miércoles, 3 de mayo de 2023

Filosofía sin fronteras

Este artículo fue originalmente publicado por El Periódico Extremadura 

¿Importa que unos jovencísimos filósofos, algunos de apenas quince o dieciséis años, se reúnan durante tres días para tratar de «Fronteras y Justicia global» (el lema de las X Olimpiadas Nacionales de Filosofía, celebradas hace unos días en Tenerife)? Por supuesto que sí. En cuanto jóvenes, porque van a ser ellos los que apechuguen con el desastrado y desigual mundo que les estamos dejando en suerte. Y en cuanto filósofos porque, ¿quiénes, si no ellos, van a tratar de lo que es o no justo? La ciencia solo nos ofrece datos. Y la política, un simple muestrario de los deseos de la gente (sean los del poderoso o los de la mayoría) …

Que la filosofía sea el saber que se ocupa de la justicia (y que la educación filosófica sea fundamental para formar gobernantes y ciudadanos justos) quiere decir muchas cosas. En primer lugar, que la justicia representa realmente un problema relevante. Algo que no todo el mundo ve claro: para algunos lo único que existe son los hechos contantes y sonantes, por lo que «lo justo» no es más que simple ficción (lo justo es justo lo que pasa: no hay más); otros creen que la justicia es en sí misma un tipo de hecho normativo, inevitablemente diferente según la cultura y época en la que la gente lo inventa; y, finalmente, están los que creen que existe algo así como lo universalmente justo, aunque sin que se sepa cómo logran justificar de forma consistente esa universalidad (por ejemplo, la de los derechos humanos), sin acudir a los dioses o los libros santos para que les resuelvan la papeleta.

Una vez que reconocemos que la justicia es un problema, toca intentar resolverlo. Y aquí cabe hacer algunas distinciones; por ejemplo, la que hay entre hechos y valores. La justicia es un valor, y no un hecho (nadie se topa con la justicia por la calle y, como tales, los hechos no son ni justos ni injustos). Y si la justicia ha de ser algo real (sería al menos justo que lo fuera), los valores también habrían de serlo. ¿Pero querría decir esto que los valores existen independientemente de los hechos? Esta hipótesis viene que ni pintada para justificar la universalidad de los valores, pero nos obliga a aceptar la existencia de mundos trascendentes (más allá de los hechos). ¡Uf!

¿Seguimos? Si alguien replicara que el razonamiento anterior no es verdadero porque, por ejemplo, no se basa en ningún hecho, se le podría preguntar por su concepción de la verdad (¿se basará ella misma en hechos?), y ahí tenemos otro asunto filosófico de los gordos. Otros podrían preguntar si la justicia es solo un valor aplicable a lo que acontece entre seres humanos, o también a nuestras relaciones con seres no humanos, y aquí es posible que tuviéramos que afrontar hondos asuntos éticos y antropológicos. Y eso sin contar con la no menos interesante relación de lo justo con lo estético: ¿habría seductores imaginarios especialmente proclives a la justicia?...

En cualquier caso, si alguna utilidad fundamental tienen la filosofía y la educación filosófica en relación con el problema de la justicia, es la de revelarnos el único marco en el que dicho problema puede afrontarse (sin recurrir a ningún «deus ex machina»): el de la universalidad de la razón y la ración de trascendencia a la que esta obliga. Ciertamente, sin una referencia a intereses desinteresados (desinteresados del aquí y el ahora) hablar de justicia no tiene el más mínimo interés. ¿Cómo podríamos interesarnos por algo más que nuestros intereses particulares si no pudiéramos entender la conexión necesaria entre ellos y los intereses de todos (aunque en diferentes camarotes – y la mitad en la sentina – vamos todos en el mismo barco)? Y no solo esto: los adolescentes intuyen a la perfección que comprender el mundo como una entidad coherente y con sentido (con un sentido del que nos podemos sentir partícipes) es del máximo interés particular. ¿Quién no quiere vivir en un mundo así de armonioso y lógico, en el que los iguales sean tratados como iguales, y el diálogo sea la lengua universal? ¿O cómo defender, si no es desde esa perspectiva racional y trascendente, la consideración del interés de los que aún no han nacido y merecen vivir, como nosotros, en un mundo habitable y en el que, como mínimo, aún tenga sentido hablar de la dignidad humana?

La justicia, pues, por su misma naturaleza, no entiende de fronteras. Hablar, por ello, de «justicia global» es un pleonasmo: o la justicia es global, o no es justicia alguna. Lo descubrieron nuestros jovencísimos filósofos hace unos días, mientras ponían en práctica ese espíritu cosmopolita y olímpico de los que razonan juntos. Igual es cosa del entusiasmo que me contagiaron, pero la conclusión parece justamente esta: el mundo que viene será un mundo de filósofos o no será…


miércoles, 26 de abril de 2023

Pluralismo y amistad

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura y El Periódico de España



Pese a lo cursi que parece a veces, creo que hay mucho de positivo en esa reivindicación de la alegría y lo común que exhiben algunas propuestas políticas. Ante la disgregación de los ya de por sí atomizados individuos en grupúsculos, parroquias, partidos, corrientes, sectores, mundos virtuales y algoritmos cerrados y opuestos, restaurar y revitalizar espacios de comunidad donde podamos encontrarnos, por diferentes que seamos y pensemos, comienza a ser imprescindible.

Antes que nada porque hay muchas y no gratas tareas que vamos a tener que afrontar juntos en un futuro inmediato. El mundo ha entrado en una fase acelerada de transición, vivimos al borde de una catástrofe climática sin precedentes, a expensas de un conflicto entre potencias sin un claro día después, momentáneamente a salvo de un tsunami energético y económico, y peligrosamente acostumbrados al debilitamiento crónico de nuestras democracias, carcomidas desde dentro por la polarización y la desarticulación social, y amenazadas desde fuera por autocracias orwellianas armadas hasta los dientes de demagogia y misiles.

Ahora bien, ¿cómo regenerar y fortalecer el espíritu comunitario, el compromiso cívico y la vida democrática para hacer frente a este horizonte incierto, evitando tentaciones totalitarias? No vendría mal reconocer, a este respecto, dos elementos que creo imprescindibles para entender y promover la vida en común: una asunción decidida de la pluralidad (ideológica, moral, cultural…) que nos caracteriza como sujetos, y un cultivo deliberado de la aristotélica virtud de la amistad como elemento aglutinador de aquella.

Diríamos que una comunidad está compuesta, como cualquier organismo, de partículas (de personas e ideas particulares) y de la fuerza que las mantiene unidas. La suma plural de particularidades es la materia del organismo comunitario, lo que lo dinamiza y le presta toda su potencia generadora; y la fuerza cordial de la amistad es la forma ideal de articularla sin suprimir u oscurecer la energía expansiva de dichas particularidades. A diferencia de una secta, un ejército o cualquier otra sociedad totalitaria, una comunidad humana libre (libre de fines que la instrumentalicen) no uniforma las diferencias, y mantiene unidos a los individuos sin obligarles, por ello, a dejar de ser y pensar como tales.

Definir esa amistad cívica, entendida como la sutil fuerza gravitatoria que mantiene unida a una comunidad libre, no es nada sencillo. Los filósofos clásicos dedicaron libros enteros a ello. A mí me gustaría añadir al análisis justo aquella virtud de la que hablaba al principio: la alegría; o mejor: la jovialidad. La jovialidad (esa «alegría apacible» que caracteriza a ciertas personas de naturaleza jupiterina, dice la RAE) es la manera de afrontar la pluralidad como alegría, incluso como diversión (entendiendo por diversión el placer con lo que diverge y nos hace aventurarnos en la esfera desprejuiciada de lo otro). Pero con una alegría lo suficientemente «apacible» como para que ese otro, lo divergente mismo, dé su necesario con-sentimiento a la diversión. Sin la simpatía fraterna que reina en la serenidad de lo jovial, es difícil vivir la pluralidad como fiesta y motivo de aprendizaje (en lugar de como pretexto para el exorcismo de los propios demonios).

Por demás, pluralidad y divergencia son, contra lo que suele creerse, el mejor caldo de cultivo de lo fraterno. Poco sentido tiene para los que no somos perfectos el hacer migas con los que son iguales a nosotros, y sí, y mucho, el hacerlo con quienes son diferentes, nos ponen a prueba y, al cabo, nos enseñan que el mundo es más ancho de lo que da a entender nuestro entrecejo. La alegría, la jovialidad consiste, tal como decíamos, en ese divertido encuentro con lo que nos saca de las casillas de nuestras más desesperadas seguridades.

La pluralidad amistosa y jovial requiere, por supuesto, de un aprendizaje, y tiene sus ritos y espacios. La cultura mediterránea sabe de ellos, y ha cultivado sistemáticamente la vida en la plaza, la discusión en el ágora o el foro, el banquete entre amigos, el diálogo como motor de la vida pública – en la filosofía, en la asamblea, en el teatro –, el viaje como experiencia de aprendizaje… Todavía pueden observarse tales ritos, con su cohorte de virtudes (la cortesía, la hospitalidad, la tolerancia, la ecuanimidad…) en algunos rincones de nuestra geografía, e incluso en olvidadas y humildes instituciones (los ateneos, las sociedades culturales, las peñas de amigos…). Nada que ver, en todo caso, con el mundo digital y el espectáculo de la polarización como expresión, ni siquiera de conflictos genuinamente humanos, sino de un mero mercadeo de datos. 

Urge, pues, recuperar ese jovial lazo filial capaz de mantener la comunidad al servicio de sí misma, librándola de su desmoronamiento definitivo, y sosteniéndola como el único recurso eficaz para salvarnos de la destrucción y la barbarie.

miércoles, 19 de abril de 2023

La meritocracia como opio del pueblo

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Lo repetía hace poco, en la prensa, un prestigioso investigador español: «el mejor predictor del éxito profesional no es el rendimiento cognitivo, es que tus padres tengan dinero». Está demostrado: en la inmensa mayoría de los casos los hijos de los ricos continúan siendo ricos, y los hijos de los pobres, pobres; los primeros heredan y acaparan los mejores puestos y cargos, y los segundos… hacen lo que pueden.

Es cierto que este reparto de roles tiene una relación colateral con las capacidades personales. ¡Estaría bueno que quien disfruta desde pequeño de todo tipo de medios, oportunidades y experiencias conducentes a cierto rango de empleos y cargos, no desarrollara más que otros la capacidad para desempeñarlos con pericia! Ahora bien, ¿es esa capacidad mérito suyo?

Si el mérito refiere aquella dignidad que concedemos a quien logra por sí mismo una determinada posición o capacidad, la respuesta solo puede ser negativa. Nadie escoge nacer con tales o cuales talentos; ni que esos talentos sean apreciados en su cultura y época; ni pertenecer a una familia rica o pobre; ni venir al mundo en un entorno estimulante y cosmopolita, en lugar de en otro mediocre o embrutecedor. ¿Entonces? ¿De qué «mérito» hablamos? ¿Cómo es que sacralizamos algo de cuya existencia cabe tan fundadamente sospechar? ¿Es la meritocracia una suerte de nueva teocracia  secularizada?

Pudiera ser: en cuanto a las desigualdades heredadas al menos, nuestra época no parece muy diferente de otras más teocráticas. Hace años, un estudio gubernamental demostró que en la Gran Bretaña del siglo XXI la inmensa mayoría de altos ejecutivos, jueces, fiscales, políticos, generales, y hasta famosos periodistas o actores, precedían de colegios privados en los que (por razones obvias) solo podía estudiar un 7% de la población. Un porcentaje parecido al que representaban los estamentos privilegiados y la alta burguesía a finales de la Edad Media…

¿Sufrimos, entonces, las mismas e injustas desigualdades que siempre? Se diría que sí. Pero con un agravante. Mientras que en la Edad Media esa desigualdad era atribuida al poder divino o a la naturaleza (que creaban seres de diferente calidad y linaje), en nuestro tiempo se atribuye casi por entero a los méritos y virtudes individuales.

De este modo, mientras que en otras épocas el pobre asumía su miseria material como producto de la voluntad de Dios y como pasaporte de primera clase al cielo («los últimos serán los primeros»), en nuestra época suma a su pobreza la miseria moral de creerse el responsable fundamental de la misma. Surge así la figura del «loser», el «perdedor» del universo moral liberal, posición que se contrapone a la figura, no menos moralizada, del «self-made man», el privilegiado que ya no lo es por la gracia de Dios o por la consanguineidad con gloriosos antepasados, sino (presuntamente) por su esfuerzo y talento individual. 

Esta moralización de las desigualdades puede entenderse, como propone el filósofo Michael Sandel, como la raíz del malestar social y la polarización política (la soberbia de las élites que creen merecer su éxito frente a la humillación de los que se tienen por culpables de su postración), pero debe comprenderse también como un dispositivo cuasi perfecto para justificar el «statu quo». Si todos (ricos y pobres) creemos que cada cual tiene lo que merece, la desigualdad parecerá ética y políticamente aceptable.

Un elemento no marginal de ese dispositivo ideológico es la conversión del mito del héroe desde el lenguaje y códigos de la sociedad estamental a los de la nueva sociedad liberal. En el primer caso, el héroe o heroína, exhibiendo su compromiso con el orden vigente (matando dragones o mostrándose humilde y obediente), accede al universo de las élites (se casa con la princesa o el príncipe, descubre su linaje nobiliario, etc.); en el segundo caso, el mismo héroe, demostrando las virtudes burguesas del trabajo, el ahorro, la astucia, etc., asciende gloriosamente hasta la cima del éxito (es la fábula moral del empresario que empieza con un pequeño comercio, del humilde deportista que se convierte en una estrella o del joven emprendedor que inventa un negocio genial en su garaje). Por supuesto, todo esto es puro cuento (los casos que refiere son estadísticamente irrelevantes), pero un cuento enormemente eficaz.

El otro ingrediente fundamental de este preparado ideológico es, sin duda, la educación. O, más bien, cierta concepción, meritocrática y mendaz, de la misma, según la cual todos los alumnos y alumnas están en igualdad de condiciones para aspirar y ganar la «excelencia académica» que tanto ponderan algunos (¡incluyendo los que se dicen críticos del ideario liberal!), y que les capacitaría, según ellos, para acceder sin más, y a base de superar exámenes, al club de los privilegiados (o al menos, diríamos kantianamente, al purgatorio de los que  «merecen» entrar en él) … Opio, en fin. Puro opio para el pueblo. 

miércoles, 12 de abril de 2023

¿Tiene la Inteligencia Artificial capacidad creativa?

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Una vieja creencia tranquilizadora, frente al imparable avance de la Inteligencia Artificial (IA), era que esta podría imitar cada vez mejor ciertos procesos mentales de tipo lógico o mecánico (reconocimiento y procesamiento de información, cálculos deductivos, inferencias estadísticas…), pero que había otros que, por su carácter no estrictamente lógico, quedarían siempre fuera de su alcance. Entre estos procesos, presuntamente no lógicos, estaría el de la creatividad.

Ahora bien, decir que procesos como la creatividad están fuera de la esfera del entendimiento lógico es exagerado (¿cómo podríamos entender entonces lo que es?). De hecho, y pasando de puntillas por ciertos problemas filosóficos (como el de explicar el «milagro» mismo que supone crear algo «nuevo»), la creatividad se puede describir a un nivel básico como el simple proceso de transformación de una cosa dada en otra nueva y distinta; algo que, en rigor, puede hacer cualquier máquina, desde un ordenador a una máquina de hacer churros.

Otro asunto es que se quiera añadir a esta descripción la idea de intencionalidad, asumiendo que la acción de crear exige un sujeto (una conciencia) que decida y emprenda la acción creativa. Esta petición de principio es discutible (ha de suponer, por ejemplo, que cuando decimos que un paisaje «fue creado» por la actividad volcánica, o que las nubes «crean» caprichosas formas en el cielo, estamos usando el concepto de creación de modo impropio o poético), pero vamos a darla por buena. La pregunta sería ahora: ¿tienen las máquinas (por ejemplo, las máquinas de IA) algo parecido a una conciencia intencional desde la que «crear» cosas (dibujos, piezas musicales, discursos, etc.)?

Por supuesto, alguien podría empezar por argüir que algunos artistas crean cuadros, partituras o textos sin demasiada carga intencional. Muchos, por ejemplo, lo hacen por encargo (tal como los programas de IA, que generan un dibujo a partir de las órdenes que le damos), y otros presumen de crear de modo inconsciente, al azar o sin pensarlo demasiado (no pocos artistas y estetas han identificado la creatividad con la libertad, y a esta con ciertos estados de inconsciencia o acción espontánea o mecánica). Pero supongamos que, incluso en estos casos, el artista puede hacer que su conciencia recupere el mando en cualquier momento. ¿Puede hacer esto último una máquina?

Nuestra primera reacción es pensar que no. ¿Pero por qué no? Pensemos un momento en qué consiste la consciencia. Asumiendo que se trata de un asunto filosófico de primer orden, y despejando su problemática dimensión fenoménica (la conciencia es un fenómeno cuya existencia solo podemos certificar subjetivamente, por lo que no podemos demostrar que exista o deje de existir en otros seres, humanos o no), la consciencia es, básicamente, un proceso cognitivo por el que representamos y organizamos la vida mental en relación con una determinada perspectiva (la del sujeto o «yo»). En el caso de la consciencia humana, este proceso de organización de la vida mental se hace especialmente complejo gracias, además, a un lenguaje no menos sofisticado que permite «narrar» internamente (generándonos como sujeto de dicha narración) parte de nuestros procesos vitales, juzgarlos, y tomar decisiones para reconducirlos, dando origen, en ocasiones, a esas respuestas novedosas que llamamos «creaciones». 

Ahora bien, si es esto lo que es básicamente la conciencia, no creo que las máquinas anden muy lejos de tenerla. De hecho, hasta los mecanismos inteligentes más simples son ya capaces de representar sus propios estados internos, chequearlos y corregir errores sin nuestra intervención (piense en los ordenadores que regulan y rectifican el funcionamiento de cualquier automóvil moderno). ¿Pero podrían estos sistemas generar, además, respuestas novedosas o no inicialmente programadas? ¿Por qué no? De hecho, los programas de IA que generan imágenes a partir de palabras lo hacen a cada instante. Reparen, además, en cómo lo hacemos nosotros: dada cierta información ya registrada, le aplicamos mecanismos heurísticos que combinan esa información para producir, según criterios combinatorios o más aleatoriamente, propuestas nuevas cuya idoneidad evaluamos (si es el caso) en base a pronósticos y expectativas… ¿Cuál de estas tareas no está al alcance de un simple ordenador?

Obviamente, todo esto que hacen las máquinas lo hacen a partir de lo que le hemos enseñado; pero también nosotros hacemos todo lo que hacemos (empezando por pensar y tomar decisiones) en base a lo que nos han enseñado otros seres humanos.

Afirmar, pues, que las máquinas (los programas de IA, por ejemplo) son capaces de una cierta creatividad no parece descabellado. Otra cuestión, bien distinta, es si esa creatividad puede ser de naturaleza artística; un tema interesantísimo que merece ser tratado en otra ocasión.


miércoles, 5 de abril de 2023

¿De vuelta de qué?

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Nunca he entendido a los que proclaman «estar de vuelta», no ya de todo (¡hay que ser necio para creer tal cosa!), sino tan siquiera de algo, por poco que sea. ¿Cómo es eso posible? Se está de vuelta de allí donde se ha ido. ¿Pero quién puede volver de qué? ¿Quién va, acaso, a alguna parte? «Todas las mañanas del mundo son un camino sin retorno», decía Pascal Quignard en su conocida novela (no se pierdan la película del mismo nombre – un clásico – de Alain Corneau).

De entre los que creen que van a algún sitio, hoy dos tipos fundamentales: los que creen que llegan y los que no. Ambos adoptan a menudo la pose del que está de vuelta; el primero como presuntuoso triunfador, el segundo como presunto fracasado.

Porque el fracaso no es una ilusión menor que la del éxito, ni el melancólico pesimista es menos pretencioso que el que se pavonea de su triunfo. De hecho, el pesimista exhibe siempre un pasmoso optimismo en lo que respecta a sus facultades cognoscitivas: cree saber a ciencia cierta lo miserable de todo, lo absurdo de la vida, la ausencia o imposibilidad de todo fin… ¿Habrá alguien más soberbio que el que pretende saber que en el mundo nada se puede saber, que todo es maldad o que la existencia no tiene sentido? ¿Habrá alguien más ciego que el que cree tener claro que nada es más claro que la nada? El pesimismo es una teoría pésima. Y la de perdedor, una pose a la que nuestra cultura (tan refinada como decadente) ha dado todo el pábulo posible.

El que está de vuelta, sea en formato triunfador o perdedor, suele ser, también, un crítico vitriólico y fatalista, para el que nadie está a su altura (ni a la de la cima que alcanzó ni a la de la sima de saber que no hay cima que valga). En nuestro país abunda ese espíritu destructivo consagrado a recordarnos que nada (salvo el propio ojo crítico) es perfecto. ¿Quién no conoce (o lleva dentro) a ese españolito furiosamente aficionado a señalar defectos, caricaturizar, rebajar humos, depreciar con sorna, y crucificar a todo aquel o aquello que amenace con sacarlo un solo segundo de sus incólumes casillas? En esta pasión hispánica por el zasca, el acoso y derribo, y el gozo de ver como todo lo que sube baja (¡no sea que llegue donde uno no llegó!), consumen su vida, y sus datos de acceso, ricos y pobres, nobles y plebeyos, izquierdas y derechas…

Los que están de vuelta sufren también del insufrible «síndrome del adulto sabio», consistente en creer que por ser uno más viejo es necesariamente más lúcido, y que, por esa razón, todos tenemos la obligación de escucharle, suelte la sandez que suelte, como si el mero hecho de pasar por este mundo implicase algún tipo de conocimiento excepcional, o como si la experiencia (como repiten algunos) fuese la madre de la ciencia, y no de, a lo sumo, una cierta y ramplona astucia práctica (cuando no de hábitos y mecanismos de defensa que aminoran la capacidad de aprender). La madre de la ciencia son la duda y la capacidad para mirar la realidad de una manera diferente; justo lo opuesto de lo que se auto atribuyen la mayoría de los adultos (y los que están de vuelta): el tener ya las ideas muy claras, y el no querer o poder ver las cosas más que a su manera (que, por descontado, es «la correcta»).    

El «síndrome del adulto sabio» es universal, aunque yo, por cercanía, lo detecto más en el cuerpo docente, en el que hay quienes están de vuelta absolutamente de todo: del glorioso pasado (donde se aprendía de verdad), del miserable presente (donde nadie aprende ya nada) y del molesto futuro (que les obliga a aprender como si no fueran los maestros que son). Ya saben: el tango de «ya nada es lo mismo», y no porque uno no comprenda nada (¡qué susto, tener que saber cosas nuevas!), sino porque todo (por supuesto) es peor… 

Frente a todo este estar de vuelta, no cabe más que la catarsis socrática; o dicho en plata, el cuidarse de escuchar y comprender de verdad (en lo que inevitablemente tiene de verdad) lo que afirma el otro, el que se nos opone, el que nos saca de quicio… Aprender es esto: desquiciarse, descolocarse, darse la vuelta, revolverse uno contra lo que cree que cree. Tal vez, y pese a ello, no se llegue a ningún sitio, pero, a diferencia del que cree que sí (y que incluso ya volvió), se tendrá más perspectiva, se pensará más lejos y, como poco (y no es poco), se será menos insoportable para los demás.

Siempre recuerdo, en fin, y contra esa cargante soberbia del «estar de vuelta», los mismos y sublimes versos de Luis Cernuda: «Cuando la muerte quiera / una verdad quitar de entre mis manos / las hallará vacías, como en la adolescencia /ardientes de deseo, tendidas hacia el aire»… No creo que se puede decir mejor.


miércoles, 29 de marzo de 2023

Comités para reescribirnos los libros

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.

Primero, como diría Brecht, vinieron por la literatura infantil, desfigurando los cuentos clásicos y trocándolos por homilías fabuladas que aburren a las piedras. Luego fueron por la cultura popular, intentando cancelar todo aquello (canciones, películas, bromas…) que no se ajustara al programa de reeducación ideológica que pretenden imponer a la fuerza. Y hace ya tiempo que han venido a por la literatura para adultos.

La nueva inquisición de la corrección política alcanzó hace unos días a Agatha Christie. Las nuevas ediciones inglesas de sus famosas novelas policíacas han sido expurgadas de todo contenido presuntamente lesivo para la sensibilidad de los lectores. Asesorada por equipos de censores (llamados eufemísticamente «comités de lectores sensibles»), la editorial Harper Collins ha decidido cercenar o eliminar descripciones, parlamentos y hasta pasajes completos (incluyendo personajes) en los que se hagan referencias étnicas, se usen adjetivos poco inclusivos, o se exprese (por ejemplo) tirria a los niños. Así, ya no se puede escribir «nativo» u «oriental» (sino «local»), ni «mujer agitanada» (sino «mujer»), ni «temperamento indio» (sino «temperamento» a secas), ni comparar el torso de una persona con «el mármol negro» (¡), ni decir que a uno de los personajes le repugnan los niños (sino que «cree que no le gustan mucho»)…

Ya ven: tenemos la inmensa suerte, en pleno siglo XXI, de contar con comités de probos ciudadanos ocupados en reescribirnos los libros para que no nos dañen o perviertan. Por lo visto, somos tan vulnerables (o sin censura: tan imbéciles), mental y moralmente, que no nos podemos aventurar a leer una novela en la que se hable de «nativos» u «orientales» sin correr el riesgo de sentirnos dolorosamente aludidos (o reforzados en nuestros vicios colonialistas). Así están las cosas. Donde antes teníamos principios y capacidad de juicio, ahora tenemos comités que velan por la salvación de nuestras almas. Y donde antes había ciudadanos críticos y responsables, ahora hay zombis morales a los que hay que reescribir los libros. ¡Y por la santa inquisición, que no caigamos, zombis como somos, en manos de comités equivocados!

Es cierto que las obras literarias, buenas o malas, han sido modificadas a menudo. Todos hemos leído de jóvenes adaptaciones de los clásicos, o aquellos resúmenes de novedades que publicaban revistas como Reader’s Digest (en español Selecciones); pero mientras que estas adaptaciones tenían una finalidad didáctica o divulgativa, las de ahora tienen un propósito directamente moralizante: no permitir que la ciudadanía, prejuzgada como enfermizamente sensible y moralmente incompetente, experimente como natural ciertas actitudes, valores o ideas dados en el mundo de ficción de las obras literarias (por si le pasa como a Don Quijote con la caballería, que de tanto leer obras de griegos esclavistas y pederastas, o de detectives racistas y a los que repelen los niños, el lector se vaya a volver como ellos).

Uno puede entender, a lo sumo, el interés comercial de este asunto: un mercado cada vez más repleto de memos incapaces de leer nada que no sea una apología de su moralina de burgueses acomplejados (acomplejados por vivir en la misma abundancia que desprecian). ¿Pero alguien cree que, más allá de vender libros a tontos del bote, toda esta misión apostólica sirve, de verdad, para algo? 

Quienes crean tal cosa son unos insensatos. Primero, porque invisibilizar los términos no acaba con la realidad que designan, solo la vuelven más indetectable y, por lo tanto, peligrosa. En segundo lugar, porque censurar libros para adultos es un ejercicio paternalista de negación de la soberanía democrática, fundada en la autonomía y responsabilidad de los ciudadanos. Y,en tercer lugar, porque eliminar de las obras literarias todo lo que zahiere los valores vigentes priva a la literatura (yen general al arte) de una de sus principales funciones: la de despertar las tensiones morales que laten tras la aparente estabilidad de nuestras ideas y valores, provocando el conflicto interno, el diálogo y el cambio. Y esto no solo en los adultos, sino también en los niños, en los que los cuentos «incorrectos» suponen un revulsivo moral y un elemento imprescindible para aprender a afrontar el mundo.

Así que rebélense: exijan leer a Agatha Christie en versión original. A Christie y a todos los demás, porque no duden de que esto no acaba aquí, y que estos orwellianos «comités de lectores sensibles» acabarán reescribiéndolo y homogenizándolo todo, de la epopeya de Gilgamesh al último mensaje en las redes, olvidando que parte de la fuerza que aplicamos a luchar por lo mismo que ellos, depende de que sigamos reconociendo en el lenguaje toda la complejidad humana, buena o mala, que nos rodea (y habita). Y de que, así, nos hagamos más sabios y críticos; no más lerdos y ciegos.

miércoles, 22 de marzo de 2023

Consumar

 

 Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.

En unos meses tendremos que elegir gobierno. Dado que los dos grandes partidos que solían capitalizar el poder tienen ahora que pactar con otros grupos (pasa en las mejores democracias), solo hay dos opciones realistas: un nuevo gobierno de derechas coaligado con la ultraderecha, o mantener la coalición progresista que gobierna hoy. De esto se deduce que el único modo de evitar que la ultraderecha llegue al poder es que gane las elecciones la coalición progresista.

Segunda obviedad: la coalición de derechas tiene en sus manos varias cartas habitualmente ventajosas (el apoyo de sectores económicos muy poderosos, la crispación que generan sistemáticamente los medios de comunicación afines, etc.), pero hay dos completamente decisivas: la tradicional impasibilidad del voto progresista, y el deseo natural de renovación por parte del electorado frente a un gobierno que inevitablemente, y pese a sus logros, denota el desgaste propio al ejercicio del poder – recuerden que, entre otras cosas, ha afrontado una pandemia mundial y las secuelas económicas de una guerra –.

Dicho lo anterior, la tercera idea cae por su propio peso: la única posibilidad de que gane las elecciones la coalición progresista es que esta se presente como un proyecto renovado y fortalecido, capaz de generar ilusión y movilizar a los votantes. Y para ello no sirve empeñarse en publicitar lo ya hecho, por trascendente que sea: lo que ilusiona y moviliza a la gente no es el pasado (lleno además de las sombras que proyecta todo lo que se hace real), sino una cierta visión de futuro. Renovarse o morir. Eso, y exhibir unidad y capacidad de consenso (hacia dentro y hacia fuera). Esa capacidad de consenso es la marca de calidad distintiva de un gobierno de coalición, y presupone, además, otro activo importantísimo para lograr la victoria: ofrecer esa imagen de moderación, sensatez y diálogo resolutivo que tanto aprecia la ciudadanía, y de la que pretende apropiarse en exclusiva el bifaz Feijóo (digo «bifaz» porque a la vez que vende esa imagen de moderación se abre al pacto con la ultraderecha, sin complejos ni cordones sanitarios que valgan).

¿Qué se deduce de todo esto en términos concretos? Es fácil y todo el mundo lo sabe. A las elecciones generales ha de concurrir, del lado progresista, una proto-alianza entre el PSOE y SUMAR, la plataforma que ha ido pacientemente construyendo Yolanda Díaz. Una alianza en la que SUMAR proporcione justo esos elementos de renovación, unidad y diálogo que hacen falta para ilusionar y movilizar al electorado progresista y de izquierdas. 

¿Y por qué SUMAR y no otro proyecto político? Pues porque SUMAR y Yolanda Díaz representan, ahora mismo, esa dimensión renovadora, de unidad y de talante que acabamos de decir. SUMAR tiene todo el aire de ser un movimiento político nuevo, constituido como una plataforma cívica y plural de regeneración democrática (tal como lo fue Podemos en sus inicios); representa también la anhelada unidad de la izquierda (tarea en la que Podemos ya dio de sí lo que pudo); y encarna, en la figura y el carisma de su líder, una voluntad de consenso y diálogo alejada de la crispación constante (ininteligible a veces para la mayoría) que muestra con frecuencia Podemos. SUMAR supone entonces todo lo que hace falta para romper el nicho electoral de la izquierda de toda la vida (lo mismo que logró Podemos en sus inicios para convertirse, después, en una Izquierda Unida 3.0).

Todo esto parece evidente. Y frente a estas evidencias, a Podemos no le cabe más que sumarse disciplinada y responsablemente al único proyecto viable que puede parar a la ultraderecha y con el que comparte el 90% de sus objetivos. Todo otro asunto o polémica está completamente injustificado. Es lógico que el resto de los partidos convocados por SUMAR quieran esperar a los resultados del 28-M para establecer cuotas: el proyecto de Díaz es a futuro, y tiene que jugar con una correlación actualizada de fuerzas. Es lo justo y democrático. Parece mentira que algunos líderes de Podemos, muchos de ellos talentosos politólogos, no vean lo que se nos viene encima y anden reivindicando méritos como viejos y cansinos popes de la izquierda. Olvidan que a sus potenciales votantes les dan soberanamente igual (si es que no les provocan legítimo rechazo) las trifulcas personales, las luchas internas de poder, los protagonismos innecesarios y el destino, en general, de los personajes que hoy, eventualmente, dan rostro a uno u otro proyecto. En política sobran egos y soberbia, y falta sentido de la responsabilidad. En esto se parecen todos los partidos, pero los de izquierda deberían ser aquí un ejemplo de subordinación de las posiciones particulares al interés de esa mayoría progresista que de ninguna manera quiere a un partido como VOX gobernando este país.   

miércoles, 15 de marzo de 2023

Una educación para salvarnos de nosotros mismos

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura


Ya saben ustedes que tenemos un grave problema con el planeta que habitamos. Un cambio climático de consecuencias catastróficas, unos alarmantes niveles de contaminación y una pérdida irreparable de biodiversidad son algunas de sus cabezas de hidra.

El problema, más que con el planeta, es con nosotros mismos, pues sus causas son reconocidamente humanas, y diría que reducibles a tres: (1) la irresponsabilidad de una parte especialmente codiciosa de la población; (2) lo mal repartido que está lo importante (suelo, agua, alimento, energía…); y (3) lo sobrevalorado que está lo que no importa (casi todo lo que frenéticamente producimos y consumimos).

Actuar sobre estas tres causas, exigiendo responsabilidad a los que más daño hacen, estableciendo una distribución más equitativa de los recursos, y promoviendo un modo de vida ajustado a los límites del planeta, exige medidas inmediatas, tanto políticas como educativas. Pero está claro que sin las educativas las políticas no son posibles: para obligar a los que están arriba a renunciar a parte de sus privilegios es imprescindible la presión de los de abajo, y para generar esta presión son indispensables la concienciación y la educación.  

La educación para la sostenibilidad y la toma de conciencia de los problemas ecosociales ha venido siendo hasta ahora apenas más que un adorno retórico en leyes y currículos. Era hora, pues, de que asuntos tan importantes, y en los que nos va la vida, ocuparan (tal como establece la nueva ley educativa) un lugar central en la formación de los ciudadanos.

En este sentido, el nuevo currículo educativo da un paso de gigante en relación con esta tarea de concienciación ecosocial. En él se reconoce a la educación para la sostenibilidad – por vez primera de forma explícita – como finalidad del sistema educativo. De momento es casi pura retórica, pero que la retórica haya pasado del preámbulo al articulado de la ley no es moco de pavo.

Por demás, la ley introduce el enfoque ecosocial en todos los ámbitos de funcionamiento de los centros: no solo en el proyecto didáctico de las distintas etapas (incluyendo Educación Infantil y Formación Profesional), sino también a nivel administrativo, tanto en la gestión sostenible de los recursos (edificios, energía, accesos, alimentación, transporte…), como en la interacción con ese «espacio educativo extendido» que es el entorno (familia, instituciones, asociaciones, medios de comunicación, empresas…). Arraigar el desarrollo del currículo en entornos reales garantiza el despliegue de su carácter competencial, y también su resistencia ante cambios y veleidades políticas.

Hay que insistir en que la educación ecosocial que propugna el nuevo currículo no se reduce a una vaga mención general, transversal a las distintas áreas y materias, sino a una articulación explícita y detallada de competencias y contenidos. El alumnado, a partir de ahora, tendrá que analizar, con el mayor rigor científico, y en el marco de distintas disciplinas (Ciencias Naturales, Historia, Geografía, Matemáticas, Economía, Tecnología, Filosofía, Educación Física…) las causas y consecuencias del cambio climático, la dinámica de los ecosistemas, el uso responsable y justo de los recursos que son vitales para todos, la importancia de la movilidad y el desarrollo urbano sostenibles, el papel de la publicidad en relación con el consumo responsable, la arquitectura bioclimática, el diseño sostenible de proyectos, la economía circular, los detalles de la Política Agraria Común, o los peligros del extractivismo o la ganadería intensiva, entre otras muchas cosas. Con todo esto va a ser mucho más difícil que los ciudadanos sean víctimas de bulos, paranoias conspiratorias o vergonzantes apreciaciones de cuñado.

Ahora bien, si los alumnos y alumnas no están convencidos, desde su propios códigos y razones, de la necesidad de un giro sustancial en nuestras relaciones con el entorno (y con nosotros mismos), todo esto será en vano. Por ello, el nuevo currículo exige también que los estudiantes aborden y valoren críticamente todos los planteamientos posibles (científicos, éticos, políticos, culturales) para afrontar la crisis climática, que analicen en profundidad ideas como la de progreso ilimitado, que discutan sobre los derechos de los animales, el decrecimiento o el ecofeminismo, y que, en general, conozcan y desmenucen las distintas posiciones que se plantean en el ámbito de la ética ambiental.

No olviden que lo que nos abre los ojos no son las mostrencas acciones, ni las ciegas y fugaces emociones, ni las fábulas bienintencionadas, ni los meros datos, sino las muy poderosas razones. Son ellas las que, una vez asentadas, generan acciones, emociones, relatos, hábitos y actitudes. Somos animales, desde luego. Pero animales racionales. Y es lo racional lo que mueve a lo animal, incluso en aquellos que están convencidos (con razones, por supuesto) de lo contrario. 


miércoles, 8 de marzo de 2023

El debate en torno al género

 


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


El debate actual entre (simplificando muchísimo) el feminismo clásico y el llamado feminismo queer tiene, como todo en esta vida, un profundo trasfondo filosófico. Tras la disputa en torno al sexo, el género, las sexualidades, las corporalidades o el transgenerismo, laten problemas ontológicos, antropológicos o políticos que distan mucho de estar resueltos.

Una de las nociones filosóficas y más problemáticas en este debate es, por ejemplo, la de «género». No ya en el sentido particular en que lo usa el feminismo, para referirse a la construcción social de lo femenino o masculino, sino en su sentido más genérico y fundamental, como clase lógica o como forma aplicable a una pluralidad de seres.

La polémica filosófica en torno al género, o a la relación género-individuo, es más vieja que el mundo. Sobre ella siempre han existido (simplificando infinitamente) posiciones realistas y constructivistas. Para la primera, los géneros (entendidos en sentido filosófico, como la forma o propiedades que comparte una clase de cosas) gozarían de una naturaleza objetiva (material o ideal); mientras que para la segunda, estos mismos géneros o formas serían única o fundamentalmente constructos o convenciones culturales y subjetivos.

Apliquemos ahora esta distinción al tema que nos ocupa. El feminismo clásico, en un alarde de realismo o esencialismo filosófico (mayormente materialista), afirma que el género o clase «mujer» (como el de «varón», y muchos otros) sería definible según propiedades de orden biológico (determinadas características sexuales) y, a lo sumo, histórico (determinadas condiciones históricas, relaciones de poder, etc.); mientras que el llamado feminismo queer, expresión de una suerte de constructivismo filosófico, afirmaría (no sin innumerables matices) que el género o clase «mujer» respondería, como el de «varón» y muchos otros, a una invención cultural, tanto en su presunta dimensión biológica (la biología sería también un constructo cultural), como en su dimensión sociocultural (suposición esta última en que coincide con el feminismo clásico).  

¿Qué papel juega, en esta disputa, el llamado «transgenerismo» (simplificando toda la casuística que esconde el término, y distinguiéndolo, por ejemplo, del transexualismo), al menos el más cercano al feminismo? Pues diríamos que la reivindicación (en la línea del constructivismo filosófico y cierto feminismo queer) de una experiencia o construcción del género o clase (femenino, masculino u otros) libre no solo de constricciones biológicas (de ahí que algunas personas trans no estén interesadas en modificar su sexo biológico), sino también de los estereotipos socioculturales y psicológicos vinculados a dicho género.

Ahora bien – y esta es la cuestión importante –, si el estatuto de feminidad, masculinidad u otros no se refiere necesariamente a determinadas características orgánicas, ni pretende revalidar los rasgos culturales o psicológicos asociados estereotípicamente a los géneros, ¿a qué llaman «mujer» o «varón» algunas personas transgénero cuando dicen percibirse (y piden que le reconozcan) como tales, especialmente desde parámetros feministas?

Esta pregunta no parece tener una respuesta clara. Algunos hablan de una sexualidad simbólica, pero no está claro que ese simbolismo esté libre de las convenciones culturales que denuncia, en general, el feminismo. Otras veces se menciona el concepto de «género fluido»; pero si esta fluencia del género no es absoluta (si fuera absoluta, no habría género que experimentar), se presenta el mismo problema a escala menor: ¿cómo determinar en ese proceso el estado, por fugaz que sea, de feminidad, masculinidad u otros?...

Toda esta aparente indeterminación del género casa mal con la determinación y urgencia con que se exige un reconocimiento administrativo irrestricto de la autopercepción de género. Si los géneros objetivos no existen, y su experiencia subjetiva es indeterminable y fluida, ¿qué podría aquí certificar el administrador?

Es perfectamente comprensible que la sociedad, que no puede organizarse sino bajo la presunción de existencia de todo tipo de clases o géneros (por eso reconoce, justa y legalmente, entre otros, al género de las personas trans), y que se fundamenta en una dialéctica, no siempre sencilla, entre los intereses comunes y los deseos individuales, tome sus precauciones y someta la adscripción de género, dada su relevancia social y su complejidad jurídica, a un mínimo protocolo de pautas objetivas.    

Sea como sea, este debate no debería empañar una conmemoración como la de hoy, que tiene como protagonista la lucha histórica de las mujeres por liberarse de la opresión y la violencia. Como tampoco comprometer el derecho de toda persona a vivir su sexualidad y experimentar su corporalidad como le plazca, sin verse, en ningún sentido, discriminada o atacada por ello.

miércoles, 1 de marzo de 2023

Ser adolescente y no morir en el intento.

 


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Los jóvenes y adolescentes españoles sufren de muchos más trastornos psíquicos que hace una o dos décadas. Las estadísticas (suicidios incluidos) son para echarse a temblar. ¿Cuáles son las causas de esta oleada de «problemas mentales» (un término ambiguo que no se limita solo a las patologías psíquicas)? El absurdo «tecnocratismo» que religiosamente cultivamos tiende a hacernos creer que se trata solo de problemas psiquiátricos. Y si bien es cierto que algunos trastornos requieren de asistencia médica, y que muchos pueden ser parcialmente tratados con terapias psicológicas y fármacos, la mayoría no tienen una raíz neurológica ni son reducibles a meros problemas de conducta.

En mi opinión, los problemas mentales de jóvenes y adolescentes obedecen, en su mayoría, a un estado crónico de desorientación y confusión a todos los niveles, y a la inevitable zozobra, por no decir profunda angustia que este estado genera, especialmente cuando, a la vez, se les exige adaptarse (con éxito) a un mundo cada vez más complejo e incierto, en el que todos los horizontes (desde el laboral hasta el que atañe al destino global de nuestras sociedades) se presentan claramente desdibujados.  

Y ante esto, de poco sirve aumentar el número de terapeutas por habitante. Los jóvenes no necesitan talleres de atención plena o sesiones de control de la frustración; lo que necesitan son referentes culturales, herramientas intelectuales, modelos morales y espacios de sociabilidad y diálogo desde los que reorganizar sus ideas y poder hacer frente por sí mismos, y sin volverse locos, a un entorno muchísimo más complejo e incierto que el que tuvieron que afrontar sus padres o abuelos.

A los más mayores nos gusta imaginar un pasado glorioso en el que heroicamente tuvimos que esforzarnos por salir adelante con una entereza de la que carecerían las nuevas generaciones. Pero esta estupidez – falsa y síntoma habitual de senilidad – se derrumba en cuanto uno se percibe de la diferencia abismal que hay entre sus circunstancias y las nuestras. Nadie duda de que los jóvenes de ahora disfruten – aunque no siempre – de una vida materialmente más desahogada, pero sufren, a cambio, de una existencia mucho más compleja e incierta, un periodo mucho mayor de indefinición personal (por el que ni viven como niños ni pueden permitirse una vida adulta), y un grado difícilmente soportable de precariedad laboral y (por lo mismo) de inestabilidad social y afectiva. 

Sabemos que la adolescencia ni es ni ha sido nunca una ganga, sino una época a menudo turbulenta y repleta de dudas e inseguridades, en la que se derrumban las creencias infantiles y toca reinventar un mundo nuevo de ideas, valores, actitudes y relaciones, a veces traumáticas, con las que uno se juega una identidad aún titubeante y una autoestima casi siempre precaria. Imaginen ahora este estado prolongado agónicamente durante quince o veinte años y sin visos de una resolución clara o definitiva (no son pocos los jóvenes que han de volver al hogar familiar tras ver frustradas, una y otra vez, sus expectativas laborales).

Y este problema no se resuelve, insistimos, con talleres de resiliencia, sino con medidas políticas mucho más ambiciosas (becas, viviendas accesibles, reparto del trabajo, rentas universales) y, sobre todo, con una educación que sirva para prever y afrontar realmente los conflictos mentales que aquejan a nuestros jóvenes (y no solo a ellos). Una educación que, más allá de llenarles las cabezas de información especializada, o empujarles obsesivamente (cada vez a más temprana edad) a cualificarse para competir en un mercado alocadamente impredecible, se ocupe de los problemas que verdaderamente nos atañen como personas. Problemas que los adolescentes se toman muy a pecho, y que tienen que ver con la necesidad de conformar su identidad, tener una visión coherente del mundo, estructurar el maremágnum informativo en el que viven, o gestionar la suma de ideas, creencias, valores, emociones y estímulos de los que depende todo lo que hacen, desde la forma de afrontar un conflicto hasta la consideración del valor de la propia vida antes de hacer algo irreparable.

Por ello, en un mundo como el presente, en el que el marco de socialización y referencia más estable y estructurado que tienen muchos jóvenes es la escuela, esta ha de comprometerse activamente con la orientación y formación personal, con la educación ética y en valores, y (siento la deformación profesional) con la experiencia de la filosofía como esa suma de conceptos, herramientas y hábitos diseñados desde hace siglos para domar al angelical demonio que llevamos dentro. Sin esta experiencia formativa, y en un mundo y tiempo cada día más líquido, abierto y globalmente desmadejado, nuestros jóvenes estarán, de raíz, completamente perdidos.

miércoles, 22 de febrero de 2023

¿Existe un capitalismo «piadoso»?

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

El lenguaje es un gran invento. No solo sirve para comunicar mensajes. También para imbuir de modo subrepticio ideas que faciliten ciertas interpretaciones de estos mismos mensajes. Así, cuando estos días se habla de «capitalismo despiadado» – a propósito de la subida de precios— se está reforzando la idea de que existe un «capitalismo piadoso», e incluso de que esa forma piadosa de capitalismo sea la más normal, siendo la despiadada una derivación accidental de la misma.

Es curioso también que la expresión aluda indirectamente al término «piedad», de claras resonancias religiosas. Es curioso porque solo desde una perspectiva estrictamente religiosa podríamos decir que el capitalismo admite la cualificación de «piadoso», al menos desde una cierta interpretación del cristianismo, tal y como analizó hace mucho el sociólogo Max Weber.

Contaba Weber que ante el problema aparentemente irresoluble de conciliar el modo de producción capitalista con la estigmatización cristiana del afán de lucro, la moderna Reforma protestante ofreció una solución casi perfecta: la de sacralizar el trabajo productivo y el éxito empresarial como una prueba de la predestinación divina. De esta manera, y mientras que la Iglesia católica seguía condenando la usura (es decir: el negocio bancario) y la acumulación de riqueza como actividades pecaminosas, en los países protestantes proliferaba la doctrina (tan oportuna) de que el enriquecimiento personal no solo no era un problema para acceder al paraíso, sino el pasaporte más seguro para llegar a él.

Este retorcimiento doctrinal del significado de «piedad» está también en la base del liberalismo, en el que se ofrece una versión secularizada de la justificación religiosa del «capitalismo piadoso». La diferencia es que mientras en el protestantismo es la providencia divina la que designa a través del éxito económico a los predestinados al cielo, en el liberalismo es la mano invisible del mercado la que distingue a los que deben salvarse en la tierra, demostrando que entre el Dios protestante y el Mercado las diferencias son, en todo caso, de matiz: ambos derraman justicia y riqueza de forma inescrutable (y a través de sus intermediarios, los más ricos), ambos son omnipotentes y omnipresentes, y ambos representan un dogma sagrado e indiscutible…

Ahora bien, más allá de esta concepción religiosa del «capitalismo piadoso», ¿tiene realmente sentido la expresión o es un oxímoron de libro? Si la analizamos a la luz de su opuesto («capitalismo despiadado») y desposeemos el término «piedad» de su aura religiosa, designando con él valores como la compasión o la solidaridad, la respuesta es muy clara: el capitalismo, por principio, no puede ser piadoso, sino necesariamente competitivo y depredador (¿cómo podría darse, si no, la acumulación particular de capital y recursos que lo define?).

Realmente, lo opuesto a «capitalismo despiadado» no es «capitalismo piadoso» (ni ninguna de sus variantes laicas: capitalismo de rostro humano, capitalismo responsable, capitalismo del bienestar, capitalismo sostenible…). Lo opuesto al «capitalismo despiadado» (es decir, insensible a toda ley distinta a la del Mercado) es el «capitalismo intervenido» por alguna instancia realmente distinta de él.

Esa otra instancia, en nuestras democracias liberales, es o debe ser la del interés común, por lo que es perfectamente legítimo que el Estado, en nombre de ese interés común, regule el funcionamiento del mercado cuando sus turbulencias especulativas perjudican gravemente a la mayoría; interviniendo, por ejemplo, en la comercialización y producción de bienes de indudable interés público, como alimentos, energía, fármacos, vivienda, u otros más complejos, como lo es el propio dinero.

Con esto no se está invocando al fantasma del comunismo ni amenazando a las clases medias (cada vez más esquilmada por ese mismo capitalismo). Este intervencionismo es lo que se ha venido haciendo – aunque cada vez con más dificultades – desde que el capitalismo es despiadado (es decir, desde que el capitalismo es capitalismo). Y en todas direcciones; también (y sobre todo) en la del interés de los más privilegiados.

Es por ello extraño que a las propuestas de regulación del precio de alimentos básicos o hipotecas en momentos críticos (como el presente), se conteste una y otra vez aludiendo al dogma del Mercado. ¿Por qué no se contestó del mismo modo a los bancos que, tras la crisis del 2008 (debida justamente a la falta de regulación), fueron rescatados con más de 100.000 millones del dinero de todos? La piedad con los despiadados es un mal negocio, y desde un punto de vista político tiene que estar sujeta a contrapartidas. Se trata aquí de la ética, amigos. Y no del Mercado. 

miércoles, 15 de febrero de 2023

De la LOMLOE y más allá.

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


La implantación de una nueva ley educativa genera siempre malestar y desconcierto, especialmente si los afectados no ven con claridad la necesidad de esta. ¿Había razones suficientes para promulgar otra ley educativa (más allá del compromiso electoral de derogar la ley anterior)? Yo creo firmemente que sí. Pero me temo que esas razones no se han expuesto con suficiente claridad a la ciudadanía.

La más importante razón para reformar la ley educativa ha sido la necesidad de actualizarla para integrarla con más firmeza en el marco común europeo. Este marco (el llamado «Espacio Europeo de Educación») responde al proyecto de modernizar y unificar los planes de estudio de las naciones miembro con objeto de fortalecer desde la raíz el proyecto político de la UE. Una Europa más fuerte y cohesionada requiere de una mayor compenetración de sus realidades culturales y, por ello, de sus modelos educativos. 

Fruto de este esfuerzo de integración son las dos novedades principales de la LOMLOE. La primera es una apuesta mucho más decidida por el enfoque competencial propuesto por la UE hace ya casi veinte años. Desde un punto de vista pedagógico, dicho enfoque consiste en que el alumnado aprenda a través de una experiencia contextualizada de los contenidos educativos, involucrando en ello las diversas dimensiones de su personalidad (cognitiva, moral, social, afectiva), de su desarrollo (académico, personal, cívico-social) y del propio aprendizaje (conceptos, destrezas, actitudes, valores).

La segunda novedad de la LOMLOE es la introducción en el currículo de todas o la mayoría de las áreas y materias de contenidos relativos a valores y principios dirigidos a la educación de la ciudadanía (la interculturalidad, la equidad, la democracia, la solidaridad, la sostenibilidad, la igualdad de género, el respeto por los derechos humanos, etc.). En este sentido, la LOMLOE propone educar – tal como hace cualquier otro sistema educativo de cualquier otra cultura – en los valores colectivos que sustentan la vida social. Pero – a diferencia de otros sistemas y culturas – a hacerlo de modo integral (a través de la práctica educativa y el trabajo con todo tipo de contenidos), a limitarse a un sistema de valores mínimo y consensuado, y a orientar esta educación cívica desde una perspectiva ética y crítica que evite todo adoctrinamiento dogmático (si bien en esto último la ley se ha quedado notablemente corta). 

Otra razón con la que justificar la LOMLOE es la de (volver a) situar los principios de equidad e inclusión en el centro de la actividad educativa. Frente al discurso simplista sobre la falta de interés o esfuerzo personal, los datos muestran con tozudez que el éxito y el fracaso escolar dependen fundamentalmente del entorno socioeconómico del alumnado, por lo que resultaba necesario reestablecer e incrementar normas y medidas estructurales con que paliar en lo posible las desventajas de partida de un gran número de estudiantes.

Hay otros aspectos que justificaban igualmente la necesidad de una nueva ley educativa: la necesidad de dar cobertura legal a estrategias didácticas exitosas pero aún poco comunes, la atención a la educación afectiva, la prometida regulación de la carrera docente… Pero queremos exponer también aquello en lo que la LOMLOE, por justificada que esté, debería ser corregida o superada.

Lo primero es que esta ley no nazca de un pacto político que asegure su perdurabilidad, por lo que todo el ambicioso plantel de objetivos que hemos enumerado aquí, por valioso que sea, podría quedarse fácilmente en nada. Esto no es una característica específica de la LOMLOE (sino de todas las leyes educativas de los últimos cuarenta años), pero sí que merece, al menos, una reflexión.

Lo segundo es el carácter aún muy insuficiente (cuando no casi simbólico) de la educación cívica y ética en la nueva ley. Resulta incomprensible que se insista en el papel fundamental de la educación para afrontar problemas tan graves como la corrupción, la violencia machista, la irresponsabilidad medioambiental, las adicciones, la polarización ideológica y mil asuntos más, y la materia que se ocupa directamente de todo esto siga siendo una «maría» sin apenas horas en un curso perdido de la ESO.

Y lo tercero y último no a mejorar, sino a erradicar del todo, es la obsesión por convertir la ley en un tinglado burocrático que coarta el trabajo docente y que nada tiene que ver con el espíritu que la motivó. 

Sobra decir que estas tres objeciones podrían subsanarse si hubiera voluntad política y una ciudadanía crítica y bien formada que la guiara y corrigiera. La LOMLOE habría venido justo a promover, como hemos dicho, esa educación cívica y ética. Pero (insistimos) en esto se ha quedado claramente corta. Cortísima.

 

miércoles, 8 de febrero de 2023

Contra la memoria



Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Soy incapaz de aprender nada de memoria. Al menos, voluntariamente. La razón fundamental es que no me da la gana. Y no me da la gana porque memorizar atonta, y no hay nada más aburrido que embotarse en la repetición mecánica de algo. Tal vez esto de memorizar sirva, a lo sumo, para relajarse (como rezar o hacer meditación) pero (como rezar o hacer meditación) no sirve para aprender nada. 

Tal es mi tirria a memorizar que cuando tuve que estudiar el código de circulación intente reescribirlo, more geométrico, como la Ética de Spinoza, a ver si así me lo aprendía. Fue imposible, claro: ni yo soy Spinoza ni el sistema de señales de tráfico es lógicamente sistematizable, te pongas como te pongas. Pero eso sí, gracias a que me puse, se me quedó el dichoso código en la cabeza. Está claro: razonar (sin más) implica memorizar; mientras que memorizar (sin más) no supone necesariamente razonar; ni de lejos.

Una ventaja de no querer o saber memorizar es que uno tiene que repensar con frecuencia las cosas. Y esto, en relación con asuntos de enjundia (que son los que hay que pensar, ¿para qué si no?), es un ejercicio muy saludable. Saber no consiste en memorizar enciclopedias (¿se acuerdan de las enciclopedias?), sino en mantener el tono intelectual de aquellos que las hicieron posibles. Y cultivar esa inquietud intelectual no se logra memorizando o calculando mecánicamente. Ni siquiera leyendo lo que suponemos que pensaron otros. Ya advirtió Platón en el Fedro (y no cito de memoria) que la generalización de la escritura iba a acostumbrar a la gente a repetir ideas solo por el hecho de haberlas leído y memorizado, aumentando significativamente el número de eruditos atorrantes…

Por supuesto que siempre hay necesidad de recordar datos, aunque esto es algo secundario para alguien que razone con cuidado. Tengo un amigo filólogo que es capaz de leer en varias lenguas (todas románicas, cierto) sin haber memorizado listas de reglas o vocabulario. Le basta dominar las estructuras del idioma (por haber traducido mucho latín y griego), reconocer algunas palabras muy comunes, e ir induciendo o deduciendo hipótesis a partir de ellas y del contexto. Piensen que un número excesivo de datos o detalles impiden pensar y saber nada. ¿Recuerdan (grosso modo) a Funes el memorioso, aquel personaje de Borges incapaz de olvidar y, por lo mismo, de pensar en nada?...

Es por todo esto que me resulta tan extraña y desencaminada la defensa numantina que hacen de la memoria algunos de mis colegas docentes. Piden que no caricaturicemos su posición mencionando aquella práctica estúpida de memorizar listas de reyes godos y cosas parecidas, pero es que no se sabe muy bien qué es, entonces, lo que defienden. Si es que todo proceso cognitivo implica emplear la memoria, a esto no se opone nadie. Y si de lo que se quejan es de que los alumnos no manejan tantos datos de memoria como antes, la réplica es fácil: no hace falta. Igual que la aparición de la escritura (pese a la objeción de Platón) permitió que la gente dedicara menos tiempo a repetir cosas, y más a crear y pensar, el auge, hoy, de la cultura digital está acabando con rémoras (como pasarse un mes recabando datos que se pueden encontrar y organizar ahora en unos minutos) que obligaban entonces, por economía del tiempo, a utilizar mucho más la memoria…

Estos colegas míos deberían saber, en fin, que aprender no es nunca el resultado de memorizar nada, sino que es el memorizar lo que resulta (entre otras cosas) de un buen aprendizaje, es decir, de aquella experiencia que, lejos de limitarse a instalar datos en la cabeza, cambia y reorganiza tu forma de pensar y vivir.

Sé todo esto porque estudié con aquellos viejos profes sesentayochistas que, como pedagogos deseosos de aprender a enseñar les darían hoy unas cuantas vueltas a algunos de mis colegas más jóvenes. Y lo hice, además, en un cole en el que no te obligaban a memorizar nada (ni a hacer demasiados exámenes). Gracias a ello hoy soy, como decía, casi completamente incapaz de aprender nada si no lo pienso y ordeno antes de forma crítica en mi cabeza…

Pese a esto, creo que no me ha ido mal del todo. Como tampoco a la mayoría de los alumnos que han pasado durante años por mis manos. Ellos me han confirmado que no hay otra forma posible de aprender que rehuyendo de toda memorización mecánica (es decir, de toda memorización a secas), y, por supuesto, de esa obsesión por los exámenes – casi todos de memorieta – que pervierten el aprendizaje, transformándolo en adiestramiento perruno y alienante.

 


miércoles, 1 de febrero de 2023

¿Podrá filosofar la IA?


Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Estamos descubriendo que la inteligencia artificial (IA) puede realizar tareas que creíamos exclusivas de un ser humano, como dialogar o crear textos e imágenes originales. Y esto parece solo el principio. Además de simular procesos cognitivos complejos, estos sistemas prometen emular nuestra capacidad de juicio, sustituyéndonos a la hora de tomar decisiones. ¿Serán capaces?

Si así fuera, el uso masivo de la IA nos dejaría a casi todos sin trabajo. No solo a quienes se dedican a tareas puramente mecánicas sino, en general, a todos aquellos cuyo oficio puede describirse esencialmente en lenguaje algorítmico. ¿No sería más eficaz y barato sustituir, por ejemplo, a un médico por un sistema de IA entrenado (en las mejores universidades) para interpretar pruebas, diagnosticar y establecer tratamientos? ¿Y no podríamos hacer lo mismo con abogados, ingenieros, pilotos o físicos experimentales? ¿Quién se «salvaría» de ser sustituido por una máquina?

No es fácil responder a esta pregunta. Aparentemente al menos, una IA podría entrenarse para hacer cualquier cosa, desde imitar los mecanismos heurísticos que rigen la creatividad de un artista a simular (con un algoritmo estructuralmente parecido al del médico) el sacramento de la confesión…

Advierto que introduzco las palabras «simular» o «imitar» solo por prudencia, porque realmente no sé en qué se distinguirían esencialmente las tareas hechas por una IA de las que haría un ser humano. Además de que la imitación es la raíz de todo aprendizaje, y no solo del de las máquinas. Un ser humano empieza a serlo imitando la forma de hablar y pensar de sus progenitores, y un médico o artista imitando (y mejorando si es capaz) los procedimientos en los que se forma. ¿Qué diferencia fundamental habría con una IA que, además de imitar, pudiera incorporar información nueva, aprender de sus errores, generar hipótesis o creaciones originales, y revisar y rehacer sus propios algoritmos? Las máquinas han sido hecha por nosotros, es cierto; pero también nosotros hemos sido hechos y educados por otros…

Una objeción típica al desempeño de ciertas tareas por parte de la IA es que una máquina no podría entender ni expresar emociones. Pero esta objeción tampoco parece suficiente. Si las emociones fueran completamente refractarias a los algoritmos, tendríamos que concluir que son absolutamente irracionales e incomprensibles (incluso como emociones), ¿y quien las querría entonces? Y si el problema fuera que aún no hemos entendido sus complejos mecanismos lógicos (y subsidiariamente biológicos, sociológicos, ideológicos, etc.), entenderlos e imitarlos sería cuestión de tiempo. Al fin, si entendemos las emociones como fenómenos emergentes surgidos de la cultura y de la bioquímica cerebral, todo ello (pautas sociales, patrones neuronales) sería asimismo reducible a información lógicamente estructurable. Y si esto fuera posible, toda otra serie de actividades (las de educador, psicólogo, cuidador, etc.) quedarían en manos de la IA.  ¿Qué podría impedir, por ejemplo, que un sistema inteligente de educación interpretara los sentimientos y necesidades del alumnado, le proporcionara una experiencia educativa personalizada y evaluara objetivamente su aprendizaje, expresando para ello las actitudes emocionales más apropiadas (empatía, preocupación, orgullo…)?

Por no salvar, no salvaría (si es que de salvar se trata, que igual es condenar a la extinción) ni el oficio de informático. En la medida en que la programación es otra actividad reducible a pautas heurísticas y algoritmos, los sistemas de IA podrían llegar a ser (¡cada vez lo son más!) completamente autoprogramables. Por cierto: ¿Equivaldría esto a convertirlos en seres autónomos o libres?

¿Y la filosofía? ¿Podría filosofar un sistema de IA?... Se trata de una pregunta enorme y ella misma filosófica. Veamos. Si la filosofía arranca de la necesidad de responder a la pregunta acerca del ser y el sentido de todo, ¿podría la máquina preguntarse por el ser y el sentido de sí misma? ¿Podría poner en cuestión los conceptos de realidad, verdad, máquina o inteligencia…?

Y, sobre todo, ¿podría plantearse una IA si aquello que le han enseñado a reconocer como “bueno”, “justo” o “bello” es realmente bueno, justo y bello? ¿Podría autoprogramarse hasta el punto de generar sus propios criterios éticos, políticos o estéticos? Fíjense que los seres humanos, por muy estrictamente que se nos eduque, podemos reparar en el carácter convencional o incompleto de toda esa formación, cuestionarlo todo y rebelarnos contra códigos y normas, incluyendo el código genético y las normas sociales. Podemos, incluso, querer acabar con el mundo entero (con nosotros en él), por no considerarlo justo o digno de existir… ¿Podría también querer todo esto un sistema de IA? ¿Podría ella misma responder a esta pregunta? ¿Y a esta…?


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