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miércoles, 3 de junio de 2026

Violencia sin complejos

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Quiero recordar que durante un breve periodo histórico la violencia llego a convertirse en Occidente en una especie de tabú. No es que no existiera – estábamos en plena guerra fría –, sino que estaba mal vista. Era paradójico, pero bajo la sombra apocalíptica de los misiles nucleares se desarrollaron como nunca las instituciones mundiales, el derecho internacional, la alternancia civilizada entre socialdemócratas y liberales, la universalización de los derechos civiles (¡había que subrayar la diferencia con el enemigo soviético!), el pacifismo, las nuevas maneras en la pedagogía, la libertad sexual … Era la época en que la violencia se censuraba públicamente (aunque no siempre en el ámbito privado), en que se dejó de golpear a los niños en las escuelas, en que los «bobbies» ingleses se paseaban (creo que milagrosamente aún lo hacen) desarmados por las calles de Londres, en que los grandes partidos de fútbol se controlaban con unos cientos de policías (en la última final en París se desplegaron inútilmente más de treinta mil), y en la que se podía dormir en cualquier calle o estación de ferrocarril europea – yo lo he hecho cuando era un joven mochilero – con una completa sensación de seguridad…

Muchos, educados durante esa época excepcional, aún nos escandalizamos cuando un policía tira brutalmente al suelo a una maestra que se manifiesta pacíficamente, como ha ocurrido estos días en Valencia. ¿Pero cuánto más vamos a resistir? Las actitudes violentas están cada vez más extendidas y normalizadas. Lo podemos ver en el comportamiento de algunos líderes occidentales, en sus insultos y amenazas públicas, en su uso unilateral de la fuerza, en el genocidio de la población civil, en la práctica sin disimulos del crimen de Estado, o en la promoción de cuerpos parapoliciales – como el ICE en EE. UU – capaces de asesinar en mitad de la calle a personas desarmadas… Pero también lo notamos en nuestro modo de hablar y comunicarnos (especialmente en Internet), en la sustitución del diálogo por el espectáculo del combate retórico, en el «scroll» infinito de imágenes violentas en los móviles adolescentes, en la polarización y el odio visceral al oponente político, en la violencia contra las mujeres o en la exhibición de chulería e incivismo de hordas movidas por emociones identitarias, o por una especie de «neocasticismo anti-woke» que parece legitimarlos para atacar a inmigrantes, homosexuales, mujeres poco sumisas o ancianos desahuciables (que nos hayamos acostumbrado a ver a empresas de matones «desocupas» deambulando por los barrios y acosando a la gente es todo un síntoma de lo que digo) … No olvidemos lo espantosamente rápido y banal que puede ser el paso del tabú a la vulgarización de la violencia, del pedir a alguien que se aparte a empujarlo contra el suelo, del dar los buenos días al vecino que piensa distinto a pegarle un tiro en la nuca… A muy poco que le echemos un ojo a nuestra historia reciente deberíamos estar más que avisados sobre todo esto.

Por ello, no solo hay que volver a censurar todo ejercicio de violencia física, pública o privada, sino formar a los únicos a los que hemos concedido la potestad de usarla, esto es, a los profesionales de los cuerpos de seguridad del Estado, para que la empleen de modo exquisitamente escrupuloso; formación que compete, y mucho, a la educación pública que defendía la maestra estrellada contra el suelo por un agente que, obviamente, no estaba preparado para desempeñar su función.

jueves, 7 de agosto de 2025

El verdadero secuestro de Israel

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Suele decirse que la primera víctima de una guerra es la información. Pero es difícil interpretar erróneamente lo que ocurre en Gaza. No solo porque los intérpretes que coinciden sean muchos y distintos (agencias internacionales, ONG, médicos, periodistas que se juegan la vida sobre el terreno, incluso organizaciones y medios israelíes), sino porque las propias autoridades hebreas lo confiesan sin el menor rubor: se trata de arrasar Gaza, volver el territorio inhabitable para los palestinos que sobrevivan y apropiarse de él. El plan está clarísimo. Y los atentados de Hamás han sido la ocasión de oro para los que suspiraban por llevarlo a cabo. 

La pregunta clave es cómo justifica todo esto el resto de la ciudadanía israelí. Saber que tu propio ejército, con el dinero de tus impuestos, bombardea indiscriminada y diariamente a mujeres y niños, dispara a la gente que acude a pedir comida o bloquea la entrada de camiones con agua y alimentos para matar de hambre a los gazatíes, no debe ser fácil. Más aún si pensamos que Israel fue fundada al amparo de la ONU (de cuyas resoluciones se burla ahora y a cuyos trabajadores no tiene reparo en asesinar) y en torno al trauma del genocidio nazi. ¿Cómo pueden justificar la matanza sistemática de palestinos los hijos de aquellos que se preguntaban, escandalizados, por la indiferencia de los alemanes ante el acoso y exterminio de los judíos durante el nazismo? 

Como ocurre en cualquier genocidio, las creencias que lo permiten o alientan han de poseer un grado de radicalidad parejo al de los crímenes que justifican. Esto puede observarse fácilmente en el caso de los fanáticos de Hamás, corresponsables de la destrucción de Gaza, cuyos milicianos no dudan de la dignidad religiosa del martirio de un pueblo entero; o en el caso del actual gobierno mesiánico y supremacista hebreo, igualmente convencido de la legitimidad de su guerra santa contra los palestinos (para cuya confusión se financió en sus orígenes a la propia Hamás). ¿Pero y el resto de la población israelí, aquella a la que solemos considerar cercana a nosotros en el ámbito de los valores morales y principios políticos? ¿De verdad puede creer que todos los gazatíes, niños incluidos, son sanguinarios terroristas merecedores del exterminio bajo las bombas o el hambre; que la forma más eficaz de acabar con Hamás es multiplicar al infinito el odio que lo retroalimenta; o que Israel es un Estado rodeado de poderosos enemigos – cuando Irán, el único que le queda, apenas es capaz de hacer despegar un solo avión para defender su espacio aéreo –?

El verdadero secuestro causante del exterminio de los parias de Gaza no es, pues, el de unos cientos de israelíes (muchos de ellos vivos, a diferencia de los más de 60.000 palestinos muertos y olvidados), sino el de los principios e ideas que hacían de Israel un bastión de la democracia y los valores occidentales en Oriente; valores que el gobierno israelí pisotea a diario, poniendo al estado judío a la «altura» de su archienemigo Irán. Tal vez es lo que deseaban tanto Hamás como el gobierno de Netanyahu quien, con la indiferencia de buena parte de la ciudadanía, y la complicidad de EE. UU y sus vasallos, tiene secuestrado un proyecto político que quiso ser radicalmente distinto al que hoy nos avergüenza. 


miércoles, 25 de junio de 2025

Anarcobelicismo

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Suele pensarse de manera harto simple que el derecho y la fuerza son dos fuentes antagónicas de poder político. Se trata de un análisis simplón, porque olvida que el derecho puede nacer de la fuerza (en los regímenes tiránicos también hay leyes) y que la fuerza es parte constitutiva del derecho (en las democracias también hay policías). Sea como fuere, en la política el tamaño importa (en esto, según los más rigoristas, se diferencian la política y la ética), y aunque no hay derecho sin ejercicio de la fuerza, parece que es menos fuerza si la ejerce la mayoría y solo en determinados ámbitos (como en las democracias liberales) que si la ejerce una minoría en todos los órdenes de la vida (como en los regímenes totalitarios).

Pues bien, podemos decir que, si durante muchos años (desde el final de la II Guerra Mundial) el derecho y la democracia liberal han gozado de una época dorada, hasta el punto de que sus formas se extendieran al ámbito de las relaciones entre naciones, generándose por vez primera un conjunto de instituciones de legalidad internacional que nos han permitido soñar con la sociedad cosmopolita y pacífica que idearan los filósofos ilustrados, hoy día todo este castillo de naipes se ha venido abajo de forma estrepitosa, inequívoca, brutal y no sabemos si definitiva.

El imperio de la fuerza bruta, no ya solo de líderes del lado más incivilizado del mundo, como Putin, sino de los de naciones que creíamos adalides de la democracia liberal, como Israel o EE. UU, han pulverizado ochenta años de esfuerzos y pretenciosa retórica internacionalista. Diríase que a la desregulación económica y financiera propiciada por el extremismo neoliberal le ha seguido la desregulación de los mecanismos de poder internacional, apenas sujetos – hasta ahora – por un leve e incipiente andamiaje de regulación normativa y una difusa bruma moral. Tras el desgarramiento de esa ilusión se ha vuelto, en suma, a esa suerte de viejo «anarcobelicismo» por el que las naciones militarmente más poderosas golpean unilateralmente a otras para lograr sus intereses sin más legitimidad que la de su fuerza. 

El problema, claro está, es que este mundo ya no es el de siempre. De un lado, la capacidad destructiva es hoy incalculable; y de otro, la sucesión de guerras propiciada por esta vuelta al más rancio realismo político impide o aplaza la imprescindible conjunción de voluntades y energías que se necesita para afrontar los problemas globales que nos acechan: la crisis climática, la desigualdad creciente, la pérdida de biodiversidad y recursos...

Y que ningún ingenuo se crea que esto va de librarnos de la tiranía de los fanáticos iraníes o de restaurar la democracia allí donde no la había. Va de obtener poder y ventajas en un planeta más limitado que nunca, y de instaurar gobiernos títeres – a cargo de pueblos sumisos – que no amenacen la hegemonía de los poderosos. Tras Irán, serán sometidos del todo Gaza y Ucrania, y después le llegará probablemente el turno a Groenlandia/Dinamarca y Taiwán. Y así seguiremos si la guerra no desata antes, en cualquiera de sus inciertos pasos, un desastre irreversible.

viernes, 28 de marzo de 2025

Antimilitarismo y cultura de defensa

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Una vez nos hemos cerciorado de que Europa ya no le interesa militarmente más que a sí misma, es hora – como dicen— de rearmarse. No solo de armas, ni de voluntades para desarrollar una estrategia de defensa común más firme y articulada (incluyendo un verdadero ejército europeo), sino sobre todo de ideas y valores. Es preciso reconstruir con ellos una cultura de seguridad que permita hablar sin tabúes hipócritas de estrategias de disuasión, conflictos bélicos, tecnología militar, control de armamento nuclear o movilización de la población. El antimilitarismo militante no debe dejar de reparar que las libertades, derechos y relativa paz que disfrutamos en Europa no son en absoluto ajenos a las guerras que libraron nuestros abuelos – la última de ellas contra el fascismo – y que no vamos a seguir disfrutando de ellos si no los protegemos con energía de quienes lo consideran un estorbo para el logro de sus ambiciones imperialistas. 

Reivindicar el valor de la defensa armada en el marco de un Estado democrático de derecho significa varias cosas: la primera es subrayar el monopolio del uso legítimo de la violencia por parte del Estado como un signo distintivo de civilidad. La paz no es un valor incondicional. Una paz injusta puede ser peor que la guerra. Y una paz justa no es posible fuera de una comunidad que reprima el uso privado de la fuerza y que se defienda eficazmente de aquellos que, desde fuera, desean violentarla y destruirla.

Rearmarnos de valores e ideas en el ámbito de la defensa quiere decir también reconocer el papel de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, un grupo de profesionales cuyo objetivo, tan loable como el de los médicos o los bomberos, no es otro que garantizar nuestra seguridad e integridad física frente a un variado rango de amenazas. Ya sabemos que en ciertos sectores (no necesaria ni primordialmente populares) resulta poco estiloso reconocer la labor de, por ejemplo, de la policía – salvo cuando la necesitan, claro –, pero esto es poco más que una pose estética de quienes, por vivir bien protegidos, pueden permitírsela

Reavivar una cultura de seguridad quiere decir, en tercer lugar, apostar por reforzar el compromiso cívico con la defensa del Estado y todo lo que este representa. Y esto puede incluir una suerte de servicio militar o civil obligatorio relacionado, como mínimo, con tareas auxiliares. La objeción relativa a la naturaleza poco democrática del servicio militar o civil obligatorio (en cuanto se supone que conculca el derecho a la vida y la libertad de los individuos) es muy discutible. Antes de nada porque el ejercicio de la defensa no implica necesariamente el sacrificio de la propia vida (aunque suponga asumir riesgos, claro está). Y en segundo lugar porque una sociedad que se precie de defender valores y derechos (y no solo intereses y obligaciones contractuales) no puede disociar la vida de la dignidad con la que la vivimos, ni las libertades individuales de las virtudes y responsabilidades cívicas.

Por supuesto, también es posible seguir pensando que todas las guerras (también las que sirven para defender derechos y libertades como los nuestros) son igualmente inaceptables, y que hay que aprestarse a negociar incondicionalmente con cualquiera que agreda, invada, amenace o dé un golpe de estado, por ver si milagrosamente se pliega a algo que no sea concederle todo lo que exija a punta de pistola. Este es, sin duda, el método más eficaz para conservar la paz y la vida. Al precio de que la vida no valga la pena y de que la paz no sea más que una guerra soterrada e inacabable.

miércoles, 12 de marzo de 2025

¿Es la paz un valor absoluto?

 



Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Hay un pacifismo consistente, que comprende la guerra como mal menor; y un pacifismo inconsistente, en guerra con hechos y argumentos, que estima a la paz, sin más matices, como un valor absoluto.  Ahora bien, la paz, igual que la guerra, no es algo que podamos comprender de modo puro o aislado. De hecho, hay muchos tipos de paz y de guerra. Hay, sobre todo, guerras y paces justas e injustas.

Pongamos el caso de Ucrania. Una paz fundada en entregar un tercio del territorio al agresor (que en lugar de ser castigado recibe un premio), regalar la mitad de las riquezas naturales al país «protector» (en el sentido en que la mafia «protege» a aquellos que extorsiona), e hipotecar sine die las aspiraciones de ser una nación plenamente democrática (en lugar de una oligarquía corrupta bajo la órbita del sátrapa ruso), no es una paz justa, ergo conducirá, de un modo u otro, a una reanudación de la guerra, sea por parte de los que no pueden soportar la injusticia, sea por parte de los que se sienten lo suficientemente fuertes como para confundir la justicia con su regia voluntad.

Pongamos ahora el caso de Europa, donde hemos disfrutado de ochenta años de paz gracias a una guerra justa contra el fascismo, y su continuación en forma de guerra fría entre los bloques democrático y totalitario. Decir, como dice el portavoz parlamentario de IU Enrique Santiago, que «la paz nunca se ha logrado con el uso de la fuerza» es confundir el ámbito uránico de los principios con el de los hechos. Aquí abajo, la paz se logra continuamente mediante el uso de la fuerza (sea la de la guerra, sea la de cualquier otro tipo de coacción).

A los argumentos de papel maché que ya esgrimía parte de la izquierda contra el apoyo militar a los ucranianos (según los cuales las guerras hay que pararlas, a cualquier precio, mediante la sola diplomacia), se suma ahora otro muy curioso: «no hay que rearmar Europa para seguir apoyando a Ucrania porque – dicen – esto supondría enriquecer a la industria militar norteamericana». Digo que el argumento es curioso, porque si se propusiera desarrollar una industria militar europea, o reinstaurar alguna fórmula de servicio militar en nuestro entorno, para no depender, así, de la industria y la protección de EE. UU., me apuesto lo que quieran a que se rechazaría tajantemente desde esa misma izquierda. ¿Entonces? 

La idea que tal vez necesita comprender el pacifismo más inconsistente es que la fuerza, como el capital, en la medida en que resultan inevitables, han de estar en las mejores manos posibles, esto es, en las de aquellos que, al menos en teoría, están más cerca de poder subordinarlos a principios y valores que nos permitan vivir con dignidad y libertad. Es por todo ello que Europa debe desarrollar su propia tecnología militar y comprometer a la ciudadanía en la defensa de su proyecto civilizatorio (el que con más claridad se identifica idealmente con la razón y el derecho) frente a la amenaza autoritaria y oligárquica de Rusia, China y, ahora, incluso, de los EE. UU. de Trump. Tal vez esto sea «morir con las botas puestas», pero es lo que tiene creer que una paz sin justicia no es sino otra expresión sutil, pero igual de dañina, por indigna, de la guerra.

miércoles, 15 de mayo de 2024

Defender a Israel de quienes la defienden

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

El número de falacias e iniquidades que acumula el gobierno y el Estado israelí en relación con la masacre de Gaza empieza a ser enciclopédico: la falsa dicotomía (el conmigo o contra mi), el tomar la parte por el todo («no hay civiles inocentes en Gaza», dijo hace meses el presidente Herzog), la creencia de que el fin siempre justifica los medios, la acusación de terrorista o antisemita a todo el que hace la más mínima crítica, el matar al mensajero (más de cien periodistas muertos, según la ONU), la confusión entre la justicia y la venganza…

Esto último no es nuevo. La práctica del escarmiento (por la que se arrasa el pueblo de un presunto culpable con todos sus habitantes dentro) es muy vieja, pero el Estado israelí la ha llevado a su máxima expresión, encerrando y machacando sin contemplaciones y durante meses a más de dos millones de gazatíes. Le ha pasado lo mismo con la vengativa Ley del Talión, que solo obliga al ojo por ojo, pero que Netanyahu la ha versionado para asesinar a treinta civiles palestinos – de momento – por cada civil asesinado por Hamás (ya sabemos que en el mercado de la justicia la carne del paria no vale lo mismo que la de uno de los nuestros, ¡pero treinta veces menos! ...).

Pese a todo, algunos intelectuales y políticos, especialmente de la derecha más necesitada de atención, declaran que lo de Gaza no es un feroz escarmiento destinado a convertir definitivamente a Palestina en un solar, sino una noble lucha entre la democracia y el fanatismo islámico. Es increíble que no hayan reparado que en Gaza hay cientos de miles de personas no radicalizadas por Hamás (aunque Netanyahu no pare de darles motivos), o que el actual gobierno israelí está controlado por fundamentalistas religiosos no muy distintos de los ayatolás iranies. En cualquier caso, ¿de verdad piensan estos intelectuales y políticos que es asumible sacrificar a treinta y cinco mil civiles (más de la mitad niños) para defender los valores occidentales de los que se ríen en la ONU los diplomáticos israelíes? ¿De verdad alguien cree que vamos a hacer más tolerantes y amantes de los DD. HH a los palestinos bombardeándolos y matándolos de hambre?

No se debe dejar de insistir en esto: casi veinticinco mil niños y adolescentes muertos y heridos (según la pérfida UNICEF), algunos con la cabeza partida en dos por francotiradores, otros (agonizantes, quemados, amputados) sin un mal analgésico que llevarse a la boca, otros deambulando solos y muriéndose de hambre por las calles, y otros – todos los que tengan la mala suerte de sobrevivir – incapaces para siempre de olvidar lo que han visto, sufrido y perdido…  ¿De verdad que alguien cree que es ese el modo de defender la democracia israelí? ¿No habría que defenderla, más bien, de aquellos que la defienden? ¿Habrá alguien más antisemita que el propio Netanyahu y sus retorcidos apologetas?

miércoles, 17 de abril de 2024

El arma poética

 

Una versión de este artículo fue publicada por el autor en El Periódico Extremadura. 


La poesía siempre ha sido tremendamente útil. No sé si como arma cargada de futuro, que decía Celaya, o como instrumento para cargar de futuro a las armas, como se muestra en la antología de poemas que, según el diario hebreo Haaretz, han publicado las Fuerzas Armadas israelíes para motivar a la tropa, insuflándoles poéticamente deseos de venganza y justicia bíblica.

¿Es censurable que se utilice la poesía para legitimar la guerra o el fanatismo religioso? Antes de responder a la ligera conviene recordar que la poesía occidental se gestó en torno a las gestas bélicas de aqueos y troyanos; y que el fragor de las batallas, muchas religiosas, o la glorificación de guerreros y mártires, han sido tema universal de versos, pinturas, sinfonías u obras teatrales.

De hecho, podríamos decir que el orbe estético en general – y no solo la poesía – nace, crece y se desarrolla como instrumento de dominación al servicio de los protagonistas y beneficiarios de las guerras (sacerdotes, reyes, oligarcas…). Al fin, el arte ha sido casi siempre un rito político o litúrgico, un oficio cortesano, un negociado de la Iglesia o el Estado al servicio de la ideología dominante (o de una entretenida y catártica inversión ficticia de la misma para recreo programado de quienes la sufren). 

¿Y hoy? ¿Sigue siendo la poesía un arma de alienación masiva? Ni lo duden. Y no solo por el caso comentado del ejército israelí, que no es excepcional: no hay cuerpo armado que no tenga sus himnos y rimas enervantes para mejor matar y morir; y cuenta Ernst Jünger que durante la I y II Guerra Mundial todos los soldados alemanes llevaban en el macuto una antología de Hölderlin... Al fin, la ficción estética sigue siendo el modo más seductor para convencer y conformar -- y también, que duda cabe, para «liberar» de ese modo vicario y ficticio que tanto gusta a los poderosos y a los que no tenemos fe suficiente en el mundo terrenal --.

Cierto que la verdadera poesía, la que conserva su función política y social, ya no suele construirse con hexámetros o endecasílabos, sino con las imágenes, ritmos, recursos y efectos del universo audiovisual. Pero es lo mismo: sea en la voz del rapsoda, grabada en tinta o proyectada en una pantalla en forma de serie, videoclip, perorata de influencer u homilía de estrella mediática, el efecto conformador es fundamentalmente idéntico.

Y desengañémonos: no hay una poesía – ni un arte – efectivamente inconformista, ni dentro ni fuera de los medios. «Fuera», porque allí nada existe; tampoco esa poesía libresca y onanista, marca de prestigio para los vástagos sensibles de la burguesía, y que ya nadie lee. Y «dentro», porque, como decíamos, todo estética de la subversión es mera subversión estética, destinada, como todo en arte, a producir ilusiones, incluyendo aquella por la que los más entusiastas creemos romper el espejo de la cuarta pared y remover durante más de un imaginario instante los cimientos ocultos del escenario.

miércoles, 25 de octubre de 2023

Clases de derechos humanos

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Este curso no estoy dando clases; cosa de la que me alegro en estos días aciagos. ¿Con qué cara trataría, por ejemplo hoy, de la importancia de los derechos humanos en una clase de Valores Éticos? Es fácil declamar puntualmente en un papel o un foro político acerca del respeto a la dignidad humana mientras, por detrás, permitimos que «uno de los nuestros» mate impunemente a miles de civiles; pero hacerlo todos los días frente a los ojos de veinte o treinta adolescentes es… agotador, imposible, patético... 

Es cierto que mis alumnos huelen ya que el mundo se mueve bajo los parámetros del más crudo realismo político; que las naciones se construyen a sangre y fuego; y que buena parte de la riqueza que atesoran y disfrutan es proporcional al empobrecimiento y el expolio de otras naciones y personas. Pero, aun así, no dejan de pensar que el ser no es exactamente lo mismo que el deber ser.

Esto último no es un trabalenguas filosófico ni un alarde de optimismo insensato. Fíjense que, de hecho, no hay nación, ejército o grupo terrorista, por bárbaras o despiadadas que sean sus acciones, que no tenga la necesidad de justificar(se)las como un deber. Las ideas morales, las creencias, los mitos y las palabras van también a la guerra, y no son armas poco eficaces o temibles. Vencer sin convencer(se) de lo justo de la victoria y de la necesidad moral de asumir su coste en dolor y sangre, no constituye una verdadera victoria, ni ante uno mismo ni ante nadie.

Es cierto que las dos ideas fundamentales que han servido tradicionalmente para justificar como justas casi todas las guerras, guerrillas, genocidios o atentados de este mundo – las ideas de Dios y de Patria – no han servido en absoluto para desarrollar una ética distinta a la de la diferencia y el conflicto con los demás (todos infieles o extranjeros). Egipcios, griegos, persas, cartagineses, romanos, bárbaros, cristianos, musulmanes, chinos, rusos, ucranianos, israelís o terroristas de Hamás, han matado y muerto desde los comienzos de la historia hasta nuestros días (y fueran cuales fueran sus motivos más materiales), bien en nombre de su país, imperio, ciudad o nación, bien en nombre de su dios particular (o bien en nombre de ambos, a menudo simbólicamente unidos).

Sin embargo, hace poco más de dos siglos se asentó (o se «normalizó», como se dice ahora) un discurso alternativo al de las mitologías religiosa o nacionalista, una nueva forma de comprender a las personas, no ya como creyentes o nativos de una religión o patria particular, sino como individuos pertenecientes a la clase común de los humanos. Clase que pretendía hacernos a todos y a todas ciudadanos poseedores de derechos, razón, libertad y de una natural inclinación fraterna hacia todos los que guardaran ese nexo esencial con nosotros que llamamos «humanidad».

Estas palabras e ideas, viejas en su raíz clásica pero modernas en su eclosión revolucionaria e ilustrada, nos hicieron concebir esperanzas acerca de un mundo progresivamente en paz, sin absurdos muros o creencias excluyentes que justificaran el presunto deber de la guerra. Es verdad que las ideas ilustradas sirvieron también de máscara moral a la codicia y el miedo, y que en nombre de la «civilización» se colonizaron y destruyeron civilizaciones enteras; pero aun así, esas ideas parecían prometernos una moral nueva y mejor que las de la imaginería nacionalista o religiosa, dadas, por su condición particular e irracional, casi obligatoriamente a la violencia.

Eso creíamos… Y eso resulta cada vez más difícil de creer. Comprobar en estos días como Occidente se rinde por entero, una vez más, al pragmatismo de corto alcance y al retoricismo más cínico ante el conflicto palestino-israelí, es demoledor. Volver a aplicar el doble rasero a Israel, permitiendo que triture a millones de civiles (para acabar a cañonazos con las moscas del terrorismo que él mismo contribuyó a crear), mientras se demoniza a Rusia o Irán por hacer lo mismo, equivale a desproveerse de toda autoridad moral; esa autoridad ilustrada con la que Occidente podría aspirar a vencer – y convencer – a esos males crónicos que son el totalitarismo nacionalista y el fundamentalismo religioso.

Pero no. «¿Quiénes se creían que eran estos europeos con sus derechos humanos y sus valores colonialistas?» – dirán ahora los profesores rusos de Defensa de la Patria, o los imanes radicalizados en sus madrasas –. «¡Si son igual que nosotros – deberían decir también – y utilizan las palabras solo para recubrir de humo su codicia y deseo de poder!».

Si es así, y asumimos sin complejos que somos sin remedio iguales en rapacidad y discordia (en lugar de en derechos y razones), no hay la más mínima esperanza de salvar nuestras milagrosas clases sobre derechos humanos del histórico tsunami de horror y vergüenza que se nos viene a todos encima. 

 

miércoles, 13 de septiembre de 2023

Pandilleros de ayer y hoy


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


El último informe de la Fiscalía General del Estado nos advierte de un aumento alarmante de conductas violentas en niños y adolescentes, incluyendo agresiones sexuales y homicidios. La Fiscalía relaciona este aumento con la proliferación de bandas juveniles violentas, que parecen estar extendiéndose más allá de las grandes ciudades. Pero el asunto quizás sea un poco más complicado.

Antes de nada es difícil de creer que el problema se reduzca a la simple existencia de bandas juveniles. Las pandillas existen desde hace mucho. No pocos de los que hoy peinamos canas tuvimos algo que ver con las tribus urbanas de los 70 y 80. Y todos recordamos decenas de películas, algunas memorables (West Side Story, The Wandered, Grease…), sobre jóvenes pandilleros norteamericanos dándose mamporros. Cosa que no implicaba, ni mucho menos, un aumento de la violencia juvenil como el que refleja el informe citado. ¿Entonces?

Tal vez el problema se vea más claro pensando en lo que significa pertenecer hoy a una de esas pandillas juveniles, en contraposición a lo que suponía hace tres o cuatro décadas. Pertenecer a un grupo juvenil era entonces una parte más de los ritos de paso a la edad adulta; integrarte ahora en ellos parece una salida desesperada para chicos que no tienen la más mínima confianza en que exista ninguna «edad adulta».

Fíjense que el argumento de aquellas películas de jóvenes rebeldes que marcaron nuestra adolescencia (especialmente a los chicos) era siempre el de cierto ritual de tránsito a la madurez: unos mismos personajes arquetípicos, expuestos a aventuras en las que ponían a prueba sus virtudes varoniles (valentía, lealtad, camaradería, etc.), y que acababan por dejar a un lado la cazadora de cuero para casarse con la chica que habían dejado preñada o marcharse a la universidad que les correspondía por su estatus. El mensaje escasamente subliminal era claro: uno podía jugar a ser rebelde, e incluso a coquetear con el delito, hasta que comprendía que el orden social era la prolongación natural de la propia subversión pandillera, y pasaba entonces a integrarse en los grupos de referencia (en las “pandillas”) de los adultos: la familia, la hermandad universitaria, el ejército, la empresa…

¿Qué pasa, por el contrario, en las pandillas que proliferan hoy en la periferia de ciudades como Madrid y se extienden por todos sitios? Lo primero es que estas nuevas pandillas no son asociables a un ritual de paso entre formas de sociabilidad más o menos asentadas (de la familia a los grupos de referencia adultos ligados al trabajo), sino más bien a una estructura estable que las sustituye a todas. Esta estructura, a imitación de las maras y otros grupos parecidos, llegan, de hecho, a suplir el papel de la familia para sus miembros más jóvenes y operan como entorno laboral alternativo (pequeña delincuencia, tráfico de drogas, extorsión) para los más mayores, de manera que te captan en la infancia y te retienen para siempre, como las sectas o las familias mafiosas. 

El por qué proliferan las pandillas inspiradas en este modelo es una pregunta complicada, y seguramente tiene que ver con fenómenos socioculturales a gran escala, como la desarticulación de la familia tradicional y de sus valores, la precariedad laboral y la falta de arraigo social que esto provoca, o el debilitamiento general de los lazos sociales, sustituidos hoy por conexiones virtuales intercambiables y de baja intensidad. La «pandilla tribal» que suponen maras y similares supone, de hecho, una propuesta comunitaria que, con sus valores, fines, señas de identidad y lazos socioafectivos, constituye un mundo completo y concreto que oponer al anónimo y desangelado supermercado cultural y humano que ofrece la «aldea global».   

Por otra parte, que estas nuevas pandillas generen más violencia no es raro, dado su formato tribal y la necesidad de retener a sus miembros durante más tiempo. Emprender acciones violentas y delictivas en común es siempre un factor de cohesión (especialmente si hace en nombre del grupo – y contra otro grupo –), además de proporcionar una suerte de entorno laboral alternativo. Eso sin contar con que la violencia, y la sensación de poder inmediato que genera, es de por sí atrayente para la mayoría de los chicos.   

¿Cómo luchar contra esto? Las causas estructurales están ahí, y no van a desaparecer. Engordar el código penal, abrir canchas de baloncesto o celebrar campañas educativas en las escuelas es insuficiente. Es mucho más importante activar la función disolvente del pensamiento crítico. Una educación crítica bien planificada inmuniza a la mayoría de los chicos frente al rudimentario y patriarcal sistema de creencias y valores de las pandillas (y de otras organizaciones sectarias). Es también cierto que esto les deja frente a un tiempo y un mundo que, pese a su relativo grado de civilización, es hostil, frío y solitario como pocos. Pero, de momento, no parece que dispongamos de una opción mejor.

miércoles, 6 de septiembre de 2023

Cursos de Kalashnikov

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


A principios de este mes se celebraba el comienzo del curso escolar en Ucrania. Se entiende que en las escuelas aún no destrozadas por la guerra. Ya saben que el criterio para elegir colegio no es allí el ambiente o la calidad de los profesores, sino que el centro cuente o no con refugio antiaéreo. En esos colegios-refugio los estudiantes escuchan dos tipos de sirenas: las de las clases y las que advierten de un misil; tienen dos mochilas: la de los libros y la de emergencia para llevar al refugio; y viven dos vidas: la inmediata, que es infernal, y la otra, la civilizada, que es la que sus profesores intentan por todos los medios que no olviden. 

Conocí hace unos meses a algunos de esos profesores ucranianos. Y me sorprendió la vehemencia con la que defendían públicamente la importancia de la formación en valores democráticos y derechos humanos. ¿Educar a los niños en el respeto a los derechos humanos y en valores democráticos en mitad de una guerra sin cuartel? Si a mí me sonaba extraño, ¿cómo les sonaría a los estudiantes de Kiev o Járkov que han perdido a padres, amigos o compañeros?

Nada que ver, desde luego, con lo que hacen en las escuelas rusas. Allí, en lugar de valores cívicos y democráticos, los estudiantes de secundaria aprenden a utilizar rifles de asalto, pistolas, granadas y drones. El gobierno ha promovido también una revisión concienzuda de los manuales de Historia, para que en ellos se exalte más aún la grandeza de Rusia, la necesidad de sacrificarse por la patria y la perfidia de Occidente y de sus valores. Ambas cosas, el entrenamiento militar y el adoctrinamiento ultranacionalista, compondrán el próximo curso una asignatura bien dotada de horas, llamada «Fundamentos de Seguridad y Defensa de la Patria», que será impartida por veteranos de guerra…

No sé qué pensaran ustedes, pero dado como están las cosas, a cualquiera le surge la duda: ¿no será el tipo de educación escolar rusa más coherente y efectivo que el que pretenden esos ingenuos profesores ucranianos? ¿Para qué diablos sirve hablar de civismo y derechos humanos en mitad de una guerra? ¿Qué sentido tiene formar ciudadanos críticos cuando lo que más se necesita son soldados obedientes?

No son preguntas fáciles de responder. Es cierto que los principios éticos que inspiran los derechos humanos pueden servir de motivación para combatir – justamente para defenderlos –, pero para pelear con eficacia tal vez convenga olvidarse de ellos (cuanto menos civismo y respeto por esos derechos tenga un soldado en combate tanto más eficaz será). Por otro lado, los combatientes rusos también tienen principios y valores – la grandeza de Rusia, sus sagradas tradiciones, etc. – transmitidos igualmente por la escuela y no menos poderosos para empujar a la lucha.

¿Entonces? ¿Valdrá la pena seguir enseñando a los niños y niñas ucranianos (y de otras partes del mundo) los valores que sustentan la convivencia pacífica y las libertades democráticas? Yo estoy convencido de que sí, aunque no sea sencillo comprender las razones. Allá van algunas.

La primera es que educar a la población en la guerra y los mitos nacionales, robando tiempo y recursos para hacerlo en valores cívicos o conocimiento crítico, es una apuesta errónea a medio y largo plazo, a no ser que hablemos de una sociedad guerrera, cosa que hoy por hoy no parece que haya (ni Rusia ni ningún otro país viven hoy de hacer la guerra). Las guerras parecen, de hecho, un «negocio» cada vez más infrecuente y ruinoso. Ucrania acierta, pues, al seguir educando a sus ciudadanos en los parámetros de una sociedad abierta y civilizada, en lugar de en los valores y prácticas de un cuartel.

La segunda razón es que los valores tradicionales y ultranacionalistas que se empeñan en transmitir Putin y otros jerarcas populistas son opuestos (de hecho, son una reacción) a los valores modernos y cosmopolitas que rigen nuestro mundo global. Y esta globalización cultural, propiciada por el mercado, la tecnociencia y los medios de comunicación, es ya irreversible, por lo que toda sociedad empeñada en oponerse a ella está irremediablemente condenada al fracaso.

La tercera razón que se me ocurre es menos utilitarista, y como diría algún filósofo, más puramente ética: la civilización, la cultura de la palabra y de las razones es objetivamente mejor que la cultura de la violencia y las emociones patrias. Y lo es porque promueve un nivel de conciencia y, por tanto, de libertad y solidaridad universal, más adecuado para la realización plena de la naturaleza humana. La libertad, o la solidaridad con quienes no comparten ADN, grupo de referencia o intereses materiales, son, de hecho, características distintivas de la humanidad; la violencia y los sentimientos particulares de pertenencia son, en cambio, rasgos biológicos de lo más común. 


domingo, 15 de mayo de 2022

Fucking machotes

 

Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Desde pequeño me hicieron saber de mil maneras posibles que tenía que ser un machote. Cosa nada fácil. Porque ser un machote como Dios manda comprende privilegios, sin duda, pero también deberes. Uno tiene que personificar como un campeón tanto las viejas virtudes platónico-católicas como las más modernas y protestantes (ser valiente, justo, templado, esforzado, exitoso, competitivo…). Vamos, ser algo así como una mezcla entre el Cid y John Wayne. O entre Héctor y Ulises. O ya puestos, entre Vladimir Putin y Will Smith. ¡Uf!

Una de las cosas que según los entandares machotes nos toca hacer a los hombres es proteger paternalmente a las hembras, a las que se las supone en general menos fuertes y virtuosas. Esas «hembras» a salvaguardar en su integridad y honor no son solo tu novia o esposa, sino también tus hermanas, tu madre, tu patria, y hasta tus obreros, si eres un machote paternal y emprendedor.

Este castizo machismo del caballero que toma como deber sagrado el de la protección de su territorio y posesiones permanece casi inalterable hasta el día de hoy. No hay más que asomarse al paisaje ideológico de casi todas nuestras producciones culturales, incluyendo las que consumen a diario los más jóvenes (canciones, películas, videoclips…). El estereotipo del novio machote propietario de una hembra por la que habla y decide, y el de la chica mona o fetén, satisfecha de tener enganchado al macho más sandunguero o prometedor de la manada, responden a realidades más frecuentes de lo que quisiéramos. Y no solo entre adolescentes de barrio y coche tuneado, ojo, sino también entre jóvenes y adultos con másteres y pinta alternativo-burguesa.

Uno de los recursos a los que el machote protector echa mano sin reparo alguno (por no decir que con el mayor de los entusiasmos) es el de la violencia. Los machos saben que un hombre hecho y derecho, en ciertas circunstancias, ha de desenfundar el revolver y tomarse la justicia por su mano. O conquistar a ostias, o con todo el morro, lo que él o los suyos necesitan (un bien de primera o enésima necesidad, un polvo, un cargo, un contrato…), además de vengar sin remilgos, y a la siciliana, todo tipo de insultos y afrentas al honor. Los machotes crecemos, así, peleándonos y midiéndonos a ver quién es el más fiero, el más astuto o el que la tiene más larga. Y si hay hembras por medio, no digamos. Pocas cosas más temibles que la embestida de un macho con necesidad de demostrarle a su chati lo hombre que es.  

Si queréis un ejemplo de rabiosa actualidad ahí tenéis a Putin, que no solo ha cultivado a conciencia la imagen de macho alfa más casposa y peliculera, sino que se la cree hasta el punto de provocar guerras en las que protagonizar el papel de matón protector de la madre patria. Porque un rasgo de los chulos de playa de más altos vuelos es este de erigirse en paterfamilias de la nación, en padrino de la Cosa Nostra, o en ser como “un río para mi gente”, como dice (más cursi y ególatra imposible) el llorica de Will Smith. 

Porque, como es de prever, todo esto viene al caso del actor Will Smith y su sonado puñetazo a un cómico delante de millones de espectadores, niños y adolescentes incluidos, que han acabado de aprender con esto cómo tiene que comportarse un puto machote cuando alguien se burla de su señora. Señora a la cual, por descontado, se le ha asignado con toda naturalidad el papel de desvalida víctima, sin voz ni voto, y destinada a ser salvada por el oficial y caballero de turno.

Pero lo más grave del caso de Smith es que este, tras darle un puñetazo a un tipo delante de millones de personas, volviera tranquilamente a su sitio, como un vaquero que acabara de hacer justicia, sin que nadie se atreviera a decir ni pio, sin que se detuviera la ceremonia y sin que se expulsara al matón. Después de esto, ¿qué diablos voy a hacer yo con el próximo alumno que le pegue a otro en clase? ¿Darle un Oscar?... Casi nadie ha hecho más que Hollywood por el machismo y el matonismo en el mundo. Pero esta gala supera con creces todas las sagas de Rambo y Shwarzenegger juntas.

Y una última cosa sobre el humor y la violencia. Un chiste puede molestar y violentar. Pero ni lo hace en el mismo registro que un puñetazo, ni le da a nadie licencia para repartir ostias. Ante una broma de mal gusto solo cabe hacer otra, si se tiene más ingenio que músculo, o defender con argumentos lo inadecuado del chiste haciendo callar así, y por derecho, la risa de la gente. Otra opción, igual de útil para llamar la atención sobre los presuntos límites del humor, pero infinitamente más legítima y elegante, hubiera sido levantarse e irse, mandar a la porra una ceremonia donde las bromas personales son la norma, y donar el Oscar a alguna asociación de enfermos de alopecia. Pero claro, para eso hay que ser significativamente más noble e inteligente que machote.

 

viernes, 13 de mayo de 2022

Guerra y ciudadanía mundial.

 

Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Un dato interesante y alentador es el desarrollo, acelerado desde mediados del siglo XX, de una «opinión pública globalizada» y con capacidad de movilización frente a acontecimientos o situaciones de interés común. Una opinión pública que ha crecido engranada al poder y alcance de los medios y, en los últimos veinte años, a la expansión de internet y las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.

Ejemplos recientes de los efectos de esta opinión «mundializada» son, entre otros, la «primavera árabe», los movimientos de regeneración democrática que dieron lugar al 15M en España, o la globalización de las reivindicaciones feministas o ecologistas. En todos estos casos se han logrado cambios políticos a escala nacional e internacional, incluso cambios de gobierno y hasta de régimen a veces. 

Frente a las guerras, sin embargo, esta «opinión pública global» (distinta a las corrientes de opinión interna que, salvo en las democracias liberales, son rápidamente amordazadas en situaciones de conflicto), no ha sido nunca muy efectiva. Hace treinta años, impresionado por las imágenes de televisión sobre el asedio a Sarajevo, participé junto a otros dos mil estudiantes en una marcha pacifista que llego hasta el frente; pero en una época sin móviles ni internet todo quedo en poco más que una extravagancia. Diez años más tarde, la injustificable invasión norteamericana de Irak generó por todo el planeta manifestaciones multitudinarias, en algunos casos de millones de personas. Estas movilizaciones fueron más efectivas – señal de que el mundo empezaba no solo a visualizarse, sino también a conectarse –, pero tampoco lograron detener la contienda. Un poco después, la guerra de Siria, pese a las terribles imágenes que nos llegaban por TV, solo despertó protestas masivas en relación con los refugiados que arribaban a Europa.

¿Podrían cambiar las cosas ante la guerra que asola ahora mismo Ucrania? Hay, de entrada, dos poderosas razones para responder afirmativamente a esta pregunta, y son la peligrosidad y las consecuencias económicas, ya palpables, de un conflicto de mayor envergadura política y en el que andan involucradas las dos mayores potencias nucleares del mundo.

Pero hay también una tercera razón que, aunque no sea suficiente (ahí tienen el caso de Siria), sí que parece cada vez más necesaria. Me refiero al nivel de «conexión» antes nunca visto entre personas con capacidad de influir, aun a pequeña escala, en un entorno global. Esta «conectividad», debida esencialmente a la expansión de las tecnologías digitales, y asentada en un contexto ya enraizado de intercambio comercial y simbólico, supone el despliegue masivo y cotidiano de dos de los componentes esenciales de toda comunidad civil: la información y la comunicación. 

Con respecto a la información, es innegable que, pese a los bulos y otras estrategias de desinformación, la cantidad de gente que está al tanto de lo que ocurre en cualquier parte del planeta es hoy mayor que en cualquier otra época. Y esto tanto con respecto a la información más superficial (las «noticias»), como a los conocimientos necesarios para interpretarla. 

Una de las consecuencias, por cierto, de esta circulación global de la información es la de rebajar el peso de aquellos elementos ideológicos más particularistas que están en el origen de la mayoría de las guerras modernas. Se podría decir, incluso, que el auge del nacionalismo y el populismo que soportamos hoy, no responde más que a una reacción coyuntural de defensa frente al proceso inexorable de globalización cultural (y en último término política) que supone la mundialización del mercado, la tecnología y la información misma.

La proliferación de la información y de la comunicación global serían, así, dos elementos clave para que la opinión pública internacional, todavía ciega y sujeta a burdos mecanismos de manipulación, adoptara progresivamente la forma de una ciudadanía global consciente de su papel histórico. El tercer y último elemento de esta decisiva transformación sería el reconocimiento generalizado, por parte de esa comunidad virtual, de aquellos principios democráticos que se deducen naturalmente de la propia conectividad universal: centralidad del individuo y sus derechos, horizontalidad de los procesos de formación de la opinión, mayor empatía, cooperación y movilización internacional…  

Me gusta pensar que el logro, de facto, de una verdadera ciudadanía mundial, y de su correspondiente reconocimiento político, solo precisaría de un poco más de tiempo. Y, claro está, de que ninguna de las reacciones desesperadas contra esta tendencia a constituirnos en una comunidad global lo transforme todo del único modo en que ya es posible: mediante una destrucción igualmente global de los lazos que nos unen y de la civilización que los sustenta.

Unidas Podemos y el «no pasarán»

  

Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura


La gente corea en Kiev, y en español, el viejo “no pasarán” de la resistencia de Madrid a las tropas de Franco. Las comparaciones son odiosas, pero hay cosas que sustancialmente coinciden: la defensa de unos principios por encima de consideraciones pragmáticas, la resistencia del débil frente al más poderoso, la movilización popular, o la fuerte dimensión simbólica de la lucha, por la que la voluntad democrática de muchos decide no ceder al imperio tiránico de la fuerza.

Visto lo que está ocurriendo, pocos entienden, en fin, la oposición a la entrega de armas al gobierno ucraniano por parte de un sector de la izquierda española. Una izquierda que, a la vez, no deja de exhibir su vínculo con aquella tradición republicana y antifascista que, aun sabiéndolo todo perdido, decidió que las tropas del general golpista y la violencia criminal de los facciosos no iban a pasar por encima de la dignidad, la razón y la democracia. Es extraña esta coincidencia, así que uno espera unos argumentos más que contundentes por parte de esta izquierda, ultra-pacifista sin matices, del «no a la guerra»

El principal argumento de los dirigentes de Unidas Podemos – el de que hay que apostarlo todo a la diplomacia – les resulta incomprensible y retórico incluso a sus propios simpatizantes. ¿Qué esfuerzo diplomático no se ha intentado para detener el conflicto? ¿Qué líder mundial no ha hablado aún con Putin para hacerle entrar en razón? ¿Cuál es el plan diplomático alternativo que propone UP? El único que conozco es el de pedir a EE. UU y China (es decir, al imperialismo made in USA y a otro tirano de la misma catadura política que Putin) que arreglen el problema.

Fíjense hasta qué punto no han cesado los «esfuerzos diplomáticos» que hasta el propio gobierno agredido se ha prestado a negociar sin ni siquiera exigir un alto el fuego y mientras su población está siendo masacrada bajo las bombas. ¿Qué mayor humillación (de la que, además, no puede nacer paz duradera alguna) que dialogar con el abusón que te está moliendo a palos mientras hablas? ¿Qué hay, en fin, de aquello que decía el Che sobre “morir de pie” y “vivir de rodillas»?

El segundo argumento del sector «ultra-pacifista» de UP es fruto de una especie de cálculo humanitario-pragmático. Dado que la guerra está ya decidida a favor de Putin – dicen –, ayudar con armas no serviría más que para prolongar el conflicto y aumentar las víctimas, con lo que es preferible ceder. Este tipo de razonamientos, por legítimo que parezca, no casa con los principios de la izquierda, el primero de los cuales ni es, ni ha sido, ni merece ser el de la paz o la vida a cualquier precio, sino el de la aspiración a la justicia, sin la cual no hay ni paz ni vida que valgan. Además, el paternalismo de decidir por el pueblo ucraniano el precio que ha de pagar por defender su dignidad, es repulsivo. Imaginen ese mismo argumento en boca de los gobiernos inglés o francés para denegar ayuda militar a la Republica Española frente al golpista Franco. La respuesta, tanto en un caso como en otro, solo podría ser una: dennos ustedes las armas y ya decidiremos nosotros hasta qué punto queremos o no jugarnos la vida por defender los principios que (supuestamente) compartimos.

¿O es que Putin no es acaso un dictador sanguinario que justifica su poder absoluto en los mismos términos y con los mismos elementos (ultranacionalismo, tradicionalismo, vinculación con una oligarquía corrupta y unas fuerzas de seguridad como soporte económico y policial del régimen…) que Franco – y casi cualquier otro tirano moderno –? Con el agravante, además, de que Putin, no contento con oprimir al país más grande del mundo, pretende extender su régimen dictatorial a media Europa. 

¿Entonces? ¿En qué diablos están pensando los herederos del “no pasarán” y el “Madrid tumba del fascismo”? Es indudable que hay muchas otras formas de hacer la guerra al tirano y que, entre ellas, la asfixia económica puede ser muy eficaz. Pero esto no justifica obstaculizar el legítimo derecho de los ucranianos a defenderse militarmente de la agresión bárbara de un gobierno bárbaro que vende el retorno a la barbarie como antídoto obligatorio frente a la «decadencia de la modernidad occidental», y para el que, por cierto, todos los dirigentes de UP merecerían la cárcel a poco que abrieran la boca.

Y sí, amigos de UP, las guerras suponen muerte y sufrimiento. También las guerras económicas, pues la gente que perdería su empleo en Europa si se paralizara la producción por un deseable boicot al gas y el petróleo ruso, también serían, aún en menor medida, víctimas. La cuestión, como siempre, y más allá de lemas pacifistas carentes de todo sentido de lo real (y de lo ideal) es si esta guerra es o no es justa. Y si lo es, no hay más remedio que afrontarla, con todo el dolor del mundo, y con todas sus consecuencias.

La violencia necesaria


Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura

No se cansa uno de oír y leer aquello de que “hay que rechazar todo tipo de violencia”. Es la típica frase que no se cree nadie, pero que hay que repetir a la fuerza como un mantra retórico y perfectamente inútil en discursos, documentos administrativos y currículos escolares.

¿Pero cómo que debemos rechazar “todo tipo” de violencia? – se pregunta uno tras oír semejante sandez –. ¿Tenemos entonces que impedir que la policía o los jueces hagan su trabajo? ¿Hemos de prescindir de las fuerzas armadas? ¿Dejaremos de obligar (esto es: de violentar) a los escolares con currículos y exámenes sobre (por ejemplo) la “necesidad-de-rechazar-todo-tipo-de-violencia”? Si “todo tipo” significa “todo tipo” en la frase de marras, es evidente que lo que se propone en ella es que, por ley, no haya ley, policía, ejército o sistema educativo que valga. ¿Es eso lo que queremos?

Es obvio, pues, que no se trata de “rechazar todo tipo de violencia”, como se afirma tan a la ligera, sino de rechazar “toda violencia que no sea legítima”. Algo que, en lugar de hacernos bostezar ante la declamación retórico-moral de turno, podría movernos a pensar acerca de las razones que podrían legitimar la violencia (si es que tal cosa es posible).  

Antes de nada, convendría establecer que la violencia no es algo “connatural” al ser humano (como esgrimen los adalides del realismo político). Si violentar o ser violentado por otros fuera consustancial a las personas, no habría violencia alguna, pues lo violento consiste, justamente, en intentar forzar dicha forma sustancial. La violencia es, pues, una opción ética y política.

Ahora bien, la ética y la política se componen de dos elementos fundamentales: los principios y la práctica de estos. O en un sentido más pragmático: los fines y los medios. Entre ellos, la violencia es declaradamente un medio, aun cuando sea el peor y más ineficaz de todos. Un medio que podría entenderse como legítimo cuando concurren estas dos (polémicas) condiciones: (1) los principios a los que sirve son en sí mismo legítimos (y más significativos que el mero “estar en paz”); y (2) no hay ninguna otra forma viable de hacerlos cumplir.

El asunto es que esas dos condiciones suelen darse con frecuencia, y tanto en el ámbito de la moral privada como en el de lo político. La razón es que, si bien no somos meros animales que solo respondan a la “ley de la fuerza”, como afirman algunos ignorantes demagogos de la derecha, tampoco somos puros seres de luz y razón, como parece creer cierta izquierda acomodadamente pacifista, y que en muchos casos no sabe lo que es vivir bajo un régimen tiránico. Y como no somos ángeles, sino que tenemos cuerpo y emociones (tal como nos recuerda constantemente la filosofía más cool – y anoréxica en ideas – del momento) necesitamos de la ética y la política, es decir: en último extremo, de la violencia legítima. Y tanto sobre nosotros mismos (como cuando “nos forzamos” a aplicar con coraje los principios a los que nos debemos) como sobre la comunidad entera (como cuando nos regulamos con leyes justas que, como todas las leyes, han de implementarse bajo el recurso de última instancia que son la coacción y la fuerza).

Pero ojo, justificar la violencia legítima no quiere decir justificar necesariamente la guerra, aunque esta, a veces, sea legítima y justa. Hay muchos tipos de violencia que cabe ejercer antes de llegar a ese punto. Un ejemplo, válido para el caso de la intolerable agresión rusa sobre Ucrania, es el bloqueo económico al régimen de Putin (y a la población que o bien lo apoya o bien se ha resignado a soportarlo). Otro, nuestra capacidad para esforzarnos en resistir los perjuicios inevitables del bloqueo, si se hace a conciencia, violentando nuestros deseos de despreocuparnos e ir a lo nuestro.

Lo señalaban hace unos días el nobel de economía Paul Krugman y el expresidente François Hollande: si se persiguieran las gigantescas fortunas opacas que los oligarcas rusos que apoyan a Putin mantienen en el extranjero (fortunas que suponen hasta el 85% del PIB del país) y, complementariamente, se dejara de comprar el petróleo y el gas ruso, el régimen tendría los días contados y se prestaría a negociar sin derramar una gota más de sangre.

Ahora bien, esta doble medida supondría, en primer lugar, y como dice Krugman, perjudicar a algunos de nuestros propios e influyentes oligarcas, enredados en múltiples trapicheos financieros con sus homólogos rusos, y, en segundo lugar, afrontar las consecuencias económicas de liberar a la UE de su dependencia energética con respecto a estos mismos oligarcas. ¿Estaríamos dispuestos a ejercer esa violencia justa y legítima sobre nosotros mismos? Putin cree que no tendremos agallas para enfrentarnos a nuestra propia corrupción ni a nuestros deseos de volver a vivir a todo tren tras la contención obligada por la pandemia. Y por eso se ha lanzado a esta guerra. ¿Tendrá razón?

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Ruido, idiosincrasia y agresión.


Vivo en uno de los países más ruidosos del mundo y, por increíble que parezca, todavía hay quienes piensan que el nivel anormal de ruido que soportamos no solo es tolerable, sino que es una expresión natural de nuestra alegre manera de vivir, cuando lo que realmente refleja es, simple y llanamente, una falta asombrosa de todo tipo de educación... Sobre esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

miércoles, 19 de septiembre de 2018

¿Entonces, no hay que vender armas?


¿Es moralmente lícito que un Estado permita que se fabriquen o vendan armas y, además, que se vendan a un régimen tiránico que mata a civiles inocentes en una guerra injusta?

La primera respuesta simple (y falsa) a este dilema es: sí, es perfectamente lícito, en general, vender armas a quién lo demande y pueda beneficiarnos en el trato. Al fin y al cabo, ¿quién es el Estado, o nosotros mismos, para juzgar o responsabilizarnos moralmente de lo que haga nadie con lo que le vendemos? Las guerras son, por otra parte, un fenómeno inevitable, consustancial a la realidad humana, tal como lo es el ansia de poder o de riquezas. Nadie va a cambiar eso. Así que, ¿que hay de malo en hacer lo que (en el fondo) hacen todos y sacar provecho de ello?

La otra respuesta simple, opuesta a la anterior (y también falsa), declara que el comercio de armas es, por principio, pernicioso, tal como son las guerras a las que sirve, por lo que hay que oponerse tajante e inmediatamente a él. Fabricar y vender armas supone convertirse en cómplice de aquellos que las usan. Mucho más si se trata de guerras de dudosa legitimidad (como son la mayoría) y en la que sufren civiles (como pasa en casi todas).

Estas dos respuestas son, decía, además de simples (o justamente por eso), falsas. La primera es el tipo de realismo político que enarbola el liberalismo radical. La segunda el tipo de rigorismo moral que exhibe a menudo la izquierda. El primero es falso porque reduce lo que “debería ocurrir” a lo que “ocurre” (pero la política no consiste simplemente en justificar lo que ocurre, sino en intentar que ocurra lo que debe). El segundo por negar lo que “ocurre” en nombre de lo que “debería ocurrir” (pero la política no consiste simplemente en enunciar lo que debería ocurrir, sino en hacer, realmente, que ocurra). El realismo ultraliberal suele degenerar en el crudo cinismo de quienes no creen ni defienden más que sus intereses inmediatos; y el moralismo testimonial de la izquierda en la retórica huera de quienes puede clamar en términos absolutos contra todo (la guerra, el capitalismo, la prostitución…) porque ni dependen para sobrevivir de tan turbios negocios (o eso creen) ni, en verdad, corren ningún riesgo de tener que llevar a cabo sus propósitos.

¿Qué hacer entonces?... De esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer la noticia completa pulsar aquí.

miércoles, 11 de julio de 2018

Niños en libertad vigilada.


Me informan unos amigos del nuevo artilugio para controlar a los niños que está haciendo furor entre los padres. Se trata de un reloj inteligente sujeto a la muñeca del niño y conectado al móvil de sus progenitores que, además de tener continuamente localizado al chaval, permite escuchar a los padres (de modo discreto, reza la publicidad) lo que dice o le dicen a su vástago, darle ordenes a distancia, y premiarle, en su caso, con caritas sonrientes (ignoro si van a desarrollar alguna otra función – un pitido desagradable, una pequeña descarga – en caso de que el niño desobedezca). Sobra decir que – como las pulseras de los presos en libertad provisional – el reloj envía un mensaje a los padres-policía en cuanto el niño intenta quitárselo. Además del modelo infantil (con dibujos) hay otro para adolescentes (sin dibujos). Ambos por un módico precio. Sobre esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí. 

miércoles, 6 de diciembre de 2017

La violencia de los no violentos.


... Hay un modo de violencia que supera a todos, y que puede llegar a anular por completo (no parcial ni gradualmente) la voluntad del sojuzgado. No se trata de la violencia del que obliga a otro a hacer lo que no quiere, sino del que lo subyuga para que lo quiera hacer. Este tipo de violencia es mucho más radical: sustituye la voluntad del dominado por la voluntad del dominador, hasta el punto de que el primero realiza la voluntad del segundo (sin saberlo, y sea cual sea) como si fuera la suya propia. Es una forma casi perfecta de violencia y, como tal, exige más competencias (psicológicas y retóricas sobre todo) en aquel que la ejerce... Sobre esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.

lunes, 28 de marzo de 2016

No solo es abuso sexual.

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura

En cumplimiento de una ley aprobada hace meses, los gobiernos autonómicos han comenzado a exigir a profesores, monitores, médicos pediatras y, en general, a todos los que trabajen con menores, un certificado de antecedentes por delitos sexuales (agresión o abuso sexual, acoso, prostitución, maltrato, exhibicionismo o corrupción de menores). Se supone que aquellos que tengan antecedentes perderán su puesto de trabajo, si lo tienen, o no podrán ejercer nunca más su oficio. A muchos les parece de perlas este tipo de medidas que, además, está implantada en otros países, y cuyo objetivo – se dice – es la seguridad de niños y adolescentes. A otros, les parece una muestra desproporcionada de desconfianza hacia trabajadores que han acreditado su “confiabilidad” y competencia durante años, y que ahora se ven obligados a demostrar que no son unos pederastas o unos exhibicionistas de parque. A mi, particularmente, me parece una medida con más carga demagógica que efectividad, y que hace centrar la atención en un tipo específico de maltrato o abuso cuya incidencia es estadísticamente baja (aunque mediáticamente parezca infinita) frente a otros, mucho más frecuentes e igualmente lesivos, y de los que no se suele hablar.

A mi juicio, hay una percepción deforme, y poco operativa, de delitos como la pederastia. Un delito absolutamente repugnante, pero ante el que se actúa mal, tarde, y de manera demagógica e inconsecuente. Ya me gustaría, por ejemplo, que toda la gente que se rasga las vestiduras ante estos delitos sexuales (mientras no deja de seguirlos, hasta el más mínimo y escabroso detalle, por la televisión) estuviera la mitad de preocupada por que sus hijos tuvieran una educación afectiva y sexual con siquiera la mitad del peso horario que el de los programas de la tele. ¿Alguien cree, de verdad, que los delitos sexuales – o la violencia de género, por poner otro ejemplo terrible – pueden reducirse significativamente con certificados y medidas punitivas, en lugar de con educación, es decir, formando generaciones habituadas a la gestión racional, libre y respetuosa de sus afectos, emociones e impulsos sexuales? Pues sí, aunque parezca mentira esto es lo que creen todos aquellos para los que la educación emocional es algo prescindible, y la educación sexual en las aulas un tabú que no merece más que una horas en la materia de ciencias naturales (como si la sexualidad humana no fuera más que biología) y, con suerte, algún cursillo de prevención de enfermedades venéreas. Eso sí, cuando aparece un caso de pederastia en la tele, saltan como un resorte y quieren resolverlo todo a golpe de certificados y de código penal.

Por cierto, puestos a pedir certificados a los profesores para poder ser profesores (o a los padres para ser padres – ¿o es que no hay padres pederastas? – , o a los pastores de Dios para ser pastores – ¿o es que no los hay, y no pocos, que abusan de las ovejas de su rebaño? – ), a mi se me ocurre una larga lista, además del de estar libre de delitos sexuales. Yo pediría también, por ejemplo, un certificado que garantice que su poseedor no violenta la dignidad moral de los menores a su cargo. Es decir, un certificado que garantice que se les consulta las decisiones que afectan a su vida, que se les “dirige” sin autoritarismo, tirando de razones convincentes, que se fomenta su autonomía y libertad, sin usarlos como medios para otros fines que los suyos propios, que no se les imponen determinados modelos morales, etc.

Pediría, también, un certificado de honestidad intelectual, que garantice que su poseedor (profesor, padre, pastor de la Iglesia, o cualquier otro tutor) no insufla dogmas en las tiernas cabezas de sus pupilos, que no puebla su alma, todavía virgen e indefensa, de terrores religiosos o sentimientos de culpa, o que no les obliga a memorizar y repetir contenidos que no comprende. Y todo esto a sumar a otra serie básica de certificados que garantizasen, por ejemplo, que el profesor, padre o tutor no es un sádico obsesivo con exámenes y deberes, ni un sargento de marines frustrado, ni un disminuido moral que necesite humillar a los más débiles, ni una persona “vacía” o trastornada que proyecte en sus hijos o alumnos su vacuidad o su angustia, ni... Ni tantas otras cosas que también suponen un abuso imperdonable de los menores, aunque no salgan tanto en la tele.


Vamos, que el abuso sexual, con ser gravísimo, no lo es todo. Que se abusa de los menores en muchos otros aspectos y sentidos (el laboral, por ejemplo, sin que a nadie le importe apenas). Que la dignidad y la identidad humana no se reducen a los genitales. Que corromper el alma, o la mente, es tan dañino y traumático como corromper el cuerpo. Que el maltrato psicológico y moral deja tanta huella, si no más, que el maltrato físico. Por eso resulta extraño tanto afán – desencaminado, además – de proteger al menor en uno solo de los ámbitos donde es posible dañarlo, y no en todos lo demás. La única explicación que se me ocurre es la del morbo que produce todo este asunto de la pederastia. Y lo fácil que es conmover y poner de acuerdo a la opinión pública cuando se legisla sobre este tema (por pobre e ineficaz que resulte esa legislación), mientras que hacer buenas leyes preventivas que traten sobre el abuso a menores de una manera integral, es mucho más difícil y polémico. Estas últimas leyes apenas dan réditos electorales (y sí muchos disgustos). Promulgar exclusivamente leyes punitivas contra la pederastia, sí que da esos réditos, de sobra. Pocas cosas excitan más a la multitud que esa mezcla de venganza, delitos sexuales, y niños, con las que hacen su agosto los dueños del circo mediático y los políticos de ínfima categoría.

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