Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura y el Diario de Ibiza.
En España hay una ingente población de chulos y chulas. No sé incluso si la especie proviene de nuestro país, de dónde se habría extendido al resto del mundo, o si ha surgido a la vez en distintos lugares y culturas, adoptando en cada sitio una idiosincrasia particular. En todo caso, el chulo (o chula) ibérico es muy antiguo. Tanto, que ha tenido tiempo para multiplicarse y reinventarse en múltiples subespecies. Desde las más populares, como el chulo de playa o la chulapa madrileña, hasta las más encumbradas, como el cacique, el académico castizo, el buen patrón, el militar o el juez salvapatrias, el arribista, el nuevo rico, el tertuliano pendenciero, el moralista inquisitorial, el sabio perdonavidas…
De hecho, creo que somos uno de los países – junto a otros como Italia, creadora del término y patria de chulazos como Berlusconi o Mussolini – donde más se encumbra al delincuente y al sinvergüenza que demuestran espíritu y gracejo. No hay más que darse una vuelta por nuestra literatura, repleta de héroes bravucones, villanos faroleros, soberbios ladrones y pícaros entrañables. O por nuestra fiesta nacional, consistente en acosar, chulear y burlarse con arrogancia de un inocente toro. O por nuestra música más característica y sublime, el flamenco (vocablo que significa básicamente «chulo»), arte originario de majos, curros y gitanos, pleno de desplantes y aires de rompe y rasga… Vivimos, en general, en un país de chulos, baladrones y macarenos, en el que pasarlo bien es coger un vacilón y vacilarle al que no debes (al que es más chulo que tú) motivo para que te partan la boca o la jeta – no un brazo, ni una pierna, sino la cara, que es donde aflora la chulería –.
Ser un chulo o un cara vende, pues, mucho. Vende en política, en los medios, y en ese tráfico compulsivo de memes que llamamos «debate» público, en el que no hay nada más insulso que alguien dubitativo y prudente. Venden chulería a derechas y a izquierdas. Lo que ocurre es que la chulería más a la derecha – ese cuñadismo de barra de bar, en que se opina chulescamente y se dicen barbaridades y simplezas al son de tintineo de los cubatas – es mucho más popular que esa otra, suavona y sectaria, que exhibe la izquierda – esa arrogancia ilustrada desde la que se contempla con apocalíptica conmiseración la marcha de los pueblos – …
Pero la chulería no solo prende en política, sino en todos los ámbitos de la vida social. Está en el chulo omnisapiente y profesoral, al que nadie «da lecciones»; en el chulo «bandolero» que se salta a la piola leyes y procedimientos; en el chulo emocional (el donjuán, otro arquetipo patrio aún vigente); en el chulo común, que va arrasando por el mundo como si estuviera solo (fumándote en los morros, gritando como un descosido, conduciendo como quiere…); o en el chulo juvenil macho, ciegamente entregado al rito de provocar, acosar a los más vulnerables o hacer resonar esa especie de cuerno o falo que es el escape de su amotillo, como sutil reclamo de apareamiento…
En fin, que lo chulo sería que en este país hubiera una reconversión industrial de chulos, una devolución masiva a países en donde ya gobiernan sin disimulo, o lo mejor: una mutación espiritual generalizada como la de Don Miguel de Mañara, aquel chulo señorito sevillano del XVII que tras una vida vacilándole a todo cristo, decidió convertirse de golpe en «el más» prudente, humilde, arrepentido y compasivo del mundo. Pareciera que un chulo no puede dejar de serlo ni hasta para dejar de serlo.

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