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jueves, 1 de junio de 2017

Sobre el ser humano y la mente (5ª sesión Taller de Filosofía del Ateneo de Cáceres Abril-junio 2017)



El pasado miércoles celebramos nuestra 5ª sesión del Taller de Filosofía del Ateneo de Cáceres. Esta vez la hemos dedicado a la antropología y psicología filosóficas, y nos hemos preguntado por la identidad y la esencia de las personas. ¿Qué es ser un ser humano? ¿En qué nos diferenciamos del resto de los animales, o de las máquinas, o de los dioses? ¿Somos meras estructuras biológicas o algo más? ¿En qué consiste la identidad personal? ¿Cómo podríamos saber que somos la misma persona que éramos (o que esperamos ser), y en qué consiste que seamos lo que somos? ¿Es lo mismo el cerebro que la mente? ¿Existe algo así como el alma? ¿En qué consisten las emociones, la voluntad, la conciencia? ¿Cómo está organizada nuestra mente?... Esta vez, debate y ponencia han ido casi a la par, por lo que hemos sido todos responsables del grado de perplejidad alcanzado (y en el que seguimos batiendo records). Por cierto, el tema que más debate suscitó al final fue la vieja (y renovada) teoría pansiquista. ¿Es cierto que todo -- también los seres inorgánicos -- tiene alma (o forma)?...

Mientras edito las notas de la ponencia comparto la presentación, que da idea de todo lo que tratamos (o, más bien, de lo que estaba proyectado que tratáramos) y una bibliografía básica.

El próximo miércoles 7 comenzaremos a tratar del tema fundamental de la filosofía: el ser. En esta primera sesión haremos una introducción a los problemas de la ontología y analizaremos las distintas perspectivas filosóficas en torno a este asunto fundamental. Será, como siempre, de 20 a 21.30.

viernes, 21 de octubre de 2016

Es el alma, estúpido.


Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Correo Extremadura


En el último artículo que publiqué en El Correo Extremadura venía a criticar a los que critican a las prostitutas por vender su cuerpo, aduciendo que es mucho peor vender el alma, algo a lo que se dedican con denuedo casi todos los personajes encumbrados (y admirados) que conozco. Más allá de otros comentarios, algunos lectores me han reprochado que sacara a relucir algo para ellos tan inexistente como el alma. 

 Para mucha gente de mi entorno, quizás la mayoría, el alma no existe. No es más que una creencia infundada, un artefacto mítico religioso para consolarnos de la muerte y dar de comer a una variada gama de charlatanes. Y no vale replicarle a estos escépticos que quizás el alma no, pero que la mente (que es lo mismo pero con otro nombre) sí que tiene que existir, aun cuando no sea sino un misterioso fantasma en la máquina cerebral – una suerte de software invisible ululando por entre las placas de mi ordenador neurológico – . Nada. Para ellos la mente es el nombre (igualmente mítico) que ostenta el conjunto de cosas que aún no sabemos sobre el cerebro. Todo es química – dicen – , aunque aún no podamos químicamente demostrarlo. 

Pero esta tesis acarrea tremendas consecuencias. Hace unos días les planteaba algunas a los alumnos de psicología que, como todos los años, abarrotan las clases. “Chicos – les dije – , tenemos un problema. Si la mente no existe, y todo es química, no tenéis el más mínimo futuro como psicólogos. Más vale que estudiéis neurología, bioinformática, o algo por el estilo”. Y lo mismo cabría decirles a los que tienen hora en la consulta del psicólogo. “Todos los que no estéis locos de remate, levantaos del diván – les diremos –, vuestra cura está en las farmacias o en manos del neurocirujano, no perded más tiempo aquí”. 

Esto de la mente y el cerebro (o el alma y el cuerpo, que es otra forma de decirlo) es una de las más típicas y antiguas disputas de la filosofía. ¿Donde ocurren realmente los llamados “fenómenos mentales”, es decir, nuestras sensaciones, emociones, deseos, sueños, imágenes o ideas? Suponga usted que cierra los ojos e imagina un intenso color rojo. ¿Dónde ocurre ese color rojo que imagina? No ocurre delante de sus narices, pues lo está imaginando. Pero tampoco ocurre detrás de sus narices, pues su cerebro, lo miren por donde lo miren, permanece perfectamente gris ¿Donde está, entonces, el rojo que usted ve? Solo cabe responder con esa enigmática palabra: está en la mente, ese misterioso lugar que no ocupa lugar, y que antes llamábamos, sin complejo alguno, el alma. 

Si el rojo que usted ve no está en las neuronas (todas ellas de color gris blancuzco), que vamos a decir de la totalidad de sus sueños, de sus emociones, deseos o pensamientos. Los que no creen en el alma tendrían que explicarnos, también, como es que las ideas (las del químico, por ejemplo), siendo tan químicas como son, carecen de cualquier propiedad química o física – ¿qué extensión posee una idea geométrica? ¿cuánto pesa la teoría de la gravedad? ¿evolucionan y mutan las leyes evolutivas? ¿y lo hacen según esas mismas leyes inalterables? – . Si las matemáticas fueran un producto cerebral, serían los mejores neurólogos los que resolvieran los más temibles teoremas matemáticos. Y si la ciencia química estuviese hecha de química, podríamos hacer chocar teorías, unas con otras, para demostrar cuál es más consistente (aunque, claro, eso de la consistencia no sería menos químico y chocante). 

Que el alma (perdón, la mente) existe está fuera de toda duda razonable. El problema es si existe el cerebro. Al fin y al cabo, eso de la química y las neuronas no son más que un conjunto de ideas. ¿Y de qué están hechas las ideas? De la materia de los sueños, como la vida misma, diría Shakespeare. Para los filósofos idealistas la mente lo es todo. Y para los más platónicos hasta eso de la mente es una idea de... ¿Dios? 

¿Entienden ahora porque les decía que, puestos a profanarse a si mismos, vale más vender el alma que alquilar el cuerpo? Y si no que se lo digan a los honorables consejeros de Caja Madrid, que tan cara la han vendido. O a los reputados y carísimos abogados que defienden estos días sus extravagantes exculpaciones. ¿Habrase visto prostitución más fina que la de estos consejeros y leguleyos que venden su inmaterial talento al mejor postor? No es el cuerpo lo que compra el diablo – habría que decirles a los que denigran a las honradas y sufridas prostitutas –. Es el alma, estúpido. Casi lo único que sabemos, seguro, seguro, que existe.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Cuatro cuentos platónicos sobre el alma



¿Qué somos los seres humanos? Como todo lo demás, los hombres somos realmente Ideas o Formas puras (cada uno es una Idea o Forma de sí mismo). Y sin embargo no parece que  seamos ese Ser Ideal que somos. Los hombres que vivimos en la caverna del mundo solo somos parecidos a lo que realmente somos. Y por eso, por ser algo deshecho en dos (la Realidad y la apariencia, el Ideal que soñamos y el sueño que no llega a ser…), estamos hechos de mitades y de espejos que se buscan y se aman. Las primeras dos mitades que somos son el alma y el cuerpo. Y en el alma también hay dos: el querer y el pensar. Y en el querer otro par: la pasión y la acción. Y… Por encima de todo (y es lo único único que aquí somos): el recuerdo de aquello Ideal que alguna vez...¿Fuimos?

Siendo dobles como parecemos ser, nos toca hablar en mitos (que son un doble de la verdad) de eso que somos y parecemos. Así que escuchad estos dos pares de mitos, que son cuatro, cuatro cuentos sobre el alma, que os recordarán, si están bien compuestos, a Uno solo...

El carro alado o la reencarnación.

Cuenta un viejo cuento que el alma cuenta con dos cosas: la alada carrocería (el cuerpo) y lo que la mueve y levanta, y a esto último llaman más bien alma, o ánima, porque anima a moverse al cuerpo. Dicen que este alma también es doble, tiene motor y guía, es decir, deseos y pensamiento. Y dicen también que los deseos son como un motor de dos caballos. Uno es la pasión (es un caballo negro y salvaje, al que llaman Apetito) y el otro es la acción voluntaria y esforzada (es un caballo blanco y sensato, al que llaman Coraje). El conductor o Auriga de este carro de dos caballos es la Razón, y desde que el mundo se hizo, dando alma (que es la forma de la Forma en la materia) a cada cosa, todo Auriga conduce su carro según quedó establecido por las leyes de circulación del cosmos. En esa armonía de movimientos, las almas humanas vuelan lo más alto posible, pues es allí, sobre las propias espaldas del cielo y a los pies de los dioses inmortales, donde crece su alimento favorito. No hay felicidad más grande que revolotear allí. Pero, ay, el vuelo de las almas humanas es inestable. Apetito, el caballo negro, se desboca a veces, atraído por los olores de la tierra, y entonces hace descarrilar el carro y el alma descarriada y con las alas rotas cae sobre el mundo, en donde cambia su carrocería brillante y alada (hecha del material de las estrellas) por la de la triste carne que padecemos. Pero el alma humana, caída como un ángel caído, no se conforma nunca, y tras recuperarse de la inconsciencia tras el golpe, recuerda vagamente el lugar aquel donde vagaba feliz. Y si logra en este mundo enderezar al caballo negro y, con ayuda de Coraje, alzar de nuevo el carro, poco a poco, hacia alimentos cada vez más celestiales y propios al alma, tal como la belleza más pura, la virtud y la sabiduría, se irá  reencarnando en la forma de seres cada vez más alados, del animal y el labriego hasta el noble guerrero o el sabio, hasta que encarnándose, como los buenos pensamientos se encarnan, de sabio en sabio, generación tras generación, logrará de nuevo merecerse alas y cielo y, así, volver a la casa de las Ideas, que es la suya propia.


Eros o el amor.


Cuentan los amantes de los cuentos que el alma es el Amor que mueve todo cuerpo y  mundo. Y dicen que este Amor (al que algunos llaman Eros) fue concebido entre dos dioses el día que, allá en el cielo, se celebraba el nacimiento de la divina Belleza (a la que también llaman Afrodita). Fue Amor hijo del dios de Todo, que ese día, olvidado de sí, no estaba para nada, y de la diosa de Nada que, por un día, olvidando lo que es, lo tuvo Todo. Así nacido, de Belleza, de Todo y del olvido que es la Nada, Eros fue luego enviado a la Tierra para sembrarla de deseos, y que por estos deseos todo en el mundo se moviera y creciera, en pos del amor de lo bello y contra aquel olvido de la nada. Pues bien, este armonioso baile que imprime Amor a los seres y los hombres es primero por deseo (o Apetito) de los cuerpos jóvenes y bien parecidos, pues en ellos es donde más pronto se refleja o recuerda la belleza. Y así, el alma amante va de un cuerpo a otro, descubriendo que lo bello es uno en muchos. Pero descontenta el alma de la belleza física, pues siendo efímera no es posible permanecer ni sembrar en ella nada que no sea (ni siquiera hijos) pasajero y olvidadizo, busca entonces la belleza que hay en las buenas acciones. Y así el alma se enamora de otras almas buenas y ambas emprenden, con coraje y valor, hermosos proyectos en común. Y si bien es cierto que esta belleza es más perdurable y alta, tanto en sí misma como en sus hijos (las proezas y la fama), no basta tampoco al alma, que recuerda y busca una belleza aún más pura y eterna. Por eso el alma se enamora al fin de otras almas, más sabias, con las que poder razonar y dialogar. Y junto a ellas logra recordar la mayor y más imperecedera belleza, la Belleza en sí, por la que todo lo bello es bello. Contemplando esta Idea eterna, el alma recuerda ya del todo quién es y de donde viene, y así vuelve al cielo donde nació y donde nada falta ni acaba.

La Caverna o el conocimiento.


Cuenta el mito que las almas humanas estamos prisioneras de un cuerpo o caverna, oscura como la noche y en la que, a falta de luz, vivimos en sombra soñando que vivimos en un mundo que es todo de sombras y de sueños. Lo peor es que las almas no parecen apetecer más que esa vida ignorante e infrahumana. Pero si alguna de ellas, por la fuerza de otro o la propia de su coraje, se liberara, vería las cosas origen de aquellas sombras, y el fuego que las alumbra, y comprendería que lo que sabía y quería antes no era más que copia de lo que ahora descubre digno de querer y ver. Pero si, una vez despertada de las sombras por su asombro, sigue esforzadamente camino arriba y sale fuera de la gruta, sus ojos se le quedarán inútiles de tanta luz, y solo podrá guiarse ya por la razón. Y descubrirá allí que aquellas cosas que asombraron sus ojos no son más que copias de estas otras que ahora iluminan su inteligencia. Y sabrá entonces, al pasar de la noche de los sentidos al día de la razón, que este nuevo mundo es más celeste, amable, bueno y verdadero, pues en él habitan la luz, la belleza, la bondad y la verdad puras, sin cuerpo ni tiempo, perfectas en sí mismas, hijas todas de la Perfección que, como un Sol, a todo ilumina y hace ser y vivir. Cuando esto comprende el alma se comprende a sí misma y queda comprendida y unida allí en lo más alto, como una más entre las Ideas, justo allí donde está su soleado hogar.

El Reino o la educación.


Una perfección falta al alma allá en su cielo de marfil, en el que feliz y plena contempla las Ideas y se descubre cada vez más sabia. Aunque nada le apetece más que su vida de retiro y filosofía, el alma del antiguo cavernícola, hoy alma libre, recuerda y razona que no es justo abandonar a esas partes olvidadas de sí que son los otros, las otras almas, las de la multitud de prisioneros que permanecen allá abajo en la caverna. Entonces, domando con coraje su más natural y verdadero apetito, el alma del filósofo bajo a la caverna a educar y gobernar al resto, para que todos puedan gozar de su misma libertad y conocimiento. Así, y aún a riesgo de que lo tomen por loco, el alma del filósofo se empeña valientemente en educarlos. Primero como a niños, con cuentos, mitos, canciones y juegos, hechos de imágenes o sombras, como aquellas que están acostumbrados a ver, les enseña a fortalecer el carácter y a vencer el apetito viciado en la costumbre. Una vez libres de esas primeras cadenas, el alma del filósofo les muestra la ciencia que hace útil a los objetos, y así, moderados en sus apetitos y expertos del saber práctico, los nombra artesanos y productores de un nuevo Reino. Luego, a los más capaces, el alma maestra los saca de la caverna y les muestra el difícil arte de la ciencia, por el que, mirando con inteligencia las Ideas descubren su forma tanto en las cosas como en las acciones de allá abajo, en la caverna. A estos, el filósofo los nombrará gobernantes o guardianes del Reino. Pero de entre estas almas, ya libres, hará de nuevo dos grupos. Las almas con más coraje que razón, no aprenderán mucho más y quedarán destinados a guardar, como soldados, y a gobernar, como auxiliares. Y a las almas con más capacidad para la razón les enseñará mucho más, pues aprenderán algo más que ciencia: a saber de las Ideas en sí mismas, de las relaciones entre ellas y de su unión bajo la Idea suprema, la Idea de Bien. Solo este conocimiento supremo, que da la filosofía, podrá hacerles saber qué es la Perfecta Justicia, y solo en posesión de ese conocimiento podrán gobernar perfecta y justamente el Reino, descubriendo el Cielo acá en la Tierra.    

martes, 16 de octubre de 2012

El amor platónico

 

Como está más que demostrado, el alma, el ser humano, no es un dios que haga surf por las espaldas del cielo, pero tampoco un animal condenado a arrastrarse tan solo por la tierra. Es, somos, dicen los demonios más viejos, un ángel de pies y alas, un anfibio de lo inmortal y lo mortal, hijo de lo ideal y lo corpóreo, de la forma y la materia, de las luminosas matemáticas y el oscuro fango de los átomos. Dice eldivino Platón que el alma es Eros, dios del amor y del deseo, y que Eros nació de Poros y de Penia, de la Abundancia y la Carestía, del Ser y del No ser. Entre ambos somos, llegando a ser lo que Somos, esa sombra móvil de la eternidad que es el tiempo, el tejer a destajo que es nuestra vida. Tiempo somos, es decir, movimiento, es decir, deseo o amor por lo que soñamos aún sin serlo, el anhelo que lo anima todo, eso las ánimas somos. Pero hubo un tiempo (verdadero Tiempo, eternidad, instante uno) en el que vivíamos en un Edén en compañía de los dioses o, como diría el filósofo, de las Ideas (que son lo mismo, pero sin ropa), contemplándolas con arrobo, admirados de su pura belleza, pasmados en su perfecta bondad y traspasados por esa verdad translúcida tan suya. Pero luego hubo otro tiempo (con ese luego y ese otro empezó a ser el tiempo que cuenta para los mortales) en que, por diabólica imperfección o pecado, nuestras almas, las más débiles, giraron torpemente sus alas y, rota su atenta levitación frente con frente a las Ideas, cayeron al mundo, y en el quedaron encadenoencarnadas. Algunos dicen que al caer a la pantanosa Tierra las almas dieron su forma degradada a las cosas que aquí vemos. Otros, seguramente más sabios, dicen que la oscura penumbra del mundo no es sino la estela del alma en su caída. Sea como fuere, nuestro ser se rebajó a un aquí estamos. Tras la caída todo fue inconsciencia (que es lo único que puede ser la muerte): el mundo giraba ciego alrededor del alma bella y dormida, pues la Idea que era el alma estaba vuelta a la cavernosa tierra y olvidada de sí. Pero tenía que pasar, como todo lo que está de paso, que el alma despertara. Los poetas cantan que fue por un beso. Los filósofos piensan que fue la sensación (quizás el golpe de otra alma que caía). Pero ambos coinciden en que el saber empieza por el sabor y la textura: el sabor de un príncipe besucón y matadragones, y el saber de un maestro hablador que mata la ignorancia. Tan solo el dragón que, sin espejos, irreflexivo, acusaba al sabio príncipe de serpiente corruptora, no entendió que amar a Dios es rescatar al Alma de ese desalmado y deforme monstruo que es la nada del olvido y la ceguera. Porque, como todo el mundo sabe, despertar es recordar.
Al contacto, no con el mundo (que nada es), sino con los labios de otras almas, el alma encuentra el primer reflejo y recuerdo de si misma. Ama la bella sensualidad del príncipe, pintor de sueños, y mirándose en sus poéticas imágenes, recuerda el mundo ideal del que todo procede. Busca entonces con sus ojos las Ideas haciendo brotar en lo que ve cosas y cuerpos parecidos en todo, menos en ser, a lo que busca. Y aún así les da su fuerza, la del amor, y con ellos y ella forma, como un demiurgo, el mundo que asombrados en sombra vemos. Pero este mundo de copias no basta al alma enamorada por ellas del modelo. Un beso no es realmente principesco si nos deja satisfechos. Los labios y miradas que dan vértigo y temblor son solo aquellas por las que se vislumbra el cielo. Por eso el alma joven busca y rebusca lo inmortal fuera de sí, entre la carne de mil labios de mortal y efímera belleza. Hasta que harta de la orgía de sudor sin aire de los cuerpos, el alma mira hacia arriba para respirar y es despertada, otra vez, por esos otros labios, descarnados labios de las ideas, que son las palabras. Y el alma entonces se alza enamorada de su Maestro, Príncipe que por serlo de verdad no lo parece, y entusiasmada de nuevo se hace amante de las bellas acciones y explicaciones, de lo justo y lo verdadero, y se reconoce y quiere a sí misma en las ideas que fuerzan y ordenan el mundo, y en la fuerza y orden de ese mundo de las ideas. En este amor el alma se refleja y reproduce, buscando siempre lo inmortal, no a través de los tornasolados hijos del sentido y la emoción, sino en los más luminosos frutos de la voluntad y el intelecto, y así ama al otro de sí misma por su bondad y sabiduría, y se expresa y se adueña de sí y de su otro en los nobles proyectos y en la lucidez del diálogo son sus otras razones. Y es ahora cuando al fin es el ahora de remontar el vuelo y liberarse descubriendo que nada, en realidad, la cubría. Mirándose desnuda y libre, frente con frente en las ideas, el alma se recuerda entera, recuerda lo que nunca dejo de ser y olvida el estar que fue su olvido. En ese instante en que nada le es extraño, por serle todo amable y propio, y en que se ha roto el dos de todos los espejos (hasta el de la lógica, como en la Alicia del mito) el alma comprende y es, en Uno, la Verdad y la pura Belleza y Bondad ya sin reflejos ni palabras en el tiempo. Esto es Amor. Quien lo probó, acabará sabiéndolo.
 

domingo, 7 de octubre de 2012

El cuento del Amor



Decía Oscar Wilde que “cuando los dioses quieren castigar a los hombres, les conceden lo que desean”. Siempre deseamos lo que no tenemos… Y cuando lo tenemos, ¡qué decepción!... Volvemos a desear otra cosa, ir aún más lejos, siempre, infinitamente, porque, como lloraba Luis Cernuda, el deseo es “una hoja cuya rama no existe (…), una pregunta cuya respuesta nadie sabe”. Somos el animal insatisfecho, siempre queremos más, porque estamos hechos de barro, sí, pero también de esa sutil materia de los sueños. “Neti, neti”, decían los sabios brahamanes a cada respuesta o acción de sus discípulos, “no es eso, no es eso”. Nunca es exactamente eso lo que de verdad buscamos…

¿Qué nos hace tan disconformes? Sea lo que sea, es eso lo que nos mueve, lo que nos empuja a crecer. El movimiento es el modo que tenemos de ser los que aún no somos todo lo que somos. ¿A qué este anhelo de ser más, de ser otro mejor, de buscar lo que nos falta, de comernos el mundo?

Buscar la perfección es, primero, saber que la perfección nos falta. Eso es fácil (basta mirarse al espejo de la conciencia un par de segundos), pero también es imposible: ¿como nosotros, barro inmundo, burbuja tan frágil, vamos a tener idea de esa perfección que nos falta y buscamos desde nuestro mismo improbable principio?...

Cuando una pregunta no tiene respuesta (o un deseo no tiene cura) lo mejor, siempre, es contar un cuento. Como este.

Cuenta el filósofo Platón que en un banquete de cuento, que celebraron unos nobles amigos en honor de uno de ellos (el más cuentista, pues era poeta), decidieron invertir la gracia y la luz del vino trasegado en hablar del amor. Y cuando fue el turno de Sócrates éste contó lo que una sabia mujer, Diotima, le contó una vez acerca de lo que contaban del nacimiento de Eros, el dios del Amor. Cuenta este cuento de cuentos que en un olímpico banquete, en que los dioses celebraban el nacimiento de Afrodita, diosa de la belleza (esa brillante faz con que espejean, aquí abajo, los celestes sueños), salió a tomar el eter, borracho como nunca, el dios Poros, señor de la abundancia, y encontrose allí, en los edénicos jardines del Olimpo, a la desgraciada Penia, diosa de la carestía y la pobreza, la cual, olvidada por todos, vagabundeaba entre los restos del divino festín. Y he aquí que Penia, pobre pero no tonta, se aprovechó de la inconsciencia de Poros y solazándose con él concibió ese día un hijo, al que, por su naturaleza, pusieron de nombre Amor, o Eros, que es lo mismo.

Asi que el amor, dice Platón es el hijo de lo Mucho y de lo Poco, de la borrachera del Dios de Todo y la inteligencia de la Diosa de Nada, de lo Perfecto olvidado de sí y de la Imperfección consciente de sí. Este hijo, el Amor, heredó de su padre el viejo sueño de lo Uno y lo Completo, y de su madre la triste rémora de lo Partido y lo Cojo. Y desde entonces, hecho cuerpo renquea y brinca por la Tierra atento a cada bella llamada del Cielo. Este Amor, en la forma de la flecha que nos excita y tensa por dentro, es el Alma que anima a los hombres a hacer Uno de lo que dolorosamente nos parece Dos, apuntando con bizco y tembloroso esfuerzo de arquero a aquello que nos llama, desde la caverna o valle de lo que somos, a la vertical llanura de lo que soñamos ser. Y eso, desde que Platón lo dijo, con luminosa y parecida borrachera a la del dios padre, y la inteligente mentira de las palabras con que su madre lo sedujo, eso es el Amor. Eso somos tú y yo...Y también, por eso, ni tu ni yo.     


lunes, 1 de febrero de 2010

¿También las piedras tienen alma?



Decían antiguos sabios que el alma (Psique) era una especie de ENERGÍA QUE ANIMABA A LAS COSAS, dotándolas de movimiento y DIRIGIÉNDOLAS A UN FIN: ser ellas mismas lo más perfectamente posible.

El alma era así como una fuerza o DESEO AMOROSO (Eros) pues, según decían, las cosas se mueven por el deseo de unión con aquello que les falta para ser perfectas. ¡Y eso es el amor¡ ¿O no?

¿Pero cómo se puede desear lo perfecto sin tener una cierta "idea" de la perfección? El alma no sólo sería un deseo de lo mejor, sino también un cierto CONOCIMIENTO DE LO MEJOR...

Los viejos mitos religiosos decían que las almas eran seres divinos que por algún motivo (no muy claro, la verdad) "cayeron" a la Tierra encarnándose en los cuerpos, en los que están como prisioneras. Cuando esas almas empiezan a recordar de dónde vienen se sienten "fuera de sí", inquietas, e intentan lograr la perfección que como seres divinos les corresponde. Y es ese deseo, guiado por el alma, el que caracteriza a las cosas...

Toda cosa consistiría, pues, en un tipo de actividad o movimiento dirigido por un fin o ideal de plenitud. Las cosas son un deseo de ser lo mejor posibles. Y ESE DESEO Y ESE IDEAL ES SU ALMA.

A la teoría que afirma que TODAS LAS COSAS TIENEN ALMA se le conoce como HILOZOÍSMO o PANSIQUISMO. Más filosóficamente, esta teoría viene a decir que TODAS LAS COSAS TIENEN FORMA. Esta forma les proporciona identidad, las hace moverse, y las explica, dando sentido a su movimiento. ¿Pero en qué consiste esta forma o “alma” y de qué manera está en las cosas?

Pensemos en un objeto sencillo, como una piedra. Como diría un físico, cada partícula suya está incesantemente moviéndose. Pero este movimiento no es azaroso, más bien parece dirigirse a un fin: lograr que la piedra sea ella misma lo más perfectamente posible. El movimiento ordenado de sus átomos es la estructura de la piedra, su forma o identidad. Pero dicho movimiento no sólo está dirigido a la permanencia de la piedra (resistiendo al tiempo y a los factores que las desgastan); está, a su vez, orientado por un fin o ideal modélico (las leyes de la física) al que el comportamiento de la piedra tiende a ajustarse. Podríamos decir, incluso, que la actividad de la piedra expresa la forma más básica del amor: el amor de un cuerpo por sí mismo...



Veamos ahora el caso de un ser vivo, un animal, por ejemplo. El movimiento del animal es más complejo, pero se dirige al mismo fin que la piedra: mantener y perfeccionar su ser. Además de mantener la estructura corporal (autorregulación), el animal se mueve para duplicarla y mejorarla mediante la reproducción. Toda esta actividad está gobernada por un ideal o modelo (descrito por las leyes biológicas). El amor animal es el deseo de unión con lo que le mantiene y acrecienta (el alimento, etc.) y con lo que le permite permanecer y perfeccionarse a través de su descendencia (mediante la unión sexual con otros, por ejemplo)...

El caso del hombre es mucho más complicado, pero en esencia es lo mismo. El humano se mueve para realizarse plenamente como ser humano, según el ideal que representan sus principios morales (su ideal o modelo de persona). Para ello, más allá del amor corporal (autorregulación y reproducción), busca la unión con otras “almas” a través de proyectos comunes y, sobre todo, de la comunicación y las ideas compartidas. La identidad y perfección de lo humano está en la actividad cultural y las ideas, en la mente más que en el cuerpo. Según Platón, el hombre logra permanecer (venciendo al tiempo) y perfeccionarse en el contacto con lo eterno de las ideas. Este contacto es el conocimiento. Por ello, la actividad más propia del ser humano es el amor por el saber: la filosofía…

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