En este artículo de Miquel Ángel Ballester tenéis un completo catálogo de recursos para degustar la filosofía fuera del aula (televisión, radio, youtube, podscats, festivales, libros divulgativos, filosofía en la calle...).
domingo, 5 de diciembre de 2021
Recursos para hacer filosofía fuera del aula, por M. A. Ballester
En este artículo de Miquel Ángel Ballester tenéis un completo catálogo de recursos para degustar la filosofía fuera del aula (televisión, radio, youtube, podscats, festivales, libros divulgativos, filosofía en la calle...).
martes, 30 de noviembre de 2021
¡La ética, esa maldita María!
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en el diario.es
Las “Marías”, ya sabrán o recordarán ustedes, son aquellas
asignaturas de naturaleza “decorativa” que dábamos en el colegio y que le
importaban un bledo a todo el mundo. Solían ocupar un espacio mínimo o
simbólico en el horario (una o, con suerte, dos horas por semana) y las
impartían profesores que, en muchos casos, no tenían ni idea, con lo que, en
buena lógica, se dedicaban a matar al tiempo proyectando películas o charlando
de lo primero que se les pasaba por la cabeza. Eso sí, en la época de los
sacrosantos exámenes, nos dejaban la hora para estudiar. Y esa era, casi
siempre, la única utilidad que tenían.
“Marías” las hubo y las hay de diversos tipos. Hagan
memoria: la plástica, la educación física, el arte, la religión y, desde luego,
la ética. Algo, esto último, que siempre me llamó mucho la atención. La
educación plástica es fundamental, sin duda, y la educación física, y la
música. Y la religión, para qué nos vamos a engañar, también significa mucho
para mucha gente. Pero, ¿y la ética? – pensaba yo – ¿No es acaso lo más
importante de todo? ¿No es fundamental saber algo (o intentarlo) acerca de un
asunto tan peliagudo como el de “lo bueno y lo malo”?
Porque a ver: la vida, la salud, el dinero, el amor, la
religión, la música, o lo que sea, nos parecen importantes porque las consideramos
cosas “buenas” (y definan bueno en el sentido que crean más bueno: placentero,
conveniente, debido, justo, digno…). ¿Pero por qué han de ser “buenas”? De
hecho, hay gente que no las considera así (los suicidas, los que se enganchan a
drogas peligrosas, los que desprecian la riqueza, los que practican la
castidad, los talibanes que odian la música…). Fíjense que incluso para
averiguar si algo es realmente más importante (es decir: “más bueno”) que la
ética haría falta la reflexión ética…
Ahora bien, siendo la ética lo más importante de todo (o, al
menos, la materia que sirve para pensar en qué es lo más importante de todo),
¿cómo es que se la trata en el sistema educativo como una maldita María?
Además, el resto de las tradicionales Marías (la educación física, la
música, la religión…) tienen, como mal menor, otros espacios disponibles para
quien esté interesado: los gimnasios y polideportivos, las escuelas de música,
las parroquias… ¿Pero y la ética? ¿Dónde se imparte ética más allá de la
escuela?
Hay quien responde a esto último que “en casa”; es decir,
que es en el entorno privado donde hay que transmitir la moral y los valores.
Pero ni a mí ni a los adolescentes a los que doy clases nos convence para nada
esta respuesta. Primero, porque no solemos estar de acuerdo con gran parte de
los valores que se nos transmiten, casi siempre sin razón suficiente, desde el
entorno familiar, social o mediático. Y segundo, y más importante, porque nos
parece que sobre esto de la ética tiene que haber algo más que el saber
infuso y parcial (cuando lo hay) de la familia, las tertulias de la tele o los
colegas.
¡Y vaya si lo hay! Cuando uno abre cualquier manual de
filosofía y se va al capítulo dedicado a la ética, comprueba que sobre esto tan
presuntamente infuso o subjetivo de “lo bueno y lo malo” existen decenas de
escuelas, tendencias y teorías, tanto antiguas como de rabiosa actualidad, y
cientos de libros, tesis y expertos investigando, debatiendo, produciendo ideas
y participando de comités científicos, médicos, empresariales o políticos. Esta
ética no es, por demás, ninguna lista de mandatos o valores que haya que
adoptar por narices, o desde argumentos ya inventariados, sino una disciplina
que lo analiza todo: desde lo que es una “norma” o un “valor” hasta las peculiaridades
del lenguaje en el que expresamos y justificamos nuestros particulares juicios
morales. Un saber, además, en que se diseccionan y afrontan problemas
cotidianos que a mucha gente ni siquiera le parecen problemas, sino “cosas que
pasan” (la desigualdad económica, el sometimiento de las mujeres, las
consecuencias del desarrollo tecnológico, la manipulación de los medios, la
injusticia de las leyes, y mil más).
Porque, y esta es otra, mucha gente, gobernantes incluidos,
piensa que la ética y la simple educación en valores son lo mismo, confusión
que se debe, sin duda, a que a menudo se usa el mismo término para designar al
que es “bueno” y al que estudia “lo que es bueno”, al que hace “lo que hay que
hacer”, y al que se pregunta de forma sistemática “por qué hay que hacerlo”.
Pero es claro que ambas cosas son muy distintas. La educación en valores está
dirigida a la transmisión de aquellos mínimos principios morales o normativos
que deben regular la convivencia y el comportamiento de las personas, mientras
que la ética se ocupa de la reflexión racional acerca de los valores y de lo
valioso en sí, dotando al alumno de las herramientas y hábitos (teorías y
enfoques éticos, conceptos de filosofía moral, pensamiento crítico y
sistemático, lógica y ética de la argumentación, procedimientos dialógicos,
análisis de dilemas morales, etc.) necesarios para afrontar por sí mismo los
retos y desafíos de su entorno, además de establecer de forma autónoma y
responsable su propia escala de valores.
Además, todo esto tan sumamente importante que transmite la
ética (y no, o solo circunstancialmente, la educación en valores) no lo puede
enseñar “transversalmente” ninguna otra materia. En todas las materias se puede
desentrañar un problema moral, ejercitar el diálogo argumentativo o practicar
el pensamiento crítico, pero solo en ética se trata de todo esto de manera
sustantiva, exhaustiva y problematizada, atendiendo a sus fundamentos,
condiciones, normas, tipos, propiedades y límites. Pensar lo contrario sería
tan absurdo como pensar que, dado que en todas las asignaturas se habla o se
manejan números, podemos convertir a la lengua o la matemática en “Marías” con
una hora semanal.
Porque, hablando claro: que después de tanto bla-bla-bla
de los políticos sobre lo importantísimo que es la educación para resolverlo
todo (desde el cambio climático a los discursos de odio, pasando por el
machismo y la violencia contra las mujeres, el consumismo, las adicciones, la
desinformación, la corrupción, el suicidio juvenil, el género, y mil asuntos
más) ahora resulte que la única materia que se ocupa directamente de todo esto
en la educación obligatoria sea una asignatura consagrada a la educación en
valores (no estrictamente a la ética) y con una sola hora a la semana (35 horas
en toda la ESO, mientras que Religión, por ejemplo, dispone de 140) es, si lo
hubiera, de juzgado de guardia político – un juzgado, por cierto, que tendría
que estar compuesto de ciudadanos éticamente bien formados –.
En conclusión, sin una profunda educación ética y bien
dotada de horas y espacios en las escuelas e institutos, vamos a generar
ciudadanos no solo incapaces de afrontar de forma madura dilemas y decisiones
de relevancia personal y social, o de entender a fondo lo que implican sus
propios juicios y posiciones morales o políticas, sino algo peor aún:
ciudadanos inermes ante todo tipo de demagogos, sectarios, salvapatrias,
tunantes y vendehúmos; esto es, vamos a contribuir, más aún, a crear el peor de
los mundos posibles. Piénselo. Y pongan, por favor, toda su competencia ética
en hacerlo.
Ética, educación cívica y el lugar de la filosofía en la educación en democracia.
En estos días, y al calor de la movilización por la recuperación de la educación ética y filosófica en la enseñanza secundaria, hemos tratado de las complejas relaciones entre ética y educación cívica, y del papel de la filosofía como eje de la educación en democracia. Lo primero fue en las Jornadas de Fin de Proyecto "El filósofo, la ciudad y el conflicto de las facultades", en la Universidad Complutense de Madrid. Y lo segundo en el Aula Manuel Alemán de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.
Aquí se puede ver una buena parte del acto en la UCM
lunes, 29 de noviembre de 2021
Patrimonio y «terruñismo».
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
La primera vez que hice turismo por el interior del Reino
Unido me llevaba unos chascos de aúpa. No era raro que perdiera una mañana para
llegar a algún sitio señalado como yacimiento o monumento histórico y que no
encontrara allí más que el solar o los cuatro muros esparcidos de algún
inapreciable edificio. A veces, el inevitable Centro de interpretación (con su
tiendecilla de libros y souvenirs) era más grande que lo que interpretaba. Si algo me impresionó, en fin, de aquella
tierra, fue el modo, exquisito hasta la exageración, en que cuidaban de su
patrimonio.
¿Y en nuestro país? ¿Ocurre lo mismo? Ya se imaginan la
respuesta. Aún recuerdo como la joven guía de un pequeño museo arqueológico
(creo que por Osuna) nos contaba que las preciosas figurillas y monedas romanas
que se exponían ahora en las vitrinas eran las mismas que usaban los niños para
jugar en cierto lugar junto al pueblo. Yo mismo, hace más de veinte años, aún
le daba al fútbol entre las piedras (literalmente, pues servían de portería)
del circo romano de Mérida. Un inglés alucinaría con todo esto. Teniendo mucho más
patrimonio histórico que otros países (o quizás por eso), lo hemos tratado
durante años con la punta del pie. Y una prueba son los más de mil monumentos
(castillos, conventos, ermitas, palacios…), sesenta y uno en Extremadura, que
permanecen en la Lista Roja del Patrimonio, esto es, al borde de la
ruina completa.
Es cierto que existe una sensibilidad cada vez mayor hacia
estos lugares y edificios singulares, y una idea más ajustada y lúcida que la
que se tenía antaño de los beneficios, no solo económicos, que supone el
invertir en ellos. No es difícil. Hay que estar ciego para no ver que si unimos
(y no acabamos por malvender y estropear) el impresionante patrimonio natural
de Extremadura – uno de los mejor conservados de Europa – y su rico y variadísimo
catálogo monumental (restos megalíticos, templos tartésicos, edificios
romanos…) dispondremos de una mina turística y cultural de primer orden.
Y lo mejor es que para extraer réditos de esta mina no hace
falta contaminar o cargarse nada, ni realizar un esfuerzo financiero
inasumible. Aunque sí emprender políticas más decididas, tanto en la promoción
turística y educativa, como en la adquisición de la titularidad de buena parte
de ese patrimonio que, por estar emplazado en terrenos privados, depende para
su conservación de la buena voluntad y generosidad de particulares.
Más allá de esto, solo hace falta crear (¡Y mantener!) una
mínima infraestructura de señalización, servicios y accesos públicos, y renovar
la que anda abandonada. Lo digo porque localizar y visitar alguno de estos
monumentos representa a veces una odisea, además de algún que otro conflicto,
pues la inexistencia (o la frecuente ocupación privada) de caminos públicos
obliga a la petición de favor a los propietarios o a andar saltando vallas como
un furtivo. Y tampoco vendría mal algo de vigilancia. No puede ser que restos
arqueológicos o edificios históricos de primer orden se hallen sin control
alguno y a merced de cualquier vándalo en mitad del campo.
Todo esto que hemos dicho para el patrimonio material
también vale, por supuesto, para el inmaterial, como las fiestas populares, la
gastronomía, la música, la literatura oral o las hablas vernáculas, incluido el
llamado extremeñu, que no es “la lengua de los extremeños” como algunos
exagerados claman (a la vista o al oído está), pero que sí es un elemento
patrimonial (no identitario, conviene separar muy bien ambas cosas) que ha de
ser investigado y documentado antes de que desaparezca del todo, cosa que
pasará, por la sencilla razón de que no se debe (aunque se pueda, como ocurre
en otras comunidades) obligar a la gente a hablar una lengua a la fuerza.
Toda esta demanda de protección del patrimonio no tiene nada
que ver, por cierto, con el “terruñismo”, el chauvinismo provinciano o la
frecuente idealización edénica de lo ya perdido. Proteger y conservar las
tradiciones más importantes, incluso las peores (no más allá del museo), es una
estimable estrategia para reconocer lo mejor que somos y prevernos de lo peor.
Pero ojo, esto no implica sustituir la cultura viva y real por un folklore
impostado y casi obligatorio, como el que por motivos políticos (en el peor
sentido de la palabra “político”) se cultiva en otras partes del país.
Conocer y hacer conocer esta bendita tierra, con sus
infinitos encinares, sus cielos límpidos, sus inigualables monumentos y sus
gentes, es un filón maravilloso de riqueza cultural y de la otra. Hagámoslo más
grande, no empeñándonos en buscar de forma artificiosa “nuestras diferencias”,
sino procurando que todos se reconozcan en lo más hermoso y significativo que
poseemos.
jueves, 18 de noviembre de 2021
Halloween, identidad y metaverso.
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Es tradicional discutir cada año sobre la amenaza que
representa Halloween para nuestras más rancias costumbres. Una discusión en la
que suele olvidarse que la cultura es necesariamente algo vivo, cambiante y
sujeto, siempre, a influencias externas. De hecho, si nos pusiéramos a escarbar
descubriríamos que la mayoría de nuestras tradiciones son fruto de la
influencia o colonización de otros pueblos (celtas, fenicios, romanos, árabes
o, ahora, anglosajones).
¿Se imaginan las protestas de los antiguos celtíberos por la
invasión de latinajos de la que proviene nuestro idioma? ¿O el desprecio con
que los viejos despotricarían del “foot-ball” a principios del siglo pasado?
Pues ya ven, no hay ahora nada “más nuestro” que hablar español o jugar al
fútbol. Y así con todo. Por eso hay que reírse a mandíbula batiente de aquellos
que pregonan el acabose cultural que, según ellos, supone celebrar
Halloween. Más aún cuando muchos de los que reniegan hoy de las pérfidas
costumbres extranjeras son los mismos que, de jóvenes, sufrieron la
incomprensión de sus mayores por darle caña al rock, vestir como vaqueros de
Wisconsin o desmelenarse en la “discothèque”. ¡O tempora, o mores!
Que los chicos de hoy prefieran, en fin, deambular por la
ciudad disfrazados de zombi a comer castañas pilongas en el campo es tan normal
como que los mayores nos escandalicemos de ello y entonemos un afectado lamento
de idealizada nostalgia por “lo nuestro”. Ha pasado siempre. Lo peliagudo es
que confundamos “lo nuestro”, no ya con lo que (si acaso) conviene conservar en
un museo, sino “con lo que hay que imponer por ser parte consustancial de
nuestra identidad”. Cuando la gente se pone identitaria se acabó la risa, y
toca echarse a temblar.
Lo menos malo que puede pasar cuando la gente enferma de
“terruñismo” es que le dé por el folklore, es decir, por la momificación
subvencionada de lo que antes fue cultura viva (y que, como todo lo vivo, tiene
irremisiblemente que morir). Y ojo que el folklore y su estudio no están mal en
sí. El problema viene cuando pretende imponerse como lo que no es, como cultura
viva, y se obliga cordialmente a los niños a vestirse de lagarterana, a leer al
bardo local en la escuela (por malo que sea), o a aprender el aurresku o la
sardana para exhibirse el día de la fiesta nacional. Algo que, de momento, y
toquemos madera, no ha pasado aún por aquí.
Decía hace años el escritor Sánchez Adalid (justo en el
discurso de entrega de la medalla de Extremadura) que, gracias a Dios (Adalid,
además de escritor es cura), los extremeños no tenemos identidad y que, justo
por eso, somos libres. No puedo estar más de acuerdo. Tal vez, frente a la
estrechez cateta de otros, los aquí presentes hemos intuido que la identidad
humana, más que un anclarte en las costumbres de “toda la vida”, es un deseo de
identificarte con lo que te es extraño pero que, si lo miras sin demasiado
miedo (o con algo de amor), te acaba desvelando ese fondo entrañable que eres
tú mismo. No hay mejor forma de crecer que sumando identidades. Y cuanto más
otro y extraño sea aquello que asimilamos, más y mejor nos engorda el alma.
Amar tu tierra está bien; pero amar la tierra y costumbres de tus antípodas te
hace, seguro, mejor persona.
Por supuesto, esto no quiere decir que todo cambio cultural
sea bueno. Todo depende de la dimensión y, sobre todo, de la dirección del cambio.
A este respecto, es sorprendente que la gente discuta ardorosamente sobre la
“colonización cultural” que representa Halloween y se quede tan pancha acerca
de otros cambios de costumbres infinitamente más graves.
Casi nadie habla aquí, por ejemplo, de la reciente apuesta
de Facebook y otras grandes empresas por la creación de entornos virtuales digitales
(el llamado “metaverso”) a los que, tal vez en poco tiempo, tendremos que
“teletransportarnos” para trabajar, relacionarnos, dar clases, comprar, opinar,
entretenernos, manifestarnos, votar o hacer todo tipo de gestiones con la misma
naturalidad con que lo hacemos ya en el tosco Internet bidimensional de
toda-la-vida.
Y fíjense que no se trata de la simple “colonización” de
nuestro paisaje cotidiano, ya de por sí repleto de pantallas generadoras
de “realidad”, sino de la paulatina sustitución de este por otro mundo virtual
creado y controlado hasta el último detalle por los ingenieros de esas
gigantescas empresas tecnológicas que son Facebook, WhatsApp, Microsoft,
Amazon, Apple…. ¿No es de esta “super invasión cultural” de la que tendríamos
que estar hablando (aunque sea en el enjambre de redes sociales que ella nos
proporciona) en lugar de sobre la pervivencia de la “chaquetilla”? Si no
reparamos en cosas como esta, los zombis vamos a ser nosotros, y no los
chiquillos que se disfrazan en Halloween.
martes, 9 de noviembre de 2021
Filosofía o la utilidad de las utilidades
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Decía Kant que la filosofía, justo por no ser inmediatamente
útil para nada, era el más necesario y libre de los saberes. Diríamos que,
gracias a estar “liberado” de lo urgente y cotidiano, el filósofo puede
dedicarse a lo más práctico de todo: a averiguar para qué debe servir lo que
sirve o, como decía Machado, a buscar la “utilidad de las utilidades”.
Así, no es que la filosofía “no sirva para nada”
sino, más bien, que “no sirve a nada ni a nadie”.
Y justo por no servir a nada ni a nadie, puede servir para todo (para lo más
fundamental de y del todo) y consagrarse a la búsqueda de la verdad, caiga
quien caiga (o caiga lo que caiga). ¿Habrá algo más útil que esto?
Veamos un ejemplo de cómo la filosofía sirve en efecto para todo
en el ámbito, siempre polémico, de la educación. En general, cualquier asunto o
disputa mínimamente interesante sobre educación ha de echar mano de la
filosofía. Piensen en qué, por qué y para qué debemos educar a niños y adolescentes.
Toda respuesta que demos a estas preguntas habrá de deducirse de alguna
concepción (consciente o inconsciente, crítica o acrítica) de lo que son y deben
ser las personas, la sociedad, el conocimiento o el mundo; esto es: de una
determinada perspectiva o modelo filosófico de la realidad. De hecho, las
teorías pedagógicas o las políticas educativas se diferencian por la “filosofía
de la educación” que sustenta a cada una de ellas. Y reparen que digo
“filosofía” y no “ciencia” de la educación. La razón es que no hay ciencia
positiva alguna que se ocupe del “deber ser” ni, por tanto, del cómo, en qué y
para qué “debemos” educar a nadie.
Pensemos ahora en lo que debemos enseñar al alumnado. En
cuánto de ciencia, religión, valores, arte o hábitos físicos se le debe
transmitir. O en si hay que enseñárselo todo junto, en “ámbitos”, o en compartimentos
estancos como hasta ahora. Para aclarar estas cuestiones debemos igualmente
echar mano a la filosofía y preguntarnos qué es un saber, en qué se diferencian
y qué tienen en común las distintas disciplinas, o cuál es la verdad y el valor
de sus respectivas y presuntas verdades y utilidades. Así, por ejemplo, si no
queremos impartir materias aisladamente (lógico, dado que en ningún sentido esencial
están aisladas), será imprescindible aplicar una perspectiva sistémica,
articulada, reflexiva y crítica del saber en general y de cada una de sus
partes, esto es: un saber del saber mismo. O lo que es igual: una filosofía del
conocimiento.
Vayamos al cómo enseñar. Seguro que todos coincidimos
en que una enseñanza verdaderamente eficaz es aquella que hace que el alumnado
comprenda a fondo, valore y asimile determinados saberes (y que, motivado por
ello, adopte determinas actitudes y se ejercite en ciertas destrezas). Ahora
bien, ¿qué es comprender a fondo algo sino entender sus causas y principios
últimos? Esto es: saber no meramente lo “qué” ocurre, sino también “por qué” y
“en orden a qué” ocurre. Si a un niño o adolescente no se le alimenta el deseo
natural de saber las razones profundas de las cosas, para tener, así, una
visión coherente y con sentido de lo real (por discutible y perfectible que
esta sea), este deseo se le desinfla, y ante ese alumno desmotivado solo caben
ya las amenazas, los exámenes, las broncas, el esfuerzo mecánico: todo lo que,
en suma, nada tiene que ver con educar a nadie.
Afrontemos, al fin, la que es, acaso, la pregunta filosófica
más importante con respecto a la educación: ¿para qué educarnos o educar a
nadie? Es obvio, en primera instancia, que la educación es imprescindible para
sobrevivir, pero para eso vale casi cualquier educación (y no hacen falta
escuelas ni maestros). Educarnos debe servir, como diría Aristóteles, no solo
para vivir, sino para vivir bien. Y aquí nos topamos con el problema de
los problemas filosóficos: qué es el bien. O, en un sentido más social:
qué es lo justo. En una y otra cosa (en el saber y la práctica de lo
bueno y justo) solo cabe avanzar pensando y dialogando como hacen la ética y la
filosofía. No hay otro camino. Y sin
andar en esa búsqueda activa y crítica es imposible ser buena persona o
ciudadano libre y responsable.
Dicho lo dicho, espero haber mostrado que la filosofía,
aunque particular y superficialmente inútil, sirve general y fundamentalmente
para todo lo que es importante (empezando por la reflexión en torno a lo
importante mismo). Y que, en el ámbito de la educación, es necesaria para que
esclarezcamos en qué, cómo y para qué debemos educar y educarnos. Ahora,
señores gobernantes, dejen ustedes al común de los ciudadanos (los que no
puedan o quieran acceder al Bachillerato) sin ética ni filosofía y, por muy
modernas, europeas, competenciales y molonas que sean sus nuevas leyes
educativas, no servirán para nada. Para nada justo o bueno, claro.
lunes, 1 de noviembre de 2021
Apología del tertuliano
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Los tertulianos de los medios tienen (tenemos, he de incluirme en el lote) muy mala prensa, aunque, como pasa con los vicios, se fustigan en público y se disfrutan en privado. Curiosamente, se les vilipendia con frecuencia desde las secciones de opinión de los periódicos, es decir: por parte de esa otra especie de tertuliano en formato monólogo que son (somos) también los columnistas. No digamos si, además, el crítico es novelista y está acostumbrado a opinar lo que le viene en gana bajo el legítimo pretexto de la ficción – ¿habrá mayor tertulianismo que ese? –
No sé, en fin, a qué viene esta manía de crucificar a los
que se dedican a opinar en los medios audiovisuales, es decir: a exhibir ante
la cámara o el micrófono lo que la inmensa mayoría de los ciudadanos hace de la
noche a la mañana en casa, en el trabajo, en cualquier lugar público y, por
supuesto, y a todos los niveles, en los corrillos del poder: opinar y juzgar
sobre todo y sobre todos. ¿A qué viene entonces ese desprecio por los
tertulianos de la tele? ¿Tan difícil es ver la viga en el ojo propio?
A veces creo (opino) que la cosa está en lo mucho que se
acredita uno desacreditando cosas. No sé si es algo autóctono o un rasgo
universal de los seres humanos, pero a la gente le encanta vapulear moralmente
a la gente (“la gente” es ese extraño colectivo al que, dado el desprecio con
el que se le refiere siempre, parece que no perteneciera nadie). Cuanta más gente
hundo o desprestigio, más me enaltezco y justifico yo mismo: esa es la idea.
Uno de los argumentos de los que critican el tertulianismo
es que los tertulianos no suelen ser expertos en lo que tratan y se limitan,
por tanto, a opinar sobre todo sin demasiado rigor. Es cierto. Pero no conviene
confundir las cosas. Una tertulia (pública o privada, mediática o no) no es
un congreso académico, sino una reunión de personas hablando y diríamos que en
ejercicio de su ciudadanía democrática. ¿Y qué ejercicio es ese? Pues está
claro: el de opinar, a partir de la información de la que el ciudadano medio
dispone, sobre asuntos (por frívolos que sean a veces) de interés público.
Esto último es importante aclararlo. La democracia es el
imperio de la opinión y no, en absoluto, del juicio de los expertos – lo que
equivaldría a una suerte de tecnocracia u oligarquía de sabios –. Esto quiere
decir que, aunque confiemos en los expertos y los científicos para obtener
información, la toma de decisiones no depende de ellos, sino de la ciudadanía
en su conjunto. Esto tiene su lógica: la ciencia es un saber descriptivo y
técnico, que se ocupa de hechos, y no de valores, por lo que carece de
competencia política para dilucidar lo que es justo e injusto. Así, dado que no
creemos que haya expertos o científicos en el asunto de la justicia, no queda
otra que recurrir a la opinión, sea la de uno solo (como en los regímenes
despóticos), sea la de la mayoría (como en las democracias). De ahí el valor
político y cívico del debate de opinión, esto es: de las tertulias y los
tertulianos, sean de barra, de plató, de red social o de bancada parlamentaria.
Por supuesto, esto no quiere decir que no se pueda y se deba
mejorar la calidad del debate público. Es cierto que las tertulias mediáticas (y
todas las demás) son caldo de cultivo para la demagogia y el populismo, algo
casi consustancial a la democracia, siempre en un tris de convertirse en un
patio de vecinos, pero evitarlo no consiste en denigrar el trasiego de
opiniones que la constituye (sustituyéndolo por el pontificado de los
tecnócratas), sino en perfeccionarlo.
De entrada, hay que reconocer que encender la tele o la
radio y toparse con una tertulia (preferentemente política o cultural, pero hasta
las más frívolas valen) es democráticamente preferible a hacerlo con un
desfile, una corrida de toros o la Santa Misa (los tres programas favoritos del
extinto régimen). En segundo lugar, se trata de elevar el nivel, diríamos
filosófico, del tertuliano medio. No dictaminando que sean los más sabios o
filósofos los que únicamente hablen, ni haciendo que los que siempre hablan
sean filósofos, sino dándole voz a una ciudadanía filosóficamente cada vez
mejor formada.
Es el sueño con que alucinamos algunos en esta caverna: el
de concebir la democracia como el gobierno de un pueblo educado para hacer
política, esto es, para poder dilucidar libre, pero también crítica y
racionalmente (si es que ambas cosas, ser libres y actuar racionalmente, no son
lo mismo), lo que es o no es justo. Y hacerlo, claro está, en diálogo –o
tertulia – permanente con los demás. No se va a lograr mañana. Pero si nos
acostumbramos a hablar y discutir – en los medios, en la calle, en las aulas,
en donde sea –, las cosas solo pueden ir a mejor. O eso opino yo.
Sobre el día de los difuntos
Una breve reflexión sobre el día de los difuntos. Hoy en El Periódico Extremadura.
martes, 26 de octubre de 2021
Psicólogos y botellones
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
¿Deliro si afirmo que vivimos en una sociedad
“psicopatologizada”, en la que muchos de los problemas sociales o morales se pretenden
arreglar con psicólogos? ¿Es paranoico decir que la psicología forma parte hoy
del dispositivo ideológico que nos amansa y ciega con el mayor de los cuidados?
¿Supone un exceso de psicopatía por mi parte, en pleno frenesí
publicitario-institucional en torno a la salud mental, expresar mis dudas al
respecto? Vayamos por partes.
No hay duda de que el Estado debe ofrecer atención
psicológica y de calidad para todos, ni de que hay que dejar de estigmatizar la
enfermedad mental (un estigma debido, en parte, a que afecta a nuestra
identidad como personas en mucha mayor medida que la enfermedad física). Ahora
bien, dicho esto, y dejando las enfermedades mentales a un lado, ¿deben los
psicólogos ocuparse del malestar emocional que destila por todos sus
poros nuestra sociedad del bienestar?
Yo creo que no. Primero porque ese malestar solo es
“emocional” en la medida en que no se deja analizar y entender fácilmente, por
lo que lo que hay que hacer es dar a la gente herramientas intelectuales para
hacer ese análisis (esto es: educación crítica, y no bonos para el psicólogo).
En segundo lugar, porque ese malestar tiene causas objetivas (económicas,
sociales, ideológicas) que solo pueden resolverse reevaluando nuestros valores
(y actuando en consecuencia), algo que en ningún caso compete a la psicología
como tal.
Dicho de otro modo: un psicólogo no es un sabio consejero
espiritual, ni un filósofo experto en ética, ni un mago o sacerdote que te
asegure la bienaventuranza. Así, si el mundo te parece una bazofia, o te das
cuenta de que la vida no tiene sentido, o reparas con angustia en la soledad y
miseria material y moral que te rodea, la solución no es hacer terapia. La
terapia psicológica no puede suplir el análisis político, ético o filosófico
sobre la propia vida, ni el compromiso para cambiar las cosas que deviene,
eventualmente, de dicho análisis. Y estoy seguro de que los psicólogos estarán
en esto de acuerdo conmigo.
El uso ideológico de la psicología como presunto remedio
para todo arraiga, por demás, en la ingenua (yo diría que religiosa) creencia
contemporánea en la omnipotencia de la ciencia para solventar nuestros
problemas. La gente piensa que igual que el científico puede resolver
(mágicamente, porque poca gente entiende cómo) problemas técnicos o logísticos,
puede resolver también, encarnado en la figura del psicólogo, todo tipo de
asuntos morales o existenciales. Pero nada de eso. No hay psicólogo o experto
científico que nos libre de pensar en cómo debemos conducir nuestra vida para
ser realmente dignos o felices.
La psicopatologización de los problemas sociales y morales
se extiende a todos los ámbitos. Estos días he tenido que escuchar, por activa
y pasiva, que la creciente ansiedad y preocupación de los jóvenes no es la
lógica consecuencia de sus escasas perspectivas de empleo, de la precariedad en
la que viven, de las ideas erróneas sobre el éxito que les hemos metido en la
cabeza, o del debilitamiento de los lazos comunitarios frente a la vorágine del
narcisismo digital, sino, simplemente, de que “sufren de más trastornos
mentales”. Así, más que una masa de jóvenes en situación de hartazgo y tal vez
proclives a forzar un cambio sociopolítico, lo que conseguimos es una panda de
trastornados cuya principal reivindicación es contar con más terapeutas. La
estrategia, calculada o no, es perfectamente perversa.
Seamos claros. Lo que necesita la juventud no son
psicólogos, sino perspectivas e ideas ilusionantes con las que dar sentido y
transformar al mundo. Y también, y como diría un marxista, una cierta
“conciencia de clase”. Es necesario recuperar los lazos de camaradería y
solidaridad intra e intergeneracional, dañados por el ultraindividualismo de
nuestro tiempo y acentuados por la cultura digital y la pandemia. En este
sentido, diría que hasta un botellón es más “saludable” que hacer terapia
on-line. Si le quitas el elemento criticable del alcohol (una crítica cuando
menos curiosa en un país en el que hay veinte veces más bares que bibliotecas),
el fenómeno del botellón no es más que una forma “low cost” de cultivar los
lazos sociales en el único lugar accesible que aún no está sujeto al negocio (y
al control) digital, y que la mayoría de los jóvenes pueden sentir como suyo, y
que es el espacio público.
El día, por cierto, en que los jóvenes ocupen ese espacio no
solo para beber y charlar, sino para exigir con justa fiereza el futuro que
descaradamente les negamos, no iba a haber psicólogos (ni bares) suficientes
para paliar nuestra apoltronada y culpable angustia de adultos.
lunes, 18 de octubre de 2021
Asignatura pendiente
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Cada vez que le cuento esto a mis alumnos, alucinan. En
parte porque estas cosas, por suerte, casi ya no pasan (o eso espero). Era mi
último año en el bachillerato nocturno y, como trabajaba, decidí, de acuerdo
con los profesores, dejar un par de asignaturas para septiembre; una de ellas,
mi favorita: Historia de la Filosofía. Tras estudiar a fondo y a placer durante
el verano, hice mis exámenes lo mejor que pude, incluso con virtuosismo (ese
virtuosismo amateur – y un tanto arrogante – del adolescente apasionado
por una materia). Pero, para mi sorpresa, la profesora de Filosofía me puso un
insuficiente como un castillo. ¡Un suspenso, y en filosofía! No solo se trataba
de un golpe para mi ego, sino, sobre todo, de la condena a repetir curso con
una sola materia, y a aplazar un año entero el examen de acceso a la
Universidad.
De nada sirvió que al revisar la prueba no pudiera
mencionarme ningún error de relevancia, ni que el resto de los profesores
intercediera por mí, ni el notable de mi nota media. A la profesora no le
parecía suficientemente bueno mi examen y punto. Y entonces, cuando ciertos
profesores decían “y punto”, no había nada que hacer. Se podía reclamar, pero
era perder el tiempo. Un desastre. Pensé hasta en dejar los estudios. Mi única
y mísera satisfacción fue volver al instituto, recién acabada la carrera (de
Filosofía, claro) y, con no sé qué pretexto, exhibir ante aquella profesora la
sucesión de matrículas de honor de mi expediente, las becas, el premio del
Ministerio, las primeras publicaciones…
Me quedé muy a gusto, sí. Pero el año académico que absurdamente perdí
(y todo lo que ello supuso) no me lo quitó nadie.
Dicho esto, entenderán ustedes que aplauda, casi
incondicionalmente, una ley educativa que, como la presente, viene a garantizar
que las decisiones sobre la promoción de los alumnos sean obligatoriamente
colegiadas incluso cuando hay suspensos. ¿Por qué? Porque una decisión tan
compleja y determinante no puede depender de una sola persona, sino de todo el
equipo docente, y de la ponderación lo más objetiva posible de todo un plantel
de factores, y no solo de la valoración individual de un examen.
¿Que esto es difícil? Sí, claro. Educar es, en general, muy
difícil. ¿Qué habrá que establecer criterios para no incurrir en
arbitrariedades o agravios comparativos? Por supuesto. ¿Que esto va a convertir
algunas sesiones de evaluación en algo más complicado que discutir sobre las
décimas obtenidas en una prueba, o sobre lo “cortito” o lo “vago” que es un
alumno? ¡Ya era hora! Tratar con complejidad lo complejo de evaluar a los
alumnos es una vieja asignatura pendiente con la que, inexplicablemente, hemos
pasado una y otra vez de curso y de ley educativa.
De otro lado, hay quien dice que permitir que se titule con
uno o dos suspensos es el acabose de la “cultura del esfuerzo”. Pero
esto resulta igualmente discutible. Partamos de la idea, que nadie niega, de
que el esfuerzo es necesario para aprender. Pero también del hecho de que solo
aprende el que quiere, es decir, el que comprende el sentido y el valor de lo
que le enseñan. Así, si “esfuerzo por aprender” significa entregarse con
firmeza a una tarea por decisión propia y porque se cree que vale la pena, ¿tan
terrible es titular o promocionar a un chico o chica que se ha esforzado en la
mayoría de las materias, pero no ha logrado descubrir el interés o valor de
alguna? Salvo excepciones, que habría que considerar, no creo que esto sea, en
este ámbito formativo al menos, ningún error de bulto. A no ser que lo que
también queramos “enseñar” a los chicos es a pasar por el aro de aparentar
aprender a toda costa lo que no quieren ni entienden, memorizándolo y
reproduciéndolo mecánicamente (es decir, a no ser que queramos cambiar el
esfuerzo genuino y con sentido, por el esfuerzo ciego y embrutecedor).
¿Pero queremos eso? ¿De qué sirve el esfuerzo sin sentido?
¿Qué tiene que ver con la educación, es decir, con la relación entre el deseo
innato de aprender y la competencia del profesor para encauzarlo desde la
convicción en el valor de lo que enseña? Yo creo que nada.
Es, además, llamativo que se le exija al alumno demostrar
constantemente su esfuerzo, mientras que este se le suponga, por defecto, y
casi de forma vitalicia, al profesor. Algo que no casa con el principio de que
un fracaso educativo es cosa de todos: del que enseña (que es el profesional),
del que aprende, y de lo que rodea a ambos. Aunque solo paguen, como de
costumbre, los más débiles. Por eso yo, tras mi insuficiente en aquel examen de
Filosofía, tuve que quedarme un año en el dique seco, y la profesora que,
contra toda evidencia y frente a todos sus compañeros, determinó que no merecía
superar el curso, siguió con su vida tan campante, y sin que nadie le exigiera
repetir algún tramo de su, me temo que inexistente, formación pedagógica.
lunes, 11 de octubre de 2021
¿Es democrático hablar mal?
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Una de las máximas más certeras que conozco es esa de que “por la boca muere el pez”. Aunque se usa para aludir a gente poco discreta o mentirosa, se refiere también al hecho, obvio, de que es a través del habla como se desvela lo que las personas son.
Seguramente, todos tenemos la experiencia de topar con
individuos de lo más aparente que, al mostrarnos su incapacidad para hablar o
dialogar con inteligencia y sentido, han perdido, de golpe, todo su atractivo
inicial. A lo sumo, y en caso de expresarse en algún otro lenguaje de menor
rango – digamos, no sé, el de los mimos o los músicos –, se les ha podido
aguantar un rato – todo lo sublime que quieran –, pero no más. Al fin, no solo
de imágenes y emociones vive el hombre.
A veces pongo a mis alumnos en una reveladora disyuntiva.
Tienen que irse a vivir para siempre a una isla desierta, y solo pueden elegir
a uno de estos dos acompañantes: un perro que habla, o un ser de aspecto humano
(todo lo atractivo que quieran) que únicamente puede ladrar. La mayoría escoge,
sin dudarlo, al perro. Intuyen que un ser que no pueda comunicarse en un
lenguaje verbal (o en algún otro análogo, como el de signos o el código
Braille) ni siquiera merece claramente la categoría de “humano”.
Ocurre algo similar si colocan a un niño pequeño frente a la
representación de un objeto u animal que hable como una persona y, a
continuación, ante un personaje con forma humana que solo emita sonidos
mecánicos o propios de otros animales. En el primer caso, el niño se
identificará rápidamente con la cafetera habladora o el dragón parlanchín; en
el segundo, probablemente se asuste y no quiera saber nada con el “monstruo”
aquel. Lo humano del ser humano – lo saben hasta los niños – está, pues, en el
hablar.
Tal vez parezca simple, o injusto, pero solo encuentro dos
criterios fiables a la hora de evaluar como tal a una persona: su aptitud para
dialogar con honestidad y empatía, y que sepa escribir o, cuando menos, hablar.
No me interesa (ni me fio de) la gente que no es capaz de rebatirse a sí misma
(que es la forma más seria de reírse de sí) o de emplear el lenguaje con cierta
pulcritud. Sin duda, se puede saber dialogar y escribir, y ser un canalla. Pero
en este caso hay cura. Quién, en cambio, no domina el lenguaje, no domina su
pensamiento; y quien no domina su pensamiento no tiene forma alguna de
dominarse a sí mismo.
Crear o recrear – interpretándolo – un texto, trazar en él
un mapa de ideas y operaciones, sembrarlo de hipótesis, abonarlo con argumentos
y contraargumentos, y dejar, con todas sus podas, que crezca por sí solo, es el
único modo que concibo de desvelar o dar a luz lo que uno piensa – tan
distinto, a menudo, de lo que cree pensar –. Decía Platón que la escritura
sustituye el pensamiento por la memoria. ¡Pero lo decía en uno de sus más
prodigiosos escritos! Fuera de ese combate mayéutico, en fin, con el
lenguaje y el texto – compendio de todo diálogo posible –, que es el arte de
escribir, apenas cabe aventurarse en el pensamiento.
Escribo todo esto, no para insistir en aquello de la
degradación actual del lenguaje – algo que es cierto, pero que también hay que
valorar en el contexto de unos índices de escolarización o de acceso a los
medios multiplicados en muy poco tiempo –, sino más bien para denunciar la
perversa idea de que esa degradación en el uso de la lengua (incluso la
administrativa o la educativa) es poco menos que un requisito democrático.
Circula así la consigna, por claustros, consejerías o
ministerios, de que, “para que todo el mundo lo entienda”, hay que simplificar
(que no es lo mismo, sino lo contrario, a veces, que clarificar) medios
y mensajes, aliviando al lenguaje de estructuras complejas, párrafos extensos,
vocabulario excesivo y argumentos que no quepan en el espacio de un tuit (que
es el formato ya asentado de la declaración pública). Pareciera que la
Administración se empeñara en imitar la economía del lenguaje verbal (y de la
inteligencia) que imponen los medios audiovisuales.
Ahora bien, el imperativo de vulgarizar el lenguaje solo responde a una idea muy burda de lo que es “democrático”. La democracia es el gobierno del pueblo. Pero el pueblo ha de gobernar algo, digamos el Estado, que posee una entidad y unas funciones propias, entre otras la de capacitar o educar a la gente que ha de gobernarlo. Y educar no equivale a homogeneizar la práctica del lenguaje, sino a reconocer lo valioso de su heterogeneidad y promover aquellos usos que más y mejor nos permiten ser y comunicarnos. Hacer apología de la simpleza, en una época tan complicada de pensar como esta, es otra manera – otra más – de infantilizar, tutelar y entontecer plácidamente a la gente, manteniendo las desigualdades fundamentales bajo la apariencia de que, como hablamos igual (de mal), estas han dejado de existir.
miércoles, 6 de octubre de 2021
El bautizo de Noa
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico de Extremadura y El Diario de Mallorca.
“¿Pero es que nadie piensa en los niños?”, exclama con
frecuencia Helen Lovejoy, la esposa metomentodo del reverendo de Los Simpson,
que acostumbra a soltarla gimoteando, venga o no a cuento, en las más
variopintas circunstancias. Supongo que el guionista la introdujo con el fin de
satirizar el lacrimógeno y demagógico recurso de apelar a los niños para
enturbiar emocionalmente cualquier disputa. O, quizá también, para señalar a
aquellos que, aunque digan lo contrario, ni por asomo piensan de verdad en los
niños.
Me acordé de la frase en mitad de un bautizo al que asistí
hace unos días. Una de las niñas a bautizar tenía ya diez años, y el cura, en
buena lógica, le preguntó que con qué nombre quería ser bautizada. La niña, de
nombre Miriam, tras unos minutos de perplejidad, y ante la insistencia del
cura, acabó por responder, y con una vocecita apenas audible le dijo a toda la
Iglesia que como quería llamarse de verdad era Noa. La cara de los padres era
un poema. El cura intentó mediar y propuso Miriam Noa. Pero la madre estalló
entonces: “ni Noa ni Noe – vino a decir –, la niña se llamará Miriam y
sanseacabó”. El espectáculo fue patético. Me pregunto que hubiera pasado si la
niña, en lugar de Noa, hubiera pedido llamarse Juan José.
La anécdota es significativa de lo poco o nada que
respetamos a los niños, y de cómo, bajo toda la pringosa sensiblería al uso,
poca gente piensa realmente en ellos. Dudo que la humillación que recibió el
otro día esa niña, al comprobar como su timidísimo arrebato de voluntad era
aplastado delante de todos, y en mitad de una ceremonia sagrada, pueda
olvidársele fácilmente.
Pero no solo se trata del nombre (algo tan personal), o de
frivolidades como la decoración del cuarto, el corte de pelo o la ropa que se
usa (que algunos padres escogen para sus hijos como si jugaran con muñecos). La
tiranía y el poder arbitrario de los adultos se expresa en cosas mucho más
serias, imponiéndoles, sin razonar ni escucharlos, actividades, afinidades y
normas, amén de – y esto es lo más grave – ideas, creencias y valores de todo
tipo.
Con lo anterior no estoy diciendo que no haya que transmitir
ideas y valores a los hijos (¿qué sería educarles si no?), sino que es una
completa falta de respeto a su personalidad hacerlo de modo dogmático y
excluyente. Como si, por ser pequeños, no hubiera que darles razones y
concederles la palabra. O como si se fuesen a “contaminar” por relacionarse con
ideas y valores distintos a los de su entorno. El “las cosas son así y punto”,
o el “porque lo digo yo (que soy tu padre, madre, profesor…)”, son dos de las
mayores agresiones que se pueden cometer sobre ese ser racional en ciernes que
es un niño. De nada sirve dejar de darles bofetadas (costumbre ya superada, por
suerte) y seguir maltratándoles con esos golpes morales a su dignidad.
Otro caso claro de esta transmisión cerril y dogmática de
ideas y valores es el protagonizado por aquellos padres empeñados en llevar a
sus hijos a colegios estrictamente acordes con sus creencias. Este obtuso deseo
es parte del no menos perverso argumento de que los padres tienen derecho irrestricto
a escoger la educación moral de sus hijos. Un derecho que, obviamente, no
solo ha de estar limitado por el sentido común y por el Estado (es decir, por
la sociedad en su conjunto), sino también y, sobre todo, por el propio derecho
de los hijos a ejercer su libre criterio y elegir sus propios valores.
Ahora bien, para que los niños puedan ejercer ese derecho
hay que educarles en el aprecio de la pluralidad y el ejercicio de la
autonomía, invitándolos a desarrollar esas capacidades que resultan igualmente
fundamentales para ser buenos ciudadanos: las del diálogo, el razonamiento y el
respeto por los que no piensan como nosotros. Lejos de encerrarlos en “burbujas
ideológicas”, se trata de invitarlos a que conozcan ideas y valores distintos,
exponiéndolos así a contradicciones y dilemas que vayan alimentando y afinando
su propio juicio moral.
Porque a todo esto, sepan, quienes aún no lo saben, que los
niños, desde muy pequeños, piensan. Y que piensen quiere decir que, con un
lenguaje a veces pleno de imágenes, pero también de sentido, son capaces de
dudar, preguntar, pedir y dar razones, inquirir si algo es bueno o malo, justo
o injusto, verdadero o falso, así como de distinguir contradicciones y malos
argumentos (¿qué niño no sabe, desde muy pronto, lo que es una contradicción,
oyendo y viendo, por ejemplo, lo que dicen y hacen luego sus padres?).
Si los niños, en fin, además de materias tan abstractas como
matemáticas o geografía, aprendieran desde el principio ese más concreto saber
que es el de la reflexión y el diálogo sobre valores, habría muchas más noas
en el mundo, y muchos más padres, madres y maestros convencidos de que “pensar
en los niños” no es lo mismo que pensar por ellos.
jueves, 30 de septiembre de 2021
Astérix y los pueblos indígenas
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura y el Diario de Mallorca.
Sale a la luz que una comisión escolar canadiense ha quemado
o destruido cerca de cinco mil obras de las bibliotecas de Ontario por
considerar que presentaban estereotipos de los pueblos indígenas, eran
irrespetuosos con sus prácticas culturales o, simplemente, contenían términos
como “indio” o “esquimal”, considerados hoy peyorativos. Entre las obras
destruidas se encuentran ejemplares de Astérix o Tintín, así como novelas y
cuentos dirigidos al público infantil y juvenil.
No por esperables, dejan estas cosas de generar
preocupación. Digo esperables porque hace ya tiempo que las guerras culturales
se han convertido en novedoso opio y fuente de adrenalina política para el
pueblo. Juzgar moralmente a los demás siempre pone, y en este resurgimiento del
espíritu puritano mucha gente se está acostumbrando a exigir (o peor: a
tolerar) que se prohíba todo lo que parezca ofensivo a cualquier minoría o
colectivo con capacidad de convocatoria. Comenzaron con la cultura popular,
censurando series de TV, canciones de rap o películas de Walt Disney. Metieron
luego la cabeza en los museos, con campañas para retirar obras de arte “poco
edificantes”. Y hace años que andan destrozando bibliotecas y removiendo
estatuas. Todo esto a la vez que mantienen campañas de acoso y derribo de todo
aquel o aquella (artistas, profesores, humoristas…) que no comulga con el pack
biempensante.
Más allá de lo difícil que resulta soportar a estas hordas
de iluminados odiadores (obsesionados por los “delitos de odio” de quienes no
odian lo que ellos), de su insufrible complejo de superioridad moral (que les
impele a protegernos paternalmente de todo mensaje pernicioso, como si fuéramos
cretinos morales), y de la absoluta ineficacia de sus métodos (¿habrá algo que
incite más a la lectura que prohibirle un libro a un niño? ¿Y algo más
educativo que leerlo con él?), el problema más grande y profundo que parece
tener este tipo de ultras puritanos es el de la risa.
Y no les faltan motivos. Fíjense que los argumentos, por
razonables que sean, se pueden desactivar fácilmente con falacias, eslóganes,
ataques o apelaciones al activismo o la emoción, pero la risa es siempre
incontenible y casi siempre incontestable. Una buena broma nos deja sin
réplica. Si el insulto suele descalificar a quien lo emite, la burla, cuando es
efectiva (es decir, cuando da la risa), deja en evidencia al burlado. Y esto,
siempre tan conveniente, de que se rían de ti y de lo que dices, no lo soporta
cualquiera. Y menos un fanático.
Tal vez por esto, la liga de colegios católicos de Ontario
aficionada a quemar libros la haya tomado con Astérix el Galo, la divertidísima
colección de historietas de Uderzo y Goscinny en que los autores se burlan
amablemente de todo y de todos (empezando por los propios galos, que son
constantemente caricaturizados, junto a los belgas, los ingleses, los
españoles…) y en la que, curiosamente, lo que se transmite – de forma harto
ingenua – es una defensa a ultranza del indigenismo frente al imperialismo
romano.
Y digo de forma ingenua porque – ahora que andan moviéndose
y derribándose estatuas de Colón y otros –, los pueblos indígenas no son ni han
sido unos ángeles que no merezcan, como todo dios, su ración de burla y
crítica. Lo siento por los que siguen creyendo en el bíblico (o rousseauniano)
mito del Edén, pero no hay pueblo o civilización, por colonizada que haya sido,
que no tenga sus luces y sus sombras. De hecho, algunos de los pueblos
conquistados fueron, antes, tiránicos y crueles conquistadores de otros como
ellos. Y muchas sociedades de cazadores-recolectores son y han sido tan
belicosas y sanguinarias como sus medios les han permitido. Desengáñense: hasta
ahora, y salvo casos marginales, ningún grupo humano se ha asentado sobre un
territorio sin usar de la fuerza para ocuparlo y/o para evitar la intrusión de
otros, y me temo que muy pocos, si es que alguno, ha dejado de aprovecharse,
cuando la opinión la pintaban calva, de las debilidades del vecino.
Esto no quiere decir, obviamente, que uno apruebe o tolere la
humillación, la marginación o el genocidio de los pueblos indígenas, ni que
ponga al mismo nivel a los hoy poderosos y a los que ya no lo son, ni que no
haya que resarcir, en justicia, a todas las víctimas posibles de todos los
atropellos cercanos. Lo que hay que tener claro es que la batalla para
erradicar las relaciones de dominación tiene que proyectarse hacia el futuro,
sin negar o mitologizar el pasado, sino reconociéndolo como tal y aprendiendo
de él. Quien no conoce y comprende la historia está condenado a repetirla. La
prueba está en observar a estos aprendices canadienses de Torquemada.
domingo, 19 de septiembre de 2021
La «patologización» de lo moral
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico de Extremadura
Borrachos, jugadores, salidos, avariciosos, empollones, tragaldabas, traviesos… Para todas estas calificaciones morales se dispone hoy de un sustituto médico: alcohólicos, ludópatas, víctimas del síndrome de hipersexualidad, workaholics, aquejados del trastorno de apetito desenfrenado, afectados por déficit de atención e hiperactividad … No son los únicos. También tenemos los adictos a internet (ciberdependientes), a las compras (oniomaniacos), al ejercicio físico (vigoréxicos), a la comida sana (ortoréxicos), al running (runnoréxicos), a los viajes (dromómanos), al dinero (crematomaniacos), al móvil (nomofóbicos)… Gran parte de las conductas que, con el lenguaje de antaño consideraríamos moralmente censurables o anómalas, tienden a considerarse ahora como trastornos psicológicos.
Convertir presuntos defectos morales en problemas médicos
tiene sus ventajas y sus inconvenientes. La ventaja es el conocimiento profundo
de ciertos patrones de conducta antes caricaturizados y atribuibles a simple
malicia o cretinez. La desventaja, y no pequeña, consiste en concebir a la
gente como víctimas pasivas de todo tipo de enfermedades, en lugar de como
personas capaces de tomar sus propias decisiones.
Para algunos filósofos, esta “patologización” de los
comportamientos anómalos o indeseables sería un síntoma más del
“posmoralismo” hedonista e infantiloide en el que, tras el ocaso de los grandes
ideales, se hunde nuestra civilización. En el reino de la posverdad y del
relativismo de los valores – suelen decir –, no hay otro fin que el del culto
al cuerpo y la rápida satisfacción de los deseos particulares, de manera que
las conductas descontroladas (que proliferan en este caldo de cultivo) son
concebidas como simples disfunciones a eliminar, sin mayor esfuerzo (moral),
por el profesional (el psicólogo) de turno. Además – siguen diciendo – esta
reducción de lo moral a psicología (de lo “bueno” al “bienestar”) representa la
excusa perfecta para que el Estado, en aras de garantizar la seguridad y la
salud de los cuerpos, restringa las libertades y los derechos individuales…
Yo creo, no obstante, que hay algo más viejo y profundo en
esta patologización de lo moral.
Hagamos un poco de “arqueología” filosófica. Ya en la época clásica, y
frente a la extravagante (pero exquisitamente lógica) teoría
socrático-platónica de que toda conducta humana es fruto del conocimiento (o de
la falta de él), algunos pensadores, como Aristóteles, reaccionaron postulando
la existencia de la “acrasia”: un misterioso estado pasional de
debilidad por el que las personas eran incapaces de llevar a cabo aquello que
les dictaba su razón. Ante esta incomprensible “autorresistencia” solo cabía la
fuerza de voluntad. Toda la moral occidental descansa, desde entonces,
sobre este voluntarismo, según el cual la persona buena es
aquella que, dominando voluntariosamente sus pasiones más irracionales,
es capaz de imponerse a sí misma lo que su entendimiento reconoce como digno o
valioso.
Ahora bien: si la voluntad es la mediación entre razón y
sinrazón, ¿de qué naturaleza, racional o irracional, es ella misma? Esta
cuestión no es fácil de responder. Para los platónicos, la voluntad solo tenía entidad
confundiéndose con la razón, mientras que para los aristotélicos se
identificaba con ciertos hábitos o virtudes prácticas. Durante la Edad Media,
la voluntad moral se vinculó con la fe y la gracia divina, y, en la modernidad,
con una suerte de entidad metafísica ajena a toda explicación científica (Kant)
que acabó resolviéndose en pura irracionalidad (Schopenhauer, Nietzsche). Tras
este recorrido, después de la “muerte de Dios”, y de las ideologías
justificadas en la “voluntad de poder”, ¿qué podría quedar hoy de ese vetusto y
cuasi maldito concepto de “voluntad”? Nada.
Ahora, muerta la voluntad, solo quedaban dos instancias a
las que acoger el criterio moral: el entendimiento, volviendo así a la
tesis platónica (lo bueno es lo que determina la razón), y la emotividad
(lo bueno es lo que me hace sentir bien), que es sobre lo que finalmente se
fundó nuestra “sociedad del bienestar”.
¿Qué es entonces, desde esta concepción postmoderna y sensualista, un problema
moral? Respuesta: un simple estado emocional de malestar (como el
que siento cuando no puedo dejar de beber, jugar, trabajar, etc.). ¿Y cómo ha
de solventarse? Como diría Spinoza, con una pasión más fuerte, esto es:
mediante un estado de pasividad aún mayor, inducido desde fuera, por alguien
que (por nuestro bien) nos somete, trata, cuida y dirige. En esto
consiste fundamentalmente la patologización actual de los problemas morales: en
el ocaso de la voluntad y el triunfo de lo irracional, de la acrasia y de las
pasiones. Incluso de la pasión por lo patológico mismo. Hasta el punto de que
no sé si seguir pensándolo o hacérmelo mirar.














