Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura.
Escuchaba en la radio al responsable de la DGT, Pere Navarro, defendiendo la bajada de la tasa de alcohol permitida al volante del 0.5 al 0.2 gr/l, lo que técnicamente equivale a una tasa cero (hasta 0.2 se puede dar positivo incluso sin beber alcohol). La medida ha sido aprobada a trámite por el Congreso y, según contaba exultante el señor Navarro, nos pone a la altura de las exigencias de la OMS y de países como Noruega o Suecia (alejándonos de la mayoría de la UE, que mantiene la tasa al 0.5 o incluso de alguno, como Inglaterra, que la tiene en 0.8 ). Aunque sospecho que me van a llover críticas, dejo aquí unos sobrios comentarios al respecto.
Que el alcohol tiene efectos en cualquier cantidad en que se consuma está claro. Todo lo que tomamos o hacemos lo tiene. Otra cosa es que este efecto sea siempre incapacitante para conducir. Es cierto que, con la tasa permitida hoy (menos de 0.5 gr./l) el alcohol puede disminuir relativamente los reflejos o provocar una cierta relajación (como otras mil cosas: conducir a ciertas horas, pensar en tus asuntos, charlar con alguien, escuchar la radio, mirar el paisaje…). La cuestión es si esa disminución de los reflejos o de la tensión es realmente relevante, porque nadie querrá –digo yo— prohibir también que se piense, se hable, se escuche música o se mire algo más que las rayas de la carretera mientras se conduce…
Y miren que conducir sería mucho más seguro si prohibiéramos conducir después de comer (o comer mientras se conduce), viajar estresado o deprimido, fumar, discutir con tu acompañante, atender a los niños, entusiasmarte con tu música favorita o distraerte con la raja de la falda de alguien, como decía la casposa canción de los Estopa. De hecho, la causa más corriente de accidente son distracciones como las ya citadas, y no conducir con una tasa de alcohol menor a 0.5, aunque esto último (además de ser más fácilmente punible) es considerado más objetable moralmente. De un tiempo a esta parte la bebida empieza a estar tan mal considerada como en las sociedades protestantes, y eso que nuestra cultura del alcohol nada tiene que ver con la de Suecia o Noruega (acabaremos escondiendo la botella de Rioja del super en una bolsa de papel, como en los supermercados americanos, ya verán).
En general, la política de la DGT parece empeñada desde hace años en reducir el riesgo de accidentes a cero. Loable empeño, pero imposible de cumplir a no ser que, lisa y llanamente, dejemos de coger el coche. Si el precio a pagar por rebajar la siniestralidad hasta extremos infinitesimales (se ha reducido en un 70% durante los últimos veinticinco años) es prohibirlo casi todo, yo creo que la mayoría de nosotros preferimos asumir el riesgo de conducir bajo una normativa que te permita hacerlo como un ser humano. No se trata de defender el liberalismo de cuñado de Aznar (al que nadie decía cuántas copas beber al volante), pero tampoco de apostar por el puritanismo ilustrado de la DGT de Navarro, nunca mejor expuesto que en aquel lema publicitario suyo, despótico y paternalista: “No podemos conducir por ti” … Aunque ya puestos. ¡Qué demonios! ¡Qué conduzcan de verdad por nosotros: que nos pongan un chofer, y un coche oficial a todos! O mejor: un ático en el centro, para que podamos ir al trabajo dando un paseo y tomarnos tranquilamente una caña y una tapa después. Mientras, ya lo sabes: si vives, no conduzcas.

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