lunes, 29 de junio de 2020
Docentes, currículos y ratios en la nueva ley educativa
Una verdadera reforma en la formación y selección del profesorado, una renovación profunda del currículo, en la que se apueste decididamente por la formación crítica y filosófica, y una apuesta decidida por la bajada de ratios y la educación (presencial) de calidad: estos son los elementos más importantes de una reforma educativa que sueñe con acabar con los índices de fracaso educativo que asolan nuestro país. De esto trata nuestra primera colaboración en El Salto Extremadura. Para leer el artículo completo pulsar aquí.
jueves, 25 de junio de 2020
Filosofar desde niños
Ya saben que anda ultimándose una nueva ley educativa y, con
ello, vuelve el debate en torno a qué materias y contenidos han de conformar, y
en qué medida, el nuevo currículo. ¿Qué debemos enseñar a los alumnos? El
asunto es complejo. Pero hay una serie de principios que parecen, en esto,
difíciles de refutar. Veamos.
En primer lugar, la educación no puede consistir en simple
transmisión de información (algo que está ya, por doquier, al alcance de todos)
sino, más aún, en capacitar para el análisis y la valoración crítica de la
misma. En segundo lugar, la educación ha de aunar lo teórico y lo práctico,
tanto en los contenidos como en el modo de enseñarlos y aprenderlos, y con lo
práctico no solo me refiero al conocimiento técnico, sino también a la moral (no
basta con formar para ejercer una profesión, también es necesario hacerlo para
ejercer una ciudadanía libre y responsable). En tercer lugar, una educación a
la altura de los tiempos ha de promover la relación entre disciplinas, lo cual
no equivale a confundirlas, sino a comprenderlas desde un enfoque más amplio y
profundo de lo que son el saber y la ciencia, sus métodos, supuestos y fines.
Finalmente, se impone partir de una concepción multidimensional del ser humano,
al que resulta imposible educar plenamente sin atender esos otros aspectos
suyos (la voluntad, las emociones, la sensibilidad, la sexualidad, la aptitud
física…) que no se dejan reducir a lo puramente cognoscitivo (de ahí el sentido
de la educación moral, estética, artística, física, etc.).
Ahora bien, estos cuatro principios enunciados coinciden con
precisión con los de la enseñanza de la filosofía, un saber que (1) tiene como
objetivo específico la reflexión en torno al modo de categorizar y valorar la
información que recibimos acerca de la realidad, (2) posee una naturaleza
teórico-práctica – en tanto nos mueve a pensar radicalmente el mundo a la vez
que a plantearnos cómo debemos vivir y convivir en él –, (3) se empeña en
descubrir la relación entre las ideas y ámbitos de conocimiento desde una
perspectiva integradora y crítica, y (4) promueve una comprensión global de lo
que es (y debe ser) el ser humano.
Ningún otro saber o ciencia se ocupa de investigar
racionalmente lo que es la realidad en su conjunto (las ciencias particulares
solo se ocupan de determinadas parcelas del mundo sensible), ni de tratar con
los valores o ideales de bondad, justicia o belleza (los valores no son hechos
sujetos a observación científica), ni de conocer lo que son el conocimiento
mismo y la verdad (no hay una “ciencia de la ciencia” más allá de la propia
filosofía), ni tampoco de concebir una idea unitaria e integradora de lo que es
en sí el ser humano.
Es esta filosofía – consecuente – de la educación la que
alienta la insistencia en librar a la nueva ley del recurrente error de reducir
la presencia de la filosofía en la educación secundaria. Es cierto que esta
materia necesita – como todas – de una profunda renovación, sobre todo en el
bachillerato (para que deje de ser un vetusto catálogo de textos y autores),
pero no lo es menos que es la única que permite dotar de un espacio curricular
específico a la reflexión y el diálogo racional en torno a todo lo que, en la
escuela o fuera de ella, y ya sea por dogmatismo, urgencia o inconsciencia, se
nos imbuye de modo parcial o totalmente acrítico.
Y esta necesidad de educar la competencia filosófica no solo
se da en educación secundaria, sino también en primaria. Hace poco, las
asociaciones de Filosofía para Niños de toda España lanzaban un
manifiesto en pro de la educación de los más pequeños en el diálogo y el
pensamiento filosófico; un viejo proyecto fundado en la evidencia de que los
niños también piensan, dialogan con los demás y consigo mismos, se hacen preguntas,
buscan argumentos convincentes o experimentan conflictos morales, y que solo
desde ese afán espontáneo y entusiasta por el saber, presente en la naturaleza
humana desde la infancia, se pueden construir dinámicas educativas
(científicas, morales, artísticas…) que no sean un mero simulacro o un simple
adiestramiento forzado.
Para educarse como personas conviene, en fin, filosofar
desde niños.
Este artículo fue publicado en El Periódico Extremadura. Para leeer el artículo en prensa pulsar aquí.
viernes, 19 de junio de 2020
Libros de texto y ratios.
Entre muchos otros maravillosos, tengo dos recuerdos
desagradables de mis comienzos como profesor de secundaria, hace ya veinte
años, lo cual no es nada, o casi (y no solo porque lo diga el tango).
El primero tiene que ver con los libros de texto, algo que,
fiel al dicho de que cada maestrillo tiene los suyos, nunca me dio por usar con
los alumnos (aunque los hay excelentes y los suelo recomendar como material de
consulta). Por aquel entonces, sin embargo, era norma no escrita el obligar a
comprarlos y usarlos. Se establecían cada pocos años, y al olor del negocio
(que no era poco) acudían decenas de comerciales a engatusar a los jefes de
departamento con sus propuestas. Me dio tanta rabia que me obligaran a usar uno
de ellos, mediocre, además, como pocos, y sin la más mínima justificación
didáctica al respecto – aunque el vendedor, eso sí, representante de una
poderosa editorial, sabía ser muy persuasivo –, que me planté. El escándalo que
se armó fue notable, pero sirvió al menos de algo: a los pocos meses decidimos
suprimir la obligatoriedad de los libros de texto, al menos en nuestro
departamento.
Pocos años después de esto – y de modo ejemplar en nuestra
comunidad – comenzó el proceso de digitalización educativa. Se instalaron
ordenadores en las aulas y se implantó una plataforma de gestión, todo ello a
través de sistemas de software libre. Desde entonces, muchos profesores han
creado y compartido innovadores recursos didácticos digitales (webs, blogs,
aplicaciones, libros y otros proyectos colaborativos), muchos de los cuales
constituyen una alternativa perfecta al libro de texto tradicional que, además
de didácticamente obsoleto, es mucho más caro y menos ecológico (y eso a pesar
del esfuerzo de reciclaje por parte de los bancos de libros de los centros).
El segundo recuerdo desagradable que tengo de mis comienzos
en la docencia es el de las aulas atestadas de alumnos. Siempre supe que educar
es una tarea compleja y exigente. Pero lo que las aulas de treinta chicos
y chicas de entre doce a dieciséis años me enseñaron es que a veces era también
imposible. Los trámites burocráticos, la necesidad de mantener el ambiente
adecuado en clase, o el trabajo con ciertos alumnos especialmente demandantes de
atención (desmotivados, hiperactivos, repetidores, víctimas de acoso,
acosadores, chicos con problemas de aprendizaje, superdotados…) ocupaban casi
todo mi tiempo, ralentizando la marcha del curso y obligándome a descuidar al
resto.
Es curioso, pero hay gente que aún cree que dar clase
consiste en dictar una especie de conferencia a treinta alumnos silenciosos que
toman apuntes sentados en sus bancas. Pues no: hace mucho que contamos con una
idea distinta y mucho más precisa de lo que significa educar y aprender. Los
profesores, haciendo un poco de todo (de expertos en su materia, pedagogos,
actores, comunicadores, animadores culturales, tutores, psicólogos, asistentes
sociales, mediadores familiares y no sé cuántas cosas más), intentamos hoy
preparar nuestras cuatro o cinco “funciones” diarias (ante un público inmaduro
y no siempre bien dispuesto) no solo para implicar al grupo en actividades de
lo más variado, sino también para interactuar con cada alumno individual.
Sabemos que cada chico o chica es un mundo que requiere de estímulos,
actividades y hasta de formas de tratamiento y comunicación diferentes. Por
eso, para educar de verdad, los docentes necesitamos imperiosamente la
reducción de ratios, esto es: trabajar con grupos más reducidos de alumnos.
¿Y por qué les cuento hoy esto? Como saben, nuestro país
está a la cabeza de Europa en fracaso educativo. Por ello, y en buena lógica,
el gobierno ha decidido invertir miles de millones en educación. Ahora
pregúntense conmigo en qué debemos gastar prioritariamente esos fondos. ¿En sufragar
el coste de los libros de texto (habiendo maneras más eficientes y baratas de
dotar a los alumnos de material didáctico), o en contratar docentes para bajar
las ratios y que, así, todos los alumnos – también sus hijos – pueden estar
convenientemente atendidos? Piénsenlo y, cuando acaben, díganselo, por favor, a
sus representantes políticos.
Este artículo fue publicado originalmente en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo en prensa pulsar aquí.
jueves, 11 de junio de 2020
¿Para qué sirven un profesor y un aula?
Políticos y expertos repiten con insistencia que la
educación on-line (lo que hemos estado haciendo profesores y alumnos
durante la cuarentena) “ha llegado para quedarse”. ¿Qué querrán decir? ¿Qué
jamás superaremos esta pandemia? No creo. ¿Qué hay que digitalizar la
educación? Tampoco: los centros ya están más que informatizados (ordenadores
por doquier, pizarras digitales, plataformas educativas…). ¿Entonces?
Da vértigo pensarlo. Pero sospecho que a algunos les
encantaría que profesores y alumnos continuáramos enseñando y aprendiendo
regularmente desde casa. Al menos parcialmente, para algunos niveles o
materias. No va a pasar mañana, pero… ¿Se figuran cuántas aulas o centros
podrían cerrarse? Calculen el dinero que recobraría el Estado liberando
terrenos y dejando de pagar transportes, comedores, mantenimiento y, sobre todo,
personal. ¿Se imaginan a cuántos alumnos
se podría enseñar a la vez con unos buenos recursos digitales (vídeos,
tutoriales interactivos, juegos...) y un profesor conectado en alguna parte
para resolver dudas? ¿Cien, quinientos, mil?
Se impone el teletrabajo, el comercio por internet, la
teleasistencia. ¿Por qué no también la educación telemática, al menos en la
enseñanza pública (“quien quiera presencialidad que lo pague”, se diría por
ahí)? Imaginen un día de clase en alguna nueva normalidad lejana: el alumno
enciende su portátil y recibe, sucesivamente, un tutorial autoevaluable
con la lección de matemáticas, un espectacular documental didáctico sobre
historia, la sesión práctica de inglés (con chat abierto a hablantes nativos de
todo el mundo) y, para acabar, un divertido videojuego para hacer ejercicio… La
necesidad de dotar a los alumnos de equipos, conexión y otros materiales
generaría, además, suculentos contratos para las empresas del sector y, en
comparación con lo que cuesta la enseñanza presencial, no supondría más que
calderilla presupuestaria para el Estado. Bien, ¿qué más hace falta? Al fin y
al cabo, ¿para qué sirven un profesor o un aula, ahora que todo puede saberse
apretando un botón desde cualquier lugar del mundo?
En un viejo artículo, Umberto Eco respondía hace años a la
primera de estas preguntas. Frente al “todo está en internet” un profesor sirve
– decía el humanista italiano – para enseñar a analizar, categorizar y valorar
el torrente caótico de información que proporcionan medios y redes, para
relacionar ideas, examinar supuestos, buscar causas últimas y, sobre todo, para
dialogar argumentativamente con sus pupilos en torno a todo esto. De otro lado
– añadiría yo – el profesor puede ser un referente personal y moral
insustituible para sus alumnos (hagan memoria y verán como lo que más recuerdan
de sus maestros es la forma de ser y estar que mostraban en clase).
Ahora bien, el entorno virtual generado por las redes ha
cambiado mucho desde que Eco escribió ese artículo. Ahora por internet también
se puede dialogar y mantener un cierto contacto personal. ¿Entonces? Repetimos
¿Para qué sirve hoy un profesor en un aula? Más allá de cursilerías en
torno a la “mirada” del alumno o la presencia “aurática” del profesor (¡cómo si
todo esto no pudiera darse también en la pantalla!), la inmediatez física de la
comunicación en el aula supone ventajas aún inasequibles a la interacción
digital.
Una de ellas es la de esa sociabilidad invasiva y espontánea
que obliga a nuestro narcisismo congénito a tolerar y negociar (y, por el
camino, aprender) con la particularidad del otro – un “otro” al que resulta tan
fácil bloquear o eliminar en el entorno virtual –. El aula (como cualquier otro
foro físico y público) representa un resquicio de convivencia descentrada con
respecto al “yo”, un lugar más pleno de comunidad y de realidad en el que aún
podemos contrastar el mundo de la pantalla con todo lo que queda delante o
detrás de él.
Si un profesor sirve para perderte (tentándote con el
fruto prohibido del conocimiento), un aula sirve para buscarte en el
encuentro pleno con la otredad de un mundo necesariamente extraño y
desafiante. En esa trama de extravíos y encuentros está todo el jugo de la vida.
Y ojo que tal vez no haya desde donde hacer un tutorial al respecto.
Este artículo fue originalmente publicado en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo original pulsar aquí.
viernes, 5 de junio de 2020
¿Por qué no recortar en educación?
Esta crisis económica la vamos a pagar todos, con las
distinciones habituales. Pagarán más los que menos tienen, los que viven de las
migajas de otros, los que van a perder su empleo, los que van a ver congelado o
reducido su salario. Pero, sobre todo, la van a pagar los más jóvenes, tanto
aquellos a los que se les desvanece – otra vez – la esperanza de lograr un
trabajo digno, como aquellos que, fuera de las aulas desde hace meses, aún no
saben – en todos los sentidos – la que les espera.
Por eso, si bien hay que ocuparse de la salud y el bienestar
de todos, hay que atender, especialmente, a la educación de esos jóvenes. De lo
primero depende la subsistencia, pero de lo segundo depende el futuro (también
el de la subsistencia). Como ha dicho recientemente la ministra de Educación,
si queremos erradicar la pobreza de nuestro país y tener un rol protagonista
frente a los cambios que se avecinan (y hay que emprender), tenemos, justo
ahora, que invertir en educación.
La ministra no anda desencaminada. Sabe que los recortes
educativos de 2008 (más de un punto del PIB y miles de profesores a la calle)
nos han llevado en diez años a la cola de Europa en gasto educativo y,
correlativamente, a la cabeza en porcentaje de fracaso escolar (con Extremadura
entre los primeros del pelotón). El fracaso o abandono escolar temprano de más
del 20% de los alumnos (el doble de la media europea) implica más trabajadores
sin cualificación, una ciudadanía más inmadura y personas peor formadas; esto
es: más pobreza, en todos los sentidos posibles del término.
¿Y es realmente tan necesaria la inversión en educación para
reducir el fracaso o abandono escolar? Lo es. Si se invierte más se pueden
contratar más profesores. Si hay más profesores hay mejores ratios (menos alumnos
por profesor, como en Europa). Si hay mejores ratios la educación
individualizada y de calidad empezará por vez primera a ser un hecho. Si la
educación individualizada y de calidad empieza a ser un hecho, los profesores
experimentarán también su trabajo de manera más grata, tendrán más tiempo y
energía para formarse, y se generará un espléndido círculo virtuoso con que
salir del agujero en el que estamos metidos.
No es el cuento de la lechera. Es obvio que no basta con
mejores ratios y un número sensato de horas lectivas, y que harán falta también
una profunda renovación curricular y pedagógica, un sistema más exigente de
formación y selección de docentes y, si no es mucho pedir, una ley educativa
que dure más de dos legislaturas. Pero todo a su tiempo. Lo que es inconcebible
ahora – tal como dice la ministra – es hacer recortes – tal como dispone
nuestra Consejería de Educación – , esto es: recortar plantillas (más de 500
maestros y profesores, acrecentando de paso el problema del paro), ampliar las
ratios al máximo legal permitido (aumentando el riesgo de contagio mientras
dure la pandemia) e incrementar el número de horas lectivas (multiplicando el
trabajo, que el próximo curso tendrá muy probablemente que ser presencial y
virtual al mismo tiempo) para suprimir gastos.
Es inconcebible porque, además de todo lo dicho, supone
concebir la educación como si fuera una empresa (en la que se pudieran cerrar
centros deficitarios, despedir al personal o digitalizar los servicios para
reducir costes – no quiero dar ideas, pero ¿se imaginan el gigantesco ahorro
para las arcas públicas, y el más gigantesco negocio aún para ciertas empresas,
si la “tele-educación” hubiera venido para quedarse? – ). Pero una
escuela de calidad no es una empresa, sino un bien público al servicio de todos
(y no solo de los que puedan pagar un colegio privado con educación presencial
y ratios de 15 alumnos), por eso no debe gestionarse como una empresa, ni
educar a la gente a distancia, ni en masa, ni a destajo…
Sin una buena educación pública seremos, en fin, más
pobres – en todos los sentidos – y estaremos, como sociedad, menos
cohesionados. Por eso es impensable plantear nuevos recortes educativos. Y aquí
menos que en ningún sitio. Inviertan, pues, en educación. En educadores. Y si no
hay dinero, búsquenlo. O exíjanlo, como hacen otros. Es de cajón. Es
imprescindible. Y es justo.
Este artículo fue originalmente publicado en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo original pulsar aquí.
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viernes, 29 de mayo de 2020
El no-lugar de la ciudadanía
Un asunto capital en una democracia es la manera en que se
genera y modula la opinión pública y, por tanto, la voluntad de la ciudadanía.
Dado que en teoría el ciudadano es el que manda (junto a las leyes que él mismo
se da, y ciertos principios y procedimientos fundamentales), importa garantizar
la “calidad” del proceso por el que aquel forma sus propios juicios. Así, surge
una pregunta siempre candente para los filósofos: ¿qué hay que hacer para
que las opiniones que se generan y difunden entre la ciudadanía sean tan justas
y objetivas como puedan ser?
Según algunos (vamos a llamarlos “liberales ortodoxos”), no
hay que hacer nada. Que la gente tenga opiniones “justas y objetivas” resulta,
incluso, quimérico. Los ciudadanos – dicen – no tienen habitualmente razones
objetivas (¿existe tal cosa?), sino deseos e intereses particulares (a los que
su razón sirve, a lo más, de justificación o instrumento). La legitimidad
democrática no depende, pues, de cómo de bien informada o argumentada esté la
opinión pública, sino solo de garantizar que cada opinión pueda expresarse
libre y proporcionalmente (según sea su poder) para que, finalmente, “gane” la
que concite más apoyos.
Según otros (antítesis de los anteriores), las ideas
objetivas sobre lo Justo sí que existen: son, precisamente, las suyas
propias. Y si parte de los ciudadanos no las reconocen es por falta de
educación, de conciencia de clase, de madurez política, o porque, en el estado
de alienación en el que viven, se dejan manipular (por el “sistema”, el “enemigo”,
los “poderosos”) ¿Qué habría que hacer entonces? La respuesta, para estos
(vamos a llamarlos “estatalistas dogmáticos”), consiste en “reeducar” a la
ciudadanía en los valores e ideas adecuadas.
Finalmente, entre ambos extremos, están aquellos que creen –
que creemos – que en un contexto democrático no debe haber demasiadas ideas a
priori acerca de lo que es Justo, pero sí el hábito de aproximarnos
permanentemente a ellas mediante el debate público. Sin una idea común de justicia no hay
comunidad; pero sin espacios en los que la ciudadanía sea quien delibere y
determine cuál pueda ser esa idea común, dicha comunidad no puede ser
democrática.
Ahora bien, ¿dónde y cuándo podría existir hoy esa escena
deliberativa en la que los ciudadanos pueden formarse – y no solo expresar – su
propia opinión sobre lo que es justo de forma libre y autónoma, esto es, de
manera racional, crítica, dando y recibiendo argumentos en un diálogo
constante, franco y abierto con los demás? Es claro que ese espacio de debate no es el de las
instituciones representativas, al menos en tanto estas no estén ocupadas por
ciudadanos (hay fórmulas para ello), en lugar de por los cuadros de los
partidos. Tampoco los partidos, o los grandes medios de comunicación,
consagrados ambos a la lucha por el poder, son el lugar para otros debates que
no sean los puramente estratégicos. ¿Entonces?
El de “sociedad civil” es un concepto en decadencia. Nadie
cree que en los “lobbies”, los “think tanks” o los sindicatos se debata de
forma abierta y desinteresada acerca del bien común; como tampoco que las ONG,
las pequeñas asociaciones o el mundo de la cultura tengan un peso relevante en
la opinión pública (salvo cuando se acogen a la financiación gubernamental o el
apoyo de los grandes medios). El resto son las infinitas pistas del circo de
las redes sociales, en las que el debate, si lo hay, está sujeto al control e
interés de sus dueños (las compañías tecnológicas y sus clientes).
¿Y la educación? Tampoco. El enfoque pragmático y
productivista al que se ve, cada vez más, sujeta, apenas deja sitio, ni en las
aulas ni fuera de ellas, para el debate político, ético o filosófico
(sustituido, a lo sumo, por la retórica de la educación en valores).
La conclusión es tajante. Los ciudadanos no tenemos hoy más
lugar en que ejercer nuestra soberanía que las urnas y las redes sociales; lo
que equivale a sustituir el debate público por la simple expresión de los
intereses subjetivos y los arrebatos dogmáticos. Ahora bien: si el juicio
maduro y autónomo de la ciudadanía no tiene lugar, tampoco la democracia puede
ser otra cosa que pura ficción.
jueves, 21 de mayo de 2020
El diablo en la dehesa
A veces, la Historia escribe derecho con renglones torcidos:
siglos de injusticia y pobreza, y un mínimo desarrollo industrial, han hecho
que nuestra tierra sea hoy una de las regiones más verdes y hermosas de Europa.
Sus dehesas interminables y llenas de vida, sus recónditas aldeas y el
riquísimo patrimonio arqueológico y cultural que alberga, la convierten en uno
de los lugares más atractivos y con más futuro medioambiental del país. Tener
la oportunidad, a pocos minutos o kilómetros de tu casa, de atravesar un bosque
centenario, admirar un dolmen neolítico, contemplar el vuelo de las grullas o,
simplemente, respirar aire puro, son privilegios que en otros lugares – con
rentas más altas – solo se disfrutan en circunstancias excepcionales,
vacaciones o, con suerte y dinero, tras la jubilación.
Aunque solo sea en esto, los extremeños hemos tenido suerte.
Si esta región hubiera sido un polo industrial o estuviera más cerca de la
costa o las grandes capitales, buena parte de todo ese patrimonio natural y cultural
habría sido destrozado y malvendido, y viviríamos, como casi todo el mundo,
rodeados de autovías atestadas, fábricas, pueblos dormitorio, urbanizaciones y
enormes polígonos comerciales en los que creernos nuevos ricos para endeudarnos
en no menos nuevas formas de indigencia.
Así que, ya ven: los extremeños somos, quizá, más pobres
(según con quién se compare uno), pero no vivimos en la miseria. Aunque sí
tentados, una y otra vez, por aquellos que quieren vendérnosla bajo el
envoltorio del “desarrollo”. Como el diablo en el paraíso bíblico – en un
paraíso con forma de dehesa – , comerciales y gerentes de grandes empresas
foráneas descienden sibilina y regularmente a los despachos de los políticos
con su pintoresca oferta de inversiones y negocios: fantasmagóricos casinos en
mitad del campo, minas milagrosas o, el último grito: decenas de gigantescas
plantas fotovoltaicas (las-mayores-de-Europa, oiga) para seguir siendo el coto
energético del país a costa de arruinar el paisaje y trocar campos de cultivo y
pastoreo en kilométricos y mudos desiertos de silicio.
Todo esto se torna más alarmante aún al comprobar cómo en
otras comunidades, y con el pretexto de la crisis que se nos viene encima, se
relajan o eliminan trámites y controles ambientales. Cambien también aquí unos
pocos votos y verán cómo, en lugar de dehesas, tendremos más megaplantas
fotovoltaicas aún o, como en Andalucía o Murcia, nuevos y megalomaníacos
proyectos urbanísticos. Dirán que ponemos la venda antes de la herida, pero
mucho me temo que en este país no hemos aprendido, que seguimos empeñados en
arreglarlo todo trasegando cemento y ladrillos, o esperando, como los aldeanos
de aquella película de Berlanga, la llegada de una rutilante multinacional que
nos llene los bolsillos de dinero fácil.
Más valdría que, en lugar de todo esto, peleáramos por
defender unos precios agrícolas dignos que vuelvan a hacer rentable el campo
extremeño, que cuidáramos de nuestras pequeñas y medianas empresas o que, de
manera más ambiciosa, y como proponía un reciente estudio de la UEX,
exigiéramos una contraprestación a los beneficios que proporciona nuestra
inmensa riqueza forestal: si, tal como reza dicho estudio, nuestros 630
millones de árboles absorben un CO2 equivalente a las emisiones de todos los
coches que circulan por Europa, ¿por qué no habríamos de exigir un justo pago
por ello?
Piénsenlo. Nuestra tierra no da dinero como un casino, ni
tasas como una multinacional dadivosa, pero es rica en vida como pocas.
Gocemos, preservemos y démosle el incalculable valor que tiene. No nos vaya a
pasar como al pescador de la fábula. Ya saben, aquel al que tentaba un astuto
coach para que abandonara su sencillo modo de vida, multiplicara sin tino su
producción, y trabajara día y noche para, con el dinero que ganara, poder vivir
justo… como había vivido siempre: con tiempo, sosiego y en un lugar donde, en
pocos minutos o kilómetros, se puede atravesar un bosque centenario, admirar un
dolmen neolítico, contemplar el vuelo de las grullas o, simplemente, respirar
aire puro.
Este artículo fue originalmente publicado en El Periódico de Extremadura. Para leer el artículo original pulse aquí.
jueves, 14 de mayo de 2020
Comeréis huevos
Recuerdo, hace años, a una compañera quejarse amargamente de que los alumnos le reprocharan la misma impuntualidad que les recriminaba habitualmente a ellos. “¡Habrase visto – contaba indignada –, decidme que yo también llego tarde! ¿Y qué tendrá eso que ver? ¡Pues os aguantáis – contó que les dijo a los alumnos –: cuando seáis padres, ya comeréis huevos!”. Me acuerdo de la castiza naturalidad con que lanzó esta especie de proclama supremacista de los huevos y de la sonrisa, igualmente espontánea, de los colegas allí presentes…
Lo cierto es que la escena no tenía nada de asombroso. El prejuicio cuartelero de que la veteranía es fuente incontestable de privilegios – por arbitrarios que estos sean – es común no solo en las aulas, sino en casi todos los ámbitos sociales y profesionales. Así, se supone que los empleados más jóvenes, los docentes primerizos, los médicos en prácticas, los reclutas recién llegados, etc., han de realizar las tareas más ingratas (y, a veces, difíciles), trabajar más, cobrar menos, y someterse sin chistar a los hábitos, órdenes y caprichos de los colegas de mayor edad (y no siempre de más categoría o mérito). Este dogma es parte de una vieja estructura “gerontocrática” de dominación que está presente (entremezclada con otras como la clase social, el género o la profesión) en casi todas las culturas, y cuyo éxito se debe, en gran medida, a un “contrato generacional” implícito: aquel que asegura a los más jóvenes que su entrega y sumisión se verán recompensadas, tras un número prudente de años, con el ascenso a la misma posición de privilegio que disfrutan los adultos (esos que ya “comen huevos”).
Ahora bien, ¿qué pasa si ese acuerdo generacional se rompe? Desde hace decenios, crisis tras crisis, nuestros jóvenes tienen cada vez más claro que, salvo excepciones, van a vivir peor que sus mayores, y que aquellos logros (un trabajo estable, una casa propia, reunir cierto patrimonio) que antaño se tenían por una compensación natural a muchos años de esfuerzo, son, hoy por hoy, poco menos que un milagro. El pacto intergeneracional se está resquebrajando con la misma rapidez que aquellos otros mecanismos – el estado de bienestar, la prosperidad de las clases medias, el prestigio de la educación pública… – que garantizaban un nivel mínimo de cohesión social y conformidad en torno a un sistema productivo en sí mismo poco o nada igualitario.
Y bien, ¿qué se puede y debe hacer ahora? Lo primero, evitar las promesas. Augurar que “en algún momento” la reactivación económica precisará de estos jóvenes (que ya no lo serán tanto) tan exquisitamente formados y acostumbrados a acostumbrarse a todo, no les vale de nada a personas que ven, día tras día, como se esfuma la posibilidad real de realizar sus proyectos laborales y personales. Se impone, pues, un “sacrificio” por parte de las generaciones y clases mejor situadas; no solo por puro sentido de la solidaridad y la justicia, sino también por interés en la estabilidad del sistema que sostiene sus propios privilegios. Una política fiscal y social decidida y de dimensiones europeas (ingreso mínimo, regularización del empleo temporal, reparto del trabajo, control del precio de los alquileres, inversión en educación pública, becas, rentas por natalidad…) es lo menos que merecerían estos jóvenes, víctimas del incumplimiento del “contrato generacional”.
Por descontado que a ellos también habría que exigirles algo. No ya formación profesional o “resiliencia” (de ambas cosas andan sobrados), sino compromiso crítico y movilización política, algo imprescindible para salir del atolladero. Y eso que también ahí parece que están dando el callo. Recientes estudios muestran que los jóvenes están cada vez más interesados en política (lo cual no quiere decir en la política tradicional o de partidos – no hay más que recordar el 15-M –). Y las facultades de filosofía están llenas a rebosar, ofreciendo, algunas, grados nuevos y prometedores, como el de Filosofía, Política y Economía, que estudian ya varios de mis exalumnos. Tengo confianza en ellos. No para que esperen su turno de “comer huevos”, sino para que sepan cómo hacer para que podamos comerlos todos.
Este artículo fue originalmente publicado en El Periódico Extremadura, para leer la versión impresa pulsar aquí.
jueves, 7 de mayo de 2020
Hacernos (los) suecos
Se debate estos días sobre la
idoneidad del modelo de confinamiento punitivo y duro que ha adoptado el
gobierno español para afrontar la pandemia, en comparación con el de aquellos
otros países que, en menor o mayor grado – desde Portugal al caso extremo de
Suecia – han optado por un confinamiento más laxo y por apelar al sentido de
responsabilidad de sus ciudadanos. ¿Se ha hecho lo correcto en nuestro país?
Más allá de cuestiones
estrictamente epidemiológicas o éticas, uno de los argumentos de los defensores
del “modelo duro” es el de la presunta y “proverbial” indisciplina de los
españoles con respecto a las normas, motivo por el cual – dicen – se hacía
necesario legislar con severidad, amenazar con cuantiosas multas o hacer
aparecer a la policía y el ejército diariamente en la televisión pública.
¿Pero es esto cierto? ¿Somos
así de indisciplinados los españoles? ¿Se puede hablar, siquiera, y con un
mínimo de rigor, de un modo “español” de ser? ¿Y, si lo hubiera, debería tal
cosa llegar a determinar nuestra forma de gobernarnos? Veamos.
Sobre la presunta
idiosincrasia hispánica no sabe uno con qué fuente de conocimientos
empezar a trabajar: si con la literatura costumbrista del XIX, la sociología
recreativa de columnistas y tertulianos o, directamente, con los chistes de
Arévalo. Dado que los prejuicios ayudan poco a la reflexión (más bien la
sustituyen), me limitaré a constatar lo que me parece más prudente y obvio: que
no hay ninguna manera “española” de ser” (como tampoco la hay sueca, alemana o
palentina). Lo que hay, siempre, es una enorme variedad de conductas y personas
relacionadas en complejas redes sociales (culturales, de género, de clase, de
edad…) que difícilmente permiten hacer generalización moral alguna. Es, desde
luego, indudable que cada país (y pueblo, y barrio, y club, y grupo de amigos…)
tiene costumbres y tradiciones, o miembros más o menos responsables, pero nada
que no sea modulable o que legitime poner en cuarentena los principios
democráticos.
Y hablo de tales principios
porque me parece incongruente mantener convicciones democráticas y, a la vez,
pensar que los ciudadanos son incapaces de actuar con la responsabilidad y la
autoridad política que les adscribe, por principio, la democracia. Si uno cree
de verdad que “sin mano dura somos ingobernables”, lo suyo es apostar por un
estado despótico. De hecho, el tufo a paternalismo (y a su complemento
clientelista) que desprenden a menudo nuestros hábitos políticos – y en esto
los ciudadanos son tan responsables o más que los gobernantes, a los que, sin
embargo, se les echa puerilmente la culpa de todo – podría confirmar la
inmadurez política de la ciudadanía y la necesidad de que se la gobierne en
todo.
Ahora bien, incluso aceptando
el supuesto de que seamos un país aún inmaduro para el autogobierno
democrático, y de que, por tanto, nos “convenga” una cierta tutela despótica,
tendríamos que preguntarnos si la estrategia educativa que permitimos –
y pedimos – a nuestros ilustrados y déspotas tutores es o no la adecuada. ¿Se
fomenta el uso maduro y responsable de la libertad en los ciudadanos negándoles
el ejercicio de esa misma responsabilidad? Educar “para” la autonomía es educar
“en” la autonomía. La experiencia y la lógica enseñan que, si tratas a las
personas como a niños díscolos a los que hay que estar continuamente vigilando,
acaban por comportarse como tales. La coacción y el reglamentarismo producen
tantos pícaros e hipócritas como borregos, es decir, de todo menos ciudadanos.
Aunque claro, también puede ser que, como afirman los más pesimistas, la gente
no tenga la intención de cargar con ese pesado fardo que son la libertad y la
ciudadanía
Pues lo siento (y me alegro):
si queremos vivir en una sociedad libre y democrática no hay más remedio que
permitir que los ciudadanos decidamos y actuemos, en todo, bajo nuestra propia
responsabilidad. Y arriesgarnos en ello a muerte. Como hacen los suecos y en
lugar de “hacernos el sueco”, cosa esta que, en el fondo, no parece más que una
pataleta adolescente o un mal remedo de la autonomía que se nos niega y que,
tal vez, no nos apetezca tampoco tomarnos demasiado en serio. ¿O sí?
jueves, 30 de abril de 2020
Pandemia y política de lo común
Cuando Margaret Thatcher – siguiendo la recia tradición
nominalista de los filósofos británicos – dijo aquello de que “no existe la
sociedad, sino solo (el esfuerzo de) los individuos”, olvidaba que aquello con
que emitía su proclama ultraliberal, y la proclama misma, pertenecían sin
remedio a la esfera de lo social y lo común – desde lo común a la especie de su
cerebro a lo común del lenguaje y las ideas desde las que hablaba –.
Un poco antes, el filósofo John Rawls especulaba con la
irrelevancia de la noción de “mérito”: poseer o no poseer las capacidades y
recursos que determinada sociedad valora – decía –, incluyendo la voluntad para
lograrlos, no depende tanto del esfuerzo individual como del azar natural y el
entorno sociocultural al que se pertenece. Según Rawls, una sociedad justa –
incluso en términos liberales – ha de compensar esas desigualdades inmerecidas
revirtiendo a la comunidad el fruto del trabajo y el talento de los más
afortunados.
Desde hace años prende el discurso en torno a la vieja
noción de lo común (Christian Laval y Pierre Dardot), una noción que cuestiona
los fundamentos filosóficos, jurídicos y económicos del capitalismo y la
propiedad privada. El discurso – una vez se le desnuda de sus vertientes
sectarias – es sencillo: todo aquello que interesa de modo imperioso a todos, y
en torno a lo cual se articulan las prácticas comunitarias más fundamentales,
no puede estar al servicio del interés particular de nadie. A todos nos interesa
igualmente comer, beber, respirar, desplazarnos, disponer de un techo,
comunicarnos, estar sanos y educar y desarrollar nuestro talento; así que la
tierra, el agua, el medio ambiente, la energía, la vivienda, el acceso a los
medios de comunicación, a la salud, a la educación y al trabajo no son cosas
que se deban dejar exclusivamente en manos de un mercado que ha transgredido
insistentemente todo marco de referencia político y comunitario.
Estas tres consideraciones – la naturaleza social del
individuo, el carácter mítico de la idea de “mérito” y la necesidad de
gestionar en común lo común – deberían estar más claras en situaciones en las que -- como esta que vivimos ahora -- redescubrimos con nitidez nuestra dependencia con respecto a los demás, la vulnerabilidad colectiva ante un virus que no hace distinciones
individuales, y la necesidad de un denodado esfuerzo comunitario para salir con
bien de la que se nos avecina. Esto último es importante. Un esfuerzo de tal
magnitud precisa de una gran confianza en el valor y sentido de la comunidad,
algo que se fortalece gestionando juntos aquello que nos importa a todos: la
energía, los recursos básicos, el empleo, la vivienda, la salud, la educación,
la investigación e incluso el software – no debería poder ser, por ejemplo, que
las redes que nos permiten comunicarnos (o educar o administrar justicia…), o
los programas de investigación de los que depende la salud de todos, estén,
como ahora mismo están, en manos de corporaciones privadas – .
¿Qué esto es una forma de socialismo o comunismo elemental?
Tal vez ¿Y qué? Las críticas al comunismo suelen centrarse en su ineficacia o
impracticabilidad (es demasiado bueno para nosotros, pecadores y codiciosos
como somos, decían ya los teólogos cristianos) y a la violencia, brutal, con
que ha intentado históricamente imponerse. ¿Pero podría ser que las cosas
cambiasen? ¿Que empezáramos a entender que, en un mundo globalmente desgobernado, con extremos de desigualdad nunca vistos, sujeto a una
catástrofe climática inminente y a la competencia feroz por recursos cada vez
más escasos, lo último que se necesita es “más mercado” o contentarse con
fórmulas apenas simbólicas de control estatal e internacional del mismo?
Y no se asusten, no es el “espectro de Marx” lo que
invocamos, sino solo la conciencia de que aquello que ha asegurado nuestro
éxito como especie y como individuos – la cooperación y el espíritu comunitario
– se atrofiará si no se ejercita en lo mismo que los filósofos clásicos
entendían como fundamento de la virtud cívica y política: la gestión colectiva
de lo que necesariamente nos afecta a todos. ¿No les parece de sentido común?
martes, 28 de abril de 2020
Sobre los efectos de la Pandemia. Entrevista en El Periódico Extremadura
Fragmento de la amable entrevista que nos ha hecho Rocío Cantero para El Periódico Extremadura, y que puede leerse completa aquí
jueves, 23 de abril de 2020
¿Libertad? ¿Qué libertad?
Uno de los efectos más anunciados de la crisis del
coronavirus es el del fortalecimiento del modelo hobbesiano de Estado;
esto es, de aquel que, en nombre de la seguridad, encuentra legítimo prescindir
de derechos y libertades individuales. Así, con el pretexto de una situación de
emergencia fácilmente perpetuable (en la que el enemigo orwelliano es
ahora un virus recurrente y el valor inapelable el de la salud pública – tan
sacrosanto como antaño la salvación de las almas o el sacrificio por la patria
–), al ya exhaustivo registro digital de datos, hábitos y opiniones, se unirían
la censura informativa, los límites a la libertad de expresión o la vigilancia
electrónica de todos nuestros movimientos.
Ahora bien, aunque una sustanciosa cantidad de filósofos y
politólogos (Agamben, Gray, Han…) coinciden con la visión que acabo de exponer,
no todos inciden en el elemento capital de esta modulación totalitaria del
Estado: el consentimiento a la misma por parte de la ciudadanía. La
nimia explicación que suele darse a este hecho es que la gente antepone las
pasiones a la razón: el deseo de seguridad y pertenencia al principio
racional de autonomía individual en que parecen fundarse nuestros modernos
modelos éticos y políticos.
Pero esta explicación, digo, es insuficiente. No solo porque
en ella se asuma una suerte de psicologismo falso (la gente no actúa
directamente por emociones o deseos, sino por el valor de objetividad que
atribuye a las creencias que los determinan), sino también porque tiende a
confundir dos concepciones distintas de lo que sea la “autonomía individual”... Para leer el resto de este artículo, originalmente publicado en El Periódico Extremadura, pulsar aquí.
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jueves, 16 de abril de 2020
Fin de curso
Llevamos un mes de confinamiento más otro esperándonos;
lapso al que habrá que sumar una vuelta escalonada a la normalidad. Esto quiere
decir que, en el mejor de los casos, las escuelas podrían abrirse a finales de
mayo o principios de junio, justo cuando, en circunstancias normales, comienza
la recta final del curso. ¿Qué se puede hacer entonces para darlo por acabado?
Ahí van un par de consideraciones y alguna propuesta.
Lo primero es comprender que proseguir el curso de modo
telemático no es una opción. Cuando los profesores escuchamos, atónitos,
cómo la Administración, a la vez que cerraba las escuelas, difundía el mensaje
de que “todo seguiría igual”, pero “por internet”, supusimos que no era más que
una mentira piadosa para que no cundiera el pánico y ganar algo de tiempo.
Pero, tras cuatro semanas de cuarentena, es hora de hablar más claro: ni el
curso “ha seguido por internet”, ni existe un sistema educativo “on line” que
permita hacerlo. Hay, sí, profesores y gestores entusiastas de las nuevas
tecnologías, Centros muy implicados en el trabajo con plataformas digitales,
alumnos y familias más o menos comprometidas y/o estresadas con el invento, una
red más o menos regular de formación, y meritorios esfuerzos por dotar de
recursos a alumnos desfavorecidos… Pero todo esto no constituye un sistema
educativo público, ni siquiera de “campaña”. No ya porque en muchos hogares
aún falten medios (equipos, ancho de banda, apoyos, orientación) que garanticen
cierto nivel de equidad, ni porque a los docentes les falte por adquirir
competencias digitales; es que las Administraciones, desbordadas o bloqueadas,
no han tomado realmente ninguna decisión relevante al respecto: ni han
establecido protocolos de gestión, ni criterios de actuación docente, ni adaptación
de currículos, ni patrones de seguimiento del trabajo en los Centros, ni
comités de expertos, ni nada que pudiera sustentar un proyecto viable de fin de
curso virtual. Por tanto, seguir y evaluar el curso telemáticamente resultaría,
a estas alturas, un completo despropósito.
La segunda consideración, y en línea con lo anterior, es un
requerimiento para que esas mismas Administraciones, más allá de delegar en
Centros y docentes, tomen, de una vez, las decisiones oportunas. ¿Cuáles?
Alternativas hay muchas. Eso sí, dicho lo dicho, todas ellas habrían de pasar
por la recuperación de las clases presenciales: desde el plan de continuar el
curso a finales de mayo, a la propuesta de reiniciar el curso en septiembre.
Ahora bien, dadas las circunstancias, la opción de recuperar
el curso en mayo-junio, o incluso julio, parece difícil (la falta de
climatización de los Centros sería aquí un problema añadido), con lo que se
debería ir pensando en dar el curso por finalizado – o, al menos, parcialmente
aplazado –, sumando la materia que se considere indispensable al curso próximo
(mediante una adaptación curricular generalizada) y evaluando lo impartido en
este en base a lo logrado en los dos primeros trimestres (más alguna nota
positiva en relación con el trabajo durante el confinamiento). En caso de
cursos terminales, o alumnos que no pudieran superarlo, se podría habilitar un
período excepcional (septiembre y octubre), para finalizar o recuperar
presencialmente el trimestre o el curso, retrasando así unas semanas el inicio
del nuevo periodo académico. Todo ello sin demérito del apoyo que, durante todo
ese tiempo, se pueda proporcionar a alumnos y familias vía telemática, a través
de profesores, tutores y orientadores, concentrando especialmente el esfuerzo y
los recursos en aquellos alumnos que más lo necesiten – de manera que, tampoco
en educación, “se deje a nadie atrás” –.
En todo caso, la Administración ha de decidirse. Y si la
suspensión del curso “relaja” a los alumnos (como preocupa a algunos), mejor
que mejor. ¿O es que temen que – aún encerrados como están – se desmanden, o
que pierdan interés en aprender – en lugar, como es natural, de ganarlo – en
caso de eliminar o aplazar unos cuantos exámenes? Supondría una muy pobre
reflexión; y una más lamentable concepción aún de lo que significan la
educación y el aprendizaje.
Este artículo fue originalmente publicado en El Periódico Extremadura. Para leer el artículo en prensa pulsar aquí.
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viernes, 10 de abril de 2020
¿Quién debe morir?
Se trata de un viejo y endiablado dilema ético. ¿Qué hacemos
cuando, por falta de recursos, capacidad, tiempo u otros factores, no es
posible salvar a ciertas personas sino al precio de sacrificar a otras? ¿Qué
debemos hacer cuando hay más enfermos graves que respiradores, más personas
necesitadas de trasplante que órganos disponibles, más náufragos ahogándose que
flotadores o espacio en el bote de salvamento...? ¿Cómo decidimos en todos esos casos quién
vive y quién muere?
El dilema resulta tan doloroso que, incluso en el contexto
de una simple discusión teórica, muchas personas se inhiben o acuden a argucias
infantiles para evitarlo. Así, se invocan supuestos criterios técnicos, como si
un problema moral (y político) se pudiera salvar mediante protocolos
profesionales o el concurso de expertos; o, más puerilmente aún, se invoca a la
suerte, o al “orden de llegada”, como si la justicia pudiera impartirse con un
dado, o decidir que decidan la suerte o la casualidad nos eximiera de responsabilidad
alguna.
¿Qué hacer entonces? Algunos, imbuidos de una moral
kantiana, arguyen que dejar morir a una persona inocente es siempre y en toda
circunstancia un crimen execrable. Los principios morales merecen – según ellos
– un respeto absoluto, incondicional, sean cuales sean las consecuencias que
devengan de su aplicación (justo en esto consiste – dicen – actuar moralmente).
Dicho de otro modo: el fin nunca justifica los medios; menos aún si el “medio”
es un ser humano. ¿Que esto supone que mueran más personas? Como si morimos
todos. La dignidad y la justicia están por encima de todo.
La mayoría de las personas no acepta hoy planteamientos como
el anterior. ¿Cómo no va a medirse la bondad o la justicia de una acción en
virtud de sus consecuencias? Priman las éticas “utilitaristas”, para las que la
moralidad de un acto depende de que su “coste” en dolor no sea mayor que sus
presumibles “beneficios” en términos de bienestar para la mayoría. Así, si
sacrificar a enfermos con esperanza de vida X (o a X personas) resulta la única
manera de salvar a enfermos con esperanza de vida X+1 (o a X+1 personas),
deberíamos proceder – por doloroso que sea – a ese sacrificio. Para el
utilitarismo ético el fin sí que justifica (en ciertos casos) los medios;
especialmente si el fin es salvaguardar la vida del mayor número (dos valores
morales estos – el de la vida y el del mayor número – que, paradójicamente, se
asumen hoy como anteriores a la moralidad misma).
Ahora bien, las éticas utilitaristas generan multitud de
problemas (diríamos – en términos utilitaristas – que tal vez más problemas de
los que resuelven). El primero y fundamental es el de cómo someter a cálculo
cosas como el valor de una vida humana. ¿Valen en esto criterios puramente
cuantitativos (edad, esperanza de vida)? ¿O deberíamos acudir a criterios
cualitativos (la capacidad para disfrutar, lo que aporta socialmente una
persona…)? ¿No podría suponer más beneficio para todos salvar a un científico
competente – un gran oncólogo, por ejemplo –, o a un artista genial, aunque
fueran ya viejos, que a un joven burócrata sin aspiraciones? Son ejemplos muy
provocativos, pero que sirven para descabalar la idea-tabú de que todas las
vidas humanas son, en todos los sentidos, igualmente valiosas – algo que no concuerda
con el hecho de que la mayoría valore más la vida de sus parientes, amigos o
compatriotas (por no hablar de la suya propia) que la de los extraños, la de
los “buenos” que la de los “malvados”, la de los que tienen “derecho” a
asistencia sanitaria que la de los que no, etc. – .
Otro problema-tipo del utilitarismo deviene de la dificultad
de calcular las consecuencias a largo plazo de nuestras decisiones. Pensemos,
por ejemplo, que la normalización en el uso de criterios utilitaristas en
hospitales condujera a la administración a despreocuparse de aumentar los
recursos sanitarios; esto, en términos propiamente utilitaristas, supondría un
mal mayor a más largo plazo. ¿Entonces?
Los expuestos no son los únicos problemas morales y teorías
éticas que implican y competen a este tipo de dilemas, pero sí algunos de los
principales. ¿Nos atrevemos a pensarlos?
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