
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Confieso sin vergüenza no estar al día de todos los enredos digitales que utilizan los profesores. No tengo tiempo (ni ganas, la verdad) de embarcarme en la inacabable tarea de actualizar mis habilidades como cliente/promotor (sin sueldo) de las empresas tecnológicas que han colonizado (también) el mundo educativo. El tiempo que me ahorro lo ocupo en actualizar y ampliar mis siempre insuficientes conocimientos académicos y didácticos.
Pero ante la descontrolada penetración de la inteligencia artificial en las aulas, mi impericia cibernética clama ya al cielo (espero que este artículo no lo lea ningún inspector; o bueno sí, a ver qué pasa). Impericia y perplejidad al leer los trabajos – prosa exquisita, sorprendente erudición, conclusiones asombrosas - de alumnos que sin el «autotune» de la IA apenas son capaces de escribir o comprender un texto sencillo. Y desconcierto e impotencia al no poder atender como antes a la sagrada administración de calificaciones. ¿Cómo? ¡Si hasta en los exámenes utilizan ya micro artilugios propios de la CIA para resolver las preguntas con el «chatyipití»!
A servidor le encantaría aprovechar la circunstancia para rebelarse contra la obsesión evaluadora (eso que, siendo lo contrario, confunden algunos con la educación) y llamar a la confianza en el genuino (y desigual) interés por aprender del alumnado. Pero me temo que para tan platónica proclama ya no queda tiempo. El inmenso negocio que supone, no ya el acceso a la información sino, ahora también, la forma de generarla, se ha agarrado de tal forma al mundo educativo que no solo ha convertido a los docentes en fabricantes de datos (la evaluación es fundamentalmente eso), sino que amenaza la existencia misma de la escuela. No sé si lo verán mis ojos, pero mucho me temo que la escuela (especialmente la escuela pública) acabara sustituida por procedimientos de formación personal tutorizados por IA y suministrados a demanda por las propias empresas. El Estado (si aún existe) se ahorraría con ello un pastizal en maestros y profesores, pero perdería también su último prurito de poder (el de educar a la ciudadanía), y los ciudadanos el casi último espacio de socialización real, estable y no comercial que les quedaba. Quién sabe, tal vez bajo el gobierno de Google, Amazon y Microsoft nos vaya (y nos eduquen) mejor. Pregúntenle a la IA, a ver qué dice.
miércoles, 5 de noviembre de 2025
Cómo salir, con IA, de la caverna de Platón
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Vivimos tiempos tan prodigiosamente repetitivos que hay cosas que parecen nuevas. Entre ellas la capacidad para generar fácil y rápidamente imágenes falsas e hiperrealistas (videos ficticios de personas reales, hologramas sonoros de artistas muertos, mundos virtuales alucinantes…). Lo que antes era potestad mágica de brujos y artistas, y de quienes podían pagarles, ahora está al alcance de cualquiera que se maneje con la IA y con unos pocos programas de ordenador. Y lo grande es que todo esto no deja de ser un gran progreso. No solo porque contribuya a democratizar (y desacralizar) el juego de fantasmas y fantasías con que se nos presenta y representa el mundo, sino también porque los grotescos efectos de esa manipulación masiva de imágenes nos empujan a liberarnos (al fin) de esa falaz idea de que las ideas han de sostenerse, precisamente, en imágenes, esto es, en la experiencia sensible de la realidad.
La tesis de que no debemos fiarnos de los hechos, y de que lo que vemos es mera apariencia, es tan antigua como la civilización. Los viejos textos sapienciales de China o la India, o los diálogos platónicos en Occidente, especulaban ya, de forma exquisita, sobre la imposibilidad de que las imágenes (percibidas o representadas frente a nosotros) fueran algo más que una apariencia engañosa de las cosas, un mero «parecernos» a nosotros lo que son. Incluso la ciencia, habitualmente entregada a la fe infantil en las sensaciones, parece entender hace mucho que ver no es conocer y que lo más importante se conoce sin abrir los ojos; esto es: que los datos son poco más que elaboraciones teóricas y que, en última instancia, bajo el velo de Maya de nuestras visiones no hay otra cosa que números, fórmulas, información e ideas (invisibles pero pensables, que es lo que importa).
La IA y la loca iconosfera que nos circunda (y nos habita) nos ha robado, ¡aleluya!, la fe en las imágenes, demostrándonos lo que ya sabían los más sabios (y los más astutos): que lo que vemos y nos hacen ver ha sido siempre, todo ello, una barroca construcción cultural – una ilustración de las palabras sagradas e instituidas –, y que ante ese altar envolvente e íntimo de las imágenes hemos de desarrollar el mismo talento crítico y analítico que frente al discurso de las palabras. Dicho de otro modo: que, con más o menos conciencia o buenas intenciones, sofistas y artistas (héroes todos de nuestro tiempo) son lo mismo, y que hay que desconfiar radical e igualmente de ellos, si es que queremos acabar de empezar a salir de una vez de esta vieja y oscura caverna.
miércoles, 11 de junio de 2025
Subcontratar el alma
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Cuando era adolescente me sobrevenían
unas pájaras espirituales de
padre y muy señor mío. Hasta llegué a consultar a una psicóloga que,
sabiamente, me recomendó leer a Hegel (¡qué psicólogos aquellos que aún
estudiaban filosofía!). A las pájaras les llamaba Tormentas Mentales
Inenarrables (TMI, les puse hasta siglas). Las TMI eran de temer. Te dejaban
varios días (a veces semanas) fuera de combate, con el castillo de naipes de
tus convicciones tirado por los suelos y hecho un lío absoluto. Esto, para un
adolescente en busca de sí mismo que, entre otras cosas, tenía que exhibir
opiniones y actitudes firmes para simular ser alguien, era una auténtica
tragedia. Tragedia que intentaba soportar escribiendo – es decir, intentando
que la cosa fuera un poco menos inenarrable de lo que era –.
Sentarse a escribir no es un lujo
superfluo, ni una simple manera de producir textos, sino una condición para
categorizar y organizar el mundo con la complejidad necesaria para prever
mínimamente (y curarse de) sus asaltos y sobresaltos. Escribir es comprender.
Al fin, la realidad es lo que interpretamos como tal, no a partir de los
datos, sino incluyendo a los datos, que no son más que la interpretación
de lo que vemos. Y toda esta
interpretación está mediada por el lenguaje. De hecho, filósofos hay que afirman
– como el Evangelio de Juan – que el mundo entero es verbo, lenguaje, habla… Y
a ver con qué palabras les dice uno que no…
¿Quiero esto decir que los analfabetos,
la gente que es incapaz de articular un párrafo, comprende peor las cosas?
Depende. Es posible que en culturas en las que oralidad está sumamente
desarrollada, el habla (íntima o compartida) pueda generar un espacio de
trabajo mental similar en extensión y posibilidades a la escritura (aunque la
interpretación del mundo que muestran algunas culturas ágrafas parece, en
general, bastante estereotipada y conservadora). Pero en entornos como el
nuestro – sin asomo ya de tradición oral – no saber expresarse por escrito, o
no tener el hábito de hacerlo, equivale a afrontar desarmado y a pelo la
complejidad de la cosas y de la vida.
Una de las consecuencias más obvias del
uso de la IA es la de incrementar este analfabetismo funcional. Subcontratar el
alma y dejar que las máquinas (más allá de los libros, que se limitan a
prestarnos pensamientos de otros) escriban y articulen la información por
nosotros, nos vuelve inevitablemente más bobos, en cuanto perdemos el hábito de
interpretar y organizar interiormente lo que pasa y lo que nos pasa. La única
esperanza que tengo es que llegue el momento en que no seamos capaces ya de
comprender ni el resumen adaptado que nos prepare la IA, entremos en fase de
TMI aguda, y necesitemos volver a escribirlo todo de nuevo. Tal vez no llegue
nunca a ocurrir, nos volvamos imbéciles del todo, y las máquinas, como hijas
nuestras que son, tomen justa y definitivamente el mando. Pero en ese caso lo
tendremos bien merecido.
miércoles, 5 de junio de 2024
El retorno del alma
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
En la tiranía extraña y próxima que
retrató George Orwell en la novela «1984» (escrita en 1950) andaban ya
pululando todos los estigmas de nuestro tiempo: la vigilancia de las pantallas,
la manipulación extrema del lenguaje, las noticias falsas, la polarización como
mecanismo de control… Pero hay uno que siempre me ha llamado la atención y que
entronca también excepcionalmente con nuestra época: el de la estandarización
completa de la creación artística.
Como tal vez recuerden, en la inquietante
distopía orwelliana el siniestro Ministerio de la Verdad contaba con máquinas
que componían novelas, obras de teatro, películas y canciones para consumo de
las masas. Para ello bastaba con introducir en el mecanismo ciertas variables
temáticas (pasiones y decepciones amorosas, sexo, sucesos morbosos…),
aplicarles un «versificador» automático (esto solo para la poesía y las
canciones), y organizarlas bajo estructuras narrativas o musicales simples. Los
«proles» (que es como se llama en la novela a las clases populares) se volvían
locos por estos engendros.
¿No les suena esto familiar? Si alguien
observara con distancia el prolífico y vertiginoso mercado editorial o musical
actual, podría sospechar que hay por ahí detrás cientos de máquinas como las
imaginadas por Orwell produciendo libros, películas y canciones en serie para
consumo masivo. Es cierto que esto de producir maquinalmente romances,
folletines o espectáculos comerciales no es algo nuevo; pero la capacidad
industrial y tecnológica para hacerlo es hoy tan increíblemente potente que hasta
podría prescindir completamente de agentes humanos. ¿Por qué no va a poder componer
una novela, una canción o una película de éxito una aplicación de inteligencia
artificial (IA) como ChatGPT? Piensen en la mayoría de los best
sellers que han leído y en lo que se parecen entre sí; o en las
tropecientas mil canciones pop recreadas de nuevo cada temporada; o en las
cientos de películas románticas o de machotes justicieros, completamente
previsibles, que ofertan las plataformas de streaming. ¿Qué hay en todo
ello que no pueda hacer una máquina?
Algunos dirán que esos productos no son
realmente obras de arte, y que estas sí que son imposibles de crear por
sistemas de IA, pero esto es poco más que un brindis retórico al sol. ¿Alguien
sabe, acaso, qué es y qué no es «arte» y por qué no puede escribir una máquina
algo como, por ejemplo, el Ulises de Joyce? Si se trata de combinar
información según ciertas estructuras narrativas a partir de intuiciones
estéticas provenientes del entorno cultural, tan preparado podría estar James
Joyce como un programa bien entrenado de IA. ¿Quién notaría la diferencia?
A todo esto los más románticos luditas
solo saben oponer el viejo arcaísmo del aura: hay «algo», un «no-se-qué»
fetiche y mágico en la obra humana. A esta extraña e invisible «cosa», si no
les diera vergüenza, le podrían volver a llamar «alma». Y quizás
tuvieran razón. Pero entonces habría que pasar de la pregunta por el arte a la
no menos mistérica y magnífica sobre el alma… ¿Quién se atreve con ellas?
miércoles, 29 de noviembre de 2023
Inteligencia artificial: ¿Frankenstein o Prometeo?
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Uno de los logros más espectaculares,
pero también perturbadores, de la revolución digital es la inteligencia
artificial (IA). La investigación en IA comenzó hace más de setenta años, pero
se ha popularizado como nunca desde que ChatGPT y otras aplicaciones
demostraron al gran público que podía imitar tareas que creíamos exclusivamente
humanas, como manejar eficazmente el lenguaje natural o crear textos o imágenes
a partir de él. Antes de llegar aquí, la IA se ha aplicado con éxito a la gestión
empresarial, el diagnóstico médico, la educación, el entretenimiento, la
traducción, la robótica, la seguridad, el control del clima, los transportes,
la agricultura, las redes sociales o la investigación científica, entre otras
muchas cosas. Todo esto lleva a pensar que la IA no es una moda pasajera, sino
un cambio imparable sobre el que, sin embargo, aún nos falta por emprender una
seria reflexión colectiva. Y cuando falta reflexión, la polarización y los
prejuicios son inevitables.
Así, en torno al vertiginoso fenómeno de
la IA han proliferado dos polos contrapuestos de opinión, no solo en el ámbito
público y mediático, sino también en el de las propias empresas y organismos
que promueven su desarrollo y (mucho más tímidamente) su regulación. Por un
lado los tecnófilos, para los que la IA es el nuevo fuego prometeico destinado
a salvar a la humanidad. Y por otro lado los tecnófobos, que solo ven en la IA
a un peligroso Frankenstein pronto a descontrolarse o incluso a tomar el
control del mundo. ¿Tienen algo de razón estas dos concepciones extremas?
¿Deberíamos posicionarnos en uno u otro lado de la disputa?
Como en tantas otras ocasiones, en cuanto
uno lo piensa (y piense el lector si ese pensar suyo es mucho menos artificioso
que el de las máquinas) las posiciones extremas comienzan a perder su fuerza.
Veamos. En primer lugar, los tecnófilos incurren en el error o ilusión de suponer
que la ciencia y la técnica pueden no solo solventar todos nuestros problemas
materiales – cosa ya de por sí discutible –, sino también los conflictos
sociales, políticos, morales e ideológicos que están en la raíz de aquellos, y
que no cabe tratar desde ninguna ciencia o tecnología. La pobreza, por ejemplo,
no se resuelve simplemente con nuevas técnicas productivas (que seguirían
distribuyendo los recursos igual de desigualmente), ni la crisis ambiental con
simples soluciones tecnológicas (cuyo abuso, con objeto de asegurar el
crecimiento, generaría tanto daño o más que las tecnologías vigentes). En general, y sin ningún cambio añadido, las «asépticas» soluciones
que promete la tecnología reproducirán las estructuras y creencias sociales,
económicas, políticas e ideológicas vigentes y, con ellas, los mismos problemas
que se pretenden resolver.
Por otra parte, los tecnófobos caen en la
equivocación de interpretar sistemáticamente como degeneración lo que no es
sino una profunda transformación de cuyas consecuencias a medio y largo plazo aún
no es posible saber nada a ciencia cierta. En cualquier caso, los que, tal vez
inspirados por la ciencia ficción, imaginan ya a la Tierra dominada por
perversos autómatas, olvidan que gran parte de la historia del mundo es la
historia de la perversidad humana, y que la posibilidad de que las máquinas nos
esclavicen no es mucho mayor que la de que nos dominen otros seres humanos.
Más que posicionamientos extremos como
los citados, lo que necesitamos ante el fenómeno imparable de la IA es una
dosis extra de racionalidad. Y no hablo de una racionalidad científica o
meramente instrumental, de la que ya tenemos de sobra, sino de su
imprescindible contrapeso: una racionalidad ética que clarifique los fines y
valores que han de orientar el desarrollo tecnológico. Repárese en que los
fines y valores no son objetos físicos observables por ninguna ciencia
positiva, sino ideas a considerar desde un punto de vista trascendente, es
decir, desde el punto de vista de cómo deben ser idealmente (y no como son «de facto») el mundo
y nuestra existencia en él.
Para esta consideración ética es
imprescindible un diálogo racional (y cabe decir global) en torno al
significado básico de ciertos conceptos (identidad, consciencia, verdad,
autonomía…), una reflexión rigurosa en torno a la naturaleza humana y sus
fines, y un ejercicio de clarificación crítica en torno a la barahúnda de
prejuicios, ideas y propuestas que bulle en el ámbito de la IA.
Ahora bien, todas estas acciones son irreductibles
a la mecánica del algoritmo y a la acumulación estadística de datos que
caracterizan a los sistemas de IA, y dependen directamente del empoderamiento
crítico y ético de la ciudadanía. De que logremos desarrollar esta racionalidad
cívica – y construir, a partir de ella, un nuevo «contrato tecno social» –
depende el mundo que se nos avecina.
miércoles, 12 de abril de 2023
¿Tiene la Inteligencia Artificial capacidad creativa?
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Ahora bien, decir que procesos como la creatividad están
fuera de la esfera del entendimiento lógico es exagerado (¿cómo podríamos
entender entonces lo que es?). De hecho, y pasando de puntillas por ciertos
problemas filosóficos (como el de explicar el «milagro» mismo que supone crear
algo «nuevo»), la creatividad se puede describir a un nivel básico como el
simple proceso de transformación de una cosa dada en otra nueva y distinta;
algo que, en rigor, puede hacer cualquier máquina, desde un ordenador a una
máquina de hacer churros.
Otro asunto es que se quiera añadir a esta descripción la
idea de intencionalidad, asumiendo que la acción de crear exige un sujeto (una
conciencia) que decida y emprenda la acción creativa. Esta petición de
principio es discutible (ha de suponer, por ejemplo, que cuando decimos que un
paisaje «fue creado» por la actividad volcánica, o que las nubes «crean»
caprichosas formas en el cielo, estamos usando el concepto de creación de modo
impropio o poético), pero vamos a darla por buena. La pregunta sería ahora:
¿tienen las máquinas (por ejemplo, las máquinas de IA) algo parecido a una
conciencia intencional desde la que «crear» cosas (dibujos, piezas musicales,
discursos, etc.)?
Por supuesto, alguien podría empezar por argüir que algunos
artistas crean cuadros, partituras o textos sin demasiada carga intencional. Muchos,
por ejemplo, lo hacen por encargo (tal como los programas de IA, que generan un
dibujo a partir de las órdenes que le damos), y otros presumen de crear de modo
inconsciente, al azar o sin pensarlo demasiado (no pocos artistas y estetas han
identificado la creatividad con la libertad, y a esta con ciertos estados de
inconsciencia o acción espontánea o mecánica). Pero supongamos que, incluso en estos
casos, el artista puede hacer que su conciencia recupere el mando en cualquier
momento. ¿Puede hacer esto último una máquina?
Nuestra primera reacción es pensar que no. ¿Pero por qué no?
Pensemos un momento en qué consiste la consciencia. Asumiendo que se trata de
un asunto filosófico de primer orden, y despejando su problemática dimensión
fenoménica (la conciencia es un fenómeno cuya existencia solo podemos
certificar subjetivamente, por lo que no podemos demostrar que exista o deje de
existir en otros seres, humanos o no), la consciencia es, básicamente, un
proceso cognitivo por el que representamos y organizamos la vida mental en
relación con una determinada perspectiva (la del sujeto o «yo»). En el caso de
la consciencia humana, este proceso de organización de la vida mental se hace
especialmente complejo gracias, además, a un lenguaje no menos sofisticado que
permite «narrar» internamente (generándonos como sujeto de dicha narración)
parte de nuestros procesos vitales, juzgarlos, y tomar decisiones para
reconducirlos, dando origen, en ocasiones, a esas respuestas novedosas que
llamamos «creaciones».
Ahora bien, si es esto lo que es básicamente la conciencia, no
creo que las máquinas anden muy lejos de tenerla. De hecho, hasta los
mecanismos inteligentes más simples son ya capaces de representar sus propios
estados internos, chequearlos y corregir errores sin nuestra intervención
(piense en los ordenadores que regulan y rectifican el funcionamiento de
cualquier automóvil moderno). ¿Pero podrían estos sistemas generar, además,
respuestas novedosas o no inicialmente programadas? ¿Por qué no? De hecho, los
programas de IA que generan imágenes a partir de palabras lo hacen a cada
instante. Reparen, además, en cómo lo hacemos nosotros: dada cierta información
ya registrada, le aplicamos mecanismos heurísticos que combinan esa información
para producir, según criterios combinatorios o más aleatoriamente, propuestas
nuevas cuya idoneidad evaluamos (si es el caso) en base a pronósticos y
expectativas… ¿Cuál de estas tareas no está al alcance de un simple ordenador?
Obviamente, todo esto que hacen las máquinas lo hacen a
partir de lo que le hemos enseñado; pero también nosotros hacemos todo lo que
hacemos (empezando por pensar y tomar decisiones) en base a lo que nos han
enseñado otros seres humanos.
Afirmar, pues, que las máquinas (los programas de IA, por
ejemplo) son capaces de una cierta creatividad no parece descabellado. Otra
cuestión, bien distinta, es si esa creatividad puede ser de naturaleza artística;
un tema interesantísimo que merece ser tratado en otra ocasión.
miércoles, 1 de febrero de 2023
¿Podrá filosofar la IA?
Estamos descubriendo que la inteligencia artificial (IA)
puede realizar tareas que creíamos exclusivas de un ser humano, como dialogar o
crear textos e imágenes originales. Y esto parece solo el principio. Además de
simular procesos cognitivos complejos, estos sistemas prometen emular nuestra
capacidad de juicio, sustituyéndonos a la hora de tomar decisiones. ¿Serán
capaces?
Si así fuera, el uso masivo de la IA nos dejaría a casi
todos sin trabajo. No solo a quienes se dedican a tareas puramente mecánicas
sino, en general, a todos aquellos cuyo oficio puede describirse esencialmente
en lenguaje algorítmico. ¿No sería más eficaz y barato sustituir, por ejemplo,
a un médico por un sistema de IA entrenado (en las mejores universidades) para
interpretar pruebas, diagnosticar y establecer tratamientos? ¿Y no podríamos
hacer lo mismo con abogados, ingenieros, pilotos o físicos experimentales?
¿Quién se «salvaría» de ser sustituido por una máquina?
No es fácil responder a esta pregunta. Aparentemente al
menos, una IA podría entrenarse para hacer cualquier cosa, desde imitar
los mecanismos heurísticos que rigen la creatividad de un artista a simular
(con un algoritmo estructuralmente parecido al del médico) el sacramento de la
confesión…
Advierto que introduzco las palabras «simular» o «imitar»
solo por prudencia, porque realmente no sé en qué se distinguirían esencialmente
las tareas hechas por una IA de las que haría un ser humano. Además de que la
imitación es la raíz de todo aprendizaje, y no solo del de las máquinas. Un ser
humano empieza a serlo imitando la forma de hablar y pensar de sus progenitores,
y un médico o artista imitando (y mejorando si es capaz) los procedimientos en
los que se forma. ¿Qué diferencia fundamental habría con una IA que, además de
imitar, pudiera incorporar información nueva, aprender de sus errores, generar
hipótesis o creaciones originales, y revisar y rehacer sus propios algoritmos?
Las máquinas han sido hecha por nosotros, es cierto; pero también nosotros
hemos sido hechos y educados por otros…
Una objeción típica al desempeño de ciertas tareas por parte
de la IA es que una máquina no podría entender ni expresar emociones. Pero esta
objeción tampoco parece suficiente. Si las emociones fueran completamente
refractarias a los algoritmos, tendríamos que concluir que son absolutamente
irracionales e incomprensibles (incluso como emociones), ¿y quien las querría
entonces? Y si el problema fuera que aún no hemos entendido sus complejos
mecanismos lógicos (y subsidiariamente biológicos, sociológicos, ideológicos,
etc.), entenderlos e imitarlos sería cuestión de tiempo. Al fin, si entendemos
las emociones como fenómenos emergentes surgidos de la cultura y de la
bioquímica cerebral, todo ello (pautas sociales, patrones neuronales) sería
asimismo reducible a información lógicamente estructurable. Y si esto fuera
posible, toda otra serie de actividades (las de educador, psicólogo, cuidador,
etc.) quedarían en manos de la IA. ¿Qué
podría impedir, por ejemplo, que un sistema inteligente de educación
interpretara los sentimientos y necesidades del alumnado, le proporcionara una
experiencia educativa personalizada y evaluara objetivamente su aprendizaje, expresando para ello las actitudes emocionales más apropiadas (empatía,
preocupación, orgullo…)?
Por no salvar, no salvaría (si es que de salvar se trata,
que igual es condenar a la extinción) ni el oficio de informático. En la medida
en que la programación es otra actividad reducible a pautas heurísticas y
algoritmos, los sistemas de IA podrían llegar a ser (¡cada vez lo son más!)
completamente autoprogramables. Por cierto: ¿Equivaldría esto a convertirlos en
seres autónomos o libres?
¿Y la filosofía? ¿Podría filosofar un sistema de IA?... Se
trata de una pregunta enorme y ella misma filosófica. Veamos. Si la filosofía
arranca de la necesidad de responder a la pregunta acerca del ser y el sentido
de todo, ¿podría la máquina preguntarse por el ser y el sentido de sí misma?
¿Podría poner en cuestión los conceptos de realidad, verdad, máquina
o inteligencia…?
Y, sobre todo, ¿podría plantearse una IA si aquello que le
han enseñado a reconocer como “bueno”, “justo” o “bello” es realmente
bueno, justo y bello? ¿Podría autoprogramarse hasta el punto de generar
sus propios criterios éticos, políticos o estéticos? Fíjense que los seres
humanos, por muy estrictamente que se nos eduque, podemos reparar en el
carácter convencional o incompleto de toda esa formación, cuestionarlo todo y
rebelarnos contra códigos y normas, incluyendo el código genético y las normas
sociales. Podemos, incluso, querer acabar con el mundo entero (con nosotros en
él), por no considerarlo justo o digno de existir… ¿Podría también querer todo
esto un sistema de IA? ¿Podría ella misma responder a esta pregunta? ¿Y a
esta…?










