Como saben, hoy toca vencer la angustia
apocalíptica y celebrar el año nuevo. Y para eso no basta con comer como
cosacos o consumir como gringos, hay que inventarse también un decálogo de
propósitos. Propósitos que, dado el cariz que va tomando la cosa, es difícil
que no suenen a burla o sarcasmo. Pese a ello, y aun a riesgo de provocar la
risa, voy a confesarles algunos de mis sueños lúcidos, o húmedos, como
prefieran. Son particulares, claro, y tal vez a alguno le parezcan pesadillas,
pero por si les inspiran (aunque sea simplemente sueño) ahí va una tímida
selección.
Sueño que en el año que se viene se
quintuplican los impuestos a los fondos buitre, los bancos se acuerdan de
cuando los rescatamos del fondo perdido de su codicia, y bombardeamos (avisando
con un intervalo poco mayor que el de los israelíes en Gaza) todos los paraísos
fiscales de la Tierra. Fantaseo también con que, gracias a las tasas por
transacciones financieras y a la fiscalidad aplicada a las «Big Tech», la Agenda
2030 acaba quedándose tan corta que hay que ampliarla para convertir en ODS la
pervivencia de los pequeños agricultores y ganaderos que votan a Vox. Me excito
también – a qué negarlo – pensando que las eléctricas construyen megaplantas
fotovoltaicas en las fincas de sus consejeros, que a los cazadores no se les
levantan las escopetas, y que se imponen aranceles (que acojonarían a Trump) a
países a los que los DD. HH. les suenan a chino mandarín.
Elucubro lúbricamente que el año próximo,
en un arranque de locura, las administraciones educativas se ponen de acuerdo,
bajan a la mitad las ratios escolares, deciden formar (pagar y exigir) a los
docentes como a cirujanos o astronautas, y se comprometen por ley a dejar en
paz la ley durante los próximos diez años. Ah, y el más excitante de mis
delirios: aquel en el que, sabiamente asesorados y por riguroso turno, veo
gobernar (en lugar de quejarse) a los propios ciudadanos, a los partidos
políticos convertidos en asociaciones de barrio, y a Trump y Putin buscándose
la vida en algún «reality» de la televisión groenlandesa o ucraniana…
Igual estoy abusando, pero no dejo de
alucinar soñando que, mañana mismo, las personas cambiamos el narcisismo feroz
por la modestia socrática, el exhibicionismo por la vergüenza, la autoestima
por la altitud de miras, el tener por el dar la razón, la resiliencia por la
rebeldía, y el coaching, el mindfulness y los cuencos tibetanos por pasar la
tarde con los amigos.
No sé qué más hace falta. Que los
machotes existan solo en el zoológico; que los que juzgan sean juzgados por su
yo más joven; que Rosalía abra un convento; que alguna vez sean las pateras las
que rescaten a los veleros; y que el anuncio del calvo de la lotería lo hagan
el año que viene en Villamanín. No se me ocurre más. Feliz noche y que ustedes
lo sueñen bien.
