Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Los maestros y profesores llevan más de
un mes de huelga indefinida o intermitente en Valencia y Cataluña, en Madrid
amenazan con retomarlas tras el verano y en Extremadura ya veremos. Y aunque
las protestas están siendo bien acogidas en general por la ciudadanía, se
repiten los argumentos dirigidos a desacreditarlas. Analicemos los más comunes.
Uno muy llamativo, referido a nuestra
tierra, es el que aduce que aunque los docentes extremeños cobran menos, viven
en una región donde todo es más barato, así que, ¿para qué quieren más?
Insólito razonamiento que, de llevarse a la práctica, obligaría a congelarle el
sueldo a todo aquel – profesor, médico, policía, bombero… – que cumpliera con
sus obligaciones en zonas de renta más baja. Como si el reto profesional de
educar o curar enfermos en una región pobre fuera una bicoca, y lo que se
ahorrara en vivienda no se gastara en compensar la falta de transportes,
servicios médicos o universidades de prestigio. ¡Lástima no se hayan dado
cuenta de esta «oportunidad» todos los funcionarios o empresarios que huyen despavoridos de la
España vaciada!
Otro argumento trata de las ratios.
Aunque solo sea por la bajada de la natalidad, ya hay menos niños por aula – se
dice – que hace cuarenta años, así que ¿para qué reclamar mejores ratios? Este razonamiento
parece sensato, pero no casa con la realidad educativa. Educar de manera
integral e individualizada a una población escolar tan diversa y – social,
psicológica y culturalmente – compleja como la de hoy es casi imposible aun en
aulas con 25 o 30 alumnos. Las clases de la ESO no tienen nada que ver con las
del viejo Bachillerato, cuando los grupos eran mucho más homogéneos y podías
expulsar tranquilamente a quien molestaba o suspender sin más protocolo al que
no mostraba interés. Atender ahora a seis o siete grupos, haciendo a la vez de
profesor, psicopedagogo, asistente social, enfermero, orientador, educador
cívico y vigilante de cada niño y niña, resulta inviable. Los profesores no
demandan ratios más bajas para trabajar menos, sino sencillamente… ¡para poder
trabajar!
Un tercer tópico es el que acusa a los
profesores de pedir una reducción de jornada, cuando lo que en todo caso piden
es una reducción de horas lectivas. El matiz es importante, porque todavía hay
gente que cree que el trabajo de un profesor se reduce a sus horas de clase – algo
tan ridículo como creer que el trabajo de un futbolista se reduce al partido
del domingo –. Todos los docentes que yo conozco trabajan por las tardes, los
fines de semana y, a menudo, durante las vacaciones escolares. No hay otro momento
para preparar clases, evaluar, confeccionar material didáctico, actualizar
conocimientos y ampliar la formación pedagógica (a los docentes de secundaria
nadie nos paga semestres de investigación).
No dudo de que, como en cualquier
reivindicación laboral, en la de los profes haya intereses corporativos, pero
tampoco de que la inmensa mayoría de esos docentes está peleando para que
educar a niños y adolescentes no sea una gesta heroica ni un simulacro
administrativo, sino una tarea asumible, dotada con los medios necesarios y suficientemente
reconocida. Tal vez así no haya que cazar a lazo a los que han de darnos el
relevo.

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