sábado, 26 de enero de 2013

¿Cómo es que la ciencia carece de fundamento científico?


La ciencia puede explicar muchas cosas, pero ni puede explicarse a sí misma, ni puede explicar aquello en lo que se apoya para explicar todo lo que explica. La razón es que ni la ciencia misma ni sus fundamentos son de la misma naturaleza que los objetos estudiados por el científico. Dicho de otro modo: la física, por ejemplo, no puede explicarse a sí misma porque la propia física no es un fenómeno físico (ni la biología un evento biológico, ni la psicología un mero producto de la mente, ni la historia algo simplemente histórico...) 

Veamos esto con más detalle. Las ciencias tienen como objeto de estudio a la naturaleza (las ciencia naturales) o a la cultura (las ciencias humanas); pero para tratar su objeto han de emplear reglas lógicas y  criterios epistemológicos (que informen acerca de cómo debe ser el conocimiento científico). Deben asumir también presupuestos ontológicos (acerca de cómo debe ser la realidad para poder ser explicada o descrita por la ciencia). Y tienen, por último, que partir de ciertas nociones "primitivas"  correspondientes a cada una de las ciencias (por ejemplo, la noción de energía, los físicos; la noción de organismo, los biólogos; la noción de mente o individuo los psicólogos, las nociones de tiempo y de cultura los historiadores, etc.). Ahora bien: ¿cuántas de estas reglas, criterios, presupuestos ontológicos y nociones "primitivas" son explicables por la misma ciencia que los usa y aplica? Respuesta: ninguno; ni puede explicarlos ni podrá jamás (y en esa imposibilidad radica su propia condición de ciencia particular).

De entrada, ninguna ciencia particular puede explicar las reglas lógicas con las que opera el científico cuando razona. Por la simple razón de que tales reglas no son cosas físicas, biológicas, psicológicas, lingüísticas ni históricas. Si lo fueran perderían su entidad y validez como reglas. Si la lógica, por ejemplo, fuera un evento físico (de carácter cerebral quizás), estaría sujeta a condiciones particulares y espacio-temporales, con lo que las propias leyes lógicas podrían cambiar a cada momento (no valdrían como leyes), y, por su particularidad, carecerían de la trascendencia o generalidad necesaria para poder ser aplicadas, a la vez, a todo proceso de razonamiento particular. De modo semejante las reglas o criterios del conocimiento científico, si pretenden ser válidos y útiles, no pueden ser parte de aquello mismo que se conoce correctamente en virtud de ellos (¿Bajo qué reglas sería legítimo el conocimiento de esas mismas reglas? ¿Es científicamente demostrable el modo científico de demostrar?). Exactamente igual con respecto a los supuestos ontológicos. Ningún físico, por ejemplo, puede demostrar física o experimentalmente que la realidad es física (de entrada no lo son las propias leyes físicas, ni las nociones teóricas que el físico emplea). Ni matemático alguno puede demostrar matemáticamente que el mundo es matemático (ni responder matemáticamente a cuestiones acerca de la naturaleza de los números o de la matemática misma). Ni el historiador demostrar que todo lo humano está sujeto a la historia (esto mismo que dice no podría estarlo, por ejemplo). Etc. Por último, las nociones más primitivas de cada campo científico (energía, organismo, mente, tiempo, número, etc.) son imposibles de definir en el propio contexto científico en que se usan (justo por eso se les llama "primitivas": no hay, por ejemplo, ninguna otra noción física lógicamente anterior para poder definir con ella lo que sea la "energía" sin incurrir en circularidad).

Pero la ciencia no solo es incapaz de explicar científicamente sus fundamentos (lógicos, epistémicos, ontológicos, axiomáticos), sino también a sí misma. La física (por ejemplo) no es un objeto físico. Nada de lo que encontremos en un tratado de física es físico. Las leyes físicas no podrían ser objetos o sucesos particulares (si a la vez determinan la generalidad de los sucesos). Sería absurdo pensar que la ley de la gravedad pesa, o que el espacio ocupa algún espacio, o que el propio tiempo es temporal, o la velocidad veloz, o que la ley de la evolución muta y evoluciona según las pautas inmutables que ella misma establece. Lo mismo con el resto de las ciencias. Las leyes de la historia que pretende descubrir el historiador no pueden ser también históricas (y cambiar históricamente a la vez que se mantienen como las leyes que explican su propio cambio). Ni las leyes del psicólogo  podrían ser fenómenos psicológicos particulares y cambiantes a la vez que se sostienen como explicación universal e inmutable de esos mismos fenómenos y cambios...

En suma, podríamos decir que cada ciencia es como un “foco” que alumbrara cierta parte de la realidad, pero que, a su vez, fuera incapaz de enfocarse a sí mismo: a sus propios "engranajes" o fundamentos, a aquello mismo que genera su luz... Ahora bien: si la ciencia no puede ocuparse científicamente ni de sus propios fundamentos ni de sí misma, tendríamos que pensar en algún saber más fundamental que se ocupe de esto (un foco de focos). Según algunos, este saber (o proyecto de saber) es la filosofía, aunque eso abre la puerta muchas otras preguntas...



1. Según algunos filósofos (y científicos) la ciencia es un saber “prefilosófico”. Pero según otros muchos filósofos y científicos, es la filosofía la que representa un saber “precientífico”. ¿Quién tiene razón?
2. ¿En qué sentido podría la filosofía ocuparse del “fundamento” de las ciencias?
3. ¿No le ocurrirá a la filosofía lo mismo que a la ciencia: que dependa de reglas, métodos e ideas
fundamentales que carezcan de justificación filosófica?

lunes, 14 de enero de 2013

Dios, lógicamente, existe.



La otra noche realizamos un experimento psicofónico en la caverna, en la parte que está bajo las ruinas de la biblioteca de Alejandría. Para nuestra sorpresa captamos este diálogo entre una tal Elena de Atenas, astrónoma y discípula de la famosa Hipatia, y un joven monje llamado Teodoro. La conversación ocurrió (según hemos podido datar) a finales de la Edad media y, como era habitual entonces, versó sobre la existencia de Dios... 
  
Elena de Atenas.- Contemplando estos muros, arruinados por la guerra y la locura de los hombres, me convenzo aún más de la inexistencia de Dios…
Teodoro de Alejandría.- El mundo parece a veces el infierno, pero Dios nos dotó de razón y de fe para salvarlo y salvarnos de él.
E.- ¿Me llevarás ante el inquisidor si te digo que soy atea? Si lo haces le diré que no sé lo que me digo, ya que soy mujer y según he oído decir a los de tu orden, débil mental.
T.- Yo no creo tamaña estupidez sobre las mujeres, así que tendría que llevarme a mi mismo también ante el inquisidor. Pero en lugar de eso, permite que comparezcamos los dos ante un tribunal legítimo, el de la razón. ¿Dices, entonces,  que Dios no existe?
E.- Eso digo. O, al menos, que yo no tengo pruebas de su existencia.
T.- Admites, conmigo, que llamamos Dios a un supuesto ser mayor que el cual no hay nada.
E.- Vale, admito que esa es la definición de Dios, pero no por definir algo demostramos su existencia.
T.- De acuerdo. Podemos definir lo que es un dragón o una bruja sin que tales cosas tengan que existir (salvo, quizás, para los inquisidores). Pero piensa como hemos definido a Dios: el ser mayor y más perfecto que podamos concebir. Ahora: ¿crees que existir es una perfección?
E.- No sé si te entiendo.
T.- Imagina dos bibliotecas de Alejandría, las dos igualmente hermosas y repletas de todos los libros que merecen ser leídos; imagina que la única diferencia entre ambas es que una existe de verdad y la otra es solo fruto de nuestra fantasía. ¿Cuál de ellas sería, para ti, más perfecta?
E.- Prefiero una biblioteca que exista, siempre que sea tan maravillosa como la que imagino.
T.- Así es. De dos seres, iguales en todo lo demás, el que existe es necesariamente más perfecto que el que no.
E.- Cierto.
T.- Ahora piensa. Si hemos definido a Dios como el ser más perfecto que cabe concebir o imaginar, ¿no tendrá que ser algo más que mero concepto o imaginación?
E.- ¿Cómo dices?
T.- Si Dios es el ser más perfecto que podamos concebir, y existir es una perfección, Dios no puede carecer de existencia, pues en ese caso podríamos concebir un ser más perfecto que él…
E.- Quieres decir que…
T.- Que si Dios es por definición lo más perfecto, entonces, por definición, tiene que existir.
E.- Porque si careciera de existencia ya no podríamos concebirlo como el ser más perfecto.
T.- Eso es. Dios, por definición, es algo más que una definición: ¡existe! Y hemos demostrado su existencia de forma puramente racional, tal como se demuestran las propiedades de una figura geométrica. Este argumento se lo debemos a Anselmo de Canterbury.
E.- ¡Asombroso! ¿Y eso se lo cree alguien?
T.- ¿Qué quieres decir?
E.- Pues que has dado un salto incomprensible entre las palabras y las cosas. Una cosa es que Dios tenga que definirse lógicamente como existente y otra cosa, muy distinta, es que Dios exista de verdad. Las definiciones y razonamientos no producen cosas, ni tampoco hemos de suponer que algo, por ser lógico, exista. Esto último hay que comprobarlo, además, por los sentidos.
T.- Veo que estás hecha una buena empirista y que, como tal, admites una incomprensible distinción entre las palabras (esas cosas que no son cosas) y las cosas (esas palabras que no son palabras).
E.-  Llámalo sentido común. Además. Supongamos que concebimos el dragón perfecto, ¿también dirás que existe?
T.- Sin duda. ¿No has leído, acaso, al divino Platón?
E.- Prefiero al profano Aristóteles.
T.- Estupendo, entonces déjame que te presente otras pruebas, las del hermano Tomás de Aquino.
E.- Me han hablado de sus inacabables sumas, así que, réstale todo lo que puedas y sé breve, tengo que volver a mis estudios.
T.- ¿Dirás que todo lo que se mueve, se mueve por algo, y que este algo es movido a su vez por otra cosa y así sucesivamente?
E.- Lo diré.
T.- ¿Y que todo lo que existe tiene en otro la causa de su existir, como el hijo existe por el padre y éste por su propio padre y así una y otra vez?
E.- También.
T.- ¿Y crees que esta sucesión de causas podría prolongarse hasta el infinito?
E.- ¿Qué pasaría si así fuera?
T.- Exactamente nada. Si las causas de lo que ocurre o existe fueran infinitas, nunca llegaría a ocurrir ni a existir nada. ¿Te imaginas que las causas por las que hemos empezado este diálogo se remontasen al infinito? Jamás habrían transcurrido todas las que tendrían que transcurrir hasta llegar a este momento. Ni siquiera habrían empezado a empezar, ¿pues cuándo empieza algo infinito?
E.- Entiendo. Entonces es necesario afirmar que existe una Primera Causa incausada, como ya decía Aristóteles.
T.- Y un Ser Existente por sí, y no por otro, Padre sin padre de todo otro padre. Y esto no lo pudo decir Aristóteles, que ni le pasó por la cabeza que el mundo fuera creación de un Dios increado.
E.- “Yo soy el que soy”, como dicen que dijo tu Dios.
T.- El es el Ser, los demás solo tenemos ser por Él, en préstamo cabe decir, y durante un tiempo, al menos en este mundo mortal.
E.- E imperfecto.
T.- Imperfecto, sí. ¿Pero cómo podríamos apreciar esa imperfección sin suponer lo Sumamente Perfecto? Si tú aprecias más la filosofía del sabio Averroes que la del santo Agustín, ¿será acaso porque posees un criterio de perfección?
E.- Y si mi criterio es más perfecto que el tuyo, como creo, será porque supongo un criterio de perfección aún mayor y… de nuevo el infinito.
T.- De nuevo Dios, querrás decir, que es aquello más perfecto que todo, como dijimos. De cualquier modo, ¿te parece el mundo tan imperfecto? ¿No es cierto que las tierras y los cielos persiguen el orden que dejó dispuesto el Creador?
E.- ¿Te refieres a las leyes astronómicas que me place descubrir en los cielos?
T.- Y también en la tierra. ¿No es el cosmos entero un prodigio de orden y fines para el que sabe entenderlo?
E.- No puedo negarte que tengo esa convicción. ¿O tendría que decir esa fe?
T.- Ambas cosas, tal vez. Pues el orden, la ley y la finalidad del cosmos, como espero oírte decir, no pueden formar parte de aquello mismo a lo que dan orden, ley o fin.
E.- Eso sí lo he pensado en ocasiones. Las leyes matemáticas que dirigen el movimiento de los astros, no están en un lugar concreto…
T.- Justamente porque están en todos, envolviendo el cielo, Más Allá de él. Ni tampoco la Finalidad del mundo puede ser una cosa o parte cualquiera del propio mundo.
E.- Veo qué quieres decir. Que son trascendentes. Pero no esperes que por ello afirme que en ese misterioso más allá existe un Dios como el tuyo.
T.- ¿Qué falta para que te convenza?
E.- Falta que me expliques que falta le hace a Dios todo el dolor del mundo. ¿Cómo un Dios Perfectísimo, Sapientísimo, Omnipotente y Bueno creó este lugar lleno de inquisidores y fanáticos? ¿Cómo permite la muerte y la guerra, hecha tan a menudo en su nombre?
T.- A veces, hermana, hace falta conocer el árbol entero para entender por qué algunas de sus hojas se pudren y mueren. ¿Crees, de cualquier modo, que Dios hubiera podido crear un mundo tan perfecto como Él?
E.- Sé que no, pues es imposible que coexistan dos seres plenamente perfectos. Cada uno carecería del ser del otro.
T.- Piensa, además, que Dios, por hacernos a Él semejantes, nos hizo libres. Libres para ser como Él, pero también para no serlo. En eso consiste la libre voluntad, la salvación y el pecado.
E.- ¿Y que defecto de omnipotencia impidió al Altísimo hacernos tan sabios como libres, para así no equivocarnos y hacer siempre el bien? ¿No le hubiera bastado un grano minúsculo de imperfección (una sola nariz contrahecha, un solo libro mal encuadernado) para que este mundo hubiera sido posible sin hacerle sombra a su Creador?
T.- Tal vez sí o tal vez no. Te confieso, humildemente, que ante el misterio del mal solo sé rezar. Quizás quieras acompañarme.
E.- Prefiero enfrentar la oscuridad con los ojos bien abiertos.


jueves, 3 de enero de 2013

Reflexiones sobre el # 25s

La comprometida editorial Manuscritos acaba de públicar este libro sobre el 25s y los recientes movimientos sociales en este país. Entre los artículos figuran uno mío titulado  "Legalidad democrática y legitimidad Democrática. De cuándo y por qué es legítima la ilegalidad" y otro de nuestro colega de caverna Juan Antonio Negrete, titulado "Legitimidad y futuro para la revolución social". El libro está en formato electrónico (ePub) y su coste (3€) irá a parar a gastos de defensa de detenidos en manifestaciones y otros actos reivindicativos. Podéis tener más información y adquirirlo aquí





domingo, 30 de diciembre de 2012

El significado (filosófico) del Año Nuevo.


Si en Navidad se celebra la unidad entre lo trascendente (lo divino) y lo inmanente (el mundo), a través de la figura del Dios hecho hombre, en Año Nuevo se celebra algo parecido, si bien de menor enjundia ontológica (no por nada el rito del año nuevo es de una sacralidad más pagana que la Navidad).

En el Año Nuevo también se celebra algo trascendente y eterno: la propia estructura del tiempo, la raíz constante en todo cambio, el tema invariable de las anuales variaciones. Esa estructura es la teleología (la ley que todo lo explica en orden a fines), elemento ontológico cuya correspondencia psicológica es la voluntad o deseo: el eros o amor (imaginemos esas, entre míticas e históricas orgías de las antiguas celebraciones de año nuevo –que, por cierto, se celebraban en primavera, coincidiendo con la renovación del espíritu de la vegetación y la vida—, y del que los “cotillones” podrían ser una pálida sombra). Cada año, cada renovado giro del mundo, es una revitalización del mismo anhelo erótico: el deseo de plenitud, es decir, de unión con lo que nos falta, y, así, el triunfo sobre el tiempo y la muerte (sobre aquello que nos desune de nosotros mismos). Por eso nos empeñamos en renovar nuestros propósitos y fines. Todo ritual de año nuevo celebra el triunfo de la vida (el deseo) resucitada contra el mal sueño de la muerte y el sinsentido (la ausencia de fines). 
Cada Nochevieja celebramos la verdad de lo eterno (o lo eterno de la verdad) contra la mentira del tiempo. Y esa verdad consiste en la realidad de lo Idéntico y Uno (del anhelo de identidad o unión -es decir: del amor-), contra la apariencia de lo diferente y múltiple. No hay más (no) tiempo que el "ahora" de esa amada consecución del fin (lo de los años y la novedad es espejismo y novelería).

Así sea. O, mejor: así es.


¡Feliz Año Nuevo a todos!

lunes, 24 de diciembre de 2012

El significado (filosófico) de la Navidad.


La Navidad es un cuento y un rito, pero como todos los cuentos y ritos, dice mucho más de lo que muestra a través de sus hermosas y emocionantes imágenes...

En el rito navideño se celebra la llegada al mundo del Salvador. En la teología cristiana el Salvador, Jesucristo, es el Dios hecho carne que viene al mundo (en un portal --¿o es una caverna?--) para liberarnos de la falsedad, la maldad y la injusticia, es decir, para revelarnos la Verdad y hacernos Buenos y Justos. Jesús es el como el Príncipe de los cuentos, hijo del Rey-Padre, que es enviado a la gruta del monstruoso y deforme Dragón (el Mundo), a librar nuestras Almas (es decir, a nosotros, que somos la Princesa cautiva) de la oscuridad y el Mal en que se hallan (el mundo siempre ha andado fatal), y conducirnos así a nuestra verdadera Casa o Reino, junto al Padre, pues hijos de reyes (o de dioses) somos también nosotros.

Este mito (o estructura mítica) es más antiguo que el propio tiempo, pero ¿qué puede significar en el lenguaje de la filosofía? El Mesías o Príncipe salvador simboliza la Forma trascendente (el Espíritu o Idea) materializada (“hecha carne”), es decir: la Estructura racional del mundo bajo la cual éste resulta posible y adquiere sentido. También, en un sentido más dinámico (es decir: desde la perspectiva del hombre), simboliza la Forma o Idea en cuanto se expresa o materializa en el Lenguaje, es decir: simboliza el “Logos”, la enunciación de la Palabra o Teoría verdadera, “hija” o reflejo de lo Real (como el Príncipe es hijo o reflejo de la Realeza). En ambos casos, el Mesías es aquello que viene a liberar nuestra Alma (nuestra forma o ser verdadero) de la materia que aparenta ser (de la apariencia de realidad que es el tiempo y la mortalidad, de la apariencia de verdad que es la ignorancia, de la apariencia de justicia que es el gobierno de los hombres...). Desde un punto de vista filosófico, Jesús (como cualquier otro Príncipe de cuento), es una personificación mítica de la  Luz de la razón, es decir, de la Verdad. A esta Verdad que viene del Cielo (como la estrella que guía hacia Belén) para iluminar fugazmente la tierra, se subordinan todos los poderes terrenos (como los que, por ejemplo, aparecen retratados en los belenes caseros: la Fuerza y los instintos –el buey, el asno-, la Emotividad –la madre, virgen o pura de corazón-, la Voluntad –el laborioso José- o la Inteligencia –los magos de oriente--)…

La Natividad celebra así la llegada o revelación de la Luz, el Beso del Príncipe que nos devuelve a la Consciencia. Este luminoso Beso representa, a la vez, al Dios hecho Hombre, y al Hombre que puede hacerse Dios; en suma: a la conmensurabilidad entre lo Divino y lo Humano. Esta misma idea, dada en una forma más pura y abstracta, es la que cada día suponen el filósofo, o el hombre de ciencia, cuando buscan y desvelan la Estructura que explica y descubre el Sentido de la realidad mundana. Esta búsqueda supone la relación entre lo Eterno de esa Estructura racional (los principios racionales, las leyes de la naturaleza...) y la Temporalidad del Mundo a la que dicha estructura da forma. Sin suponer esta relación no hay posibilidad alguna de verdad y de sentido. Y sin verdad y sentido no hay absolutamente nada (lo cual es obviamente falso y absurdo). Esto simbolizan la Navidad, y todos, todos los cuentos que se puedan contar: la Identidad entre lo Trascendente y este Mundo (en el) que soñamos...

¡Así que: feliz navidad a todos!


domingo, 9 de diciembre de 2012

El valor de la filosofía. O lo que no mide el informe P.I.S.A.


Algunos alumnos me confiesan, durante el curso o, más a menudo, después de él (a veces, al cabo de los años), que la asignatura de filosofía les despertó, en el bachillerato, a cuestiones antes impensables para ellos. Algunos me han llegado a decir (sin duda, exageradamente) que antes de dar clases de filosofía apenas habían “pensado de verdad” en nada. A muchos los he visto cambiar de creencias, sufrir crisis religiosas, tener discusiones inéditas con sus padres y amigos, en parte debidas (según ellos) a la filosofía. La inmensa mayoría de mis alumnos dicen salir de clase desorientados, pero también expectantes de que, en la próxima sesión, logremos profundizar y dar respuestas a las preguntas nuevas y radicales que han brotado en el aula. Digo “radicales” porque afectan a la raíz de la existencia de cada individuo. Pensar casi por primera vez en lo que es el mundo y uno mismo, en el sentido de la vida, en la razón de las propias creencias, en lo que de verdad es verdad y mentira, en el bien y el mal, en lo justo y lo injusto, sin prejuicios, más allá de los tópicos al uso… Todo eso representa una experiencia insustituible e inolvidable para muchos de mis alumnos. Incluso los que aún no llegan a apreciar estos asuntos (no todo el mundo madura a la misma velocidad), se quedan “tocados”, intuyen que algo muy importante se está cociendo en las clases, y aunque no lo entiendan, entienden que ahí hay mucho por entender. Y que en ese entenderlo está en juego su misma persona, su forma de estar en el mundo...



¡Pensar! En clase de filosofía (en los trabajos, en los ejercicios, en los exámenes de filosofía) hay que pensar. Gran parte de los alumnos que me llegan a primero e incluso a segundo de bachillerato (y doy a muchos, pues mi centro es de los más grandes) son supervivientes de la burocracia educativa. Apenas han tenido que pensar en nada. Al principio se incomodan por el cambio de costumbres. Están acostumbrados a memorizar contenidos y a resolver más o menos mecánicamente problemas de tipo académico. Pero no saben cómo “aprobar” filosofía. Vienen con un déficit de madurez (y no de habilidad) intelectual natural, pues muy pocas veces se les ha estimulado a pensar por sí mismos. La mayoría comienzan a hacerlo en filosofía por la sencilla razón de que en ella se tratan asuntos íntimamente ligados con su vida: el sentido de su existencia, la vida y la muerte, el valor de sus creencias, la forma de vivir, la relación con los demás  y con la sociedad, la libertad, el poder, la injusticia, el compromiso político, etc., etc.

Pero no solo es pensar. Del otro lado de la misma moneda está el diálogo: pensar con los demás. Los primeros diálogos en clase son, a veces, incontrolables. La primera noción que tienen muchos chicos de lo que es "debatir con los demás" proviene de lo que ven en algunos programas de televisión: gritar, interrumpirse, atacarse, afirmarse por encima de todo. Cuando al cabo de las semanas logramos construir un debate serio, profundo, respetuoso y fructífero se quedan sorprendidos: disfrutan de que los demás los oigan con respeto, se dejan llevar por los argumentos olvidándose de sí mismos, intuyen que es más enriquecedor y fructífero resolver los problemas verbalizándolos, hablando sobre ellos, convenciendo y dejándose convencer... Tras esa experiencia noto que continúan charlando entre sí tras la clase. A veces me cuentan que han seguido en casa, con sus padres, o que gracias a la discusión ha sido un poco menos aburrida la tarde con los colegas de la pandilla.


Se me ocurren mil cosas más para justificar las clases de filosofía. Al fin y al cabo somos seres racionales, vivimos (y, a veces, morimos) por ideas, y desarrollar esa condición y conocer las más grandes ideas que han parido o descubierto los filósofos bastaría para justificar con creces la relevancia de la asignatura. Platón, Aristóteles, Kant, Hegel, Marx o Nietzsche (entre otros) son los pilares de todo el pensamiento europeo (incluyendo en él a la teología cristiana o la ciencia). Hasta el positivismo antifilosófico actual no es más que una filosofía... Pero bastaría con lo dicho: desarrollar el hábito de pensar y de dialogar en los adolescentes; lograr que adquieran herramientas para gestionar su incipiente sentido de la identidad y de su posición frente al mundo y a los demás… ¿Hay algo con más valor instrumental y, a la par, algo más sustantivo para formar personas y ciudadanos?... 

Y sin embargo, así andamos, como otras veces, defendiendo lo obvio. El consuelo es que eso, argumentar y convencer de lo que, por tan evidente no se ve a veces, es tarea tradicional de la filosofía. Y también, me temo, el ir a contracorriente…



martes, 4 de diciembre de 2012

Adiós a la ética y a la historia de la filosofía en secundaria.



Visto lo visto en el nuevo borrador de la ley Wert de reforma de la educación secundaria, las consecuencias (caso de que el borrador, como es probable, se convierta en ley), en lo que respecta a la filosofía, son estas:

-   Dejará de existir la asignatura de Ética en la educación secundaria. Lo más parecido será la opción alternativa de “valores éticos" para aquellos que no den religión. Es decir: la educación obligatoria y universal para todos los futuros ciudadanos prescindirá, en general, de la reflexión sobre los valores (lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto...), sobre lo que uno debe o no debe hacer, sobre los problemas éticos (¡que no van a desaparecer por dejar de analizarlos en clase!), sobre el fundamento de la democracia, etc. Tan solo tendrán acceso a ese grado de formación los hijos de padres no católicos practicantes (habrán pensado que de alguna forma habrá que inculcarles unos mínimos principios a los hijos de esos descastados –aunque no sean dogmáticos, que le vamos a hacer—). El resto: religión, patria y familia. La ética del "como Dios manda". España volverá a ser la reserva espiritual de Occidente.

    Desaparece prácticamente la historia de la filosofía como asignatura troncal en bachillerato (queda como una optativa entre muchas otras, entre ellas… ¡Religión, faltaría más!). Los ciudadanos con un nivel de formación medio (y con aspiraciones universitarias, es decir, los futuros profesionales de alto rango, los futuros dirigentes, etc.) no tendrán la oportunidad, en general, de conocer las ideas que laten tras la historia de nuestra cultura (y tras lo que somos y hacemos): Sócrates, Platón, Aristóteles, Descartes, Kant, Nietzsche, etc., serán apenas más que sonidos exóticos para los oídos de la mayoría. Europa estará más cerca de estar muerta. Este estado de inopia profunda es ideal, por lo demás, para reciclarnos sin dolor en lo que nos tiene que parecer a estas alturas (o bajuras) inevitable: en trabajadores dóciles y embrutecidos, o en empresarios codiciosos y no menos ignorantes. Ideal para competir con los coreanos. Pensar demasiado es prescindible, resta eficacia.

    La filosofía, obviamente, no desaparecerá, pues los problemas filosóficos no se suprimen por decreto. Seguirán ahí, tras todas  las máscaras, intrigas y teatrillos con que se va construyendo y deconstruyendo la historia. Pero parece que ahora toca, de nuevo (o de “viejo”), el más burdo y bárbaro de los tiempos. El mundo será un poco peor, y nosotros un poco más ciegos.

Adjunto la respuesta de la Red Española de Filosofía al borrador
de la Lomce. Necesitamos una plataforma así (la R.E.F) desde la
que aunar esfuerzos.

Otros enlaces interesantes:
- Declaración de la filosofía española.
- ¿Qué pinta la Filosofía en la Educación de una Democracia?
- Lo prescindible. Del ser humano y las humanidades.

sábado, 1 de diciembre de 2012

¿Por qué no podemos decir lo que queramos? De la libertad de expresión y sus límites.


Aprovecho la estela que dejo la tertulia de ayer en Nunca Es Tarde Canal Extremadura para pensar en voz alta lo que se me ha venido a la cabeza más de una vez. ¿Qué es eso de los "límites" a la libertad de expresión? ¿Por qué hemos de tolerar ningún tipo de censura (o de autocensura) de lo que creemos y queremos públicamente expresar? ¿Qué es eso de las “líneas rojas” que, según decía uno de los tertulianos, no debe moralmente traspasar un medio de comunicación o, en general, cualquier persona, grupo o institución que haga públicas sus creencias, ideas, o cualquier tipo de mensaje? 

¿Por qué, por ejemplo, no se debe tolerar que un programa de televisión (como este, famoso y proscrito, de “la noria”) pague a alguien por explotar su valor mediático y simbólico (por ejemplo, por entrevistar a la madre de un famoso delincuente) para solaz y educación de la audiencia? O, en otros casos aún más importantes: ¿por qué no se debe tolerar (incluso, a veces, permitir legalmente) que se haga apología de ciertas creencias (como las que pretenden justificar la xenofobia, el terrorismo, el nazismo, el machismo, la homofobia, etc.)? 

Es cierto que hay casos y casos, y que convendría analizar cada uno de ellos. Pero creo que la cuestión de fondo que late bajo todos ellos es la misma. ¿Por qué ha de ser inmoral (o incluso estar prohibida) la manifestación pública de ciertos contenidos, creencias, símbolos o prácticas, una vez que no se incurre en ningún tipo de violencia directa (no se obliga a nadie a ir a un programa ni al espectador a verlo, ni se fuerza al que lee una página web nazi a hacerse nazi ni a ejercer la violencia que allí se enaltece)? Podemos también despachar el caso de la difamación (acusar sin pruebas visibles que todos puedan juzgar), o el de la propagación de mentiras con un fin injustificable, o la vulneración no consentida del (supuesto) derecho a la intimidad. Aceptemos todo esto (aunque da para muchos otros debates). Y también la protección de los menores, que en tanto aún no adecuadamente formados tienen prohibido el acceso a ciertos contenidos. Bueno. Tal vez. Pero en el caso de los ciudadanos adultos y en pleno ejercicio de sus derechos, ¿es tolerable que se les niegue el acceso a la información o a la libre expresión de sus creencias? ¿Por qué un productor no puede (o no debe) traer a su programa y pagar lo que quiera a quién le parezca que tiene interés para la audiencia? ¿Por qué un radical no puede defender en su página web el uso político de la violencia, o un nazi propagar prácticas antidemocráticas, o un ciudadano cualquiera proponer en las redes un asalto organizado al congreso? ¿Por qué hemos de considerar delito (o inmoralidad) incitar al delito (o a lo que nosotros nos parece inmoral)? ¿Es que no somos ciudadanos libres y maduros con la capacidad para enjuiciar por nosotros mismos la legalidad y moralidad de lo que se nos propone? 

En suma: ¿Qué suerte de paternalismo es este que pretende protegernos de “ver y oír” lo que no debemos… (No vaya a ser que nos contagiemos y acabemos delinquiendo o sucumbiendo a la tentación)? ¿Tan inseguros hemos de estar de nuestras convicciones como para que haga falta censurar aquello que pueda desarbolarlas? ¿No debería ser al contrario: que en una sociedad democrática madura, las convicciones morales que la sustentan (la tolerancia, la no discriminación, el respeto a la integridad física de los demás, su libertad de opción sexual, etc.) fueran constantemente puestas a prueba para aquilatar su firmeza? ¿No es la democracia el reino del diálogo en el que todo el mundo puede exponer sus creencias con los mejores argumentos que encuentre? 

Pues eso… ¿Por qué no podemos decir lo que queremos y, los demás, elegir si nos escuchan, juzgar lo que decimos como les parezca, y replicar lo que consideren oportuno con las mismas oportunidades y medios que nosotros? En una sociedad en la que el acceso a (casi) todo tipo de información es tan fácil, y en la que (esperemos que no sea una burbuja más) la posibilidad de expresar opiniones es tan accesible a todos, deberíamos aprovechar para cultivarnos en ese enriquecedor juego democrático que es el de probar a convencer y exponernos a ser convencidos por los demás. Sin censura previa, y sin que los gritos escandalizados de los abogados de lo incuestionablemente correcto nos impidan hablar...



domingo, 25 de noviembre de 2012

Una microreflexión sobre la violencia


¿Es la violencia consustancial al ser humano y, por tanto, algo (lamentablemente) inevitable? En algunas personas está instalada esta creencia (que ellos creen justificada por la ciencia: la biología, la psicología, etc.). Este fue, además, el asunto que discutimos ayer, a propósito del Día internacional de la violencia de género, en la tertulia radiofónica del programa Nunca es tarde, en Canal Extremadura. 

Es violencia, en general, forzar la naturaleza de algo o de alguien, esto es: obligarlo por la fuerza a ser lo que no es o no quiere ser. Es violencia cortar una flor (en la medida en que está en su naturaleza crecer) o enjaular un pájaro (en cuya naturaleza esté volar) o violentar a un ser humano (en cuya naturaleza está actuar por su propio criterio y libre voluntad).

Ahora bien, dado que la violencia parece ser un hecho generalizado (tanto en la naturaleza como en el ámbito humano) resulta tentador pensar que en la naturaleza de los seres está el “forzar a otros” o el “ser forzados por otros”, es decir, que la violencia es consustancial al mundo. Así, en la naturaleza de muchos animales (incluido el animal humano) estaría matar, violar, dominar por la fuerza a otros, etc. Y en otros (los más débiles) ser matados, violados, dominados, etc. La violencia parece, por tanto, inevitable, natural.

¿Por qué me parece falso esto? En primer lugar porque disuelve el problema (sin resolverlo). Si la violencia (forzar la naturaleza de algo) es esencial a la naturaleza de los seres (si las leyes de la naturaleza  o de la realidad decretan la necesidad del uso de la fuerza), entonces no es posible violencia ninguna. O, mejor, lo violento sería no ser violento. Así, un león vegetariano, o un Estado pacifista, estarían violando, según el argumento, su propia naturaleza. Y también la gacela o el súbdito al resistirse o rebelarse (al menos, más allá del punto en que esta resistencia o rebelión hace más fiero y efectivamente violento al león o al gobernante).

Ahora bien. Ninguna ley de la naturaleza obliga a ser violentos, ni siquiera a los leones. Y si alguna lo hiciera, aun quedaría apelar a una ley más fundamental (y no menos natural o real): la ley moral, que aún obliga más, al menos a los seres –como nosotros—que la tienen.

Contra el naturalismo más cientifista (que esta en la base de la creencia en la inevitabilidad de la violencia) hay que argüir que hay leyes y leyes, y no todas al mismo nivel. Las particulares leyes de la naturaleza que descubre la ciencia están subordinadas a las leyes (no científicas) que determinan lo que es ciencia y no lo es, lo que es verdadero y falso, y también lo que es bueno y malo. Todas estas, las “leyes de la legitimidad” (de la legitimidad epistémica y la legitimidad moral), no necesitan el aval de los hechos (al revés, los hechos las necesitan a ellas, pues nada es verdaderamente un hecho si no se ajusta al criterio previo de “que ha de ser un hecho”, ni ninguna verdad se desprende de hechos sin el criterio epistémico previo de que “la verdad está en los hechos” –lo cual no es, claro está, ningún hecho—). Pero es que, además (y a la vez), estas mismas “leyes de leyes” son hechos innegables. Es un hecho que consideramos a una creencias verdaderas y a otras falsas o erróneas. Y es un hecho que juzgamos las cosas y las acciones como buenas y malas (y que actuamos en consecuencia, contrariando, incluso, algunas de esas leyes naturales, como cuando alguien hace huelga de hambre o sacrifica su vida por una idea). Incluso si, amplificando el concepto de “natural” (hasta identificarlo con el de “realidad”), supusiéramos que también son de alguna forma naturales la reflexión y la moral, tendríamos que reconocer que en nuestra naturaleza o realidad (en nuestra esencia) está el juzgar los hechos y las creencias según criterios que necesariamente los trascienden.

La violencia no solo es ontológicamente innecesaria (existe pero podría no existir), sino moralmente cuestionable (existe pero quizás debería no existir).

Por lo primero, ninguna ley o teoría científica justifica la idea de que la naturaleza sea el reino de la violencia. Más bien es lo contrario: en muchísimos casos evolucionan mejor los organismos que se asocian y cooperan por interés mutuo. Esto incluye a los organismos sociales más complejos, tal como las culturas humanas. El hecho de la violencia no justifica, además, ninguna necesidad legal. Del hecho de que exista violencia (o cooperación, o linces ibéricos, o el hecho que sea) en la naturaleza no se deduce que tenga que existir siempre o necesariamente.

Pero incluso si aceptáramos como verdadera la creencia de que la violencia es un rasgo necesario, esencial, por definición, de la naturaleza (y, por extensión, de la naturaleza humana), esto tampoco nos obligaría a aceptar moralmente dicho rasgo. De hecho, la violencia genera rechazo moral y esto nos obliga a pensar que, o bien tenemos una naturaleza extraña y contradictoria (naturalmente violenta pero, a la vez, capaz de rechazarse a sí misma), o bien que no todo en nuestra naturaleza (o esencia) es “natural”. Tenemos una dimensión moral (y que esto sea un “estrato” de lo natural o algo trascendente a la naturaleza es irrelevante ahora mismo). Nuestra naturaleza se abre al juicio, a la esfera de lo valioso. Y como seres naturalmente juiciosos que somos, estimamos la violencia como un fenómeno juzgable y, en la medida en que es juzgado como negativo, inaceptable y evitable.

¿Por qué es inaceptable la violencia (no solo de género, sino todo género de ella)? Desde los presupuestos de una ética racional, por pura consideración del más preclaro principio de identidad. Todo ser tiende a ser lo que es. Y para un ser racional y autónomo, como estimamos que es el ser humano, ser lo que es equivale a conducirse según su propio criterio. Por convicción, no por coacción. Violentar a una persona es, en todos los casos, intentar forzarla a actuar según criterios heterónomos: por una fuerza externa a si misma. Es decir, intentar obligarla a que haga lo que no quiere, o lo que es igual: intentar obligarla a que sea lo que no es. A que se “contradiga” a sí misma. Esto, sea el grado que sea en el que se logre (en un grado profundo es imposible, como toda contradicción lo es), es destructivo. Pero no solo para el agredido, sino también para el agresor. Incluso más aún para él. 

El agredido se limita a recibir la violencia, casi siempre en lo más “externo” de su persona: su cuerpo, sus emociones, el estrato más superficial de su voluntad y sus creencias (en su estrato más profundo, el pensamiento, nadie puede violarle). Pero el agresor padece esa misma violencia es lo más íntimo y propio: en la intención consciente de ejercerla; en el error de creer que de violentar o negar la identidad a algo puede obtener algo más que pura disgregación: nada. El agresor (y no el agredido) es el que niega su identidad como ser racional.   
   
Si la violencia es contradicción y desintegración en uno mismo, y entre uno y su (otro) semejante (lo cual es casi lo mismo), lo único que cabe contra ella es educación y amor. Es completamente absurdo intentar acabar con la violencia (desvelándola como innecesaria y estéril) mediante el recurso (igualmente innecesario y estéril) a la violencia. No hay violencia realmente legítima. Nunca, jamás, se ha corregido o construido nada esencial con la violencia. Todo, hasta lo más nimio, ha sido hecho por amor, es decir: por el deseo de identidad con lo que intuimos que se nos asemeja y puede contestarnos desde el mismo deseo y el mismo lógico derecho a la integridad. 

lunes, 19 de noviembre de 2012

Instrucciones (platónicas) para ser bueno y feliz


1. Sé tú mismo, pero el de verdad. No puedes ser lo que te de la gana, sino solo lo que ya eres (tras descubrirlo). Además es solo de eso (en el fondo, si te sabes observar) es de lo que tienes verdaderas ganas.

2. Sé tú mismo, pero lo mejor posible. Nadie puede quererse o estimarse sabiéndose menos de lo que puede ser. Busca ser un ser humano virtuoso del mismo modo que un músico busca ser un músico virtuoso, o un zapatero busca ser un zapatero virtuoso: haciendo lo que te define (como ser humano) con la mayor competencia con la que seas capaz.


3. Vive de acuerdo a la razón. Piensa en lo que eres y te darás cuenta que “estás” en la mente, no en las neuronas o en el ombligo. Y date cuenta, también, que, en la mente, estás en ese “tú” que cuenta, piensa y razona, incluso cuando piensas y razonas que eres otra cosa que razón. Eres un ser racional, así que hazte el favor de compórtate plenamente como tal.

4. Amalo todo, pero, sobre todo, ama el conocimiento. Todos intuyen que una buena vida es aquella que crece en la búsqueda y la unión con lo que nos perfecciona (lo bello, lo bueno, lo verdadero...). Pero solo los más mendrugos creen que lo bello es bello sin ser nada más que bello (y aman las cosas y los cuerpos), o que lo bueno es lo que, sin más, está mandado (y aman la estima de los demás más que a sí mismos). Solo el que conoce ama (lo que es de verdad, lo que de verdad es bueno, lo perfectamente bello). Solo el que conoce ama a cada uno hasta el mismo fondo, y ama lo mismo en el fondo de cada uno. Solo ese se reconoce en todo y, desde él, nada es doble, separado, extraño, odioso...


5. Actúa por entusiasmo. Si tu energía y tu valor es por miedo (al castigo, o al castigo de quedarte sin el premio), tu valor es cobardía, tu acción es pasión, tu actividad pasividad... Solo actúas, de verdad, cuando lo que haces vale de verdad y es en sí mismo el premio. Comprender lo que algo vale es lo mismo que querer hacerlo. La voluntad no es un látigo, sino un entusiasmo que te desborda y se torna acción en el mundo.


6. Modera tus pasiones. Reduce tus necesidades y prefiere aquellas pasiones y placeres cuya ausencia o exceso no suponga dolor. Serás más feliz si tus placeres son la música o la amistad, en lugar de la embriaguez de alguna droga o la pasión por algún cuerpo. La pasión no es más acción, sino menos: padecimiento, enfermedad.

7. Cultiva la armonía en el alma. Como si tu alma fuera un maravilloso instrumento musical en el que la razón fuera la nota dominante y el resto de las cuerdas (la voluntad, la pasión, las emociones...) se armonizaran con ella formando un sublime acorde.

8. No juzgues con severidad a nadie. Nadie actúa con maldad, sino con una bondad mal concebida. En lugar de castigarles, enséñales.

9. Prefiere sufrir un "mal" a cometerlo. Cuando el mal o equivocación lo cometen contra ti, es tu cuerpo el que padece, es solo pasión lo que sufres. Pero cuando el mal o error lo cometes tú, es el alma la que se daña a sí misma.  



martes, 6 de noviembre de 2012

Filosofía, ciencia y mito.



Me pregunto qué pensaría un escritor o un profesor de literatura si oyera decir al presidente del Instituto del Cómic del Consejo Superior de Investigaciones Literarias (el CSIL) --caso de que existiera-- que el cómic es la literatura de hoy, que satisface todos lo que se exige a la literatura, que la literatura clásica está obsoleta, y que la palabra sin el respaldo de la imagen carece de valor literario. ¿Qué sentiría si, además, dichas opiniones fueran emitidas con absoluta seguridad, como verdades obvias (y que, además, comprendiera que, en efecto, tales opiniones pasan por obviedades para el sentir común)?
 
El domingo pasado escuchaba por la radio al presidente del Instituto de Física Teórica del CSIC decir que la física es la filosofía de hoy, que satisface todo lo que se exige a un conocimiento racional sobre la realidad, que la filosofía clásica está obsoleta, y que las especulaciones sin el respaldo de los experimentos no tienen valor cognoscitivo.

Nada nuevo bajo el sol. La vieja osadía de la nueva ignorancia. Pero...¿He dicho nueva?

En la entrada anterior a esta escribía sobre el poco sentido que se le atribuye a la filosofía en la educación secundaria. Ahora no puedo dejar de pensar en lo fácil que es, sin embargo, percatarse de todo lo contrario, de su absoluta utilidad. En segundo curso de bachillerato comenzamos estudiando la rudimentaria (y aún empapada de mitología) filosofía de los primeros filósofos griegos, también llamados “fisicos”: Tales de Mileto, Anaxímenes, etc.  ¿Haría falta mucho esfuerzo para colocar entre ellos a la generalidad de los físicos actuales? Ninguno. Cometen todos y cada uno de los errores lógicos del atomista más tosco y primario (incluso, en ocasiones, con menos conciencia de tales errores). ¡Y estamos hablando de los filósofos más simples! ¿Podrían llegar las teorías físicas contemporáneas, en cuanto a sus supuestos ontológicos y epistemológicos, al nivel de exigencia racional y de profundidad de teorías filosóficas como las de Platón o Aristóteles? Ni por el forro. La ciencia moderna está presa de la más ingenua y dogmática filosofía que quepa concebir

Pues bien, solo por esto, por la necesidad de estimular la necesidad de los seres racionales de crecer y dejarse de cuentos, es ya imprescindible la filosofía en la educación. No ya solo como liberación frente a los mitos del saber común o de la religión. Sino, más aún, frente a esos otros mitos, más peligrosos en tanto no son tomados como tales, que hoy llamamos teorías científicas.





viernes, 2 de noviembre de 2012

¿Qué sentido tiene la filosofía en la educación secundaria?




Como es habitual en cada reforma educativa, la filosofía vuelve a estar en el aire (o en las nubes, como los filósofos de Aristófanes), y algunos profesores de filosofía, entre los que me cuento, nos reunimos (también como nubes) a tronar y alumbrar argumentos que justifiquen ante la sociedad la pertinencia de la filosofía en la educación secundaria. ¿Es posible dar algún argumento poderoso (es decir, no taimadamente “gremial”) a favor de esta pertinencia? Como comentaba a algunos compañeros en la última reunión de la Plataforma para la defensa de la filosofía en Extremadura, la respuesta dista mucho de estar clara. A mi modesto entender son dos los argumentos que se suelen esgrimir para justificar la presencia de la filosofía en secundaria, y los dos son demasiado fácilmente contestables por la opinión común (más por lo que esta tiene de "opinión" y de "común" que por otros más serios motivos, pero así es).

  1. El argumento del valor procedimental o instrumental de la filosofía. Según este argumento, la filosofía es necesaria como un conjunto de técnicas de razonamiento lógico, crítico y dialógico, por las que el alumno aprende a argumentar y contrastar racionalmente sus opiniones; estas técnicas son, por lo demás, de sumo interés para el logro de una ciudadanía políticamente activa y responsable.
Réplica común: El razonamiento lógico, crítico y dialógico es una habilidad que ha de enseñarse de modo transversal, en todas y cada una de las materias. ¿O acaso pretende el profesor de filosofía que solo en sus clases se piensa, se argumenta, o se debaten críticamente las cosas? No se puede tachar sin más al resto de las materias de simple colección de contenidos impartidos de forma irracional o acrítica. El profesor de matemáticas, lengua, historia, economía, etc., dirán que entre sus objetivos también está el de enseñar al alumno a pensar, a justificar racionalmente la validez de los contenidos (los teoremas, las leyes de la economía, etc.) y a tener una visión crítica (de los sucesos históricos, de los movimientos artísticos, etc.).

  1. El argumento del valor de los contenidos propios a la filosofía. Según este argumento, la filosofía es valiosa por los asuntos de que trata, que no se pueden tratar en ninguna otra asignatura y que tienen un indudable valor científico o teórico, y una gran utilidad práctica. Por lo primero, la filosofía supone una tipo específico de reflexión teórica acerca de la realidad y sus subconjuntos (la realidad humana, la realidad del conocimiento, etc.). Por lo segundo, la filosofía proporciona un marco de reflexión racional práctica acerca de los valores (la ética, la política, la estética, etc.).
Réplica común: El valor teórico de la filosofía es muy limitado. Lo que tenga que decir sobre la realidad lo dice mejor y con más precisión la ciencia (¡en donde también existe la reflexión!). La metafísica ha muerto, como Dios ("¡eso de la metafísica es cosa de curas!", he oído más de una vez a algunos profesores de filosofía). Y lo que le queda (ser filosofía de la ciencia o el lenguaje, etc.) es de un “meta-nivel” tal que queda muy lejos de lo que hay que enseñar en secundaria (mejor reservarlo para facultades especializadas en filosofía). El valor práctico también es muy ambiguo, pues por un lado la ética y la política no son ciencias, y si no son ciencias no tiene sentido enseñarlas en la escuela (nuestra sociedad sitúa justamente los valores en el ámbito de la subjetividad, de lo privado, por lo que es en esa esfera –la familia, las experiencias particulares, etc.— donde deben ser fundamentalmente transmitidos). De otro lado, si queda algo que enseñar en ética o política, como informar y debatir acerca de ciertos mínimos éticos y políticos comunes –los principios constitucionales, por ejemplo—, esto no parece que tenga que ser prerrogativa del profesor de filosofía. Cualquier profesor, como ciudadano y pedagogo, está preparado para informar y debatir sobre estos asuntos con los alumnos (¿O es que vale más o tiene más calidad el voto de un filósofo que el de un historiador, un economista o un profesor de educación física?)

Aunque no compartamos estas "replicas" (yo, al menos, no las comparto en absoluto), hemos de reconocer su fuerza de convicción en el entorno que nos rodea (incluyendo en él a muchos compañeros del gremio). Creo que el grueso de la opinión pública los compartiría. Y los políticos, que son los representantes de esa opinión, obviamente, no van a contradecirlos. 

Haciendo un poco de caricatura, los políticos y gentes de izquierdas piensan que la filosofía es algo de otro tiempo, que la metafísica es “cosa de curas”, y que lo que queda es convertir a la asignatura en divulgación científica y en teoría política (barriendo de paso para casa). De ahí los programas vigentes (esbozados en la época del PSOE) en primero y segundo de bachillerato (divulgación científica, antropología, psicología, sociología, etc. en primero; textos de carácter político, insistiendo en Ilustración, Marx, Escuela de Francfort…en segundo). Los de derechas piensan, por el contrario, que tal vez la filosofía tenga todavía algo que decir teóricamente (hay algo más allá de la ciencia, y cerca de Dios, claro), y es ese su escaso papel, pues sobre los valores éticos y políticos se ha de respetar la absoluta libertad de cada cual y, por tanto, no han de ser materia curricular (la escuela transmite conocimientos, no adoctrina –para eso ya esta la familia, la parroquia, el club de golf o la cédula anarquista, según escoja uno libremente—). Hay que añadir que en esta defensa de la libertad o el libertinaje liberal en materia de valores coinciden a menudos los de izquierdas y los de derechas (ambos coinciden que la ética y política no es materia racional, unos porque la ética no es de ciencias, y otros porque la ética es asunto de Dios, y en cierta medida ámbos porque la ética es cuestión de cada individuo y sus particulares creencias, laícas o religiosas).

¿Qué cabe hacer ante este cúmulo de opiniones vigentes? De entrada, reconocer que lo tenemos crudo. Que hay una gran probabilidad de que la filosofía, lenta pero inexorablemente, vaya convirtiéndose (y da igual el partido y la reforma educativa de la que se trate) en una asignatura residual. No es necesario que esto ocurra, claro, pero si tenemos alguna salvación sí que es necesario que (como mínimo):

(a) Sepamos defender (con razones de verdad, no sofismas interesados) el valor de los contenidos que identifican a la filosofía con una ciencia de primer orden (no de segundo): la ontología, la epistemología, la antropología y psicología filosóficas, etc., en el sentido más fuerte. Y que, por tanto, podamos defender la necesidad de una asignatura de filosofía teórica en la que se trate de asuntos tanto o más reales que aquellos de los que habla la física o la historia, e impartida por especialistas en tales asuntos ontológicos y epistemológicos (y no por meros aficionados a la divulgación científica). A propósito de esto no deja de ser divertido notar que en el ámbito de la filosofía anglosajona se vuelve desde hace muchos años, y sin complejo alguno, a la ontología y la epistemología más estrictamente filosóficas, mientras que aquí (en el culo del mundo) las despreciamos en nombre de todo lo que suena menos filosófico: la filosofía de la ciencia, la sociología marxista, etc., como si así fuéramos más rabiosamente contemporáneos (o, peor aún, como si esto fuera lo único que cabe ya hacer a la filosofía)

(b) Sepamos defender (a contracorriente de la ideología imperante) que la esfera de los valores (la ética, la política, la estética) está tan sujeta a la racionalidad como cualquier otro ámbito de la realidad y que, por tanto, es imprescindible una asignatura de ética (de la ciencia de lo bueno y lo justo), impartida por especialistas en la cuestión (y no por relativistas diletantes o por descarados ideólogos en pos de la revolución o de la reacción).

(c) Hagamos nuestros, en la teoría (¡y en la práctica!) educativa, los principios pedagógicos más coherentes con los contenidos de nuestra materia: el método dialógico en las clases, el escrúpuloso respeto por la autonomía racional y la libertad de pensamiento y expresión de los alumnos, el desprecio de toda coacción o argumento de autoridad en el trato con ellos, el uso ejemplar de la racionalidad en todos y cada uno de los avatares que ocurren dentro y fuera del aula, el rechazo de todo sistema de trabajo que no sirva a la actividad racional (la memorización de contenidos, la mera preparación técnica para superar exámenes estandarizados, la clase magistral, etc.).

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