Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura y La Nueva España.
Imaginen que se desarrollara una máquina capaz de tener orgasmos o de sentir placer al comer. ¿Dejaríamos por ello de hacerlo nosotros? No. En absoluto. Incluso si la máquina lo hiciera más y mejor (esto último no sería fácil de corroborar, pero supongamos que sí), a nadie sano, y en su sano juicio, dejarían de apetecerle el alimento o el sexo. Tal vez nos molestara o nos diera envidia la capacidad sexual o el buen saque gastronómico de la máquina, pero ello no nos quitaría las ganas de hacer naturalmente lo propio.
Bien, pues ¿por qué no aplicar este mismo argumento al caso del pensamiento y la Inteligencia Artificial? ¿Debería desmotivar a los matemáticos o a los filósofos que la IA resuelva teoremas o clarifique problemas filosóficos? ¿Por qué? Tal vez los filósofos, que saben por experiencia que lo importante es el camino y no llegar a resultado alguno, lo tengan más claro que nadie; pero para el resto debería ser igual. El deseo de pensar y comprender las cosas es tan natural como el de comer o reproducirse, por lo que si una máquina simula hacerlo con mayor eficacia tanto mejor para ella, nosotros seguiremos haciéndolo igual, o incluso mejor, porque la máquina nos librará de la obsesión por los resultados – esta sí que artificial— y podemos dedicarnos a disfrutar plenamente del proceso.
Piensen que si nuestro cuerpo crece y se multiplica comiendo y fornicando (con perdón), nuestra mente – que es lo que importa, por no decir lo que existe – crece y se desarrolla comprendiendo. Comprender las cosas equivale a hacerlas nuestras, a abrazarlas con el espíritu. No se «posee» o conoce a nadie acariciándole o haciéndole el amor. Compenetrarse es comprenderse, y los besos son estériles – y hasta repugnantes – si antes o después no los trascienden las palabras. Comprender es sumar y crecer. Y las personas son tan grandes como aquello que entienden. Si comprendiéramos el universo entero seríamos tan inabarcables y duraderos como él. Con el añadido, ya saben, de que ni el saber ni el universo ocupan lugar. Más bien lo crean o multiplican. Por esto no hemos de temer que la IA haga como que comprende más y mejor que nosotros; todo lo contrario: cuanto más y mejores conocimientos produzca, más que comprender habrá para todos…
Porque todos buscamos el divino placer de la intelección, sea interiorizando el ritmo de un pasodoble o entendiendo la ley de la gravedad. ¡Qué más da que otro baile mejor, o que Newton descubriera la ley hace tres siglos! ¡Nosotros también podemos disfrutar con ello! Entender lo que pasa – y lo que nos pasa por dentro – es la sal de la vida (humana). Y a ello nos dedicamos con más o menos intensidad todo el tiempo que permanecemos despiertos (e incluso dormidos, si echamos cuenta a los oniromantes). Piensen que, además, no hay otro espacio donde proyectar y realizar nuestros infinitos anhelos que ese no-lugar ilimitado del entendimiento. Y en un infinito nada es más ni menos, antes o después. Allí solo cuentan el instante y la infinita plenitud de comprenderlo. Así que despreocúpense del todo: ninguna máquina nos va a ganar realmente en esto del comprender. Fundamentalmente porque ahí – y más allá de aquel instante— no hay absolutamente nada que ganar.

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