Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Por si no lo saben, Europa acaba de
sufrir una nueva ola de calor extremo con temperaturas jamás registradas en
esta época del año. Una semana a cuarenta grados en países poco o nada
acostumbrados al calor, como Alemania, Dinamarca o Polonia, ha obligado a
regular horarios laborales, a suspender clases y a cerrar carreteras y líneas
férreas. En buena parte de estos países los hospitales han colapsado durante
varios días y la cifra de fallecidos – casi todos ancianos – supera con creces
el millar.
Todo esto no representa, por lo demás, un
episodio aislado. Europa es el continente que más rápido se calienta de todo el
planeta, con un aumento térmico que duplica la media mundial y que, según la
Organización Mundial de la Salud, ha matado a más de doscientas mil personas en
los últimos cuatro años. Para colmo de males en ella proliferan partidos
populistas que, como VOX, tachan de «fanatismo
climático» las advertencias
de la ONU y de miles de científicos con respecto al cambio climático, disparate
que viene de perlas a las petroleras y que bloquea la acción política para
frenar el desastre. Esta la cosa que arde…
Hasta el punto de que si los europeos quieren sobrevivir al calor van a tener que «españolizarse» – como quería Unamuno – a toda prisa y comenzando por los horarios, las siestas, las cenas y las persianas en las ventanas. El ministro francés de Trabajo ya ha anunciado un viaje de estudios (no es broma) para aprender el «spanish summer way of life»: ya saben, lo de trajinar por las mañanas, encerrarse durante el día y salir por las noches, a la fresca, a hacer vida social. Los bocazas que nos tildan de perezosos y vividores entenderán el porqué de la jornada continuada, las vacaciones escolares de dos meses (en otros países las tienen más largas, pero repartidas durante el curso) o el «cierre» administrativo del país durante la canícula. ¿Aprenderán también a tomarse las cosas con parsimonia cuando cae el sol a plomo, a beber gazpacho, a hacerse casas con patio, a quedarse hasta las tantas charlando en el velador o en la puerta de la calle mientras suena la tele y los niños zascandilean como murciélagos?…
Quizás, pero con esto solo no basta. Para contener la crisis climática es preciso insistir en la reducción global de emisiones, la reforestación, la protección de los ecosistemas, la producción y el consumo sostenibles y, sobre todo, en una persistente educación ética en valores ecosociales; educación sin la que acabaremos sucumbiendo a la delirante ilusión de que aquí no pasa nada, de que no hay cambio climático que valga, y de que si lo hay ya emigraremos a Marte, excavaremos ciudades bajo tierra o le compraremos – a precio de oro – un trocito de Groenlandia a la familia Trump. Un delirio que – junto a nuestras pensiones – acabaran pagando los más jóvenes. Tal vez las próximas olas de calor les ahorren, al menos, uno de estos problemas.

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