Uno de los resultados de la participación en el II Congreso Internacional de Innovación Educativa, celebrado en 2021 de forma virtual, es la publicación de este artículo "Universalidad, crítica y ética: el encaje de la filosofía en un currículum competencial" en el libro Oportunidades y retos para la enseñanzas de las artes, la educación mediática y la ética en la era postdigital, coordinado por Elke Castro y editado por la Ed. Dykinson. Se puede descargar gratuitamente aquí.
viernes, 28 de enero de 2022
miércoles, 19 de enero de 2022
Ciencia sin conciencia
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Miedo y desinformación suelen ir de la mano. Cuanto menos
sabemos sobre una patología, un fenómeno de la naturaleza, un cambio por venir
o cualquier otra situación peligrosa, nueva o diferente, menos seguros nos
sentimos frente a ella y más se desboca la imaginación en torno a sus más
temibles consecuencias. Por el contrario, el conocer qué son y cómo se
comportan las cosas que nos atemorizan nos permite prever los riesgos que
supone afrontarlas y actuar con serenidad y valor.
Durante milenios, la mayoría de los seres humanos han
enfrentado la incertidumbre y el miedo a través de mitos y rituales que, de
forma irracional pero emotivamente efectiva, proporcionaban explicaciones e
ilusorios mecanismos de control (la oración, el sacrificio…) sobre desastres,
enfermedades y todo tipo de acontecimientos dañinos o peligrosos. Hoy, las narraciones
míticas y las prácticas mágico-rituales han sido sustituidas (en nuestra
cultura, al menos) por la ciencia y la técnica, de manera que el miedo a los
terremotos, las epidemias, la locura o mil cosas más ya no se apacigua rezando
o acudiendo al curandero o el exorcista, sino reconociendo la naturaleza sujeta
a explicación de tales fenómenos y consultando al sismólogo o al médico.
Ahora bien, con ser mucho lo ganado, hay algo que hemos
perdido en este tránsito de la religión a la ciencia. Es cierto que en la lucha
contra la ignorancia y el miedo la religión solo suele ofrecer explicaciones
dogmáticas e ingenuas (como los mitos) y técnicas de control ilusorias (ritos,
amuletos…), pero incluye principios morales (no siempre puestos en práctica,
desde luego) y una cierta visión articulada del mundo que alienta la
cooperación (aunque tampoco la garantice) más allá de nuestra esfera particular
de intereses. La ciencia, en cambio, proporciona explicaciones precisas e
instrumentos de control más eficaces, pero carece de propuestas éticas,
políticas o metafísicas que sirvan para guiar la vida de la gente. El precio a
pagar por su fidelidad a los hechos y por la precisión matemática con que los
conforma, es su incapacidad para tratar de cosas que, como los valores e ideas,
determinan las decisiones colectivas e individuales.
Sin embargo, esta incapacidad de la ciencia no es fácilmente
admisible por sus ideólogos más recalcitrantes (aunque, paradójicamente, si
suele serlo por los propios científicos). Fruto de este positivismo cientifista
(que cree que la ciencia podrá resolverlo todo) y del irracionalismo moderno
(que niega la capacidad de la razón para dilucidar objetivamente las cuestiones
éticas, políticas o metafísicas) es el desequilibrio entre el progreso
científico y el moral (o el más propiamente racional, que no excluye a los
valores o a las cuestiones existenciales del ámbito cognoscitivo). Así, cuatro
siglos de brillantes avances científicos no solo no han servido para resolver
los grandes problemas de la humanidad (la desigualdad, la precariedad, la
intolerancia, el egoísmo, la violencia…), sino que han ayudado a crear otros
nuevos y peores (las armas de destrucción masiva, el agotamiento de los
recursos, la crisis climática…).
Un ejemplo de esto lo encontramos en la reciente pandemia.
De un lado, la ciencia ha sido capaz de desarrollar a toda velocidad las
vacunas para controlar su propagación. Del otro, nuestra ceguera ética y una incapacidad
irresponsable para comprender globalmente los problemas han impedido una
política de distribución equitativa de la vacuna a nivel mundial (con el
consiguiente perjuicio para todos). Lo mismo cabría decir de la controversia
entre las medidas para proteger la salud pública y los derechos de la
ciudadanía, o sobre la falta de resolución en torno a la crisis climática. ¿Qué
nos importan realmente los progresos en genética, inteligencia artificial o
computación cuántica, si no somos capaces de compartir unos principios éticos y
una concepción global de la realidad y de nuestro papel en ella que generen
convicción y eviten, por ejemplo, el cataclismo climático o la lucha feroz y
suicida por acumular recursos?
La solución, en fin, a los problemas de los que depende
nuestra existencia (no digamos a la cuestión sobre la finalidad o el sentido de
esta) no está en la invocación al “I+D”. No es formación o desarrollo científico
lo que más falta nos hace. Lo que más necesitamos es superar el estado de
inopia de la ciudadanía, revertir el desinterés y la ignorancia sobre los
asuntos éticos, denunciar el pragmatismo político imperante, y acabar con la
desorientación generalizada acerca de nuestro papel y responsabilidad con
respecto a los demás y al entorno. Si no atendemos a todo esto nos quedaremos
con lo que tenemos, esto es: con una ciencia sin conciencia, regida por los
intereses cortoplacistas del mercado y la realpolitik de las grandes
potencias. Y honestamente: no se me ocurre nada más incierto, imprevisible y
pavoroso.
miércoles, 12 de enero de 2022
No circulen
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Hasta hace poco, cuando la gente se desmandaba en la calle
la policía los devolvía al redil a la orden de «circulen». Ahora la consigna es
la contraria: «no circulen». Es decir: no abandonen su casa (pueden contagiarse),
no se desplacen sin necesidad (alteran y contaminan el medio) y, sobre todo, no
salgan a trabajar, consumir o relacionarse fuera (todo ello se puede hacer cada
vez mejor de forma telemática). El mensaje, según algunos agoreros, parece claro:
concéntrense ustedes en estar sanos, en construirse una placentera vida virtual
y en producir y consumir lo máximo posible y al mínimo coste para los dueños
del negocio. ¿Es esto exagerado?
Es cierto, por ejemplo, que el dejar de «circular» es la
medida más eficaz para contener el coronavirus y sus variantes. ¿Pero
entendemos las consecuencias (mentales, sociales, cívicas) de una restricción
indefinida de la movilidad? Si no queremos que la pandemia se cronifique, los
recursos sanitarios (medicamentos, vacunas, patentes) tienen que circular por
todo el mundo, lo mismo que la información y la educación de la ciudadanía, que
es la que en último término ha de determinar el grado de riesgo a asumir y las
medidas a adoptar. En todo caso, y agoreros aparte, nadie sabe a qué va a dar
lugar este proceso de atomización y ralentización de la vida, multiplicado por
la pandemia, y por el que nos estamos acostumbrando a que casi todo contacto con
el mundo (el trabajo, la educación, la asistencia médica, la relación con la
administración, la información, el consumo, los contactos personales…) sea
reducible a una interacción a través de medios y empresas que nos prestan,
sospechosamente gratis, sus servicios tecnológicos.
«No circulen» es también una de las consignas de la lucha contra
la crisis medioambiental. Se nos pide que no viajemos en avión, que evitemos usar
el coche (incluyendo el eléctrico, tan perjudicial para el medio ambiente,
dicen, como el térmico), y que obremos con sumo cuidado para no dejar huella en
un entorno gravemente afectado por la acción humana. Y está muy bien. Todo eso
es necesario. ¿Pero estamos seguros de que es correcto pedírselo en los mismos
términos a los que viven en ciudades y en zonas rurales, a quienes llevan
generaciones dilapidando recursos y a quienes no tienen nada…? Mitologías
arcádicas aparte, restringir la movilidad puede significar un empobrecimiento
relativo de la vida. Y es un sacrificio que hay que compensar y redistribuir.
La versión apoteósica del «no circulen» es, sin embargo, aquella
que nos impele, como si de un privilegio o derecho conquistado se tratara, a no
movernos de casa para trabajar (tal como no lo hacemos ya para consumir,
entretenernos o relacionarnos con otros). Así, tras la deslocalización de las
fábricas y los mercados, parece que les llegara el turno a los individuos (a su
deslocalización unos con respecto a otros y de todos con respecto a su mundo
social). Es como si el modelo de la producción y el comercio a distancia
(operativo a todas horas, sin fronteras, a mínimo coste y con enormes
beneficios no regulados) se aplicara ahora al propio trabajador (productor a
todas horas, sin horarios fijos, sin fronteras entre el espacio de trabajo y el
doméstico, y a un coste muchísimo más bajo). Por demás, el teletrabajador
no solo ahorra a empresas y estados el coste de oficinas, tiendas o edificios
públicos, sino sobre todo el riesgo de asociarse con otros más allá de los
vínculos efímeros (y vigilados) de las redes sociales. El fin de este proceso
es una suerte de operario (consumidor, contribuyente…) «perfecto», esto es:
solo, clavado en su silla y controlado por una prodigiosa máquina (su ordenador
personal) que ve, registra, almacena e intenta determinar de forma sistemática
cada una de sus decisiones. Orwell no lo hubiera podido imaginar mejor.
Dicen que vivimos en una modernidad líquida, en la
que todo se mueve y circula sin referencia alguna. Pero lo que se observa es lo
contrario: que las cosas cambian realmente muy poco, y que las referencias, en
el fondo, están muy claras. ¿Quién puede moverse hoy de su sino económico, su
nicho social, su burbuja política y mediática o, más genéricamente, de su metaverso
o mundo virtual particular? Muy pocos. O tan pocos como siempre. Casi se diría
que nada circula hoy salvo el capital, que lo hace por todo el mundo, libre
de tasas, sin regulación o control externo y con un perfecto y digitalizado
dominio mediático sobre miles de millones de trabajadores precarios, sufridos
contribuyentes y consumidores compulsivos. Es esta, dicen (decimos) los
agoreros, la situación más dulce posible para el ejercicio de un poder omnímodo
e invisible (condición lo uno de lo otro) que nos quiere quietos, como estáticos
galeotes ante sus pantallas, dedicados a reproducir su dinero y ensimismados en
la tarea de construirnos – con cierta ilusión de movilidad – una pseudovida
virtual que nos salve de la que llevamos.
jueves, 6 de enero de 2022
La filosofía en los medios
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
¿No les parece raro que cada vez haya más filósofos en la
tele o la radio? De unos años a esta parte, y más allá de la ficción (recuerden
la serie Merlí), no cesan de brotar programas que buscan en la filosofía un
punto de vista distinto y de más largo alcance. Ahí están el Taller de
Filosofía de Reyes Mate, el Pienso luego existo y la sección de
Maite Larrauri (luego Miquel Seguró) en TVE. O las colaboraciones de Ana
Carrasco y Juan Carlos Ruíz en la Cadena Ser, además de la serie de programas
que ha ido produciendo Radio Nacional de España (Pienso, luego estorbo, Filosofía
en el viaje, Gente despierta, o los Diálogos en la caverna
que dirigí yo mismo junto al filósofo Juan Antonio Negrete). Y todo ello sin
contar con los innumerables canales de YouTube, podcasts, blogs y webs de
divulgación filosófica que proliferan en las redes.
Parece que, contra los tópicos al uso, la filosofía comunica
y llega a la gente. Algo que tampoco resulta difícil de explicar. Al fin, la
filosofía trata de problemas que no pueden dejar indiferente a nadie (el
sentido y naturaleza de la realidad, la identidad humana, la muerte, la verdad,
la justicia, la bondad, la belleza…), e invita a tratarlos en un diálogo
abierto que compele a todos a pensar y a pronunciarse.
Y todo ello a pesar de que la filosofía es – como cualquier
otra ciencia – un saber bastante críptico. No por elitismo alguno, sino por
tratar de cosas que rozan los límites mismos del lenguaje y que obligan a veces
a forzarlo, a inventarlo incluso. De cualquier manera, y pese a ese carácter
críptico, la filosofía atrapa a mucha gente. Quizás por esa especie de
expectativa (y necesidad) de sentido que se despierta o reaviva al contacto con
ella. Mis alumnos, por ejemplo, no siempre entienden todo lo que se debate en
clase, pero entienden muy bien que hay ahí algo muy grande que entender, algo
sin lo que la vida parece menos consciente e interesante. Pasa igual con muchas
obras de filosofía: uno se engancha a ellas porque anticipa que en ese
intrincado bosque de ideas y palabras en que apenas puede uno orientarse, se
esconde una forma nueva y reveladora de comprender las cosas.
Por otro lado, la abundancia de filosofía en los medios de
comunicación tiene que ver, a mi juicio, con una cierta afinidad entre estos y
la filosofía. Antes de nada, porque la filosofía no es más que un afán
permanente por comunicar. A diferencia de la ciencia (que cuenta con datos,
hechos, fórmulas, métodos…) la filosofía, que todo lo discute (empezando por la
existencia de los hechos o la validez de los métodos), no tiene otra manera de
ponerse a prueba que la de someterlo todo a la forma común de los argumentos,
de la razón comunicada, del diálogo.
Además, la televisión, la radio y las redes, en su obsesión
por visibilizarlo y desmitificarlo todo (nada queda hoy a salvo de la cámara,
el comentario, el aforismo, el diálogo vehemente de tertulianos o internautas…),
constituyen un nicho extraordinario para la proliferación de la filosofía. La
completa secularización del mundo impuesta por la caverna mediática –
ese plató universal sin paredes, escenario, altar o tribuna, en torno al
cual vivimos todos y en el que nada es ya indiscutible o sagrado – deja a la
filosofía (igualmente desmitificadora, desveladora, polémica) como una
instancia familiar en la que buscar sentido y anclar las inquietudes más
trascendentes. Fíjense que hasta el político se representa hoy como un filósofo
en los medios, rodeado de ciudadanos con los que habla y dialoga en el mismo
plano horizontal – sin ángulos ni desniveles, todo transparencia y equidad
democrática – que simula el plató mediático.
Por supuesto que sobre esto también hay (¿cómo no?) la
correspondiente controversia filosófica. De un lado (y por remedar la vieja
distinción de Umberto Eco), los más “apocalípticos” afirman que la presencia de
filósofos en los medios es una payasada que contribuye a legitimar el
embrutecimiento de la ciudadanía y a demostrar que todo, incluyendo la actitud
radicalmente crítica que compete a lo filosófico, cabe en la programación
televisiva. Y de otro lado, los “integrados” que creen (creemos) que hay pocas
cosas más interesantes para un filósofo que los medios de comunicación.
Básicamente porque es en ellos donde se construyen hoy la representación del
mundo y la misma conciencia representante. Solo allí, en esa caverna audiovisual
cuyas imágenes y voces constituyen y suplen nuestra propia conciencia, es donde
tiene sentido situar el espejo (siempre a romper por la Alicia del
cuento – en griego “Alicia”, alétheia, significa “la verdad” –)
de la especulación filosófica.
jueves, 30 de diciembre de 2021
Lo transversal y lo fundamental
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Una forma disimulada para decir lo mismo era recurrir a la transversalidad.
“Es que eso que tu das es tan importante – me decían sin reprimir
demasiado una sospechosa sonrisilla – que ha de impartirse de manera transversal”.
De manera transversal significaba igualmente “que lo podía dar
cualquiera” cuando lo considerase oportuno, lo que solía ser nunca (que, para
darlo mal, venía a ser lo mejor).
Con la nueva ley educativa (la LOMLOE) la cosa de la transversalidad
ha mejorado un tanto. Ahora no es algo marginal, sino estructural, de manera
que todos los profesores han de orientar la enseñanza de sus materias al logro
de unas mismas competencias transversales. Esto no significa que se
minusvaloren las materias, pues para ser realmente competente en algo (en
comunicarse con eficacia, en hablar idiomas, en aplicar la metodología
científica, en ejercer una ciudadanía activa, etc., etc.) hay que conocer los
fundamentos de esa competencia. Por ejemplo: la gramática con la que se
comunica uno, los paradigmas científicos que dan sentido a la
metodología… O los fundamentos éticos del comportamiento cívico.
Es curioso que la correspondencia entre ciertas competencias
y materias le parezca a todo el mundo muy clara, y que la que se da entre otras
no. Así, cuando dices que para desarrollar la competencia ciudadana o el
pensamiento crítico hace falta una sólida formación ética y filosófica (igual
que para desarrollar las competencias comunicativa o artística hacen falta
muchas clases de lengua o de plástica) todavía hay algunos que saltan con el
viejo cuento de la transversalidad. ¡Es que valores o pensamiento crítico lo
damos todos! (Es decir, cualquiera).
Craso error. La educación cívica y en valores requiere de un
saber profundo y especializado exactamente igual que la lengua, la matemática o
el inglés. Es cierto que en todas las materias se pueden transmitir valores
(igual que en todas se habla, o se calcula, o se puede hablar otro idioma).
Pero una cosa es transmitir valores y otra tratar de ellos (igual que una cosa
es hablar y otra tratar del habla, una calcular y otra estudiar las bases del
cálculo, etc.). Solo la ética se ocupa de la naturaleza y fundamento de los
valores, del marco filosófico en que se inscriben y de la controversia en torno
a su legitimidad.
Ocurre lo mismo con el llamado “pensamiento crítico”, una
competencia transversal (como todas) que también precisa de una materia en la
que no solo se use o ejercite, sino en la que se tematice y trate. Esta materia
ha sido siempre la filosofía. No por simple tradición, sino porque la filosofía
es la única disciplina especializada de manera general y radical
en la categorización y análisis de las ideas. Lo es de forma general
porque la filosofía trabaja en el espacio transdisciplinar a todos los saberes
y es, por así decir, la especialista en lo “global” (es decir, en tratar de las
categorías generales de lo real). Y lo es de forma radical porque la
filosofía es la disciplina que aplica el análisis crítico sin ángulos ciegos
(sin supuestos de partida), no solo verificando y valorando la información,
sino también los propios criterios de verificabilidad y valor (empezando por
los de la ciencia). Como suelen decirme los alumnos, la clase de filosofía es
la única en que se puede hablar críticamente de todo y en todos los sentidos
sin temor a “salirte del tiesto”.
Una educación, en fin, que promueva una verdadera
competencia ciudadana y crítica, más allá del simple adoctrinamiento en valores
o el reconocimiento de falacias o información falsa, ha de dotar a la
ciudadanía tanto de la capacidad ética para legitimar esos valores, como de la
capacidad filosófica para generar representaciones organizadas de la realidad
(la desinformación juega con el desorden y la mezcla de categorías), analizar
todo tipo de supuestos infundados, y plantearse cuestiones lógicas y
epistemológicas con cierto nivel de complejidad.
Valórenlo críticamente. La escuela como mera transmisora de
información carece ya de sentido. Disponemos de ella por todas partes. De lo
que se trata ahora es de enseñar a los alumnos a organizarla y analizarla
críticamente; y a sobreponerse a ella, actuando con autonomía de criterio y en
orden a principios éticos. Y todo eso, en sentido propio, no lo puede
enseñar cualquiera.
jueves, 23 de diciembre de 2021
I Congreso de Filosofía y Patrimonio
| I Congreso de Filosofía y Patrimonio. Universidad de Córdoba. Junto a Manuel Bermúdez y José Carlos Ruiz |
- La comunicación es la actividad esencial de la filosofía. No hay nada más que puede hacer el filósofo que comunicar, esto es, que someter a la forma común del habla, del logos, lo que piensa. No hay hechos, datos, fórmulas implícitas a las que agarrarse para sostener lo que dice, sino solo el decir mismo en cuanto logra ponerse en común, discutirse. Filosofar es lograr comunicar, expresar en algún lenguaje o código común cosas que tienden a desbordar el lenguaje o que, al menos, viven en su límite...
Ahora bien, la comunicación de la filosofía plantea numerosos interrogantes: ¿Qué diversos niveles podemos establecer en la comunicación filosófica? ¿Cómo es que hay cada vez más filósofos en los medios? ¿Cómo es que, contra tantos tópicos, la filosofía comunica y por qué? ¿Es la filosofía un saber necesariamente críptico? (Y si lo es, ¿tiene también lo críptico su "sex appeal"?) ¿Se ajustan los formatos y los fines comunicativos de los media a lo que podemos considerar, de manera estándar, que es el hacer filosófico o su divulgación? ¿En qué consiste la controversia propiamente filosófica en torno al papel de los filósofos en los medios: los apocalípticos y los integrados? ¿Qué es una buena divulgación filosófica y cuáles son las virtudes que caracterizan al buen comunicador en el ámbito de la filosofía? ¿Cómo ha de divulgarse el patrimonio filosófico, dada la ambigua relación de la filosofía con lo patrimonial?...
s Sobre todo esto tratamos el pasado 15 de diciembre en el I Congreso Internacional de Filosofía y Patrimonio, celebrado en la Universidad de Córdoba.
domingo, 19 de diciembre de 2021
La filosofía, otra vez, en Extremadura
Este artículo fue originalmente publicado en el diario HOY
Como siempre que se aproxima una gran reforma, el patio
educativo está revuelto. Una de las causas de ese revuelo es el sorprendente
giro del ministerio de educación con respecto a la enseñanza de la ética y la filosofía
en secundaria. En 2018, todos los partidos políticos acordaron recuperar el
carácter troncal de ambas materias y reintroducirlas en cuarto de la ESO y Bachillerato.
Pero en lugar de respetar este acuerdo, que fue portada de periódicos y
demostró que las fuerzas políticas pueden coincidir de vez en cuanto en algo, la
cúpula del ministerio se ha empecinado en suprimir la filosofía en la
secundaria obligatoria y reducir su horario hasta hacerla impracticable en el
bachillerato.
Y lo peor es que nadie sabe a qué se debe este olímpico
desprecio. Más aún cuando todo el mundo, desde la UNESCO a los mayores expertos
en educación, insisten en la importancia de la ética y el pensamiento reflexivo
para la formación de una ciudadanía activa, crítica y comprometida con los
valores democráticos y los desafíos del siglo XXI. Y eso por la sencilla razón
de que todo ese conjunto de valores y compromisos éticos no se transmiten al
alumnado recitándolos, soltando sermones o explicando sus orígenes históricos,
sino a través de un diálogo filosófico paciente y argumentado en torno a las
razones que nos mueven a asumirlos.
De otro lado, el espíritu competencial, integrador y
transdisciplinar de la nueva ley educativa, ceñido a una metodología fundada en
la comprensión y el desarrollo del pensamiento crítico y autónomo, está ligado
a destrezas y actitudes que se corresponden exactamente con las de la práctica
filosófica. Por ello, apostar decididamente por la filosofía es consistente con
hacerlo por una educación moderna, eficaz, comprometida con los retos del
futuro y capaz de educar al alumnado en formas de pensamiento que aporten una
visión sistémica y global de los problemas, contribuyan a la lucha contra la
desinformación, y promuevan la reflexión y el diálogo en torno a los valores que
compartimos.
Es así que Extremadura tiene que dar otra vez ejemplo de
coherencia, visión a largo plazo y espíritu innovador, corrigiendo los defectos
de los decretos gubernativos y garantizando, en los mismos términos en los que
ya se imparte, la formación ética y filosófica en nuestra comunidad. Así se ha solicitado
al presidente de la Junta, a la consejera y al secretario general de educación,
con idénticos argumentos a los que el propio PSOE usó hace unos meses para
defender lo mismo (la permanencia de la filosofía y la ética en la ESO y su
refuerzo en el bachillerato) en una propuesta de impulso aprobada por mayoría
en la Asamblea, y de la que nadie entendería que se desentendieran ahora
(máxime cuando la presentó el mismo partido que gobierna).
Lo que se solicitó en esa propuesta de impulso es, además, relativamente
fácil de satisfacer. Lo primero, que se mantenga en nuestra región la materia
optativa de Filosofía, que tan buena aceptación está teniendo en el último
curso de la ESO, un momento vital y académico crucial para el alumnado y en el
que las cuestiones relativas a la propia identidad, la relación con los otros,
la información veraz, la legitimidad de las normas, el lugar de las emociones,
los criterios de belleza o el sentido mismo de la vida, tan arraigadas en la adolescencia,
han de ser tratadas con el cuidado que se merecen y en el ámbito educativo que
le es más propio.
Lo segundo es reforzar la formación ética como cimiento de la
educación ciudadana. No tiene sentido fiar a la educación la solución de todos
los problemas sociales (la violencia, el machismo, la corrupción, el
consumismo, la poca conciencia ambiental, el incremento de problemas mentales…)
y dar luego a la ética un espacio y horario marginal (una cuarta parte de lo
que se le da, por ejemplo, a la materia de Religión). Y no vale decir que se
trata de un asunto transversal. ¿Por qué no es transversal la lengua o la
historia? Al fin, todos los profesores hablan, y todos pueden mostrar la
dimensión histórica de lo que enseñan. La respuesta es que la lengua o la
historia son materias tan sumamente importantes que requieren de una enseñanza
específica y especializada. Exactamente igual que la ética, materia con la que
se dota al alumnado de las herramientas críticas y argumentativas, y el bagaje en
filosofía moral necesario, para que pueda adoptar por sí mismo aquellos valores
que considere razonablemente justos o convenientes.
Esperemos pues que la Consejería de Educación, coherente con
el compromiso adquirido en favor de una educación que promueva el talante ético
y reflexivo, la disposición al diálogo racional y la competencia para el pensamiento
crítico y sistémico que requieren el desarrollo integral de las personas y demandan
la sociedad y las empresas, esté a la altura de las circunstancias y dote a los
futuros extremeños de la educación que, sin duda, se merecen.
viernes, 17 de diciembre de 2021
Metafísica y democracia
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.
Toda sociedad se constituye en torno al problema capital de
cómo conciliar el interés público y el privado; esto es, de cómo lograr que la
gente coopere y cumpla sus obligaciones incluso cuando esto no le reporta
ninguna ventaja aparente. ¿Cómo hacer, por ejemplo, para que los más ricos
paguen sus impuestos, o para que los más fuertes y capaces no abusen de los más
débiles, o para que nos prestemos a sacrificar nuestra libertad o nuestra vida
en aras del bien común (como puede ocurrir en una catástrofe, una pandemia o
una guerra)?
En los regímenes autoritarios el problema de conciliar el
egoísmo individual con el interés común se resuelve con la fuerza (lógico, dado
que ese interés común no suele ser más que el del sátrapa o la
oligarquía dirigente). En otros, con la ayuda de creencias tradicionales,
religiosas o ideológico-políticas, de manera que es el honor, el mandamiento
de un dios o el fervor patriótico o revolucionario lo que mueve a la
gente a actuar desinteresadamente. Pero en sociedades como la nuestra,
democráticas, descreídas y poco dadas a efusiones ideológicas, la cosa se
complica.
Que la ciudadanía se sienta concernida por el interés común
no es algo que se pueda lograr con las leyes. Si tales leyes no son la expresión
de la voluntad general de los que están ya convencidos, serán débiles e
ineficaces; y si son la expresión de tal voluntad, serán mayormente
innecesarias. Lo que hace falta es, pues, convicción. Convicción para
considerar particularmente interesante el interés común, y convicción para
asumir los costes individuales que supone, en la práctica, dicha consideración.
Ahora bien: ¿Qué podría convencer a la gente de la bondad de
comprometerse activamente con el bien público? De entrada, la concepción liberal
de un estado-empresa al servicio de ciudadanos-clientes centrados
exclusivamente en sus asuntos particulares (y que, por tanto, dejan el poder en
manos de camarillas políticas fáciles de secuestrar por grandes intereses
privados), no ayuda en absoluto.
El utilitarismo más ramplón tampoco sirve. ¿Cómo convencer,
por ejemplo, a los más ricos para que paguen impuestos por servicios que no
necesitan, o a los ciudadanos para que se involucren en actividades solidarias
o cívicas de las que difícilmente van a obtener ningún beneficio concreto? En
realidad, no hay ningún argumento sencillo con que combatir la poderosa idea de
que lo más conveniente es, siempre, obtener la máxima ventaja al mínimo coste
y, por lo mismo, que cada uno “vaya a lo suyo” ignorando (o utilizando para
ello) a los demás.
El único razonamiento a favor del ideal republicano y
altruista de vida en común es complejo, y consiste en demostrar que el interés
particular es realmente inseparable del general. No en un sentido
material, claro (en ese sentido suelen ser opuestos), sino en otro, cabe decir espiritual.
Así, cuando un individuo entiende que entre sus intereses más particulares está
el de dar o encontrar sentido a la propia existencia, la necesidad de concebir
la realidad (incluyendo la realidad social) de modo coherente y armonioso,
comprendiéndose a sí mismo como parte de ella, acaba por anteponerse a aquellas
visiones más estrechas y relativistas que justifican el egoísmo individual.
Diríamos pues que uno de los efectos de la especulación
filosófica y metafísica es la adopción de una perspectiva tan ancha y
articulada que permite ver al otro y a sus intereses como tales y, a la
vez, como complemento de los propios. Si esta consideración del otro implica,
además, como suele ser el caso, un compromiso más allá del aquí y el ahora, la
metafísica y su consideración trascendente de las cosas se vuelven
insustituibles. Piensen, por ejemplo, en el cambio climático. ¿Qué podría
convencer a los que hoy gobiernan y gozan del mundo de que renuncien a un nivel
de vida altamente contaminante para garantizar el futuro de las generaciones
venideras? Es obvio que no obtendrían de ello ninguna ventaja presente. Lo
único que podría convencerlos es la consideración del sentido de sus actos en
un plano metafísico y ético en el que, más allá del rédito o placer inmediato,
adquiriesen un significado pleno y coherente en relación con principios y
valores orientadores de la existencia.
La reflexión filosófica es, así, una de las condiciones
fundamentales para el asiento de una democracia real en que los individuos no
aspiren a desarrollar trayectos personales completamente desvinculados de lo
común, sino que conciban tales trayectos como trazos o partes de un proceso más
integrador y significativo. De ahí la necesidad de educar a la ciudadanía en
esa suerte de “competencia global” (como la denomina la OCDE) con la que
reconocer nuestros actos, intereses e ideas a través de un ejercicio de reflexión
y diálogo amplio y trascendente en que la cooperación, la actividad
genuinamente política y la propia existencia puedan tener sentido.
martes, 14 de diciembre de 2021
Black Friday: el apocalipsis zombi
Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura
Artículos periodísticos contra el consumismo se pueden consumir todos los días. Este es uno de ellos. Pero distinto, claro, si no ¿por qué lo iba a querer leer usted? Para distinguirnos, empecemos por afirmar que el consumismo no es ninguna lacra sino, por el contrario, un síntoma inequívoco de progreso social. Por ello usted y yo, y hasta el antisistema más aguerrido, hemos de confesar que consumimos (cada uno en el stand correspondiente de la feria, eso sí). Algo que, por otra parte, se ha hecho siempre.
Uno de los mitos a derribar es precisamente este de que el
consumismo sea un rasgo específico de nuestro tiempo. La práctica de adquirir
cosas no imprescindibles, pero que reportan comodidad o placer (incluyendo placer
estético o intelectual), o un plus de prestigio o estatus, no es exclusiva de
nuestra época: desde el neolítico, la posesión y exhibición de costosos objetos
de lujo (joyas, armas, ropas, obras de arte…) como fuente de placer y
símbolo de clase, riqueza, fuerza, capacidad sexual, poder, vínculo con los
dioses o cualquier otro valor en boga, ha sido una constante, al menos entre
las élites, para las que el consumo ha sido siempre un modo de vida.
Lo que sí es específico de nuestra época es la generalización
y vulgarización de esta conducta consumista. Si antes solo consumían las clases
privilegiadas, ahora lo hacemos todos (de forma estratificada, claro, y
graduando el valor material y simbólico de lo que se consume). Una
transformación que no solo tiene causas económicas – la necesidad de masificar
el consumo para mantener los ritmos de inversión y beneficio del capital – sino
también otras de tipo social, político o cultural.
Desde un punto de vista social, el consumismo es la
principal seña identitaria de una clase “media” destinada a amortiguar los
efectos de la desigualdad económica, una desigualdad que, desprovista ya de
todo encanto religioso, supone siempre un importante elemento de
desestabilización. Para el poder político moderno, desprovisto de ínfulas
sagradas, la provisión constante de baratijas para el consumo de la gente es un
modo perfecto de mantener la conformidad con el orden establecido.
Por otra parte, el fundamento cultural de la generalización
del consumismo parece claro: una vez derribados los grandes ideales religiosos,
políticos o filosóficos, a nuestra época no le queda otra cosa mejor que hacer
que consumir (objetos de lujo, experiencias con que ocupar el tiempo de ocio,
información, cultura, relaciones humanas…). Y no es que el consumismo genere
vidas vacías, como suele decirse, sino que es la vida la que, vacía de
significado, genera el consumismo para intentar paliar o disimular ese vacío. Que
haya otras formas mejores de hacerlo (la religión, el arte, la compulsión por
el trabajo, el gusto por el poder, la costumbre de tener hijos…) es algo que
habría que discutir.
Vivimos, pues, como siempre, pero quizás más que nunca, en
una sociedad de consumidores, de clientes (más que de ciudadanos) conectados a
una galería comercial global en la que se consumen a la vez cosas, personas,
creencias, ideas políticas o cultura, sin otra preocupación que la de adquirir
los medios para mantenernos conectados de manera solvente.
Es cierto que esto genera ciertos efectos problemáticos
(“problemas de ricos” en todo caso): “adicción” a las compras, apatía política
o, en general, una especie de narcisismo o infantilismo crónico. Pero a cambio
tenemos (como los niños) bienestar material, comodidad y entretenimiento
garantizado. Además, el vicio de consumir produce (según el credo liberal) la
virtud de generar riqueza para todos. ¿Puede la utopía decrecionista,
con su postal neoevangélica de hortelanos felices, competir con el
paraíso que es la planta (ahora pantalla infinita) del gran almacén repleta de fetiches,
emociones, deseos, valores y relaciones humanas que consumir?
Y lo peor no es que este paraíso sea lo mejor, sino que,
como es lógico, nadie quiere darse de baja en él. Lo siento por los defensores
de la austeridad y los ecologistas, pero nadie quiere ser pobre (ni los que lo
son ni los que no). De ahí que tarde o temprano – y en el cambiante escenario
climático que se avecina – la gente tendrá que luchar con fiereza por recursos
cada vez más escasos. ¿Hasta el punto de una guerra? Es probable. Como también
lo es el desastre que supondría una guerra a gran escala con el armamento del
que se dispone hoy (¡Y que también hay que gastar, qué narices!).
Pues eso, dejen de preocuparse y láncense a ese Black
Friday (y a las compras de Navidad, y a las rebajas, y…) como si no hubiera
un mañana. El apocalipsis está cerca. Y tal vez las armas químicas no destrocen
todo lo que aún queda por comprar. A los zombis desarrapados que anden por aquí
les dará la vida. Si es que esos zombis no han llegado ya, y somos nosotros,
tambaleándonos con una tarjeta de crédito en cada mano.
jueves, 9 de diciembre de 2021
Filosofía, educación y democracia.
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
Entre filosofía, democracia y educación ha existido siempre
una relación íntima. De hecho, aparecieron casi a la vez, como bulliciosas y
peleonas trillizas en la Grecia de Sócrates, Pericles y Aspasia. Sea por esta
hermandad histórica o por la naturaleza propia a cada una de ellas, lo cierto
es que ninguna se deja concebir idealmente sin la otra. Esto no quiere decir,
desde luego, que la filosofía o la educación no existan más que en regímenes
democráticos, sino que, sin la conexión de cada una con las otras dos, no
llegan a ser más que una pobre e incompleta versión de sí mismas. Veamos en qué
consiste y a qué da lugar este amoroso trío.
En primer lugar, las tres, filosofía, educación y
democracia, giran en torno a un mismo y problemático asunto: el de lo qué deben
ser (y lo que son idealmente) las cosas. Así, la filosofía busca conocer lo
que debe ser la realidad, el ser humano, la verdad, la justicia, etc. (esto
es: la idea o ideal de cada una de esas cosas), poniendo entre paréntesis lo
que de ellas nos es dado. Por otra parte, la democracia trata de establecer lo
que debe ser un consenso justo frente al poder fáctico de la fuerza, la
costumbre o el dogma. Y la educación, en fin, tiene idealmente por objeto
ayudar a que seamos lo que creemos que debemos ser a partir del dato de
lo que de hecho somos y sabemos.
Otro elemento común a la filosofía, la democracia y la
educación es el diálogo. El diálogo en torno a las grandes preguntas, en el
caso de la filosofía; el diálogo como procedimiento para tomar decisiones
políticas, en el caso de la democracia; y el diálogo como raíz misma del
aprendizaje (no hay aprendizaje sin ese diálogo, externo e interno, por el que
nos convencemos de lo aprendido). En los tres casos el diálogo debe ser,
además, incesante, de manera que todo debe ser revisado y expurgado una y otra
vez de errores, injusticias y prejuicios.
Un tercer rasgo común es el carácter reflexivo o
autorreferente propio a las tres. La filosofía es un pensar en lo que se
piensa; la democracia un democrático legislar sobre cómo legislar
democráticamente; y la educación una capacitación para el desarrollo de
las propias capacidades. La reflexión filosófica, la autonomía política y
el aprender a aprender son, así, la expresión de lo que son, o deberían
ser, respectivamente, la verdadera actividad filosófica, democrática y
educativa.
A partir de esta somera descripción de la relación entre
democracia, educación y filosofía deberíamos tener ya claro el lugar que ha de
tener la filosofía en la educación en democracia (es decir, “en” una
democracia y “en” aquellas competencias imprescindibles para ejercer una
ciudadanía democrática).
La filosofía tiene la función, en primer lugar, de dotarnos
del bagaje necesario para afrontar la tarea trascendental de considerar o reconocer
por nosotros mismos lo que deben ser las cosas (el mundo, el ser humano, la
verdad, lo justo, lo bello…). Ninguna ciencia puede ocuparse de esto (las
ciencias se ocupan de “salvar las apariencias”, no de la idea o ideal de las
cosas), y la religión o el arte lo hacen, pero no de forma estrictamente
racional.
En un sentido procedimental, la tarea educativa de la
filosofía es enseñar a dialogar. El diálogo filosófico, que no es el de las
tertulias de la tele ni el de los torneos de retórica, consiste en examinarlo
críticamente todo, empezando por las ideas propias, para intentar reconstruir
luego una tesis racional que acepten los demás. Sus rasgos distintivos son la
cooperación (no se compite), la honestidad (no se manipula), la intención de
aprender (se reconocen y valoran con objetividad las razones del otro) y el
rigor argumental (se evitan falacias y errores lógicos).
Y la tercera función fundamental de la filosofía es generar
en nosotros una actitud reflexiva, algo que no equivale a pasividad o indiferencia
(como suele decirse: no hay nada más práctico que una buena teoría),
sino al necesario ejercicio de la lucidez. La lucidez consiste en ver y pensar
más allá de lo que uno ve, piensa, desea o siente en cada momento o contexto.
Sin esa lucidez no es posible la acción libre, inteligente y orientada al bien
común.
Sostendríamos así que solo en el ejercicio filosófico cabe
explorar sistemáticamente el ámbito axiológico del “deber ser”, que solo la
filosofía puede dotar a las personas de una imagen consistente, ideal y
racional del mundo que permita conectar sus intereses particulares con los
generales, y que es la actividad filosófica la que convierte el diálogo crítico
y la actitud reflexiva en los hábitos que han de sustentar la práctica democrática
y educativa. Diríamos, en fin, que la filosofía representa la praxis
deslegitimadora y deconstructiva que (paradójica pero lúcidamente) más
coherentemente legitima y contribuye a construir la democracia. De ahí la
necesidad de educar en ella a todos los ciudadanos.
domingo, 5 de diciembre de 2021
Recursos para hacer filosofía fuera del aula, por M. A. Ballester
En este artículo de Miquel Ángel Ballester tenéis un completo catálogo de recursos para degustar la filosofía fuera del aula (televisión, radio, youtube, podscats, festivales, libros divulgativos, filosofía en la calle...).
martes, 30 de noviembre de 2021
¡La ética, esa maldita María!
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en el diario.es
Las “Marías”, ya sabrán o recordarán ustedes, son aquellas
asignaturas de naturaleza “decorativa” que dábamos en el colegio y que le
importaban un bledo a todo el mundo. Solían ocupar un espacio mínimo o
simbólico en el horario (una o, con suerte, dos horas por semana) y las
impartían profesores que, en muchos casos, no tenían ni idea, con lo que, en
buena lógica, se dedicaban a matar al tiempo proyectando películas o charlando
de lo primero que se les pasaba por la cabeza. Eso sí, en la época de los
sacrosantos exámenes, nos dejaban la hora para estudiar. Y esa era, casi
siempre, la única utilidad que tenían.
“Marías” las hubo y las hay de diversos tipos. Hagan
memoria: la plástica, la educación física, el arte, la religión y, desde luego,
la ética. Algo, esto último, que siempre me llamó mucho la atención. La
educación plástica es fundamental, sin duda, y la educación física, y la
música. Y la religión, para qué nos vamos a engañar, también significa mucho
para mucha gente. Pero, ¿y la ética? – pensaba yo – ¿No es acaso lo más
importante de todo? ¿No es fundamental saber algo (o intentarlo) acerca de un
asunto tan peliagudo como el de “lo bueno y lo malo”?
Porque a ver: la vida, la salud, el dinero, el amor, la
religión, la música, o lo que sea, nos parecen importantes porque las consideramos
cosas “buenas” (y definan bueno en el sentido que crean más bueno: placentero,
conveniente, debido, justo, digno…). ¿Pero por qué han de ser “buenas”? De
hecho, hay gente que no las considera así (los suicidas, los que se enganchan a
drogas peligrosas, los que desprecian la riqueza, los que practican la
castidad, los talibanes que odian la música…). Fíjense que incluso para
averiguar si algo es realmente más importante (es decir: “más bueno”) que la
ética haría falta la reflexión ética…
Ahora bien, siendo la ética lo más importante de todo (o, al
menos, la materia que sirve para pensar en qué es lo más importante de todo),
¿cómo es que se la trata en el sistema educativo como una maldita María?
Además, el resto de las tradicionales Marías (la educación física, la
música, la religión…) tienen, como mal menor, otros espacios disponibles para
quien esté interesado: los gimnasios y polideportivos, las escuelas de música,
las parroquias… ¿Pero y la ética? ¿Dónde se imparte ética más allá de la
escuela?
Hay quien responde a esto último que “en casa”; es decir,
que es en el entorno privado donde hay que transmitir la moral y los valores.
Pero ni a mí ni a los adolescentes a los que doy clases nos convence para nada
esta respuesta. Primero, porque no solemos estar de acuerdo con gran parte de
los valores que se nos transmiten, casi siempre sin razón suficiente, desde el
entorno familiar, social o mediático. Y segundo, y más importante, porque nos
parece que sobre esto de la ética tiene que haber algo más que el saber
infuso y parcial (cuando lo hay) de la familia, las tertulias de la tele o los
colegas.
¡Y vaya si lo hay! Cuando uno abre cualquier manual de
filosofía y se va al capítulo dedicado a la ética, comprueba que sobre esto tan
presuntamente infuso o subjetivo de “lo bueno y lo malo” existen decenas de
escuelas, tendencias y teorías, tanto antiguas como de rabiosa actualidad, y
cientos de libros, tesis y expertos investigando, debatiendo, produciendo ideas
y participando de comités científicos, médicos, empresariales o políticos. Esta
ética no es, por demás, ninguna lista de mandatos o valores que haya que
adoptar por narices, o desde argumentos ya inventariados, sino una disciplina
que lo analiza todo: desde lo que es una “norma” o un “valor” hasta las peculiaridades
del lenguaje en el que expresamos y justificamos nuestros particulares juicios
morales. Un saber, además, en que se diseccionan y afrontan problemas
cotidianos que a mucha gente ni siquiera le parecen problemas, sino “cosas que
pasan” (la desigualdad económica, el sometimiento de las mujeres, las
consecuencias del desarrollo tecnológico, la manipulación de los medios, la
injusticia de las leyes, y mil más).
Porque, y esta es otra, mucha gente, gobernantes incluidos,
piensa que la ética y la simple educación en valores son lo mismo, confusión
que se debe, sin duda, a que a menudo se usa el mismo término para designar al
que es “bueno” y al que estudia “lo que es bueno”, al que hace “lo que hay que
hacer”, y al que se pregunta de forma sistemática “por qué hay que hacerlo”.
Pero es claro que ambas cosas son muy distintas. La educación en valores está
dirigida a la transmisión de aquellos mínimos principios morales o normativos
que deben regular la convivencia y el comportamiento de las personas, mientras
que la ética se ocupa de la reflexión racional acerca de los valores y de lo
valioso en sí, dotando al alumno de las herramientas y hábitos (teorías y
enfoques éticos, conceptos de filosofía moral, pensamiento crítico y
sistemático, lógica y ética de la argumentación, procedimientos dialógicos,
análisis de dilemas morales, etc.) necesarios para afrontar por sí mismo los
retos y desafíos de su entorno, además de establecer de forma autónoma y
responsable su propia escala de valores.
Además, todo esto tan sumamente importante que transmite la
ética (y no, o solo circunstancialmente, la educación en valores) no lo puede
enseñar “transversalmente” ninguna otra materia. En todas las materias se puede
desentrañar un problema moral, ejercitar el diálogo argumentativo o practicar
el pensamiento crítico, pero solo en ética se trata de todo esto de manera
sustantiva, exhaustiva y problematizada, atendiendo a sus fundamentos,
condiciones, normas, tipos, propiedades y límites. Pensar lo contrario sería
tan absurdo como pensar que, dado que en todas las asignaturas se habla o se
manejan números, podemos convertir a la lengua o la matemática en “Marías” con
una hora semanal.
Porque, hablando claro: que después de tanto bla-bla-bla
de los políticos sobre lo importantísimo que es la educación para resolverlo
todo (desde el cambio climático a los discursos de odio, pasando por el
machismo y la violencia contra las mujeres, el consumismo, las adicciones, la
desinformación, la corrupción, el suicidio juvenil, el género, y mil asuntos
más) ahora resulte que la única materia que se ocupa directamente de todo esto
en la educación obligatoria sea una asignatura consagrada a la educación en
valores (no estrictamente a la ética) y con una sola hora a la semana (35 horas
en toda la ESO, mientras que Religión, por ejemplo, dispone de 140) es, si lo
hubiera, de juzgado de guardia político – un juzgado, por cierto, que tendría
que estar compuesto de ciudadanos éticamente bien formados –.
En conclusión, sin una profunda educación ética y bien
dotada de horas y espacios en las escuelas e institutos, vamos a generar
ciudadanos no solo incapaces de afrontar de forma madura dilemas y decisiones
de relevancia personal y social, o de entender a fondo lo que implican sus
propios juicios y posiciones morales o políticas, sino algo peor aún:
ciudadanos inermes ante todo tipo de demagogos, sectarios, salvapatrias,
tunantes y vendehúmos; esto es, vamos a contribuir, más aún, a crear el peor de
los mundos posibles. Piénselo. Y pongan, por favor, toda su competencia ética
en hacerlo.
Ética, educación cívica y el lugar de la filosofía en la educación en democracia.
En estos días, y al calor de la movilización por la recuperación de la educación ética y filosófica en la enseñanza secundaria, hemos tratado de las complejas relaciones entre ética y educación cívica, y del papel de la filosofía como eje de la educación en democracia. Lo primero fue en las Jornadas de Fin de Proyecto "El filósofo, la ciudad y el conflicto de las facultades", en la Universidad Complutense de Madrid. Y lo segundo en el Aula Manuel Alemán de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria.
Aquí se puede ver una buena parte del acto en la UCM
lunes, 29 de noviembre de 2021
Patrimonio y «terruñismo».
Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura
La primera vez que hice turismo por el interior del Reino
Unido me llevaba unos chascos de aúpa. No era raro que perdiera una mañana para
llegar a algún sitio señalado como yacimiento o monumento histórico y que no
encontrara allí más que el solar o los cuatro muros esparcidos de algún
inapreciable edificio. A veces, el inevitable Centro de interpretación (con su
tiendecilla de libros y souvenirs) era más grande que lo que interpretaba. Si algo me impresionó, en fin, de aquella
tierra, fue el modo, exquisito hasta la exageración, en que cuidaban de su
patrimonio.
¿Y en nuestro país? ¿Ocurre lo mismo? Ya se imaginan la
respuesta. Aún recuerdo como la joven guía de un pequeño museo arqueológico
(creo que por Osuna) nos contaba que las preciosas figurillas y monedas romanas
que se exponían ahora en las vitrinas eran las mismas que usaban los niños para
jugar en cierto lugar junto al pueblo. Yo mismo, hace más de veinte años, aún
le daba al fútbol entre las piedras (literalmente, pues servían de portería)
del circo romano de Mérida. Un inglés alucinaría con todo esto. Teniendo mucho más
patrimonio histórico que otros países (o quizás por eso), lo hemos tratado
durante años con la punta del pie. Y una prueba son los más de mil monumentos
(castillos, conventos, ermitas, palacios…), sesenta y uno en Extremadura, que
permanecen en la Lista Roja del Patrimonio, esto es, al borde de la
ruina completa.
Es cierto que existe una sensibilidad cada vez mayor hacia
estos lugares y edificios singulares, y una idea más ajustada y lúcida que la
que se tenía antaño de los beneficios, no solo económicos, que supone el
invertir en ellos. No es difícil. Hay que estar ciego para no ver que si unimos
(y no acabamos por malvender y estropear) el impresionante patrimonio natural
de Extremadura – uno de los mejor conservados de Europa – y su rico y variadísimo
catálogo monumental (restos megalíticos, templos tartésicos, edificios
romanos…) dispondremos de una mina turística y cultural de primer orden.
Y lo mejor es que para extraer réditos de esta mina no hace
falta contaminar o cargarse nada, ni realizar un esfuerzo financiero
inasumible. Aunque sí emprender políticas más decididas, tanto en la promoción
turística y educativa, como en la adquisición de la titularidad de buena parte
de ese patrimonio que, por estar emplazado en terrenos privados, depende para
su conservación de la buena voluntad y generosidad de particulares.
Más allá de esto, solo hace falta crear (¡Y mantener!) una
mínima infraestructura de señalización, servicios y accesos públicos, y renovar
la que anda abandonada. Lo digo porque localizar y visitar alguno de estos
monumentos representa a veces una odisea, además de algún que otro conflicto,
pues la inexistencia (o la frecuente ocupación privada) de caminos públicos
obliga a la petición de favor a los propietarios o a andar saltando vallas como
un furtivo. Y tampoco vendría mal algo de vigilancia. No puede ser que restos
arqueológicos o edificios históricos de primer orden se hallen sin control
alguno y a merced de cualquier vándalo en mitad del campo.
Todo esto que hemos dicho para el patrimonio material
también vale, por supuesto, para el inmaterial, como las fiestas populares, la
gastronomía, la música, la literatura oral o las hablas vernáculas, incluido el
llamado extremeñu, que no es “la lengua de los extremeños” como algunos
exagerados claman (a la vista o al oído está), pero que sí es un elemento
patrimonial (no identitario, conviene separar muy bien ambas cosas) que ha de
ser investigado y documentado antes de que desaparezca del todo, cosa que
pasará, por la sencilla razón de que no se debe (aunque se pueda, como ocurre
en otras comunidades) obligar a la gente a hablar una lengua a la fuerza.
Toda esta demanda de protección del patrimonio no tiene nada
que ver, por cierto, con el “terruñismo”, el chauvinismo provinciano o la
frecuente idealización edénica de lo ya perdido. Proteger y conservar las
tradiciones más importantes, incluso las peores (no más allá del museo), es una
estimable estrategia para reconocer lo mejor que somos y prevernos de lo peor.
Pero ojo, esto no implica sustituir la cultura viva y real por un folklore
impostado y casi obligatorio, como el que por motivos políticos (en el peor
sentido de la palabra “político”) se cultiva en otras partes del país.
Conocer y hacer conocer esta bendita tierra, con sus
infinitos encinares, sus cielos límpidos, sus inigualables monumentos y sus
gentes, es un filón maravilloso de riqueza cultural y de la otra. Hagámoslo más
grande, no empeñándonos en buscar de forma artificiosa “nuestras diferencias”,
sino procurando que todos se reconozcan en lo más hermoso y significativo que
poseemos.





