lunes, 29 de diciembre de 2025

Sobre educación y filosofía: una entrevista en El País

 Aquí tenéis el enlace de la entrevista que nos hizo hace unos días Ignacio Zafra para El País. La entrevista fue, en realidad, mucho más larga, y trató en gran medida de lo contenido en el libro, de reciente publicación, sobre la situación de la enseñanza de la filosofía en el ámbito iberoamericano, especialmente en España. Lo publicado por el periódico refleja solo parte de la segunda parte de dicha entrevista, en la que charlamos distendidamente sobre la situación actual y los retos de la educación en nuestro país. Como podéis comprobar, la entrevista tuvo una gran difusión. 



¿Y qué pasa si gana la derecha?

 Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico de Extremadura


Parece claro que se avecina un nuevo ciclo político en el país, que es la forma elegante de decir que el poder va a cambiar de manos. Tampoco mucho, ya saben, porque, para bien y para mal, el poder, en un sentido profundo, no depende exactamente de a quién vote o deje de votar la gente, pero alguna diferencia sí que vamos a notar. Apunto alguna de las que se me ocurren.

Desde un punto de vista económico, la derechización del país supondrá una privatización de servicios públicos y una relativa bajada de impuestos, lo cual beneficiará a empresarios, propietarios y especuladores, pero no a la mayoría, que tendrá peores prestaciones sociales (por ejemplo, sanitarias). Por otra parte, una ultraliberalización del negocio inmobiliario provocará un acceso más complicado aún a la vivienda (que es donde más se invierte en este país). En el sector primario, una hipotética desburocratización de las actividades agropecuarias supondrá menos control de lo que comemos y más riesgo de epidemias; y una mayor restricción de las importaciones agrícolas, como piden las patronales del campo (añadida al previsible descenso de las subvenciones públicas por la bajada de la presión fiscal) significará una cesta de la compra significativamente más cara.

En cuanto a la cuestión migratoria, una vez en el poder, y dada la necesidad de mano de obra, probablemente no se tomen más que medidas cosméticas, a la vez que se minimizan aún más las ya casi inexistentes políticas de integración. El resultado será una población inmigrante similar, pero más estigmatizada y menos integrada. Un cóctel explosivo.

En el resto de ámbitos, los cambios son también previsibles: más dinero para la enseñanza privada (y mayor deterioro aún de la pública) y menos para políticas sociales (olvídense de ayudas a personas en riesgo de exclusión, fondos para la cooperación internacional, medidas efectivas contra la violencia de género o criterios de sostenibilidad que protejan las costas o el patrimonio natural de la rapiña urbanística); más desregulación del ecosistema digital controlado por las grandes compañías tecnológicas y más control policial de las calles (vean las barbas del vecino americano); más retórica nacionalista y menos cultura crítica; etc.

En cuanto a la izquierda, le viene bien que gobiernen la derecha, e incluso la ultraderecha. Para que esta pierda su aureola de partido antisistema (¿habrá sido el objetivo secreto del PP y el PSOE el regalarle a VOX una elecciones en Extremadura?) y para que aquella tenga tiempo de reinventarse. Porque ni se puede vivir permanentemente del «no pasarán», ni de moralinas y banderas que más que despertar pasiones las enconan y que, en todo caso, no mueven a la mayoría. Las bazas de la izquierda deben ser una racionalización de la economía que permita sostener un estado del bienestar más austero y comunitariamente orientado (evitando la «cultura del subsidio» e integrando sin complejos a la población inmigrante) y la apuesta por una gobernabilidad mundial que garantice el cumplimiento efectivo del derecho internacional y promueva un desarrollo sostenible y justo a medio plazo. Con esos objetivos y con un equipo de gente que no enferme de egolatría, la izquierda aún pueden soñar con ser una alternativa política real. A ver cuántas navidades hacen falta. Y digo navidades porque como sean «solsticios», van a ser infinitos. Ellos ya me entienden (o eso espero).

 

martes, 23 de diciembre de 2025

De navidades y solsticios


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico de Extremadura.


Entre mis amigos ya no se estila el “feliz Navidad”, ni el neutro “felices fiestas”; ahora lo que mola es el “feliz solsticio”. Te lo sueltan así, con un poco de sorna y provocación adolescente, y un mucho de la seriedad que aureola al ateo cuando condesciende a desengañar a los pobres creyentes – y ya que condesciende, a compartir la fiesta con ellos, porque mis amigos del “feliz solsticio”, aun refunfuñando, celebran las navidades como todo cristo – . 

Pero vamos a lo del “feliz solsticio”, que es lo más entretenido de todo. ¿Qué pretenderán celebrar mis amigos ateos cuando celebran el solsticio de invierno? Digo yo que no celebran que la Tierra siga en su órbita, y que, por eso, haya más o menos luz solar en determinadas partes de la superficie del planeta (todo lo cual, así contado, da para algún documental, pero no para dos semanas de jolgorio). Tampoco creo que se refieran a lo que se celebra popularmente como solsticio de invierno en todas partes del mundo (y que tanto tiene que ver con el rito cristiano de la Natividad): el renacimiento de la Luz y la Vida en su batalla anual con las Tinieblas de la Muerte, etc., etc. (todo lo cual, dicho así, suena demasiado a mitología y religión). Así que, por eliminación, supongo que lo que mis solsticiales amigos celebran es que el mundo obedezca unas ciertas leyes astronómicas que regulan su comportamiento y nos libran, así, del caos y la extinción. Esto es – al menos – lo más científico y menos religioso que se me ocurre que podrían celebrar. Cierto que esto lo podrían hacer en cualquier otro momento del año (pues en todos rige el mismo conjunto de leyes astronómicas), pero igual, por deferencia a nosotros, lo festejan especialmente en Navidad. Vete tú a saber. 

En cualquier caso, los ateos del solsticio tiene razones de sobra para celebrar que el mundo esté regido por las leyes que descubre la ciencia. ¡Vaya si lo están! ¿Habrá algo más grande y extraordinario que estas leyes? Dense cuenta. En primer lugar, las leyes científicas no cambian (¡ni aún las propias leyes del cambio cambian!); son eternas, como los vampiros. En segundo lugar, no ocupan espacio (¡ni siquiera las de la geometría!), por lo que son incorpóreas, como los fantasmas. En tercer lugar, determinan y permiten predecir los sucesos (¡hasta los que ocurren en el cerebro de los sabiondos que las descubren!), así que son omnipotentes – o casi – , y preexisten a todo lo que pasa. ¡No es, pues, para adorarlas como a un Dios – aunque sea con toda la razón – !

De otro lado, piensen ustedes en lo que es un solsticio. El recomenzar de un ciclo, la repetición de lo mismo, la renovación de lo que, aparentemente, murió de viejo. ¿No reconocen en todo esto algo? Recapaciten: si algo es regular es porque se repite, y si se repite es porque, en algo, no cambia. Y lo que no cambia, lo que siempre está igual, está necesariamente fuera del tiempo. ¡Esto celebra el solsticio: el triunfo anual sobre los años, el recuerdo de que no todo se lo lleva el tiempo! O la certeza de que el tiempo, tal vez, no se lleva nada. Porque a ver. Piensen ustedes en ustedes. ¿Podrían ser quienes son si no se repitieran un poco como los ajos o los solsticios? Pues eso que se repite en ustedes -su «identidad» o «esencia» dicen los filósofos- no puede ser puro tiempo. Si lo fuera jamás podrían decir aquello tan divino de «yo soy el que soy» (sin que el primer «soy» se pudriese enseguida en un «era»), y si no pudieran decir siquiera eso, no podrían decir nada de nada. 

Lo siento (y a la vez me alegro) por mis amigos ateos. Pero lo que el solsticio y la Navidad celebran son idéntica cosa: el milagro de que aquí en la Tierra, donde todo parece tiempo y cambio, logremos bañarnos dos veces en el mismo río. Esta maravillosa conmensurabilidad entre lo eterno y divino del ser y de las leyes, y lo fugaz y aparente de las cosas, es lo que nos recuerdan el dios (el "logos", según el Evangelio) que se hace carne y las leyes que se hacen mundo. Bienvenida sean, pues, como cada Navidad y cada solsticio, la luz y la verdad a esta pobre caverna que somos. ¡Y ustedes que las disfruten!


Desarmar el belén

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura y en el Diario de Ibiza.


 El próximo 25 de diciembre (según la adaptación gregoriana del calendario latino, inspirado en el año solar egipcio y la división babilónica de horas y semanas) celebraremos la venida al mundo de Jesús, el Hijo de Dios para los cristianos. Ya saben, ese señor que por influencia irania nos imaginamos barbado y melenudo, y cuya vida y milagros tanto se parecen a los de una decena de dioses paganos. Tanto es así que se le hizo nacer el 25 de diciembre para que su natalicio coincidiera con los ritos solsticiales de la competencia. El resto, como suele decirse, es historia. Una historia creada a base de cosmopolitismo paulino, filosofía neoplatónica, estoicismo romano y el trabajo de un «think tank» de judíos helenizados emperrados en darle forma doctrinaria a las leyendas sobre el mesías de Galilea…

Pues bien, no pierdan comba, porque a todo este fabuloso invento del Belén y la Nochebuena vamos a sumarle, durante los próximos días, las reuniones en torno al «árbol de navidad» (rito importado del mundo anglosajón, como Halloween o el Black Friday), los atracones de turrón de Jijona (legado por los árabes), o el jugar compulsivamente a la lotería (invento de los mismos chinos en cuyos bazares nos proveemos hoy de todos los perifollos navideños). 

Por si esto fuera poco, tras la horterada televisiva del Año Nuevo y el correspondiente y afrancesado cotillón, nos dedicaremos a esperar que tres reyes magos orientales (uno blanco, otro asiático y otro africano, según la tradición medieval; aunque en América sumaron uno inca) nos cubran de regalos comprados en Amazon. Eso si antes no nos ha visitado también Papa Noel (o Santa Claus), un obispo griego nacido en Turquía, posteriormente ascendido a dios vikingo, al que los norteamericanos convirtieron en icono popular a finales del XIX.

No sé si me estoy explicando, pero miren que no hay una sola tradición humana (navideña o no) que no sea fruto del mestizaje cultural. ¡Y que tras todo esto que cuento (en esta hermosa lengua nacida del latín y bellamente contaminada, como todas, por cientos de lenguas más) vengan los de Vox a salvar las tradiciones patrias de la influencia extranjera – especialmente de la de sus abuelos los moros –! Es para mear y no echar gota. O lo sería si no fuera porque sus proclamas de barra de bar se parecen demasiado a la demagogia incendiaria responsable de deportaciones, pogromos, matanzas y genocidios por todo lo ancho y largo del planeta. Piensen en ello, por favor, antes de reírles las gracias en las urnas.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

El sentido común de Vox

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Hay que empezar por reconocer que el lema de la campaña extremeña de VOX, «Vota sentido común», es magnífico. Con él no solo te olvidas de que se trata de un grupo ultra y antisistema (¡uno de cuyos objetivos fundacionales era acabar con los gobiernos autonómicos!), sino que consigue que lo asocies a esa supuesta «sensatez apolítica» que valoran muchos ciudadanos hartos de que se confunda la política con el abuso partidista y sectario del poder. 

¿Pero qué nos quiere vender Vox bajo ese lema de campaña? Veamos. Su primera propuesta es «acabar con la corrupción» de los partidos mayoritarios, aunque no nos dice cómo. Se limita a pedir que creamos que, cuando ellos sean un partido mayoritario, no se van a corromper. Pero esto es fe, no sentido común (menos aún cuando sabemos que Vox ha sido sancionado ya varias veces por financiación irregular). 

Otras propuestas de Vox son derogar las «leyes ideológicas» y garantizar una «educación libre de adoctrinamiento». Pero tampoco está claro de qué va esto. ¿Van a eliminar, por ejemplo, la enseñanza de la «doctrina» católica en las escuelas? ¿Van a derogar todas las leyes inspiradas en alguna ideología política (es decir, todas, incluidas las suyas)? Lo dudo. 

También prometen (como todos los partidos) la mejora de las infraestructuras y los servicios públicos; pero tampoco aquí te explican de qué manera. ¿Cómo van a mejorar, por ejemplo, la atención sanitaria a la vez que bajan drásticamente los impuestos? ¿Privatizándola? ¿Eliminando inmigrantes del sistema de salud? ¿Incluirán en ese caso a los miles de médicos extranjeros que nos atienden en mutuas y hospitales? ¿Quién va a trabajar entonces en el campo, en la construcción o en la industria (al menos mientras las políticas de natalidad no surtan efecto y nazcan miles de españoles de pura sangre que, además, quieran poner ladrillos o recoger aceitunas)? ¿Es factible traer a los inmigrantes solo para trabajar y esconderlos luego, para que no «contaminen» nuestras costumbres? Todo esto no está claro.

Otro asunto es la regeneración de las zonas rurales. Vox insiste en proteger las tradiciones, la caza y rechazar el «fanatismo climático» y la burocracia medioambiental, pero los jóvenes no se quedan en los pueblos para poder cazar, la crisis climática (abrumadoramente avalada por la ciencia) es una amenaza real para nuestra tierra, y la burocracia (mejorable, sin duda) es un mal necesario para, por ejemplo, evitar corruptelas o epidemias masivas …

Yo no veo, en fin, que las propuestas de Vox sean de «sentido común»; son más bien ambiguas, simplonas y, si uno las piensa, bastante malas (o, como poco, muy discutibles). Otra cosa es que uno las vote sin pensarlo mucho o porque no quiera votar a los «mismos de siempre». Pero entonces el lema apropiado tendría que ser otro: «¡Vota sin darle muchas vueltas!», o «¡Prueba con nosotros!» … Pero no «Vota sentido común». Porque no lo tiene. 

miércoles, 3 de diciembre de 2025

La IA y el fin de la escuela

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Confieso sin vergüenza no estar al día de todos los enredos digitales que utilizan los profesores. No tengo tiempo (ni ganas, la verdad) de embarcarme en la inacabable tarea de actualizar mis habilidades como cliente/promotor (sin sueldo) de las empresas tecnológicas que han colonizado (también) el mundo educativo. El tiempo que me ahorro lo ocupo en actualizar y ampliar mis siempre insuficientes conocimientos académicos y didácticos.

Pero ante la descontrolada penetración de la inteligencia artificial en las aulas, mi impericia cibernética clama ya al cielo (espero que este artículo no lo lea ningún inspector; o bueno sí, a ver qué pasa). Impericia y perplejidad al leer los trabajos – prosa exquisita, sorprendente erudición, conclusiones asombrosas - de alumnos que sin el «autotune» de la IA apenas son capaces de escribir o comprender un texto sencillo. Y desconcierto e impotencia al no poder atender como antes a la sagrada administración de calificaciones. ¿Cómo? ¡Si hasta en los exámenes utilizan ya micro artilugios propios de la CIA para resolver las preguntas con el «chatyipití»!

A servidor le encantaría aprovechar la circunstancia para rebelarse contra la obsesión  evaluadora (eso que, siendo lo contrario, confunden algunos con la educación) y llamar a la confianza en el genuino (y desigual) interés por aprender del alumnado. Pero me temo que para tan platónica proclama ya no queda tiempo. El inmenso negocio que supone, no ya el acceso a la información sino, ahora también, la forma de generarla, se ha agarrado de tal forma al mundo educativo que no solo ha convertido a los docentes en fabricantes de datos (la evaluación es fundamentalmente eso), sino que amenaza la existencia misma de la escuela. No sé si lo verán mis ojos, pero mucho me temo que la escuela (especialmente la escuela pública) acabara sustituida por procedimientos de formación personal tutorizados por IA y suministrados a demanda por las propias empresas. El Estado (si aún existe) se ahorraría con ello un pastizal en maestros y profesores, pero perdería también su último prurito de poder (el de educar a la ciudadanía), y los ciudadanos el casi último espacio de socialización real, estable y no comercial que les quedaba. Quién sabe, tal vez bajo el gobierno de Google, Amazon y Microsoft nos vaya (y nos eduquen) mejor. Pregúntenle a la IA, a ver qué dice. 


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