martes, 20 de septiembre de 2016
En defensa de la religión en la escuela
Aquí tenéis nuestro artículo en defensa de la religión en la escuela publicado en el número 12 de la revista Humano, creativamente humano, y al que ha querido contestar, en el mismo número, David Cerdá (codirector de la revista) con este otro estupendo artículo.
sábado, 17 de septiembre de 2016
Decrecimiento
Nuestro último microespacio en Radio 5, sobre decrecimiento, economía y filosofía.
Para leer el guión y comentarios: en nuestro blog, diálogos en la caverna.
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martes, 13 de septiembre de 2016
La educación como rehén.
Este artículo fue publicado originalmente por el autor en el diario.es Extremadura y en El Periódico Extremadura
Comienza el curso escolar y todo sigue
igual, lo que equivale a decir que esta peor. El sistema educativo
sigue retenido contra su voluntad por el gobierno (ahora en
funciones), lo que supone tres años ya de congoja e incertidumbre
para cientos de miles de niños, docentes y familias. Durante este
tiempo los rehenes hemos tenido que implantar, a regañadientes
y a toda velocidad (anteponiendo los ritmos políticos a los de la
pedagogía y el buen sentido), la LOMCE, una ley retrógrada y
macarrónica en sus contenidos (elaborados igualmente a toda prisa),
reaccionaria en sus aspectos pedagógicos, torpe en su intención
uniformadora (tan torpe que ha generado la mayor diversidad conocida
de planes educativos autonómicos), segregadora y clasista (al niño
que “no vale” se le expulsa sin contemplaciones al itinerario
laboral – ¡así acaba cualquiera con el fracaso escolar!–), y
resueltamente favorable a la escuela concertada y privada. El
objetivo de la LOMCE es un sistema público barato, masificado y
disciplinador de las clases bajas, de manera que el que quiera
educación de calidad, apta para tener amigos, dar pelotazos y abrir
cuentas en suiza (en esto parece que consiste triunfar en este país),
tendrá que pagarse un colegio privado, sea el del Pilar – el Eton
College del pijerío nacional – o cualquier otro que, a
imitación suya, les saque los cuartos a la clase media con
pretensiones. La educación es todo un negocio aún por explotar. Por
eso la raptaron.
Lo único bueno de la LOMCE es que a
todo el mundo (menos al PP) le parece mala y tendenciosa. Incluso el
propio gobierno sabe que es una ley sin futuro, lo que no impide –
esto es lo grande – que siga torturándonos y amenazándonos con
ella. Tras el destierro dorado de los jefes más intransigentes de la
banda (Wert y Gomendio), el nuevo ministro Méndez de Vigo ha
mostrado mayor voluntad negociadora, lo cual no ha servido para
evitar la publicación, hace muy poco, del decreto sobre la reválida,
uno de los aspectos más unánimemente rechazados de la LOMCE. A
Dios rogando y con el mazo dando. Unos días después el PP
acordaba con Ciudadanos la paralización de la Ley (lo que, entre
otras cosas, impediría desarrollar el decreto citado) y un plazo de
seis meses para acordar un pacto por la educación. Parece que
los secuestradores, cuyo propósito inicial era reeducar a los
españoles, se conforman ahora con una investidura. “Si queréis
que libere a los rehenes de la LOMCE – parecen decir –
tenéis que darnos el gobierno del país”. Este es el trato. O eso
parecía, porque tras el fracaso de la investidura todo vuelve a
estar como estaba. La LOMCE, pese a estar muerta, sigue generando
caos e incertidumbre, y el PP sigue jugando con esta baza (como un
pistolero girando su revolver con el dedo en el gatillo) para
negociar su llegada al gobierno.
Mientras tanto, el curso ha comenzado y
ni docentes, ni alumnos, ni padres sabemos que va a pasar (o no
pasar, que diría, con
entrañable retranca nuestro presidente). Además de acabar de
implantar una ley en la que nadie cree, y que se tendrá que derogar
o reformar en poco tiempo (con todo el coste correspondiente),
tendremos que preparar a nuestros alumnos para unas pruebas de las
que no sabemos prácticamente nada y que es mentira que no tengan
efectos académicos. Para los estudiantes de 2º de bachillerato
la revalida de 2017 determinará (como hacía la extinta
selectividad) el acceso a la carrera y universidad de su gusto, y
supondrá (una vez superada) un 40% de la nota media que figurará en
sus expedientes. Para más inri, los sufridos bachilleres tendrán
que examinarse de materias que dieron el curso pasado, cuando sus
profesores sabían aún menos sobre las dichosas pruebas.
Ante esta situación disparatada y la
inaudita parálisis política del país, el gobierno extremeño ha de
intervenir con urgencia y contundencia para proteger a sus
ciudadanos. Tras el decreto de secundaria de julio pasado (gracias al
cual se paliaron algunas de las barrabasadas educativas de la LOMCE),
ahora toca hacer lo imposible por condenar a la irrelevancia a estas
revalidas con que el gobierno en funciones pretende seguir torturando
y ninguneando a la comunidad educativa, y chantajeando, de paso, al
país entero. Una tarea esta en la que, por demás, no debería haber
la más mínima discordancia entre las fuerzas políticas a la
izquierda del PP. Esperemos que así sea.
lunes, 12 de septiembre de 2016
La porra (Sánchez presidente al tercer asalto)
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura con el título "Sánchez presidente al tercer asalto".
Tan complicada está la cosa pública
que la enésima porra que compartí, el mes pasado, con dos buenos
amigos (excelentes politólogos los dos), tenía no dos, ni tres,
sino ¡doce casillas! ¡Doce incógnitas apremiantes a las que
responder! ¡Y porque no cabían más en la servilleta del bar! Como
sus predicciones eran mucho más expertas y sensatas que las mías, y
no necesitan, por tanto, mucha explicación, paso a justificar las
propias, mucho más alocadas y especulativas – ¡ni análisis
detallados de encuestas, ni rumores, ni información privilegiada, ni
nada! – . Ya veo torcer el gesto a mis dos escrupulosos amigos ...
En lo primero en que disentía de ellos
es en que habrá terceras elecciones. Según lo veo yo, no hay para
Sánchez y su ejecutiva más salida viable que esa. Unas nuevas
elecciones desfondarían probablemente a Podemos y a Ciudadanos, y
podrían no ser tan favorables al PP como se pinta en algunas
encuestas (¡encuestas, ja!). Una vez en retirada la coalición
Podemos-IU, y Ciudadanos asimilado al PP, se volvería a un escenario
bipartidista que podría ser favorable al PSOE. En primer lugar por
el, aunque lento, inevitable desgaste de Rajoy: van a ser ya muchos
meses de gobierno en funciones, muchas investiduras fallidas (suyas o
de otros – pero de las que él propio Rajoy aparece como
corresponsable – ), y una última traca de escándalos, desde el
más reciente del ex-ministro Soria hasta los de los procesos
judiciales del próximo otoño. En segundo lugar, la desaparición
del “peligro” de un gobierno de coalición con Podemos, tal como
el que se preveía en las últimas elecciones, podría desactivar a
una parte del electorado que ha votado al PP (algunos con la nariz
tapada) por miedo a la “izquierda radical”. En tercer lugar, la
bajada en las encuestas (¡ese arma electoral que son las
encuestas!) de Podemos y Ciudadanos podría concentrar el voto de
izquierdas y el voto, en general, contra Rajoy, en el PSOE de
Sánchez, por aquello de ser útil. Así, mientras llegan esas
elecciones y el gobierno en funciones se desgasta, Ciudadanos
agoniza, y Podemos muestra unos meses más su irrelevancia política
(cuando no sus luchas intestinas), Pedro Sánchez podría seguir
exhibiéndose como el más firme opositor al PP (su próximo
contendiente directo) y, a la vez, como un adalid de un imaginario
gobierno alternativo con Podemos (y, más lejanamente, Ciudadanos).
Tal gobierno alternativo es, como se sabe, imposible, pero el hecho
de invocarlo da al candidato del PSOE la impronta de un líder capaz
de suscitar consenso (la culpa sería de los otros, incapaces de
ponerse de acuerdo) y el perfil de izquierdas necesario para recoger
los votos que pierda Podemos.
Mi segunda predicción, en esta misma
línea, es que Pedro Sánchez podría ser el próximo presidente del
gobierno. Y esto por los motivos que acabo de exponer: vuelta al
bipartidismo, concentración del voto de centro y del voto útil de
izquierdas en el PSOE, y retracción del voto del PP por la
desaparición de la amenaza de Podemos. Aunque no sería del todo
descartable, en caso de terceras elecciones, un golpe de mano del
PSOE contra Sánchez, esto no parece una opción muy inteligente
(salvo descalabro total en las encuestas): a ningún partido le
interesa desatar una batalla interna en periodo electoral. Es más:
mantendría esta predicción a favor de Sánchez incluso en el caso
de un desastre electoral del PSOE en Galicia y el País Vasco. Los
resultados en estas comunidades, políticamente tan sui géneris,
no son fácilmente extrapolables al conjunto del país. Sánchez,
además, se está mostrando como un alumno aventajado de Rajoy en dos
de las cualidades más destacables del presidente: la perseverancia,
y una insaciable – y un tanto maquiavélica – sed de poder.
¿Y qué va a pasar con Podemos? De mis
dos amigos, la una apostaba por guardarle un lugar en un inmediato
gobierno de coalición presidido por Sánchez, y el otro afirmaba que
compartiría la oposición con el PSOE. Mi predicción coincide en
parte con la primera. Podemos estará en un gobierno del PSOE, si
bien tras unas terceras elecciones, y con muchos menos escaños y
poder que antes, por lo que su participación en el gobierno, junto a
IU, sería mínima – aunque necesaria para desbancar al PP –. Lo
cierto es que en estos meses, y aún más si ha de afrontar otro
esfuerzo electoral, Podemos va a perder mucho fuelle, y a mostrar
muchas de sus debilidades. El debate interno, que ya se está
produciendo, sobre la entidad política e ideológica del partido (en
una suerte de limbo entre socialdemocracia y populismo radical, por
no hablar de la compleja relación con los nacionalismos o con IU),
junto a las tensiones en las bases, tanto políticas como
organizativas, y un liderazgo, el de Pablo Iglesias, notablemente
desgastado, son, todos ellos, factores que invitan a la desconfianza
sobre el resultado de Podemos en unas nuevos comicios.
En la cuestión catalana es donde menos
claro lo tengo. Mi amiga decía que habría, finalmente, un
referendum consultivo, aunque con resultados no concluyentes, y mi
amigo apostaba por otorgar a Cataluña un “pseudo concierto”
económico disimulado para contentar a los nacionalistas. Yo me
quedaría con esta segunda opción, aunque no descarto (también) la
promesa de una reforma constitucional de corte federalista más a
medio plazo, si, como vaticino, ganan los socialistas en las próximas
y terceras elecciones (por ganar quiero decir formar gobierno,
claro). En cualquier caso, la cuestión catalana podría torcer todas
las predicciones hechas hasta aquí. Algunos miembros de la CUP han
manifestado estos días su voluntad de provocar un enfrentamiento aún
mayor con el Estado, algo que siempre beneficia a la derecha y que
podría entronizar definitivamente a Rajoy en el poder.
Así que, si por hache o por be, o por
EH Bildu, o por la CUP (o por cualquier otra cosa), se demuestra que
me he equivocado en todo, pueden decir ustedes, junto a mis dos
amigos, que no me conocen de nada. Estos últimos me negarán,
además, después de trasegar una cena a mi costa, los muy listos.
martes, 6 de septiembre de 2016
Don Quijote, la locura y la muerte.
¿Es la cordura muerte y la vida locura? Nuestro micro programa en el aniversario de la muerte de
Cervantes. Sobre un guión de Juan Antonio Negrete Alcudia y la
genial interpretación de Jonathan González Gómez y Eva Romero, la
voz de Chus García Fernandez y la producción de Antonio Blazquez.
También en
http://dialogosenlacaverna.blogspot.com.es/2016/09/don-quijote-la-locura-y-la-muerte.html
jueves, 1 de septiembre de 2016
¿Cómo es un cuerpo feminista?
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura
El encuentro de voley playa de las
pasadas olimpiadas entre jugadoras egipcias vestidas con una especie
de burkini y alemanas con bikini ha dado mucho que
hablar. Si bien para algunos representaba el contraste entre una
sociedad cerrada que oprime a las mujeres (la islámica) y otra que
les permite vestir como quieran (la nuestra), para otros la foto
reflejaba dos formas distintas de opresión patriarcal sobre la
mujer. Según estos, si la jugadora egipcia era obligada a ocultar su
cuerpo para no perturbar sexualmente a los hombres, la
jugadora alemana era forzada (bien que sutilmente, mediante reglas
deportivas aparentemente inocuas) a lo contrario: a exhibir su cuerpo
para satisfacer a los espectadores varones. En ambos casos –
añadían – el cuerpo de la mujer era concebido, de forma
denigrante, como mero objeto sexual... No sé si este análisis es lo
suficientemente certero (de entrada, no parece comparable el grado de
opresión patriarcal que representan las jugadoras egipcias que el
que se les supone a las alemanas). Pero pongamos que lo sea. ¿Qué
nos tocaría hacer, entonces, para evitar esta doble opresión –
tapar/exhibir – sobre el cuerpo de la mujer?
Es normal, por ejemplo, que muchas
mujeres que sufren la imposición social y religiosa del burka
y otras prendas por el estilo (cuya principal función es ocultar los
rasgos sexuales del cuerpo) conciban la liberación como una
“puesta en valor” de su atractivo físico en el “mercado” de
las relaciones libres que se estilan en occidente. Estas
mujeres se desprenderían así del burka y adoptarían con
sumo gusto el bikini y el resto de prendas y prácticas que acentúan,
según los estándares estéticos, su valor sexual.
Justo al revés, algunas mujeres
occidentales que sienten como una imposición el bikini y otros
aderezos para realzar su cuerpo (maquillaje, tacones, depilación...)
según cánones comunes – es decir, patriarcales – tienden a
expresar la liberación de esas ataduras neutralizando sus rasgos
sexuales. Así, visten con ropas holgadas, prescinden de cierta
lencería, llevan el cabello de forma poco llamativa, etc. Diríamos
que hay una suerte de estética feminista en el modo de vestir
y mostrar el cuerpo cuya finalidad parece aproximarse, así (aunque
por causas muy distintas) a la de prendas como el burkini. Alguien
escribía hace poco que si el burka
tenía alguna ventaja era precisamente la de librar a las
mujeres de las exigencias estéticas que nuestra sociedad les
impone...
Pues bien, entre estas dos formas de
entender la liberación de la opresión patriarcal sobre el cuerpo,
la primera (la de las musulmanas que desearían pasar del burkini
al bikini) me parece errada, mientras que la otra (la de las
feministas occidentales que pasan del bikini a una cierta “estética
burkini”) me parece más consistente. Las primeras pasarían
de la consideración de objeto sexual para uso privado de sus maridos
(para eso se les tapa en público) a la de objeto sexual de
exhibición pública. Las feministas occidentales, en cambio,
acertarían al intentar librar a sus cuerpos de la consideración de
fetiche sexual. Aunque claro, si lo que queremos no es, lisa y
llanamente, negar el cuerpo y la sexualidad, esto exige una nueva
estética de lo corpóreo (en este caso, del cuerpo femenino).
Esta nueva estética no podría tomar
el camino de lo natural. El cuerpo de la mujer ha sido diseñado por
la evolución no solo para atraer, sino también para retener
sexualmente al varón, de manera que este coopere en la larga
y costosa crianza de la prole; de ahí el celo continuo, la
permanente hinchazón de los senos, el grosor de los labios, y otros
rasgos sin otro fin que el de hacer del cuerpo de la mujer un objeto
de permanente estimulación sexual. Descartada así toda “estética
natural” (no valdría simplemente con quitarse la ropa), o el
recurso a la ingeniería genética (de momento, prohibido), solo
queda inventar una nueva cultura estética del cuerpo y sus aderezos
que se aleje de los patrones patriarcales (tan ligados, por demás, a
lo natural), y que sea, por tanto, y si cabe decirlo así, más
“espiritual”, pero que, de otro lado, no oculte la dimensión
inevitable – y deseablemente – sensual de lo corpóreo (algo que
no sea, en ningún caso, una suerte de burka feminista). ¿Lo
conseguiran? No parece una tarea fácil. Aunque sí excitante.
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lunes, 29 de agosto de 2016
El corazón en una cuneta
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Fosa de la guerra civil excavada en Estépar (Burgos) con restos de 26 hombres |
Se asombraba hace unos días el hispanista Ian Gibson de que uno de los escritores más grandes de este país, traducido a todas las lenguas, y símbolo inconfundible de la cultura española en el mundo, siga enterrado en una cuneta. El genio de Federico García Lorca, capaz de una obra maestra tras otra durante los escasos veinte años de su carrera literaria, fue fulminado en la flor de su vida creativa por un pelotón de sicarios al servicio de golpistas y caciques locales hace ahora ochenta años. Que el Estado no haya movilizado, desde entonces, todos los recursos económicos, técnicos y humanos para localizar los restos del poeta español más conocido de todos los tiempos (de hecho, la última excavación ha tenido que recurrir al crowdfunding) es tan incomprensible e indignante como que tenga que venir una juez argentina a tratar de esclarecer los hechos que llevaron al asesinato político del escritor.
Así somos. Mientras la obra de Lorca
es estudiada en universidades de medio mundo, el pasado día 18,
ochenta aniversario del crimen, ni los informativos ni las
instituciones mostraron el más mínimo interés (solo unos minutos
al final del telediario de TVE) por el poeta que ha elevado el
prestigio de nuestro país infinitamente más que cualquier pódium
olímpico. Una muestra más del carácter siniestro, ruin y palurdo
de un país que, a veces, lamento llamar el mío.
Y no es la única. Desde que acabó la
guerra más de cien mil personas siguen enterradas en más de de dos
mil fosas comunes de las que solo se han exhumado, a duras penas y
con escasas ayudas, unas doscientas. Leo que España es el segundo
país del mundo con mayor número de víctimas de desapariciones
forzadas cuyos restos no han sido recuperados (el primer país es
Camboya). Para más lucimiento, el gobierno ha abandonado y
ninguneado a las asociaciones que reclaman la exhumación de las
fosas y la recuperación de la memoria histórica. Exhumaciones que
deberían producirse antes de que los familiares directos de las
víctimas, ya muy ancianos, sigan muriendo con el vivo dolor, no solo
de la pérdida, sino de años de humillación por no poder dignificar
la memoria de sus muertos. A ese dolor, igualmente sepultado por el
miedo a las represalias, se suma así la desidia, cuando no el
desdén, del gobierno (no hay más que recordar las repugnantes
declaraciones de Rafael Hernando, portavoz del PP, acusando a los
familiares de las víctimas de no tener otro interés que el del
dinero de las subvenciones). O el peor de los insultos: la pretensión
de pasar página, como si nada hubiera ocurrido, como si esos cien
mil muertos no fueran, también, víctimas del terrorismo de
un Estado fascista como el que se logró tumbar en Italia o en
Alemania, pero, ay, no en España.
Porque no solo se trata de aliviar el
dolor, sino de compensar la humillación y restituir la dignidad de
los asesinados y sus familias, muertas en vida en medio de un charco
de silencio y oprobio. Las víctimas de los fanáticos del otro bando
fueron enterradas con normalidad y todos los honores. Es justo que
también lo sean estas que dejamos olvidadas en las cunetas.
Rescatándolas de la fosa no solo les haremos justicia, también
dejaremos abierto un espacio en el que cimentar un régimen que ha
pasado, en estos últimos años, de consolidado a revisable
y desmenuzable. ¡Si queremos un país del que todos nos sintamos
realmente partícipes, empecemos por aquí! Hagamos de la
recuperación de la memoria una prioridad cultural e institucional.
No hace falta entrar en acusaciones hirientes sobre la sangre
derramada por unos y por otros. Asumamos lo que ocurrió, depuremos
las responsabilidades que sea justo y útil depurar, enterremos
solemnemente a todos los muertos, y convirtamos cada fosa
común en un monumento al que llevar a los escolares cada 18 de
julio, para que aprendan, y para que no olviden.
Y también, alguna vez, visitemos con
ellos la tierra de la vega granadina que sepulto a Federico, la única
que pudo saber de esa última obra que dejó a medio germinar la
enormidad de su talento. Hace unos días publicaron los periódicos
el asombroso hallazgo de un corazón conservado en el fondo de una
fosa excavada en Burgos. No se puede hallar una imagen más lorquiana
para recordar al escritor y los más de cien mil compatriotas
nuestros que yacen con él, solos y sin nombre, al pie de las
carreteras. La mayoría murió por la misma razón que el poeta: por
no saber acallar ni su corazón ni su conciencia. Ellos pueden hoy
descansar en paz. Nosotros, todavía no.
lunes, 22 de agosto de 2016
Pasar olímpicamente
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en el diario.es extremadura
Según un viejo cuento griego hay tres
tipos de personas en un Estadio olímpico: los que van a competir
(los atletas), los que van a negociar, y los espectadores. ¿Cuál de
estas personas realiza una actividad más digna de un ser humano? No
es el deportista – dice el cuento –, pues sus fines (saltar,
correr) no son muy diferentes de los de un animal. Tampoco el
negociante, pues su conducta está guiada por el mismo principio
económico (obtener el máximo beneficio con el mínimo coste) que
rige la vida en la selva. Tan solo el espectador – concluye la
historia – hace algo específicamente humano: contemplar el
mundo desinteresadamente. El hombre es el único animal capaz de
pasar el tiempo contemplando algo con lo que no puede alimentarse ni
copular: estrellas, hormigas, átomos... ¡O pelotas de tenis!
Cuando cuento esto en clase mis alumnos
se quedan desconcertados. Para la mayoría de ellos los deportistas y
los negociantes son los modelos humanos a imitar. Decirle al típico
chico deportista que se pasa las tardes entrenando en la piscina o en
la pista de saltos que el sentido de su vida es comparable al de un
pez o un canguro es un golpe bajo. Si añades que todo aprendiz de
emprendedor no es (según el cuento) más que un mono codicioso ya
tienes un grupo de adolescentes profundamente indignados deseando
discutir sobre los fines profundos de la vida. ¿Tendrán que ver con
el deporte? ¿Con los negocios? ¿Con el negocio deportivo?...
Tanto en la Grecia antigua como en la
Europa moderna, el deporte comenzó siendo una noble afición para
entretenimiento de aristócratas (la única clase que contaba con
tiempo que perder) y acabó como un espectáculo profesional con que
distraer a la gente de los asuntos públicos y enriquecer a
espabilados “emprendedores”. El poeta griego Simónides – como
cualquier publicista o periodista actual – invocaba a la “musa
que proporciona dinero” para componer sus himnos a las estrellas
olímpicas. Y los tiranos de toda Grecia descubrieron enseguida la
virtus dormitiva que tenía el espectáculo deportivo sobre
las masas. Solo al final de la época clásica surgieron voces
críticas como la de Eurípides, que repetía lo que, ya un siglo
antes, dijera el poeta Jenófanes a sus contemporáneos: “No es
justo preferir la simple fuerza corporal a la sabiduría”.
Naturalmente, todo el mundo pasó olímpicamente de ellos.
Mucha falsa idealización ha corrido,
desde entonces, sobre las Olimpiadas. Pero ni antaño ni hoy parece
que fuera más que un pasatiempo pijo convertido enseguida en un
lucrativo negocio con que entretener a la gente. Porque – y por
extraño que parezca – a mucha gente le entusiasma embobarse viendo
encestar un balón, o celebrar como si le fuera la vida en ello que
un tipo corra, nade o salte un poco más rápido o lejos que otro.
Junto a esto, el significado religioso, ético o estético de los
juegos, las treguas sagradas, el espíritu de hermandad entre
naciones y tantos tópicos olímpicos al uso no son, ni fueron, más
que una sublime intención original, o una brumosa y
sobredimensionada leyenda acerca de los – siempre míticos –
orígenes.
Para comprobar la absoluta falsedad de
esos tópicos no tienen más que asomarse a la realidad de las
olimpiadas de Brasil. Lo que verán es un inmenso negocio montado a
costa de la seguridad y la miseria de miles de trabajadores, un
dispendio de dinero público en un país con millones de pobres y una
galopante crisis económica encima, un espectáculo obsceno con que
tapar los escándalos e intrigas de la clase política, y un lodazal
de violencia en el que – según Amnistía Internacional – la
policía ha asesinado impunemente a miles de personas (presuntos
delincuentes) y ha reprimido con saña a las cientos de miles que se
han manifestado reiteradamente en contra de la celebración de los
Juegos. A tanto ha llegado la violencia policial que correr delante
de la policía para salvar la vida se ha propuesto, con cínico humor
negro, como nuevo deporte olímpico en las favelas de Rio de Janeiro.
Por añadidura, y como era de esperar,
los costosos fastos olímpicos no han certificado la hermandad entre
los pueblos, ni han detenido ninguna guerra, ni representan la más
mínima oportunidad de progreso económico, cultural, moral o
político para la gente, sean, ahora, las del Brasil, o fueran,
antaño, las de cualquier otro lugar. Lo que la aristocracia griega
(o su versión moderna encarnada en el Barón de Coubertin) concibió
como una refinada celebración de los valores de la nobleza guerrera
(patriotismo, heroísmo, desinterés, juego limpio...) no es, ahora,
más que un enorme tinglado publicitario y mediático con el que se
enriquecen el COI (dueño de todos los derechos) y las élites
locales, y que se paga– a menudo durante lustros – con el dinero
de todos. Una inmensa (y a veces sangrienta) estafa en la que el
espectáculo deportivo parece haber tomado el lugar de la religión
como nuevo “opio del pueblo”.
Por lo dicho, estas olimpiadas no
deberían obtener más que nuestro más soberano y olímpico
desprecio. Aunque mucho nos tememos que si no hicieron caso al poeta
Jenófanes, mucho menos nos lo harán a nosotros. Seguro que ahora
mismo está comenzando la final, la semifinal o los cuartos de alguna
rara especialidad de su gusto... Por cierto, la moraleja del cuento
del principio es que para cultivar lo que nos hace personas hay que
contemplar y comprender el mundo.¡Pero no el que sale en la tele!
Sino ese otro que se quedó fuera del estadio, y que, por si
fuera poco, es el nuestro.
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viernes, 19 de agosto de 2016
La rastrojera
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura
Mi amiga la pintora Carmen Palop usa un
término preciso y sugerente para describir el paisaje y el estado
anímico que provoca el estío extremeño. Lo llama la rastrojera.
La rastrojera es la de los campos en estos días de agosto. Un
paisaje de piel dura, pero suave de mirar, en que el rojo y amarillo
deslucidos de la tierra se mezclan con la calima gris y el azul
lechoso y lejano del cielo. Es un tiempo que invita al recogimiento,
a meterse en casa, como los lapones en invierno, para salir unas
pocas horas al día a buscar víveres y contacto social. Lejos del
estrépito y el agobio de las playas, o de la novelería del turismo,
la rastrojera invita al viaje interior, la lectura, la
reflexión, la realidad virtual y a soportar alguna que otra resaca.
El momento culminante de esta vivencia espiritual es justo después
de la siesta, cuando comienza a caer la tarde y la luz cegadora, el
aire seco, y el silencio absoluto del campo – punteado a ratos por
el zumbido de la chicharra – dibujan las lindes de un mundo onírico
que parece estar más allá de la vida. O, al menos, de toda
actividad visible o esperable. Es el instante místico del encuentro
con la nada. El nirvana ibérico. La liberación absoluta de
toda preocupación, liberación que se encarna expresivamente en el
gesto sublime y casi salvaje del bostezo...
Pues a este estado rastrojero y
de negación del mundo nos ha conducido la presente situación
política. Lo de “política” se dice por rutina, o por estilo,
porque poco de política, en el más noble sentido, ha tenido
la situación durante estos largos y tórridos meses. El sopor
comenzó ya en junio, cuando los españoles todos, o al menos muchos,
dieron un decidido paso hacia el mismo lugar en el que estaban. Hacia
lo malo conocido. El realismo veraniego sucedió a la engañosa
primavera, esa que siempre hace soñar con amores y vidas de estreno.
Aquel entusiasmo fue tan fugaz como una coalición de izquierdas. No
pudo ser. Este país no quiso cambiar. La sonrisa sexy de los jóvenes
podemitas (y los castizos cánticos de los que ya veían su
patrimonio en manos de las hordas rojas) se evaporó como los ríos
en verano y se trocó en áspera apatía de secarral – que barrizal
ya lo era – y supina indiferencia.
Miren desde el camino, ventana o
ventanilla ese plano continuo del paisaje agosteño, desde el
amarillo quemado de la tierra exhausta al plomizo blanco del cielo.
¿No es como una metáfora del estado moral del país? Así de
arrastrojada se nos ha quedado la urna del alma tras meses de
la misma retórica, las mismas tertulias en la tele, las mismas
maniobras caciquiles, la misma pachorra desvergonzada de los mismos
que todos sabemos que van a seguir haciendo lo mismo en cuanto nos
acabemos de dormir... Pero no se preocupen, alguien vela por
nosotros. Si andan por la rastrojera y dejan que el aire les abrase
un par de horas la cabeza, verán dibujado en el cielo el inmenso
rostro de Rajoy, como un gran buda de sonrisa bobalicona y bostezo
incipiente. La actividad de Gautama-Mariano ha sido estos meses la
levitación estival, la quietud del yoga bajo el sopor del mediodía,
la renuncia a todo deseo menos el de no moverse del sillón. El
presidente en funciones sabe que a sus votantes – mientras nada
cambie, y se mande como Dios manda – les trae sin cuidado la
política. Y a él también. Por eso habla, anda, y casi corre, como
recién levantado de la siesta. Y espera, cabeceando, como una mantis
religiosa con plaza en algún negociado de provincias, que la cosa
caiga por su propio peso. Al fin y al cabo es él o él, o terceras
elecciones (y también él).
Si Rajoy es como el runrún metálico
de la chicharra, Sánchez es el silencio profundo del campo, el mundo
onírico, el viaje interior, el misterio... Si Rajoy lleva meses
paseándose en camiseta y rascándose mientras mira de reojo la
semifinal de algo, Pedro Sánchez es la viva imagen del héroe en
tensión: contraído el rostro, desconfiada y dura la mirada, atento
a la víbora que acecha tras cada matojo. Entre la espada del
harakiri del apoyo al PP, y la pared del nicho en que se ha
dejado colocar por amigos y enemigos, el correoso Sanchez parece que
no se rinde, se revuelve y sigue caminando hacia algún sitio –
protegida la cabeza con unas pocas encuestas desvaídas – en busca
de no se sabe qué: ¿una vuelta más a la ruleta de las elecciones
en un tú contra mi – ¡por fin! – frente a Mariano? ¿Un loco
intento de valor para descender hasta las grutas de Podemos (a
rescatar, quizás, a la Princesa de Errejón)? Sólo él lo sabe (si
lo sabe). La verdad verdadera es que el único que parece jugar a
algo lejanamente cercano a la política es Rivera. Un juego fácil –
prepararle carambolas al PP –, pero que lo tiene – o eso quiere
dar a entender – como puta por rastrojo. Pobre. Pero listo. Ya
veremos si no pasa de palanganero a vicepresidente. Mientras, a
nosotros se nos agostó la
paciencia. Todo esto está a años luz de esa nueva política que no
hace tanto (aunque parezca un siglo) creíamos que podía llegar a
florecer en este país de secano. Hoy solo queda la rastrojera.
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jueves, 18 de agosto de 2016
El extremeñu
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico de Extremadura.
Cuentan que a Gustavo Bueno, el
filósofo recientemente fallecido, le invitaron una vez a integrarse
en ETA, allá cuando la organización independentista daba sus
primeros pasos. Le decían que era un movimiento que, entre otras
cosas, quería recuperar el vasco, el idioma más antiguo de la
humanidad, según ellos. El filósofo – genio y figura – les
contestó: “¡Coño, pues cuanto más antiguo sea, más cerca
estará del lenguaje de los chimpancés!... ¡Vaya mérito que os
atribuís!”. Años después, siendo profesor en Asturias, le dio
por poner en evidencia toda aquella bobada del bable y las
raíces celtas de la patria astur,
motivo por lo cual alguno de sus compañeros – tildado por Bueno de
“cretino” (aunque mejor hubiera sido “soplagaitas”) – lo
denunció y hasta propuso desterrarlo. Por suerte para los
asturianos la cosa no cuajó, y Gustavo Bueno pudo seguir dando sus
prodigiosas clases en la Universidad de Oviedo.
Me viene esto a la memoria por haber
leído hace poco en el diario a un filólogo local quejarse de que el
“estremeñu” – presunta lengua que, según este experto,
hablábamos los extremeños antes de que Franco nos impusiera el
castellano – corre el riesgo de desaparecer por desidia
administrativa y por no estar presente en las aulas ¡Pues no
tenía ni idea de este grave problema! El asunto de la
presencia en las aulas me ha
dejado, por demás, especialmente preocupado. ¡Cómo no
tenían bastante los chicos con dominar el español, el inglés y, a
veces, una segunda lengua extranjera, ahora viene este filólogo a
demandar que se enseñe también el extremeñu (del que él
mismo, por cierto, parece ser su principal investigador, gramático y
poeta vivo)!
A ver. No es por despreciar, pero me
parece que en España hay entrañables dialectos (como el extremeñu)
que, pese a su innegable
valor para lingüistas y etnólogos, no
son lenguas de cultura lo suficientemente relevantes como para
requerir su presencia en la escuela. Y aquello de que sea “lo
que se habló aquí (hasta la imposición franquista del castellano)”
no es ni de lejos (caso de que no fuera un disparate, que lo es) un
argumento suficiente. Recuerdo a un profesor de música lamentarse
hace años de que en su comunidad no tenía tiempo para enseñar a
Beethoven o Brahms. La razón era que gran parte de la programación
estaba consagrada a un músico de la región. “Es mediocre – me
decía compungido –, y está a años luz de los clásicos, pero es
el de aquí, qué le vamos a hacer”. Espero que no ocurra un
día algo parecido con – digamos – El quijote y El
miajón de los castuos.
Siempre he presumido de que los
extremeños no hayamos entrado al trapo de la demagogia nacionalista,
con su chovinismo barato, sus mitos edénicos, su victimismo, o su
burda confusión entre cultura y folclore. Tal vez sea por falta de
una burguesía deseosa de acaparar poder. O porque, por vivir en
tierras de frontera, estemos hechos a integrarnos con gentes y
culturas diferentes. El escritor Jesús Sánchez Adalid, al recibir
hace años la Medalla de Extremadura, dijo que los extremeños
carecíamos de identidad y que, gracias a eso, éramos libres.
Sumar identidades – y no buscar diferencias – ha sido, hasta
ahora, nuestra forma de ser y crecer.
Confieso (y de esta me destierran) que
cuando mis alumnos me piden consejo al acabar el bachillerato les
invito a estudiar lo más lejos posible. No es que aquí la
Universidad me parezca mejor o peor. Es una simple medida de higiene
mental. Hace años, hasta los españoles más humildes – bien que
solo los varones y por la tosca vía del servicio militar – estaban
obligados a salir del terruño al menos una vez en su vida. Hoy, un
chaval puede estudiar desde primaria hasta el grado universitario sin
moverse de su pueblo. ¡Solo faltaba que lo hiciera en el dialecto
local! Tanto provincianismo no puede ser bueno. Como tampoco –
y esto es obsesión mía – el invertir hora tras hora en aprender
lenguas. Si me dejaran gobernar el mundo propondría el esperanto
para todos: la de tiempo que ganaríamos para pensar en qué
decir, en lugar de en cómo decirlo. Porque – con
permiso de los filólogos – lo importante no está en los detalles.
Sino en lo importante. ¿Lo digo en extremeñu?
jueves, 11 de agosto de 2016
Microfanatismo
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
A todos nos preocupa que unos fanáticos
terroristas asesinen al autor de una viñeta cómica o un libro
“blasfemo”. Pero, además de esos bárbaros acontecimientos, cada
día ocurren a nuestro alrededor pequeños actos inquisitoriales que,
aun en grado infinitesimal, representan el mismo tipo de integrismo
intolerante e intolerable.
Desde hace algunas semanas – por
ejemplo – hay una campaña en las redes para forzar a una editorial
a retirar un libro juvenil (“75 consejos para sobrevivir al
colegio”, de María Frisa) en que las opiniones de un personaje de
ficción, sacadas de contexto, han sacado de quicio a algunos
vigilantes de la pureza ideológica de nuestros jóvenes. Podríamos
comparar las acusaciones de estos celosos moralistas (el libro –
dicen – es una arenga machista que incita a desobedecer a los
padres) a las de los inquisidores de los titiriteros encarcelados
hace unos meses en Madrid (la obra – decían – era un arenga
etarra en la que se burlaban de jueces y policías). En ambos casos,
por cierto, los censores reconocen desconocer lo que censuran (no han
leído, por lo general, el libro ni visto la obra de títeres), y en
ambos se ha utilizado a los niños como levadura (infalible) de la
indignación ciudadana.
No son los únicos casos. Más o menos
recientemente hemos visto detenciones de señoras por acarrear bolsos
de sospechoso diseño, procesamiento de concejales por hacer chistes
de mal gusto, linchamientos virtuales (y reales) por opiniones
anti-taurinas o vídeos machistas, denuncias en torno al contenido de
conversaciones privadas, y un largo etcétera de pequeños actos de
radicalismo popular y no tan popular.
Del afán por amordazar la libertad de
expresión y dar escarmientos públicos de parte de la derecha en el
gobierno no me extraño en absoluto – más ahora que el
neoliberalismo ha de adoptar la piel del populismo más cavernario
para llevarse de calle a las víctimas de sus políticas económicas
–. Y de la vena inquisitorial de cierta izquierda moralmente
iluminada, en el fondo, tampoco. El problema es que estos últimos
dan más miedo. A diferencia de los cínicos demagogos liberales, los
paladines de la corrección política de la izquierda son verdaderos
y entusiastas catequistas. Creen, de verdad, que hay que prohibir o
censurar todo lo que atente, critique o ponga en solfa sus posturas
ideológicas, desde los libros machistas a la religión en las
escuelas.
Lo de los libros es preocupante. Toda
la literatura que conozco contiene valores políticamente incorrectos
(machistas, belicistas, anti-ecologistas, etc.) ¿Debemos pedir que
se retiren los libros (o, al menos, las versiones escolares) de
Homero, Eurípides, Fray Luis, Quevedo, Wilde y otros tantos miles?
¿Censuraremos los cuentos clásicos infantiles? ¿Sacaremos también
de los museos los cuadros en los que, por ejemplo, se trata a la
mujer como objeto sexual? Casi todos los filósofos que leen
mis alumnos (menores de edad) son igualmente sospechosos: Platón era
antidemócrata, Aristóteles defendía la esclavitud, Nietzsche, un
machista de cuidado, Heidegger un nazi.. ¿Los suprimimos en bloque?
Obviamente, ese no es el camino. Si
queremos que los valores y principios que defendemos (y el feminismo
y el ecologismo son muy dignos de defenderse) rijan la vida de la
gente, lo último que debemos hacer es imponerlos. El debate crítico,
en el que todos manifiestan su opinión, sin censuras, es la única
forma, legítima y eficaz, para convencer a otros del valor de tus
ideas.
El problema, claro está, es cómo
debatir con un fanático, cuyas ideas suelen estar blindadas. Si
criticas, por ejemplo, el afán censor de cierto feminismo hooligan,
es que no puedes pensar más que como un macho. Si
cuestionas al ultra ecologista la presunta maldad de los alimentos
transgénicos es que te han manipulado o comprado las
malvadas multinacionales.
Etcétera. Es como lo que me decía un cura, de joven, cuando le
argumentaba contra la existencia de Dios: “Eso, hijo mío,
es el Señor que te pone a prueba”.
Los creyentes tienen respuesta para todo. Lo jodido es que lleguen al
poder y descubramos que también tienen leyes para todo.
sábado, 6 de agosto de 2016
Censurar libros
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura y en el diario.es
Miles de personas, a través de
mensajes, comentarios y subscribiendo peticiones en la red, exigen a
una conocida editorial que retire de circulación un libro (“75
consejos para sobrevivir en el colegio” de María Frisa), escrito
para el público infantil, en el que la protagonista, una niña,
narra sus avatares diarios e inventa, en clave irónica y
humorística, una especie de “manual de supervivencia” en el que
dice cosas como.... ¡Como las que diría cualquier niña sana y
espabilada de 12 años! Cosas que, a veces, y gracias a Dios, hacen
saltar del sillón a sus padres. Leyendo el libro uno no encuentra
nada que no se pueda leer en otros – muy conocidos – de estilo
similar (como la serie de Manolito Gafotas, de Elvira Lindo),
ni nada comparable con el tipo de crítica vitriólica e incorrección
política de series geniales y archiconocidas como Los Simpson
o South Park. Una de las cosas admirables de estos tórridos
tiempos es la cantidad de productos de entretenimiento de calidad –
y a la altura de su inteligencia – con los que cuentan niños y
adolescentes. Lo que no parece que haya mejorado mucho es el grado de
calidad de sus padres.
A muchos padres nacionalcatolicistas de
hace 50 años, censores para sus hijos de todo lo que no fuera el
catecismo, Roberto Alcazar o Sissi Emperatriz, le suceden hoy una
caterva de padres “progres” obsesionados igualmente porque sus
hijos observen a rajatabla sus valores y sean, desde ya,
ecopacifistas o feministas, tomen alimentos orgánicos o desconfíen
de la tecnología. Por suerte, los niños, que, pese a sus padres,
tienen siempre reservas inagotables de lucidez, siguen desobedeciendo
y riéndose de ellos y sus absurdas prevenciones en cuanto pueden –
¡una mezcla de los imperativos
de la selección natural y la diabólica simiente de
Adán y Eva! –. Sé de niños que, por haberles prohibido jugar
con videojuegos en casa, se muestran como furiosos ludópatas en
casas ajenas y más permisivas (mientras que los niños de esas
familias, a los que se les deja jugar a placer, comparten ese
entretenimiento con otros mil con absoluta normalidad).
Mis amigos más pacifistas,
naturistas o ultrafeministas, han tenido que apearse del burro cuando
sus hijos, contra toda suerte de sibilinas censuras y chantajes, se
han empeñado en sus metralletas de juguete, las asquerosas
salchichas del super, o los más escotados
trajes de princesa. Lo bueno es que, gracias a eso, ahora se
puede discutir con los padres y bromear sobre los transgénicos o
contar chistes machistas, sin que se cabreen y te excomulguen. Sobra
decir que con esa actitud conseguirán mucho más de sus hijos que
forzándolos a la fe puritana en sus creencias. Aunque me juego la
vida a que algunas de esas creencias no podría soportar más de diez
preguntas seguidas de esas hachas del pensamiento lógico que son los
niños y adolescentes (no digamos un buen estudio comparativo entre
lo que dicen pensar, lo que piensa de verdad aunque no lo
digan, y lo que hacen sin pensar sus
buenos padres).
Pero con todo, lo más grave de todo
esto no es la cantidad de padres y adultos que no se acaban de
enterar de lo maravillosamente listos que son los niños – niños
que, para crecer, tienen inevitablemente que desobedecer, reírse y
cuestionarlo todo sin remedio (Freud lo diría de forma más cruda,
pero más vale no meter también el sexo en todo esto) – . Lo
más grave, más allá del caso concreto de este libro, es la
cantidad de fanáticos y cretinos morales que campean peligrosamente
a nuestro alrededor, y que, si viviéramos en otras épocas, o
cambiaran su furiosa moralina o sus creencias “new age” por una
religión de las de verdad, serían discípulos de Torquemada o de
cualquier ayatollah degollador de infieles.
La persona que ha iniciado la recogida de firmas en Change.org para
obligar a retirar el libro que comentábamos se dice harta de que la
tilden de fanática pero, a la vez, afirma que “nada puede hacerle
cambiar de opinión”. Nada de lo que digamos, pues, nos libraría
de la hoguera, caso de estar en las manos de este decidido justiciero
que, con su actitud, está dando, sin duda, un ejemplo infinitamente
más pernicioso que toda la presunta incitación al acoso del libro
que fustiga.
Todo este torquemadismo
por un libro es un gota más del vaso que van colmando, día sí, día
no, algunos de nuestros iluminados gobernantes y conciudadanos, ya
desde la derecha más reaccionaria, ya desde el progresismo más
miope. Juicios por declaraciones o bromas de mal gusto en las
redes, detenciones por acarrear bolsos con lemas presuntamente
insultantes, encarcelamiento de tirititeros, denuncias por
conversaciones privadas obtenidas de un móvil robado...¡Es
alucinante! Pero no lo es menos desde el otro lado de lo mismo. Hace
unos días publiqué un artículo contra la celebración del Toro de
la Vega en Tordesillas, pero cometí el error de darle un título
ambiguo (“Tordesillas, o el crimen como una de las bellas artes”).
Algunos animalistas, que no habían leído – o entendido – el
artículo, me identificaron en seguida como defensor de la fiesta, y
me pusieron de vuelta abajo con una virulencia que daba verdadero
pavor. Hace ya tiempo, a un ginecólogo se le ocurrió publicar un
libro en que criticaba las supuestas bondades de la lactancia
materna. Para que quiso más. Hordas de adeptas de la religión de la
santa lactancia pidieron retirar el pernicioso libro. Todos los
fanáticos se parecen en eso: se sienten, en el fondo, tan poco
seguros de sus indubitables creencias, tienen tanto miedo a caer en
la tentación de la duda, que se ven forzados a prohibir todo lo que
parezca atentar, critique o se cachondee de sus sagrados mitos.
Y que conste que hay libros – por
suerte – muy perniciosos para los niños, capaces de sacarles de la
inocencia como la mejor de las malas compañías. A estos libros, si
se empeñan, se los puede desautorizar de mil maneras (no
nombrándolos nunca, poniéndolos en el estante más alto de la
librería, publicando feroces reseñas sobre ellos, cuestionando su
uso educativo por motivos muy razonados...) pero nunca
prohibirlos. Prohibido prohibir libros.
Porque escribir no es cometer ningún delito, ni una incitación a
cometerlo a lectores presuntamente tontos de baba. Los
niños (salvo que solo lean lo que les indican sus padres) no son tan
estúpidos como para entender literalmente una obra de ficción.
¡Justo porque no son tan estúpidos
es por lo que les gusta leer esos libros!
Gracias a obras como las de María Frisa, o a series
gamberras como South Park, Los Simpson o Bob Esponja (y supongo que,
también, muchos videojuegos) los chicos están bien vacunados, hoy,
contra la memez moral de muchos de sus mayores. Como canta
Serrat: “bienaventurados los que lo tienen claro, porque de ellos
es el reino... de los ciegos”. Pues eso. Ya sé el libro que le voy
a regalar, para que abra bien los ojos, a alguna de mis sobrinas.
viernes, 5 de agosto de 2016
La barbacoa de Mirandilla
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Correo Extremadura
Aquí, en mi pueblo, que es también el
suyo y al que están ustedes invitados, el Ayuntamiento tuvo la feliz
idea – hace un año, ya – de recuperar un paraje natural, situado
a las afueras, y que andaba casi convertido en un vertedero. El lugar
es bonito, lo cruza una cañada real y está rodeado de charcas
frecuentadas, en invierno, por multitud de aves. Está cerca, además,
del parque natural de Cornalvo, y de restos arqueológicos
importantes, como los de la basílica paleocristiana de Casa Herrera.
Dicho y hecho, el Ayuntamiento se
aplicó a la “recuperación ambiental del paraje” (así
reza en el proyecto financiado por la Junta de Extremadura y fondos
europeos). Cubrió el vertedero de tierra y sembró decenas de
árboles, dejando unos – misteriosos – claros entre unos y otros.
A los pocos días, alisó y anchó la pista que conduce al lugar, y
dispuso en aquellos claros unos bancos de madera, modelo chiringuito
rústico, que no eran más que el preludio de lo inevitable, de la
guinda del pastel (o más bien del relleno del pavo): unas enormes
barbacoas de piedra y ladrillo que – orgullo del albañil que las
perpetró – parecían, entre los árboles aún raquíticos, tótems
prehistóricos de alguna tribu consagrada al consumo obsesivo de
chuletas.
Enseguida entendí lo que, en mi
pueblo, significa “recuperación ambiental de un paraje natural”.
Nada de conservar senderos o construir observatorios para contemplar
pájaros. ¡Quita ya! Lo “natural” era reconvertir caminos en
pistas de cuatro carriles, sembrar mesas y barbacoas de uso público
(por si alguien olvidó la suya), y – menos mal – dejar crecer
algunos árboles para dar sombra a los comensales. Porque en mi
pueblo (que es el suyo), disfrutar, lo que se dice disfrutar de la
naturaleza, consiste fundamentalmente en dejar el coche bajo un pino
– abierto para oír bien la radio –, sacar sillas y mesas
playeras, y pasar el día comiendo y bebiendo hasta no poder más.
Lo de contemplar la fauna o escuchar los pajarillos mientras se
degusta un libro o se mantiene una plácida conversación es de una
sosería que igual mola en Dinamarca, o en la Selva Negra, pero que
aquí no aguanta ni Dios.
En mi pueblo, que no es de gente
ecologista y con poca sangre, a la naturaleza no se la
contempla, más bien se la usa sin
contemplaciones: para tirar basura, para limpiar el coche,
para hacer moto-cross o para pegar tiros a todo lo que se mueva. Y,
sobre todo, y por lo visto (en nuestro famoso paraje), para criar y
comer chuletas.
Porque hay que comer chuletas. Hasta no
hace mucho, en mi pueblo y en tantos otros, tener un cerdo en el
corral era un seguro de vida contra el hambre, y la carne un lujo
destinado a los días de fiesta. Ahora, criar cerdos, terneras,
corderos o pollos en serie es un negocio boyante. Y comer carne
todos los días y a todas horas la reacción a siglos de carestía,
un signo popular de estatus y vigor, y una mezcla entre el carpe
diem latino y el estilo de vida importado de las
urbanizaciones anglosajonas que se ven en la tele.
De poco sirve recordar a la gente los
peligros para la salud que acarrea el consumo de carnes rojas,
ni la suma de sustancias sospechosas que se inoculan a los
animales para asegurar su rentabilidad, ni el incalculable
sufrimiento que se les infringe en las granjas industriales en
las que se les engorda en un cajón del que no salen hasta llegar al
matadero. Ni eso, ni mostrarles que el mantenimiento del ganado que
llena de carne las barbacoas del primer mundo genera la mayoría de
los gases de efecto invernadero, o que consume la mayor
parte del grano que se cultiva en el planeta. De hecho, con
apenas un 15% de ese grano se acabaría, mañana mismo, con el
problema del hambre.
Pero no. Si alguien filmara un
documental sobre el entorno natural de mi pueblo, podría prescindir
de esos fondos musicales tan cursis mezclados con el sonido del agua
y los pájaros y reproducir, sin complejo alguno, las canciones de
Georgie Dann. ¿Se acuerdan? Yo las llevo escuchando durante todo
el rato que he tardado en escribir esto, aquí, al lado de este
valioso paraje natural donde ya no queda un solo ser vivo que no esté
alrededor o dentro de... ¡La barbacoooa!...
martes, 2 de agosto de 2016
El retorno de la reválida
Artículo originalmente publicado por el autor en eldiario.es y El Periódico de Extremadura.
A partir de ahora, mi padre ya tendrá
algo en común con sus nietos: las historietas de cuando, en pantalón
corto y muerto de miedo, tenía que recitar la lista de los reyes
godos ante un siniestro tribunal de cátedros para sacarse el
bachillerato. ¡Sí, vuelve la revalida! Como en el peor episodio de
alguna de esas series nostálgicas de la tele. El gobierno, que está
en funciones para lo que le interesa (para evitar comparecer en
comisiones parlamentarias, por ejemplo), aprobó hace unos días el
decreto según el cual a los alumnos de 16 y 18 años ya no les basta
con aprobar la ESO o el Bachillerato; si quieren el título, tendrán
que superar, además, una serie de exámenes elaborados por un comité
de subsecretarios del Ministerio. Serán cinco días resolviendo
problemas y marcando casillas de test para obtener entre el 30% y el
40% de su nota final. Así que, ya saben, procuren que durante la
semana de la revalida sus hijos no están enfermos, ni nerviosos, ni
afectados por problemas personales, porque lo que hagan durante esos
cinco días valdrá prácticamente lo mismo que lo logrado en todos sus años de estudio.
Pero las revalidas no solo ningunean el
trabajo de los alumnos, sino también el de los profesores. Cientos
de clases, ejercicios, trabajos, exámenes y reuniones no serán suficientes para
autorizar sus evaluaciones. Estas se supeditan ahora al (y se
igualan, prácticamente, en cuanto al valor final, con) el
examen de cinco días de los burócratas del Ministerio. Otra pedrada
más (y van...) a la dignidad del profesorado.
Olvídense, también, de todo lo que
sea innovación pedagógica: ni educación por proyectos, ni trabajos
de grupo, ni debate o diálogo crítico en las clases, ni expresión
artística, ni educación en valores, ni nada que no quepa convertir
en preguntas tipo trivial acerca de contenidos estandarizados. Por demás, dada la extensión de tales contenidos los profesores tendrán que olvidarse de enseñar nada para convertirse en una suerte de “preparadores de oposiciones” para adolescentes de
12 a 18 años. Si siempre ha sido difícil retener la atención de
los chicos, imaginen ahora para inculcarles de memoria los
hipertrofiados temarios LOMCE, o para ensayar con ellos un test tras
otro, como en las autoescuelas.
Por otra parte, la justificación del
gobierno – dada en el propio decreto – para, pese a estar en
funciones, imponer una ley que rechaza la mayoría de la comunidad
educativa y la totalidad de los partidos políticos, es desvergonzada
hasta decir basta. De un lado, se escuda en la urgencia de
reglamentar las pruebas para, a continuación, dilatar su
concreción... ¡Hasta finales de noviembre! (De lo que se trataba,
es obvio, era de aprobar el decreto antes de tener que gobernar en
minoría). De otro lado, acude al conocido argumento acerca del valor
de las revalidas para fomentar el rendimiento y la motivación de los
alumnos, algo que se ha revelado, una y otra vez, como ineficaz y
que, desde una torpe y desfasada filosofía pedagógica, coloca a los
alumnos – a su supuesta “pereza” e irresponsabilidad – como
principales responsables de los problemas del sistema educativo.
Porque de lo que se trata, en el fondo,
es de imponer de nuevo la vieja “pedagogía” de palo y
tentetieso. Esa pedagogía castiza incapaz de entender que alguien
pueda disfrutar con el aprendizaje, que exhibe soluciones simplonas
(¡más exámenes!) para problemas complejos, y que inculca en los
alumnos, no el amor por el conocimiento o las actitudes cívicas,
sino la obsesión por los resultados cuantitativos (y el
correspondiente sentimiento de culpa cuando estos no se logran). Una
pedagogía, esta, en retroceso, y que ha mostrado una y mil veces su
absoluta inutilidad. Así, mientras en Europa (¡y en las mejores
escuelas de pago!) se vira hacía pedagogías comprensivas, con
currículos flexibles, pocos exámenes, y centradas en la motivación
y el interés del alumno, aquí volvemos al espíritu de las
revalidas – ¡con el que ya acabó la ley franquista de 1970! – y
al modelo de escuela de Don Minervo, el maestro cazurro de los
hermanos Zipi y Zape.
Urge, pues, hacer algo para evitar este
dislate que, además, amenaza a la ya maltrecha escuela pública.
Pues la revalida también servirá para clasificar (y dotar) a los
centros en función de los resultados de sus alumnos (con una no
especificada ponderación según el nivel socioeconómico de los
mismos). Esto, como ha pasado en otros países, solo servirá para
crear centros marginales a los que nadie querrá ir, y, claro está,
para animar la demanda de los concertados y los privados, en los que
no suele encontrarse uno niños de familias poco fetén – de
esos que bajan las medias –.
La Generalitat de Cataluña ya ha
anunciado que recurrirá el decreto. Otras comunidades, como Castilla-La Mancha y Extremadura están estudiando, también, el recurso. Alguna confederación de padres
(CEAPA) anuncia medidas. Es hora de que el resto de las comunidades autónomas (que, además, han quedado absolutamente
excluidas del proceso de elaboración de esas malhadadas revalidas)
manifiesten su oposición. La
derogación de este decreto (o de la Ley Wert en su totalidad)
tendría que ser condición innegociable de cualquier negociación
política.
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