Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Resulta un tanto sorprendente el revuelo
provocado por la intervención de los EE. UU en Venezuela. La verdad es que
propiciar transiciones de régimen o golpes de Estado, sustituir gobernantes
díscolos por otros más sumisos, apropiarse de las riquezas ajenas, o repartirse
el mundo en zonas de influencia, responden al modo de actuar habitual de todos
los imperios que en el mundo han sido, tanto antes como ahora, incluyendo en el
lote al «amigo americano» que, con más o menos disimulo, ha hecho siempre lo que
le ha convenido en casi todas partes del mundo (con la diferencia, quizás, de
que ahora también lo va a hacer en Europa, señal inequívoca de nuestra caída en
desgracia y el lugar en el que va recolocándonos la historia).
Ahora bien, constatar que las cosas han
andado siempre igual no quiere decir que debamos agachar (más aún) la cabeza.
Todo lo contrario. El primero de los regalos que nos trae la obscena exhibición
de poder militar (el único que le queda para no ser superado por China) del
reyezuelo Trump, es el de darnos la ocasión de, frente al quintacolumnismo de
la ultraderecha (Vox en España) promovida por Trump y Putin para acabar con la
UE, traducir el miedo colectivo en una firme política común frente al unilateralismo
tanto norteamericano como chino-ruso. Si algo tiene de bueno la retórica del
nuevo emperador (la retórica de no andarse con retóricas) es que desvela el
patetismo de la verborrea inútil de quienes prefieren escurrir el bulto y
aguardar a ver qué pasa. La historia enseña lo conveniente que resulta
anticiparse, y que ser manso con los tiranos no sirve más que para excitar su
codicia.
Otro regalo del exhibicionismo de «poder
duro» del inquilino de la Casa Blanca es su naturaleza cortoplacista. A
diferencia del «poder blando», la violencia intimidatoria no seduce voluntades,
y genera odio y rencor. Bien es cierto que gran parte de las reservas de poder
blando (léase, de control económico del mundo) de los EE. UU se están
evaporando al mismo ritmo que el dólar como eje financiero global, pero es que
además los USA están despilfarrando de modo suicida el capital moral y cultural
que constituía (junto a la hegemonía del dólar) la otra viga maestra del
imperio: la agresividad y la manera humillante en que Trump está tratando a
amigos y enemigos está rompiendo vínculos y relaciones de confianza, y dejando
al poder americano en los huesos de la pura fuerza militar; un poderío militar
colosal, pero que no es económicamente sostenible si EE. UU. no recupera la
pujanza económica de la segunda mitad del siglo XX, algo que parece sumamente
improbable.
Un tercer regalo de Trump (o del más
cercano y peligroso reyezuelo Putin) es el de hacernos recordar que la
soberanía y los derechos de los que gozamos no son una renta vitalicia ni una
condición natural, sino una realidad política sin otra garantía que la de un
poder firme que los sostenga. Por ello, nuestro mejor propósito de Año Nuevo
debería ser el de abandonar la cómoda actitud del «ciudadano-cliente»
acostumbrado a pagar para que alguien proteja su bienestar, y asumir que
nuestro estatus no solo depende de un Estado fuerte y un arsenal bien surtido,
sino también de una masa de ciudadanos informados, críticos, activos y
comprometidos con la defensa de sus valores e instituciones. Ya tardamos en
asegurarnos de que contamos con ambas cosas.

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