martes, 17 de mayo de 2022

Sexo, drogas y religión

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Lamento ponerme lírico, pero la primavera nunca ha sido una estación de penitencia fácil. Pese a las apariencias, o precisamente por ellas, a mí me resulta casi insoportable. No hay luz que, como la suya, desvele tan cruel y claramente nuestras miserias y, a la vez, nuestros deseos más imposibles, aquellos que, como decía el poeta, son una pregunta cuya respuesta no existe.

No sé cómo lo ven ustedes, pero hay algo en la luz y la lucidez sensual de estos días que despierta al amor más inefable y enfermizo. Ya sabrán por experiencia que padecemos del mal crónico de la insatisfacción y que, hechos como estamos – dice otro plomizo poeta – de la materia de los sueños, no podemos conformarnos con nada que no sea ese todo que prometen, como un espejismo mentiroso – como un camino sin retorno – todas las mañanas de abril del mundo.

Porque la primavera no es solo la encarnación del mito de la reencarnación de las almas y la resurrección de los cuerpos, que suponemos rebrotarán un día como el azahar o las garrapatas, sino el fuego que nos recuerda la expulsión del paraíso y el inicio del ciclo del tiempo en torno al recuerdo de lo entrevisto y extraviado.

Dicen los mitos, y explican algunos filósofos (habitualmente los más feos) que toda belleza es el espejismo sensible de una perfección y plenitud que no podemos ni concebir, pero con la que alguna vez fuimos uno y de la que, por algún extravagante motivo, se nos separó, condenándonos, como a Sísifo, a hacer rodar el tiempo en este vía crucis consistente en ir deshaciéndonos de todo lo que parece pero no es.

Si el tiempo es deseo, la primavera es el mecanismo que le da cuerda, su forma misma. Platón inventó un cuento para pensarlo. Contaba que allá en las cumbres eternas del Olimpo, donde celebran los dioses su fiesta inmortal, y justo el día que – no casualmente – se festejaba a Afrodita (diosa de la belleza), el dios que todo lo tiene (un tal Poros) y la diosa carente de todo (llamada Penia) tuvieron accidentalmente un hijo al que llamaron Eros (es decir: Amor). Este diosecillo bastardo, apunta el filósofo, somos nosotros, que, como hijos caídos del cielo, hacemos tiempo enamorándonos fugazmente de todo aquello que afrodisiacamente (por Afrodita) nos recuerda y señala el camino a casa.  

Este amor por las señales es la sustancia misma del fenómeno religioso, que, en sentido genérico, no es otra cosa que el deseo erótico de religarse con aquella plenitud que fuimos y de cuyos excitantes destellos nos parece ver un reflejo en los días y los cuerpos que más lucen. Desde esta perspectiva, religión es todo: es lo que hacen el filósofo o el científico cuando buscan volver al Reino (la realidad real) a través de la idea que lo comprende y unifica; o lo que padece el artista, empeñado en duplicar el espejismo de la belleza idealizado por su imaginación; o lo que obran el santo o el héroe, encarnando ese mismo ideal con sus hazañas. Y religión es también lo que hace primaveral y humildemente la mayoría: dejarse de ideas y salir a pillarla.

La embriaguez es una de las formas más primarias de manifestación de lo religioso. En todas las culturas, la pérdida parcial o total de la conciencia y el logro proporcional de un determinado estado emotivo es parte esencial del rito por el que se busca la religación con lo Absoluto. En la mayoría de las religiones tradicionales, ese estado de embriaguez se logra mediante la danza, el canto o el rezo rítmico, la exposición a estímulos y situaciones con efecto emocional (imágenes magníficas, músicas sublimes, olores, daños o gozos físicos…) y no pocas veces con el consumo de sustancias estimulantes. Se supone que ese estado de gracia, es decir, de entusiasmo ciego (de fe) y liberador (de la razón), es el que nos predispone al encuentro con lo divino.

¿Hace falta decir mucho más? Todo el ritual que celebramos por las calles en esa fastuosa fiesta de la primavera que es la Semana Santa cumple con casi todo lo dicho. Observen si no ese magnífico teatro barroco lleno de músicas sentimentales, imágenes danzantes, cantos descarnados, olores sensuales, trajes de fiesta y madrugadas en vela que transforma estos días nuestras calles y ocios. 

Y de este espíritu religioso no se libra nadie, ni los que celebran la pasión de forma (aparentemente) más profana. Los miles de jóvenes, por ejemplo, que invocan y festejan el deseo de plenitud primaveral bebiendo y bailando en las terrazas de esos bares low cost que son las bolsas del super. Fíjense: ritmo, cánticos, danzas, luces oscilantes, olores, y esa belleza fugaz, gloriosa y terrible de los días y los cuerpos. Es lo mismo: pura primavera, absoluto deseo, y una nostalgia incurable para la que no tenemos más remedio que el embriagador bálsamo de fierabrás de la religión. Amén. O evohé. Lo que ustedes prefieran.

lunes, 16 de mayo de 2022

Adoctrinamiento y filosofía

 

Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Vuelve la polémica en torno a la nueva ley educativa. Además del tema de la presencia o no de la filosofía en secundaria (aquí, la Consejería ya ha asegurado que se impartirá como optativa en la ESO), el debate gira en torno a dos de las trifulcas habituales en cada reforma educativa: la cuestión del presunto adoctrinamiento de algunas materias, y el asunto de la renovación pedagógica. Cuestiones ambas que tienen, también, una relación directa con la filosofía.

La polémica sobre el adoctrinamiento en las aulas la provoca habitualmente la derecha, denunciando que determinadas materias, como las de educación en valores cívicos, tienen una fuerte carga ideológica. Y es curioso, ya de entrada, que la controversia la genere una derecha que a la vez que ataca el adoctrinamiento escolar en valores cívicos, defiende el adoctrinamiento escolar en religión, reivindicando por sistema el refuerzo de la materia de religión católica o pidiendo que se subvencionen los colegios religiosos.

Arguye la derecha que el adoctrinamiento religioso en la escuela es por elección familiar y, por ello, legítimo. A lo que los progresistas responden que la educación en valores cívicos (es decir: los valores que emanan de las leyes, la Constitución o la Declaración de los Derechos Humanos) es imprescindible, porque sin compartirlos no hay sociedad ni convivencia democrática que valgan. A esto la derecha vuelve a replicar que sí, que algunos valores sí, pero que otros (como los relativos a la ecología, el feminismo, los derechos LGTBI, la educación afectivo-sexual, la memoria democrática…) son discutibles o entran dentro de la batalla política. Los progresistas replican que estos valores están ya recogidos en leyes en vigor. La derecha aduce que esas leyes no las han votado ellos. Y así una y otra vez. ¿Qué se puede hacer frente a esta discusión bizantina?

La respuesta se ha repetido muchas veces. Para prever el adoctrinamiento (sea del signo o tipo que sea), tanto en las aulas como en la sociedad, no hay nada como la educación filosófica. La filosofía, cuando se imparte adecuadamente, enseña a identificar las ideas de fondo de cada doctrina, a evaluar su racionalidad y pertinencia ética, y a argumentar con los demás al respecto. Y todo esto a partir de un bagaje de textos en los que se han tratado y analizado aquellas ideas de mil formas distintas durante más de dos mil años. Sabiendo todo eso es muy difícil que nos adoctrine nadie que no nos convenza. Y convencer no es lo mismo que adoctrinar, ¿no?

Por cierto, que la controversia entre doctrinas no solo afecta a los asuntos éticos, políticos o religiosos. La gente cree ingenuamente que las ciencias o las artes están libres de creencias y valores, y que lo que dicen o expresan no admite disputa, pero esto no es cierto. La ciencia está cargada de ideología (como mínimo, de ciertas ideas preconcebidas sobre el mundo o el propio conocimiento), y las obras de arte no digamos. Si los alumnos no aprenden a analizar crítica y filosóficamente las ideas y valores subyacentes a las teorías científicas, económicas, psicológicas, históricas, etc., que les enseñan en clase (no digamos los que subyacen a las noticias, las series, los videojuegos, la publicidad o todo lo que aparece por Internet), estarán atados de por vida a esas ideas prejuiciosas. Por esto, y no por prurito intelectual o por conservar ninguna tradición, es por lo que es imprescindible la filosofía en las aulas.

Frente a la otra polémica, la relacionada con la renovación pedagógica, el asunto es más complejo. Los renovadores afirman que el mundo ha cambiado, y que esto exige cambios en la manera de educar a los jóvenes, pues los métodos más tradicionales no funcionan. Por otra parte, los menos o nada renovadores afirman que los cambios propuestos no son los adecuados, pues desincentivan el esfuerzo y promueven un aprendizaje poco o nada riguroso, por lo que abogan por dejar las cosas como están o retornar a formas más clásicas de enseñar.

Ahora bien, con respecto a esta disputa la filosofía también tiene algo que decir y hacer. Si se constata, por mero sentido común, que ningún aprendizaje es posible sin contar con la voluntad o interés del aprendiz o sin la comprensión profunda de lo que se aprende, algo en lo que deberían coincidir las posiciones en liza, toca reconocer que el paradigma más puro de esta forma de aprender es precisamente la filosofía, definida como el amor o voluntad de saber, y como aquella ciencia que no admite como válido nada que no se pueda comprender desde sus cimientos y en relación con todo lo demás. 

Decía el gran filósofo Kant que no se enseña filosofía, sino a filosofar, esto es: a pensar sin descanso para comprender mejor el mundo y que nadie nos engañe. Educar en filosofía es, pues, la mejor garantía, no solo para evitar el adoctrinamiento, sino para promover una educación comprensiva y tan innovadora y competencial como rigurosa. ¿Quién da más?

 

 

domingo, 15 de mayo de 2022

Fucking machotes

 

Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Desde pequeño me hicieron saber de mil maneras posibles que tenía que ser un machote. Cosa nada fácil. Porque ser un machote como Dios manda comprende privilegios, sin duda, pero también deberes. Uno tiene que personificar como un campeón tanto las viejas virtudes platónico-católicas como las más modernas y protestantes (ser valiente, justo, templado, esforzado, exitoso, competitivo…). Vamos, ser algo así como una mezcla entre el Cid y John Wayne. O entre Héctor y Ulises. O ya puestos, entre Vladimir Putin y Will Smith. ¡Uf!

Una de las cosas que según los entandares machotes nos toca hacer a los hombres es proteger paternalmente a las hembras, a las que se las supone en general menos fuertes y virtuosas. Esas «hembras» a salvaguardar en su integridad y honor no son solo tu novia o esposa, sino también tus hermanas, tu madre, tu patria, y hasta tus obreros, si eres un machote paternal y emprendedor.

Este castizo machismo del caballero que toma como deber sagrado el de la protección de su territorio y posesiones permanece casi inalterable hasta el día de hoy. No hay más que asomarse al paisaje ideológico de casi todas nuestras producciones culturales, incluyendo las que consumen a diario los más jóvenes (canciones, películas, videoclips…). El estereotipo del novio machote propietario de una hembra por la que habla y decide, y el de la chica mona o fetén, satisfecha de tener enganchado al macho más sandunguero o prometedor de la manada, responden a realidades más frecuentes de lo que quisiéramos. Y no solo entre adolescentes de barrio y coche tuneado, ojo, sino también entre jóvenes y adultos con másteres y pinta alternativo-burguesa.

Uno de los recursos a los que el machote protector echa mano sin reparo alguno (por no decir que con el mayor de los entusiasmos) es el de la violencia. Los machos saben que un hombre hecho y derecho, en ciertas circunstancias, ha de desenfundar el revolver y tomarse la justicia por su mano. O conquistar a ostias, o con todo el morro, lo que él o los suyos necesitan (un bien de primera o enésima necesidad, un polvo, un cargo, un contrato…), además de vengar sin remilgos, y a la siciliana, todo tipo de insultos y afrentas al honor. Los machotes crecemos, así, peleándonos y midiéndonos a ver quién es el más fiero, el más astuto o el que la tiene más larga. Y si hay hembras por medio, no digamos. Pocas cosas más temibles que la embestida de un macho con necesidad de demostrarle a su chati lo hombre que es.  

Si queréis un ejemplo de rabiosa actualidad ahí tenéis a Putin, que no solo ha cultivado a conciencia la imagen de macho alfa más casposa y peliculera, sino que se la cree hasta el punto de provocar guerras en las que protagonizar el papel de matón protector de la madre patria. Porque un rasgo de los chulos de playa de más altos vuelos es este de erigirse en paterfamilias de la nación, en padrino de la Cosa Nostra, o en ser como “un río para mi gente”, como dice (más cursi y ególatra imposible) el llorica de Will Smith. 

Porque, como es de prever, todo esto viene al caso del actor Will Smith y su sonado puñetazo a un cómico delante de millones de espectadores, niños y adolescentes incluidos, que han acabado de aprender con esto cómo tiene que comportarse un puto machote cuando alguien se burla de su señora. Señora a la cual, por descontado, se le ha asignado con toda naturalidad el papel de desvalida víctima, sin voz ni voto, y destinada a ser salvada por el oficial y caballero de turno.

Pero lo más grave del caso de Smith es que este, tras darle un puñetazo a un tipo delante de millones de personas, volviera tranquilamente a su sitio, como un vaquero que acabara de hacer justicia, sin que nadie se atreviera a decir ni pio, sin que se detuviera la ceremonia y sin que se expulsara al matón. Después de esto, ¿qué diablos voy a hacer yo con el próximo alumno que le pegue a otro en clase? ¿Darle un Oscar?... Casi nadie ha hecho más que Hollywood por el machismo y el matonismo en el mundo. Pero esta gala supera con creces todas las sagas de Rambo y Shwarzenegger juntas.

Y una última cosa sobre el humor y la violencia. Un chiste puede molestar y violentar. Pero ni lo hace en el mismo registro que un puñetazo, ni le da a nadie licencia para repartir ostias. Ante una broma de mal gusto solo cabe hacer otra, si se tiene más ingenio que músculo, o defender con argumentos lo inadecuado del chiste haciendo callar así, y por derecho, la risa de la gente. Otra opción, igual de útil para llamar la atención sobre los presuntos límites del humor, pero infinitamente más legítima y elegante, hubiera sido levantarse e irse, mandar a la porra una ceremonia donde las bromas personales son la norma, y donar el Oscar a alguna asociación de enfermos de alopecia. Pero claro, para eso hay que ser significativamente más noble e inteligente que machote.

 

sábado, 14 de mayo de 2022

Didáctica de lo monstruoso

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

En su uso peyorativo, el término «monstruoso» refiere lo que es deforme y perverso. Sobre todo lo primero; de hecho, es la deformidad del monstruo, y la correspondiente dificultad para definirlo, prever su conducta y establecer nexos de identidad con él, lo que provoca que lo percibamos como algo malo y amenazante para nuestra integridad. 

Monstruos hay muchos. Desde aquellos más inocuos de los cuentos y la cultura popular, cuya deformidad se reduce a aspectos superficiales, hasta los que hacen daño real y muestran una deformidad mucho más profunda: el tirano, el fanático, el maltratador, el psicópata…

Sea como sea, la oposición a lo monstruoso es uno de los motivos que nos mueven a obrar y a pensar (tanto a nosotros como a los héroes que pueblan nuestros mitos y relatos). Enfrentarse al monstruo en todas y cada una de sus dimensiones (el caos, la ignorancia, la maldad, la fealdad…) es, cuando menos, la finalidad de la filosofía y, en un sentido fundamental, de la educación, entendidas ambas como una búsqueda compartida del sentido, la verdad, la bondad, la justicia y la belleza.

Ahora bien, en filosofía, educación, o en la vida misma, hay dos formas de encarar este objetivo. La primera es la que tiende a la «deconstrucción» de lo monstruoso, hasta desvelar la imposibilidad misma de su existencia. La segunda, en cambio, acepta lo monstruoso y maligno como algo constitutivo al mundo y frente a lo cual solo cabe, a lo sumo, aprender a convivir. ¿Cuál de estas dos concepciones y estrategias es la más certera?

La pregunta no es baladí. De cómo respondamos a ella dependen muchas cosas, desde cómo actuar frente a la guerra provocada por los delirios de un tirano a cómo educar a los niños. Como mañana comenzamos en Cáceres el XXX Encuentro Iberoamericano de Filosofía para Niños y Niñas, dedicado precisamente a la relación entre la filosofía, el miedo y los cuidados, me centraré en lo segundo.

¿Cómo educar a los niños en una relación adecuada con lo monstruoso? Desde la filosofía y el enfoque educativo más racionalista (aquel que considera reducible el caos a forma, lo aleatorio a ley y lo malvado a simple ignorancia), la didáctica de lo monstruoso no requiere ninguna prevención especial. Todo lo contrario: los niños tienen que conocer cuanto antes la fealdad, la maldad y la deformidad del mundo para aprestarse a la lucha dialéctica contra todo ello. Una lucha a la que les empuja su propia naturaleza racional. Los monstruos de todo orden les tendrían que ser presentados, pues, gradualmente, como un reto creciente para su imaginación, voluntad y raciocinio. 

Sin embargo, desde la perspectiva más irracionalista o «posmoderna», anclada al polo dialéctico de lo que los filósofos llaman «la diferencia», lo monstruoso, es decir, lo caótico, aleatorio y «otro», aparece como irreductible a ley, razón o unidad. Por ello, lo lógico es que los niños – y todo el mundo, en la medida en que nadie está a salvo de su propia monstruosidad – sean celosamente protegidos de esa tentación diabólica. Muchos padres y educadores proponen, en este sentido, censurar o trastocar el aspecto más terrorífico de, por ejemplo, los cuentos infantiles, negando así la presencia de aquello que, paradójicamente, entienden como parte esencial de lo real.

Esta última posición implica, no obstante, una paradoja aún mayor. Dado que en ella se da el máximo valor a la pluralidad y la diferencia, la categoría misma de lo monstruoso se relativiza y diluye. «¿Por qué va a ser el monstruo el dragón, y no el héroe que lo vence con su ingenio y espada – imponiendo un sesgo especista y poniendo en peligro la amenazada diversidad de las bestias –?», plantean algunos educadores. (Por cierto, quien quiera puede leer esto en clave política y compararlo, sin ir más lejos, con determinadas interpretaciones sobre la guerra desatada en Ucrania por el sátrapa de la foto).

Desde la perspectiva citada se produce pues una curiosa situación: lo monstruoso (lo caótico, irracional, perverso…), que se concibe como parte innegable de la realidad, es, a su vez, incalificable como tal, pues toda categorización objetiva resulta imposible en un mundo constitutivamente irracional. Lo monstruoso, entonces, es y no es. ¿Habrá algo más propiamente terrible y monstruoso que esto?

Si queremos, en fin, seguir batallando con las monstruosidades que nos rodean, parece que toca apostar por el primero de estos enfoques, y reconocer y desmembrar analíticamente, uno tras otro, a todos nuestros monstruos, es decir, a todos nuestros miedos. Así que sí: los niños tienen que reconocer al hombre del saco, a la bestia, al ogro, al tirano, o a los falsos monstruos con que expiamos nuestras propias barbaridades. Para destriparlos. Tal como hacen con sus juguetes. Y por la misma razón: para conocerlos y, en esa misma medida, desarmarlos.

 

viernes, 13 de mayo de 2022

Filosofía y educación cívica: ¿matrimonio de conveniencia o amor verdadero?

La Revista Pensar Juntos ha tenido la consideración de publicarme este artículo sobre las complejas relaciones entre la ética filosófica y la educación cívica en el marco de la educación reglada. 

Para ver la ponencia correspondiente al artículo: 

Guerra y ciudadanía mundial.

 

Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Un dato interesante y alentador es el desarrollo, acelerado desde mediados del siglo XX, de una «opinión pública globalizada» y con capacidad de movilización frente a acontecimientos o situaciones de interés común. Una opinión pública que ha crecido engranada al poder y alcance de los medios y, en los últimos veinte años, a la expansión de internet y las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.

Ejemplos recientes de los efectos de esta opinión «mundializada» son, entre otros, la «primavera árabe», los movimientos de regeneración democrática que dieron lugar al 15M en España, o la globalización de las reivindicaciones feministas o ecologistas. En todos estos casos se han logrado cambios políticos a escala nacional e internacional, incluso cambios de gobierno y hasta de régimen a veces. 

Frente a las guerras, sin embargo, esta «opinión pública global» (distinta a las corrientes de opinión interna que, salvo en las democracias liberales, son rápidamente amordazadas en situaciones de conflicto), no ha sido nunca muy efectiva. Hace treinta años, impresionado por las imágenes de televisión sobre el asedio a Sarajevo, participé junto a otros dos mil estudiantes en una marcha pacifista que llego hasta el frente; pero en una época sin móviles ni internet todo quedo en poco más que una extravagancia. Diez años más tarde, la injustificable invasión norteamericana de Irak generó por todo el planeta manifestaciones multitudinarias, en algunos casos de millones de personas. Estas movilizaciones fueron más efectivas – señal de que el mundo empezaba no solo a visualizarse, sino también a conectarse –, pero tampoco lograron detener la contienda. Un poco después, la guerra de Siria, pese a las terribles imágenes que nos llegaban por TV, solo despertó protestas masivas en relación con los refugiados que arribaban a Europa.

¿Podrían cambiar las cosas ante la guerra que asola ahora mismo Ucrania? Hay, de entrada, dos poderosas razones para responder afirmativamente a esta pregunta, y son la peligrosidad y las consecuencias económicas, ya palpables, de un conflicto de mayor envergadura política y en el que andan involucradas las dos mayores potencias nucleares del mundo.

Pero hay también una tercera razón que, aunque no sea suficiente (ahí tienen el caso de Siria), sí que parece cada vez más necesaria. Me refiero al nivel de «conexión» antes nunca visto entre personas con capacidad de influir, aun a pequeña escala, en un entorno global. Esta «conectividad», debida esencialmente a la expansión de las tecnologías digitales, y asentada en un contexto ya enraizado de intercambio comercial y simbólico, supone el despliegue masivo y cotidiano de dos de los componentes esenciales de toda comunidad civil: la información y la comunicación. 

Con respecto a la información, es innegable que, pese a los bulos y otras estrategias de desinformación, la cantidad de gente que está al tanto de lo que ocurre en cualquier parte del planeta es hoy mayor que en cualquier otra época. Y esto tanto con respecto a la información más superficial (las «noticias»), como a los conocimientos necesarios para interpretarla. 

Una de las consecuencias, por cierto, de esta circulación global de la información es la de rebajar el peso de aquellos elementos ideológicos más particularistas que están en el origen de la mayoría de las guerras modernas. Se podría decir, incluso, que el auge del nacionalismo y el populismo que soportamos hoy, no responde más que a una reacción coyuntural de defensa frente al proceso inexorable de globalización cultural (y en último término política) que supone la mundialización del mercado, la tecnología y la información misma.

La proliferación de la información y de la comunicación global serían, así, dos elementos clave para que la opinión pública internacional, todavía ciega y sujeta a burdos mecanismos de manipulación, adoptara progresivamente la forma de una ciudadanía global consciente de su papel histórico. El tercer y último elemento de esta decisiva transformación sería el reconocimiento generalizado, por parte de esa comunidad virtual, de aquellos principios democráticos que se deducen naturalmente de la propia conectividad universal: centralidad del individuo y sus derechos, horizontalidad de los procesos de formación de la opinión, mayor empatía, cooperación y movilización internacional…  

Me gusta pensar que el logro, de facto, de una verdadera ciudadanía mundial, y de su correspondiente reconocimiento político, solo precisaría de un poco más de tiempo. Y, claro está, de que ninguna de las reacciones desesperadas contra esta tendencia a constituirnos en una comunidad global lo transforme todo del único modo en que ya es posible: mediante una destrucción igualmente global de los lazos que nos unen y de la civilización que los sustenta.

Unidas Podemos y el «no pasarán»

  

Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura


La gente corea en Kiev, y en español, el viejo “no pasarán” de la resistencia de Madrid a las tropas de Franco. Las comparaciones son odiosas, pero hay cosas que sustancialmente coinciden: la defensa de unos principios por encima de consideraciones pragmáticas, la resistencia del débil frente al más poderoso, la movilización popular, o la fuerte dimensión simbólica de la lucha, por la que la voluntad democrática de muchos decide no ceder al imperio tiránico de la fuerza.

Visto lo que está ocurriendo, pocos entienden, en fin, la oposición a la entrega de armas al gobierno ucraniano por parte de un sector de la izquierda española. Una izquierda que, a la vez, no deja de exhibir su vínculo con aquella tradición republicana y antifascista que, aun sabiéndolo todo perdido, decidió que las tropas del general golpista y la violencia criminal de los facciosos no iban a pasar por encima de la dignidad, la razón y la democracia. Es extraña esta coincidencia, así que uno espera unos argumentos más que contundentes por parte de esta izquierda, ultra-pacifista sin matices, del «no a la guerra»

El principal argumento de los dirigentes de Unidas Podemos – el de que hay que apostarlo todo a la diplomacia – les resulta incomprensible y retórico incluso a sus propios simpatizantes. ¿Qué esfuerzo diplomático no se ha intentado para detener el conflicto? ¿Qué líder mundial no ha hablado aún con Putin para hacerle entrar en razón? ¿Cuál es el plan diplomático alternativo que propone UP? El único que conozco es el de pedir a EE. UU y China (es decir, al imperialismo made in USA y a otro tirano de la misma catadura política que Putin) que arreglen el problema.

Fíjense hasta qué punto no han cesado los «esfuerzos diplomáticos» que hasta el propio gobierno agredido se ha prestado a negociar sin ni siquiera exigir un alto el fuego y mientras su población está siendo masacrada bajo las bombas. ¿Qué mayor humillación (de la que, además, no puede nacer paz duradera alguna) que dialogar con el abusón que te está moliendo a palos mientras hablas? ¿Qué hay, en fin, de aquello que decía el Che sobre “morir de pie” y “vivir de rodillas»?

El segundo argumento del sector «ultra-pacifista» de UP es fruto de una especie de cálculo humanitario-pragmático. Dado que la guerra está ya decidida a favor de Putin – dicen –, ayudar con armas no serviría más que para prolongar el conflicto y aumentar las víctimas, con lo que es preferible ceder. Este tipo de razonamientos, por legítimo que parezca, no casa con los principios de la izquierda, el primero de los cuales ni es, ni ha sido, ni merece ser el de la paz o la vida a cualquier precio, sino el de la aspiración a la justicia, sin la cual no hay ni paz ni vida que valgan. Además, el paternalismo de decidir por el pueblo ucraniano el precio que ha de pagar por defender su dignidad, es repulsivo. Imaginen ese mismo argumento en boca de los gobiernos inglés o francés para denegar ayuda militar a la Republica Española frente al golpista Franco. La respuesta, tanto en un caso como en otro, solo podría ser una: dennos ustedes las armas y ya decidiremos nosotros hasta qué punto queremos o no jugarnos la vida por defender los principios que (supuestamente) compartimos.

¿O es que Putin no es acaso un dictador sanguinario que justifica su poder absoluto en los mismos términos y con los mismos elementos (ultranacionalismo, tradicionalismo, vinculación con una oligarquía corrupta y unas fuerzas de seguridad como soporte económico y policial del régimen…) que Franco – y casi cualquier otro tirano moderno –? Con el agravante, además, de que Putin, no contento con oprimir al país más grande del mundo, pretende extender su régimen dictatorial a media Europa. 

¿Entonces? ¿En qué diablos están pensando los herederos del “no pasarán” y el “Madrid tumba del fascismo”? Es indudable que hay muchas otras formas de hacer la guerra al tirano y que, entre ellas, la asfixia económica puede ser muy eficaz. Pero esto no justifica obstaculizar el legítimo derecho de los ucranianos a defenderse militarmente de la agresión bárbara de un gobierno bárbaro que vende el retorno a la barbarie como antídoto obligatorio frente a la «decadencia de la modernidad occidental», y para el que, por cierto, todos los dirigentes de UP merecerían la cárcel a poco que abrieran la boca.

Y sí, amigos de UP, las guerras suponen muerte y sufrimiento. También las guerras económicas, pues la gente que perdería su empleo en Europa si se paralizara la producción por un deseable boicot al gas y el petróleo ruso, también serían, aún en menor medida, víctimas. La cuestión, como siempre, y más allá de lemas pacifistas carentes de todo sentido de lo real (y de lo ideal) es si esta guerra es o no es justa. Y si lo es, no hay más remedio que afrontarla, con todo el dolor del mundo, y con todas sus consecuencias.

La violencia necesaria


Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura

No se cansa uno de oír y leer aquello de que “hay que rechazar todo tipo de violencia”. Es la típica frase que no se cree nadie, pero que hay que repetir a la fuerza como un mantra retórico y perfectamente inútil en discursos, documentos administrativos y currículos escolares.

¿Pero cómo que debemos rechazar “todo tipo” de violencia? – se pregunta uno tras oír semejante sandez –. ¿Tenemos entonces que impedir que la policía o los jueces hagan su trabajo? ¿Hemos de prescindir de las fuerzas armadas? ¿Dejaremos de obligar (esto es: de violentar) a los escolares con currículos y exámenes sobre (por ejemplo) la “necesidad-de-rechazar-todo-tipo-de-violencia”? Si “todo tipo” significa “todo tipo” en la frase de marras, es evidente que lo que se propone en ella es que, por ley, no haya ley, policía, ejército o sistema educativo que valga. ¿Es eso lo que queremos?

Es obvio, pues, que no se trata de “rechazar todo tipo de violencia”, como se afirma tan a la ligera, sino de rechazar “toda violencia que no sea legítima”. Algo que, en lugar de hacernos bostezar ante la declamación retórico-moral de turno, podría movernos a pensar acerca de las razones que podrían legitimar la violencia (si es que tal cosa es posible).  

Antes de nada, convendría establecer que la violencia no es algo “connatural” al ser humano (como esgrimen los adalides del realismo político). Si violentar o ser violentado por otros fuera consustancial a las personas, no habría violencia alguna, pues lo violento consiste, justamente, en intentar forzar dicha forma sustancial. La violencia es, pues, una opción ética y política.

Ahora bien, la ética y la política se componen de dos elementos fundamentales: los principios y la práctica de estos. O en un sentido más pragmático: los fines y los medios. Entre ellos, la violencia es declaradamente un medio, aun cuando sea el peor y más ineficaz de todos. Un medio que podría entenderse como legítimo cuando concurren estas dos (polémicas) condiciones: (1) los principios a los que sirve son en sí mismo legítimos (y más significativos que el mero “estar en paz”); y (2) no hay ninguna otra forma viable de hacerlos cumplir.

El asunto es que esas dos condiciones suelen darse con frecuencia, y tanto en el ámbito de la moral privada como en el de lo político. La razón es que, si bien no somos meros animales que solo respondan a la “ley de la fuerza”, como afirman algunos ignorantes demagogos de la derecha, tampoco somos puros seres de luz y razón, como parece creer cierta izquierda acomodadamente pacifista, y que en muchos casos no sabe lo que es vivir bajo un régimen tiránico. Y como no somos ángeles, sino que tenemos cuerpo y emociones (tal como nos recuerda constantemente la filosofía más cool – y anoréxica en ideas – del momento) necesitamos de la ética y la política, es decir: en último extremo, de la violencia legítima. Y tanto sobre nosotros mismos (como cuando “nos forzamos” a aplicar con coraje los principios a los que nos debemos) como sobre la comunidad entera (como cuando nos regulamos con leyes justas que, como todas las leyes, han de implementarse bajo el recurso de última instancia que son la coacción y la fuerza).

Pero ojo, justificar la violencia legítima no quiere decir justificar necesariamente la guerra, aunque esta, a veces, sea legítima y justa. Hay muchos tipos de violencia que cabe ejercer antes de llegar a ese punto. Un ejemplo, válido para el caso de la intolerable agresión rusa sobre Ucrania, es el bloqueo económico al régimen de Putin (y a la población que o bien lo apoya o bien se ha resignado a soportarlo). Otro, nuestra capacidad para esforzarnos en resistir los perjuicios inevitables del bloqueo, si se hace a conciencia, violentando nuestros deseos de despreocuparnos e ir a lo nuestro.

Lo señalaban hace unos días el nobel de economía Paul Krugman y el expresidente François Hollande: si se persiguieran las gigantescas fortunas opacas que los oligarcas rusos que apoyan a Putin mantienen en el extranjero (fortunas que suponen hasta el 85% del PIB del país) y, complementariamente, se dejara de comprar el petróleo y el gas ruso, el régimen tendría los días contados y se prestaría a negociar sin derramar una gota más de sangre.

Ahora bien, esta doble medida supondría, en primer lugar, y como dice Krugman, perjudicar a algunos de nuestros propios e influyentes oligarcas, enredados en múltiples trapicheos financieros con sus homólogos rusos, y, en segundo lugar, afrontar las consecuencias económicas de liberar a la UE de su dependencia energética con respecto a estos mismos oligarcas. ¿Estaríamos dispuestos a ejercer esa violencia justa y legítima sobre nosotros mismos? Putin cree que no tendremos agallas para enfrentarnos a nuestra propia corrupción ni a nuestros deseos de volver a vivir a todo tren tras la contención obligada por la pandemia. Y por eso se ha lanzado a esta guerra. ¿Tendrá razón?

jueves, 5 de mayo de 2022

La estafa del carpe diem

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en la revista Ex +


La expresión «carpe diem» recoge un antiquísimo motivo literario y filosófico: el de vivir con plenitud el presente antes de que se lo lleve el tiempo. Una idea de lo más vulgar, pero que ha inspirado a poetas hedonistas, filósofos románticos y místicos de todas las épocas, y que hoy es un tópico recurrente de la cultura popular, la publicidad y las «parasofías» en boga (el mindfulness, la meditación…). Sea como fuere, la idea es una estafa.

Lo es, en primer lugar, porque es mentira. La intensidad o plenitud de una vivencia no depende de lo que material y fugazmente ocurra en ella, sino de la red de significados desde la que la interpretamos, otorgándole valor y sentido. Una red que no tiene que ver con el presente, sino con la cultura, la historia y las creencias y expectativas personales. Las sensaciones superlativas (una comida exquisita, la delectación ante un cuadro, un beso de película…) no son «instantes eternos» por lo que ocurra en ellos, sino por las creencias que les asociamos (el valor gastronómico de ciertos alimentos, el aura de prestigio que rodea al arte, los mitos románticos sobre lo que significa dar un beso…).

Si algo nos encandila o emociona no es, en fin, por su dimensión presente, sino por su pasado y su futuro, por lo que nos recuerda y lo que nos hace proyectar. Concentrarse en el ahora no es el clímax de la experiencia, sino acercarse a la forma de vivir, estrecha y seminconsciente, de los animales. Sirve, a lo sumo, para tomarse un respiro. O para adaptarse mejor a esas nuevas formas de esclavismo que son el vivir a salto de mata y el matar toda vitalidad a golpe de clics, gags, chats, zascas, instagrams, tiktoks y el resto de las marcas registradas del vive-el-instante. Pero para nada más.

Olvídense, pues, del carpe diem, de esa muerte en vida que es entregarse-al-presente. Una existencia consciente y humana está hecha de historia y de sueños, de la narración de lo que fuimos y del compromiso con lo que hemos de ser. Lo demás, ese «gozo momentáneo» que nos vende la industria política del aturdimiento, no es más que humo, nada, una colección de sandeces. Medítenlo. Pero de verdad: llenando (y no vaciando) la mente de ideas. 

jueves, 21 de abril de 2022

La filosofía en la educación de los más jóvenes

Sobre la importancia de la filosofía en la educación de los más jóvenes y su lugar en el currículum, tenéis aquí la breve entrevista que nos hizo en su programa "Diario de una madre de provincias", la directora de Canal Extremadura
Radio.

domingo, 10 de abril de 2022

El carnaval del carnaval

 

Jan Matejko "Stanczyk" 1862
 Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura



El carnaval ha sido siempre un rito catártico por el que la gente se liberaba por unos días del yugo cotidiano bailando y bebiendo, burlándose de todo, invirtiendo los roles sociales y pasando olímpicamente de las convenciones, la ley y el orden. Diríamos que el carnaval es lo más parecido que puede haber a una rebelión sin serlo, es decir, siéndolo de un modo puramente estético o simbólico (lo que al final, por cierto, no hace sino perpetuar lo establecido, pues la gente, tras el desahogo carnavalesco, suele volver al redil satisfecha y escarmentada).

Ahora bien, ese viejo carnaval ritualmente subversivo ya no existe. Y casi que menos mal, porque en él la gente se desmandaba de veras, dando rienda suelta a la violencia y las pulsiones más primarias sin disfraz alguno. El carnaval que celebramos hoy en nuestras calles está, por el contrario, complemente domesticado, y es poco más que una ceremonia naíf sin otro desmadre que el de desfilar a juego, cantar unas letrillas ingeniosas (siempre del mismo modo – pocas fiestas más conservadoras y envaradas que el carnaval actual –) y salir de cañas con más disciplina de lo corriente (¡Si los que participaban en las saturnales, las misas de locos o las fiestas de esclavos levantaran la cabeza!)

Esta laxitud del carnaval actual tiene, por cierto, su explicación. Las viejas celebraciones dionisíacas tenían que contrarrestar unas condiciones de vida muy duras y un ejercicio del poder aparentemente más estricto que el que soportamos hoy. Pero ojo, no es que ahora el poder y el orden sean realmente más laxos; todo lo contrario, son más imperativos que nunca, pero lo son amablemente y sin que apenas nos demos cuenta. Y son así de amables gracias, precisamente, a que vivimos en una suerte de «carnaval» perpetuo y al ralentí, de manera que podemos evadirnos del yugo que nos sujeta, reírnos de él, soñar que no lo tenemos o fingir que nos saltamos sus normas, sin salir de la ficción mediática o los mundos virtuales que nos entretienen y evaden cada día tanto, al menos, como nos conforman y controlan.

Frente a la mascarada perfecta del festival mediático (del que la política, como vemos estos días, es parte insustituible), el carnaval de antaño no tiene ya nada que ofrecer. Si las verdaderas carnestolendas consisten en invertirlo ficticiamente todo, ¿qué otro desparrame carnavalesco puede competir con el que nos ofrecen hoy los medios, redes y plataformas digitales? ¿Qué puede hacer sombra a sus fábricas de mitos, sus catálogos de máscaras, perfiles y personajes, sus posibilidades casi infinitas para la burla, el postureo, el alterne, la subversión figurada o el linchamiento regenerativo?

Es difícil imaginar cómo podríamos salvar al carnaval de las calles y plazas del de las webs y los servicios de entretenimiento a domicilio. Planteo, no obstante, una sugerencia, no sé si muy loca, para celebrar una inversión o mascarada mucho más profunda y subversiva que la que producen los «late shows», los videojuegos o la adicción a las series.

A ver, si el carnaval ha de celebrar lo infrecuente y darle la vuelta a todo, ¿por qué no llevamos la fiesta al límite? Por ejemplo: en lugar del estruendo con que agredimos normalmente a los demás – debido no a nuestra «alegre y latina forma de vivir» sino a la más absoluta falta de consideración por los otros –, en nuestro carnaval podríamos disfrazarnos de personas educadas, capaces de hablar sin dar voces y de divertirnos sin tener que exhibir (por impotencia cerebral) la potencia sonora de nuestros bajos en garitos, coches tuneados o plazas públicas. ¿Qué les parece?

Otro ejemplo: en vez de burlarnos de las costumbres e ideas de los demás y arder de indignación cuando toca reírse de nuestras sacrosantas manías, creencias y tontunas idiosincráticas, podríamos hacerlo al revés, o reírnos de todo, como es lo propio a un carnaval serio. 

Otra idea. Como es corriente no respetar las normas más que cuando interesa hacerlo, ¿qué tal si durante los días de carnaval nos comportarnos de forma más íntegra? Para algunos políticos y la ciudadanía que los vota, esos días representarían un auténtico desahogo tras meses de estresante subordinación al imperio de los peores deseos. 

Finalmente, y para salir de la rutina carnavalesco-mediática, ¿y si en vez de emborracharnos y ahondar en la inconsciencia habitual, invertimos las cosas y nos regalamos una experiencia más consciente de todo lo que nos rodea? Por ejemplo, a través de una sesuda reflexión acerca de la enorme y engañosa mascarada de la que formamos, seguramente, la peor parte.

¿Les gusta el proyecto? Ser educado con los demás, reírnos de nosotros mismos, comportarnos siempre de forma honesta y llevar una vida más reflexiva y consciente; dadas las circunstancias, todo eso sí que sería, y triste es decirlo, una auténtica fiesta de carnaval.

 


miércoles, 16 de marzo de 2022

Educación para jóvenes europeos

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura



Si la Unión Europea llega a consumar alguna vez un proyecto identitario a la altura de sus ambiciones económicas y políticas, eso será (o no será) gracias a los jóvenes. Y creo que en esto hay motivos para ser optimistas, al menos en nuestro país, donde parece que la gente joven tiene, en general, una buena opinión del proceso de integración europea.  

Hay motivos para explicar esta buena disposición entre los jóvenes: mayor nivel de formación, una exposición menor que la de sus mayores a la demagogia nacionalista, una educación – aun mínima y sometida a vaivenes políticos – en los valores propios a una ciudadanía democrática y cosmopolita (tolerancia, aprecio por la igualdad y la diversidad, insistencia en el diálogo como modo de solventar conflictos, respeto por los derechos humanos, preocupación por el medio ambiente…), y una cierta experiencia, todavía minoritaria, y a veces obligada, de estudio y trabajo en otros países de la Unión.

En cualquier caso, si queremos afianzar una identidad europea libre de eurocentrismos xenófobos, populismos y nacionalismos disgregadores, hay que trabajarse más seriamente aquello que desde hace cincuenta años se viene llamando la «dimensión europea de la educación». Quizás sería bueno implantar ya, en colegios e institutos, un área o ámbito, e incluso un departamento didáctico, consagrado a la UE y que promueva y fortalezca ese sentido de identidad abierto al mundo que nos define como ciudadanos europeos. 

¿Y de qué habría que tratar en esa materia o ámbito europeo de educación? Lo primero, como es obvio, de la fundamentación ética de los valores que tenemos en común, y sin los cuales no hay proyecto de integración que valga. Y subrayo lo de «fundamentación ética» porque uno de los valores más sutiles, pero más específicos, de la identidad europea es justamente el de la reconsideración crítica de todo valor. Diríamos que el «espíritu europeo» es tan alérgico a los dogmas que necesita reevaluar y refundar de continuo, ética y filosóficamente, sus pocas pero significativas certezas. De ahí el segundo de los asuntos fundamentales a tratar en una educación para el «ser europeos»: el del pensamiento crítico, esto es, el de la competencia para enjuiciar las creencias propias y de otros en orden a comprobar su validez racional y medir sus implicaciones morales y políticas.

El tercer objetivo de una materia en Unión Europea debería consistir en una enérgica inyección de teoría crítica del conocimiento (tal como se hace, por ejemplo, en el Bachillerato Internacional), con objeto de «vacunar» al alumnado contra las cada vez más complejas estrategias de manipulación y desinformación que pululan, inevitablemente, en un sociedad abierta y plural como la nuestra.

Otro aspecto esencial del «espíritu europeo» es su radical diversidad, de manera que educar para ser europeo habría de consistir también en desarrollar la capacidad empática de comprender otras posiciones y costumbres políticas, morales o sociales, sin tener que dejar por ello de ser uno lo que ya es. A esto en filosofía se le suele llamar «dialéctica», y en términos más prosaicos se puede detallar como el ejercitarse en un tipo de identidad flexible, integradora y evolutiva que no niegue la diversidad como amenaza, sino como un motivo para crecer y perfeccionarse.

El quinto elemento de una educación paneuropea debería ser, sin duda, el de una formación teórica y práctica en el sentido de la equidad. No hay identidad ni sentimiento de pertenencia a una comunidad democrática y fundada en los derechos humanos si antes no se dan unas condiciones suficientes de igualdad y justicia en el acceso a la educación, el trabajo, la justicia, la participación política y los servicios y beneficios públicos.

En cuanto al sexto «tema» fundamental para reforzar nuestra identidad europea, este debería de ser, justamente, el de relativizarla y proyectarla al mundo; esto es: el de desarrollar una perspectiva global, transdisciplinar y sistémica de comprensión de problemas de naturaleza planetaria (la desigualdad, la guerra, las cuestiones ecosociales, el cambio climático…) como principal herramienta de una ciudadanía mundial capaz de hacer frente a los mismos.

Más allá de estos seis elementos básicos (la ética, el pensamiento crítico, el conocimiento, la dialéctica, la justicia y la conciencia global), ya solo restarían unas pinceladas acerca del patrimonio y las lenguas y, como algo completamente imprescindible, la participación efectiva (y afectiva) en el propio proceso de integración, por ejemplo, mediante la intensificación de los intercambios internacionales entre estudiantes (la generalización de las becas Erasmus en secundaria es una excelente iniciativa a este respecto). Ahí tienen ustedes la simiente de un curso, a completar durante toda la vida, sobre lo que fundamentalmente significa la Unión Europea.


domingo, 13 de marzo de 2022

Cómo mejorar la docencia

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


El Ministerio de Educación acaba de publicar un documento con veinticuatro medidas para la mejora de la profesión docente en el ámbito no universitario. Es una buena noticia. Como suele decirse, la calidad de un sistema educativo nunca es mayor que la de sus maestros y profesores. Da igual cuánto dinero se gaste en digitalizar los centros, cuánto se renueven los currículos, o cuanto crezca el ya hipertrofiado laberinto de leyes educativas; al final de todo está el docente, y lo que este sepa y pueda hacer con su alumnado. Por ello, mejorar realmente la selección, la formación y la carrera de los profesionales de la enseñanza es coger al fin el toro de la calidad educativa por los cuernos; al menos, por uno de ellos.

El de la docencia es un oficio apasionante pero duro. Dar clases es solo la punta del iceberg. Por debajo están las tareas de coordinación, las tutorías, la atención a los alumnos, la planificación, la preparación de las sesiones, la elaboración de material, la evaluación, la formación, la investigación… No hay dinero que pague esto, ni que compense la enorme responsabilidad que supone guiar y formar cada año a cientos de niños, adolescentes y jóvenes. Por esto es esencial que aquellos que ejercen la docencia, sea al nivel que sea (y tan trascendental – ¡o más! – es la educación infantil como la universitaria), tengan una decidida vocación y sean los mejores entre los mejores. 

¿Pero los mejores en qué? No es fácil definir con precisión el oficio de uno. Un docente no es solo un experto en la transmisión del saber, es también un referente cívico y personal para su alumnado y, si me apuran, para la sociedad entera. Por eso, para ser maestro o profesor no solo cuentan las aptitudes académicas o las habilidades didácticas; también importan, y mucho, la vocación, el carisma y la integridad personal, rasgos que, aun siendo decisivos para explicar los resultados más visibles del trabajo educativo, son en sí mismos imposibles de medir.

La aptitud académica no debe infravalorarse. No he oído nunca opinión más estúpida que aquella que afirma que un maestro o un profesor de secundaria “no tiene que saber demasiado”. Es del todo imposible transmitir o divulgar con eficacia nada que no se conozca con la mayor profundidad. Da igual la materia de la que se trate: el docente tiene que ser un experto de primer nivel en aquello que enseña. Por ello hay que aplaudir la propuesta ministerial de endurecer el acceso tanto a los grados de educación infantil y primaria como al máster de educación secundaria. Es lo que hacen otros países que se toman muy en serio la educación. Y es una pena que esta filosofía no se extienda también al proceso selectivo de ingreso al cuerpo, para que a la evaluación cada vez más decisiva de la competencia pedagógica le correspondida una exigencia mayor en el examen de la capacidad científica. Nadie entiende que se exija lo que se exige a un ingeniero de telecomunicaciones o a un notario, y no a quienes han de ocuparse de educar a los ciudadanos.  

Otro aspecto a no despreciar es el didáctico. Los maestros y profesores son pedagogos, por lo que es incomprensible que los haya sin idea alguna de pedagogía, y que presuman, incluso, de no guiarse más que por la gramática parda de la clase magistral y el examen. Es como si hubiera médicos alardeando de no tener más conocimiento que el de los cirujanos barberos. Por ello, hay que alegrarse también de que se planteen medidas largamente demandadas, como la de las asignaturas didácticas en los grados, o el refuerzo de la formación práctica, que tendría que ser mucho más seria, guiada por tutores expertos y bien pagados, y realmente decisiva para acceder a la profesión.

En cuanto a lo demás y más importante – la vocación, el carisma, la integridad personal…– no hay grado en que se enseñen ni manera reglada de evaluarlo. Lo primero de ello, la vocación, debería ser la condición para afrontar con éxito las pruebas y demostrar el nivel de excelencia exigible para ejercer la docencia. En cuanto al tipo de carisma – ligado fundamentalmente a la sabiduría – y la integridad personal que caben esperar de un maestro, son dos de las cualidades que definen a los mejores ciudadanos. Ahora bien, ¿cómo atraer a estos a la enseñanza? La retribución importa, pero no es lo esencial. Lo decisivo es la satisfacción en el trabajo, es decir: el poder hacer bien las cosas. Y para ello se precisa una escuela bien dotada, una administración que dé al profesor la máxima autoridad y confianza, unas ratios que favorezcan el trabajo artesanal con cada alumno, y tiempo y facilidades para que el docente progrese, se forme e investigue en su disciplina y en la didáctica de la misma… Parece un sueño, sí. Pero es la única manera de hacer algo realmente decisivo por el sistema educativo. 


martes, 1 de marzo de 2022

Contar cuentos

 

Ilustración de Daniel Gil Segura

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.

 

«¿Qué somos los seres humanos?» Se trata de una pregunta de eterna actualidad. Si no tuviera sentido o respuesta tampoco lo tendrían la mayoría de las cosas que nos preocupan. «¿Quién eres?» – pregunto a cada alumno al comenzar el curso –. Todos responden diciendo su nombre, su condición de estudiantes, si son chicos o chicas… ¿Pero es eso lo que son? Nuestra identidad no está en el nombre, ni en lo que habitualmente hacemos, ni en los rasgos del cuerpo. La cultura, los genes o el género importan. Pero una vez nos ha despuntado la conciencia nuestro ser no está ya ahí. La prueba es que podríamos trastocarlo todo (nombre, lugar, ocupación, sexo, género…) y seguir siendo, de una forma u otra, la misma persona. 

Ya sé que no está de moda depreciar el cuerpo, pero lo que somos (y tal vez dejando aparte la sesera) no forma parte de él. Por eso, si queremos saber quién era alguien ya extinto no buscamos examinar su cadáver ni sus huesos, ni su ADN, ni las imágenes de su cerebro, sino entender los signos (palabras, gestos…) que nos dejó su psique grabados aquí o allá. No somos un montón de vísceras, sino aquello que nos pasa por la mente o, si quieren, por ese fabuloso descubrimiento o invención suya que es el cerebro. 

Ahora bien, por la mente pasan muchas cosas (sensaciones, emociones, deseos, decisiones, sueños, ideas…). ¿Cuál de ellas determina lo que somos? En general, las ideas mandan. Percibimos, sentimos o queremos en función de las ideas con las que entendemos el mundo, interpretamos lo bien o mal que nos va en la vida o concebimos nuestros mejores propósitos. 

Pero las ideas, sean innatas o aprendidas, discurren también en la mente de los animales. ¿Qué nos diferencia entonces de ellos? Una idea que siempre me convenció es que lo que nos hace específicamente humanos es la asociación entre las ideas y una cierta manera de usar el lenguaje. Es innegable que los animales disponen de sistemas de comunicación muy sofisticados, pero solo los humanos podemos utilizar el lenguaje para viajar con él por el tiempo y el espacio, y hasta para explorar mundos distintos al mundo, desde el de las matemáticas al de las ficciones literarias. Con el lenguaje, los humanos podemos hacer cuentas y contar cuentos y, con ellos, dar y darnos cuenta de lo que pasa y lo que somos. 

El siglo pasado, el psicólogo evolutivo Jean Piaget investigó el extraño fenómeno por el que los niños, durante cierta fase de su desarrollo, hablan solos o con sus juguetes imitando en ocasiones el diálogo que sostienen con otras personas. Casi al mismo tiempo, el psicólogo soviético Lev S. Vygotsky postuló que los niños, al crecer, interiorizan este uso egocéntrico del habla en la forma de un diálogo íntimo y silencioso consigo mismos. Este machadiano soliloquio sería el origen de la consciencia humana, ese insólito fenómeno por el que nos reconocemos como la primera persona del relato con que vamos dando cuenta de todo; un relato en el que el narrador, el público y el protagonista son el mismo tipo: nosotros. 

Ahora bien, para ser quienes somos tal vez no baste una simple narración interna de lo que pasa y nos pasa. Una de las condiciones de la identidad es la continuidad. La frase «yo soy yo» solo significa algo si los dos yoes ahí escritos son en algún sentido el mismo. Esto descarta inmediatamente que nuestra identidad resida en el cuerpo, todas y cada una de cuyas partículas cambian y envejecen a cada instante, pero tambien que se ancle en la mente o la consciencia, donde todo se hace y deshace igualmente en el tiempo. ¿En qué «lugar» de mí mismo mantengo entonces mi mismidad? ¿En qué se fundamenta la creencia de que somos siempre el mismo bañista en el heracliteano río de los días? 

En uno de sus fantásticos cuentos describe Michael Ende a una caravana de vagabundos saltimbanquis que caminan confiando en que su errático viaje a ninguna parte dibuje sobre el mundo una palabra que desvele el sentido de sus pasos. Tal vez sea este anhelo lo que nos define. De hecho, y aunque las palabras – esas perras negras, que diría Cortázar – correteen sin parar dentro nuestro, hay algo entre ellas a veces – una forma, una estructura armoniosa y coherente, una «redondez» narrativa y hasta una sublime espiral poética o filosófica – que las hace convertirse en uno de esos luminosos cuentos en los que el sentido trasciende y sobrevive a todo lo que transcurre en ellos. ¿Será esa forma lo que somos? 

Somos el animal que cuenta cuentos. En eso consiste toda nuestra cultura y también nuestra manera específica de ser conscientes. Pero solo si ese discurrir íntimo adquiere la unidad y el sentido de las buenas historias, podremos decir que rozamos esa cima casi imposible de la propia identidad: el alma o forma inmortal del cuento mismo que nos cuenta. 

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