Este artículo fue originalmente publicado por el autor en el Periódico Extremadura
Durante años, he enseñado a mis alumnos y
alumnas de Psicología a distinguir entre ciencia y moral, entre la descripción
de los hechos y la prescripción de valores, entre lo que «son las cosas» (que es el
ámbito de estudio de la ciencia) y lo que «deben ser» (asunto de la moral o la política).
No sé qué pensaran ahora al ver como unos psicólogos de la Universidad de
Extremadura escriben libros como el que presentaron hace unos días en este
mismo periódico («(Des)amor romántico»), dedicado
a prescribir cómo deben ser las relaciones de pareja.
Sé que es común la atribución al
psicólogo de una sabiduría especial en asuntos «amorosos», pero no
creía que esta presunción pudiera llegar al ámbito estrictamente académico. Y
ojo que el que los psicólogos se metan a consejeros morales, explicándonos como
debemos amarnos los unos a los otros, no es solo un caso grave de confusión de
roles, sino un síntoma más (entre otros) de la preocupante tendencia a situar
los problemas sociales, morales o políticos bajo la égida de la ciencia.
Que la confusión entre el psicólogo y el
consejero moral sea no solo inaceptable desde un punto de vista epistemológico,
sino también como peligrosa expresión de una tendencia tecnocrática rampante,
obedece a motivos varios. El primero es la incompetencia del psicólogo como
moralista: la psicología te forma para investigar la conducta o, a lo sumo,
para ayudar a cambiarla (a petición del sujeto), no para orientarla moralmente.
El segundo es la forma casi invisible en que la psicología (y no solo ella)
camufla sus consignas bajo un «neolenguaje» pretendidamente aséptico en el que lo moralmente bueno o
recomendable pasa a denominarse ahora “saludable”, “adaptativo” o
“emocionalmente inteligente”.
Con esto no pretendo negar, ni mucho
menos, la importancia de «remoralizar» las relaciones afectivas para evitar la violencia o la dominación
patriarcal. Lo que digo es que esa reforma moral no es competencia de la
psicología. Lo personal es político, por supuesto. Pero
lo político no es asunto de la ciencia. Un psicólogo escribiendo libros
sobre cómo deben ser las relaciones de pareja no es muy distinto de un párroco
impartiendo cursos prematrimoniales, con la desventaja de que el párroco sí es
experto, al menos, en moral cristiana, mientras que el psicólogo no lo es en
ninguna.
Todo esto dejando aparte lo que puedan
entender esos psicólogos («qua» psicólogos) de patrones socioculturales tan complejos como los
que categorizamos bajo el término «romanticismo» (materia esta que, como es lógico, no se estudia en Psicología,
como tampoco las variadas teorías éticas sobre el asunto del amor). Convendría,
en fin, no frivolizar sobre problemas tan serios y, considerando en lo que vale
a la información científica, no permitir que la esfera de la
moralidad se sustraiga de lo que es su ámbito propio: la educación ética, la
deliberación racional y el acuerdo democrático.

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