viernes, 7 de febrero de 2020
Simulación e ironía: notas para una didáctica no dogmática de la filosofía.
La revista Paideia publicó hace unas semanas este artículo mío sobre
didáctica de la filosofía en el que se cuestiona especialmente la
confusión (habitual entre políticos y no pocos docentes) entre la
filosofía y la educación en valores morales o cívico-democráticos. Para
leer la revista completa: https://drive.google.com/…/1NoRIm6ARI8uGs9wvceSI1YoHE…/view…
jueves, 30 de enero de 2020
Crispación y publicidad
Alguien dijo que la política consiste en una combinación de burocracia y publicidad. Burocracia para administrar el orden imperante, y publicidad para convencernos de su legitimidad. Esto siempre ha sido así. Pero si el escenario y el lenguaje con que el poder “vendía” tradicionalmente su producto eran los de la sublimidad estético-religiosa, ahora ese escenario y lenguaje son los mismos con que se publicitan el resto de mercancías (un líder o medida política se venden hoy igual que cualquier otro producto en el mercado). Ahora bien, esta secularización democrático-liberal de la propaganda política tiene sus propios problemas: el universo publicitario se expande a tal velocidad que la lucha por captar la atención (no menos dispersa) del cliente/ciudadano exige nuevos recursos. Y uno de ellos es el de la crispación. Sobre esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura
sábado, 25 de enero de 2020
¿Quién, en qué y cómo educar a los hijos?
Es corriente que los partidos políticos busquen puntos de desacuerdo en torno a los que reafirmarse y pregonar su (a veces escasa) mercancía ideológica. Algo para lo cual la educación es terreno siempre fértil. De ahí que la comunidad educativa tengamos este síndrome de punching ball de feria en el que unos y otros exhiben, en cuanto tocan poder, sus sacrosantas diferencias. El último golpe ha sido la propuesta de VOX de establecer un “pin parental” que faculte a los padres a eximir a sus hijos de determinados contenidos educativos que ellos (los de VOX) consideran moralmente controvertidos.
Sin embargo, pese al carácter anecdótico, y el breve recorrido legal que probablemente va a tener la medida, el asunto del “pin parental” plantea una controversia que como sociedad no tenemos del todo resuelta, y que no solo despierta debates públicos más o menos oportunistas, sino que también da alas a la instrumentalización política de la educación.
Para analizar y resolver dicha controversia, lo primero es retirar la capa de demagogia que intencionadamente la cubre. Ni el derecho natural de los padres a educar a sus hijos es absoluto (ningún padre podría educarlos en prácticas ilegales o que dañaran gravemente su salud o integridad moral), ni el derecho de los niños a la educación – que clama el ministerio – es algo que quepa acatar sin aclarar antes quién, en qué asuntos y cómo se debe implementar ese indiscutible derecho.
En cuanto al quién y al cómo – y simplificando mucho el debate –, para los más liberales la familia siempre ha tenido, directa o indirectamente (a través de instituciones afines), la prioridad absoluta en educación moral, con que el Estado tendría que limitarse, esencialmente, a la formación científico-técnica y profesional. Del lado de la socialdemocracia y afines, aunque conceda a la familia la prioridad natural en educación moral, siempre se ha defendido la necesidad de una educación cívica en valores por parte del Estado (fundamentalmente de aquellos que sostienen el orden jurídico-político).
¿Cómo resolver esta controversia? La verdad es que nuestras democracias liberales han dado, desde hace tiempo, con una fórmula enormemente sensata. A los niños hay que educarlos moralmente entre todos (ni solo la familia ni solo el Estado); y todos han de hacerlo en un mismo y único sentido: en el del logro de su mayor autonomía y libertad de criterio. Pues los niños no son propiedad ni de sus padres ni del Estado (falso dilema este). Los niños son, fundamentalmente, propiedad de sí mismos.
El logro de la autonomía moral del niño como fin fundamental de la educación supone que, sean cuales sean los valores que se le enseñan, estos no deben coartar (idealmente en ningún grado) su libertad para experimentar, pensar y escoger por sí mismo qué vida quiere llevar y quién quiere ser. ¿Qué como se hace esto? Esencialmente de tres maneras complementarias.
La primera es poblar el entorno del niño de la mayor pluralidad moral posible, mostrándole no solo los valores propio a su entorno familiar o privado, ni aquellos que nos son comunes a todos (incluido el valor mismo de lo común, sin el cual no hay sociedad que valga), sino también – “a más saber más libertad” – algunos de los que, idealmente, se han propuesto como deseables o dignos del ser humano en cualquier otra época o cultura.
Lo segundo es dotar al niño – cuanto antes mejor – de las herramientas analíticas y expresivas, y de la actitud reflexiva y crítica imprescindibles para cimentar el ejercicio serio y consciente de su libertad – algo que debe hacer la escuela a través de materias especializadas en fomentar el pensamiento crítico y autónomo –.
Y lo tercero: permitir y alentar, en un entorno seguro y afectuoso, la experiencia, gradual, de esa misma autonomía de criterio por parte del niño. A ser libre se aprende siéndolo.
Pluralidad moral, pensamiento crítico y respeto al criterio del niño. No hay elementos más importantes con los que justificar un derecho a la educación que, sobre todo lo demás, ha de servir para formar personas íntegras y capaces tanto de dirigir su vida como de ejercer de forma madura su soberanía política.
Sobre esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo en prensa pulsar aquí.
jueves, 16 de enero de 2020
Un máster para ser padres
Se ha hablado estos días del nuevo “máster” de formación
prematrimonial de la Iglesia. Más allá de la habitual crítica a su desfasada
concepción de la sexualidad (cosa que, por otro lado, solo representa una
pequeña parte del curso – en el que también se incluyen asuntos como la
fidelidad y los celos, la concepción del amor o la resolución de conflictos –),
lo que más ha llamado la atención es su duración: entre dos y tres años. El
argumento – al decir de los obispos – es que si para ser sacerdote, médico o lo
que sea, se exigen años y años de formación, ¿cómo van a bastar veinte horas –
lo que dura el cursillo prematrimonial de toda la vida – para formar a alguien
como esposo y padre o madre de familia?
La verdad es que no puedo estar más de acuerdo. Yo mismo
suelo plantear algo parecido a mis alumnos. “A ver – les digo –, si yo, vuestro
profe, para educaros tres horas a la semana en una materia muy determinada y
durante un solo año, he tenido que estudiar una carrera, superar una oposición,
realizar decenas de cursos y diseñar una programación detallada, ¿cómo es que
para tener un hijo y educarlo en todo y durante toda la vida no se requiere –
por lo general – ni un mísero test
psicotécnico? ¿Nos es esto un poco extraño?”... De todo esta tratamos en nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.
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sábado, 11 de enero de 2020
Imposibilidad del desacuerdo
Muchos se escandalizaban estos días del tono bronco del
debate de investidura. Pero salvo en aquellos que lo tienen por profesión, no
veo yo que haya que escandalizarse de nada. El teatrillo de los aspavientos,
los ataques verbales y los rostros de indignación es táctica habitual de los
regímenes parlamentarios. Como los jugadores de lucha libre, los líderes
políticos escenifican una rivalidad exagerada, no solo para negociar al alza o
captar la atención de votantes y patrocinadores, sino, sobre todo, para disimular
la ausencia real de controversia que entraña el juego democrático.
En
nuestras democracias, más que verdaderos desacuerdos ideológicos, lo que hay es
rivalidad por el poder, que es cosa muy distinta. De hecho, la bronca
exhibición de “principios irrenunciables” y “diferencias insalvables” se activa
especialmente cuando el poder está en juego (investiduras, periodos
electorales) y – cuando no se usa como estrategia de crispación permanente – se
desactiva en periodos de estabilidad.
Ahora
bien, aunque en torno al objetivo del poder los políticos son – como dice la
gente – “todos iguales”, en cuanto a lo que unos y otros pretenden hacer con
ese poder sí que debería haber una verdadera controversia. ¿O no? Veamos.
En primer
lugar, la controversia política es, en nuestras democracias, muy relativa.
Cualquier partido que se haga con el poder y quiera conservarlo necesita el
apoyo electoral de mayorías ideológicamente poco posicionadas y reacias, por
principio, a aventuras políticas. Esto tiende a igualar en la práctica la
política de los partidos (los que tienen acceso al poder; los que no, pueden
fantasear y generar controversias ficticias, en la confianza de que, al menos
de momento, no van a gobernar).
En
segundo lugar, las disputas políticas que se exhiben públicamente son, por lo
general, bastante superficiales. No hay más remedio: lo más importante está ya
decidido de antemano por políticas económicas, equilibrios geopolíticos y
dispositivos de legitimación cultural a gran escala que superan con creces las
capacidades de los cada vez más endeudados, impotentes y culturalmente
desustanciados Estados. De ahí que la controversia político-mediática se
vuelque en debates morales (cuestiones bioéticas, derechos de las minorías,
cuestiones de género…) o simbólicos (identidad nacional, religión, monarquía…)
y no en tratar con profundidad sobre las estructuras productivas y sociales.
Pero, en
tercer lugar, y más aún, la “controversia” – en sentido fuerte – resulta, sea
cual sea, metafísicamente imposible. Las creencias y deseos de la gente,
por distintos que parezcan, o son racionales o no lo son. Si son racionales la
controversia es solo accidental y el acuerdo, tarde o temprano, necesario
(razón, como la madre de uno, no hay más que una). Y si son irracionales,
o lo son por defecto o lo son por principio. Si lo son por defecto – como
cuando somos víctimas de falacias, sesgos o noticias falsas – es de nuevo la
razón la que disuelve la controversia librándonos de engaños y errores; y si lo
son por principio – suponiendo que tal cosa fuera posible – solo cabe la fuerza
para dirimir el conflicto; pero la fuerza no equivale a ninguna controversia,
sino a un simple mecanismo físico (por el que unos presionan o resisten más que
otros, una urna tiene más o menos votos que otra, etc.).
La
controversia es, pues, en nuestras democracias, relativa y superficial
y, en un sentido más amplio, imposible. Pero esto no anula la
diferencia entre fuerzas políticas. Así, las utopías de la izquierda revelan
esa imposibilidad apostando por la educación y el diálogo (que supone y
persigue la resolución lógica de toda controversia), mientras que el realismo
político de la derecha hace lo propio apostando por la fuerza (que es ya puro
mecanismo sin controversia alguna). Ahora bien, esta última y supuesta controversia
teológica entre el teleologismo y optimismo racional de la izquierda, y
el mecanicismo y pesimismo antropológico de la derecha – o, como suele decirse,
entre “convencer” y “vencer” – no puede ser, por lo dicho, menos aparente e
imposible que cualquier otra. Ojalá nos convenza de ello esta nueva
legislatura. (Este artículo fue publicado el 8 de enero de 2020 en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo publicado pulsar aquí)
sábado, 21 de diciembre de 2019
Celebritycracia
Mi amigo el periodista Antonio León suele hablar con nostalgia de La Clave, el programa de coloquios televisivos que dirigió José Luis Balbín durante la transición, una época en la que ir a hablar a la tele era aún una cosa seria. Luego, ya saben, aquellos sesudos debates dieron paso a las tertulias entre periodistas (transmutados en vedettes de la opinión), a simulacros de debate político (en época electoral) y a las paradas de monstruos de la telebasura. Así, la opinión pública dejó de ser “educada”, al menos en parte, por académicos e intelectuales (como los que traía Balbín a su programa) para serlo, del todo, por presentadores, demagogos y famosos, muchos famosos. Es a ellos – actores, cantantes, deportistas… – a los que – sobre cualquier asunto público – se les pregunta y escucha hoy.
¿Qué explica este cambio, nos preguntaba Antonio en la tertulia (de no-famosos) que celebramos los lunes en la radio pública? ¿Cómo es posible que instituciones o acontecimientos, antes rodeados de una solemne gravedad (como la reciente cumbre mundial sobre el clima) sean hoy un espectáculo – entre el photocall y las charlas TED – en el que se exhiben por igual las opiniones de científicos, estadistas y estrellas de cine? ¿Qué autoridad tienen Harrison Ford, Alejandro Sanz o Javier Bardem – por poner algunos ejemplos – para subir a una tribuna a hablar del cambio climático o de cualquier otro asunto público? Ninguna, claro. Pero justo por eso la tienen toda... Sobre todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.
miércoles, 18 de diciembre de 2019
El Joker y los "menas"
A veces les suelto a mis alumnos la típica “filípica de los niños pobres”. Ya saben, aquello de “no sabéis la suerte que tenéis por venir a la escuela en lugar de estar trabajando o malviviendo como otros chicos de vuestra edad”. La moralina es un poco tramposa (“siempre hay algo peor, así que confórmate con lo que se te da”) pero sirve, en ocasiones, para debatir sobre el asunto: ¿por qué algunos niños y adolescente pueden ir a la escuela y otros no?
Para actualizar el tema saco a colación la polémica en torno a los “menas”, los menores inmigrantes que han llegado solos a nuestro país y a los que, desde algunos sectores – siempre fieros con los más débiles – se pretende estigmatizar. ¿Por qué algunos niños disponen de un entorno seguro en el que se les cuida y educa – les pregunto entonces – y otros tiene que emigrar para ganarse – o salvar – la vida?
Una vez confrontados y descalificados los demás motivos anteriores, brota, al fin, el más contundente y emocional: “¡Es que vienen a delinquir!”. Igual que antes, y haciendo caso omiso de los datos que la desmienten, les doy por buena la hipótesis. Vale – les digo –, ¿y qué haríais vosotros en su lugar? Como se quedan callados, les pregunto: ¿Habéis visto Joker? (la superproducción de moda, una buena peli para adolescentes). Pues bien – les cuento – si siendo un niño me hubiera tocado a mí escapar del hambre o la guerra, cruzar solo miles de kilómetros, ser asaltado, acosado, y jugarme la vida en una patera para que, al final, en lugar de cuidarme o ayudarme, se me atacase y tratase como a una escoria... ¡Os juro que a mi lado el Joker iba a parecer una hermanita de la caridad!... “¡Hala, profe, entonces serías malo!” – exclaman –. A veces – les provoco – ser malo parece la única forma de salvar la dignidad y luchar por la justicia. “Pero entonces – repara uno – sí que estaría justificado castigar o expulsar a esos niños”. “¡Con lo que se volverían más rabiosos y malos aún!” – dice otro –. “¡Sería la guerra!” – añade el primero –. Violencia o justicia. ¿Hay alguna otra alternativa? – les pregunto entonces yo –. “Si – dice alguien –: que luchen pacífica y políticamente para cambiar las cosas. Aunque para eso – continua tras un momento de reflexión – tendrían que ir a la escuela, y tener cultura, y papeles, y gente que los apoye, y...” “¡Vamos – le interrumpen –: ser como nosotros!”. Equilicuá, pienso yo, mientras me delata una sonrisa... (De esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí).
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miércoles, 4 de diciembre de 2019
Educar en el diálogo
| Ilustración de Marien Sauceda |
No creo exagerar si afirmo que la casi completa falta de
capacidad para el diálogo – observen cómo se discute en las redes o los medios
– es el mayor y más radical de nuestros problemas. Todos los demás (económicos,
sociales, políticos, ideológicos) podrían empezar a resolverse si nuestros
dirigentes y los que les presionan y apoyan – es decir, nosotros –
desarrolláramos la capacidad necesaria para pensar y comunicarnos de manera
compleja y fructífera.
Sin embargo, y pese a lo dicho, al diálogo no se le presta
apenas atención en el sistema educativo. A los niños se les enseña diaria y
sistemáticamente a leer, escribir, calcular o repetir cientos de tareas
secundarias, pero no a dialogar. Así, se habla de inteligencia verbal,
matemática, musical, social... Pero no de inteligencia dialéctica, que
es la base y la condición de la excelencia de todas las demás...
Sobre todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.
domingo, 1 de diciembre de 2019
Taller de Diálogo Dramatizado en la Universidad Autónoma de Madrid.
No queremos ganar más
No recuerdo quien se quejaba hace tiempo de la falta de
ambición de los jóvenes extremeños, muchos de los cuales – decía – “no
aspiran más que a ser funcionarios”. “No entiendo – añadía – que esos muchachos
no quieran ganar más”. Yo, sin embargo, lo entiendo perfectamente. Lo
que quieren esos chicos no es ganar más, sino disfrutar de un empleo
estable y en condiciones (laborales) que les permitan dedicar el mayor
tiempo posible a su familia, sus amigos, sus placeres y sus aficiones. No
es que sean, pues, poco ambiciosos – diría yo – , es que lo son de lo que
más importa serlo.
Es cierto que a todas horas se nos intenta inculcar un
modelo de vitalidad extraño a todo esto: el del tipo obsesivamente entregado al
trabajo y la producción de beneficios. Así, nos ensalzan una y otra vez a esos
patéticos personajes cuyo único mérito conocido es el de ganar mucho dinero,
como si eso revelara alguna cualidad humana excepcional – y no, tan solo, una
enfermiza pasión por acumular ganancias – , o como si amontonar millones
tuviera algo que ver con disfrutar de una vida digna y feliz. Este repulsivo
imaginario moral – de origen
fundamentalmente anglosajón – se nos ha querido colar hasta las entrañas pero,
ya ven, muchos de nuestros inconformistas chicos, lejos de conformarse con él,
pasan de emular al negociante o al ejecutivo, porque lo que quieren no es más
dinero, sino más tiempo para vivir... De todo esto trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.
miércoles, 27 de noviembre de 2019
Educación pública y filosofía
Debería estar claro a estas alturas que la libertad de los padres para elegir la educación de sus hijos no puede ser irrestricta, sino, además de limitada por las leyes, condicionada por el derecho de los hijos a escoger sus propias opciones morales, religiosas e ideológicas. Este es el verdadero reto: lograr una educación plural y libre para todos, más allá del mercado y del interés y la ideología de unos pocos. La cuestión es cómo.
Una opción – deseable para defensores más serios de la concertada – sería que el Estado financiase todo tipo de proyectos educativos de iniciativa social (mejor que empresarial) procurando fomentar la mayor diversidad posible entre ellos (evitando monopolios ideológicos) y dentro de un marco legal común. Lo malo de esta opción es que produce “guetos” culturales que resulta difícil integrar luego en la comunidad. Por ello, más que ofrecer alternativas educativas y morales en escuelas distintas, se trataría de ofertar esa diversidad en la misma escuela pública. Articular una sociedad plural es difícil sin una experiencia formativa común en la que, a la vez que se oferta todo lo que las familias pueden demandar, se dota a los alumnos de la suficiente capacidad reflexiva, argumentativa y ética para adoptar sus propios valores e ideas y tolerar, críticamente, las de los demás.
Formar en la diversidad, la convivencia y la capacidad para construir un sistema de valores propio son los ingredientes fundamentales de una educación libre y democrática. Algo que requiere de una escuela pública fuerte, bien financiada y al alcance de todos. Pero también de una apuesta decidida por aquellas materias que más directamente fomentan el diálogo, el pensamiento crítico y la autonomía moral; algo que viene al pelo reivindicar hoy, víspera del día con el que la UNESCO recuerda que la Filosofía es la piedra angular de todo sistema educativo que aspire, de verdad, a respetar la pluralidad ideológica.
De todo esto trata nuestra última colaboración el El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.
jueves, 14 de noviembre de 2019
El Vox que nos merecemos
Las circunstancias que a cierto nivel promueven el triunfo
del populismo ultramontano y, a otro nivel, su tránsito al fascismo, son
siempre las mismas – convulsión social y debilidad política – y como tales han
sido cultivadas a conciencia durante los últimos meses y años en nuestro país.
La convulsión social que ha alentado el crecimiento de Vox
es la que se vive en Cataluña. La percepción cierta de que en parte del país
hay una rebelión en marcha, con un gobierno que participa de la misma y que
alienta acciones de insubordinación más o menos violentas – estos días el
bloqueo de la frontera norte del país – sin que haya una reacción firme de
restablecimiento del orden, ha escandalizado a muchos que, sin participar de la
totalidad del ideario de Vox, se ven seducidos por el mensaje populista de
“mano dura” con el independentismo.
De otro lado, si bien la debilidad de los partidos
tradicionales no es ajena a una crisis más estructural de legitimidad, esta se
ha visto acentuada en nuestro país por una serie de decisiones indeciblemente
irresponsables. La bochornosa trifulca por el poder entre los dos principales
partidos de izquierda y el infame gesto de forzar unas elecciones por puro
cálculo partidista – y en circunstancias especialmente convulsas – de un lado,
y la crisis de autoridad de la derecha con respecto a su sector más ultra, por
el otro, han ofrecido una imagen de debilidad e ineficacia del sistema que ha
empujado a muchos – a veces sin otro motivo ideológico más fuerte – a la opción
populista. Esperemos que la alianza – al fin – de la izquierda sirva para
modificar en parte esta percepción... De todo esto y más trata nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.
jueves, 7 de noviembre de 2019
...Y líbranos del juego, amén
viernes, 1 de noviembre de 2019
Profesores guerrilleros
Hay gente que se queja de que los profesores hablen – o
hablemos – de política en clase, porque piensan que, así, adoctrinamos a
los alumnos. ¿Es esto cierto? ¿Se puede y debe hablar de política en las aulas?
Y si es así: ¿cómo hacerlo? ¿Cabe una educación política que no sea
manipuladora, sino liberadora?
Antes de nada hay que aclarar que en las aulas – como en las
casas, las calles, las series de la tele o los conciertos de reguetón – se hace
siempre política aunque no se hable de ella. Que se hace política
quiere decir que se transmiten modelos acerca de lo que es moral y
socialmente justo o legítimo. De hecho, los niños aprenden tanto o más de la
conducta de sus profesores o padres que de sus palabras, o de la forma de actuar
de sus amigos o los personajes que admiran que de la de sus profes y padres, o
de los valores que rezuman las canciones o películas de moda que de cualquier
catecismo o manual de Ciudadanía.
En toda sociedad se educa pues (de forma tribal y en gran medida
irreflexiva) en ciertas ideas o creencias acerca de lo que es y no es
políticamente válido o deseable. ¿Es esto adoctrinamiento? Sin duda. Lo que
pasa es que es “nuestro adoctrinamiento” (el de nuestra cultura, nuestras
creencias, nuestra familia), por lo que nos parece de perlas – si es que no la
transmisión de la Verdad misma – . ¿Y la escuela? ¿Qué papel ha de guardar en
todo esto?... Intentamos responder a estas preguntas en nuestra última colaboración en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.
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