miércoles, 5 de febrero de 2025

Chirigota «fake»

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Una de las cosas que dan más risa son los iluminados. Siempre que no tengan la sartén por el mango, claro. En ese caso lo que dan es miedo, y la risa se queda para el carnaval. Eso en los lugares en los que lo hay. Entre los puritanos, en los que el carnaval no existe o es cosa de brujas, como en los USA, la cosa acaba a veces con un tipo pegando tiros en el aparcamiento de un supermercado.

Dudo que esto último pueda pasar, por ejemplo, en Cádiz. Porque en Cádiz se ríe de lo lindo. Libremente y durante todo el año. De los iluminados y poderosos, y de los que no lo son. Tal vez por eso durante el carnaval son tan tiquismiquis y te dejan que te rías de todo, pero con un orden y unas formas que ya quisiera un sacerdote egipcio. Sí señor. Igual que hay que saber beber – te dicen –, hay que saber reírse de todo con arte y con parte (de razón). Donde se ríe por principio, el carnaval no tiene que ser un turbio desahogo, una bacanal irracional o una matanza catártica.

Tampoco ha de ser una patochada propagandística, como la de esa chirigota «fake» reventada por el público hace unos días (cantando y riendo, como debe ser) en el teatro Falla. No ya por su contenido (una torpe apología del santoral conspiranoico y voxero: vacunas, chemtrails, negacionismo climático…), ni porque apenas supieran cantar ni ajustarse a los estrictos cánones de la chirigota (ese cachondeo elevado a religión o arte), sino, sencillamente, porque les faltaba lo principal que hay que tener en Cádiz: ingenio y buen humor.  

Porque fíjense que hasta para ser malo hay que ser bueno. Un buen iluminado habría de serlo tanto como para cachondearse – en carnaval – de sus verdades infinitas. Un conspiranoico verdadero habría de serlo tanto como para pensar en la guasa que tendría un plan para fabricar conspiranoicos. Y un carnavalero de ley habría de serlo tanto como para reírse de la que se ha formado, del escándalo de los puristas, y de la chirigota que se va a hacer de todo ello en la calle.

El carnaval, como casi todo, es política, de uno u otro signo. Y a veces arte, de una u otra manera. Pero principalmente es risa libre y franca; es el pueblo riéndose del Pueblo y de los iluminados que aspiran a dominarlo; es el propio carnaval riéndose del Carnaval y de los capillitas que aspiran a controlarlo; y es el juego libre del juego social bajo un único, omnipresente, infalible y todopoderoso rey: su majestad la gracia. No la de Dios, sino la de Cádiz, que no tiene que andar muy lejos.  

 

miércoles, 29 de enero de 2025

Hacerse el muerto

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico de Extremadura.


Cada vez conozco más gente que
«hace meditación», lo que en algún momento me hizo albergar no sé si la esperanza o el miedo de encontrarme hablando de cosas profundísimas en los ascensores o en los pasillos del super. ¡Pero qué va! Resulta que ahora «meditar» consiste en dejar de pensar o, como esto no es posible estando vivo, en pensar en nada como si estuvieras muerto. Cuanto más concentradamente pienses en nada – te dicen – más preparada estará tu mente para pensar en todo. Aunque sobre esto último (que es lo que importa) no te dicen tampoco nada.

No me extraña que se detecten cada vez más problemas mentales, especialmente entre los jóvenes. Se les enseña de todo, pero muy poco a meditar de verdad. A estos jóvenes (y a los no tanto) se «les va la olla» no porque sean especialmente delicados o estúpidos, sino porque les falta cartografía filosófica para organizar las ideas más allá del torrente de datos, mensajes, historias e imágenes con que se les abruma constantemente, hasta el punto de que lo único que se les ocurre es cerrar los ojos y «meditar», como si dejando de pensar fueran a estar menos fuera de sí.

Es difícil imaginar una época en la que la gente haya sido más bombardeada con todo tipo de estímulos sin que, a la par, se le haya transmitido una capacidad igualmente excepcional para filtrarlos (la mayoría son prescindibles), deconstruirlos, o integrarlos en un todo sistémico desde el que comprender y orientarse en el mundo.

Pero no es imposible. Imaginen que en vez de «meditar» en nada la gente pagara por pasarse la tarde aprendiendo a distinguir de modo crítico lo real de lo aparente, lo ideal de lo mundano, lo sustancial de lo accidental, el todo de sus partes, la causa de sus efectos, el conocimiento de la opinión, la verdad de su método, el diálogo de la retórica, lo moral de lo legal, la justicia del negocio, el juicio objetivo del ladrido, la acción de la pasión, o el compromiso crítico del activismo identitario y gregario…

¡El mundo sería otro! Pero para eso hay que pensarlo, claro. Porque no se trata de pensar menos o en nada – como predican los gurús de la «meditación» – sino de pensar más (y mejor) en todo (y del todo). Sin darle vueltas a la piezas del puzle, la realidad es un caos invivible, y lo único que cabe hacer es volverse tarumba, darse a las pastillas o descarrilar por vías desesperadas y extremas que proporcionen un último e ilusorio amago de integridad intelectual y moral. Bueno, eso o «meditar» y hacerse el muerto para siempre.


miércoles, 22 de enero de 2025

Monstruos prodigiosos

 

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura.


El miedo tiene muchos caminos. Si su raíz es un estado genérico de incertidumbre, suele proyectarse en objetos más simples y fáciles de afrontar. Durante el tormentoso tránsito a la modernidad el chivo expiatorio fueron las brujas, quemadas a miles en el norte y centro de Europa. En la deshecha Alemania de los años 30 fueron los judíos. En el mundo actual, al borde de transformaciones gigantescas de efectos imprevisibles, son los inmigrantes, los okupas o, simplemente, los que piensan de forma distinta. Es claro que el odio al chivo expiatorio no sirve para acabar con aquello, difuso, que nos atemoriza, pero genera la ilusión colectiva de tenerlo controlado.

Un segundo efecto de ese miedo inconcreto que tan bien retrató Jean Delumeau en «El miedo en Occidente», es la añoranza. La incertidumbre ante el futuro genera una extraña nostalgia de lo no vivido en los jóvenes y una romántica idealización del pasado en los viejos. Es la añoranza con la que – frente a las turbulencias del presente – se reivindican los valores incuestionables de antaño o se invoca a la nación primigenia, al glorioso Reich, a la América que perdimos (y hay que hacer grande de nuevo) o a la España «unida y en paz» del franquismo.

Pero más allá de esto, hay un tercer efecto de la incertidumbre y el miedo que me gustaría destacar: el del advenimiento de los «monstruos» convertidos coyunturalmente en héroes. Y ocurre cuando, en momentos de gran incertidumbre, aparece lo «monstruoso» en uno de sus sentidos más arcaicos: el del «prodigio extraordinario» que nos advierte (y promete librarnos) de la insostenibilidad o corrupción de lo ordinario. Milei, Trump, Musk representan a la perfección este tipo de «monstruo prodigioso» (mucho más que los más mediocres Le Pen, Abascal, Orbán o Meloni).

Estos monstruos son también una proyección o encarnación concreta de la incertidumbre, pero no ya como chivos expiatorios a sacrificar, sino como medio (no menos ilusorio) de dar cierta forma al desorden imperante a través de algo igualmente caótico, pero humano y concreto, y con quien podemos identificarnos mejor. Así, un monstruo identificable y particular – como Trump, Milei, Putin … – puede presentarse como héroe frente a un monstruo inconmensurable y genérico (la economía errática, la pérdida de referentes, la emergencia de nuevas potencias…) del que promete librarnos para conducirnos a un imaginario y no menos indefinido futuro de abundancia y gloria (lo indefinido es entonces estimulante, y no atemorizante).

Cuando las incertidumbres son tantas y de tan variada naturaleza (crisis climática, inquietud económica, polarización social, amenazas bélicas…) los seres humanos parece, pues, que repetimos este viejo repertorio tripartito: sacrificio de la víctima propiciatoria; añoranza de un pasado idílico; y entronización de aquel que, por extraño e imprevisible que sea (o justamente por eso), parece capaz de hacer un milagro tan extraordinario como aquello mismo que nos espanta. Tal vez parezca que hace falta un monstruo para domeñar lo monstruoso del mundo. Muchos creemos que lo que va a hacer es aumentarlo. Lo veremos muy pronto. 

 

miércoles, 15 de enero de 2025

Okupas de guante blanco

Este artículo fue publicado originalmente por el autor en El Periódico Extremadura.


No hay mayor problema global que el del dinero. No hay cosa que contamine, corrompa y destruya más que la necesidad de autorreproducirse como un tumor que tiene el capital, la pasta gansa, el torrente de miles de millones de euros, dólares, yenes o yuanes (es decir: de la más absoluta
«nada», que diría el maestro García Calvo) que anda constantemente revolviendo y destrozando las cosas que son verdaderamente reales (la vivienda, el trabajo, el paisaje, los recursos limitados del planeta…) para multiplicarse de cualquier manera.

Siempre ha habido especuladores, desde luego: gente sin otro oficio que el del beneficio. ¡Pero es que ahora son legión! Y no hablo solo de grandes inversores, multimillonarios árabes o buscavidas que lo mismo negocian con jamones que con mascarillas sanitarias. Más que menos todos somos cómplices en este asunto. No hay dinero que, por honradamente ganado que esté, no pase hoy por un banco y acabe alimentando el mercado financiero. ¿Y quién no quiere multiplicar su dinero con pisos, bonos o acciones? La mayoría de las viviendas con alquileres prohibitivos no son de malvados fondos buitres, sino de propietarios particulares. Hasta los Estados juegan con el dinero que le cedemos (con el de las pensiones, por ejemplo) para obtener todo el rendimiento posible de él…

No parece, pues, que haya solución fuera del mercado. Al menos yo no veo ninguna revolución en ciernes. Así que el dinero seguirá, insaciable, hundiendo o impulsando empresas y Estados, arruinando o entronizando regímenes políticos, lucrándose con la guerra y con la paz, con la salud y con la enfermedad, con la educación, con la energía… O agarrándose a la vivienda como a un rentabilísimo objeto de inversión, sobre todo en tiempos de incertidumbre, y todavía más en un país que – como el nuestro – no solo es magnífico para hacer negocios sino también para vivir. Y si esto último supone expulsar a la gente de los barrios donde ha vivido siempre, pues mala suerte. No será la primera vez ni la última en que los más ricos y poderosos expulsan de sus «tierras» a los «nativos» de turno – «okupación» que no por ser de guante blanco y ante notario deja de ser mucho más lesiva para el interés general que la ínfima e irrelevante que agita la ultraderecha para asustarnos –.

¿Quiere todo esto decir que no se puede hacer nada con (entre otros) el asunto de la vivienda? Claro que no. Hay que reaccionar ante cada barbaridad del capital. Lo que no sabemos es cómo. La moral común es un sindiós abducida ella misma por el mercado (¿quién no quiere ser un rico y feliz rentista?). Y la ley, sin una moral común que la respalde, acaba convertida en retórica de poca monta. Tal vez lo único que podría ofrecer resistencia a corto plazo fuera un movimiento masivo de damnificados que obligará a actuar a los gobiernos. El que tenemos acaba de proponer medidas significativas para contener la especulación inmobiliaria, pero sin ese respaldo – si no moral, al menos democrático – que solo puede dar la ciudadanía, es dudoso que les dejen aplicarlas. Hay demasiada pasta en juego.

miércoles, 8 de enero de 2025

El perfume de la libertad

 

Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Imagine que curioseando en una librería de viejo encontrara una biografía anónima titulada con su nombre, y que al leerla comprobara, atónito, cómo describe no solo cada detalle de su vida, sino también el infarto que le da justo el día en que encuentra una extraña biografía titulada con su nombre y acaba por comprobar que su muerte estaba escrita…

¿Es verosímil esta historia? ¿Sería posible encontrar un libro así? En un fabuloso cuento de Borges (La biblioteca de Babel), el autor imagina el universo entero como una inmensa biblioteca en la que los humanos andan peregrinando en busca de «El Libro» que les explique su propia vida. Tal vez sea imposible, porque la biblioteca parece infinita, pero tal vez no, porque si en ella están todos los libros posibles, ha de estar también aquel que describe exactamente cada una de nuestras vidas (y muertes), todas encerradas en esa misteriosa secuencia que va de la A a la Z.

¿Todo está, entonces, escrito? No es nada fácil contradecir esta hipótesis. Si todo en el universo está regido por leyes, como presume la ciencia, cada una de nuestras acciones podría predecirse tal como se prevé el paso de un cometa por el firmamento. O, como diría un teólogo: tal como prevé un dios omnisciente. Y no hay ateísmo ni probabilismo al que agarrarse aquí: si la libertad fuera hija del azar tampoco seríamos libres, o no más que la ruleta de un casino…

Pese a todo, difícilmente vamos a renunciar a la creencia en el libre albedrío. ¡Imagínense! ¡Tendríamos que echar abajo todo nuestro sistema legal y moral! ¿A qué malvados íbamos a juzgar y castigar si nadie pudiera hacer más que lo que está escrito? ¿A qué mantener Iglesias y consultorios psiquiátricos si no existieran la culpa y el remordimientos? ¿A quién íbamos a dar medallas si la voluntad no fuera libre para hacernos «triunfar» o «fracasar»?

Eso sí: de esa libertad a la que nos agarramos como lapas no tendremos nunca más que una sensación esquiva, un sutil olor, una canción pegadiza o un anuncio televisivo, como el de esos coches que cruzan el atardecer por milagrosas carreteras solitarias, o esos perfumes que incitan a volar como pájaros (como si los pájaros no fueran presa de su instinto) o a bailar como bacantes (como si ser presa de una pasión tuviera algo que ver con ser libres). Lo dicho: si quieren saber lo que es la «libertad», pregúntenle a un publicista. Así debe ser como está escrito.

 

martes, 31 de diciembre de 2024

¡Feliz no año nuevo!

 

Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico de Extremadura


A principios del siglo pasado, y a partir de las teorías de la relatividad de Einstein, la ciencia se afilió a la antiquísima tesis filosófica de que el tiempo no existe como realidad objetiva, sino solo como ilusión subjetiva. La idea es rara de narices, pero ahí sigue, imperturbable y ajena al tiempo, como si le diera igual que la pensáramos o no.  

Si para Platón el tiempo no era más que una ilusión (una «imagen móvil de la eternidad», decía), para el más prosaico Aristóteles era «la medida del cambio». Aunque antes de él, un inspirado Parménides había demostrado (¡en verso!) que el cambio era lógicamente imposible: ¿cómo puede acabarse un año y empezar otro? ¿Adónde va el que muere? ¿De dónde viene el que nace? Que las cosas desaparezcan y aparezcan (o como dijo grácilmente el filósofo poeta: que «lo que es no sea» o que «sea lo que no es») parece cosa de locos o de brujos. 

Fíjense, para mayor confusión, que por el tiempo nunca pasa el tiempo. Cada hora es idéntica a la siguiente (¿serán la misma?), y no hay una sola fecha – la de su cumpleaños, pongamos por caso – que no sea por los siglos de los siglos la misma que es. Es como si, al dividir el tiempo, no encontráramos ni un solo gramo de lo que parece que contiene…

Pero además de en sus partes, reparemos en su «figura», en aquello que lo delimita. Fíjese: si el tiempo tuviera límite y hubiera comenzado en algún momento, tal como un cronómetro que empezara a contar desde cero, «antes» de ese momento no habría tiempo, lo cual es extrañísimo (¿Qué habría entonces? ¿Nada? ¿Un Relojero eterno?). Y si el tiempo fuera ilimitado o infinito, y no hubiera comenzado nunca, jamás habríamos llegado ni a 2025 ni a ningún otro momento posible. ¿Cómo llegar a ningún sitio si empezamos a correr desde el infinito?

Algunos sabios actuales piensan, en fin, que esto del tiempo es cuestión de perspectiva. Así, si nuestras campanadas de fin de año «suenan» en el pasado a quien nos estudia desde el futuro, a quien nos imagina desde el pasado le «suenan», seguro, a cosa de ciencia ficción. La idea de fondo es que realmente todo ocurre a la vez, y si no lo experimentamos así es porque – limitaditos que somos – necesitamos comprender las cosas en perspectiva y una tras otra. En cambio, desde la perspectiva de la no perspectiva (es decir: de la verdad completa), un conocedor perfecto lo experimentaría todo como presente; como un presente tan uno y cohesionado como lo es para nosotros el espacio, al que percibimos unitariamente, sin distinguir sus distintas dimensiones.

Dicho todo esto, y aunque el tiempo no exista, nosotros vamos a celebrarlo igual, y a hacer promesas y proyectos como si no hubiera un mañana escrito. Ahora bien, si quiere usted dar la campanada este año, brinde también por el «no» año nuevo. Igual marcamos tendencia y volvemos a poner de moda la eternidad, que es donde parece que se vislumbran, fugaz y brumosamente, las cosas que de verdad importan.  

miércoles, 18 de diciembre de 2024

Científicos áulicos

 

Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Los antiguos filósofos griegos eran muy críticos con la democracia. Platón pensaba que para ser buen gobernante (igual que para ser buen médico, militar o músico) había que estar instruido en ciertas cosas y dado que el pueblo carecía de esa instrucción otorgarle el poder resultaba poco menos que insensato. Al fin, ¿qué sabe el pueblo de la idea de justicia, sobre la que los más sabios llevan siglos discutiendo? ¿O cómo va a saber lo que le conviene a él o a su prójimo quien no conoce a fondo la naturaleza humana ni posee una noción mínimamente compleja de la totalidad?

El elitismo intelectualista de Platón se convirtió en elitismo a secas en las democracias modernas, tan platónicamente desconfiadas del gobierno directo del pueblo como esquivas a la idea de que el problema de la justicia fuera dirimible por la razón. De ahí que nuestras democracias estén gobernadas por esa nueva «aristocracia» que son los partidos políticos, y no por el pueblo (que se limita a votar como el que aplaude o silba en el plató de una tertulia); y de ahí también que cuando esa aristocracia partidista precisa de un barniz intelectual convoque a científicos y otros expertos en datos, y no a humanistas o filósofos que puedan asesorar sobre lo que hacer con esos datos.

No quiero decir con esto que la incorporación de asesores científicos a los ministerios sea una mala decisión, sino solo que es una decisión insuficiente y superficial. Y lo es por dos motivos. El primero es que la ciencia como tal no puede fijar objetivos o medidas políticas. El científico es experto en describir fenómenos no en prescribir leyes o fines, por lo que su función no va más allá de cierta asesoría técnica. Ya sé que hoy tendemos infantilmente a pensar que todos nuestros problemas los puede resolver «la ciencia», pero esto es pura ideología acientífica. La ciencia no sabe nada de lo que nos interesa ética o políticamente saber.

El segundo motivo por el que la medida del gobierno es insuficiente es que no se acompaña de medidas efectivas para fortalecer la educación científica y (sobre todo) ético-política de la ciudadanía. Este error parte de la suposición elitista de que quien tiene que estar intelectualmente asesorado por científicos (e idealmente por filósofos) son los ministros y no los ciudadanos. Craso error, pues en democracia son los ciudadanos – y no sus representantes políticos – los que han de tomar – o deberían hacerlo – las decisiones importantes.

¿Se imaginan que además de ministros asesorados por científicos áulicos hubiera una inmensa mayoría de ciudadanos científica y filosóficamente competentes, capaces no solo de acumular y entender datos, sino también de comprender las distintas perspectivas ideológicas que laten tras la controversia política? Viviríamos, no en una república platónica, sino en una democracia de sabios. En cualquier caso, no en la oligarquía rebozada en demagogia y tecnocracia en que se han convertido nuestras democracias (o, más bien, nuestras partitocracias) actuales.

miércoles, 11 de diciembre de 2024

Porros y educación

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Según la última Encuesta sobre alcohol y otras drogas en España del Ministerio de Sanidad, Extremadura es la mayor consumidora de cannabis de todo el país. Los «porretas» extremeños son el doble de la media nacional. Estamos también a la cabeza en consumo de tabaco, y somos de las comunidades en que más intoxicaciones etílicas agudas se registran. No creo, en fin, que la cosa sea para brindar.

En la misma encuesta se erige a la escuela como solución idónea frente al problema de las drogas. Pero si no se analiza seriamente la naturaleza de dicho problema y se planifica una intervención educativa consistente, el acostumbrado recurso a la educación se quedará, también como de costumbre, en un mero brindis al sol.

Podríamos empezar por reconocer que el problema del consumo de drogas no es un problema de orden científico. El alumnado podrá aprender en clase de ciencias los efectos nocivos de fumarse un porro, o entender perfectamente el fenómeno cultural o psicológico de la adicción a las drogas, pero la decisión de tomarlas es, siempre, fundamentalmente moral. Y es de moral de lo que hay que hablar en el aula.

Ahora bien, la educación moral es un asunto complejo. Demonizar o criminalizar sin más a las drogas, como suelen hacer los profesores en plan policía (cuando no la propia policía en plan profesor) es perfectamente inútil. Cualquier adolescente intuye que las pasiones prohibidas nunca son tan malas como las pintan (si fueran tan malas no haría falta prohibirlas), y saben también que los adultos, desde los más cercanos hasta los más famosos, las usan a menudo. Negar que las drogas tienen cosas buenas (por ejemplo, que procuran estados psicológicos más o menos gratificantes) es una solemne estupidez. Y pensar que el miedo a la ley o a futuras e hipotéticas consecuencias para la salud van a determinar el juicio moral de los adolescentes es no conocerlos en absoluto.

El debate moral en torno al consumo de drogas ha de poner encima de la mesa, sin melindres ni prejuicios, valores y cuestiones trascendentales (no solo la salud, sino también el placer, la plenitud o el sentido mismo de la vida, que son mucho más importantes), y ha de analizar estos valores a fondo. Por ejemplo, ¿son la conciencia y la lucidez los que hacen plena a la vida, o son más bien la inconsciencia y las emociones fuertes?

Los filósofos solemos creer que lo que llena la vida de sentido es estar lo más despierto y sereno posible, pero nuestra cultura, que confunde la felicidad con la chispa de la Coca-Cola, y en la que hasta la inteligencia tiene que ser «emocional» para ser algo, piensa lo contrario, y promueve la adicción a todo tipo de drogas (el consumo compulsivo, la evasión televisiva, la dispersión internáutica, la adicción al trabajo… ) la mayoría de ellas, por cierto, bastante más alienantes que un porro o un cigarrillo. ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo se vive humanamente mejor, con drogas o sin ellas? Esta es la cuestión, inevitablemente moral, para la que nos ha de preparar la escuela.

miércoles, 4 de diciembre de 2024

Lutero y los bulos

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura

Hablemos brevemente de ese enigmático concepto que enarbolan los políticos de cualquier signo, sea con los aullidos de los caudillos ultras (¡viva la libertad, carajo!), los ecuménicos himnos de la izquierda, o los sutiles debates con que escurren el bulto los liberales de toda laya: el concepto de libertad. ¿Qué tendrá que ver este concepto con lo que pasa en el mundo, y especialmente con el viraje general, cada vez más claro, hacia posiciones descaradamente oligárquico-autoritarias? 

El problema de la libertad es una cuestión antropológica y metafísica que, como toda otra cuestión filosófica, resulta imposible tanto de resolver como de disolver. Por situarnos en nuestro tiempo, la modernidad ha entendido la libertad de múltiples maneras, negándola o confundiéndola casi siempre con algún tipo de determinismo, ya fuera el de las leyes naturales, el de la dialéctica histórica, el de los entramados del inconsciente o el de la propia geometría de la razón. Tan solo algún filósofo como Kant se atrevió a postular una cierta idea de autonomía ilustrada; pero una idea según la cual, si queríamos salvar nuestra libertad del mecanismo de la naturaleza, habíamos de someternos igualmente a la pura ley de la razón.

Dado este «impasse» filosófico, no es raro que nuestra época haya asociado la libertad a un voluntarismo de oscura raíz fideista y de exuberante y romántica copa nietzscheana, hasta el punto de que el sentido común confunda completamente la compleja idea de libre albedrío con su interpretación más superficialmente liberal: aquella que lo reduce a satisfacer nuestros sacrosantos y caprichosos deseos sin topar con demasiados obstáculos, reglas o razones que los limiten.

Ahora reparen en cómo esta noción de libertad fundada en el carácter irrestricto e irracional de los deseos puede proliferar tanto en regímenes oligárquicos de tradición totalitaria (como China o Rusia), como con otros de tradición más democrática (como los que prefiguran los EE. UU de Trump o la Argentina de Milei). Los primeros logran la conformidad de la gente asegurándoles las condiciones (seguridad, recursos, posibilidades de consumo) para la consecución, real o soñada, de sus caprichos materiales. Y los segundos, a los que el imaginario democrático y cultural no les permite legitimarse únicamente con el paraíso de «libertad» y baratijas de Aliexpress o Amazon, sustituyendo el ideal de autonomía ilustrada de la ciudadanía por su remedo voluntarista: el de la invención a capricho de la información y la realidad.

Así, lo que los viejos defensores de la ilustración llaman bulos o visiones «conspiranoicas», los nuevos evangelistas (como Elon Musk) lo llaman comunicación directa con la verdad. Se trata de un triunfo más del luteranismo.  ¿Qué es eso de erigir a periodistas o científicos para mediar con la Información, si cada persona es su propio medio y accede directamente a Ella? Con la ventaja de que esta «autonomía», a diferencia de la kantiana, no exige educación ni esfuerzo dialéctico alguno, sino solo la voluntad de poder opinar y la incitación al empacho y el onanismo desesperado que provoca la máquina de producir beneficios, deseos y, desde hace tiempo, «realidades» y deliciosa información-basura.

miércoles, 27 de noviembre de 2024

La política de la antipolítica

 

Este artículo fue publicado por el autor en El Periódico Extremadura

La encarnizada lucha por el poder que escenifican sin disimulo (de hecho, convertida en espectáculo) nuestros actores políticos está llegando a tal punto de obscenidad y marrullería que ha dejado de importar con qué se golpee ni qué se destroce con ello. Tal es así, que los únicos que están conquistando terreno en este batalla son las facciones populistas que invitan taimadamente a romper la baraja del juego democrático.

Y nada podía contentar más a estos populistas antisistema que la ocurrencia del presidente Mazón de nombrar a un general retirado como «vicepresidente para la reconstrucción» de la Comunidad Valenciana. Nombrar a un exmilitar como responsable técnico es perfectamente legítimo. Lo preocupante para nosotros (y estimulante para los extremistas de la «antipolítica») es nombrarle vicepresidente. Ser vicepresidente supone detentar un enorme poder político. Y ser, o haber sido, militar no solo no garantiza ser competente en el ejercicio de ese poder, sino que lo relaciona con un imaginario ideológico e histórico que nos trae muy malos recuerdos.

No ignoro que a mucha gente le parezca muy oportuno sustituir a políticos por técnicos (los partidos, que se han percatado de esto, suelen fichar a «profesionales independientes» para decorar sus listas electorales). Pero la política no es un saber técnico sino, a lo sumo, práctico, como lo es también la moral. Y la competencia para este saber práctico no se adquiere específicamente en ninguna facultad o escuela técnica (tampoco mediante adiestramiento militar), sino participando libremente en la vida pública y adquiriendo un conocimiento profundo de lo que son (y deben ser) los seres humanos en toda su rica y compleja diversidad.

Nada garantiza, pues, que un militar, por capacidad logística que demuestre, vaya a ser un buen político. Menos aún si declara, como ha hecho Gan Pampols, que no está dispuesto a recibir «directrices políticas» de nadie (que esto lo diga un exmilitar, por muy retirado que esté, en un país como el nuestro, pone los pelos de punta). Ahora bien, si Pampols no recibe directrices políticas, ¿bajo qué criterio va a decidir cómo se reconstruyen los pueblos e infraestructuras arrasadas por la DANA? ¿En orden a qué noción de justicia va a establecer la distribución de los recursos? ¿Desde qué principios políticos va a dar más o menos prioridad a la seguridad o a los intereses privados a la hora de rehabilitar las zonas inundables?...

Si Pampols no se da cuenta de que lo que le toca como vicepresidente es hacer política, es que está promoviendo, aún sin intención de hacerlo, la peor política posible: la de los tiranos y los líderes populistas que presumen de «no meterse en política» (como decía nuestro último general al mando) mientras secuestran nuestra soberanía y pretenden gobernar sin control alguno.

Mixtificar la figura de los militares como salvapatrias es enormemente peligroso; no ya porque sea de una ingenuidad o falsedad manifiesta (en el ejército también hay ineficacia, corrupción o conflictos por el poder, como en cualquier otra institución u organización humana), sino por todo lo que algunos pretenden glorificar con ello: el caudillismo, la obediencia ciega, el ordeno y mando, las «soluciones fáciles» … Por presuntamente eficiente que esto fuera (y no creo que lo sea en absoluto), nada de ello justificaría el sacrificio de la más mínima cuota de libertad y democracia – sin duda imperfectas – que hemos logrado construir sobre el poso de nuestra última dictadura militar.  

jueves, 21 de noviembre de 2024

Jugar en la calle

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura.


Mucho se habla de la extinción de las abejas o los gorriones, pero muy poco de la de los niños. Si se fijan, se han volatilizado de nuestras calles y plazas sin apenas advertirlo. Ahora solo los ves tras el cristal oscuro de los coches, llevados de una actividad a otra por padres que parecen más «coaches» que padres, o tras la verja de las urbanizaciones o el parapeto de las zonas de juego, como animales casi extintos vigilados por una tribu de celosos progenitores.

¿Será bueno que ya no haya niños y niñas solos por las calles, corriendo a todo meter entre los transeúntes, dando balonazos a las farolas, trasteando en los escampados o jugando a las prendas en un banco? No lo sé. Y lo último que quisiera es inventarme un paraíso perdido y analógico. Pero mucho me temo que sin niños hechos a habitarlo, el espacio común que son las plazas y calles esté condenado a desaparecer (en cuanto se vayan los ancianos que aún hoy lo ocupan), es decir: a reconvertirse del todo en lugares puramente comerciales o turísticos.

Que los niños ya no revoloteen como vencejos por las plazas no es solo motivo de nostalgia, sino también síntoma de que la calle ya no es el lugar de sociabilidad y educación que siempre ha sido, especialmente en las culturas del llamado «sur global». Los que somos más viejos recordamos que en la calle aprendías rudimentos básicos de economía (y moral) haciendo recados, de geografía yendo solo al cole, o de matemáticas y ciudadanía cambiando cromos o discutiendo sobre los avatares del juego. Esas eran nuestras «situaciones interdisciplinares de aprendizaje». No había que incubarlas arficialmente en clase porque las cultivábamos naturalmente fuera. Igual que el trabajo en equipo (necesario para jugar y hacer trastadas), la convivencia con gente distinta (en la calle nos mezclábamos más o menos todos) o la autonomía personal, competencia suprema que se lograba gracias a que tu andabas por ahí (sin móvil ni marcado con un chip como los perros) y tus padres en su casa y a sus cosas.

Es cierto que los niños de hoy en día también juegan; y tal vez a juegos más educativos e interesantes. Pero me parece que lo hacen menos, ocupados como están en mil actividades formativas. Y que juegan más solos, ni con amigos ni con hermanos (si es que los tienen). Y, sobre todo, que lo hacen en entornos privados: el cuarto de juegos, el parque de la urbanización, las redes y escenarios virtuales creados por empresas tecnológicas… Juegan, en suma, «en» (y «a») un mundo que, a diferencia del de las calles, ya no es el mundo compartido por el común de la ciudadanía, sino, a lo sumo, por un determinado tipo de cliente (el del nicho urbanístico de referencia, el de la plataforma de entretenimiento favorita…).

¿Es todo esto bueno? Pues depende. Si lo que queremos es una sociedad-hormiguero de productores-clientes inermes ante el poder y sin apenas vínculos sociales o políticos (ni siquiera los de la familia, también en decadencia) seguramente sí. Pero si lo que preferimos es una sociedad de ciudadanos acostumbrados a convivir y comunicarse con gente diferente, a confrontar opiniones con naturalidad, y a conocerse y cuidarse unos a otros desde la infancia, mucho me temo que la respuesta tenga que ser negativa.  

 

miércoles, 13 de noviembre de 2024

Escuela pública y desinformación

 

Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Lo leí en el periódico a través del móvil y me quedé ojiplático. La noticia decía que el Banco de España había prohibido la emisión de un programa del humorista David Broncano porque el personaje al que entrevistaba (el «ufólogo» Iker Jiménez) confesaba que la fuente secreta de su fortuna era una plataforma de inversión capaz de reportar beneficios tan increíbles que todo el sistema bancario podía venirse abajo…

A los quince segundos me di cuenta de que era una treta publicitaria (además de una estafa piramidal), pero durante ese tiempo fui víctima, como miles de millones de personas cada día, de una noticia falsa. En el mundo hay «fábricas» dedicadas, las veinticuatro horas del día, al lucrativo negocio de producir desinformación a demanda; actividad para la que, además de crear falsos artículos de periódico y vincularlos a direcciones web originales (a esto se le llama «cloaking»), difunden imágenes trucadas, videos falsos y hasta imitaciones de voz generadas por IA. La capacidad para engañar en la jungla digital es casi infinita.

Y cuando hablo de engaño no me refiero solo a caer víctima de una estafa económica, sino también política.  Acabamos de ver ganar las elecciones del país más poderoso del mundo a un tipo que acusa a los inmigrantes de comerse las mascotas de la gente. ¿Cómo es esto posible? Es cierto que el poder se ha construido casi siempre alrededor de mitos, sofismas y mentiras de lo más burdo. Pero pensábamos que en nuestras sociedades democráticas, descreídas y relativamente bien educadas, esto ya no era posible. Y ya ven.

 ¿Cómo salvarnos de esta epidemia de desinformación, puesta muchas veces al servicio de estrategias políticas fascistoides que creíamos marginales, pero que van lentamente ganando terreno en nuestras permisivas e inevitablemente complejas democracias? No es fácil responder. Los medios tradicionales ya no son una referencia común, y la ciudadanía se disgrega en facciones o «parroquias» mediáticas (perfiles sociales, grupos en redes, seguidores de tal o cual personaje…), tan polarizadas y aisladas entre sí que impiden contrastar la información o mirar las cosas desde otro punto de vista. 

Frente a esto se pueden proponer medidas regulatorias que sometan a un mínimo control de calidad los flujos de información, pero dado el carácter global y la titularidad (fundamentalmente privada) de estos flujos, tales medidas serían poco menos que testimoniales. Valdría mucho más invertir en educación. La escuela es hoy el único lugar de socialización que permanece relativamente a salvo de la descomposición ideológica de nuestras comunidades. Me refiero eminentemente a la escuela pública, pues gran parte de la privada y concertada tiende a reflejar el mismo patrón de segmentación que produce el mundo digital.

Solo una escuela pública fuerte, que nos obligue desde niños a convivir y dialogar con los demás, por diferentes que sean de nosotros, y que nos enseñe a juzgar de manera crítica, profunda y desapasionada la información que recibimos a diario, podría salvarnos de la siniestra involución histórica que asoma desde casi cualquier lugar desde el que oteemos el horizonte.

domingo, 10 de noviembre de 2024

La práctica argumentativa

Frente a la pandemia desinformativa es imprescindible la educación crítica, y como parte esencial de la misma, entrenar al alumnado en el uso de la argumentación informal y el diálogo argumentativo, en sus técnicas y en sus trampas. El último número de la revista PAIDEIA ha tenido la gentileza de publicarnos este texto sobre cómo empezar a trabajar la argumentación y el diálogo en clase. Quien quiera más información (de momento el artículo es solo para socios) que me la pida a través del correo, por favor.


miércoles, 6 de noviembre de 2024

El pueblo no salva al pueblo

 



Este artículo fue originalmente publicado por el autor en El Periódico Extremadura


Igual es impopular cuestionar esto ahora, pero no puedo evitarlo: lo de que «el pueblo salve al pueblo» me suena a adulación irresponsable, a consuelo sentimental, o peor aún, a consigna antisi
stema de los que buscan imponer tumultuosamente el suyo. Lo siento, pero por dulce que suene a los oídos, no creo que el pueblo se baste a sí mismo para salvarse.

El pueblo no salva al pueblo, en primer lugar, porque no puede. El arrojo y la solidaridad demostrados por miles de personas, especialmente jóvenes, ha sido y es ejemplar. Pero con esa muestra entusiasta de entrega no basta. Las carreteras, vías, puentes o viviendas no se reconstruyen con escobones y palas. La complejidad de nuestras modernas sociedades (y sofisticadas necesidades) es tal que la intervención del Estado resulta imprescindible no solo para gobernarlas, sino también para reconstituirlas tras cualquier desastre.

Tampoco parece que el pueblo pueda librar al pueblo de aquellos que, parasitando su dolor, lo utilizan para generar odio y caos. Fíjense que mientras que el Estado ha tardado una insufrible eternidad en llegar a las zonas afectadas por la inundación en Valencia, los bulos más burdos (junto a un grupúsculo de demagogos profesionales y hooligans ultras) han proliferado en cuestión de horas.

El pueblo no salva al pueblo tal como nadie se libra fácilmente a sí mismo de sus propias incongruencias. No podemos exigir más recursos, ayudas, infraestructuras y servicios (frente a pandemias, crisis, volcanes o inundaciones) y dejarnos luego seducir por la ola neoliberal que recorta derechos y niega el valor de los impuestos. No podemos exigir estrictas medidas de prevención (por ejemplo, en zonas inundables) para apoyar después a quienes las consideran un obstáculo para el desarrollo económico (o más bien para la especulación urbanística). No podemos cuidarnos del cambio climático y reírle luego las gracias (e incluso votar) a quienes lo ningunean en las instituciones. O una cosa o la otra. Las dos a la vez solo caben en la cabeza de un niño, o en las lenguas de quienes tratan al pueblo como a tal.

A los muertos de Valencia se los ha llevado una monstruosa tromba de agua y la incompetencia de quienes no avisaron ni tomaron medidas a tiempo. Sin duda. Pero la responsabilidad de la irresponsabilidad de esos políticos, junto a muchas de las circunstancias e incongruencias que han rodeado esta catástrofe (y las anteriores y las que estén por venir), son también asunto nuestro, de todos. El pueblo no salvará al pueblo celebrando a sus aduladores o golpeando a sus torpes e inoportunos gobernantes (máxime cuando los ha elegido él), sino dando un paso adelante para participar activa y congruentemente en los asuntos públicos. El pueblo no necesita piropos, salvapatrias ni reyes que les den la mano, sino ciudadanos críticos que, más allá de «clientes» puntualmente indignados con los «servicios» del Estado, se sientan plenamente corresponsables del bien común, animándose a participar en las instituciones y el aparato civil (partidos, asociaciones, ONG…) que las rodea. En otro caso, mucho me temo que la indignación popular se quede en gritos para hoy y olvido e indiferencia para mañana.

 

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