miércoles, 21 de enero de 2026

Adictos al acontecimiento

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Sí, confieso que soy adicto al «acontecimiento histórico», a la noticia bomba, a los grandes titulares, a los especiales informativos… Conecto cada mañana el móvil con el deseo culpable de toparme con el evento del siglo, el suceso del año, el avatar político que marque una nueva era, el gran cambio, el principio del fin, el apocalipsis, el renacimiento… Y hoy tengo el «mono». Será que tras el secuestro de un presidente, la amenaza de invasión de Groenlandia o las revueltas en Irán (o en Minnesota), las trifulcas políticas locales me saben a poco, y quiero más, cada día más, como un drogadicto al que le faltara una dosis cada vez más alta para lograr el mismo efecto…

Tal vez sea que del mucho consumir películas llenas de intrigas rocambolescas, vidas trepidantes y amenazas al límite, ya no estemos dispuestos a ver un informativo que no esté a la altura de nuestras expectativas mediáticas. Casi diría que hoy, por menos de un genocidio o un bombardeo cercano no nos desenganchamos de la serie de series, videojuegos, «realities» o canales «filoconspiratorios» en los que vivimos noche y día (y lo del genocidio lo digo con dudas, pues mucho me temo que el de Gaza dejó hace mucho de ser un «acontecimiento», para convertirse en un hecho común, deprimente, invisible… demasiado real para ser atractivo). 

Si el mundo premoderno estaba habitado por seres con vocación de permanencia (algunos hasta divinos), y el mundo moderno por fenómenos o procesos (a veces heroicos), la posmodernidad es la era del acontecimiento, de la rutinaria irrupción mediática del suceso excepcional, ese que desde nuestro nihilismo desesperado soñamos como un giro definitivo de guion. No tenemos ni idea de lo que queremos, ni de si tiene sentido nada que no sea exprimir el vacío efímero del presente, pero deseamos que el espectáculo continue, que sigan «pasando cosas», por ver si llega aquella que rompa el monótono «scroll» de los días, las series, las legislaturas y las ligas de fútbol…

Es obvio que ochenta años de paz y un estado de bienestar aceptable no bastan para llenarle a nadie la vida. No es solo miedo, egoísmo e indignación lo que arroja a tanta gente en brazos de este otro «acontecimiento» histórico que es el populismo neofascista de Trump, Putin, Milei o Vox; se trata también de un aburrimiento cósmico, del deseo de que ocurra algo, de una apuesta por esa otredad oscuramente mesiánica (y resuelta constantemente en nada) con que la posmodernidad ha trocado toda posibilidad de sentido. Como dijo Kant, lo último que la gente quiere es pensar por sí misma; preferimos vivir en el acontecimiento, embobarnos como niños en el circo de la actualidad, quejarnos a gritos cuando no nos gusta e invocar, si nos aburrimos, al más imprevisible, peligroso y patán de los payasos.

jueves, 15 de enero de 2026

¿Qué va a hacer Vox con la educación?

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Vox anuncia que va a participar en el gobierno de Extremadura. Ya veremos. No sería extraño que sus condiciones fueran tales que volviera a quedarse fuera, salvando la cara y al partido de desgastes innecesarios antes de las generales (el encanto de un partido antisistema se desvanece en cuanto asume verdaderas tareas de gobierno).

Ahora bien, caso de que Abascal obligue a sus peones extremeños a gobernar, ¿cuál será su papel? Su participación en el gobierno anterior fue apenas simbólica, limitada a gestionar una consejería fantasma dedicada a los toros, la pesca y la caza. ¿Serán capaces de asumir consejerías de verdad, como las de agricultura, industria o educación (tres de las que han pedido)? 

¿Qué pensarán hacer, por ejemplo, desde la de educación? Si leemos su programa político y obviamos las promesas habituales (más recursos…) o las medidas que no nos competen (como homogeneizar los currículos autonómicos), lo que queda se reduce básicamente a eliminar el presunto “adoctrinamiento” en las aulas. ¿Pero en qué habría de consistir tal cosa?

En el programa se anuncia, por ejemplo, que se «revisarán los currículos y libros de texto de historia, literatura y ciencia para eliminar manipulaciones ideológicas». ¿Pero que es una «manipulación ideológica»? Porque toda interpretación de la historia… es una interpretación cargada de ideas y valores; toda gran literatura es un ejercicio de crítica social; y toda ciencia, además de aportar datos rigurosos (por ejemplo, sobre el cambio climático), comprende también fines y valores. ¿Qué va a hacer Vox con todo esto? ¿Va a prohibir la historiografía crítica con el franquismo? ¿Va a impedir leer, que sé yo, “La Regenta”, por su retrato de la sociedad patriarcal? ¿Impedirá que se hable de la crisis climática en Geografía, o de la teoría de la evolución en Biología, como en los EE. UU. de Trump, ese gran aliado de Abascal? Por cierto, ¿cómo enseñaremos al alumnado los valores del patriotismo y la civilización al tiempo que aplaudimos que el amigo Trump se pase la legalidad internacional por el forro o amenace con invadir territorio soberano de Dinamarca? Por otra parte: ¿se prohibirá también el acceso a las escuelas de los activistas católicos que imparten la materia de Religión, o de los entusiastas propagandistas de las asociaciones pro-caza? ¿O es que de lo que va a tratarse es de cambiar un tipo de «manipulación ideológica» por otra?

Mal asunto este. Vox sabe de sobra que el cuerpo docente no se va a someter mansamente a ninguna otra medida de control del «adoctrinamiento» que no sea la de respetar la pluralidad ideológica del profesorado (rasgo esencial de la escuela pública, que no de la concertada) o la de promover el diálogo y la reflexión crítica sin censura alguna. Si, aun sabiendo esto, se empeñara en aplicar su programa en educación, quedaría claro que su objetivo no es otro que llevar la batalla cultural al seno mismo de la escuela. ¿Y no es esto mismo, la instrumentalización política de la educación, de lo que decía venir a salvarnos? Que no le estafen: Vox no es diferente; es lo mismo de siempre (más sesenta años de involución). Sobre esto escribimos hoy en 

miércoles, 7 de enero de 2026

Los regalos del rey Trump

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Resulta un tanto sorprendente el revuelo provocado por la intervención de los EE. UU en Venezuela. La verdad es que propiciar transiciones de régimen o golpes de Estado, sustituir gobernantes díscolos por otros más sumisos, apropiarse de las riquezas ajenas, o repartirse el mundo en zonas de influencia, responden al modo de actuar habitual de todos los imperios que en el mundo han sido, tanto antes como ahora, incluyendo en el lote al «amigo americano» que, con más o menos disimulo, ha hecho siempre lo que le ha convenido en casi todas partes del mundo (con la diferencia, quizás, de que ahora también lo va a hacer en Europa, señal inequívoca de nuestra caída en desgracia y el lugar en el que va recolocándonos la historia).

Ahora bien, constatar que las cosas han andado siempre igual no quiere decir que debamos agachar (más aún) la cabeza. Todo lo contrario. El primero de los regalos que nos trae la obscena exhibición de poder militar (el único que le queda para no ser superado por China) del reyezuelo Trump, es el de darnos la ocasión de, frente al quintacolumnismo de la ultraderecha (Vox en España) promovida por Trump y Putin para acabar con la UE, traducir el miedo colectivo en una firme política común frente al unilateralismo tanto norteamericano como chino-ruso. Si algo tiene de bueno la retórica del nuevo emperador (la retórica de no andarse con retóricas) es que desvela el patetismo de la verborrea inútil de quienes prefieren escurrir el bulto y aguardar a ver qué pasa. La historia enseña lo conveniente que resulta anticiparse, y que ser manso con los tiranos no sirve más que para excitar su codicia.

Otro regalo del exhibicionismo de «poder duro» del inquilino de la Casa Blanca es su naturaleza cortoplacista. A diferencia del «poder blando», la violencia intimidatoria no seduce voluntades, y genera odio y rencor. Bien es cierto que gran parte de las reservas de poder blando (léase, de control económico del mundo) de los EE. UU se están evaporando al mismo ritmo que el dólar como eje financiero global, pero es que además los USA están despilfarrando de modo suicida el capital moral y cultural que constituía (junto a la hegemonía del dólar) la otra viga maestra del imperio: la agresividad y la manera humillante en que Trump está tratando a amigos y enemigos está rompiendo vínculos y relaciones de confianza, y dejando al poder americano en los huesos de la pura fuerza militar; un poderío militar colosal, pero que no es económicamente sostenible si EE. UU. no recupera la pujanza económica de la segunda mitad del siglo XX, algo que parece sumamente improbable.

Un tercer regalo de Trump (o del más cercano y peligroso reyezuelo Putin) es el de hacernos recordar que la soberanía y los derechos de los que gozamos no son una renta vitalicia ni una condición natural, sino una realidad política sin otra garantía que la de un poder firme que los sostenga. Por ello, nuestro mejor propósito de Año Nuevo debería ser el de abandonar la cómoda actitud del «ciudadano-cliente» acostumbrado a pagar para que alguien proteja su bienestar, y asumir que nuestro estatus no solo depende de un Estado fuerte y un arsenal bien surtido, sino también de una masa de ciudadanos informados, críticos, activos y comprometidos con la defensa de sus valores e instituciones. Ya tardamos en asegurarnos de que contamos con ambas cosas.

De nuevo sobre filosofía y educación: una entrevista en la radio pública de Murcia.


¿Está la escuela realmente desbordada por la llamada sociedad de la información? ¿Qué papel puede ejercer la filosofía para devolver a la escuela su protagonismo educativo? Sobre esto tratamos en la entrevista que nos realizó Joaquín Azparren para Onda Regional Murcia, la radio pública de la Región de Murcia.

jueves, 1 de enero de 2026

Sueños húmedos

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Como saben, hoy toca vencer la angustia apocalíptica y celebrar el año nuevo. Y para eso no basta con comer como cosacos o consumir como gringos, hay que inventarse también un decálogo de propósitos. Propósitos que, dado el cariz que va tomando la cosa, es difícil que no suenen a burla o sarcasmo. Pese a ello, y aun a riesgo de provocar la risa, voy a confesarles algunos de mis sueños lúcidos, o húmedos, como prefieran. Son particulares, claro, y tal vez a alguno le parezcan pesadillas, pero por si les inspiran (aunque sea simplemente sueño) ahí va una tímida selección. 

Sueño que en el año que se viene se quintuplican los impuestos a los fondos buitre, los bancos se acuerdan de cuando los rescatamos del fondo perdido de su codicia, y bombardeamos (avisando con un intervalo poco mayor que el de los israelíes en Gaza) todos los paraísos fiscales de la Tierra. Fantaseo también con que, gracias a las tasas por transacciones financieras y a la fiscalidad aplicada a las «Big Tech», la Agenda 2030 acaba quedándose tan corta que hay que ampliarla para convertir en ODS la pervivencia de los pequeños agricultores y ganaderos que votan a Vox. Me excito también – a qué negarlo – pensando que las eléctricas construyen megaplantas fotovoltaicas en las fincas de sus consejeros, que a los cazadores no se les levantan las escopetas, y que se imponen aranceles (que acojonarían a Trump) a países a los que los DD. HH. les suenan a chino mandarín.

Elucubro lúbricamente que el año próximo, en un arranque de locura, las administraciones educativas se ponen de acuerdo, bajan a la mitad las ratios escolares, deciden formar (pagar y exigir) a los docentes como a cirujanos o astronautas, y se comprometen por ley a dejar en paz la ley durante los próximos diez años. Ah, y el más excitante de mis delirios: aquel en el que, sabiamente asesorados y por riguroso turno, veo gobernar (en lugar de quejarse) a los propios ciudadanos, a los partidos políticos convertidos en asociaciones de barrio, y a Trump y Putin buscándose la vida en algún «reality» de la televisión groenlandesa o ucraniana…

Igual estoy abusando, pero no dejo de alucinar soñando que, mañana mismo, las personas cambiamos el narcisismo feroz por la modestia socrática, el exhibicionismo por la vergüenza, la autoestima por la altitud de miras, el tener por el dar la razón, la resiliencia por la rebeldía, y el coaching, el mindfulness y los cuencos tibetanos por pasar la tarde con los amigos.

No sé qué más hace falta. Que los machotes existan solo en el zoológico; que los que juzgan sean juzgados por su yo más joven; que Rosalía abra un convento; que alguna vez sean las pateras las que rescaten a los veleros; y que el anuncio del calvo de la lotería lo hagan el año que viene en Villamanín. No se me ocurre más. Feliz noche y que ustedes lo sueñen bien.

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