Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
En casi cualquier tiempo y lugar las personas se han entendido a sí mismas como miembros de un todo social, político y religioso en el que ser humano consistía en pertenecer a tal o cual estirpe, gremio, iglesia o nación. Con esto, y con una vida inevitablemente cohabitada con los demás, bastaba para dotar de sentido a la existencia. Salirte de este tiesto, “ser tú mismo”, era considerado, literalmente, una «idiotez». Fue sin embargo esa idiotez la que nos hizo individuos modernos y autónomos. Hasta el punto de ser ella la que comenzó a marcar un nuevo criterio de normalidad: el de no ser alguien normal, el de la radicalidad impostada, el de lo heteronormativo como norma; muy especialmente entre esos niños aprendices de individuo que son los adolescentes.
Creo que un ejemplo (más) de todo esto son los chicos y chicas que se identifican como teriántropos o «therians» (humanos que se sienten animales), una de tantas subculturas surgida al calor de la afición a la ficción compartida en Internet y que, por algún motivo, se ha convertido ahora (surgió hace más de treinta años) en carne de bulo y tendencia entre adolescentes, unos disfrazados de animales y otros, la mayoría, ávidos – tras una lluvia de meses – de la vieja emoción del sacrificio y la caza. Nada del otro jueves. Hay veces – decían Neruda o Robe Iniesta – en que, cansados de ser hombres, caemos en las mismas otredades de siempre.
Porque ser idiota o persona (vienen a ser lo mismo) resulta agotador. Tal vez nunca hayamos estado los humanos tan obsesivamente preocupados por nuestra vida concreta y, a la vez, tan incapacitados para trascenderla y darle sentido. A nada se rinde hoy mayor culto que a la personalidad, sin casi encontrarle más fin o sentido que el simple placer de exhibirla. Contra esta nada narcisista se rebelan los hijos más jóvenes de una modernidad tan y tan líquida que habría que tirarse de los propios pelos, como el barón de Münchhausen, para poder escapar de ella.
De ahí el ansía nietzscheana de ser piel roja, de correr con los lobos, de creer en el Gran Espíritu (o en la Madre Patria), de agarrarse al tótem del buen salvaje (o a la lanza guerrera del Señor de las Moscas), de sumarse a la pitagórica transmigración de las almas, de jugar con el fuego heraclíteo de la guerra y el cambio, de bailar al son ilusoriamente liberador de un Dionisos ario o trans-especista, más puesto de bulos o juegos de rol que del vino aguado de los griegos… Todo sea por no ser nada que nos obligue a ser menos que un brumoso y magnífico elfo o un resolutivo guerrero de video juegos; todo por evitar definirnos como el pobre y disfórico habitante mortal de un mundo único y finito; todo por no tomarnos la pastilla roja de Matrix y despertar a una Tierra desolada y dominada por los amos de un mercado sin horizontes en el que, por un módico precio, sueñas cada día lo que quieres sin tener ni idea de por qué. Tal vez en un mundo humano, demasiado humano, solo nos queden el espejo deformante de un esperpento sin esperanza o la pura evasión irreflexiva (esa otra animalidad presentida) de la barbarie. Los más optimistas pensamos, en cambio, que tiene que haber formas de dibujarse a uno mismo que nos hagan ampliar (y no perder) la perspectiva. Y que en cualquier caso, puestos a ser idiotas, más vale sentirse zorro o bonobo que comportarse como un perro de presa.

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