La Revista Pensar Juntos ha tenido la consideración de publicarme este artículo sobre las complejas relaciones entre la ética filosófica y la educación cívica en el marco de la educación reglada.
Para ver la ponencia correspondiente al artículo:
La Revista Pensar Juntos ha tenido la consideración de publicarme este artículo sobre las complejas relaciones entre la ética filosófica y la educación cívica en el marco de la educación reglada.
Para ver la ponencia correspondiente al artículo:
Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Un dato interesante y alentador es el desarrollo, acelerado
desde mediados del siglo XX, de una «opinión pública globalizada» y con
capacidad de movilización frente a acontecimientos o situaciones de interés
común. Una opinión pública que ha crecido engranada al poder y alcance de los
medios y, en los últimos veinte años, a la expansión de internet y las nuevas
tecnologías de la información y la comunicación.
Ejemplos recientes de los efectos de esta opinión «mundializada»
son, entre otros, la «primavera árabe», los movimientos de regeneración
democrática que dieron lugar al 15M en España, o la globalización de las
reivindicaciones feministas o ecologistas. En todos estos casos se han logrado
cambios políticos a escala nacional e internacional, incluso cambios de
gobierno y hasta de régimen a veces.
Frente a las guerras, sin embargo, esta «opinión pública
global» (distinta a las corrientes de opinión interna que, salvo en las
democracias liberales, son rápidamente amordazadas en situaciones de
conflicto), no ha sido nunca muy efectiva. Hace treinta años, impresionado por
las imágenes de televisión sobre el asedio a Sarajevo, participé junto a otros
dos mil estudiantes en una marcha pacifista que llego hasta el frente; pero en
una época sin móviles ni internet todo quedo en poco más que una extravagancia.
Diez años más tarde, la injustificable invasión norteamericana de Irak generó
por todo el planeta manifestaciones multitudinarias, en algunos casos de
millones de personas. Estas movilizaciones fueron más efectivas – señal de que
el mundo empezaba no solo a visualizarse, sino también a conectarse –, pero
tampoco lograron detener la contienda. Un poco después, la guerra de Siria,
pese a las terribles imágenes que nos llegaban por TV, solo despertó protestas
masivas en relación con los refugiados que arribaban a Europa.
¿Podrían cambiar las cosas ante la guerra que asola ahora
mismo Ucrania? Hay, de entrada, dos poderosas razones para responder
afirmativamente a esta pregunta, y son la peligrosidad y las consecuencias
económicas, ya palpables, de un conflicto de mayor envergadura política y en el
que andan involucradas las dos mayores potencias nucleares del mundo.
Pero hay también una tercera razón que, aunque no sea suficiente (ahí tienen el caso de
Siria), sí que parece cada vez más necesaria.
Me refiero al nivel de «conexión» antes nunca visto entre personas con capacidad
de influir, aun a pequeña escala, en un entorno global. Esta «conectividad»,
debida esencialmente a la expansión de las tecnologías digitales, y asentada en
un contexto ya enraizado de intercambio comercial y simbólico, supone el
despliegue masivo y cotidiano de dos de los componentes esenciales de toda
comunidad civil: la información y la comunicación.
Con respecto a la información, es innegable que, pese a los
bulos y otras estrategias de desinformación, la cantidad de gente que está al
tanto de lo que ocurre en cualquier parte del planeta es hoy mayor que en
cualquier otra época. Y esto tanto con respecto a la información más
superficial (las «noticias»), como a los conocimientos necesarios para
interpretarla.
Una de las consecuencias, por cierto, de esta circulación
global de la información es la de rebajar el peso de aquellos elementos
ideológicos más particularistas que están en el origen de la mayoría de las
guerras modernas. Se podría decir, incluso, que el auge del nacionalismo y el
populismo que soportamos hoy, no responde más que a una reacción coyuntural de
defensa frente al proceso inexorable de globalización cultural (y en último
término política) que supone la mundialización del mercado, la tecnología y la
información misma.
La proliferación de la información y de la comunicación
global serían, así, dos elementos clave para que la opinión pública
internacional, todavía ciega y sujeta a burdos mecanismos de manipulación,
adoptara progresivamente la forma de una ciudadanía global consciente de
su papel histórico. El tercer y último elemento de esta decisiva transformación
sería el reconocimiento generalizado, por parte de esa comunidad virtual, de
aquellos principios democráticos que se deducen naturalmente de la propia
conectividad universal: centralidad del individuo y sus derechos,
horizontalidad de los procesos de formación de la opinión, mayor empatía,
cooperación y movilización internacional…
Me gusta pensar que el logro, de facto, de una verdadera ciudadanía mundial, y de su
correspondiente reconocimiento político, solo precisaría de un poco más de
tiempo. Y, claro está, de que ninguna de las reacciones desesperadas contra
esta tendencia a constituirnos en una comunidad global lo transforme todo del
único modo en que ya es posible: mediante una destrucción igualmente global de
los lazos que nos unen y de la civilización que los sustenta.
La gente corea en Kiev, y en español, el viejo “no pasarán”
de la resistencia de Madrid a las tropas de Franco. Las comparaciones son
odiosas, pero hay cosas que sustancialmente coinciden: la defensa de unos principios
por encima de consideraciones pragmáticas, la resistencia del débil frente al
más poderoso, la movilización popular, o la fuerte dimensión simbólica de la lucha,
por la que la voluntad democrática de muchos decide no ceder al imperio
tiránico de la fuerza.
Visto lo que está ocurriendo, pocos entienden, en fin, la
oposición a la entrega de armas al gobierno ucraniano por parte de un sector de
la izquierda española. Una izquierda que, a la vez, no deja de exhibir su
vínculo con aquella tradición republicana y antifascista que, aun sabiéndolo
todo perdido, decidió que las tropas del general golpista y la violencia
criminal de los facciosos no iban a pasar por encima de la dignidad, la razón y
la democracia. Es extraña esta coincidencia, así que uno espera unos argumentos
más que contundentes por parte de esta izquierda, ultra-pacifista sin matices,
del «no a la guerra»
El principal argumento de los dirigentes de Unidas Podemos –
el de que hay que apostarlo todo a la diplomacia – les resulta incomprensible y
retórico incluso a sus propios simpatizantes. ¿Qué esfuerzo diplomático no se
ha intentado para detener el conflicto? ¿Qué líder mundial no ha hablado aún
con Putin para hacerle entrar en razón? ¿Cuál es el plan diplomático
alternativo que propone UP? El único que conozco es el de pedir a EE. UU y
China (es decir, al imperialismo made in USA y a otro tirano de la misma
catadura política que Putin) que arreglen el problema.
Fíjense hasta qué punto no han cesado los «esfuerzos
diplomáticos» que hasta el propio gobierno agredido se ha prestado a negociar sin
ni siquiera exigir un alto el fuego y mientras su población está siendo
masacrada bajo las bombas. ¿Qué mayor humillación (de la que, además, no puede
nacer paz duradera alguna) que dialogar con el abusón que te está moliendo a
palos mientras hablas? ¿Qué hay, en fin, de aquello que decía el Che sobre
“morir de pie” y “vivir de rodillas»?
El segundo argumento del sector «ultra-pacifista» de UP es
fruto de una especie de cálculo humanitario-pragmático. Dado que la guerra está
ya decidida a favor de Putin – dicen –, ayudar con armas no serviría más que
para prolongar el conflicto y aumentar las víctimas, con lo que es preferible
ceder. Este tipo de razonamientos, por legítimo que parezca, no casa con los
principios de la izquierda, el primero de los cuales ni es, ni ha sido, ni
merece ser el de la paz o la vida a cualquier precio, sino el de la aspiración
a la justicia, sin la cual no hay ni paz ni vida que valgan. Además, el
paternalismo de decidir por el pueblo ucraniano el precio que ha de pagar por
defender su dignidad, es repulsivo. Imaginen ese mismo argumento en boca de los
gobiernos inglés o francés para denegar ayuda militar a la Republica Española
frente al golpista Franco. La respuesta, tanto en un caso como en otro, solo
podría ser una: dennos ustedes las armas y ya decidiremos nosotros hasta qué
punto queremos o no jugarnos la vida por defender los principios que
(supuestamente) compartimos.
¿O es que Putin no es acaso un dictador sanguinario que
justifica su poder absoluto en los mismos términos y con los mismos elementos
(ultranacionalismo, tradicionalismo, vinculación con una oligarquía corrupta y
unas fuerzas de seguridad como soporte económico y policial del régimen…) que
Franco – y casi cualquier otro tirano moderno –? Con el agravante, además, de
que Putin, no contento con oprimir al país más grande del mundo, pretende
extender su régimen dictatorial a media Europa.
¿Entonces? ¿En qué diablos están pensando los herederos del
“no pasarán” y el “Madrid tumba del fascismo”? Es indudable que hay muchas
otras formas de hacer la guerra al tirano y que, entre ellas, la asfixia
económica puede ser muy eficaz. Pero esto no justifica obstaculizar el legítimo
derecho de los ucranianos a defenderse militarmente de la agresión bárbara de
un gobierno bárbaro que vende el retorno a la barbarie como antídoto
obligatorio frente a la «decadencia de la modernidad occidental», y para el
que, por cierto, todos los dirigentes de UP merecerían la cárcel a poco que
abrieran la boca.
Y sí, amigos de UP, las guerras suponen muerte y
sufrimiento. También las guerras económicas, pues la gente que perdería su
empleo en Europa si se paralizara la producción por un deseable boicot al gas y
el petróleo ruso, también serían, aún en menor medida, víctimas. La cuestión,
como siempre, y más allá de lemas pacifistas carentes de todo sentido de lo
real (y de lo ideal) es si esta guerra es o no es justa. Y si lo es, no hay más
remedio que afrontarla, con todo el dolor del mundo, y con todas sus
consecuencias.
Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura
No se cansa uno de oír y leer aquello de que “hay que
rechazar todo tipo de violencia”. Es la típica frase que no se cree nadie, pero
que hay que repetir a la fuerza como un mantra retórico y perfectamente
inútil en discursos, documentos administrativos y currículos escolares.
¿Pero cómo que debemos rechazar “todo tipo” de
violencia? – se pregunta uno tras oír semejante sandez –. ¿Tenemos entonces que
impedir que la policía o los jueces hagan su trabajo? ¿Hemos de prescindir de
las fuerzas armadas? ¿Dejaremos de obligar (esto es: de violentar) a los
escolares con currículos y exámenes sobre (por ejemplo) la
“necesidad-de-rechazar-todo-tipo-de-violencia”? Si “todo tipo” significa “todo
tipo” en la frase de marras, es evidente que lo que se propone en ella es que,
por ley, no haya ley, policía, ejército o sistema educativo que valga. ¿Es eso
lo que queremos?
Es obvio, pues, que no se trata de “rechazar todo tipo de
violencia”, como se afirma tan a la ligera, sino de rechazar “toda violencia
que no sea legítima”. Algo que, en lugar de hacernos bostezar ante la
declamación retórico-moral de turno, podría movernos a pensar acerca de las
razones que podrían legitimar la violencia (si es que tal cosa es
posible).
Antes de nada, convendría establecer que la violencia no es
algo “connatural” al ser humano (como esgrimen los adalides del realismo
político). Si violentar o ser violentado por otros fuera consustancial a las
personas, no habría violencia alguna, pues lo violento consiste, justamente, en
intentar forzar dicha forma sustancial. La violencia es, pues, una opción ética
y política.
Ahora bien, la ética y la política se componen de dos
elementos fundamentales: los principios y la práctica de estos. O
en un sentido más pragmático: los fines y los medios. Entre
ellos, la violencia es declaradamente un medio, aun cuando sea el peor y más
ineficaz de todos. Un medio que podría entenderse como legítimo cuando
concurren estas dos (polémicas) condiciones: (1) los principios a los que sirve
son en sí mismo legítimos (y más significativos que el mero “estar en paz”); y
(2) no hay ninguna otra forma viable de hacerlos cumplir.
El asunto es que esas dos condiciones suelen darse con frecuencia,
y tanto en el ámbito de la moral privada como en el de lo político. La razón es
que, si bien no somos meros animales que solo respondan a la “ley de la fuerza”,
como afirman algunos ignorantes demagogos de la derecha, tampoco somos puros
seres de luz y razón, como parece creer cierta izquierda acomodadamente
pacifista, y que en muchos casos no sabe lo que es vivir bajo un régimen
tiránico. Y como no somos ángeles, sino que tenemos cuerpo y emociones (tal
como nos recuerda constantemente la filosofía más cool – y anoréxica en
ideas – del momento) necesitamos de la ética y la política, es decir: en último
extremo, de la violencia legítima. Y tanto sobre nosotros mismos (como cuando
“nos forzamos” a aplicar con coraje los principios a los que nos debemos) como
sobre la comunidad entera (como cuando nos regulamos con leyes justas que, como
todas las leyes, han de implementarse bajo el recurso de última instancia que
son la coacción y la fuerza).
Pero ojo, justificar la violencia legítima no quiere decir justificar necesariamente la guerra, aunque esta, a veces, sea legítima y justa. Hay muchos tipos de violencia que cabe ejercer antes de llegar a ese punto. Un ejemplo, válido para el caso de la intolerable agresión rusa sobre Ucrania, es el bloqueo económico al régimen de Putin (y a la población que o bien lo apoya o bien se ha resignado a soportarlo). Otro, nuestra capacidad para esforzarnos en resistir los perjuicios inevitables del bloqueo, si se hace a conciencia, violentando nuestros deseos de despreocuparnos e ir a lo nuestro.
Lo señalaban hace unos días el nobel de economía Paul
Krugman y el expresidente François Hollande: si se persiguieran las gigantescas
fortunas opacas que los oligarcas rusos que apoyan a Putin mantienen en el
extranjero (fortunas que suponen hasta el 85% del PIB del país) y,
complementariamente, se dejara de comprar el petróleo y el gas ruso, el régimen
tendría los días contados y se prestaría a negociar sin derramar una gota más
de sangre.
Ahora bien, esta doble medida supondría, en primer lugar, y
como dice Krugman, perjudicar a algunos de nuestros propios e influyentes
oligarcas, enredados en múltiples trapicheos financieros con sus homólogos
rusos, y, en segundo lugar, afrontar las consecuencias económicas de liberar a
la UE de su dependencia energética con respecto a estos mismos oligarcas. ¿Estaríamos
dispuestos a ejercer esa violencia justa y legítima sobre nosotros mismos?
Putin cree que no tendremos agallas para enfrentarnos a nuestra propia
corrupción ni a nuestros deseos de volver a vivir a todo tren tras la
contención obligada por la pandemia. Y por eso se ha lanzado a esta guerra.
¿Tendrá razón?
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en la revista Ex +
La expresión «carpe diem» recoge un antiquísimo motivo literario y filosófico: el de vivir con plenitud el presente antes de que se lo lleve el tiempo. Una idea de lo más vulgar, pero que ha inspirado a poetas hedonistas, filósofos románticos y místicos de todas las épocas, y que hoy es un tópico recurrente de la cultura popular, la publicidad y las «parasofías» en boga (el mindfulness, la meditación…). Sea como fuere, la idea es una estafa.
Lo es, en primer lugar, porque es mentira. La intensidad o
plenitud de una vivencia no depende de lo que material y fugazmente ocurra en
ella, sino de la red de significados desde la que la interpretamos,
otorgándole valor y sentido. Una red que no tiene que ver con el
presente, sino con la cultura, la historia y las creencias y expectativas
personales. Las sensaciones superlativas (una comida exquisita, la
delectación ante un cuadro, un beso de película…) no son «instantes eternos»
por lo que ocurra en ellos, sino por las creencias que les asociamos (el valor
gastronómico de ciertos alimentos, el aura de prestigio que rodea al arte, los
mitos románticos sobre lo que significa dar un beso…).
Si algo nos encandila o emociona no es, en fin, por su
dimensión presente, sino por su pasado y su futuro, por lo que nos recuerda y
lo que nos hace proyectar. Concentrarse en el ahora no es el clímax
de la experiencia, sino acercarse a la forma de vivir, estrecha y
seminconsciente, de los animales. Sirve, a lo sumo, para tomarse un respiro. O
para adaptarse mejor a esas nuevas formas de esclavismo que son el vivir a
salto de mata y el matar toda vitalidad a golpe de clics, gags, chats, zascas, instagrams,
tiktoks y el resto de las marcas registradas del vive-el-instante.
Pero para nada más.
Olvídense, pues, del carpe diem, de esa muerte en
vida que es entregarse-al-presente. Una existencia consciente y
humana está hecha de historia y de sueños, de la narración de lo que fuimos y
del compromiso con lo que hemos de ser. Lo demás, ese «gozo momentáneo» que nos
vende la industria política del aturdimiento, no es más que humo, nada, una
colección de sandeces. Medítenlo. Pero de verdad: llenando (y no vaciando) la
mente de ideas.
![]() |
| Jan Matejko "Stanczyk" 1862 |
Ahora bien, ese viejo carnaval ritualmente subversivo ya no
existe. Y casi que menos mal, porque en él la gente se desmandaba de veras,
dando rienda suelta a la violencia y las pulsiones más primarias sin disfraz
alguno. El carnaval que celebramos hoy en nuestras calles está, por el
contrario, complemente domesticado, y es poco más que una ceremonia naíf sin
otro desmadre que el de desfilar a juego, cantar unas letrillas ingeniosas
(siempre del mismo modo – pocas fiestas más conservadoras y envaradas que el
carnaval actual –) y salir de cañas con más disciplina de lo corriente (¡Si los
que participaban en las saturnales, las misas de locos o las fiestas
de esclavos levantaran la cabeza!)
Esta laxitud del carnaval actual tiene, por cierto, su
explicación. Las viejas celebraciones dionisíacas tenían que contrarrestar unas
condiciones de vida muy duras y un ejercicio del poder aparentemente más
estricto que el que soportamos hoy. Pero ojo, no es que ahora el poder y el
orden sean realmente más laxos; todo lo contrario, son más imperativos que
nunca, pero lo son amablemente y sin que apenas nos demos cuenta. Y son así de
amables gracias, precisamente, a que vivimos en una suerte de «carnaval» perpetuo
y al ralentí, de manera que podemos evadirnos del yugo que nos sujeta, reírnos
de él, soñar que no lo tenemos o fingir que nos saltamos sus normas, sin salir
de la ficción mediática o los mundos virtuales que nos entretienen y evaden
cada día tanto, al menos, como nos conforman y controlan.
Frente a la mascarada perfecta del festival mediático (del
que la política, como vemos estos días, es parte insustituible), el carnaval de
antaño no tiene ya nada que ofrecer. Si las verdaderas carnestolendas consisten
en invertirlo ficticiamente todo, ¿qué otro desparrame carnavalesco puede
competir con el que nos ofrecen hoy los medios, redes y plataformas digitales?
¿Qué puede hacer sombra a sus fábricas de mitos, sus catálogos de máscaras,
perfiles y personajes, sus posibilidades casi infinitas para la burla, el
postureo, el alterne, la subversión figurada o el linchamiento regenerativo?
Es difícil imaginar cómo podríamos salvar al carnaval de las
calles y plazas del de las webs y los servicios de entretenimiento a domicilio.
Planteo, no obstante, una sugerencia, no sé si muy loca, para celebrar una
inversión o mascarada mucho más profunda y subversiva que la que producen los «late
shows», los videojuegos o la adicción a las series.
A ver, si el carnaval ha de celebrar lo infrecuente y darle
la vuelta a todo, ¿por qué no llevamos la fiesta al límite? Por ejemplo: en
lugar del estruendo con que agredimos normalmente a los demás – debido no a
nuestra «alegre y latina forma de vivir» sino a la más absoluta falta de
consideración por los otros –, en nuestro carnaval podríamos disfrazarnos de personas
educadas, capaces de hablar sin dar voces y de divertirnos sin tener que
exhibir (por impotencia cerebral) la potencia sonora de nuestros bajos en
garitos, coches tuneados o plazas públicas. ¿Qué les parece?
Otro ejemplo: en vez de burlarnos de las costumbres e ideas
de los demás y arder de indignación cuando toca reírse de nuestras sacrosantas
manías, creencias y tontunas idiosincráticas, podríamos hacerlo al revés, o
reírnos de todo, como es lo propio a un carnaval serio.
Otra idea. Como es corriente no respetar las normas más que
cuando interesa hacerlo, ¿qué tal si durante los días de carnaval nos
comportarnos de forma más íntegra? Para algunos políticos y la ciudadanía que
los vota, esos días representarían un auténtico desahogo tras meses de
estresante subordinación al imperio de los peores deseos.
Finalmente, y para salir de la rutina carnavalesco-mediática,
¿y si en vez de emborracharnos y ahondar en la inconsciencia habitual,
invertimos las cosas y nos regalamos una experiencia más consciente de todo lo
que nos rodea? Por ejemplo, a través de una sesuda reflexión acerca de la
enorme y engañosa mascarada de la que formamos, seguramente, la peor parte.
¿Les gusta el proyecto? Ser educado con los demás, reírnos
de nosotros mismos, comportarnos siempre de forma honesta y llevar una vida más
reflexiva y consciente; dadas las circunstancias, todo eso sí que sería, y
triste es decirlo, una auténtica fiesta de carnaval.
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Hay motivos para explicar esta buena disposición entre los
jóvenes: mayor nivel de formación, una exposición menor que la de sus mayores a
la demagogia nacionalista, una educación – aun mínima y sometida a vaivenes
políticos – en los valores propios a una ciudadanía democrática y cosmopolita (tolerancia,
aprecio por la igualdad y la diversidad, insistencia en el diálogo como modo de
solventar conflictos, respeto por los derechos humanos, preocupación por el
medio ambiente…), y una cierta experiencia, todavía minoritaria, y a veces
obligada, de estudio y trabajo en otros países de la Unión.
En cualquier caso, si queremos afianzar una identidad
europea libre de eurocentrismos xenófobos, populismos y nacionalismos
disgregadores, hay que trabajarse más seriamente aquello que desde hace
cincuenta años se viene llamando la «dimensión europea de la educación». Quizás
sería bueno implantar ya, en colegios e institutos, un área o ámbito, e incluso
un departamento didáctico, consagrado a la UE y que promueva y fortalezca ese
sentido de identidad abierto al mundo que nos define como ciudadanos
europeos.
¿Y de qué habría que tratar en esa materia o ámbito europeo
de educación? Lo primero, como es obvio, de la fundamentación ética de los
valores que tenemos en común, y sin los cuales no hay proyecto de integración
que valga. Y subrayo lo de «fundamentación ética» porque uno de los valores
más sutiles, pero más específicos, de la identidad europea es justamente el de
la reconsideración crítica de todo valor. Diríamos que el «espíritu
europeo» es tan alérgico a los dogmas que necesita reevaluar y refundar de
continuo, ética y filosóficamente, sus pocas pero significativas certezas. De
ahí el segundo de los asuntos fundamentales a tratar en una educación para el «ser
europeos»: el del pensamiento crítico, esto es, el de la competencia para
enjuiciar las creencias propias y de otros en orden a comprobar su validez
racional y medir sus implicaciones morales y políticas.
El tercer objetivo de una materia en Unión Europea
debería consistir en una enérgica inyección de teoría crítica del
conocimiento (tal como se hace, por ejemplo, en el Bachillerato
Internacional), con objeto de «vacunar» al alumnado contra las cada vez más
complejas estrategias de manipulación y desinformación que pululan,
inevitablemente, en un sociedad abierta y plural como la nuestra.
Otro aspecto esencial del «espíritu europeo» es su radical
diversidad, de manera que educar para ser europeo habría de consistir también en
desarrollar la capacidad empática de comprender otras posiciones y costumbres
políticas, morales o sociales, sin tener que dejar por ello de ser uno lo que
ya es. A esto en filosofía se le suele llamar «dialéctica», y en términos más
prosaicos se puede detallar como el ejercitarse en un tipo de identidad
flexible, integradora y evolutiva que no niegue la diversidad como amenaza,
sino como un motivo para crecer y perfeccionarse.
El quinto elemento de una educación paneuropea debería
ser, sin duda, el de una formación teórica y práctica en el sentido de la equidad.
No hay identidad ni sentimiento de pertenencia a una comunidad democrática y
fundada en los derechos humanos si antes no se dan unas condiciones suficientes
de igualdad y justicia en el acceso a la educación, el trabajo, la justicia, la
participación política y los servicios y beneficios públicos.
En cuanto al sexto «tema» fundamental para reforzar nuestra
identidad europea, este debería de ser, justamente, el de relativizarla y
proyectarla al mundo; esto es: el de desarrollar una perspectiva global,
transdisciplinar y sistémica de comprensión de problemas de naturaleza
planetaria (la desigualdad, la guerra, las cuestiones ecosociales, el cambio
climático…) como principal herramienta de una ciudadanía mundial capaz de hacer
frente a los mismos.
Más allá de estos seis elementos básicos (la ética, el
pensamiento crítico, el conocimiento, la dialéctica, la justicia y la
conciencia global), ya solo restarían unas pinceladas acerca del patrimonio y
las lenguas y, como algo completamente imprescindible, la participación
efectiva (y afectiva) en el propio proceso de integración, por ejemplo,
mediante la intensificación de los intercambios internacionales entre
estudiantes (la generalización de las becas Erasmus en secundaria es una
excelente iniciativa a este respecto). Ahí tienen ustedes la simiente de un
curso, a completar durante toda la vida, sobre lo que fundamentalmente
significa la Unión Europea.
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
El de la docencia es un oficio apasionante pero duro. Dar
clases es solo la punta del iceberg. Por debajo están las tareas de
coordinación, las tutorías, la atención a los alumnos, la planificación, la
preparación de las sesiones, la elaboración de material, la evaluación, la
formación, la investigación… No hay dinero que pague esto, ni que compense la
enorme responsabilidad que supone guiar y formar cada año a cientos de niños,
adolescentes y jóvenes. Por esto es esencial que aquellos que ejercen la
docencia, sea al nivel que sea (y tan trascendental – ¡o más! – es la educación
infantil como la universitaria), tengan una decidida vocación y sean los
mejores entre los mejores.
¿Pero los mejores en qué? No es fácil definir con precisión
el oficio de uno. Un docente no es solo un experto en la transmisión del saber,
es también un referente cívico y personal para su alumnado y, si me apuran,
para la sociedad entera. Por eso, para ser maestro o profesor no solo cuentan
las aptitudes académicas o las habilidades didácticas; también importan, y
mucho, la vocación, el carisma y la integridad personal, rasgos que, aun siendo
decisivos para explicar los resultados más visibles del trabajo educativo, son
en sí mismos imposibles de medir.
La aptitud académica no debe infravalorarse. No he oído
nunca opinión más estúpida que aquella que afirma que un maestro o un profesor
de secundaria “no tiene que saber demasiado”. Es del todo imposible transmitir
o divulgar con eficacia nada que no se conozca con la mayor profundidad. Da
igual la materia de la que se trate: el docente tiene que ser un experto de primer
nivel en aquello que enseña. Por ello hay que aplaudir la propuesta ministerial
de endurecer el acceso tanto a los grados de educación infantil y primaria como
al máster de educación secundaria. Es lo que hacen otros países que se toman
muy en serio la educación. Y es una pena que esta filosofía no se extienda
también al proceso selectivo de ingreso al cuerpo, para que a la evaluación
cada vez más decisiva de la competencia pedagógica le correspondida una
exigencia mayor en el examen de la capacidad científica. Nadie entiende que se
exija lo que se exige a un ingeniero de telecomunicaciones o a un notario, y no
a quienes han de ocuparse de educar a los ciudadanos.
Otro aspecto a no despreciar es el didáctico. Los maestros y
profesores son pedagogos, por lo que es incomprensible que los haya sin idea
alguna de pedagogía, y que presuman, incluso, de no guiarse más que por la
gramática parda de la clase magistral y el examen. Es como si hubiera médicos
alardeando de no tener más conocimiento que el de los cirujanos barberos. Por
ello, hay que alegrarse también de que se planteen medidas largamente
demandadas, como la de las asignaturas didácticas en los grados, o el refuerzo
de la formación práctica, que tendría que ser mucho más seria, guiada por
tutores expertos y bien pagados, y realmente decisiva para acceder a la
profesión.
En cuanto a lo demás y más importante – la vocación, el
carisma, la integridad personal…– no hay grado en que se enseñen ni manera
reglada de evaluarlo. Lo primero de ello, la vocación, debería ser la condición
para afrontar con éxito las pruebas y demostrar el nivel de excelencia exigible
para ejercer la docencia. En cuanto al tipo de carisma – ligado
fundamentalmente a la sabiduría – y la integridad personal que caben esperar de
un maestro, son dos de las cualidades que definen a los mejores ciudadanos.
Ahora bien, ¿cómo atraer a estos a la enseñanza? La retribución importa, pero
no es lo esencial. Lo decisivo es la satisfacción en el trabajo, es decir: el
poder hacer bien las cosas. Y para ello se precisa una escuela bien dotada, una
administración que dé al profesor la máxima autoridad y confianza, unas ratios
que favorezcan el trabajo artesanal con cada alumno, y tiempo y facilidades
para que el docente progrese, se forme e investigue en su disciplina y en la
didáctica de la misma… Parece un sueño, sí. Pero es la única manera de hacer
algo realmente decisivo por el sistema educativo.
| Ilustración de Daniel Gil Segura |
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
«¿Qué somos los seres humanos?» Se trata de una pregunta de eterna actualidad. Si no tuviera sentido o respuesta tampoco lo tendrían la mayoría de las cosas que nos preocupan. «¿Quién eres?» – pregunto a cada alumno al comenzar el curso –. Todos responden diciendo su nombre, su condición de estudiantes, si son chicos o chicas… ¿Pero es eso lo que son? Nuestra identidad no está en el nombre, ni en lo que habitualmente hacemos, ni en los rasgos del cuerpo. La cultura, los genes o el género importan. Pero una vez nos ha despuntado la conciencia nuestro ser no está ya ahí. La prueba es que podríamos trastocarlo todo (nombre, lugar, ocupación, sexo, género…) y seguir siendo, de una forma u otra, la misma persona.
Ya sé que no está de moda depreciar el cuerpo, pero lo que somos (y tal vez dejando aparte la sesera) no forma parte de él. Por eso, si queremos saber quién era alguien ya extinto no buscamos examinar su cadáver ni sus huesos, ni su ADN, ni las imágenes de su cerebro, sino entender los signos (palabras, gestos…) que nos dejó su psique grabados aquí o allá. No somos un montón de vísceras, sino aquello que nos pasa por la mente o, si quieren, por ese fabuloso descubrimiento o invención suya que es el cerebro.
Ahora bien, por la mente pasan muchas cosas (sensaciones, emociones, deseos, decisiones, sueños, ideas…). ¿Cuál de ellas determina lo que somos? En general, las ideas mandan. Percibimos, sentimos o queremos en función de las ideas con las que entendemos el mundo, interpretamos lo bien o mal que nos va en la vida o concebimos nuestros mejores propósitos.
Pero las ideas, sean innatas o aprendidas, discurren también en la mente de los animales. ¿Qué nos diferencia entonces de ellos? Una idea que siempre me convenció es que lo que nos hace específicamente humanos es la asociación entre las ideas y una cierta manera de usar el lenguaje. Es innegable que los animales disponen de sistemas de comunicación muy sofisticados, pero solo los humanos podemos utilizar el lenguaje para viajar con él por el tiempo y el espacio, y hasta para explorar mundos distintos al mundo, desde el de las matemáticas al de las ficciones literarias. Con el lenguaje, los humanos podemos hacer cuentas y contar cuentos y, con ellos, dar y darnos cuenta de lo que pasa y lo que somos.
El siglo pasado, el psicólogo evolutivo Jean Piaget investigó el extraño fenómeno por el que los niños, durante cierta fase de su desarrollo, hablan solos o con sus juguetes imitando en ocasiones el diálogo que sostienen con otras personas. Casi al mismo tiempo, el psicólogo soviético Lev S. Vygotsky postuló que los niños, al crecer, interiorizan este uso egocéntrico del habla en la forma de un diálogo íntimo y silencioso consigo mismos. Este machadiano soliloquio sería el origen de la consciencia humana, ese insólito fenómeno por el que nos reconocemos como la primera persona del relato con que vamos dando cuenta de todo; un relato en el que el narrador, el público y el protagonista son el mismo tipo: nosotros.
Ahora bien, para ser quienes somos tal vez no baste una simple narración interna de lo que pasa y nos pasa. Una de las condiciones de la identidad es la continuidad. La frase «yo soy yo» solo significa algo si los dos yoes ahí escritos son en algún sentido el mismo. Esto descarta inmediatamente que nuestra identidad resida en el cuerpo, todas y cada una de cuyas partículas cambian y envejecen a cada instante, pero tambien que se ancle en la mente o la consciencia, donde todo se hace y deshace igualmente en el tiempo. ¿En qué «lugar» de mí mismo mantengo entonces mi mismidad? ¿En qué se fundamenta la creencia de que somos siempre el mismo bañista en el heracliteano río de los días?
En uno de sus fantásticos cuentos describe Michael Ende a una caravana de vagabundos saltimbanquis que caminan confiando en que su errático viaje a ninguna parte dibuje sobre el mundo una palabra que desvele el sentido de sus pasos. Tal vez sea este anhelo lo que nos define. De hecho, y aunque las palabras – esas perras negras, que diría Cortázar – correteen sin parar dentro nuestro, hay algo entre ellas a veces – una forma, una estructura armoniosa y coherente, una «redondez» narrativa y hasta una sublime espiral poética o filosófica – que las hace convertirse en uno de esos luminosos cuentos en los que el sentido trasciende y sobrevive a todo lo que transcurre en ellos. ¿Será esa forma lo que somos?
Somos
el animal que cuenta cuentos. En eso consiste toda nuestra cultura y también
nuestra manera específica de ser conscientes. Pero solo si ese discurrir íntimo
adquiere la unidad y el sentido de las buenas historias, podremos decir que
rozamos esa cima casi imposible de la propia identidad: el alma o forma inmortal
del cuento mismo que nos cuenta.
Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura
Hay mitos
que dicen que en el principio fue el decir, y que el dios creador originó u
ordenó el mundo nombrando cada una de sus partes o cosas: el día, la noche, los
animales, el ser humano… Curiosamente, en los Evangelios – que fueron escritos
en griego – para referirse a este decir creador se utiliza la palabra «logos» que,
en castellano, y entre otras, significa cosas como discurso, razón o
argumento. Así, en lugar de «al principio fue el verbo», el conocido
comienzo del Evangelio de San Juan bien podría haberse traducido como «al
principio fue… el argumento».
Al
principio y al final, pues ya saben aquello de que «por la boca muere el pez».
Nada nos da más información sobre la calidad de una persona que su capacidad
para – sea en el lenguaje que sea – expresarse y razonar. Quien sabe argumentar
sabe pensar y, por ello, participar en un diálogo («dialogo», otra insigne
palabra griega, significa justamente esto: comunicarse con los demás – o con
uno mismo – mediante argumentos). No hay alternativa: considérenlo y
verán que no hay nada que considerar sin el lenguaje, esto es: sin el verbum
o el viejo y filosófico logos griego.
Dado que
los argumentos están al principio (como causa de lo que hacemos) y al final (como
justificación de lo ya hecho), es importante que aquellos que nos guían y
explican sean buenos argumentos. ¿Pero qué es un buen argumento? Hay dos
formas (no excluyentes) de responder a esta pregunta. La primera es que un buen
argumento es aquel que se atiene a lo racional, verdadero y justo; la segunda, que
es el que mejor sirve a nuestros intereses particulares. ¿Cuál de las dos les
parece a ustedes más certera (o más útil)?
No es
fácil responder a esta pregunta, pero, aunque acostumbremos a creer que las
razones que suponemos que nos conviene creer son también (¡qué casualidad!) las
más objetivamente ciertas, en los momentos más lúcidos podemos llegar a reparar
en lo contrario: que las razones objetivamente más ciertas son también, y justo
por ello (¡qué causalidad!), las que realmente nos convienen.
Ahora
bien, las razones ciertas y justas no caen de los árboles, ni están a nuestra
disposición en el banco, sino que hay que buscarlas o construirlas,
habitualmente a través del diálogo con los otros (si nuestra memoria no fuera
tan lisonjera, reconoceríamos que ninguna de las ideas que tenemos es
estrictamente nuestra). Y ese diálogo argumentativo no es un juego fácil: exige
ciertas condiciones morales; condiciones relacionadas con lo que los filósofos
llaman “virtudes argumentativas”. Veamos algunas.
La
principal virtud argumentativa es la capacidad para reconocer con honestidad el
valor y pertinencia de un argumento ajeno, aunque contravenga nuestros
intereses o puntos de vista personales. Esta virtud no es sencilla de
ejercitar. Suelo decir a mis alumnos que en un diálogo el que pierde es
el que gana, porque es el que aprende. Pero aplicarse el cuento es otra
cosa, y a veces nos cuesta Dios y ayuda reconocer que no llevamos la razón. Tal
vez porque, como dijo alguien, de la expresión «yo opino» lo que más nos gusta
siempre es el «yo».
Otra
importante virtud argumentativa es la de la tolerancia, que al contrario de lo
que se cree no tiene nada que ver con el respeto. La tolerancia es un concepto
político relacionado con la convivencia y que refiere el saludable y
democrático habito de permitir que se manifiesten opiniones y argumentos
diferentes a los nuestros, aunque no los consideremos respetables, y siempre
que no conculquen ese mínimo común denominador de la moralidad que son las
leyes.
Una
tercera virtud trascendental es la empatía, a la que podemos relacionar con lo
que los filósofos llaman el “principio de caridad”. La empatía no consiste en
respetar la opinión de tu interlocutor (ni siquiera si es víctima de algo, pues
nada tiene que ver ser víctima de X con tener mejores argumentos sobre X), sino
en ser capaz de comprender las cosas desde su perspectiva argumental,
otorgándole por principio la mejor intención racional y moral posible. Por
supuesto, para empatizar con alguien tienes que escuchar o leer con atención lo
que dice, algo que le resulta dificilísimo a toda esa gente (yo me la encuentro
por doquier y en el espejo a veces) cuya absoluta prioridad es expulsar el
magma de opiniones y emociones que le hierve por dentro, algo para lo que le sirve
de pretexto casi cualquier cosa que se le diga.
Leer antes
de opinar, interpretar con generosidad los argumentos del otro, mostrar
tolerancia y reconocer con honestidad nuestros errores son, pues, algunas de
las virtudes cardinales del buen argumentador, y algo a lo que se le debería
dar la máxima prioridad educativa. Aprender la mayoría de las cosas que nos
enseñan es contingente. Aprender a dialogar argumentativamente es imprescindible.
¿O no? Para saberlo no tendrán más remedio que argumentarlo.
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Una reciente entrevista en prensa al experto en educación
digital Jordan Shapiro ha avivado el debate en torno al problema de cuándo y en
qué condiciones permitir a los niños el uso de móviles o dispositivos similares.
Shapiro defiende la necesidad de educarlos en el uso de esas tecnologías antes
de los doce o trece años. ¿Es razonable su propuesta?
Partamos del hecho innegable de que el móvil y otros
aparatos equivalentes son ya parte consustancial de nuestro entorno, cuando no
de nuestra identidad o de procesos cognitivos básicos como memorizar, ordenar,
buscar o comunicar información. Se utilizan para todo y nadie, ni el más
crítico con ellos, renuncia a utilizarlos. Si es así, educar intensivamente y
desde muy pronto en un uso adecuado de los mismos no parece ninguna insensatez.
Y sin embargo no es esta la política habitual por parte de familias y
educadores, que suelen preferir prohibir el uso a educar en él (algo bastante
contraproducente, pues los niños a los que se les prohíbe o restringe
severamente el acceso al móvil, a los videojuegos o a la tele, suelen ser los
mismos que en cuanto tienen ocasión se dan de forma compulsiva y desordenada al
abuso de esas tecnologías y entretenimientos).
¿Por qué mantener entonces la actitud prohibicionista? Uno
de los pretextos es la supuesta adicción que generan las «nuevas»
tecnologías. ¿Pero es esto cierto? No lo creo. En todo caso, los entornos
digitales serían hoy tan «adictivos» como hace veinte o treinta años lo
eran los entornos físicos, pues los chicos hacen hoy a través del móvil y el
ordenador sustancialmente lo mismo que hacían antes en la calle o en el salón
de casa: entretenerse, socializar, educarse, comprar, jugar, conversar con
otros… No se trata pues, salvo
excepciones, de ninguna adicción, sino de un (complejo y rapidísimo) cambio de
costumbres por el que lo que antes se hacía de determinada forma ahora se hace de
otra. Con todas las consecuencias que ello supone, por supuesto; buenas y malas.
Porque tampoco es fácil saber si interactuar en entornos
físicos es siempre mejor que hacerlo a través de dispositivos digitales. La calle
no tiene por qué ser menos peligrosa o condicionante que el móvil o el
ordenador; en ambos escenarios se dan la publicidad, los comportamientos
inmorales o indecorosos y todos los peligros que supone vivir en un mundo como
el nuestro. Y en ambos casos de lo que se trata es de educar, y no de impedir
que el niño se relacione con ese mundo (sea analógico o digital). No olviden
que los niños sobreprotegidos están siempre más expuestos a todo tipo de
peligros (pues carecen de experiencia y de autonomía para afrontarlos), uno de
los cuales, por cierto, es el de contagiarse de las creencias y miedos de
padres obsesionados por controlar a sus hijos (ahora a través del móvil). Casi
diría que los niños tienen siempre más probabilidad de verse afectados por unos
padres neuróticos que por abusones o pederastas (que los hay en las redes tanto
como antes los había en calles y parques).
Otra objeción frecuente es la de los daños cognitivos que
ocasiona la utilización del móvil en niños y adolescentes, algo que hasta la
fecha nadie ha demostrado fehacientemente, y que no resulta muy creíble. A mi
juicio, los niños de ahora estudian, piensan y se expresan como siempre (con
leves cambios, unos a mejor y otros a peor). Es cierto que se distraen mucho
con el móvil, pero como antes, y por la misma razón (los rollos que les
obligamos a hacer o padecer), lo hacían con el vuelo de una mosca. En cuanto al
acoso o el aislamiento social, hoy hay una sensibilidad y unos recursos –
precisamente digitales – para paliar ambos fenómenos que ya hubieran querido
los chicos de hace treinta años, cuando era normal acosar con impunidad a los
más débiles en el patio de recreo o en la calle y no existían las redes
sociales para mitigar la soledad del que, por lo que sea, carecía de
suficientes habilidades sociales. El valor de la inclusividad y del respeto por
el diferente son valores de ayer por la mañana, y están ligados al contexto de
una sociedad global e interconectada.
En todo caso, recuerden que el rechazo a los cambios
asociados al desarrollo tecnológico es una constante cultural. El pánico que
provoca hoy el uso infantil de los móviles es el mismo que ya suscitaron los
videojuegos, los ordenadores o la tele. Todo lo cual no quiere decir que no seamos
prudentes, o que no tengamos que establecer una regulación legal de protección
al menor, sino que, con todo, lo más importante es acompañar a los chicos y
chicas en la iniciación a un mundo vinculado innegablemente a la tecnología, educándolos
para vivir en él de forma lúcida, crítica y ética. No hay mayor inversión que
esa en la seguridad y dignidad de los niños.
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Ignoro quién asesora, si es que alguien lo hace, al ministro
Alberto Garzón, pero sea quién sea o está cocido o le falta un hervor, como
prefieran. Solo a un ingenuo o un extravagante artista de la estrategia
política se le puede ocurrir que es conveniente decir lo que se piensa (en este
caso, verdades como puños) en un contexto como el presente, con elecciones
regionales a la vista y con los dos partidos de la derecha (uno de ellos loco
por hacernos olvidar su crisis interna) en una pugna salvaje por ver quién
vocifera, crispa y embriaga con una dosis más alta de demagogia a los
ciudadanos.
Digo que lo que dice Garzón son verdades como puños porque
es evidente, y todo el mundo (vote a quien vote) sabe que: (a) hay carne de
peor y mejor calidad; (b) la carne de peor calidad está vinculada a un sistema
de producción industrial, masiva y a bajo coste, que se conoce como ganadería
intensiva, y la carne de mejor calidad a sistemas de producción tradicionales o
extensivos en los que se produce menos, pero mejor; (c) la ganadería intensiva
supone no solo infringir a los animales una condiciones de vida infernales,
sino contaminar el entorno y contribuir a la ruina del medio rural (en el que
los pequeños ganaderos no pueden competir con las macrogranjas industriales);
(d) la política defendida por Garzón de aumentar las restricciones a la
agricultura intensiva y favorecer a la agricultura extensiva (pareja a la
disminución de la producción y el consumo de carne) es la misma que plantean el
gobierno, la UE y los organismos internacionales como parte de la estrategia de
transición a una economía sostenible.
Ahora bien, aunque sobre todo lo anterior hay datos de sobra
(censos de animales, incremento del número de macrogranjas, índices asociables
de contaminación y despoblamiento rural, denuncias de la UE, protestas de
vecinos, reivindicaciones de pequeños productores…), los datos no tienen nada
que hacer frente a la habitual berrea política y el rasgamiento ritual
de vestiduras en tuits, tertulias y declaraciones varias. La razón de esta
sinrazón es, ya sabemos, que la lucha partidista es en gran parte una cuestión
identitaria e irracional. Más que nada porque identificarnos emocional y
socialmente con un partido, líder o comunicador carismático, o con un determinado
imaginario simbólico (fachas y progres, taurinos y animalistas, cazadores y
ecologistas, machirulos y feministas…) es una manera demasiado tentadora de
evitar la tediosa tarea de informarnos, analizar y reflexionar por nosotros
mismos. Lo malo de esta confortable actitud es que se lo ponemos a huevo a los
expertos en marketing consagrados a alimentarnos con información-basura
de rápido engorde electoral.
Gran parte de esa información basura se compone de bulos
fáciles de fabricar. No necesitan más que dos cosas. La primera, inventar la
“información” que interesa, si es posible tergiversando una información real
para que la mentira lo parezca menos (en el caso de Garzón, que dijo que la
ganadería extensiva española – con mención explícita a la extremeña – era
magnífica, y la producción intensiva insostenible y mala, se le hace decir que
“España exporta carne de mala calidad”). Y la segunda, viralizar la información
falsa (hay equipos especializados en la tarea) hasta que, gracias a la
repetición y a nuestra invencible pereza para cuestionar lo que nos apetece
oír, se convierte en una verdad de las buenas, de las que levantan olas de
indignación.
Ahora, dicho lo que había que decir sobre bulos y verdades,
volvemos al principio. Una cosa es decir lo que uno piensa (y que esto, además,
sea una verdad como un templo), y otra cosa es hacer política. Y me parece
mentira que alguien como Garzón, curtido en la lucha partidista (como mínimo la
interna), no se entere de algo tan simple. Si sigue así acabará por representar
mejor que nadie a esa moribunda y antipática izquierda que, desde su trono
intelectual y moral, no parece que haga otra cosa que señalarle a la gente cómo
debe de comer, consumir o usar el idioma. ¡La ultraderecha no podría estar más
satisfecha!
Un político cabal no puede, en fin, parecer un adolescente
resabiado y desconsiderar toda la suma de intereses, circunstancias, juegos de
poder, creencias y hábitos colectivos (entre ellos el del consumo barato de
algo que, como la carne, era un lujo hasta no hace mucho para la mayoría) que
rodean e inevitablemente afectan a su incuestionable verdad. Ha de pelear por
sus principios, sin duda, pero tiene también que conciliarlos, aunque sea
estratégicamente, con la compleja y reticente realidad. Al menos, si quiere hacer política. Y no
quedarse, como diría Yolanda Díaz, en una esquinita pequeña y marginal. Veremos.
Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura.
En la astracanada de Adam McKay (que recomiendo encarecidamente
que vean) el “alma desvalida” es el pueblo americano y, por extensión, la
humanidad entera: una masa ignorante y manipulada que vota a políticos tipo
Trump, vive infantilmente en el presente inmediato de los chismes, la
telebasura y los memes de internet, y obedece ciegamente a los gurús de la
tecnología. De otro lado, el “héroe redentor” son un par de ingenuos
científicos que, tras descubrir que un enorme meteorito va a impactar contra la
Tierra, tratan de avisarnos de lo que nos viene encima mientras son
coaccionados por el poder y vilipendiados por la multitud. El “final feliz” es
la divina moraleja que nos cuelan los autores, verdaderos redentores de esa
multitud incapaz de reaccionar a la revelación científica del apocalipsis que
somos nosotros, el público en general, frívolos adoradores del becerro de oro
del consumo no sostenible y sus hijos la polución, el cambio climático, las
pandemias y el resto de las plagas con que se anuncia el fin del mundo. Y hay
que reconocer que en cuanto a la moraleja a transmitir la película es
impactante y provocativa (por eso estamos hablando de ella), poniendo al alcance
de todos una caricatura de los tópicos en torno al tecno-neoliberalismo
reinante: la influencia de los gigantes tecnológicos, la hipoteca de los
gobiernos con el poder económico, el big data, el populismo, la
polarización política, la desinformación, la instrumentalización de la ciencia,
los delirios conspiranoicos o la dificultad para arbitrar decisiones colectivas
(no digamos democráticas) de alcance global...
Pero ahora vayamos con la moraleja sobre la moraleja. Es
decir, con la crítica al mensaje crítico de la película (análogo al de parte de
la izquierda biempensante americana y, por extensión, de todos sitios).
Empecemos por el comienzo de la fábula. Que el desastre provenga del cielo es
sintomático. Que el presunto mayor problema (y trasunto de la película) al que
nos enfrentamos hoy sean la sostenibilidad y la crisis climática, y no el
hambre, la explotación y la miseria material y moral de millones de personas
(en tanto el 1% de la población acumula la mitad de la riqueza), algo que
sucede cotidianamente y que hemos aceptado sin más (y por lo que mereceríamos extinguirnos
cien veces), también es bastante sintomático. Sintomático de cómo la
distracción apocalíptica actúa como opio de los timoneles del pueblo. Y
no es que no haya una catástrofe climática en ciernes, ojo. La cuestión es a
qué desigualdades obedece y cuáles va a acrecentar (la crisis climática es una
enorme desgracia para la mayoría, y una fuente de oportunidades para la minoría
más poderosa); si no se comprenden y desactivan esas desigualdades no se
comprende ni se desactiva nada.
De otro lado, que en la película se muestre a la gente como
una turba infantil enganchada a la telebasura y a los móviles, manipulada por
demagogos e incapaz de ponerse de acuerdo en lo más evidente, es igualmente
reveladora de las inercias ideológicas que lastran el discurso progresista. Una
inercia que parece incapaz de entender las razones del apoyo de parte de la
población a opciones políticas “poco correctas” y que, en el fondo, se revela
tan poco democrática y tan populista como ellas.
Así, como ni las masas ni las perversas élites políticas son
capaces de razonar y deliberar, los redentores propuestos en la fábula de McKay
no pueden ser más que los expertos científicos. Aplíquese el cuento a la
gestión de la pandemia (y de lo que venga). La idea que sobrevuela es que los
ciudadanos somos incapaces de ponderar los riesgos (como el de colapsar los
cada vez más escasos servicios públicos), por lo que hemos de ser salvados de nosotros
mismos a golpe de leyes de excepción y partes televisivos. Se aduce que se
trata de una emergencia. ¿Pero quién garantiza que no vayamos a vivir en una
emergencia crónica (por ejemplo, climática), o que la gente vaya a ser capaz de
decidir con sensatez sobre cualquier otro asunto que le incumba? Dada la
inmadurez congénita con que se les retrata, ¿por qué permitirles ni tan
siquiera votar? Tras la idiotez, el ruido y la furia que destila esta historia
no parecen proyectarse, pues, otras salidas que las de rezar o someterse a una
suerte de tecnocracia despótica. Terrible disyuntiva. Otra opción, sin duda, es
pensarlo más a fondo.